Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Veintiuno

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosCansados, giraron sus cabezas hacia el orco sumamente expectantes. Este, a su vez, posó su mirada sobre cada uno de ellos de uno en uno.

—Quizá no funcione, pero creo… creo que merece la pena intentarlo —afirmó—. Tal vez esto les parezca… bueno, simplemente les pido que me escuchen.

—Amigo mío, te escucharemos, por supuesto —replicó Kalec—. Espero con toda mi alma que nos presentes una opción factible.

—Tal… vez. Ahora mismo, aquí tenemos reunidos a cuatro Aspectos: la Protectora, la Soñadora Despierta, el Senescal de la Magia y el Guardián del Tiempo. Sólo les falta uno… en concreto, el Guardián de la Tierra. Yo soy un chamán. Colaboro con los elementos. Si bien es cierto que no podría ayudarlos si alguno de ustedes cuatro hubiera desaparecido, también es cierto que no puedo arrebatarles el papel que cualquiera de los cuatro desempeñan.

“Pero no les falta la magia ni alguien que custodie el tiempo ni el poder de la vida ni el conocimiento del Sueño de la Creación. Les falta el elemento Tierra. Y yo… sé cómo colaborar con él.

Esperaba que no se enfadaran con él por su osadía, ya que él, un simple chamán, se estaba ofreciendo para ocupar el lugar de un Aspecto de Dragón.

A Ysera se le iluminó el semblante de manera notable, Nozdormu le lanzó una mirada inquisitiva y Alexstrasza miró vacilante a Kalecgos.

—Sabía que serías una pieza importante en todo esto —aseveró Ysera con gran alegría—. Pero no sabía cómo.

—Por favor, espero que no te ofendas por lo que voy a decir, amigo mío —le dijo Kalec—, pero… ni siquiera eres un dragón y mucho menos un Aspecto.

—Lo sé —replicó Thrall—. Pero llevo muchos años colaborando con los elementos. Y he aprendido mucho a lo largo de esta misión —entonces, miró a Nozdormu—. Tú mejor que nadie sabes que esto es cierto.

El Atemporal asintió lentamente.

—Tienes una nueva perspectiva sobre las cosas que antes no poseías — aseveró—, esa classse de perspectiva que ssserena el espíritu y no lo perturba. No perdemos nada por intentar lo que propones.

—Pero ¿cómo vas a ayudamos, Thrall? —inquirió Alexstrasza—. No puedes luchar junto a nosotros.

—Vuelvo a insissstir en que no alcanzaremos la victoria en esta batalla si actuamos individualmente—reiteró Nozdormu—. Debemos combinar nuestras esencias. Resulta obvio que Thrall no puede acompañamos en este ataque. Pero si puede ofrecemos a través de su essspíritu lo que otro Aspecto podría ofrecemos. Lo cierto es que no tenemos ninguna otra opción. Ninguna. Si no lo intentamos, los Aspectos caeremos uno a uno y será el fin, primero para los vuelos de dragón, y luego para Azeroth. Lo sé porque… he visto ese fin.

Ysera también lo había visto y se lo había contado a los demás. Por otro lado, Nozdormu acababa de hablar con un tono de voz tan lúgubre y sombrío que Thrall sintió que un escalofrío le recorría la columna.

Aun así, y esto era realmente extraño, Thrall no se había pensado dos veces su propuesta. En lo más hondo de su corazón, sentía que era lo que debía hacer de un modo que no alcanzaba a describir como era debido. Tenía la sensación de que habían pasado muchos años desde que se había sumado al Anillo de la Tierra para intentar calmar a los angustiados elementos, desde que había fracasado por haber estado tan distraído y descentrado. Sabía, sin saber exactamente cómo lo sabía, que ahora sí era capaz de albergar en su fuero interno la paz y la solidez necesaria para hacer lo que había que hacer. Al haber reforzado su vínculo con el Espíritu de la Vida, ahora podía colaborar con los elementos con mayor facilidad… incluso con mayor gozo. La tierra albergaba a la vida, nutría a las semillas y a las raíces de las que luego los animales se alimentaban a su vez. El Espíritu de la Tierra y el Espíritu de la Vida lo recibirían ahora con los brazos abiertos; confiarían en él para albergar, dirigir con delicadeza y contener al Espíritu de la Tierra, al mismo tiempo que colaboraba con los cuatro Aspectos de Dragón. La tierra era enorme y su espíritu, muy grande. Thrall era consciente de ello y lo aceptaba con humildad, por lo cual sabía que podría llevar a cabo con éxito lo que proponía.

—Dejen que al menos lo intente —les pidió.

—Recientemente, mi vuelo ha hecho algo que se creía imposible —señaló Kalecgos—. Hemos elegido a un nuevo Aspecto. Por lo que sé sobre Thrall, Chromatus y mi propio vuelo creo que su plan tiene opciones de funcionar. Yo digo que deberíamos intentarlo.

—Sí —apostilló Ysera de inmediato—. Thrall todavía tiene un papel que jugar en todo esto. Aunque las piezas de este rompecabezas aún no han encajado del todo en mi mente.

Alexstrasza contempló al orco con ternura.

—Me has ayudado a abrir mi corazón cuando creía que estaba tan destrozado que ya no tenía arreglo. Si crees que vas a ser capaz de hacer esto, entonces yo también estoy más que dispuesta a intentarlo. Pero, por favor… ¡démonos prisa!

—Hay que llevar a cabo un ritual bastante antiguo y formal —les explicó Thrall quien, acto seguido, se bajó de la amplia espalda de Torastrasza—. Intentaré realizarlo lo más rápido posible. Por favor, adopten los cuatro sus formas humanoides.

Los cuatro respondieron a su petición con suma rapidez. En un instante, Thrall tenía ante él a un noble elfo, a una semielfa y a un par de elfos de la noche. A tres de ellos ya los había visto con esas formas; a Nozdormu, sin embargo, no. Su aspecto era muy distinto al de los demás. Los otros habían escogido formas bellas y armoniosas físicamente, aunque algunos habían optado por mantener sus cuernos y otros no. Pero el caso del Atemporal era distinto. Si bien había adoptado un cuerpo esbelto y fuerte, de aspecto un tanto élfico, éste parecía estar desprendiendo continuamente arena, que caía de él de manera delicada. Iba ataviado con una ropa blanca muy sencilla y, aunque mantenía sus cuernos dorados bajo esa forma y sus ojos seguían siendo grandes y brillantes como una gema, tenía rostro de búho… un rostro que transmitía sabiduría y serenidad.

—En otras ocasiones, he participado en círculos similares a éste —les indicó Thrall, quien se estaba concentrando ya en el ritual que iban a llevar a cabo de forma inminente y no en la asombrosa apariencia de Nozdormu—. Pero nunca lo he hecho con unos participantes tan poderosos.

—Confiamos en ti —replicó la Protectora, quien sonrió a continuación.

Thrall se sintió profundamente conmovido ante esas palabras. Pensó en Aggra y esbozó una pequeña sonrisa para sí. Ciertamente, ella no podría haberlo acusado de falta de humildad en ese momento en particular.

—Yo trazaré el círculo y me dirigiré a los elementos —señaló el orco—. Al parecer, debemos abrimos unos a otros. Deben abrir sus mentes y corazones, todo aquello que los hace ser quienes son… y que los hace ser un Aspecto. No es momento para guardarse secretos, ni para pensar egoístamente en protegerse. Me siento honrado por su confianza. Pero también deben confiar en ustedes mismos y en cada uno de los demás. Cójanse de las manos para reforzar el vínculo entre ustedes. ¿Están preparados?

Se miraron unos a otros, asintieron e hicieron lo que les había pedido. Thrall respiró hondo; inspiró por la nariz y espiró por la boca. De este modo, se sumió en un estado de serenidad total. Inició el ritual mirando con los ojos cerrados hacia el este, pues ese punto cardinal estaba vinculado al elemento del aire.

—Bendito este —dijo Thrall con una voz fuerte y firme—. Hogar de los nuevos comienzos, el lugar por donde el sol se alza. Morada del Aire, que inspira y rige el pensamiento y la mente. Te honro y…

—¡Se acercan!

Ese grito angustiado se escuchó por doquier. Thrall abrió los ojos súbitamente; su concentración se había ido al traste. Entonces, escuchó el familiar batir de cientos de alas coriáceas en el aire. Los dragones crepusculares habían vuelto para lanzar un nuevo asalto. Y esta vez, iban a ganar. Como los Aspectos se encontraban muy débiles, en cuanto el revitalizado Chromatus entrara en la refriega, no podrían hacer nada para detenerlo ya que seguían sin estar realmente unidos.

Thrall sintió el amargo sabor de la desesperación. Estaba tan convencido de que el ritual iba a funcionar… había depositado tantas esperanzas en él, habían estado tan cerca de lograrlo. Pero ahora ya no contaban con el tiempo suficiente para completar el ritual.

Súbitamente, se le ocurrió una idea.

Siempre hay tiempo de sobra, se recordó a sí mismo.

Unas imágenes invadieron de repente su mente: el sol alzándose para insuflar vida al mundo, la alegría que conllevan las nuevas ideas, las conversaciones animadas, los grandes avances, los grandes logros y todo comienzo.

Para su sorpresa, se percató de que los Aspectos se miraban unos a otros, asintiendo y sonriendo. En ese instante, se dio cuenta de que, de algún modo, a través de él, ellos también podían ver las imágenes que estaba viendo en su mente.

Y de que todo esto había sucedido en un solo parpadeo.

A continuación, vio varias hogueras, la tropical Tuercespina, las calurosas tierras de Durotan. Ahí se encontraba el Fuego, cuyo hogar era el sur, que dotaba a todos los seres vivos de la pasión necesaria para alcanzar sus metas y sueños.

Thrall pudo escuchar levemente el fragor del combate que estaban librando unos dragones contra otros a su alrededor; tanto los gritos de rabia como los chillidos de dolor. Pudo oler la carne quemada. No obstante, mantuvo los ojos cerrados. En un momento, podría ayudarlos.

En un momento…

Rápidamente vio en su mente una sucesión de imágenes relacionadas con el oeste: el reino del Espíritu del Agua, de los océanos, de las lágrimas, de las emociones más profundas.

Acto seguido, fue el tumo del norte, el reino de la Tierra. Thrall vio montañas y cavernas y contempló cómo el velo sereno y somnoliento del invierno cubría la tierra.

En el carrusel de imágenes que conformaban esa visión compartida, ya no se encontraban sentados sobre la fría piedra en la cima de una montaña en el techo del mundo. Thrall vio a cada uno de los Aspectos, pero no como se hallaban ahora, agarrándose de las manos, ni siquiera con sus formas dracónidas.

Thrall vio no sólo qué eran sino quiénes eran; la belleza de su esencia era sobrecogedora.

La gentil Ysera era una niebla verde reluciente; era la misma esencia de la creación que, palpitante, cambiaba de forma constantemente.

Estás unida al Sueño de la Creación de la vigilia. La naturaleza es tu reino y todas las cosas han visto retazos del Sueño Esmeralda cuando duermen. Tú los ves a todos, Ysera. Y ellos también te ven, aunque quizá no sean conscientes de ello. Como Protectora, tú te compadeces de todos los seres vivos y les cantas las canciones de la creación y de todo cuanto nos une.

Los Aspectos profirieron un grito ahogado de asombro y Thrall comprendió que, de algún modo, estaba escuchando lo que uno de los titanes le había dicho a Ysera hace mucho tiempo, en el preciso instante en que le había otorgado sus poderes. Si bien esa voz que oía en su cabeza se desvaneció, no lo hizo la sensación de asombro y sobrecogimiento que dejó a su paso.

El noble Kalec era un fragmento de luminoso hielo, tan hermoso como una gema, que refulgía con la quintaesencia de la magia arcana, la magia del poder, los conjuros y las runas, incluso de la Fuente del Sol, la magia del pensamiento, de la comprensión, de los vínculos.

Creo que descubrirás que el don que te doy no es sólo una gran obligación, que lo es, sino también una delicia, ¡que también lo es! La magia debe ser regulada, administrada y controlada. Pero también ha de ser apreciada y valorada, aunque nunca debe ser acaparada. Esa es la contradicción a la que deberás enfrentarte. Deberás cumplir tus deberes… con gozo y alegría.

La batalla proseguía librándose por encima de sus cabezas. Thrall sintió un hondo penar pero, haciendo de tripas corazón, ignoró el fragor del combate, ignoró cuánto deseaba lanzar su grito de batalla y unirse a la lucha. Ya habría tiempo para eso cuando…

Tiempo…

Las arenas del tiempo discurrían hacia arriba y hacia abajo, en todas direcciones… por el pasado, el futuro y ese valioso momento presente.

A ti te encomiendo la gran tarea de preservar la pureza del tiempo. Debes saber que sólo existe una única línea temporal verdadera, aunque a algunos les gustaría que las cosas no fueran así. Debes protegerla. Si el tiempo no discurre como debe, perderemos mucho más de lo que puedas imaginar. El tejido mismo de la realidad se deshará. Es una tarea muy ardua… la base de todo lo demás en este mundo, pues nada puede existir sin el tiempo.

Y Alexstrasza…

Thrall la amaba. ¿Y quién no? ¿Cómo alguien, o algo, no iba a amar a la apasionada y tierna esencia de la energía pura del corazón? Era un brasero en una noche fría, la vida que contenía una semilla o un huevo, era todo cuanto crecía, todo cuanto era espléndido y hermoso. No era de extrañar que los vuelos de todos los colores la adoraran; no era de extrañar que Korialstrasz le hubiera dedicado su último pensamiento cuando tuvo que tomar la terrible decisión de provocar una gran destrucción para poder preservar algo más importante de lo que se destruía.

Éste es mi don: te compadecerás de todos los seres vivos. Sentirás la necesidad de protegerlos y cuidarlos. Tendrás la capacidad de curar lo que otros no podrán, de dar a luz lo que otros no podrán, de amar incluso a aquéllos que sean imposibles de amar… quienes seguramente necesitarán esa bendición mucho más que otras almas.

Y él mismo…

Se sentía arraigado, sólido y muy sabio. Thrall era perfectamente consciente de que ese conocimiento no provenía de él sino de la tierra. Ese era el lugar donde los ancestros echaban sus raíces; ése era el lugar donde los huesos se transformaban en piedra con el paso del tiempo. Se sintió más grande de lo que se había sentido jamás, como si se expandiera, pues tenía que cuidar de todo aquel mundo.

Mi don puede parecerte muy poca cosa comparado con el que les ha sido otorgado a los demás: el control, cuidado y gestión del tiempo, la vida, los sueños y la magia. Yo te ofrezco la tierra. El suelo y sus entrañas. Debes saber que la tierra es la base de todo. Estamos arraigados, enraizados en ella. De ahí venimos y ahí volvemos. De aquí proviene la verdadera fuerza de la existencia. De las entrañas… del mundo y de uno mismo.

A pesar de que, en un principio, esa bendición no había estado destinada a ser escuchada por él, ahora lo estaba.

En ese instante, las energías de los cinco Aspectos se encontraron como no lo habían hecho desde hacía milenios.

Entonces, sucedió.

Las imágenes que representaban a los Aspectos y a Thrall en ese reino espiritual explotaron. Aunque no de forma violenta o furiosa, sino como si una gran alegría no pudiera ser contenida ya más en algo que tuviera estructura o forma. Como si de unos fuegos artificiales se tratara, la esencia de quién y qué era cada Aspecto salió disparada hacia arriba.

Los colores de cada uno (bronce, verde, azul, rojo y negro) se entrecruzaron, se entrelazaron, se entretejieron.

Como hebras de hilo en un telar.

“… para desenredar parte de la tela, lo único que se necesita es tirar de un solo hilo suelto.”

No, pensó Thrall al recordar de repente las palabras de Medivh, quien le había hablado en los senderos del tiempo. No debían entretejerse, pues así las hebras aún corrían el riesgo de que alguien tirara de ellas o las rompiera. No, no debían entretejerse sino mezclarse.

Thrall visualizó su color; una tonalidad de puro y sereno negro que se fusionó con los demás colores danzantes de los Aspectos. Al instante, todos entendieron qué había que hacer y ya no hubo ninguna frontera que separase sus esencias. Los colores se mezclaron, transformándose en una única tonalidad…

—¡Aquí viene!

Las voces de los vigías estropearon aquel momento. Thrall hizo todo lo posible por seguir en ese espacio sagrado, por aislarse del mundo exterior con serenidad, pero la situación era demasiado apremiante. Antes de que el orco siquiera hubiera abierto los ojos, los cuatro Aspectos ya se habían elevado en el aire de un salto y habían recuperado sus verdaderas formas. Acto seguido, ascendieron hacia el cielo. Por un momento, mientras los dragones subían hacia el firmamento, aleteando con suma ferocidad, Thrall pensó que lo iban a abandonar ahí mismo. Un instante después, una zarpa gigantesca lo cogió. El orco giró el cuello y se topó con Tick quien, de inmediato, colocó al orco sobre su hombro.

En esos momentos, el putrefacto dragón cromático se dirigía hacia sus adversarios volando a toda velocidad.

—¿De verdad crees que no iba a venir a por ti? —inquirió alguien que no era Chromatus.

Thrall escudriñó su entorno como pudo, ya que bajo la luz de la luna le costaba ver. Entonces, se percató de que había una diminuta figura encaramada a la gigantesca espalda de Chromatus.

Tenía que ser el Padre Crepuscular.

Los escasos cultores que habían sobrevivido a los ataques con los que Torastrasza había arrasado sus filas también se hallaban subidos sobre la espalda de aquel dragón. Blandían armas cuyos destellos Thrall pudo ver bajo la tenue luz lunar; sin lugar a dudas, algunos de ellos sabían lanzar conjuros, por lo que eran unos enemigos aún más peligrosos pues podían combatir a distancia. Se dio cuenta de que el enemigo quería que ésta fuera la confrontación final y de que el Padre Crepuscular estaba dispuesto a sacrificar todo cuanto hiciera falta para asegurarse la victoria.

A Thrall le costó unos minutos muy valiosos asentar su conciencia en el momento presente. No tenía ninguna manera de saber si el ritual que acababa de llevar a cabo había logrado el objetivo que perseguía. Le habría gustado contar con más tiempo… con más tiempo para que los Aspectos pudieran integrarse del todo, fusionarse y ajustarse a su nueva forma de ser antes de centrar toda su atención en Chromatus y el culto. No obstante, se dio cuenta enseguida de que pensando así no estaba centrándose en el momento presente tal y como debía. Había hecho lo que había podido en el tiempo que había tenido y ser consciente de ello hacía que sintiera una curiosa paz en su alma.

Por lo que podía ver, los Aspectos se habían recuperado más rápido que él, a pesar de que el tipo de ritual por el que les había obligado a pasar les había resultado muy extraño. Thrall albergaba la esperanza de que su pronta recuperación se debiera a que estaban haciendo lo correcto, lo que había que hacer… lo que se suponía que deberían haber estado haciendo siempre. Entonces, los Aspectos arremetieron raudos y veloces y con suma determinación contra Chromatus, quien se detuvo y permaneció flotando en el aire, batiendo esas alas extrañamente articuladas hasta que, súbitamente, decidió abrir las bocas de sus cinco cabezas. Llamas, hielo, una energía verde nauseabunda, arena y una aterradora nube negra zarandeó a todos los Aspectos a la vez. Los cuatro salieron despedidos hacia atrás debido a la intensidad de los cinco conjuros con los que los habían atacado.

—¡No! —gritó Thrall.

Pero, en cuanto ese grito abandonó sus labios, los Aspectos ya se habían recuperado. En cuanto lograron dejar de dar volteretas en el aire, reanudaron su grácil ataque, tan unidos como lo habían hecho antes.

A Thrall le llevó un momento darse cuenta de que podía verlos con más claridad de la que debería. De repente, se percató de que sus cuerpos, a pesar de que aún conservaban su color de siempre, estaban rodeados por una luz blanca y dorada. Mientras los observaba, ese fulgor parecía crepitar y palpitar. Además, por sus posturas y gestos, se podía deducir que los dominaba… la serenidad. Estaban centrados en su enemigo, pero no se dejaban llevar por una sensación de apremio. Tenían un propósito, una meta, y se estaban acercando a ella como un solo ser, no como cuatro individuos.

Chromatus también pareció percibir los cambios operados en ellos. De improviso, se elevó y giró en el aire, tenso y alerta.

—Bueno —dijo la cabeza negra—, así que creen que podrán derrotarme si me atacan unidos. Puedo percibir que han establecido un nuevo tipo de vínculo entre ustedes. Pero deben saber que, al final, fracasarán. Lo que han hecho es algo impresionante. ¡Pero nunca estarán completos! ¿Acaso se les ha olvidado que les falta un Aspecto? ¡Deathwing es mi señor y les juro que los verá a todos destruidos!

Su voz era más potente y aterradora de lo que había sido hasta entonces. En ese momento, Thrall fue consciente de que, por mucho que quisiera ayudar a sus amigos en esta batalla que podía ser la definitiva, no podía apartar la mirada de ese dantesco espectáculo. De repente, se dio cuenta de que eso se debía a que él también formaba parte integral de él. Por eso estaba teniendo tantos problemas para volver a ser quien era: porque una parte de él seguía vinculada a los Aspectos de Dragón.

Al final, el ritual había sido un éxito y no habían necesitado a Deathwing para llevarlo a cabo. A pesar de las palabras desafiantes de Chromatus, Thrall se percató de que tampoco iban a necesitar a Deathwing ahora, pues contaban con la Tierra. Contaban con Thrall a quien, brevemente, el Espíritu de la Vida le había concedido la fuerza necesaria para poseer ese poder tan intenso y tremendo que, en su día, los mismos titanes habían concedido a un Aspecto.

Al igual que, en su momento, había cambiado su armadura por una túnica para librar otro tipo de batalla (una con la que había pretendido serenar y curar a la tierra), ahora había cambiado su capacidad de ayudar como un mero individuo por algo mucho más importante. No era, ni nunca podría ser, un Aspecto. Sin embargo, él era la pieza clave que había permitido que se fusionaran, que hicieran lo que tenían que hacer.

Si bien Tick no cuestionó la repentina pasividad de Thrall, tampoco dejó de librar su propia batalla. Lanzó un conjuro que congeló a varios dragones crepusculares ahí donde se encontraban. Thrall fue consciente de que, para esos desventurados, el tiempo se había detenido. A continuación, Tick cayó en picado y atacó, los desgarró con sus poderosas garras y los fustigó fuertemente con su colosal cola. Aunque Thrall observaba todo esto, su conciencia estaba realmente concentrada en ayudar a los Aspectos a mantener esa unidad que acababan de descubrir.

Entonces, el orco hizo un gesto de negación con la cabeza ya que, de repente, le costaba mucho concentrarse. ¿Por qué si hasta hace un momento había sido capaz de centrarse con claridad? Sus pensamientos se tomaban confusos, no los entendía. Súbitamente, el miedo se apoderó de él. Él era el ancla que ayudaba a… ¿qué?

Furioso, Thrall se clavó las uñas de la mano izquierda en el brazo derecho y el dolor lo ayudó a concentrarse. Sí, estaban manipulando y bloqueando sus pensamientos. Alzó la vista y vio cómo una figura que iba montada sobre Chromatus extendía sus manos hacia el orco… de inmediato esa figura se transformó en una sombra de color azul púrpura, en una sombra ondulante que lo rodeaba. Thrall profirió un gruñido, se clavó las uñas aún más profundamente en el brazo e intentó recuperar el control de su mente.

Chromatus sacudió de lado a lado todas sus atroces cabezas. El nauseabundo fulgor púrpura que irradiaba de sus diez ojos era una imitación siniestra del resplandor que envolvía a los Aspectos mientras volaban acrobáticamente alrededor de ese monstruo que era más grande y robusto que ellos. Esa luz púrpura realzaba sus deformes rasgos de un modo macabro de modo que, cuando volvió a echar todas sus cabezas hacia atrás y abrió todas sus bocas, Thrall se sintió como si estuviera luchando de nuevo contra algo tan tenebroso, malvado y preternatural como la mismísima Legión Ardiente.

Si bien antes las cinco cabezas de esa monstruosidad habían lanzado siempre sus ataques como entidades separadas, ahora actuaban al unísono de un modo espeluznante. Entonces, se echaron hacia atrás todas a la vez, inspiraron aire con fuerza y, acto seguido, cinco fauces se abrieron al mismo tiempo dispuestas a atacar. Esta vez, las llamas que escupió esa criatura, en vez de ser de cinco tonalidades distintas (un color por cada cabeza), fueron todas ellas de un color violeta oscuro y se dirigieron directamente contra el fulgor blanco dorado que envolvía a los Aspectos; más de uno gritó de dolor. Thrall se percató de que Kalecgos e Ysera flaquearon por un instante.

Sus colores se oscurecieron a medida que el resplandor que los rodeaba menguaba.

Pero, entonces, de repente, ese fulgor adquirió una nueva intensidad.

Se lanzaron en picado como antes, coordinando su ataque con suma elegancia, y en cuanto abrieron sus descomunales fauces, un fuego blanco brotó de ellas veloz como una explosión. Ese fuego no poseía él ligero tono lavanda de la magia arcana ni se parecía a ningún conjuro que Thrall hubiera visto jamás. Simplemente, era aliento con forma de una llama que poseía el color blanco más puro que Thrall jamás había visto. Todos los Aspectos apuntaron al mismo lugar: el pecho de Chromatus, que había quedado desprotegido al echarse todas las cabezas para atrás con el fin de lanzar un segundo ataque al unísono.

Thrall se tuvo que proteger los ojos, pues el impacto engendró una luz cegadora. Las cuatro corrientes de blanco brillante que brotaban de la boca de cada Aspecto se estrellaron contra el gran dragón, que retrocedió dando tumbos por el aire alocadamente. Chromatus gritó de agonía. Durante un largo momento, cayó fuera de control pero, a continuación, batió sus alas torpemente para poder volver a ascender.

Sus cabezas, que ya no actuaban de manera armoniosa y coordinada, sino a sacudidas y de un modo descontrolado, volvieron a escupir llamas oscuras, pero no alcanzaron sus objetivos por mucho. Asimismo, al intentar volver a recuperar la iniciativa de la batalla, sólo lograba exponer aún más su pecho ya ennegrecido. Una vez más, los Aspectos inhalaron aire al unísono y escupieron esa extraña llama que no era una llama en dirección hacia el corazón del dragón cromático.

Chromatus se estremeció y sufrió espasmos, y sus cabezas se contorsionaron y lanzaron juramentos a voz en grito mientras su cuerpo se convulsionaba.

—¡No podrán detenerme! —exclamó la cabeza azul que, al instante, cayó hacia atrás con los ojos cerrados.

—Conozco todos sus secretos —los advirtió la cabeza roja antes de que sus ojos también cesaran de relucir con el brillo de la vida.

Por último, la cabeza negra gritó de manera sumamente estremecedora:

—¡Han tenido que unirse todos para intentar destruirme! ¿Acaso creen que derrotar a Deathwing puede ser más fácil que vencerme a mí? ¡Desgarrará este mundo para poder aplastarlos por lo que están haciendo! Y yo estaré ahí con él…

Entonces, el dragón cromático sufrió un último espasmo final, la cabeza negra profirió un gemido ronco y, acto seguido, Chromatus cayó.

* * *

El Padre Crepuscular se aferró desesperadamente a Chromatus mientras ambos caían en picado hacia el suelo. El horror se había apoderado de su mente. Apenas logró reunir la calma suficiente como para lanzar un hechizo que lo protegiera. Unos instantes antes, después de que el dragón recibiera el primer impacto de ese extraño fuego que tanto daño le había hecho, el Padre Crepuscular empezó a hacer multitud de preguntas. ¿Qué les había ocurrido a los Aspectos? ¿De dónde habían sacado ese poder nuevo?

¿En qué consistía? ¡¿Cómo era posible que eso estuviera ocurriendo si Chromatus era invencible?!

Después, todas esas preguntas se habían desvanecido en el aire al apoderarse de él el terror al verse agarrado a un dragón muerto que caía en picado hacia esas afiladas rocas cubiertas de nieve.

Cerró los ojos. De repente, el enorme cuerpo del dragón aterrizó con un tremendo golpe sordo. Al instante, el Padre Crepuscular gritó al caer sobre un montón de nieve. Temblando y desesperado, se abrió paso entre la nieve con las manos. Aunque se sentía feliz por haber sobrevivido, temía las repercusiones que iba a tener aquel fracaso en su futuro. A continuación, puso una mano sobre Chromatus para ver si detectaba algún signo de vida en él.

Pero no dio con ninguno. Aun así… el dragón no está muerto, ni tampoco no- muerto. No respiraba, no se movía, el corazón no le latía, pero tampoco era un cascarón vacío. Se encontraba en un estado intermedio entre la vida y la muerte. A pesar de que la chispa de la vida ya no corría por él, el Padre Crepuscular sabía que su cuerpo podría ser reanimado si daba con la manera de hacerlo.

Menos da una piedra, pensó. Si Chromatus hubiera sido totalmente destruido, el Padre Crepuscular era perfectamente consciente de que más le había valido morir en batalla. Habría sido una muerte dulce e indolora comparada con la que le habría dispensado Deathwing. Aunque aún estaba por ver si no lo mataba de todos modos.

Tenía la túnica empapada y la tela húmeda se le había pegado al cuerpo, lo cual podría provocarle una muerte bastante innoble por congelación. Entonces, se abrió camino entre la nieve y las rocas, dejó atrás el cuerpo del dragón caído y se dirigió a un pequeño saliente. El pequeño orbe que solía utilizar para hablar con Deathwing seguía intacto; se necesitaba algo mucho peor que esa tremenda caída para destrozar ese artilugio. Con los dedos entumecidos, lo sacó de la bolsa que llevaba atada a la cintura y lo contempló detenidamente por un momento. Se planteó la posibilidad de intentar desaparecer sin más… pero ¿cómo iba a hacerlo? Estaba solo, en medio de ninguna parte, rodeado por doquier de dragones rojos, verdes, bronces y azules que podían divisarlo en cualquier momento… por no hablar de los cuatro Aspectos que habían logrado acceder a una fuente de poder inimaginable.

No, Deathwing había invertido demasiado tiempo y esfuerzos en crear al Padre Crepuscular. No iba a echar por tierra todo ese trabajo en un arrebato. Chromatus no estaba vivo… pero tampoco muerto. Se tendría que conformar con eso.

En cuanto estuvo acurrucado bajo un patético refugio que encontró, el Padre Crepuscular colocó el orbe sobre la nieve y se arrodilló ante él, temblando violentamente. Ese globo transparente se llenó, de improviso, de una oscuridad negra como la tinta en la que destacaba el fulgor amarillo anaranjado de un ojo. Un instante después, el orbe se abrió. El grueso humo negro se elevó, ocupando todo el limitado espacio del refugio. Si bien la imagen de aquel monstruoso dragón negro no podía expandirse más, el terror que inspiraba no conocía límites.

—No han sido destruidos —le espetó Deathwing sin más preámbulos—. Si hubiera sido así, habría percibido su muerte.

—Lo sé, mi a-amo —tartamudeó el Padre Crepuscular—. Hicieron… algo raro y lograron de-de-derrotar a tu campeón. Ahora yace inerte y sin vida, pero no está muerto.

A continuación, se sumieron en un largo y terrible silencio.

—Entonces, ha sido un fracaso sin paliativos.

Esas frías palabras eran peores que si le hubiera gritado presa de una gran furia. El Padre Crepuscular se encogió de miedo.

—¡No, Chromatus no puede morir! Lo han derrotado, pero sólo momentáneamente —exclamó Deathwing.

En ese instante, el Padre Crepuscular escuchó el aleteó de unas alas por encima de él y alzó la vista. Súbitamente, abrió los ojos como platos y se puso de cuclillas en su mísero refugio.

—Mi señor, continuaría extendiendo tu palabra y obra por el mundo si fuera posible. Pero me temo que ya no podré hacerlo. Me buscan y… y, según parece, el vuelo de dra-dragón crepuscular está huyendo…

A pesar de que intentó evitar que su voz no se tiñera de pánico, fracasó miserablemente.

—Me has decepcionado tremendamente —lo reprendió Deathwing—. Teníamos la victoria al alcance de la mano y, sin embargo, los Aspectos siguen vivos y Chromatus está… herido; además, el culto ha recibido un duro golpe. Así que dime: ¿Por qué no debería arrojarte a los brazos de mis enemigos?

—¡S-sé que todavía puedo ser muy útil! —gritó el Padre Crepuscular, agarrando el orbe como si estuviera agarrando la mano de su amo—. Mis fieles aún confían en mí… sabes que es así. Deja que vuelva con ellos. Deja que los lleve ante ti. El culto se ha extendido por todo este mundo; quizá los vuelos de dragón lo hayan destruido aquí, ¡pero jamás podrán destruirlo por completo! ¡Piensa, además, en todo el tiempo que perderías intentando colocar a otro en una posición de poder como la que yo tengo ahora!

—Los humanos son patéticamente codiciosos y muy fáciles de manipular — aseveró Deathwing—. No obstante, lo que dices tiene sentido. Ya hemos perdido bastante tiempo. No necesito más contratiempos. Vamos. Entrégate al humo —le dijo mientras dejaba que su imagen, compuesta del oscuro y sedoso humo que el orbe había emitido, se disolviera. Acto seguido, unos tentáculos sombríos acariciaron al Padre Crepuscular, que se estremeció—. Este portal te llevará a casa. Una vez ahí, seguirás traicionando la confianza de aquéllos que te idolatran y cumplirás mi voluntad la próxima vez que te pida que lo hagas.

El Padre Crepuscular echó hacia atrás su capucha y aceptó con los brazos abiertos esa sombra compuesta de humo que lo iba a transportar, ataviado con las ropas clericales tradicionales que solía vestir.

—Gracias, mi señor —susurró el arzobispo Benedictus—. ¡Gracias!

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