Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Veintidós

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosCuatro Aspectos y un orco se encontraban en el nivel superior del Templo del Reposo del Dragón cuando despuntaba el alba. Todos se sentían muy cansados pero al mismo tiempo victoriosos. Las horas transcurridas entre la caída de Chromatus y el momento presente las habían ocupado atendiendo las terribles necesidades que suele acarrear el final de una batalla: se dedicaron a contar e identificar a los muertos, a curar a los heridos y a buscar a los rezagados.

Muchos (demasiados) habían caído en cada uno de esos ataques y la tarea solemne de reunir y disponer de los cuerpos se iba a llevar a cabo en cuanto el sol asomase su rostro por el horizonte. Por ahora, sin embargo, todo lo que podían hacer ya lo habían hecho.

No habían localizado al Padre Crepuscular entre los cultores caídos; aunque Thrall había señalado que había muchos cadáveres achicharrados, algunos de los cuales eran, sin lugar a dudas, humanos y varones, por lo que podía ser uno de ellos. Al escuchar esa sugerencia, Kirygosa había negado con su cabeza azul oscura y había dicho:

“No. Lo reconocería. Lo reconocería en cualquier parte y en cualquier estado.”

Kalecgos la había contemplado con una honda expresión de preocupación dibujada en su rostro. Sólo el paso del tiempo diría si Kirygosa se iba a recuperar de los meses de tormento que había sufrido. No obstante, había logrado regresar con su vuelo, y la Protectora la tenía en muy alta estima. Thrall intuía que se recuperaría perfectamente.

Por otro lado, los únicos dragones crepusculares que encontraron estaban muertos. El resto había huido, asustados y sin un líder que los guiara. Y Chromatus…

Como temían que algún otro siniestro poder intentara revivir a Chromatus, los dragones habían intentado destruir su cadáver.

Pero habían fracasado. Un poderoso sortilegio, probablemente entrelazado con el maridaje de magia y tecnología que lo había animado en un principio, lo protegía de cualquier intento de desintegrarlo.

“Entonces, será mejor que custodiemos su cuerpo hasta que demos con la manera de destruirlo por completo”, había decidido Alexstrasza. “Varios representantes de cada vuelo lo vigilarán. Aunque no está muerto… yace sin albergar la chispa de la vida en su interior, por lo que ya no volverá a hacer daño a nadie.”

“Durante la Guerra del Nexo, Malygos construyó unas prisiones arcanas”, había comentado Kalecgos. “Sabemos que funcionaban muy bien. Podemos construir una que sea lo bastante grande… y resistente… como para poder encerrarlo ahí.”

Ahora las cinco figuras, cuatro dragones y un orco, miraban hacia el este.

—Pronto, nos separaremos y cada uno seguirá su camino —afirmó Nozdormu—. Pero nunca más estaremos separados de verdad.

Nunca más —entonces, alzó la cabeza para contemplarlos a todos—. Thrall… a ti ya te conté parte de lo que he descubierto.

Thrall asintió y, acto seguido, escuchó cómo Nozdormu compartía con los demás Aspectos las funestas noticias que le había dado con anterioridad al orco.

—Thrall me encontró porque yo essstaba intentando dar con la respuesta a una cuessstión. Todos saben que, en cierto momento, me fue revelado cuándo y cómo moriría. Si bien nunca me atrevería a alterar los senderos del tiempo, a subvertir lo que sssé que es cierto y correcto… en uno de mis viajes, descubrí que en un sendero del tiempo en concreto… me convertía en el líder del vuelo de dragón infinito.

Todos lo miraron horrorizados. Durante un momento muy largo, nadie fue capaz de hablar. Entonces, Alexstrasza preguntó con suma delicadeza:

—Has dicho en “un sendero del tiempo en concreto”. ¿Acaso se trata del sendero verdadero, mi viejo amigo?

—No lo sé —respondió—. Eso era precisamente lo que estaba investigando, pues quiero… quiero dar con la manera de evitar que me acabe convirtiendo en alguien que encama todo lo contrario a lo que yo defiendo y represento. Mientras me hallaba embarcado en esa misión, descubrí lo que le pedí a Thrall que les contara en su momento: que todos los sufrimientos por los que hemos pasado… la locura de Malygos y Deathwing, que el Sueño Esmeralda se haya convertido en una pesadilla, el Culto del Martillo Crepuscular… todo… todo está relacionado. La razón por la que acudí tarde en su ayuda fue porque estaba siguiendo otra pista distinta, otra hebra más de esta compleja madeja. He descubierto quién está detrás de toda esta vasta y espantosa conspiración.

Bajo el alba que ya despuntaba, le brillaron los ojos de justa ira.

—Incluso ahora, me… me cuesssta hablar de ello. Nos enfrentamos a… —en ese instante, su poderosa voz se transformó en un leve susurro— ¡… los Dioses Antiguos!

Los otros tres poderosos Aspectos de Dragón clavaron su mirada en él, una mirada sobresaltada plagada de preocupación. Al ver las expresiones de sus semblantes, el corazón le dio un vuelco a Thrall de puro espanto. Sabía algo acerca de esos seres tan antiguos y malvados, que dos de ellos merodeaban por Ulduar y Ahn’Qiraj.

—He oído hablar de esos seres —afirmó Thrall— pero, sin duda alguna, ustedes saben mucho más al respecto.

Durante un momento, nadie pronunció palabra alguna, como si por el mero hecho de hablar de ellos fueran a aparecer ahí de un momento a otro.

—Sólo has oído viejas leyendas, Thrall —lo corrigió Alexstrasza, cuya vitalidad y viveza parecía haber menguado—. Cuentos sobre susurros malignos que le hablan a uno en su propia mente, que lo empujan a uno a hacer cosas terribles y siniestras. Sobre susurros sutiles que se asemejan a los pensamientos de uno mismo.

Thrall se dio cuenta de que la dragona roja tenía razón, pues había oído esas historias.

—Los tauren dicen que la primera vez que el mal dejó huella en su pueblo fue cuando escucharon e hicieron caso a esos tenebrosos susurros —comentó el orco.

Ysera asintió abatida.

—Esos susurros han penetrado incluso en el Sueño Esmeralda —aseveró.

—Incluso en la mente de Deathwing cuando aún era Neltharion, el Guardián de la Tierra —explicó Kalecgos—. Fueron los Dioses Antiguos quienes lo volvieron loco, Thrall, quienes han vuelto locos a todos los dragones negros.

—Son muy antiguos, más que yo incluso —apostilló Nozdormu—. Ya estaban aquí incluso antes de la llegada de los titanesss y habrían destrozado este mundo si nuestros creadoresss no hubieran intervenido. Se desssató una batalla entre ellos como nunca ha visto este mundo. Al final, los encerraron… los escondieron en las oscuras entrañasss de la tierra y los obligaron a dormir mediante encantamientos.

—Sólo pueden entrar en contacto con nosotros mediante sus susurros —afirmó Alexstrasza—. Al menos, eso era ahora así… hasta hace muy poco —en ese instante, alzó la vista para mirar con ojos muy tristes a Nozdormu—. Así que, según tú, son los responsables de todas esas desgracias, ¿no? Me creo que estuvieron detrás de la caída en las simas de la locura de Neltharion y que sean los responsables de abrir una grieta, al menos, en los senderos del tiempo. Pero… no me creo que sean responsables de todo y mucho menos durante tantos milenios.

—Pero ¿qué fin persiguen con todo esto? —preguntó Kalecgos.

—¿Acaso necesitan uno para obrar así? —inquirió Ysera—. Quién sabe qué piensan o sueñan los Dioses Antiguos. Son perversos e incluso, mientras sueñan, su maldad se filtra al mundo.

—Lo que sí es seguro es que ellos son la… causa de todos esos trágicos acontecimientos. ¿Lo hacen sssimplemente llevados por el odio o porque son unos intrigantes que tienen un plan? Nunca se sabe. No obstante, lo único que tenemos que saber es que esos hechos han ocurrido y han tenido terribles consecuencias.

El Atemporal les lanzó a todos ellos una mirada muy intensa y prosiguió hablando:

—Piensen en todo el daño que nos han hecho esas cosasss. Nos han destrozado. Han hecho que desconfiemos unos de otros.

Acuérdense de lo rápidamente que creímos que Korialstrasz era un traidor, cuando en realidad actuó como un héroe al sacrificarse por los demásss. Incluso tú dudaste de él, querida.

Esas últimas palabras las dirigió especialmente a Alexstrasza, quien agachó de inmediato su cabeza carmesí.

—Creo que incluso el hecho de que yo acabe siendo el líder del vuelo de dragón infinito, si al final acaba sssucediendo, será culpa suya. Pero hoy… hemos aprendido mucho. Nosotros que somos tan viejos, que parecemosss tan sabios —en ese momento, se rió entre dientes levemente—, hemos aprendido que debemos colaborar juntos como un solo ser si queremosss plantar cara a lo que se avecina— entonces, se volvió hacia Ysera—. Porque, si no, no sobreviviremos, ¿verdad? —le preguntó con gran delicadeza.

La Despierta negó con la cabeza.

—No —respondió—. Si no nos mantenemos unidos como ahora… si no profundizamos más en esta unión, una y otra vez… nunca seremos capaces de plantar cara a la Hora del Crepúsculo ni… ni podremos evitar que se haga realidad mi visión.

—Creía que la Hora ya había pasado, que era la batalla de hoy —dijo Thrall confuso.

Ysera volvió a hacer un gesto de negación con la cabeza.

—Claro que no —replicó con cierta indulgencia, como si el orco fuera un simplón.

El único consuelo que le quedaba a Thrall era que el resto de los dragones ahí reunidos parecían hallarse tan confusos como él. Ysera era poderosa y bondadosa, pero lo cierto era que vivía un poco en su mundo, al margen del resto de los seres vivos.

—Nos has ayudado, como preví que harías —continuó diciendo el Aspecto verde—. No estaba segura de cómo lo harías… pero lo has hecho. Este rompecabezas ya no es un mero conjunto de piezas sueltas de diversos colores, sino que ya va cobrando forma. Las visiones y sueños que he tenido… acabarán teniendo lugar en la realidad. Hemos necesitado que uno que no es uno de los nuestros nos una. Y ahora que estamos unidos… cuando llegue la Hora de verdad… no fracasaremos.

—Vine aquí con la esperanza de que la unión entre los vuelos de dragón se hiciera realidad —aseveró Alexstrasza—. Y, tras tanto dolor, tanta muerte y tanta lucha… nos hemos unido de un modo que nunca podría haber imaginado. Mis dragones rojos siempre te recibirán con los brazos abiertos, Thrall, hijo de Durotan y Draka.

Toma esto, como muestra de agradecimiento.

Con delicadeza, se llevó una de sus descomunales garras delanteras a la altura del corazón y se rascó la piel. A continuación, una pequeña escama reluciente y de color carmesí cayó al suelo. Thrall la recogió y con sumo respeto la metió en su bolsa; en la misma bolsa dónde una vez estuvo la bellota de un ancestro y donde todavía guardaba el collar que tiempo atrás le había dado una joven humana.

—Mis dragones bronces te recibirán igual, amigo de los senderos del tiempo — afirmó Nozdormu, quien también obsequió a Thrall con una valiosa y reluciente escama.

—Si bien el Sueño Esmeralda no es tu reino, debes saber que, de vez en cuando, te enviaré sueños curativos, chamán. Quédate también con una de mis escamas. Te doy las gracias de todo corazón por haber aceptado la misión que te encomendé —le dijo Ysera.

Kalec agachó su gran cabeza y, entonces, bajo los primeros destellos rosas del alba, Thrall vio, sin duda alguna, una solitaria lágrima brillando en los relucientes ojos del Aspecto azul mientras éste le ofrecía una escama situada a la altura de su corazón.

—Tú, sin lugar a dudas, has salvado al vuelo de dragón azul, y no estoy exagerando. Pídeme lo que quieras y lo tendrás.

Thrall se sintió abrumado. Le llevó un momento recobrar la compostura.

—Aunque les estoy muy agradecido por haber recibido como regalo una escama de cada uno de los vuelos, en verdad, sólo quiero su amistad —les aseguró a todos—. Y —añadió sonriendo— que me lleven con mi amada.

* * *

Thrall pensó irónicamente que se estaba acostumbrando a viajar a lomos de un dragón. Sobre todo, en la espalda de esta dragona en concreto. Tick y él se habían hecho amigos a lo largo de las últimas semanas en las que habían viajado y luchado juntos. El orco sabía que la echaría de menos. Cuando Tick se presentó voluntaria para llevarlo de vuelta a su hogar, se había preocupado un poco, pues temía que el vuelo desde los continentes a la Vorágine fuera demasiado para un dragón normal, ya que había que recorrer una gran distancia. Tick había soltado una risita ahogada al enterarse de sus inquietudes con respecto al viaje.

—Recuerda que somos capaces de ralentizar o acelerar el tiempo —le explicó a Thrall—. Lo aceleraré para nosotros… y, de ese modo, volaremos mucho más rápido y mucho más lejos.

Una vez más, Thrall se quedó sorprendido y abrumado antes las habilidades que poseían incluso los dragones más normales. De esa manera, tras lo que parecieron ser sólo unos meros instantes, se encontraron volando sobre la Vorágine. Thrall notó que a la dragona bronce se le aceleró la respiración al contemplar ese furioso remolino.

—Así que es ahí por donde Deathwing entró en nuestro mundo —masculló Tick—. No me extraña que la tierra siga sufriendo tanto.

—Hablas igual que mis amigos tauren cuando se ponen a hablar de cuánto sufre la Madre Tierra.

Esa enorme criatura giró el cuello para poder contemplar a Thrall más cerca.

—Quién sabe si tienen razón o no.

Thrall estalló en carcajadas.

—Yo no —replicó—. Ni jamás lo sabré.

A cierta distancia del asentamiento principal, había un lugar que parecía ser un establo. Con sumo cuidado, ya que sabía que la tierra ahí no era nada feliz, Tick aterrizó con suma gracilidad. Thrall bajó de la espalda de la dragona bronce y se detuvo a contemplarla por un largo instante.

—Te has ganado la gratitud de nuestros vuelos —afirmó Tick con gran seriedad—. Tienes nuestras escamas. Utilízalas si necesitas nuestra ayuda, pues la recibirás. Espero que Azeroth pueda beneficiarse tanto de tu compasión y determinación como nos hemos beneficiado nosotros.

—Vas a lograr que me ruborice, amiga mía. Sólo hice lo que pude.

Entonces, una expresión irónica se dibujó en su rostro cubierto de escamas.

—Te sorprenderías si supieras cuánta poca gente intenta siquiera hacer eso. Ya has regresado a tu hogar, Thrall. Y yo he de volver.

La Hora del Crepúsculo llegará algún día y debo estar preparada para luchar junto a mi señor, Nozdormu, cuando llegue ese momento. Gracias de nuevo… por ayudamos a descubrir quiénes somos realmente y cómo son los demás.

Agachó la cabeza hasta colocarla a escasos metros del suelo; Thrall supuso que le estaba haciendo una profunda reverencia. Se ruborizó un poco y asintió. A continuación, observó cómo Tick se preparaba para el viaje y se elevaba hacia el cielo de un salto. Thrall siguió mirándola, con los ojos entornados por culpa del brillo del sol, hasta que la poderosa dragona tuvo el tamaño sólo de un pájaro y luego de un insecto, hasta que finalmente se desvaneció en la lejanía.

Una vez solo, cerró los ojos y, lanzando un susurro al viento, llamó a un dracoleón. Thrall acarició con afecto a esa criatura, se subió en ella y se dirigió al campamento.

Había una pequeña colina que parecía menos devastada que el resto de los lugares de aquella zona. Algunas hierbas crecían ahí, luchando por sobrevivir. Thrall sabía que Aggra solía ir a menudo a aquel lugar a recoger frutas con sumo cuidado y a sentarse a meditar.

Y ahí estaba ahora, sentada serenamente en esa colina, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados.

Por un instante, Thrall se permitió el lujo de observarla sin que ella lo viera. Había soñado durante mucho tiempo con ese momento, con regresar con esa orea asombrosa que tanto lo inspiraba, que llenaba su corazón y su alma con un amor tan intenso y fuerte que apenas podían contenerlo. Ése era el rostro (marrón, huesuda y provista de colmillos) que había evitado que se rindiera. Ése era el cuerpo (musculoso, curvilíneo y poderoso) que quería abrazar durante el resto de su vida. Su risa era como música universal para él; su sonrisa era el sol, las lunas y las estrellas para Thrall.

—Aggra —dijo con voz trémula, aunque no se avergonzó de ello.

La orea abrió los ojos, que entornó al esbozar una sonrisa.

—Has vuelto —replicó con suma calma, aunque esas palabras tenían un trasfondo alegre—. Bienvenido a casa.

Thrall recorrió la distancia que los separaba en sólo dos enormes pasos y, antes de que su amada pudiera decir ni una sola palabra más, la rodeó con sus brazos y la abrazó fuertemente contra su pecho.

Se rió agradecida y sorprendida y lo abrazó a su vez. Reposó su cabeza sobre el hombro de su amado, donde encajaba a la perfección. Y él pudo sentir el corazón de Aggra contra su pecho, que latía muy rápido embargado por la emoción y la alegría.

Durante un largo, muy largo rato permanecieron abrazados de este modo. Thrall no quería soltarla nunca. Ella también se aferraba a él y no protestó en ningún momento.

Al final, Thrall se apartó ligeramente de ella y sostuvo entre sus grandes manos verdes el rostro de Aggra.

—Tenías razón —dijo sin más preámbulos.

Ella alzó una ceja, indicándole así que siguiera hablando.

—Me escondía bajo la responsabilidad de portar el manto de jefe de guerra. Era un esclavo de la Horda, de lo que creía que era mi obligación. Y eso me impedía ahondar en mi fuero interno, me impedía ver las cosas que no me gustaban de mí. Y, si no las veía, nunca podría cambiarlas. Nunca podría ser un orco mejor.

Thrall retrocedió y la agarró de su mano marrón. Entrelazaron sus dedos y fue como si fuera la primera vez que veía las marcas y cicatrices de las pieles de ambos (verde la de él y marrón la de ella), que sentía sus ásperas texturas frotarse una contra otra. A continuación, el orco alzó la mano de su amada y se la llevó a la frente. Acto seguido, la retiró de ahí y la miró intensamente a los ojos.

—Tampoco sabía apreciar las cosas grandes ni las cosas pequeñas. Como esta fuerte mano que sostengo entre las mías.

A Aggra le brillaron los ojos; ¿acaso había lágrimas relucientes en ellos? No obstante, esbozó una sonrisa de oreja a oreja al recordar ese momento en particular al igual que Thrall.

—Ahora sí sé apreciar esas cosas, Aggra. Cada gota de lluvia, cada haz de luz del sol, cada inspiración que llena mis pulmones, cada latido de mi corazón. Existe el peligro y el dolor, pero también existe la serenidad, la alegría constante, siempre que recordemos que existe y está ahí.

“No sabía quién era o en qué clase de Thrall me iba a convertir tras haber dejado atrás todo cuanto ayudé a crear. Pero ahora ya sé quién soy. Lo sé. Y sé qué debo hacer. Sé… a quién quiero.

Aunque la sonrisa de Aggra se volvió más amplia aún, permaneció en silencio, escuchando con atención.

—Y sé en lo más hondo de mi corazón que, cuando llegue el momento, seré capaz de hacer lo que haya que hacer.

—Cuéntamelo todo —le pidió en voz baja.

Y ahí mismo, mientras seguían abrazados, Thrall le contó todo lo que había pasado. Le habló sobre los ancestros y Desharin. Sobre el asesino que resultó ser un viejo, muy viejo enemigo al que introdujeron en el sendero del tiempo correcto. Sobre cuánto sufrió al no poder impedir el asesinato de sus padres, aunque tuvo la oportunidad gozosa de consolar a Durotan al asegurarle que su hijo sobreviviría.

Lloró mientras le contaba todo esto, mientras recordaba todo cuanto había visto, sentido y hecho; así como los horrores y bondades que había encontrado por el camino. Entonces, una fuerte mano marrón le limpió las saladas lágrimas que recorrían su verde faz.

Le habló sobre Taretha y Krasus, sobre Nozdormu, sobre Alexstrasza, Kalecgos, Ysera y Kirygosa. Sobre lo que había experimentado al entender muchas cosas nuevas, al aprender a apreciar las cosas, al ser capaz de disfrutar del momento presente. Sobre las experiencias que él, como un simple mortal orco, había vivido y sobre las lecciones que había dado a seres tan poderosos como los Aspectos de Dragón.

—Así que has recibido un gran regalo —aseveró Aggra en cuanto Thrall se quedó callado—. Te han dado la oportunidad de descubrir quién eres realmente, de aprender de tus errores, de cambiar y crecer. Pocos reciben como regalo la posibilidad de cambiar, de ver las cosas desde otra perspectiva, amor mío.

En ese momento, Thrall, que seguía sosteniendo la mano de su amada, se la apretó con fuerza.

—Gracias a ti, pude superar el peor momento —le confesó—. Gracias a ti, pude lograr que la desconsolada Protectora volviera ser ella misma.

Entonces, con suma dulzura, susurrando las palabras, le contó a Aggra que necesitaba estar con ella, que necesitaba ver su cara. Los ojos de la orea se llenaron de lágrimas mientras escuchaba y Thrall se percató de que era realmente posible ver el amor que siente uno por alguien reflejado en el rostro del ser amado.

—Bueno, ya he vuelto a casa —dijo al fin—. Más humilde, pero orgulloso de las aventuras y experiencias que he vivido. Estoy dispuesto a hacer aún más cosas. A intentar mejorar, a dar la mejor versión de mí mismo en todo momento para honrarlos a ti, a mis amigos y a mi mundo. Sí, estoy más que dispuesto.

Durante un largo momento, Aggra no habló. Entonces, por fin, con una voz cargada de emoción y henchida de orgullo y alegría, afirmó:

—Sí, ése es mi Go’el.

Los labios de Thrall se curvaron alrededor de sus colmillos para conformar una

sonrisa.

—Go’el —repitió, pues aquella palabra le resultaba extrañamente reconfortante—. El nombre que me dieron al nacer.

Contempló a su amada un instante más y, justo cuando iba a volver a hablar, escuchó una voz alegre y jovial a sus espaldas.

—¡Thrall! Me acabo de enterar de que has vuelto. ¡Y de una pieza, por lo que veo!

Era Rehgar, quien o bien no se había percatado de que estaba interrumpiendo un momento muy íntimo o bien le daba igual. Se acercó con paso presuroso a Thrall, con una sonrisa de oreja a oreja, y le dio una palmadita al orco en el hombro.

—¡Seguro que tienes muchas cosas que contamos!

Thrall se apartó un poco de Aggra y volvió su rostro hacia su amigo. Acto seguido, le dio una palmadita a Rehgar en el hombro.

—Rehgar, viejo amigo… el Thrall que tú conocías ya no existe. Ahora soy Go’el, hijo de Durotan y Draka. Un esclavo sólo de mí mismo… —en ese momento, se giró hacia Aggra, a quien apretó de la cintura con una sonrisa— y de mi amor.

Rehgar echó la cabeza hacia atrás y se rió a mandíbula batiente.

—Bien dicho, amigo mío. Bien dicho. Dejaré que se lo cuentes a los demás, pero date prisa. La carne asada ya casi está a punto, y estamos hambrientos. Te esperaremos, ¡pero no eternamente!

Rehgar se despidió de él guiñándole un ojo, se dio la vuelta y regresó al campamento. Go’el lo vio marchar, con una sonrisa dibujada en los labios y, acto seguido, se volvió hacia Aggra. Adoptó una actitud más seria y, cogiéndola de ambas manos, le dijo:

—Hablo en serio. Sólo voy a ser un esclavo de mí mismo y de mi amor… si ella me deja. Por el resto de nuestras vidas.

Una enorme sonrisa de alegría se dibujó en el semblante de Aggra, que le apretó la mano a su amado con tanta fuerza que Thrall estuvo a punto de esbozar una mueca de dolor.

—Si estaba dispuesta a seguir a Thrall hasta el fin de este mundo o de cualquier otro —replicó Aggra—, ¡cómo no voy a desear compartir mi vida con Go’el!

Go’el no podía parar de sonreír. Creía que ése era el momento más feliz de su vida. Entonces, apoyó su frente sobre la de Aggra, sumamente agradecido por haber aprendido a disfrutar del momento, ya que éste era sin duda uno extremadamente dulce. Pasado un rato, se apartó y dejó que ese momento se perdiera en el pasado, dando la bienvenida al presente, pues éste también era maravilloso.

—Bueno y ahora vayamos al campamento a contárselo todo a los demás. Sé que en el futuro nos esperan retos y arduas obligaciones, sé que a veces triunfaremos y otras veces lucharemos denodadamente, pero sé que hagamos lo que hagamos lo haremos siempre… juntos.

Sosteniendo aún la mano de quien iba a ser su compañera de por vida, Go’el se volvió y posó la mirada sobre el lugar donde los demás miembros del Anillo de la Tierra lo aguardaban. Esa noche, habría risas y un festín para celebrar su regreso y sus planes de futuro. Por la mañana, todos retomarían su solemne obligación de intentar sanar un mundo herido.

Y Go’el estaría listo para echar un mano.

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