Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Diecisiete

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosBlackmoore murió en silencio. La nieve bajo su cadáver se tornó de color rojo y se derritió. Thrall respiró hondo, exhaló y, a continuación, se tambaleó hacia un lado. Acto seguido, se sentó, dejándose caer pesadamente. El dolor de las heridas de la batalla y la caída volvió a adueñarse de él. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro en cuanto se dio cuenta de que, en ese preciso instante, sufría unos dolores inmensos. Cerró los ojos, pidió que lo curaran y, de inmediato, sintió una oleada de calor que recorrió todo su cuerpo en respuesta a su petición. Si bien estaba exhausto y seguía dolorido, ya tenía curadas las heridas más graves, así que sobreviviría.

No pensaba rendirse, iba a salir adelante. Aguardó un momento, se armó de valor para poder soportar el dolor y se levantó. Aún necesitaba encontrar un refugio. Todavía necesitaba encender un fuego y hallar sustento. No iba a morir en ese lugar, no cuando tenía que volver a ver a Aggra… y a otro ser que necesitaba la ayuda del orco.

Llevaba ya un tiempo avanzando lenta y pesadamente por la nieve cuando una sombra oscureció ésta. Thrall alzó la vista (tenía hielo en las pestañas) y divisó una enorme silueta reptiliana planeando por encima de él. Se interponía entre el orco y el sol, por lo que no pudo apreciar su color. A pesar de que se encontraba entumecido y apenas era capaz de moverse, alzó el Doomhammer. No iba a dejar que algo tan insignificante como un dragón crepuscular se interpusiera entre él y Aggra.

—Espera, amigo orco —le pidió alguien que parecía hallarse bastante contento—. He venido para llevarte a un lugar acogedor donde podrás comer. He de confesar que creía que me limitaría a recoger tu cadáver para que pudieran celebrar tu funeral, en el que te ensalzaríamos como un héroe. Aunque, por lo que veo, me voy a ganar la gratitud de mi Aspecto.

¡Era un dragón azul! Thrall sintió un alivio tan profundo que le temblaron las piernas. Lo último que sintió antes de caer inconsciente fue que unas poderosas garras se cerraban con suma gentileza en tomo a él.

* * *

Una hora después, Thrall se encontraba en el espacio conjurado del Nexo, que ahora le resultaba ya familiar. Estaba sentado en una silla y llevaba una gruesa manta encima, mientras sostenía una copa que contenía alguna especie de brebaje caliente, que era al mismo tiempo dulce y picante y que parecía restaurar sus fuerzas a cada sorbo que daba.

Thrall tenía las manos extendidas sobre un brasero que ardía con fuerza. Ese día, había estado cerca de la muerte en más de una ocasión… de la muerte no sólo en el plano físico. Pero se había negado a morir y ahora estaba ahí, muy contento por seguir vivo, muy agradecido al fuego por proporcionarle su calor y a los dragones azules por brindarle su amistad y por haber seguido buscándolo cuando deberían haber abandonado toda esperanza de hallarlo con vida mucho antes.

—Thrall.

El orco se levantó pasa saludar a su amigo Kalecgos. Pudo apreciar que en el rostro semielfo del dragón había dibujada una sonrisa de alivio justo cuando éste posó afectuosamente ambas manos sobre sus antebrazos.

—Cuánto me alegro de verte —afirmó Kalecgos—. Dar contigo ha sido toda una bendición que ha iluminado un día muy oscuro. Cuéntame qué te ha pasado. Sentí una honda tristeza al verte caer. Luego te busqué, pero fui incapaz de encontrarte.

Aunque Thrall sonrió ligeramente, su mirada era sombría.

—La nieve amortiguó mi caída, pero también me ocultó. Al parecer, los ancestros aún no han considerado oportuno que pase a engrosar sus filas.

—Narygos, el dragón que te encontró, me comentó que había un cuerpo no muy lejos del lugar donde te divisó —afirmó Kalec.

—Sí, era Blackmoore —replicó Thrall.

Se sorprendió al no pronunciar su nombre con furia; se quedó bastante estupefacto al comprobar que ya no albergaba más ira u odio en su corazón cuando decía aquel nombre. Blackmoore había sido derrotado de una vez por todas y en todos los sentidos. No sólo había desaparecido de ese sendero del tiempo, donde nunca debería haber estado, sino que su influencia también se había desvanecido. Cualquier clase de poder o influencia que hubiera podido ejercer sobre Thrall había muerto con él.

Kalec asintió.

—Sospeché que era él en cuanto me describieron el cadáver. Me alegro de que te alzaras victorioso… y también me sorprende, si me permites la franqueza. Tener que luchar tras haber sufrido esa caída, tras soportar tanto frío… bueno, me parece que los orcos son bastantes más duros de lo que creía.

—Fue una lucha que no libré solo —replicó Thrall con suma calma—. Pero sé de alguien que se encuentra muy sola.

Como Kalec lo miró con gran curiosidad, Thrall tuvo que explicarse más.

—Dejé a alguien atrás para poder cumplir con la tarea que Ysera me había encomendado. He de volver a verla, con independencia de lo que suceda en este mundo.

El dragón azul asintió.

—Lo entiendo —dijo—. Espero que vuelvas a verla, Thrall.

—Sé que lo haré. Estoy seguro —replicó a Kalec, posando su mirada sobre él—. Pero me temo… que tú no lo tienes tan claro.

Kalec frunció el ceño, se volvió y siguió caminando.

—Caíste en mitad de la batalla, Thrall —aseveró con tono sereno—. No viste lo que ocurrió a continuación.

Entonces, se quedó callado y Thrall aguardó a que prosiguiera pacientemente.

—Ese ser, ese tal… Chromatus… así es como he oído llamarlo al Padre Crepuscular… ¿sabes lo que es? —inquirió Kalec.

—Me lo has descrito como un dragón cromático. Desharin me habló de esas criaturas, pero me aseguró que todas estaban muertas. Kalec movió su brillante cabeza azul de lado a lado.

—Eso pensábamos. No son hijos de la naturaleza, Thrall. Son seres que han sido creados por otros. Engendros artificiales. Y éste en concreto… nunca había oído hablar de él, pero, sin duda alguna, fue el mayor éxito de Nefarian. Nunca había visto a una bestia de cinco cabezas.

—Cinco cabezas —caviló el orco—. Cada una del color de un vuelo distinto.

Se imaginó a ese espantoso monstruo y no pudo quitarse esa imagen de la cabeza, por mucho que lo intentara.

—Cinco cabezas —repitió Kalecgos aún más horrorizado—. Así es. Los dragones cromáticos no solían vivir mucho tiempo. Aunque quizá Nefarian dio con la solución a ese problema pues, al crear un dragón con cinco cabezas, también contaba con cinco cerebros. Quizá ésa sea la clave por la que Chromatus es tan poderoso, a pesar de que en la batalla… aún parecía débil.

Thrall no pudo disimular su asombro.

—¿Débil?

Kalec se giró y cruzó su mirada con la del orco.

—Sí, débil —repitió—. Tambaleaba, vacilaba. A veces, sus alas no podían con su peso. Y, aun así, mi vuelo ha sido incapaz de plantarles cara tanto a él como a los dragones crepusculares. Me ha derrotado, Thrall. Ahora soy un Aspecto y no peco de arrogante si afirmo que, sí descartamos a los demás Aspectos, no debería haber un solo dragón capaz de derrotarme. Sin embargo, tuve que ordenar la retirada ya que, si no, me habría matado a mí y a todo mi vuelo entero. Lo atacamos con todo nuestro poder, con todas nuestras fuerzas, y nos venció a pesar de hallarse débil.

A esas alturas, Thrall sabía que Kalec siempre intentaba pensar en positivo. No se rendía con facilidad ante las emociones negativas como la ira o la desesperación.

Aun así, Thrall notó que la resignación, la preocupación y la desesperación se habían apoderado de su semblante y de su voz.

Thrall entendía por qué.

—Por alguna razón, todavía no se encontraba en plenitud de facultades —afirmó el orco—. Pero, en cuanto esté en plena forma…

En ese instante, le dio la impresión de que en los ojos azules de Kalec podía atisbarse todo un universo de sufrimiento y dolor.

—Será muy poco probable que algo o alguien pueda detenerlo —apostilló.

—Te equivocas —objetó Thrall pensativo—. Lo hay.

—Estamos desunidos en un momento en que deberíamos estar más unidos que nunca —aseveró Kalec—. Si Chromatus lidera a los dragones crepusculares… nos derrotará… no, más bien, nos eliminará… tanto a mí como a mi vuelo si se nos ocurre aproximamos a él una segunda vez sin refuerzos.

—Ysera y Nozdormu te apoyarán —le aseguró Thrall—. Ellos y sus vuelos se unirán a ti.

—Pero no será suficiente —replicó Kalec, desanimado—. Necesitamos también a los dragones rojos. Y no sólo a ellos… sino también a la Protectora. Durante la batalla, mi vuelo sintió mucho temor, Thrall, y he de admitir que yo también. Contemplar a esa aberración, a la que sabes que no puedes derrotar… —entonces, negó con la cabeza—. Necesitamos el ánimo y la esperanza que podría insuflamos; sin embargo, ahora, es incapaz de insuflarse ánimo ni esperanza a sí misma. Y, sin ella, creo que fracasaremos estrepitosamente.

—Volveré a hablar con ella —sugirió Thrall.

—La última vez, no te escuchó —replicó Kalec, cuya agradable voz se vio desfigurada por una amargura que era impropia de él—. Y tampoco te escuchará esta vez. Estamos perdidos, Thrall, y… no sé qué hacer. Soy un Aspecto. Poseo… nuevas percepciones, entiendo las cosas desde nuevas perspectivas. Resulta difícil de explicar. Aunque soy mucho más de lo que era antes, en muchos sentidos, tengo la sensación de que no he cambiado nada. Tengo la sensación de que soy el Kalecgos de siempre y no sé qué hacer.

Thrall se aproximó a su amigo y posó una de sus enormes manos verdes en el hombro de Kalec.

—Te ganaste el corazón de tu vuelo gracias a la humildad que anida en tu corazón. Ahora posees el poder del Aspecto de la Magia, pero eso no ha cambiado quien eres, la parte esencial de tu ser. Sé que tienes el valor necesario para afrontar esta tarea, Kalec. Y sé que parece imposible de abordar. Pero… mientras yacía en la nieve, entre la vida y la muerte… —en ese instante, el orco titubeó— tuve una visión que sé que es cierta en lo más hondo de mi corazón, que sé que no era el último aliento de un orco moribundo.

Kalecgos asintió, pues lo creía totalmente.

—¿En qué consistió esa visión?

Thrall hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Aún no puedo compartirla contigo. Debo contársela a Alexstrasza antes que a nadie. Gracias a esta visión, creo que podré lograr que vuelva a ser quien era. Y, si acabas contando en tu bando con la Protectora y los dragones rojos… quizá Chromatus se empiece a inquietar un poco.

Al instante, ambos esbozaron unas amplias sonrisas.

* * *

Los cultores del Martillo Crepuscular se encontraban muy atareados.

A pesar de que habían logrado insuflar vida a Chromatus, su cuerpo seguía pudriéndose y siendo repulsivo. Había luchado ferozmente hasta alcanzar la victoria aunque seguía débil y acababa de renacer. Ahora yacía sobre la nieve cerca del templo y se sentía muy hambriento. Exigió que satisficieran su apetito y le trajeron carne, que devoró con glotonería y con la que se dio un gran festín.

El Padre Crepuscular se encontraba a su lado; se hallaba un tanto aturdido por la inesperada victoria. Deathwing no podía echarle en cara nada de lo que había sucedido aquel día. Blackmoore había destruido al decepcionante Arygos y había utilizado la peculiar sangre del dragón para abrir el Iris de Enfoque. Ese dragón había sido más útil a la causa muerto que vivo. Asimismo, uno de los dragones crepusculares había informado de que Thrall se había caído de la espalda de Kalecgos y de que Blackmoore había seguido buscando al orco con el fin de matarlo en el caso de que hubiera sobrevivido a la caída. Y, si bien era cierto que los dragones crepusculares habían rechazado el avance de los azules, lo más importante de todo era que Chromatus había cobrado vida. A pesar de ser un recién nacido, había derrotado a los dragones del vuelo azul, a quienes ahora lideraba un nuevo Aspecto llamado Kalecgos, que habían atacado con todo.

Chromatus había permanecido callado durante la última hora mientras se alimentaba de los cadáveres de alces de avalancha que habían cazado para él. Ahora, sin embargo, dejó de comer y alzó su enorme cabeza negra.

—Voy a necesitar más —dijo de manera mecánica.

—Tendrás todo cuanto necesites, Chromatus —le aseguró el Padre Crepuscular—. Te seguiremos trayendo carne hasta que, o a menos que, decidas cazar tu comida por ti mismo.

—Pronto lo haré —replicó la cabeza negra con una voz profunda que se sentía más que se oía—. Cuanto más tiempo lleva muerta la pieza, más sabrosa me sabe.

—Ésa es una gran verdad —admitió el Padre Crepuscular.

Entonces, Chromatus agachó su cabeza negra para que ésta siguiera comiendo a la vez que levantaba la roja. Se mantuvo de perfil y volvió un ojo colosal para observar al humano que se encontraba allá abajo.

—Esos dragones aún no van a rendirse sin más, no van a mostrarme voluntariamente sus gargantas para que se las muerda y los mate —lo advirtió—. Volverán a intentar atacarme.

El Padre Crepuscular no se percató de que el dragón había utilizado un tono de advertencia en su voz.

—Serían unos necios si lo hicieran y creo que se encuentran demasiado desanimados como para intentar cualquier necedad —replicó—. Ysera está desaparecida y su vuelo se siente perdido. Quizá sea cierto que han dado con Nozdormu, pero ni él ni su vuelo han acudido aún en ayuda de sus compañeros. Alexstrasza se encuentra llorando sus penas como si fuera una muchacha humana y su vuelo, al parecer, es incapaz de realizar las tareas más básicas sin ella. Por otro lado, ya has demostrado a los azules lo poderoso que eres y su Aspecto es demasiado compasivo como para poder liderarlos como es debido. Thrall, su supuesto héroe, o bien está muerto en un banco de nieve o bien pronto será atravesado por la espada ancha de Blackmoore. Creo que puedes tardar en recuperarte el tiempo que quieras, amigo mío.

La cabeza roja del dragón le lanzó una mirada iracunda con sus relucientes ojos púrpura.

—No soy tu amigo, Padre Crepuscular —le espetó con un tono de voz suave pero a la vez inquietante que hizo que el corazón dejara de latirle al humano por un instante—. Como tampoco soy tu hijo o tu siervo. Ambos servimos al poderoso Deathwing, a quien mi padre me obligaba a servir; eso es lo único que tenemos en común.

El Padre Crepuscular no mostró temor alguno, aunque sospechaba que el dragón era capaz de oler el miedo. Aguardó un instante para cerciorarse de que no le iba a temblar la voz y entonces dijo:

—Por supuesto, Chromatus. Ambos servimos con total lealtad.

Aunque esa cabeza del dragón cromático entornó los ojos, Chromatus decidió no insistir más en ese tema.

—No eres un dragón, así que no puedes entenderlos como yo. Tal vez se encuentren divididos y desesperados, pero te aseguro que volverán. Lo harán una y otra vez hasta que perezcan todos.

—Lo cual puede que ocurra en cuanto acabe la próxima batalla —agregó la cabeza azul, riéndose levemente entre dientes—. No obstante, si bajas la guardia, tú serás el verdadero necio. Todavía no he recuperado todas mis fuerzas. Y las necesitaré todas cuando el próximo ataque se produzca.

Entonces, la cabeza azul dejó de hablar y se agachó para abrir sus fauces y devorar a una alce adulta de un solo bocado. Acto seguido, inquirió:

—La hija de Malygos todavía vive, ¿no?

Esa pregunta confundió al Padre Crepuscular.

—Sí, aún vive, pero ya hemos utilizado la sangre de un vástago de Malygos para activar la aguja.

En ese instante, la cabeza negra le lanzó al humano una mirada fulminante.

—Ahora lo que importa es su estirpe, no su sangre.

—Oh —replicó el Padre Crepuscular quien, súbitamente, se dio cuenta de lo que el dragón cromático acababa de insinuar—. Oh. ¿Quieres que, eh, te la traiga ahora?

—El tiempo pasa —señaló la cabeza bronce—. Soy el único sujeto viable que surgió de los experimentos de mi padre. Si empleamos un método más estable… más… tradicional para crear cachorros cromáticos, tal vez nos aseguremos de que sean lo bastante fuertes como para sobrevivir. Al ser yo el padre y la madre, la última hija de Malygos… es probable que nuestra descendencia sea fuerte. Pero primero he de descansar. Tráemela dentro de unas horas. No te preocupes por el collar: la liberaré en cuanto esté listo. Incluso bajo su forma de dragona, no será rival para mí.

De inmediato, el Padre Crepuscular se volvió hacia uno de sus asistentes.

—Dentro de tres horas, lleven a la dragona azul prisionera ante Chromatus. Ahora debo ir a hablar con nuestro amo para informarlo de nuestros éxitos.

—Tus deseos son órdenes —contestó el asistente quien, al instante, se apresuró a obedecer.

La cabeza verde de Chromatus se comió otro alce y mascó sus huesos mientras observaba cómo aquel asistente se alejaba corriendo. Entonces, profirió un hondo suspiro que hedió a carne cruda, se tumbó sobre el suelo nevado y cerró los diez ojos. Sin embargo, antes de que pudiera sumirse en un profundo sueño, la cabeza negra dijo la última palabra.

—Y mis deseos son órdenes para ti —le espetó al Padre Crepuscular.

El Padre Crepuscular se arrodilló ante el orbe, que se encontraba repleto de tinieblas y peligros.

—Mi señor Deathwing —saludó humildemente.

El orbe se abrió con un crujido, liberando un humo negro como la noche en la que se formó la imagen del monstruoso dragón de ojos relucientes.

—Será mejor que me traigas buenas noticias —contestó con voz atronadora el Aspecto de Dragón negro.

—Las traigo —replicó el Padre Crepuscular con suma celeridad—. En verdad, no puede haber unas noticias mejores. ¡Chromatus vive!

Satisfecho, Deathwing soltó una risita ahogada y muy grave que retumbó con fuerza. Acto seguido, a modo de respuesta o de eco, el Padre Crepuscular notó que la misma tierra retumbaba tenuemente también.

—Sí son buenas noticias, sí. ¡Me alegro de que hayan tenido éxito! Muy bien, ¿alguna buena nueva más?

El Padre Crepuscular titubeó. Por desgracia, también había malas noticias, pero incluso ésas tenían un lado positivo.

—Arygos nos ha fallado aunque, al final, nos ha resultado muy útil. Lo hemos utilizado para lo que pensábamos utilizar a su hermana. Activamos el iris de Enfoque con su sangre y, gracias al Iris, ¡seremos capaces de dominar toda la energía arcana del Nexo! Hemos creado una aguja de flujo para poder transferir todo ese glorioso poder directamente a Chromatus.

Entonces, por un largo momento que pareció durar siglos, reinó un silenció aún más terrible que la ira de Deathwing.

—Deduzco que Arygos no fue elegido Aspecto. Así que los dragones azules no se encuentran bajo mi yugo —dijo Deathwing en voz baja, con un tono bastante sereno. Aunque la serenidad y la calma nunca iban de la mano de ese demente Aspecto.

—No, mi señor. No entiendo cómo funcionan esas cosas (según Parece, nadie lo sabe en realidad) pero, de algún modo, los poderes del Aspecto han sido transferidos a otro.

—A Kalecgos —dijo Deathwing, arrastrando las sílabas y pronunciando ese nombre con odio.

—Sí, mi señor. Arygos avisó al vuelo de dragón crepuscular en cuanto se dio cuenta de lo que había pasado. Después, voló hasta el Ojo, donde Blackmoore lo mató y utilizó su sangre para abrir el Iris de Enfoque. De inmediato, el vuelo azul, liderado por Kalecgos, nos atacó. Pero, mi señor, Chromatus, a pesar de acabar de nacer y hallarse muy débil, ¡fue capaz de rechazar su avance y de obligarlos a huir! En cuanto tenga pleno dominio de su fuerza y de su poder, nada ni nadie podrá oponerse a él. Como puedes comprobar, da igual que Kalecgos sea el nuevo Aspecto. Aun así, ¡triunfaremos!

Acto seguido, aguardó a la respuesta de su amo mientras el sudor se le acumulaba bajo los sobacos. Tardaba mucho en decir algo.

—Empezaba a pensar que iba a tener que plantarme ahí para hacer lo que hay que hacer por mí mismo —comentó Deathwing, con un cierto tono de advertencia en su voz.

Presa de un gran alivio, el Padre Crepuscular tuvo que hacer un gran esfuerzo para no hundir los hombros.

—No, Magno Amo. Como puedes ver, puedo servirlo muy bien.

—Lo cual resulta… reconfortante. Me encuentro en un momento muy delicado de mis planes actuales. Y, si alguien me obligara a dejarles de prestar atención, me enfurecería bastante. Pero tienes razón en lo que has dicho. No obstante, ¿qué se sabe de Thrall? ¿Ha muerto?

—Se cayó de la espalda de Kalecgos durante la batalla —respondió el Padre Crepuscular—. Aunque hubiera sobrevivido a la caída, lo cual es bastante improbable, su destino está sellado: Blackmoore ha ido tras él.

—Entonces, crees que está muerto, ¿no?

—Seguramente, sí.

—Pues yo no lo creo —replicó Deathwing—. Quiero ver su cadáver. Búsquenlo todo el tiempo que deban y luego tráiganlo ante mí. No quiero descartarlo en mis planes sin antes ver su cuerpo.

—Como desee, mi señor. Así se hará.

—Hasta que se recupere del todo, Chromatus va a necesitar que lo vigilen de cerca. No debe sufrir daño alguno.

—No lo sufrirá. Además, Chromatus tiene ya puestas las miras en el futuro. Ha exigido que llevemos a Kirygosa ante él. Gracias a los huevos de ésta, quizá podamos obtener dragones cromáticos que vivan largo tiempo.

—Chromatus es un dragón muy sabio. Muy bien, muy bien. Kirygosa tendrá el honor de ser la madre de nuestro futuro —comentó y, acto seguido, su grotesca mandíbula metálica descendió levemente a modo de sonrisa—. Me siento muy satisfecho. Lo has hecho muy bien a pesar de los obstáculos que has tenido que sortear, Padre. Sigue así y serás recompensado.

Súbitamente, el humo que había formado la imagen de Deathwing se transformó de nuevo en una niebla negra que giraba sobre sí misma velozmente, que cayó al suelo y se solidificó bajo la forma de un orbe negro, recuperando así su aspecto original. Aliviado, el Padre Crepuscular hundió los hombros y se secó el sudor de la frente.

* * *

Se las habían ingeniado para llevar un laboratorio bastante completo consigo, que Kirygosa había llegado a conocer muy íntimamente. Conocía cada vaso de precipitados en cuyo interior burbujeaba algún líquido, cada pequeño quemador, cada frasco, cada aguja y cada “espécimen” guardado en tarros etiquetados diligentemente. Conocía los aromas y los sonidos propios de aquel lugar, así como las herramientas que los boticarios empleaban para hacer su trabajo.

Ahí había conocido la agonía, la humillación y el sufrimiento más atroz. Aunque a veces había deseado morir, en realidad no deseaba arrojarse a los brazos de la muerte. Asimismo, sabía que no la matarían… mientras les resultara útil.

Y, en cuanto le hubieran hecho lo que querían hacerle, ya no la necesitarían.

Le latía el corazón desbocado. La observaban atentamente. En el pasado, se había resistido con uñas y dientes a que la torturaran, obteniendo una pequeña satisfacción si en la refriega lograba lastimar a sus torturadores. Sin lugar a dudas, esta vez esperaban que se resistiera mucho más de lo habitual. Pero ella reaccionó de manera inesperada: adoptando un semblante sombrío y adusto. Como se hallaba exhausta, no le costó mucho que las lágrimas se asomaran a sus ojos.

—¿La dragona azul ya no protesta? —preguntó uno de ellos a modo de burla, aunque también porque se hallaba un tanto sorprendido por la actitud de la prisionera.

—¿De qué serviría? —replicó Kirygosa con desgana—. En otras ocasiones, no he logrado nada así. Además, al principio, aún albergaba esperanzas de que vinieran a rescatarme —entonces, alzó sus ojos anegados de lágrimas—. Espero que esta vez no me lleven a rastras de aquí para allá para luego olvidarse de mí hasta que me vuelvan a necesitar, ¿verdad?

Otro de ellos, una trol llamada Zuuzuu, negó con la cabeza y estalló en carcajadas.

—Me parece que nadie te ha dicho adónde vas esta vez.

Kirygosa sintió un nudo en el estómago de puro terror.

—Creía que… me llevaban de nuevo al laboratorio.

Los dos cultores se intercambiaron unas miradas plagadas de crueldad.

—No, bonita dragoncita —replicó Zuuzuu—. Has llamado la atención de Chromatus.

—¿Qu-qué? —tartamudeó Kirygosa.

Seguramente, no podía estar diciendo lo que creía que estaba diciendo… no, con ese monstruo putrefacto de cinco cabezas no…

—Piensa que podrás engendrar una descendencia de dragones cromáticos que no mueran a las primeras de cambio —comentó Josah, un humano grande, de constitución robusta, que tenía el pelo rubio rojizo—. Aunque te advierto una cosa: no te esperes una cena a la luz de las velas como preámbulo.

Ambos se rieron, Zuuzuu con unas horrendas carcajadas y Josah con unas sonoras y petulantes risotadas.

Kirygosa quería matarlos. Quería hacerlos picadillo y huir de ahí volando, aunque luego unos dragones crepusculares la mataran. Prefería ser torturada hasta la muerte o soportar cualquier otro fatídico destino menos aquél al que la llevaban.

En ese mismo momento, se percató de que esta oportunidad no se le había presentado antes. Hizo todo lo posible para no vomitar y no temblar de furia y horror, mientras fruncía el ceño pensativa.

—Si engendramos descendencia, seré muy valiosa para ustedes —afirmó.

—Seguro —replicó Zuuzuu—. En virtud de tu estirpe, quizá seas la única que pueda dar a Chromatus la clase de bebés que quiere.

Kiry procuró no encogerse de miedo al imaginarse a otras hembras de todos los vuelos siendo sometidas a los deseos de Chromatus y se limitó a asentir.

—Podría llegar a ser reina.

—Por un tiempo, tal vez —apostilló Josah, quien se había adelantado un poco a Kiry y Zuuzuu—. Pero el final de todo cuanto existe llegará. Incluso para ti.

Zuuzuu era quien sostenía la cadena de plata. Kirygosa se había dado cuenta de que, a medida que iban hablando, la trol sostenía cada vez con menos fuerza la cadena. A continuación, se fijó en sus armas: dos dagas enfundadas que llevaban a la altura de la cadera. Se aproximaban a una escalera circular que los llevaría al nivel inferior. Y a Chromatus. Josah ya había empezado a bajar las escaleras y pronto tendrían que seguir bajando en fila de a uno.

Ahora.

Con la mano derecha, Kiry tiró de la cadena, que la trol soltó al instante pues no la estaba agarrando con suficiente fuerza. Luego, alzó el brazo izquierdo para rodear con él el cuello de Zuuzuu. La trol intentó quitarse de encima ese abrazo letal como pudo y le hizo unos profundos arañazos a Kiry en el brazo. La dragona ignoró el dolor y la ahogó con todas sus fuerzas y con suma rapidez, hasta que los ojos de la trol se pusieron en blanco y ésta dejó de moverse.

Acto seguido, con un mismo rápido movimiento, Kiry dejó caer el cadáver al suelo con mucho cuidado y le quitó la daga.

Lo había hecho todo con gran sigilo. Josah no se había percatado de nada y seguía hablando sin que nadie lo escuchara.

—Espero vivir suficiente como para verlo —comentó, con cierta melancolía—. Me refiero al final de toda la existencia, claro. Aunque nuestro destino sea morir tal y como ordena el Padre Crepuscular, quizá se sentiría satisfecho si…

Sus palabras terminaron en un confuso gorgoteo en cuanto Kirygosa le clavó la daga de Zuuzuu en el cuello. Le tapó la boca con una mano para que esos espantosos gemidos no se oyeran y, acto seguido, lo dejó caer al suelo con cuidado tal y como había hecho con la trol.

Tenía las manos manchadas de sangre y las pulsaciones al máximo y, además, respiraba agitadamente. Se limpió las manos con la ropa de Josah lo mejor que pudo y también utilizó esas prendas para limpiar la daga. Tenía los oídos bien abiertos por si escuchaba algo que indicase que la habían descubierto. Ahí reinaba el silencio.

Brevemente, se llevó una mano a la cadena, que todavía obligaba a su prisionera a seguir portando su débil forma humana aunque, al menos, ahora nadie agarraba el otro extremo.

Ahí no había ningún lugar adonde pudiera arrastrar los cuerpos para ocultarlos; el templo era una estructura abierta con muchas zonas al aire libre, por lo que contaba con muy pocos recovecos y espacios cerrados. Muy pronto, en cuanto no apareciera donde la estaban esperando, vendrían a buscarla y encontrarían los cadáveres en la rampa.

Pero, si había suerte, Kirygosa ya habría puesto pies en polvorosa para entonces.

Se movió rápidamente y con sumo sigilo; bajó corriendo la rampa sin que apenas se escuchara el roce de sus botas. Por fortuna, ya había anochecido; al menos, podía ocultarse entre las sombras.

No obstante, el Padre Crepuscular mantenía a sus esbirros muy ocupados incluso después del anochecer. En la nieve, había antorchas clavadas que irradiaban un fulgor rojo anaranjado que alejaba a las sombras de color azul púrpura. Kirygosa llegó al nivel inferior y se pegó todo lo posible a uno de los muros de la arcada, mientras examinaba los alrededores atentamente.

Si hubiera podido adoptar su verdadera forma, habría podido huir volando de ahí al instante. Pero sus enemigos se habían cerciorado de que eso no fuera posible. Entonces, tanteó con el dedo la cadena que llevaba en el cuello y la obligaba a mantener esa forma. Iba a necesitar un medio de transporte. En aquel lugar, utilizaban a toda clase de animales como monturas, aunque solían utilizarlas más como bestias de carga que otra cosa, como las que, hasta hace poco, habían tirado del carromato que había transportado el cuerpo inanimado de esa pesadilla, que ahora yacía dormida no muy lejos del lugar donde Kirygosa se escondía entre las sombras.

Aunque también había algunas monturas que pertenecían a un puñado de los miembros del escalón más alto de la jerarquía del culto. Estos privilegiados no se habían visto obligados a atravesar Northrend a pie, en un viaje cruel y agotador, tal y como había tenido que hacer la mayoría de los cultores para llegar hasta el templo. Un poco más allá, divisó a varias de esas monturas que se encontraban amarradas a una buena distancia de la luz de las antorchas. Divisó unos cuantos lobos, unos caballos de grueso pelaje, unos sables de la noche e incluso unos cuantos alces y un par de dracoleones. Algunos de ellos sólo permitían que sus jinetes se montaran en ellos.

Pero algunos dejaban que sobre su grupa se montara cualquiera.

Sólo había un problema: para poder hacerse con un dracoleón, tendría que pasar justo al lado del dormido Chromatus.

Titubeó, el terror volvió a apoderarse de ella… Si se despertaba…

Entonces, te pasará lo mismo que te habría pasado si hubieras dejado que te llevaran ante él dócilmente. Pero, si superas ese escollo…

Era la única manera de salir de ahí. Si no lograba superar ese escollo, aún tenía la daga. La usaría para suicidarse y no tener que entregar su cuerpo a esa abominación.

A continuación, se metió la cadena dentro de la camisa de lino, cogió la daga (un arma patética si uno pretendía utilizarla contra una criatura tan grande) y avanzó lentamente.

La respiración del dragón cromático recordaba a una leve brisa al salir y entrar constantemente de sus enormes y preternaturalmente animados pulmones. Bajo su forma humana, Kirygosa, en cuestión de tamaño, era como un ratón comparado con un tigre; no obstante, temía que el mido de sus pisadas, que amortiguaba la nieve, y los latidos de su corazón desbocado lo despertaran. Chromatus no estaba hecho un ovillo sino que yacía con las cabezas bien extendidas, mientras su pecho se alzaba y bajaba lentamente con cada respiración.

Kiry quería echar a correr pero no lo hizo. En vez de eso, paso a paso, y sigilosamente fue dejando atrás esa enorme silueta moteada con diversas tonalidades. Olía a almizcle y a rancio, como si el hedor de la putrefacción que había sufrido durante tanto tiempo no pudiera dispersarse por el mero hecho de que le hubieran insuflado vida. De repente, sintió un nudo en el estómago; un nudo de odio que le proporcionó nuevos ánimos y reafirmó su determinación.

Ahí estaba en juego mucho más que su vida. El Padre Crepuscular la había mantenido prisionera el tiempo suficiente como para haberse enterado de ciertas cosas… cosas que él no era consciente que ella sabía. Si lograba contactar con Kalec y el resto de dragones azules y les pudiera facilitar esa información, quizá podría contarles algo que podría ayudarlos a la hora de lanzar su ataque.

Porque iban a volver a atacar. Kirygosa conocía a sus congéneres. Y quería estar con ellos en esa ocasión y no encerrada en una prisión ni desamparada y débil por culpa de una cadena que portaba al cuello.

Chromatus se estremeció.

Kirygosa se quedó paralizada al instante y ni se atrevió a respirar. ¿Acaso ese monstruo había percibido su súbito ataque de odio? ¿Acaso la había olido, tal vez? ¿O acaso había aplastado sin querer alguna ramita que se hallaba escondida bajo la nieve?

El dragón cromático se movió, alzó su descomunal cabeza bronce y la volvió a bajar, profiriendo un gran suspiro. Acto seguido, alzó la cola y golpeó el suelo con ella. Después, volvió a quedarse quieto; su pesada respiración denotaba que volvía a estar sumido en un sueño profundo.

Kirygosa, sumamente aliviada, cerró los ojos brevemente y reanudó el paso. Avanzó con cuidado y lentamente hasta que pudo dejar de observar la silueta colosal y horrenda de Chromatus. Entonces, posó la mirada sobre el dracoleón que iba a llevarla a la libertad.

Los lobos y sables de noche estaban demasiado unidos a sus jinetes como para que ella pudiera robarlos. Los alces no estaban lo suficientemente amaestrados como para portar un jinete, aunque ese tipo de alces eran nativos de esas tierras y la habrían transportado a gran velocidad de haber sido posible. Además, tanto esos alces como el resto de herbívoros se mostrarían asustadizos al percibir el olor a sangre del que aún se no se había desprendido. Sabía que los dracoleones, que la Horda solía utilizar como sus principales monturas a la hora de volar, solían ser sorprendentemente tranquilos y en el templo había tan pocos que estaban adiestrados para aceptar a cualquiera sobre sus lomos.

Cualquiera que supiera manejarlos, claro. Kirygosa una vez más se vio obligada a superar su miedo y se dijo a sí misma que tenía mucha suerte de que todavía hubiera dos dracoleones disponibles.

Se aproximó al que había elegido y le murmuró algo en voz baja. El animal giró su cabeza, que recordaba a la de un león, y parpadeó con indiferencia mientras estiraba y flexionaba sus alas, que recordaban a las de un murciélago. No estaba ensillado y la dragona no se podía permitir el lujo de perder el tiempo buscando una silla. En cualquier momento, sonaría la alarma y tenía que poner la mayor distancia posible entre ella y el templo.

Kirygosa había visto a algún que otro jinete montado en un dracoleón, pero nunca se había subido a uno. Con suma cautela, pasó una pierna por encima de aquella gran bestia, que gruñó y se volvió a mirarla; sin lugar a dudas, intuía que era una jinete sin experiencia.

Kiry acarició al dracoleón de un modo que esperaba que lo calmara. Luego cogió las riendas y lo obligó a girar la cabeza hacia el cielo. El animal, que era muy obediente y estaba muy bien adiestrado, saltó… la dragona profirió un grito ahogado, se tendió sobre el dracoleón y se aferró a él con fuerza. El animal enseguida recuperó la estabilidad, planeó y aguardó órdenes. Kirygosa tiró de las riendas y guió a su montura al oeste, hacia Gelidar y el Nexo, donde esperaba que Kalecgos y su vuelo aún siguieran congregados.

Se inclinó y se acercó a la oreja del dracoleón, con el fin de utilizar la escasa magia que pudo reunir con esa cadena todavía alrededor del cuello para convencer a aquella bestia de que se tranquilizara. De inmediato, el animal se calmó.

—Ambos sabemos volar —le susurró—. Pero ahora debes enseñarme a ser un jinete del viento, amigo mío.

Probablemente fue sólo cosa de su imaginación, pero habría jurado que aquella bestia le contestó con un gruñido de aprobación.

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