El ascenso de la Horda – Capítulo Dos

Recuerdo la primera vez que nos encontramos con los tauren.

Recuerdo la voz profunda y el gesto sereno de Cairne Bloodhoof. Recuerdo estar sentados en el suelo de una tienda que podría ser desmontada y vuelta a montar muy rápidamente, y sentirme extrañamente en casa. Fumamos pipas, compartimos comida y bebida, sentimos las vibraciones de los tambores en nuestros huesos y hablamos. Al principio, los tauren me parecieron como bestias, pero había humor y sabiduría en ellos y, cuando la primera ronda de negociaciones había sido llevada a cabo, supe que los orcos tendrían un aliado poco usual en estos seres medio bovinos.

La noche cayó sobre nosotros mientras hablábamos, una noche tranquila acorde con esta hermosa tierra. Salimos de la tienda y miramos hacia las incontables estrellas; un suave viento acariciaba nuestro rostro. Me volví hacia Drek’Thar para preguntarle por su infinita sabiduría. Para mi asombro, vi lágrimas en sus ojos que reflejaban la luz de la luna.

—Así es como solía ser, mi jefe —me dijo con la voz rota. Levantó sus brazos e inclinó la cabeza hacia atrás, llamó al viento para que lo abrazara y secara las lágrimas que se deslizaban por su dura y verde cara.

—Cerca de la tierra. Cerca de los espíritus. Fuertes en la caza, amables con nuestras crías, sabiendo que nuestro lugar en el mundo es ser justos y correctos. Comprendiendo el equilibrio entre dar y recibir. La única magia que los tauren practican es la magia buena, una magia limpia con la tierra, y la tierra así lo refleja, de la misma forma que tiempo atrás Draenor reflejó nuestra conexión con ella.

Pensé en la petición de ayuda de los tauren para hacer frente a su enemigo, los viles y sucios centauros.

—Sí… lo siento por ellos. Estaría bien ser capaces de ayudarlos —le dije.

Drek’Thar se echó a reír, volvió sus ciegos ojos hacia mí y me miró con mayor claridad que cualquier persona capaz de ver.

—Oh, mi joven Thrall —me dijo, riendo aún— todavía no lo has entendido. Son ellos los que nos ayudarán.

* * *

Durotan corrió tan rápido como sus potentes y jóvenes piernas lo dejaban. Su respiración estaba acelerada y el sudor manchaba su piel marrón cobriza, pero se obligó a mantener la marcha. Era verano, y sus grandes y planos pies estaban descalzos. Notaba cómo la suave hierba lo acariciaba mientras corría y de vez en cuando pisaba una púrpura y brillante flor de dassan. El olor de la planta chafada, que tradicionalmente se usaba para curar, le sentaba como una bendición y le inspiraba para correr aún más lejos, más rápido.

Ahora estaba en el borde del bosque de Terokkar, frente a su fría y gris verdosa profundidad. Tenía que prestar mucha atención a las raíces gemelas de sus elegantes árboles para no tropezar con ellas, por lo que disminuyó el paso. Tenues luces brillaban en el corazón verde de este bosque, y la tranquilidad que transmitía chocaba con sus ansias de ganar. Durotan aumentó el ritmo, saltando sobre troncos caídos cubiertos de musgo, agachándose bajo las ramas bajas con la gracilidad de un talbuk. Su pelo negro, largo, grueso y suelto hasta la mitad de la espalda se balanceaba libremente tras él. Le ardían los pulmones y sus piernas pedían a gritos un descanso, pero apretó los dientes e ignoró las suplicas de su cuerpo. Era un Frostwolf, el heredero del líder del clan, y ningún Blackrock podía…

Durotan oyó lo que podía ser un Hellscream a sus espaldas y le dio un vuelco el corazón. La voz de Orgrim, como la suya, se volvía más profunda cada día que pasaba, para alcanzar el bramido característico de un macho adulto pero, aun así, Durotan tenía que admitir que era realmente impresionante. Quiso forzar sus piernas para que corrieran aún más rápido, pero se sentía tan pesado como una piedra. Para su disgusto, vio por el rabillo del ojo cómo Orgrim entraba en su campo de visión y luego, con un esfuerzo final, pasaba corriendo junto a él.

El orco Blackrock extendió el brazo y se abalanzó justo antes que Durotan saltara sobre el tronco de un árbol en medio del claro, lugar que habían decidido que era la meta de la carrera. Orgrim siguió caminando unas cuantas zancadas más como si sus potentes piernas, una vez puestas en funcionamiento, no pudieran parar. Las piernas de Durotan no tenían tales problemas, y el heredero del clan Frostwolf cayó hacia delante, prácticamente inconsciente. Se tumbó boca abajo en la tierra fría y cubierta de dulce musgo, jadeando en busca de aire, a sabiendas de que debería incorporarse y volver a retar a Orgrim, pero demasiado exhausto como para hacer algo más que permanecer estirado y tratar de recuperarse.

Oyó cómo Orgrim hacía lo mismo y fue entonces cuando el otro joven orco rodó sobre su espalda y se echó a reír. Durotan hizo lo mismo. Los pájaros y los pequeños animales que habitaban el bosque de Terokkar permanecían en silencio mientras los dos orcos pronunciaban sonidos de alegría. Mientras Durotan ondulaba sus labios y dejaba ver sus colmillos en formación, pensó que se podían parecer más a feroces gritos de guerra previos a una cacería.

—Ja —gruñó Orgrim, sentado y golpeando a Durotan de forma juguetona—. No he tenido que esforzarme mucho para vencer a un cachorro como tú, Durotan.

—Tienes mucho músculo, pero tu cerebro está hambriento —replicó Durotan—. La habilidad es tan importante como la fuerza. Pero el clan Blackrock no tiene ni idea de esas cosas.

No había malicia en sus bromas. Los clanes se habían opuesto, al principio, a la amistad entre ambos jóvenes, pero el terco argumento de Durotan de que sólo porque algo no se haya hecho antes no significa que no pueda ser hecho, divirtió e impresionó a sus líderes. También ayudó el hecho de que ambos eran clanes que tradicionalmente habían mostrado un buen humor. Si Durotan hubiera propuesto su amistad con un miembro del clan Warsong o del Bonechewer, por ejemplo, conocidos por su agudo orgullo y desconfianza en los otros, la pequeña llama de amistad se hubiera apagado enseguida. Así fue como los mayores asintieron, esperando que la novedad desapareciera y que cada joven regresara al lugar que le corresponde en su clan para mantener el orden familiar que se había establecido desde siempre… más allá de lo que nadie pueda recordar.

Ellos se sintieron decepcionados.

La escarcha de finales del invierno había dado paso a la primavera y, poco después, al apabullante calor del verano, pero la amistad continuaba. Durotan sabía que estaban siendo vigilados pero que, mientras nadie se interpusiera, él no se opondría.

Durotan cerró sus ojos y dejó que sus dedos se extendieran sobre el musgo. El chamán había dicho que todas las cosas tienen vida, poder, espíritu. Estaban profundamente involucrados con los espíritus de los elementos —el fuego, la tierra, el aire y el agua— y el Espíritu de la Libertad, y dijo que podían sentir la fuerza vital en la tierra e incluso en la piedra, aparentemente muerta. Todo lo que Durotan podía sentir era el frio y la sensación ligeramente húmeda del musgo y del suelo bajo sus palmas.

La tierra se estremeció. Durotan abrió de repente los ojos.

Se levantó rápidamente y de forma inconsciente dirigió su mano hacia el garrote puntiagudo que siempre llevaba con él. Orgrim prefería llevar un pesado y metálico martillo, el arma tradicional de los Blackrock, y una versión simplificada del legendario martillo que un día empuñaría. Los dos muchachos se miraron. No necesitaban hablar para comunicarse. ¿Lo que había hecho temblar la tierra era un enorme uñagrieta, con su greñudo pelaje del que se hacen magníficas mantas y con su exquisita carne rojiza que podría alimentar a casi todo el clan, o había sido algo más peligroso?

¿Qué animales moran en el bosque de Terokkar? Sólo habían estado allí una vez antes de…

Se pusieron en pie al unísono, sus oscuros y pequeños ojos inspeccionaban los siniestros y oscuros rincones de las raíces de los árboles en busca de aquello que había producido ese ruido.

Bum. La tierra se estremeció de nuevo. El corazón de Durotan empezó a latir más rápidamente. Si era un pequeño uñagrieta, quizás podrían abatirlo entre los dos y compartir la caza con ambos clanes. Le echó una mirada a Orgrim y vio cómo los ojos del otro orco brillaban de excitación.

Bum.

Bum.

Bum.

Ambos jóvenes gritaron asustados y se replegaron al tiempo que el ruido sonaba más cercano. Un árbol que estaba a sólo unos metros de distancia se convirtió en astillas ante sus ojos. Lo que provocaba tal ruido y que tan fácilmente se deshizo de ese viejo árbol apareció de repente a la vista.

Era enorme, llevaba un garrote tan grande como ellos mismos, y definitivamente no se trataba de un uñagrieta.

Y los había visto.

Abrió su boca y gritó algo que era vagamente inteligible, pero Durotan no estaba dispuesto a perder el tiempo intentando averiguar qué había dicho.

Sólo podían pensar en una cosa, ambos se volvieron y huyeron.

En ese momento Durotan deseó con todas sus fuerzas no haberse desafiado a correr como habían hecho hace un rato, pues sus piernas no se habían recuperado completamente. Aun así, se movían bajo sus órdenes, impulsadas por el espíritu de supervivencia que parecía insuflarles nuevas energías.

¿Cómo se habían internado tan profundamente en el territorio de los ogros? ¿Y dónde estaban los gronn? Durotan se imaginaba a los amos de los ogros abriéndose camino entre los árboles, más altos todavía que los propios ogros, e incluso más horrorosos que ellos. Sus cuerpos más parecidos a la propia tierra que a la carne de los animales y su único ojo, inyectado en sangre, mirándolos fijamente, mientras dirigía el ogro hacia ellos.

Tanto él como Orgrim no habían llegado todavía a la edad para ser iniciados en la edad adulta y acompañar a los guerreros de los clanes en las cacerías de ogros y, en raras ocasiones, de los mismos gronn. Habían asistido a cacerías mucho menos peligrosas, de talbuks u otras presas más sencillas, pero Durotan siempre había soñado con el día en que le permitieran hacer frente a una de esas temibles criaturas, ganando honor para sí mismo y para su clan.

Ahora no estaba tan seguro de quererlo. La tierra continuó temblando, y los gritos de los ogros se empezaron a oír con más claridad.

—¡Yo aplastar pequeños orcos! ¡Golpear! —El rugido que siguió a continuación fue tan fuerte que casi hizo sangrar sus oídos.

Esa cosa los estaba atrapando. A pesar de las órdenes de pánico que su cerebro emitía a su cuerpo para que corriera más rápido, más rápido maldita sea, no podía poner distancia entre él y la monstruosa cosa que se abalanzaba sobre él, y su enorme sombra tapaba ya los rayos de luz que se filtraban entre las ramas de los árboles.

Los árboles eran cada vez más finos y la luz se hizo más brillante. Estaban cerca de los límites del bosque. Durotan siguió corriendo y salió al espacio abierto de un prado; sus pies volvieron a pisar de nuevo la suave hierba. Orgrim iba delante de él, pero no mucho más lejos. Un pensamiento de desesperación recorrió la cabeza de Durotan, seguido de una oscura ola de furia.

¡Todavía no eran adultos! Todavía no habían ido a su primera cacería real, no habían bailado en el fuego con las mujeres, no habían ungido sus caras con la sangre caliente de su primera víctima en solitario. Eran tantas cosas las que todavía no habían hecho. Morir gloriosamente en batalla era una cosa, pero era tal su inferioridad ante esa horrible criatura que sus muertes serían tomadas con más humor que respeto.

Consciente de que podría costarle unos segundos muy valiosos, pero incapaz de resistir el impulso, Durotan se volvió para gritar una maldición hacia el ogro antes de que pudiera aplastarle la cabeza, como a un pastel de cereales, con su garrote.

Lo que vio lo dejó asombrado.

Sus salvadores no emitieron ni un solo ruido. Se movían en silencio, como una marea azul, blanca y plateada, que aparentemente surgió de la nada. Durotan oyó el familiar sonido que hacen las flechas al surcar el aire y un latido más tarde los gritos del ogro se teñían con dolor más que rabia. Aparecieron docenas de flechas sobre el cuerpo del ogro, minúsculas agujas sobre algo tan enorme y pálido, y detuvieron su avance mortal. Gritó y trató de rascarse las irritaciones que aparecían sobre su piel.

Una voz clara resonó. Aun sin entender el idioma, Durotan reconoció las palabras de poder cuando las oyó, y le empezó a picar la piel. De pronto el cielo se anegó de relámpagos. Pero eran diferentes a cualquier otro relámpago invocado por un chamán. Una energía azul, blanca y plateada crepitó alrededor del ogro que, arrodillado, vio cómo los rayos se cerraban sobre él como una red. El monstruo volvió a rugir y entonces se desmoronó. La tierra tembló.

Fue entonces cuando los draenei, cubiertos sus cuerpos con unas especies de corazas que reflejaban los fríos tonos de sus energías de tal forma que deslumbraban a

Durotan, desmontaron y descendieron sobre el ogro caído. Sus espadas brillaban, nuevas palabras de poder y comando fueron pronunciadas, y Durotan se vio obligado a cerrar los ojos o a volverse loco ante lo que veía.

Al final se hizo el silencio. Durotan abrió los ojos de nuevo para ver al ogro muerto. Tenía los ojos abiertos, la lengua le sobresalía por los labios, también abiertos, y su cuerpo estaba cubierto de sangre roja y quemaduras negras.

Tan profundo era el silencio que Durotan podía escuchar su respiración entrecortada y la de Orgrim. Los dos se miraron, sorprendidos por lo que acababa de pasar.

Ambos habían visto a los draenei antes, por supuesto, pero no tan de cerca. Visitaban de vez en cuando a todos los clanes con la intención de intercambiar sus cuidadosamente creadas herramientas, armas y piezas decorativas talladas en piedra por las gruesas pieles de los animales del bosque, las mantas tejidas en colores alegres y las materias primas que los orcos extraían de la tierra y de las piedras. Siempre habían sido vistos con mucho interés por los clanes, pero los intercambios solamente duraban unas horas. Los draenei, de piel azul, voz suave e inquietante atracción, no trasmitían mucha proximidad, por lo que ningún líder de clan los había invitado nunca a compartir su hospitalidad con ellos. Las relaciones entre ellos eran siempre cordiales, pero distantes, y todos parecían quererlas así.

Entonces el líder del grupo que tan inesperadamente había llegado se acercó a Durotan. Tumbado en el suelo, Durotan vio lo que nunca había podido observar cuando miraba a los draenei a distancia.

Sus piernas no se extendían rectas desde sus torsos hasta la tierra. Se curvaban hacia atrás como… como las de un talbuk, estaban protegidas por una especie de armadura brillante y terminaban en unas pezuñas que quedaban al descubierto. Y. sí, indudablemente era una cola gruesa, sin pelo, que se agitaba constantemente de un lado a otro. Su dueño se inclinó sobre él y le ofreció su mano de color azul oscuro. Durotan parpadeó, mirando una vez más la forma inesperada de los pies de los draenei y su cola de reptil, y luego se incorporó sin su ayuda. Lo miró a la cara, cubierta de extrañas placas, como si de una armadura se tratara. Su cabello negro y su barba caían sobre un chaleco de colores, llevaba pendientes y sus ojos brillaban con el color de un lago en invierno.

—¿Estás herido? —preguntó con un tono vacilante en la lengua común de los orcos, mientras su lengua tenía evidentes dificultades para pronunciar las sílabas guturales.

—Sólo mi orgullo —escuchó Durotan cómo Orgrim murmuraba en el dialecto de su clan. Él también se sentía herido. Los draenei habían salvado, obviamente, sus vidas y estaban agradecidos, por supuesto. Pero habían visto cómo dos jóvenes y orgullosos orcos corrían despavoridos ante el peligro. Sin lugar a dudas, el peligro había sido muy real, tanto como que un solo golpe de garrote los podría haber aplastado a los dos como a moscas aun así, dolía.

El draenei podía o no haber oído o entendido a Orgrim, y Durotan creyó ver cómo sus labios se curvaban en una sonrisa. El draenei miró hacia el cielo y, para su consternación, Durotan se dio cuenta que de que el sol estaba poniéndose por el horizonte.

—Se han alejado demasiado de sus casas y el sol se está poniendo —dijo—. ¿A qué clan pertenecen?

—Soy Durotan, del clan Frostwolf, y éste es Orgrim, del clan Blackrock.

El draenei se sorprendió.

—¿Dos clanes diferentes? ¿Se estaban retando el uno al otro y por eso están tan lejos de sus casas?

Durotan y Orgrim intercambiaron miradas.

—Sí… y no —dijo Durotan—. Somos amigos.

Los ojos del draenei se abrieron de par en par.

—Amigos. ¿de dos clanes diferentes?

Orgrim asintió con la cabeza.

—Sí —añadió a modo de defensa—. No es lo más tradicional, pero no está prohibido.

El draenei asintió, pero seguía sorprendido. Los miró a los dos por un momento, luego se giró hacia dos de sus compañeros y murmuró algo en su lengua nativa. Durotan pensó que era un lenguaje profundamente musical, como el sonido del agua serpenteando entre las piedras o el canto de un pájaro. Los otros dos draenei escucharon atentamente y luego asintieron. Uno cogió su odre del cinturón, bebió profundamente y empezó a correr con paso ligero y rápido, como el de un talbuk, en dirección suroeste, hacia las tierras de los Frostwolf. El otro se dirigió hacia las tierras del este, donde moraba el clan Blackrock.

El draenei que había estado hablando con ellos se dio media vuelta.

—Harán saber a sus familias que están bien y a salvo. Volverán a casa mañana. Mientras tanto, me alegra ofrecerles la hospitalidad de los draenei. Mi nombre es Restalaan. Soy el líder de la guardia de Telmor, la ciudad con la que sus dos clanes normalmente comercian. Lamento decir que no recuerdo a ninguno de ustedes dos, pero normalmente las crías de orco se muestran un poco recelosas de nosotros cuando llegamos a su territorio.

Orgrim se erizó.

—No le tengo miedo a nada ni a nadie.

Restalaan sonrió de soslayo.

—Estaban huyendo del ogro.

El rostro moreno de Orgrim se oscureció y sus ojos brillaron con rabia. Durotan bajó ligeramente la cabeza. Como había temido, Restalaan y los otros habían sido testigos de su vergüenza y ahora se iban a burlar de ellos.

—Eso —continuó Restalaan con calma, como si no hubiera notado el efecto que sus palabras habían provocado en los dos orcos— es actuar con sabiduría. Si no hubieran huido, tendríamos que enviar dos cadáveres de vuelta a casa con sus familias mañana, en lugar de dos sanos, fuertes y jóvenes orcos. Tener miedo no es motivo de vergüenza alguna, Orgrim y Durotan. Sólo dejar que el miedo te impida hacer lo correcto. Y, en su caso, salir corriendo ha sido definitivamente lo correcto.

Durotan levantó la barbilla.

—Llegará el día en que seremos fuertes y altos. Entonces, serán los ogros los que nos temerán a nosotros.

Restalaan se giró hacia él y, para su sorpresa, asintió con la cabeza.

—Estoy completamente de acuerdo —dijo—. Los orcos son cazadores muy poderosos.

Orgrim entrecerró sus ojos esperando la burla, pero no la hubo.

—Vengan —dijo Restalaan—. De noche, hay peligros en el bosque de Terokkar con los que ni siquiera la guardia de Telmor podría enfrentarse. Vámonos.

Aunque exhausto, Durotan encontró la fuerza necesaria para mantener un ritmo constante, no podía sentirse avergonzado dos veces en el mismo día. Corrieron durante algún tiempo y finalmente el sol se escondió por el horizonte con una gloriosa explosión de colores carmesí, oro y púrpura. Echaba un vistazo de vez en cuando, tratando de no parecer grosero, pues sentía mucha curiosidad por ver a aquellos seres extraños a tan poco metros de distancia. Seguía a la espera de ver los primeros signos de la ciudad, caminos erosionados por el andar de incontables viajeros, señales luminosas alrededor del camino, las sombras de los edificios tras el cielo oscuro. Pero no vio nada. Y, a medida que continuaban su camino, sintió una leve punzada de miedo.

¿Podría ser que los draenei no estuvieran planeando ayudarlos a él y a Orgrim después de todo? ¿Podría ser que los llevaran cautivos para pedir un rescate? ¿Y si iban a hacerles algo peor, como ofrecerlos en sacrificio a algún dios oscuro o…?

—Hemos llegado —dijo Restalaan. Desmontó y se arrodilló en el suelo, apartó hacia un lado algunas hojas y la pinaza. Orgrim y Durotan se miraron confundidos. Todavía estaban en medio del bosque. No había ciudad ni carreteras ni nada de nada a la vista. Se acercaron el uno al otro. Los superaban claramente en número, pero no morirían sin luchar antes.

Arrodillado todavía sobre la alfombra de hojas y pinaza, Restalaan descubrió un precioso cristal verde. Había sido cuidadosamente ocultado bajo la maleza y el detritus del bosque. Durotan lo miraba fijamente, atónito por su belleza. Encajaría perfectamente en la palma de su mano y ardía en deseos de tocarlo, de sentir esa suavidad, ese extraño pulso sobre su piel. De alguna manera sabía que iba a experimentar una tranquilidad como la que nunca había sentido solo con tocarlo. Restalaan pronunció una serie de sílabas que se marcaron con fuego en el cerebro de Durotan.

—Kehla men samir, solay lamaa kaki.

La imagen del bosque comenzó a brillar y a ondularse como si fuera un reflejo sobre la superficie de un lago al que tiras una piedra. Muy a su pesar, Durotan se quedó sin aliento. El resplandor aumentó y de repente no había bosque, ni árboles, sólo un camino grande y pavimentado que conducía, a través de la ladera de la montaña, a un lugar donde Durotan veía cosas que nunca antes había imaginado.

—Estamos en el corazón del país de los ogros, pero no era así cuando hace mucho tiempo construimos la ciudad —dijo Restalaan—. Si los ogros no pueden vernos, no pueden atacamos.

Al fin, Durotan recuperó su voz.

—Pero… ¿cómo?

—Una simple ilusión, nada más. Un truco de. luz.

Algo en la forma en que dijo eso provocó un ligero calambre a Durotan. Al ver la expresión confusa del orco, Restalaan continuó.

—No siempre puedes confiar en tu vista. Pensamos que lo que vemos siempre es real, que la luz siempre revela de igual forma y en todas las ocasiones lo que hay fuera. Pero las luces y las sombras pueden ser manipuladas y dirigidas por aquéllos que las entienden. Al pronunciar esas palabras y tocar el cristal, he alterado la forma en que la luz baña esas rocas, esos árboles, el paisaje en definitiva. De esta forma, el ojo percibe algo completamente diferente a lo que en realidad había.

Durotan sabía que seguía embelesado como un estúpido. Restalaan se rió ligeramente.

—Vengan, mis nuevos amigos. Vengan donde ninguno de los suyos ha estado antes. Caminen por las calles de mi casa.

Regresar al índice de El ascenso de la Horda

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.