El ascenso de la Horda – Prólogo

El poder que irradiaba el desconocido se arremolinaba a su alrededor con tonos y vibraciones gloriosos, flotaba como una capa tras él y rodeaba su portentosa cabeza como si fuera una corona. Su voz era audible tanto a través de los oídos como directamente en la mente y le recorrió la sangre como una dulce canción desde hace tiempo olvidada y ahora, de repente, recordada de nuevo.

Lo que ofrecía era tentador, era emocionante, y hacía que su corazón se encogiese de añoranza. Aun así, aun así… había algo…

Cuando se había ido, los líderes de los eredar empezaron a hablar tranquilamente los unos con los otros, de manera telepática.

—No es mucho pedir, para lo que nos ofrece —dijo el primero en hablar. Se estiró, tanto en el mundo físico como en el metafísico, exhalando ecos de fuerza.

—Un poder así. —murmuró el segundo, perdido en sus cavilaciones. Era el más elegante, el más bello, y su esencia era gloriosa y radiante—. Y lo que ha dicho es cierto. Lo que nos ha enseñado, pasará. Nadie puede mentir sobre algo así.

El tercero permanecía en silencio. Lo que el segundo había dicho era verdad. El método por el que este poderoso ser había demostrado la veracidad de lo que les ofrecía no podía ser falsificado, todos lo sabían. Aun así, esta entidad, este. Sargeras… había algo de él que a Velen no le gustaba.

Los otros líderes eran al mismo tiempo amigos de Velen. Era sobre todo buen amigo de Kil’jaeden, el más poderoso y decisivo de los tres. Habían sido amigos durante los muchos años que habían pasado desapercibidos para los seres de más allá de lo que alcanza el tiempo. Que Kil’jaeden estuviera dispuesto a aceptar la oferta tenía más peso para Velen que la opinión de Archimonde que, aunque por lo general se hacía notar, podía estar ocasionalmente influido por su vanidad.

Velen volvió a reflexionar sobre la imagen que Sargeras les había mostrado. Mundos por conquistar y, lo que era más importante, por explorar e investigar; pues, por encima de todo, los eredar eran una raza curiosa. Para unos seres tan poderosos, el conocimiento era lo mismo que la comida y la bebida para otros seres inferiores, y Sargeras les ofreció un tentador vistazo de lo que podrían conseguir solamente con…

Sólo jurarle lealtad.

Sólo prometer lo mismo para su gente.

—Como de costumbre, nuestro querido Velen es el más cauto, —dijo Archimonde. Se podían entender esas palabras como un cumplido; pero, en su lugar, golpearon a Velen por su condescendencia. Sabía lo que Archimonde quería conseguir, y Velen sabía que el otro entendía su indecisión simplemente como un obstáculo para lo que él, Archimonde, anhelaba en ese momento. Velen sonrió.

—Sí, soy el más prudente, y algunas veces mi prudencia nos ha salvado tanto como tu decisión, Kil’jaeden, y tu instintiva impetuosidad, Archimonde.

Ambos se echaron a reír y, por un momento, Velen se sintió reconfortado por su afecto. Luego se callaron y advirtió que ellos, como mínimo, ya habían tomado una decisión. Velen sintió un vuelco en el corazón al verlos marchar, esperando que hubiera tomado la decisión correcta.

Ellos tres siempre habían trabajado juntos, sus diferentes personalidades se equilibraban mutuamente. El resultado era armonía y paz para su gente. Sabía que Kil’jaeden y Archimonde querían de verdad lo mejor no para ellos mismos, sino para aquéllos que lideraban. Compartía este sentimiento con ellos y, siempre antes, habían conseguido llegar a un acuerdo en este tipo de cosas.

Velen frunció el ceño. ¿Por qué lo perturbaba el atractivo y seguro Sargeras? Los otros se habían inclinado por aceptar su oferta, obviamente. Sargeras les había dicho que los eredar eran exactamente lo que había estado buscando. Un pueblo fuerte, pasional y orgulloso, que le serviría para reunir a todos los pueblos. Les había dicho que los elevaría, que los cambiaría, los haría mejores, que les daría unos dones que el universo nunca antes había visto porque, de hecho, el universo nunca antes había reunido los poderes de los que

Sargeras hablaba y la singularidad de los eredar. Y lo que Sargeras les había dicho, de hecho, era lo que iba a pasar.

Y, sin embargo, sin embargo…

Velen fue al templo, el lugar donde habitualmente iba cuando no tenía las ideas claras. Otros estaban allí aquella noche, sentados en círculo alrededor del único pilar en la habitación que guardaba el precioso cristal ata’mal. Era un artefacto antiguo, tan antiguo como para que ningún eredar pudiera recordar sus orígenes, e incluso más de lo que pudieran recordar de ellos mismos. La leyenda decía que era un don que les habían otorgado mucho tiempo atrás. El cristal les había hecho capaces de expandir tanto sus capacidades mentales como su conocimiento de los misterios del universo. Había sido usado en el pasado para curar, conjurar y, como Velen quería usarlo aquella noche, para recibir visiones. Con todo el respeto, se acercó hacia el cristal y tocó su superficie triangular. Su calor, como el de un animal acurrucado en su mano, lo tranquilizó. Respiró hondo, dejando que su familiar poder entrase dentro de él, retiró la mano y volvió al círculo.

Velen cerró sus ojos y se abrió todas las partes capaces de recibir la visión: su mente, su cuerpo y su intuición mágica. Al principio, lo que vio parecía sólo confirmarle lo que Sargeras les había prometido. Se vio a sí mismo al lado de Kil’jaeden y Archimonde, señores no sólo de su propio, noble y orgulloso pueblo, sino de muchos otros mundos. Un poder brillaba alrededor de ellos, un poder que Velen sabía que iba a ser tan embriagador como cualquier licor que pudiera beber. Había ciudades luminosas que estaban bajo su mando, así como sus habitantes, que se postraban ante ellos tres con vítores y gritos de adoración y lealtad. Había una tecnología tan avanzada como la que nunca podría haber soñado o esperado a través de sus investigaciones. Le habían traducido libros escritos en extrañas lenguas, que le revelaban una magia inimaginable y desconocida hasta entonces.

Era una visión gloriosa, y su corazón estaba henchido de placer.

Se dio la vuelta para mirar a Kil’jaeden, y su viejo amigo sonreía. Archimonde le puso la mano amistosamente sobre el hombro.

Entonces, Velen bajó la mirada hacia sí mismo.

Y gritó horrorizado.

Su cuerpo era ahora de un tamaño descomunal, pero estaba torcido y distorsionado. Su suave piel azul era ahora negra y marrón, y nudosa, como el tronco de un árbol desfigurado por alguna enfermedad. Su cuerpo irradiaba luz, pero no una luz pura de energía poderosa y positiva, sino una luz de un tono verde enfermizo. Desesperadamente, se giró para contemplar a sus amigos, sus compañeros en el liderazgo de los eredar. Ellos también habían sido transformados. Ellos tampoco conservaban nada de lo que habían sido, sino que ahora eran…

Man ’ari.

La palabra con la que los eredar se referían a algo horrorosamente malo, retorcido, poco natural y corrupto se estrelló contra su mente con la fuerza de una espada brillante. Velen volvió a gritar agónicamente y dobló sus rodillas. Retiró la vista de su cuerpo atormentado, en busca de paz, prosperidad y el conocimiento que Sargeras le había prometido. Pero sólo veía atrocidades; donde antes había una multitud de seguidores, ahora sólo veía cuerpos mutilados que, como el suyo, el de Kil’jaeden o el de Archimonde habían sido transformados en monstruos. Entre los muertos y los desfigurados, había seres dando saltos que no se parecían a nada que hubiera visto antes. Como perros extraños con tentáculos en sus espaldas. Diminutas y retorcidas figuras que bailaban y saltaban y se reían de la carnicería. Criaturas aparentemente bellas, con las alas extendidas a sus espaldas, contemplaban lo que habían causado con deleite y orgullo. La tierra moría allá por donde sus pezuñas pisaban. No solamente la hierba, sino el mismo suelo; todo lo que daba vida era eliminado, succionado hasta dejarlo seco.

Esto, entonces, era lo que planeaba hacer Sargeras con los eredar. Éstas eran las «mejoras» que les había comentado con tanto entusiasmo. Si la gente de Velen se aliaba con Sargeras, se convertirían en esas monstruosas cosas… esos man’ari. Y, de alguna forma, Velen comprendió que lo que había presenciado no se trataba de un incidente aislado. No era simplemente este mundo el que caería. Ni siquiera una docena de mundos o una centena o un millar.

Si le daba su apoyo a Sargeras, todo iba a ser destruido. Esta legión de man’ari seguiría avanzando con la ayuda de Kil’jaeden, Archimonde y, si todo lo bueno y puro no lo ayudaban, con la suya. No se detendrían hasta que todo lo que existiese fuera arrasado y ennegrecido como ese pedazo de tierra que Velen había visto a través de la visión borrosa. ¿Podía ser que Sargeras estuviera loco? O, peor aún, ¿era consciente de todo esto y aun así seguía anhelándolo?

Caía sangre y fuego líquido sobre todas las cosas, llovía sobre él, quemándolo y salpicándolo hasta que cayó de rodillas al suelo y rompió a llorar.

Afortunadamente, la visión desapareció y Velen parpadeó, temblando. Ahora estaba solo en el templo, y el cristal brillaba de forma reconfortante. Estaba agradecido por la protección que le otorgaba.

No había sucedido. Todavía no.

Lo que Sargeras les había dicho era, sin lugar a dudas, cierto. Los eredar se transformarían y a sus tres líderes les serían ofrecidos poder, conocimiento y dominación… casi divinos.

Y perderían todo aquello a lo que habían dado tanta importancia, pues traicionarían a todos los que habían jurado proteger.

Velen se pasó una mano por la cara y se alivió al ver que sólo estaba empapada de sudor y lágrimas y no del fuego y la sangre de su visión. No todavía, pensó. ¿Era posible poner fin a todo esto o mitigar la destrucción que la legión causaría de todas formas?

La respuesta flotaba a sus espaldas, tan revitalizante y dulce como un trago de agua pura en el desierto: Sí.

Llegaron al mismo tiempo, respondiendo a la emoción de su llamada mental. No era más que una cuestión de segundos limpiar sus mentes y observar todo lo que él había visto, todo lo que había sentido. Por un instante, supo que compartían sus sentimientos, y la esperanza creció en su interior. Sin embargo.

Archimonde parecía contrariado.

—Ésta no es una visión del futuro que podamos verificar. Es sólo una corazonada.

Velen se quedó mirando a su viejo amigo, luego dirigió su mirada hacia Kil’jaeden. Kil’jaeden no estaba cegado por la vanidad como Archimonde. Era decisivo y sabio.

—Archimonde tiene razón —dijo Kil’jaeden sin rodeos—. No hay veracidad ninguna, sólo es una imagen en tu propia mente.

Velen lo miró, el dolor crecía en su interior. Con cuidado y tristeza, desligó sus pensamientos de los de ellos. Ahora, lo que había en su mente y en su corazón se quedó allí, sólo para él. Nunca más lo volvería a compartir con aquellos dos que una vez habían sido como extensiones de su propia alma.

Kil’jaeden entendió su retirada como una rendición, justo lo que quería dar a entender Velen, y le sonrió mientras colocaba la mano sobre su espalda.

—No quiero renunciar a aquello que sé que es positivo, bueno y verdadero por lo que simplemente temo que podría ser desagradable —dijo—. Creo que tú tampoco.

Velen no podía arriesgarse a mentir. Simplemente bajó la cabeza y suspiró. En otra ocasión, Kil’jaeden e incluso Archimonde hubieran sido capaces de ver más allá de su débil fachada pero, ahora, no estaban centrados en él, estaban pensando en los aparentemente ilimitados poderes que les iban a ser otorgados. Aquéllos que otrora fueran grandes seres, ahora eran simplemente los juguetes de Sargeras; y estaban en el camino de convertirse en man’ari. Velen sabía con aterradora certeza que, si sospechaban que no estaba de su lado, se volverían en su contra con mortíferas consecuencias. Tenía que sobrevivir, aunque sólo fuera para hacer lo necesario por salvar a su pueblo de la condenación y la destrucción.

Velen asintió, pero no dijo nada, y entonces se decidió que los tres líderes de los eredar se aliarían con el gran Sargeras. Archimonde y Kil’jaeden se fueron rápidamente para preparar todo lo necesario para recibir a su nuevo señor.

Velen lloraba de impotencia. Quería salvar a toda su gente, como había jurado hacer, pero sabía que era imposible. La mayoría confiarían en Kil’jaeden y Archimonde, y los seguirían hacia la condenación. Pero había unos cuantos qué pensarían de la misma forma que él había hecho, que renunciarían a todo sólo por su palabra. Y así tendrían que hacerlo, pues su mundo natal, Argus, sería próximamente destruido, devorado por la locura de la legión demoniaca. Aquéllos que querían sobrevivir, tendrían que huir.

Pero… ¿huir a dónde?

Velen miró fijamente el cristal ata’mal, la desesperación inundaba todo su cuerpo. Sargeras estaba de camino. No había lugar en este mundo donde esconderse de un ser así. ¿Cómo iban a escapar, entonces?

Las lágrimas emborronaron su visión mientras contemplaba el cristal. Sin duda eran sus lágrimas las que lo hacían brillar y palpitar. Velen parpadeó. No… no era un efecto de la luz a través de sus lágrimas. El cristal estaba brillando y, ante su atónita mirada, se levantó de su pedestal y levitó hasta quedarse justo frente a él.

Tócalo., oyó como decía una voz suavemente en su cabeza. Temblando y atemorizado, Velen extendió una de sus fuertes y azules manos con la esperanza de sentir el calor familiar del prisma inactivo.

Una energía atravesó su cuerpo y jadeó. Por su intensidad, era casi tan poderosa como la energía oscura que había percibido a través de su visión. Pero ésta era tan pura como aquélla contaminada y corrupta; tan luminosa como aquélla oscura; y, de repente, Velen sintió esperanza y fuerza en su interior.

El extraño y brillante campo alrededor del cristal ata’mal crecía y se expandía hacia arriba, cobrando forma. Velen parpadeó, casi cegado por el resplandor, pero sin querer apartar la mirada.

No estás solo, Velen de los eredar, le susurró la voz. Fue tranquilizador, dulce, como el sonido del agua corriendo y una ráfaga de viento veraniego. El resplandor se desvaneció poco a poco y, flotando frente a Velen, apareció un ser diferente a cualquier otro que jamás hubiera visto. Parecía estar formado por luz viva. Su centro era de un tono dorado suave, su radio exterior era de color violeta brillante. Extraños glifos de aspecto metálico se arremolinaban alrededor de su centro moviéndose como una espiral de color y luz, tranquilizadora e hipnótica. Continuó hablando en su mente con una voz que a Velen le parecía más luz que sonido.

Nosotros también hemos sentido los horrores que próximamente asolarán este y otros mundos. Nos hemos esforzado por mantener el equilibrio, y lo que Sargeras está planeando lo destrozará todo. Descenderán el caos más absoluto y la ruina total, y las cosas que son buenas, verdaderas, puras y sagradas se perderán sin posibilidad de recuperarlas.

Quién… qué… Velen ni siquiera podía formular la pregunta en su cabeza, de lo sobrecogido que estaba por la majestuosidad de aquel ser.

Somos los naaru, dijo la entidad radiante. Puedes llamarme… K’ure.

Los labios de Velen empezaron a dibujar una sonrisa mientras susurraba esas palabras.

—Naaru… K’ure… —probó la dulzura que había tras ellas, como si al pronunciarlas le diesen algo de su misma esencia.

Aquí es donde todo empieza, K’ure continuó. No podemos pararlo, pues tus amigos son libres al tomar sus decisiones. Pero tú nos has contactado con el corazón angustiado, con la intención de salvar lo que podamos. Nosotros salvaremos a todos aquellos que rechacen el horror que ofrece Sargeras.

¿Qué puedo hacer? De nuevo las lágrimas inundaban los ojos de Velen, pero esta vez de alegría y alivio.

Reúne a todos aquellos que vayan a seguir tus consejos. Dirígete con ellos a la montaña más alta de esta tierra el día más largo de este año. Lleva el cristal ata’mal contigo. Hace mucho, mucho tiempo, que se los dimos y a través de él los encontraremos. Vendremos y los llevaremos lejos de aquí.

Por un instante, un atisbo de duda, como una llama oscura, creció en el corazón de Velen. Nunca había oído hablar de esos seres de luz llamados naaru y, ahora, esta entidad, este K’ure, le estaba pidiendo que robase el objeto más sagrado de su gente. ¡Incluso afirmaba que habían sido ellos los que se lo habían entregado a los eredar! Quizás Kil’jaeden y Archimonde estaban en lo cierto. Quizás la visión de Velen no era más que la manifestación de sus miedos.

Pero, incluso mientras los retorcidos pensamientos corrían a través de su mente, sabía que eran los últimos vestigios de un desolado anhelo por todo tal y como era antes de que las cosas cambiaran de una forma tan horrorosa… antes de Sargeras.

Sabía lo que tenía que hacer e inclinó su cabeza ante el glorioso y sinuoso ser de luz.

Talgath fue el primer, y de mayor confianza, aliado al que llamó Velen, un antiguo amigo que lo había ayudado en el pasado. Todo se basaba en este amigo, capaz de pasar desapercibido por donde Velen no podía. Talgath se mostró escéptico en un primer momento pero, cuando Velen unió sus mentes y le enseñó la oscura visión que él había recibido, Talgath aceptó sin demora. Velen no dijo nada de los Naaru ni de su oferta de ayuda, de igual manera que él no conocía en qué consistiría concretamente. Sólo le aseguró a Talgath que había una manera de escapar a este destino, pero que debía confiar plenamente en él.

El día más largo del año se estaba acercando. Con toda la discreción que pudo, mientras Archimonde y Kil’jaeden estaban obsesionados con Sargeras, Velen envió sutiles mensajes mentales a aquéllos que eran de su confianza.

Talgath se reunió con otros, de parte de Velen en defensa de ellos mismos y de toda su gente. A continuación, Velen centró su atención en crear una sutil red mágica sobre aquellos dos traidores a los que una vez había querido como amigos. Así no se darían cuenta de la frenética actividad que se llevaba a cabo justo delante de ellos.

La intrincada red se creó con una sorprendente velocidad y, sin embargo, con una lentitud agonizante. Cuando finalmente el día llegó y los eredar que habían sido escogidos para seguir a Velen se reunieron en la cima de la montaña más alta de su antiguo mundo, Velen se dio cuenta de que su número era tremendamente pequeño. Eran sólo unos cientos aquéllos en los que Velen podía confiar de verdad. No se atrevió a arriesgarse contactando con aquéllos que se podrían haber vuelto en su contra.

Velen había cogido el cristal ata’mal hacía muy poco tiempo. Había pasado los últimos días fabricando una falsificación para que nadie diera la alarma al ver que no estaba en su sitio. La había tallado con el máximo cuidado con una simple piedra cristalina y le había lanzado un hechizo para que brillase igual. Pero no producía ningún efecto cuando lo tocaban. Si alguien rozaba el cristal falso con sus dedos, se desvelaría el robo.

El verdadero cristal ata’mal estaba ahora muy cerca de su corazón mientras veía cómo su gente subía la montaña, con sus fuertes piernas y pezuñas. Muchos habían llegado ya y lo miraban con expectación; todos querían hacerle la misma pregunta, ¿cómo iban a escapar de allí?

Lo mismo se preguntaba Velen. Por un momento perdió la esperanza, pero entonces recordó al radiante ser que había conectado sus pensamientos con los suyos. Vendrán. Lo sabía.

Mientras tanto, cada segundo que pasaba significaba estar más cerca de ser descubiertos. Y muchos de ellos todavía no habían llegado; entre ellos, Talgath.

Restalaan, otro antiguo amigo de confianza, sonrió a Velen.

—No tardarán en llegar —dijo para tranquilizarlo.

Velen asintió. Restalaan tenía más razón de la que se imaginaba. No había ninguna señal de que sus viejos amigos y ahora enemigos, Kil’jaeden y Archimonde, hubieran sido alertados acerca de su escandaloso y atrevido plan. Además estaban demasiado consumidos anticipando sus futuros poderes.

Y, sin embargo, sin embargo…

El mismo instinto profundo que lo había advertido de que debía desconfiar de Sargeras atormentaba ahora su mente. Algo no iba bien. Se dio cuenta de que estaba dando vueltas a causa de la preocupación.

Y entonces llegaron.

Talgath y varios más habían llegado a la cima, sonriendo y saludándolos, y Velen suspiró aliviado. Se estaba acercando a ellos cuando el cristal proyectó una poderosa corriente a través de su cuerpo. Apretó fuertemente la gema con sus dedos azules mientras su mente se abría ante una advertencia. Velen cayó de rodillas mientras un dolor mental lo asaltaba.

Sargeras había empezado. Había comenzado a crear su espantosa legión, reclutando a aquellos eredar lo suficientemente inocentes o que confiaban por completo en Kil’jaeden y Archimonde, transformándolos en los man’ari que Velen había contemplado en su visión. Yacían delante de él miles de man’ari de diferente aspecto físico y capacidad. Estaban como disfrazados. Si no hubiera tenido el cristal ata’mal en sus manos, nunca los hubiera podido sentir antes de que fuera tarde, demasiado tarde.

Puede que fuera demasiado tarde.

Se giró y miró horrorizado a Talgath; de repente se dio cuenta de que su viejo amigo emitía la misma mácula que también emitía la muchedumbre, la Legión, de monstruos que acechaban más allá de su vista. Una oración, que provenía de los abismos de su alma desesperada, se estremeció en su mente:

¡K’ure! ¡Ayúdanos!

Los man’ari estaban trepando la montaña con la sensación de haber sido expuestos y convertidos en depredadores sedientos de sangre. Sólo Velen sabía que la muerte era preferible a lo que estos distorsionados eredar le harían tanto a él como a los que lo habían seguido. Al no saber qué hacer, alzó el cristal ata’mal y lo proyectó hacia el cielo.

Como si se hubiera abierto una grieta en el cielo, apareció un rayo de luz pura, blanca y radiante. Su brillo glorioso golpeó directamente el prisma cristalino y, ante la mirada atónica de Velen, se dividió en siete rayos de luz de diferentes tonalidades. Velen sintió un terrible dolor cuando el cristal se rompió en pedazos. Los bordes afilados cortaron sus dedos. Se quedó sin aliento e instintivamente lanzó el cristal roto, mirando embelesado cómo las piezas se mantenían en el aire, cada una formando una esfera perfecta, y manteniendo a través de sus siete tonos radiantes que una vez fueron solo uno un resplandor perfecto de pura luz blanca radiante. Los siete cristales, rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta, salieron disparados hacia arriba; luego crearon rápidamente un recinto de luz alrededor de los asustados eredar que allí estaban reunidos.

En ese preciso momento, Talgath corrió hacia él con un odio salvaje en su mirada. Golpeó el círculo de luces multicolor como si fuera un muro de piedra y cayó de espaldas. Velen se dio media vuelta y vio al man’ari descender, gruñir, babear, tratando de rascar con sus garras el muro de luz que todavía protegía a Velen y a los suyos.

Un profundo zumbido recorrió todo el sistema nervioso de Velen, era algo que podía sentir más que escuchar. Miró hacia arriba y, en ese día de maravillas, vio algo que lo sobrepasó incluso más que el milagro de las siete piedras de luz. En un primer momento le pareció una estrella descendiendo, tan brillante que casi no podía aguantar la mirada sobre ella. A medida que se acercaba, comprendió que no era algo tan inalcanzable como una de las estrellas del cielo nocturno, sino una estructura sólida, que tenía un centro más suave y redondo como una esfera adornada con salientes y triángulos cristalinos. Velen lloró abiertamente cuando un mensaje mental rozó su mente:

Tal y como prometí, estoy aquí. Prepárate para abandonar este mundo, profeta

Velen.

Velen extendió sus brazos hacia arriba, como si fuera un niño suplicando a un familiar querido que lo cogiese y lo abrazase con cariño. La esfera empezó a palpitar, y Velen sintió que se elevaba por los aires. Flotaba hacia arriba y vio cómo el resto también estaba siendo subido hacia la… ¿nave? Fue entonces cuando Velen entendió de qué se trataba, aunque también vibraba con una esencia viva que no era capaz todavía de comprender. En medio de la alegría contenida, Velen escuchó como los man’ari gritaban y chillaban hacia la presa que se les escapaba, ellos. La base de la nave se abrió y unos segundos después Velen sintió que estaba sobre algo sólido. Se arrodilló sobre el suelo, si es que así se podía llamar, y vio cómo el resto de los suyos flotaban hacia aquel lugar seguro. Cuando llegó el último de ellos, Velen esperaba que la puerta se cerrase y que aquella nave, hecha de metal que no era metal, carne que no era carne y que Velen sospechaba que era esencia misma de K’ure, partiese de aquel lugar.

En cambio, sintió un susurro en su mente: Los cristales, aquéllos que antes eran uno y ahora son siete. Recupéralos, pues los necesitarás.

Velen se inclinó sobre la apertura y extendió sus manos. Con una asombrosa velocidad, los cristales se elevaron hacia él y golpearon sus manos con una fuerza tal que se quedó boquiabierto. Los reunió todos juntos, ignorando el increíble calor que producían, y se echó hacia atrás. Al instante, la puerta desapareció como si nunca hubiera estado allí. Apretando hacia sí mismo los siete cristales ata’mal, su mente se extendió de tal forma que le pareció rozar la locura; Velen quedó suspendido, por un momento, entre la esperanza y la desesperación.

¿Lo habían hecho? ¿Habían escapado?

* * *

Desde su posición al frente del ejército, Kil’jaeden tenía una visión perfecta de la montaña mientras sus esclavos la rodeaban. Durante un momento glorioso, saboreó la victoria, casi tan dulce como el hambre que Sargeras había plantado en su mente. Talgath había hecho bien su trabajo. Había sido pura suerte que Velen tuviera el cristal en sus manos en el momento del ataque; de no ser así, su cuerpo yacería en el suelo, despedazado en un puñado de trozos sangrientos.

Pero Velen tenía el cristal ata’mal en sus manos y había sido advertido. Algo había ocurrido, unas extrañas luces habían aparecido y protegido al traidor, y algo había llegado a por ellos. Entonces, tal y como Kil’jaeden pudo observar, la peculiar nave resplandeció y… desapareció.

—¡Han escapado! ¡Maldición, maldición, Velen ha escapado!

Los man’ari, que llenaban de tanto placer a Kil’jaeden segundos antes, ahora estaban consternados y desilusionados. Tocó todas sus mentes, no sabían nada. ¿Qué era esa cosa que había llegado para arrebatarle a Velen de sus narices? Kil’jaeden se estremeció entonces de miedo. Su maestro no estaría satisfecho con estos resultados.

—¿Y ahora qué? —le preguntó Archimonde. Kil’jaeden se giró para mirar a su aliado.

—Los encontraremos —gruñó Kil’jaeden—. Los encontraremos y los destruiremos. Aunque eso suponga miles de años.

Regresar al índice de El ascenso de la Horda

Share

1 comentario

  1. por favor sube los demas capitulos

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.