Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Veinte

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosA pesar del calvario que había sufrido, Kirygosa estaba más que dispuesta a ayudar a planear el ataque; además, estaba perfectamente capacitada para ello. Thrall se percató de que, incluso aquéllos que en su momento habían apoyado a Arygos, se acercaban ahora a ella. Por otro lado, Kalec se había ganado un hueco en el corazón y en el alma de los dragones azules cuando se convirtió en un Aspecto bajo la luz de las dos lunas de un modo jubiloso y gozoso. Y ahora estaba cimentando esa reputación al dar testimonio del sereno valor de Kirygosa.

Los tres Aspectos, Thrall, Kirygosa y un puñado de representantes de cada vuelo, todos con formas humanoides, se habían reunido para decidir qué estrategias iban a seguir. Todos los presentes conocían el trazado del Templo del Reposo del Dragón y, además, Kirygosa pudo indicarles con gran precisión qué había ahora en cada rincón del templo. En ese lugar, Chromatus descansaba y recuperaba sus facultades… “más y más a cada hora que pasa”, los había advertido de manera sombría. En ese otro sitio, el Padre Crepuscular pasaba gran parte de su tiempo. Todas las bestias de carga y las monturas se encontraban en otra zona. Asimismo, fue capaz de darles una cifra bastante aproximada de la cantidad de cultores y dragones que los tres vuelos probablemente se iban a encontrar.

—¿No tienen ninguna flaqueza de la que podamos aprovecharnos? —inquirió la dragona roja Torastrasza.

—El Padre Crepuscular es humano —respondió Kirygosa—. Es viejo, tiene el rostro ajado por el paso del tiempo y la barba gris; además, es extremadamente arrogante. Sé que es poderoso a su manera y que aquéllos a los que lidera no saben qué es la lealtad de verdad.

—¿Es su líder? —inquirió Thrall—. ¿O su comandante en jefe, quizá?

—A mí me da la impresión de que tiene formación militar—contestó Kirygosa—, pero he de admitir que sé muy poco sobre humanos. Aunque sí sé una cosa a ciencia cierta: teme a Deathwing.

—Como cualquiera que mantenga la cordura —murmuró Ysera quien, a continuación, agachó la cabeza presa de una honda pena.

—Quizá en su arrogancia peque de exceso de confianza —reflexionó Torastrasza—. Quizá cometa algún error estúpido.

—No creo que nadie pueda pecar de exceso de confianza si cuenta con un aliado como Chromatus —replicó Thrall—. Lo sabrías si hubieras estado presente en la batalla que libró esa bestia contra los dragones azules. Aunque ahora seamos muchos más en número y los vayamos a atacar de otra manera, no deberíamos subestimarlo.

—Además, los cultores están dispuestos a morir por él —indicó Kirygosa—. Lucharán hasta la muerte.

—¿El Padre Crepuscular confía únicamente en Chromatus y los dragones crepusculares para ganar la batalla o acaso cuenta con otro tipo de armas? —preguntó Alexstrasza.

—No cuenta con ningún arma realmente devastadora para el combate por tierra o aire —contestó Kirygosa—. Y tampoco creo que las necesite, ya que cuenta con un vuelo entero y con Chromatus y sus cabezas, cada una de las cuales posee su propio cerebro que sabe manejar con maestría los poderes de su vuelo.

Todo el mundo se quedó callado ante esa observación sencilla pero lapidaria.

—Bueno, al menos, conocemos bien a nuestro enemigo —dijo Alexstrasza, rompiendo así ese silencio—. Kiry, ¿el Padre Crepuscular controla a Chromatus de alguna manera?

La dragona azul negó con la cabeza.

—No, Chromatus tiene voluntad propia. Deathwing lo tiene en alta estima y está muy orgulloso de él. Además, tiene grandes planes para él.

—Entonces, los tres Aspectos lo consideraremos nuestro objetivo principal — afirmó Alexstrasza—. Si nos atacan con otras fuerzas o medios, los ignoraremos, pues tendremos que concentrar todos nuestros esfuerzos en el dragón cromático. Nuestros vuelos tendrán que impedir que el enemigo nos distraiga con otro tipo de ataques. Si Deathwing lo tiene en tan alta estima, su muerte será mucho más que una mera victoria táctica. Por otro lado, en cuanto Chromatus caiga, podremos retiramos; ya nos ocuparemos más tarde del Padre Crepuscular y los cultores. Así que el objetivo principal es claro e incuestionable: Chromatus debe morir.

Todos los dragones allí reunidos asintieron, al igual que Thrall.

Chromatus debía morir, en efecto. Porque si no los cultores, cuyo objetivo era provocar el fin de toda la existencia, podrían alcanzar su meta demasiado pronto.

* * *

El Padre Crepuscular había ordenado que se deshicieran de los cadáveres de Zuuzuu y Josah sin muchos miramientos. También había dado orden a los cultores de que se flagelaran, lo cual habían hecho con suma obediencia, por supuesto. No obstante, sus gritos de dolor habían sido un triste consuelo para él.

¿Cómo habían permitido que sucediera algo así? Kirygosa, bajo la forma que la obligaba a portar esa cadena mágica, era sólo una humana. No debería haber sido capaz de derrotar a uno solo de sus guardias y mucho menos a los dos. ¿Y quién había sido el estúpido al que se le había olvidado vigilar a los dracoleones? Nadie había asumido la responsabilidad de ese mayúsculo error.

—Hemos perdido la oportunidad de plantar las semillas de un glorioso futuro — se quejó Chromatus cuando el Padre Crepuscular le dio la mala noticia—. Si Kirygosa sobrevive, podrá revelar información muy sensible al enemigo, lo cual podría ser muy perjudicial para nuestros intereses.

El Padre Crepuscular ya había pensado en esa posibilidad. Y, entonces, con una confianza que realmente no sentía, dijo:

—¿Qué les puede contar? Ya saben que estamos aquí; ya saben que existes. Quizá, al final, su huida sea toda una bendición. Ella sabe que estabas muy débil cuando te atacaron y que, aun así, los derrotaste completamente. Creo que la información que pueda darles… si sobrevive… únicamente servirá para desanimarlos. Y, si cuando nos alcemos con la victoria sigue viva, aún tendrás la oportunidad de engendrar a todo un vuelo de dragones cromáticos.

Chromatus clavó la mirada en la pequeña silueta de su interlocutor.

—Es posible. Pero no deberíamos darles ninguna ventaja estratégica. Estoy seguro de que Deathwing se sentirá muy contrariado en cuanto se entere de esto.

El Padre Crepuscular no encontró una buena respuesta para ese último comentario.

* * *

Atacaron al atardecer.

El cielo, que ya se estaba oscureciendo, se tomó negro cuando iniciaron su aproximación. Y se pudo escuchar el aleteo de centenares de alas a medida que los necios vuelos de dragón se acercaban.

La emoción embargaba al Padre Crepuscular. Estaba seguro de que Chromatus había pecado de precavido cuando habían conversado antes. Bajo los rayos de aquel sol moribundo, pudo distinguir cómo un ejército formado por dragones de tres colores distintos se dirigía al templo. Al parecer, los dragones bronces no se decidían a intervenir y su líder seguía sin aparecer por ninguna parte. Mejor para ellos.

Entonces, a modo de respuesta, se escuchó el aleteo de su propio ejército de dragones crepusculares que se elevaba en esos momentos hacia el cielo. Tras ellos, volando un tanto perezosamente, volaba Chromatus.

El Padre Crepuscular no pudo evitar esbozar una sonrisa de oreja a oreja. Sí, dejen que vengan. Que vengan a su destrucción, pensó. Chromatus los iba a derrotar y, esa misma noche, el Padre Crepuscular iba a informar de que no menos de tres Aspectos habían muerto.

* * *

Esta vez, Thrall no se hallaba montado sobre Kalecgos. Torastrasza, quien al parecer era la mano (¿garra?) derecha de Alexstrasza en cuestiones militares, había accedido a llevarlo sobre su espalda, ya que los tres Aspectos tenían que concentrarse en atacar a Chromatus y no podían distraerse ni lo más mínimo para preocuparse de si el orco… o cualquiera de ellos, en realidad… corría peligro o no.

Thrall lo entendía perfectamente. Iba a ayudar en todo lo que pudiera; los Aspectos no iban a tener que perder ni un solo momento en preocuparse por él.

El orco seguía en la vanguardia de ese ejército cuando descendieron una vez más sobre el Templo del Reposo del Dragón, donde fueron recibidos por la primera oleada de dragones crepusculares. Esos seres hermosos, y al mismo tiempo espantosos, cargaron directamente contra los tres Aspectos. Aunque, al instante, los dragones crepusculares fueron atacados a su vez. Los dragones verdes utilizaron como armas su aliento venenoso o, lo que era aún peor, su capacidad de provocar pesadillas. Al menos, eso es lo que dedujo Thrall cuando vio a dos dragones crepusculares gritar repentinamente para, acto seguido, huir a la desesperada, como si algo indescriptiblemente aterrador los persiguiera.

Los dragones rojos y azules actuaban en tándem; los azules utilizaban su dominio sobre la magia del frío para congelar o ralentizar a sus enemigos y los rojos atacaban a los dragones corpóreos con su fuego. Esta vez, los vuelos de dragón unidos sobrepasaban en número al vuelo de dragón crepuscular en una proporción de cuatro o cinco a uno. De ese modo, ese ataque con el que el enemigo pretendía hacer daño (o, al menos, distraer a los poderosos Aspectos) se quedó en agua de borrajas.

Escucharon a Chromatus antes de siquiera verlo.

—¡Así que has vuelto para recibir más tormento, Kalecgos! —exclamó la cabeza negra, con una voz grave, que retumbaba en los huesos y la sangre de quienes la escuchaban.

Thrall se estremeció y apretó los dientes con fuerza.

—En su día, Deathwing intentó erradicar a tu vuelo —afirmó la cabeza azul—. Algo que me parece que vas a lograr tú mismo si te empeñas en desafiarme otra vez. Y veo que esta vez te has traído a tus amiguitos.

Entonces, la cabeza roja preguntó con un tono socarrón.

—Protectora, ¿ya has dejado de llorar?

Y la verde inquirió:

—¿Por fin te has despertado, pequeña Ysera?

Si bien aquellas palabras estaban cargadas de veneno y desprecio, cayeron en oídos sordos. La que en su día fue la Soñadora ahora era la Despierta y volaba con tanta rapidez y seguridad como Kalec y Alexstrasza. La Protectora había vuelto a ser ella misma y Thrall sabía que recordar el sacrificio de su amado le estaba dando fuerzas para poder librar esa batalla. El orco quiso replicar a gritos a Chromatus para dejarle bien claro lo necio que había sido al intentar provocarlos pero, como no era un dragón, era consciente de que sus palabras se las llevaría el viento.

Los Aspectos estaban tan concentrados que aquellos insultos les molestaron tanto como el leve impacto de unas gotas de lluvia sobre sus escamas. Con sumo cuidado, pero con determinación, tal y como habían practicado, adoptaron la formación de ataque.

Era como ver una danza hermosamente coreografiada. Kalecgos, Ysera y Alexstrasza tomaron sus respectivas posiciones alrededor de Chromatus. Alexstrasza voló por encima del dragón cromático y, súbitamente, cayó en picado sobre él al mismo tiempo que lo quemaba con sus llamas de color rojo anaranjado. Kalecgos lo atacó desde abajo, zarandeándolo con ataques de frío y magia. Ysera revoloteaba a su alrededor y arremetía inesperadamente contra él en cuanto veía un hueco; debido al carácter voluble y caprichoso de la Despierta, Chromatus nunca podía predecir dónde iba a estar en el instante siguiente.

Thrall había tenido el privilegio de ver boquiabierto y sobrecogido los entrenamientos en los que habían ensayado ese ataque. Habían practicado con dragones rojos, azules y verdes; habían animado a cada “Chromatus” a “atacar” empleando las tácticas propias de su vuelo.

La conclusión a la que había llegado el orco es que tal vez podrían ganar.

Tras la espeluznante descripción que les había dado Ysera, al hablar sobre su visión, sobre cómo cada uno de los Aspectos iba a acabar pereciendo bajo un ataque de su propia magia, decidieron que cada uno de ellos atacaría a una cabeza distinta del dragón cromático.

De ese modo, ahora Ysera se concentraba en la cabeza bronce, atacándola no sólo con su verde aliento corrosivo y nauseabundo, sino también creando, repentinamente, la ilusión de que también arremetía contra su rival un descomunal dragón bronce. Ysera era la más impredecible de todos y siempre parecía estar un par de pasos por delante del cerebro de la cabeza bronce de Chromatus. Kalec se ocupaba de la cabeza roja, contrarrestando las intensas llamaradas que escupía ésta con su hielo y su magia.

Alexstrasza, por su parte, había escogido la cabeza quizá más inteligente de todas: la azul. Llevada por su ira era, sin duda alguna, la cosa más hermosa y peligrosa que Thrall jamás había visto. En un principio, la cabeza azul pareció hallarse muy sorprendida, pues la dragona roja la atacaba sin cesar escupiendo fuego para, de inmediato, alejarse a gran velocidad, quitándose de encima a grupos enteros de dragones crepusculares como si fueran unos meros mosquitos. Como los responsables de haber dotado de una vida preternatural a Chromatus (el misterioso Padre Crepuscular y, por supuesto, Deathwing), le habían arrebatado todo lo que más quería en este mundo, estaba decidida a que ese monstruo de cinco cabezas pereciera para que no siguiera extendiendo la muerte y la destrucción.

Sin lugar a dudas, Chromatus permaneció estupefacto ante la gran destreza y facilidad con la que los Aspectos coordinaban sus ataques.

Pero sólo por unos instantes.

De improviso, como si hasta entonces sólo hubiera estado jugando con ellos, inició su contraataque con el doble de velocidad y determinación que anteriormente. Además, tenía cinco cabezas y únicamente tres adversarios. Las cabezas azul y roja siguieron combatiendo contra Alexstrasza y Kalecgos; la negra y la verde giraron súbitamente sus largos cuellos y se sumaron al ataque que la cabeza bronce estaba lanzando contra Ysera.

A la Despierta la sorprendió el repentino cambio de estrategia de su adversario, y una de sus patas delanteras acabó envuelta en unas llamas sombrías. Luego, la cabeza verde observó con una mirada muy intensa a Ysera y Thrall supuso que, con toda seguridad, estaba intentando utilizar una de las pesadillas del Aspecto de Dragón verde en su propia contra. Pero el orco sabía, por lo que Ysera le había contado, que la Despierta había sido testigo de cosas que esa monstruosa criatura ni siquiera podía imaginar. Ysera encogió la extremidad herida y se apartó del campo de visión de la cabeza verde. Acto seguido, sacudió la cabeza de lado a lado y cerró los ojos con el fin de frustrar ese intento de usar su propia magia en su contra.

Entonces, la cabeza bronce abrió la boca y escupió arena, acertando de lleno en su objetivo, a la vez que unas fauces negras mordían con fuerza una de sus alas y lograban rasgarla. Ysera gritó y tiró con fuerza para liberarse de esos implacables dientes, dejándose así un trozo de ala en la boca de su atacante. Con suma rapidez, se curó ambas heridas pero, justo en ese instante, las otras dos cabezas cesaron de pelear con Alexstrasza y Kalecgos y las cinco convergieron sobre el Aspecto verde, que ahora luchaba por su vida.

Al instante, Torastrasza descendió y Thrall se agarró fuerte a ella. A pesar de que el orco seguía utilizando el Doomhammer para golpear siempre que podía, los dragones crepusculares estaban preparados esta vez para este tipo de ataques. En cuanto

Torastrasza se les acercaba con ese orco montado a su espalda, los crepusculares adoptaban su forma inmaterial y luchaban empleando únicamente su atroz magia de color púrpura. Thrall se dio cuenta de que había llegado el momento de utilizar sus poderes chamánicos y abrió su ser a los elementos con los que se comunicó mentalmente.

Lucho para poder salvarlos a todos, para salvar a todos los elementales. A toda esta tierra herida. ¡Vengan en mi ayuda para que así pueda protegerlos!

Si bien, en un principio, respondieron de un modo errático, Thrall rogó con premura. Al final, lo obedecieron. Un elemental del viento adoptó la forma de un ciclón y lanzó enormes rocas contra los enemigos de Thrall. Unas ráfagas de aire acudieron a su llamada, que a modo de diminutos torbellinos se lanzaban contra las alas extendidas de los dragones crepusculares, provocando así que sus dueños chocaran unos contra otros. Una nevada cegadora envolvió a los adversarios del orco; acto seguido, la nieve se convirtió en agua hirviendo que se lanzó sobre los ojos abiertos de sus objetivos.

De este modo, Torastrasza y el orco mataron a varios dragones crepusculares. Entonces, súbitamente, la gran dragona roja inició una caída en picado muy controlada. Thrall se preguntó qué estaba haciendo y, de repente, se dio cuenta de qué pretendía. La dragona, que volaba a ras del suelo en dirección hacia el grupo de cultores del Martillo Crepuscular, abrió sus descomunales fauces y escupió fuego. Las llamas prendieron en sus túnicas con gran celeridad y sus poseedores gritaron atormentados de dolor. Thrall pensó sombríamente que quizá no todos los cultores estaban tan dispuestos a sacrificarse como les habían hecho creer ahora que se enfrentaban cara a cara con la muerte, encamada en una furiosa y enorme dragona roja.

Torastrasza viró y se elevó un tanto perezosamente y dobló la esquina del templo para llegar al otro lado, donde una vez más voló a ras de tierra, escupiendo fuego sobre los cultores que no paraban de gritar. Después, se subió a una corriente de aire con una agilidad más propia de un gorrión y volvió a ascender para sumarse de nuevo a la batalla aérea.

Thrall dirigió la mirada hacia el lugar donde se libraba la batalla con Chromatus y se le encogió el corazón en un puño. Pudo comprobar que los tres Aspectos se encontraban heridos; quemados, congelados, lisiados o lastimados de alguna otra forma. Chromatus, sin embargo, apenas tenía algún rasguño. Mientras Thrall los observaba, el dragón echó hacia atrás dos de sus cabezas y se rió a mandíbula batiente.

—¡La vida es maravillosa! ¡Qué grandes entretenimientos me ofrece! — exclamó—. ¡Vamos, venid a por mí otra vez! ¡Juguemos un poco más!

Ysera viró su rumbo de un modo errático. Voló cerca de Thrall antes de regresar por donde había venido… pero bastó para que el orco pudiera atisbar el miedo y la desesperación en sus brillantes ojos.

En ese instante, recordó las palabras de Kirygosa:

“Protectora, lo-lo crearon… para destruirte. Para destruirlos a todos ustedes. No es únicamente un dragón cromático excepcionalmente poderoso, sino que le fue insuflada vida con un propósito concreto: ¡destruir a los Aspectos!”

Los dragones rojos, azules y verdes caían del cielo como gotas de lluvia. En ese momento, el Templo de Reposo del Dragón podría haber pasado a llamarse perfectamente el Templo del Matadero del Dragón.

¡Esto no podía estar pasando! Los tres Aspectos y sus vuelos iban perdiendo. Si bien el número de cultores y dragones crepusculares había menguado, Chromatus parecía ser cada vez más fuerte a medida que la batalla proseguía.

¿Dónde se habían metido los dragones bronces? Nozdormu había dicho que vendría. Y ahora lo necesitaban más que nunca. Si pudieran contar con otro Aspecto más, quizá tendrían alguna oportunidad de alzarse victoriosos. Thrall miró a su alrededor desesperado, ansiando que…

Entonces, divisó una mancha oscura en el cielo nocturno. ¿Se trataba de más dragones crepusculares? De repente, Thrall se dio cuenta de que las escamas de esos dragones eran de una tonalidad más clara que la de los crepusculares. Mucho más clara que las escamas de cualquier otro vuelo.

—¡Miren! —exclamó Thrall—. ¡Son los dragones bronces! ¡Han venido!

Los dragones rojos, azules y verdes también los habían divisado y al instante, se desgañitaron gritando de alegría. El vuelo de dragón bronce se sumaba a la lucha, que ahora podía cambiar de signo. Ahora contaban con cuatro Aspectos… seguramente, ¡ni siquiera Chromatus podría plantarles cara!

Los dragones bronces se dividieron para unirse a sus hermanos en la batalla contra los dragones crepusculares; entretanto, Nozdormu descendió directamente hacia sus homólogos, que dejaron de atacar a su adversario y se alejaron para encontrarse con su nuevo aliado. Ver a los cuatro Aspectos volando juntos, unidos para batallar, era una imagen imborrable que nunca olvidaría.

En ese instante, Nozdormu dijo algo que Thrall no esperaba oír.

—¡Retirada! —gritó—. ¡Retirada! ¡Síganme!

A Thrall se le encogió el corazón en un puño al escuchar esas palabras y se percató de que los demás Aspectos sentían lo mismo. Todos posaron sus miradas en la Protectora que, durante un largo instante, se limitó a flotar en el aire. Entonces, Chromatus tomó esa decisión por ella. El dragón cromático se había alejado a cierta distancia, sin duda confuso por la abrupta marcha de sus rivales y había aguardado a que reanudaran su ataque. Al comprobar que no tenían intención de hacerlo, fue a por ellos. Se lanzó directamente hacia ellos con intención de matar.

—¡Retirada! —exclamó Alexstrasza con voz entrecortada—. ¡Retirada, retirada!

Ysera y Kalecgos hicieron caso a sus gritos y ordenaron a sus propios vuelos que los siguieran.

Todos aquéllos que pudieron obedecer la orden lo hicieron de inmediato. Algunos otros todavía seguían enzarzados en algún combate y se retiraron en cuanto pudieron… o no pudieron retirarse ya nunca. Volaron a la mayor velocidad posible en dirección este. Thrall, que se encontraba subido en la robusta espalda de Torastrasza, se aferró a ella como pudo mientras el aire creado por el mero hecho de volar a kl velocidad amenazaba con hacerlo caer.

El orco giró el cuello y miró hacia atrás. Chromatus todavía los seguía. En ese momento, Thrall pudo ver cómo la cabeza roja abría la boca y escupía una llamarada. Acto seguido, cesó en su ataque, viró y se dirigió hacia el templo. No obstante, unos cuantos dragones crepusculares continuaron la persecución pero, poco después, también se dieron la vuelta.

¿Por qué? Si estaban ganando, ¿por qué detenían su ataque?

Tras unos momentos de intenso y duro vuelo y tras cerciorarse de que aquella criatura de pesadilla no los seguía, los Aspectos aminoraron su velocidad. Se posaron sobre un pico cubierto de nieve y sus vuelos aterrizaron cerca de ellos.

Alexstrasza se volvió hacia Nozdormu. La pena y la ira brotaban por todos los poros de su piel.

—¿Por qué? ¿Por qué no te has sumado al ataque, Nozdormu? —le gritó—. Podríamos haber…

—No —replicó el Atemporal de manera rotunda y descamada—. Todos habríamos perecido si hubiéramos insistido en seguir combatiendo.

—¡Eso habría sido imposible! —le espetó Torastrasza. Thrall pudo notar cómo la llama de la ira prendía en su corazón—. Has traído otro vuelo entero contigo…

¡Ahora somos cuatro Aspectos! ¡Nadie habría podido vencemos!

Incluso Kalec, quien normalmente era muy tranquilo, parecía sentirse frustrado y enfadado, y la afable Ysera parecía hallarse muy inquieta. Thrall también se encontraba muy confuso, pero confiaba en Nozdormu. Los otros también debían hacerlo ya que, si no, no habrían interrumpido el ataque.

—He aprendido muchas cosas al deambular por los senderosss del tiempo — aseveró Nozdormu—. Le pedí a este orco que les dijera que ssseguía buscando respuestas. Y he dado con algunasss, al menos. No podremos derrotar a Chromatus a menos que nos unamos de verdad.

Los demás dragones intercambiaron miradas.

—Estamos aunando esfuerzos como muy pocas veces habíamos hecho — protestó Kalec—. ¡Los cuatro vuelos se encuentran unidos por esta causa común! Ya nos has visto: colaboramos, ¡ninguno de nosotros busca la gloria personal!

—Tal vez eso fuera lo que mi visión intentaba decirme —dijo súbitamente Ysera con un suave tono de voz—. No podremos derrotarlo luchando juntos simplemente. Tenemos que luchar… juntos.

—¡Exacto! —exclamó Nozdormu.

Los demás se quedaron mirándolo fijamente. Thrall sabía qué estaban pensando. ¿Acaso Nozdormu e Ysera se habían vuelto locos también?

Nozdormu se movió inquieto, presa de la impaciencia.

—Somos Aspectosss —prosiguió diciendo el Atemporal—. No somos unos merosss dragones que son más poderosos que los demás y que poseen unas habilidades especiales. Cambiamos cuando los titanes nos concedieron nuestros poderes. No podremos derrotar a ese monstruo con algo tan sssimple como un ataque coordinado. Debemos pensar y actuar como un solo ser. Debemos estar unidos. Debemos compartir la esencia de lo que realmente supone ser un Aspecto.

—Creo que ya te entiendo —afirmó Alexstrasza, frunciendo el ceño levemente—. Tenemos que unimos. Debemos combinar nuestros poderes, nuestros conocimientos. ¿Es eso lo que estás insinuando?

—¡Sí, eso exactamente, Protectora! ¿Recuerdas lo que los titanesss dijeron cuando se fueron?

—A cada uno de ustedes se les ha dado un don, a cada uno de ustedes se les ha impuesto una obligación —contestó Alexstrasza, con los ojos abiertos como platos—. Somos… somos partes de un todo. Nunca debimos estar separados.

—¿Dejaremos… de ser quiénes somos? —inquirió Kalec.

Thrall sabía lo importante que era para Kalec preservar su individualidad.

Estaba mucho más acostumbrado que los demás Aspectos a ser simplemente él mismo. Ser un Aspecto era algo todavía muy nuevo para él y la idea de perder su identidad totalmente no le agradaba en demasía. Aun así, Thrall conocía bien a su amigo y sabía que, si Kalec tenía que “morir” como individuo para poder detener a Chromatus, no vacilaría a la hora de sacrificarse.

—No —respondió Nozdormu—. No si lo hacemos adecuadamente. Formamosss parte de un todo pero, al mismo tiempo, también somos seres completos por nosotros mismos. En eso consiste el gran misssterio.

De repente, Alexstrasza cerró los ojos y esbozó un gesto de sufrimiento.

—Entonces… nos aguarda un funesto destino —aseveró con voz quebrada.

—¿Cómo? —preguntó Torastrasza—. Protectora, tú que has sufrido mucho y soportado tanto, ¿por qué te rindes ahora?

En ese momento, Kalec se percató también de cuál era el problema.

—Sólo somos cuatro —respondió el Aspecto azul—. Nunca podremos volver a ser lo que se suponía que debíamos ser. Neltharion ahora es Deathwing, ya no hay un Aspecto de la Tierra.

A continuación, se sumieron en un silencio insoportable, pero a nadie se le ocurrió nada que decir para romperlo. Esa verdad era demoledora, pero verdad sin duda. Ni siquiera podían intentar designar a un nuevo Aspecto, ya que Deathwing todavía vivía.

Además, Chromatus era una herramienta, un arma de Deathwing.

Thrall casi se cae al suelo al darse cuenta de lo que implicaba todo aquello. Entonces, lo único que podían hacer era sacrificar inútilmente sus vidas para combatir contra Chromatus en una batalla perdida de antemano. El mundo, y todo ser vivo que moraba en él salvo los dragones crepusculares, iba a caer en desgracia. El culto iba a triunfar y Deathwing, ese dragón demente y malvado, se alzaría victorioso aunque, poco después, acabaría empalado en la aguja del Templo del Reposo del Dragón. Thrall nunca volvería a ver a Aggra, nunca volvería a cooperar con el Anillo de la Tierra para…

De improviso, parpadeó. ¿Era posible? ¿Sería capaz de…?

Su vínculo con los elementos se había ido fortaleciendo desde que había iniciado aquella inesperada misión. Su renovado vínculo con el Espíritu de la Vida lo hacía sentirse más fuerte y decidido. El saber que el momento presente siempre era importante lo hacía sentirse más… sólido, más con los pies en la tierra. Mientras recordase eso, nada podría hacerlo sentirse desarraigado de nuevo.

—Protectora —se atrevió a decir, con voz temblorosa y henchida de esperanza—, creo que… podría tener la solución a este problema.

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