Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Dieciocho

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosThrall nunca se hubiera imaginado que acabaría volviendo a ese lugar, sobre todo tan pronto. Mientras volaba montado en la espalda de Narygos, el orco tuvo la sensación de que ahora era una persona totalmente distinta a la que se había aproximado la última vez a la Protectora.

Ardía en deseos de volver a ver a Aggra; su amor era un fuego sereno que ardía en las brasas de la pasión y que lo mantenía a flote y lo reconfortaba. Había sido testigo (e incluso había tenido un papel clave en ello) de cómo los dragones azules redescubrían las verdaderas esencias de sus corazones y espíritus. Habían recibido el Aspecto que se merecían: uno que destacaba por su fuerza, su compasión y su sabiduría, uno que realmente pensaba en defender los intereses del vuelo.

—La última vez que la vi, estaba ahí —le indicó Thrall.

Al instante, el dragón descendió suavemente y voló hacia un pico rocoso. A medida que se acercaban, Thrall pudo comprobar, con cierta preocupación, que Alexstrasza seguía ahí. Seguía en la misma postura que entonces, sentada con las piernas dobladas sobre el pecho; era la viva imagen del dolor. Se preguntó si se había movido siquiera desde su última visita.

—Déjame a cierta distancia —le pidió el orco—. Como no creo que quiera ver a nadie ahora mismo, quizá todo sea más fácil si me acerco solo.

—Como desees —replicó Narygos, mientras aterrizaba con suma elegancia.

Acto seguido, se agachó para que Thrall pudiera desmontar con mayor facilidad. Entonces, el orco se dio la vuelta y alzó la vista hacia el dragón.

—Gracias por traerme hasta aquí —le dijo—, pero sería mejor que no me esperes.

Narygos ladeó la cabeza.

—Si no logras convencerla…

—Si no logro convencerla —replicó Thrall con serenidad y suma gravedad—, no tendrá ningún sentido que regrese.

Narygos asintió, pues lo comprendía perfectamente.

—Entonces, te deseo buena suerte, por nuestro bien.

A continuación, le dio a Thrall un dulce y afectuoso golpecito con su enorme cabeza. Luego, recobró la compostura y ascendió de un salto hacia el cielo. Thrall observó cómo se perdía en la lejanía y, acto seguido, se encaminó hacia el lugar donde se hallaba la Protectora.

La dragona lo oyó aproximarse, tal y como había sucedido en la ocasión anterior. Habló con una voz ronca, que parecía no haber sido utilizada en mucho tiempo.

—El que te hayas atrevido a volver indica que debes de ser el orco más valiente o más necio que jamás he visto —afirmó Alexstrasza.

El orco sonrió levemente.

—Otros han dicho cosas similares sobre mí, mi señora —replicó.

—Esos otros no son yo—le espetó la dragona, alzando la cabeza y atravesando al orco con la intensidad de su mirada.

A pesar de todo lo que había visto a lo largo de su vida, a pesar de todas las luchas que había librado, Thrall tembló ante el velado tono de amenaza que poseían esas palabras. Sabía que ella tenía razón. Si la dragona decidía acabar con él, no tendría nada que hacer.

—¿Has vuelto para disfrutar del tormento? —le preguntó al orco, quien no estaba seguro de qué quería decir: si él iba a atormentarla a ella o viceversa. Probablemente se refería a ambas cosas.

—Espero poder poner fin, o al menos mitigar, el tuyo, mi señora contestó con suma calma.

Alexstrasza contuvo su ira y, acto seguido, apartó la mirada; una vez más, parecía más una niña desorientada y desolada que el más poderoso de los Aspectos.

—Eso únicamente lo conseguirá la muerte y quizá ni siquiera entonces hallaré la paz —replicó Alexstrasza con voz trémula.

—No sé si tienes razón o no —confesó Thrall—, pero debo intentarlo.

La dragona profirió un hondo suspiro. El orco la observó detenidamente. Estaba mucho más delgada que la última vez que la había visto. Sus pómulos, que siempre habían sido angulosos, ahora parecían sobresalir de su piel. Sus ojos estaban rodeados de unos círculos oscuros y daba la impresión de que en cualquier momento un fuerte viento se la iba a llevar por delante.

Pero Thrall sabía que no iba a ser así.

Se sentó junto a ella sobre la piedra, pero la dragona ni se inmutó.

—La última vez que hablamos —prosiguió diciendo el orco—, te pedí que me acompañaras al Nexo para hablar con los dragones azules, para ayudarlos.

—No lo he olvidado. Como tampoco he olvidado mi respuesta.

“Todo eso da igual. Todo. Da igual que todo eso esté conectado. Da igual cuánto tiempo lleve desarrollándose ese plan. Da igual que podamos detenerlo o no.”

“Nuestros niños están muertos. Korialstrasz está muerto. Yo también estoy prácticamente muerta. En breve, la muerte vendrá a por roí. Ya no hay esperanza. Todo da igual.”

—Yo tampoco lo he olvidado —aseguró Thrall—. Pero otros saben, o creen, que no todo da igual e insisten obstinadamente en seguir adelante. Como es el caso de los dragones azules. Han escogido a su nuevo Aspecto: a Kalecgos. Y tienen un nuevo enemigo: un dragón cromático llamado Chromatus.

Una diminuta chispa de sorpresa se había visto reflejada en su rostro al oír el nombre de Kalecgos, pero su mirada volvió a apagarse al escuchar el nombre de Chromatus.

—Por cada victoria, una derrota —murmuró.

—Hace poco he participado en un combate que acabó en derrota. Caí en el campo de batalla —le dijo Thrall sin rodeos—. Literalmente. Me caí de la espalda de Kalec y aterricé en la nieve. Estuve a punto de rendirme a la muerte y a la desesperación. Pero algo sucedió. Algo que me hizo desear mover mis extremidades congeladas y abrirme paso por la nieve… y sobrevivir al ataque sorpresa de un viejo, muy viejo enemigo.

La dragona no se movió ni un milímetro. Al parecer, lo estaba ignorando completamente. Pero, al menos, no se había dejado llevar por la ira ni había intentado matarlo, como había hecho la última vez. Y eso significaba que quizá lo estuviera escuchando.

Ancestros, espero estar haciendo lo correcto. Obro siguiendo el dictado de mi corazón, pues eso es lo mejor que puedo hacer.

El orco le tendió una mano. Alexstrasza giró levemente la cabeza al percatarse de ese gesto, pero se limitó a observar la mano con hastío. Thrall insistió, moviendo levemente la mano, para indicarle así que podía cogérsela. Lentamente, la dragona volvió a girar la cabeza para contemplar el horizonte.

Con suma delicadeza, Thrall se inclinó y la cogió de la mano. Sus dedos, sin embargo, permanecieron inertes y no reaccionó en modo alguno. Entonces, con sumo cuidado, rodeó las dos manos de la dragona con una de sus fuertes manos verdes.

—Tuve una visión —dijo el orco, manteniendo un tono tranquilo, como si intentara no sobresaltar a un tímido animal del bosque—. Bueno, dos, en realidad. Es… toda una bendición tener una de esas visiones. Así que dos… y sobre todo cuando una de ellas le es confiada para compartirla con otro… son un honor inesperado.

Thrall pronunció esas palabras con genuina modestia. Aunque sabía que sus poderes estaban creciendo y que su vínculo con los elementos era cada vez más fuerte, seguía sintiéndose sobrecogido ante el honor que se le había concedido y la responsabilidad que había asumido.

—Una era para mí. La otra… era para que yo la compartiera contigo.

Acto seguido, cerró los ojos.

* * *

El huevo iba a eclosionar.

Un laboratorio improvisado montado bajo una enorme tienda no era el lugar más apropiado para ser testigo de un nacimiento. En el exterior, la tormenta rugía mientras el cachorrillo luchaba por abrirse paso en esa cáscara que lo confinaba.

Muchos querían ser testigos de su llegada a este mundo. Uno parecía ser un humano, que iba ataviado con una capa y capucha que ocultaba su faz. Los demás portaban túnicas que los distinguían al instante como miembros del culto del Martillo Crepuscular. Todos parecían hallarse extremadamente contentos y tenían sus miradas clavadas en el bebé que emergía del huevo.

Junto al humano, se hallaba una humana bastante atractiva con el pelo negro azulado, que portaba una fina cadena al cuello. Al contrario que los demás, observaba aquella escena con una expresión de desolación dibujada en su rostro, con una mano sobre el abdomen y la otra cerrada en un puño.

¡Kirygosa!

Alexstrasza susurró ese nombre con brusquedad. Pero su voz sólo alcanzó los oídos de Thrall. La visión se mostró igual que la primera vez. El orco sintió una punzada de dolor al escuchar ese nombre. Así que… eso era lo que de verdad le había ocurrido a la hermana de Arygos, a la que se creía perdida. Sí, estaba perdida, pero no muerta, aún no. Y su rostro le había dicho todo cuanto necesitaba saber.

Aquel diminuto ser respiraba agitadamente y, al instante, un trozo de cáscara de huevo cayó.

Era espantoso.

Era de color azul, negro y púrpura y tenía grotescas manchas aquí y allá de color bronce, rojo y verde. Una de sus patas delanteras acababa en un muñón. Sólo tenía un ojo, de múltiples colores y que parecía amoratado, con el que contemplar a su público.

Kirygosa profirió un único y violento sollozo y, acto seguido, se volvió.

—No, cariño mío, no apartes la vista. Contempla en qué hemos convertido a tu vulgar hijo azul —le dijo el humano, regodeándose.

A continuación, éste extendió una mano enguantada y sostuvo al cachorro cromático en la palma de su mano. Aquella cosita enclenque yacía desamparada, mientras su diminuto pecho se alzaba y descendía continuamente al compás de su respiración. Una de sus alas estaba unida a uno de sus costados.

El hombre de la capa se alejó unos cuantos pasos y colocó a la cría sobre el suelo.

—Y ahora, pequeñín, veamos si puedes crecer más.

Uno de los cultores dio un paso al frente e hizo una reverencia de manera servil. El humano extendió las manos. En una sostenía una reliquia que no se alcanzaba a ver bien, que relucía con una pálida energía violeta. Entretanto, gesticuló con la otra mano para realizar un conjuro. Recitó un encantamiento y, al instante, una hebra de blanca energía arcana salió disparada de la reliquia. A continuación, envolvió a la cría con una cuerda mágica y, sin más dilación, extrajo energía vital dorada de aquel pequeño dragón, que chilló de dolor.

—¡No! —exclamó Kirygosa, tirándose hacia delante.

Inmediatamente, el hombre tiró de la cadena con fuerza. Kirygosa cayó al suelo de rodillas, gimiendo de agonía.

La cría creció. Abrió la boca y profirió un agudo gritito al mismo tiempo que sufría espasmos. Thrall casi pudo escuchar cómo se le quebraban los huesos, cómo se estiraba su piel mientras el mago absorbía su energía vital, provocando así que envejeciera rápidamente. En cierto momento, ese chillido agudo dio paso a un graznido y luego a un grito fuerte y angustioso. Una de sus alas se movía frenéticamente; la otra, que seguía pegada a su costado, simplemente se estremeció.

La cría cromática se derrumbó.

El humano suspiró.

—Casi llega al tamaño de un draco —aseveró pensativo. Dio unos pasos al frente y propinó un golpecito al cadáver con el dedo gordo del pie—. Aún hay que mejorar mucho, Gahurg. Mucho. La sangre de Aspecto que ella porta en sus venas parece engendrar unos vástagos más fuertes que la mayoría, más capaces de soportar las alteraciones. Pero, aun así, el proceso aún dista mucho de ser perfecto. Llévenselo. Disecciónenlo y aprendan de él y, la próxima vez, háganlo mejor.

—Como desees, Padre Crepuscular —dijo Gahurg.

De inmediato, otros cuatro cultores dieron un paso al frente y se llevaron a rastras a aquel dragón cromático.

—¿Qué le están haciendo a mis niños?

Kirygosa había empezado a hacer esa pregunta empleando un tono de voz muy bajo pero, para cuando acabó de formularla, sus palabras se habían transformado en un grito furioso. Una vez más, ignoró el dolor que sabía que iba a sentir y arremetió contra el hombre conocido como el Padre Crepuscular.

—Oh, pobre —susurró Alexstrasza.

Thrall era consciente de que ahora ella también estaba viendo que Kirygosa tenía el cuerpo lleno de marcas que indicaban el lugar de donde le habían sacado sangre o donde habían experimentado con ella. De un modo bastante extraño, la agónica empatia que tiñó la voz de Alexstrasza le hizo albergar esperanzas a Thrall. Prefería que sufriera y se horrorizara a que permaneciera apática e indiferente a todo.

—Estoy creando un ser perfecto —respondió el Padre Crepuscular, tirando de nuevo de la cadena.

La dragona con forma humana esbozó un gesto de dolor, presa del tormento. Unos instantes después, recuperó el aliento.

—Me alegro de que sólo una nidada de mis huevos tenga que ser sacrificada por culpa de tu maldad —le espetó Kirygosa—. Como mi consorte ha muerto, ya no te daré más.

—Ya, pero sigues siendo la hija de Malygos —señaló el Padre Crepuscular— y quién sabe… quizá el destino o yo acabemos encontrándote otro consorte.

Entonces, a pesar de que la visión prosiguió, la acción se trasladó de escenario. Mientras tanto, Thrall podía sentir la mano de Alexstrasza, cuyos dedos ahora se entrelazaron con los suyos; no obstante, era una sensación distante, como un ruido escuchado en la lejanía. El orco sabía qué era lo que iban a ver a continuación, sabía que el resto de la visión o bien iba a empujarla al abismo definitivamente o bien iba a salvarla.

A continuación, vieron un lugar que parecía ser un santuario. Thrall supo al instante lo que debía ser, a pesar de que nunca antes había contemplado el Sagrario Rubí con sus propios ojos. Resultaba obvio que aquel refugio había sufrido recientemente un ataque, pues los daños eran perfectamente visibles; no obstante, aquel hermoso bosque de relucientes praderas y árboles de hojas susurrantes, que atravesaban serpenteantes riachuelos, ya se estaba curando él solo, tal y como debería hacer el verdadero hogar de la reina de los dragones, el corazón del vuelo de dragón rojo.

Un enorme dragón yacía bajo la sombra de uno de esos árboles. Se encontraba bastante relajado aunque, al mismo tiempo, parecía hallarse un poco incómodo, como si rara vez se permitiera el lujo de relajarse un poco. Además, observaba las nidadas de huevos de dragón con los ojos entrecerrados.

De repente, la dragona profirió un grito ahogado, teñido de nostalgia y dolor.

—Korialstrasz —susurró la Protectora—. Oh, mi amor… Thrall, ¿de verdad debo ver esto?

Se encontraba tan angustiada que no le dio una orden, sino que se limitó a rogarle con voz entrecortada. Por alguna razón (por pura desesperación o porque albergaba alguna esperanza, no lo sabía a ciencia cierta), la gran Protectora, la gran Alexstrasza, se había puesto totalmente en manos de Thrall

—Sí, mi señora —contestó el orco, procurando que su grave voz sonara lo más dulce posible— Aguanta sólo un momento más y todo te será revelado.

De repente, el dragón se incorporó, totalmente alerta, y caminó a cuatro patas. Olisqueó el aire y movió las orejas con el fin de captar el sonido más tenue posible. Un solo segundo después, Korialstrasz surcaba el cielo, a gran velocidad y con suma elegancia, escudriñando el terreno.

Entonces, abrió los ojos como platos y luego los entornó. Al instante, rugió de ira, plegó sus alas y cayó en picado. Un momento después, Thrall y Alexstrasza vieron lo que Krasus había visto: a varios intrusos de varias razas que iban ataviados únicamente con la túnica de color granate oscuro y negro del culto del Martillo Crepuscular.

Korialstrasz no escupió fuego ni utilizó magia, ya que los profanadores del santuario se encontraban desperdigados entre aquellos valiosos huevos. Así que optó por lanzarse sobre los cultores con sus descomunales garras extendidas, a los que aplastaba con la misma celeridad y eficiencia con la que Thrall podría haber aplastado un bicho. El orco observó, con furia y repulsión, cómo esos fanáticos no gritaban de terror al morir, sino que sonreían al caer en los brazos de la muerte.

En cuanto tuvo la impresión de que ya había acabado con esa amenaza, Korialstrasz aterrizó junto a una nidada de huevos y agachó su escamosa cabeza escarlata para acariciarlos delicadamente con el hocico.

De improviso, uno de ellos se abrió y una fea niebla ocre surgió de aquel huevo. Krasus se quedó atónito y se apartó de aquella deforme cría de dragón cromático.

—¡No! —gritó Alexstrasza.

Thrall se compadeció de ella. Si antes la Protectora había sufrido mucho al ser testigo de los tormentos de Kirygosa, ahora que sabía que sus propios hijos habían corrido la misma suerte que los retoños de su congénere, se estaba derrumbando totalmente…

Horrorizado, Korialstrasz extendió dubitativo una garra con el fin de tocar a aquella diminuta criatura. Súbitamente, escuchó un leve ruido y se fueron abriendo más huevos uno tras otro. Todas las crías que salieron de esos cascarones berreando eran dragones cromáticos deformes.

Entonces, a Krasus se le ocurrió bajar la vista y dio un grito ahogado. La punta de una de sus garras delanteras se estaba volviendo negra. Lenta pero inexorablemente, esa mancha se extendió y ascendió hasta su pata delantera.

Súbitamente, una risa grave, débil pero triunfal, llamó la atención del dragón.

—Y, de este modo, todos los niños se han convertido en hijos del demente, del gran Deathwing —murmuró uno de los cultores.

Era un trol de piel azul oscura. Korialstrasz le había roto las costillas y un hilillo de sangre manaba de su boca, alrededor de sus colmillos; no obstante, seguía vivo.

—Todo tu pueblo… va a acabar bajo su yugo…

Krasus contempló detenidamente su extremidad infectada. Cerró su pezuña con fuerza, que se convirtió en un puño, y se la acercó al pecho un momento. Acto seguido, cerró los ojos y agachó la cabeza.

—No —replicó con suma calma—. No permitiré que eso suceda. Prefiero acabar con mi vida y… y la de mis hijos a verlos corrompidos por la maldad de Deathwing.

El cultor volvió a reírse sin apenas fuerzas. Tosió y escupió sangre con un leve tono rosáceo.

—Si haces eso, ta-también ganaremos —dijo con voz ronca.

Krasus lo miró fijamente y, de repente, recordó las palabras exactas que había pronunciado instantes antes aquel trol.

—¿Qué has querido decir cuando has dicho “todos los niños”?

El cultor permaneció callado y le lanzó una mirada plagada de malicia mientras se afanaba por seguir respirando.

—¿Cuántos huevos están infectados? ¡Vamos, dímelo! —insistió el dragón.

—¡Todos! —exclamó el orco de modo triunfal, quien sonreía de oreja a oreja con un brillo especial en su mirada—. ¡Todos los huevos! ¡Todos los sagrarios están infectados! ¡Ya es demasiado tarde! Ahora mismo, todas esas crías estarán saliendo de su cascarón. Ya no puedes hacer nada.

Krasus permaneció inmóvil. Entornó los ojos y ladeó la cabeza, pensativo.

—Sí que puedo —replicó sereno.

* * *

—Todos los huevos —susurró Alexstrasza—. Todos… nosotros…

—Tuvo que tomar una decisión horrible —afirmó Thrall—. Era consciente de que probablemente nadie sabría jamás lo que había ocurrido realmente, de que los demás lo considerarían un traidor al no conocer la verdad, de que quizá incluso tú creyeras que lo era.

Pudo escuchar cómo la dragona gimoteaba y sollozaba y decidió apretarle la mano con más fuerza de un modo afectuoso.

—Nos salvó… No nos traicionó… ¡Nos salvó…!

Permanecieron en silencio, con los ojos cerrados, mientras eran testigos de cómo Korialstrasz acumulaba todas sus energías y toda su magia en su fuero interno. Entonces, respiró hondo y susurró una sola palabra.

—Amada mía.

Y ya sólo hubo oscuridad.

Thrall abrió los ojos. Y Alexstrasza también abrió los suyos. La dragona tenía la mirada perdida, estaba lívida y apretaba la mano a Thrall con tal fuerza que le hizo daño al orco.

—Utilizó… su energía vital para unir los portales de los sagrarios —susurró Alexstrasza—. Para destruir así todos los huevos contaminados antes de que alguien más pudiera acabar infectado. En esos momentos, no pude entender por qué quedó tanto verdor… Ahora ya lo sé. Lo entiendo. Impartió la muerte valiéndose de la vida… para preservar las vidas de otros.

—El Espíritu de la Vida te está contando cosas que no puede mostrar —aseveró Thrall—. Por eso tenía que venir. Korialstrasz no fue un traidor, sino un héroe. Murió por una buena causa, se sacrificó voluntariamente para salvar no sólo a su propio vuelo sino a todos los vuelos. Murió pensando en ti.

—Era el mejor de todos nosotros —susurró la dragona—. Nunca me falló, ni a mí ni a nadie. Yo, sin embargo, sí he… he fracasado y flaqueado, pero él no. Mi Korialstrasz no —entonces, alzó la cabeza y acercó su rostro al de Thrall—. Me alegro de saber que fue muy valiente. Estoy tan orgullosa de él. Pero ahora… que sé lo que ocurrió, ¿cómo voy a seguir adelante sin él? ¿Acaso ustedes, que vivís tan poco, pueden entender la pena que siento por lo que he perdido?

Thrall pensó en Aggra.

—Quizá sea cierto que mi vida es muy corta, pero sí, sé qué es el amor. Y sé cómo me sentiría si hubiera perdido a mi amada como te ha sucedido a ti.

—Entonces, ¿cómo puedo seguir viviendo sin su amor? ¿Por qué debería seguir adelante?

El orco la miró fijamente, con la mente de repente en blanco. Todas las ideas que le venían a la cabeza, todas las frases hechas que solían decirse en estos casos y que pugnaban por salir de sus labios parecían tan vacías y carentes de significado. ¿Qué razón podía impulsar a uno a seguir viviendo cuando había vivido un amor tan intenso?

De repente, se le ocurrió la respuesta.

Como seguía sosteniendo la mano de la Protectora en su mano derecha, metió la izquierda en su bolsa y sacó de ella un objeto pequeño de aspecto muy humilde.

Era la bellota que el ancestro le había regalado. Entonces recordó las palabras de Desharin:

“Cuídala bien. Esa bellota contiene todo el conocimiento del árbol del que ha caído, así como todo el conocimiento que poseía el padre de ese árbol y el padre del padre de ese árbol… y así, sucesivamente, hasta remontamos a los albores del tiempo. Debes plantarla en un lugar que te parezca idóneo para que germine adecuadamente.”

Krasus había sabido desde el principio que esa bellota no era para él, aunque le hubiera gustado que lo fuera. Thrall se preguntó si la dragona roja ya había adivinado que, quizá, la bellota tendría que haber acabado en manos de su consorte. Thrall esperaba que sí.

El orco obligó a Alexstrasza a girar su mano. A continuación, colocó la bellota sobre la palma de la dragona y, con suma delicadeza, hizo que cerrara los dedos en tomo a ella.

—En su momento, te hablé del Reposo del Soñador en Feralas— le recordó Thrall—. De los ancestros que encontré ahí y salvé de un gran peligro. Pero lo que no te conté es que son unos seres realmente magníficos. No te conté que… irradian algo especial, que exudan poder gracias a su edad y sabiduría, que me sentía muy pequeño y sobrecogido ante ellos.

—Yo… también he estado ante ellos en alguna ocasión —replicó Alexstrasza con un hilo de voz.

La dragona mantuvo el puño, en el que sostenía la bellota, apretado con fuerza por un instante y, acto seguido, lo abrió.

La bellota se movió levemente en su mano, de un modo tan sutil que Thrall creyó que simplemente se deslizaba por las colinas y valles de la palma de la mano de Alexstrasza. De improviso, una grieta apareció por la base marrón clara de la bellota. La grieta se extendió y, súbitamente, un diminuto brote verde de sólo unos milímetros de extensión surgió de uno de sus extremos.

Alexstrasza profirió un sollozo ahogado. Rápidamente, se llevó la otra mano al corazón y apretó con fuerza su esbelto pecho que, de repente, se elevó una, dos y tres veces acompañado de unos sollozos atroces. Siguió apretando con tal fuerza a pesar de que se estaba haciendo daño. Por un instante, Thrall temió que la dragona no fuera capaz de soportar tanta tensión… que, en realidad, la fuera a acabar matando.

Entonces, lo comprendió todo. La Protectora había cerrado a cal y canto su corazón… para no sentir el dolor que conllevaba amar y preocuparse por otros, para no sentir el tormento que acarreaba perder a alguien al que uno amaba, para no sentir la agonía de la compasión.

Y ahora, como la cáscara de esa bellota, como el hielo durante el deshielo de la primavera, su corazón se estaba abriendo de par en par.

—Soy quien soy —susurró, sin apartar la mirada de esa bellota que estaba germinando—. Ya esté alegre o ya esté sufriendo, sigo siendo quien soy.

Otro sollozo la estremeció y luego otro más. Las lágrimas se asomaron a sus hijos mientras lloraba la muerte de su amado. Al fin, derramaba las lágrimas que habían estado aprisionadas en la cárcel de su corazón y que la iban a curar. Thrall le rodeó los hombros con un brazo y ella apoyó la cabeza en el amplio pecho del orco; resultaba irónico que Alexstrasza, a quien en su día los orcos torturaron y esclavizaron con el fin de convertirla en su sierva, ahora llorara desconsolada ante un orco que trataba de reconfortarla.

Esas lágrimas parecían infinitas, como debían serlo las lágrimas de la Protectora. Thrall sospechaba que no lloraba únicamente por haber perdido a Krasus para siempre, sino que lloraba por todos los que habían caído en desgracia; por los inocentes y los culpables; por Malygos y Deathwing y todos aquéllos a los que éstos habían hecho tanto daño; por las crías infectadas, que nunca habían tenido la oportunidad de vivir de verdad; por los muertos y los vivos; por todos aquéllos que habían saboreado el regusto salado de su dolor en forma de lágrimas que habían recorrido sus mejillas.

Su dolor se expresaba ahora con total libertad. Lloraba de una manera tan natural como respirar. Las lágrimas recorrían su rostro e iban a caer sobre la bellota que sostenía en la mano, sobre el suelo donde estaban sentados.

En cuanto la primera lágrima se estrelló con delicadeza sobre el suelo, una flor comenzó a abrirse paso por la superficie de la tierra.

Thrall miró a su alrededor estupefacto. Ante sus ojos, a una velocidad diez mil veces mayor de lo que debería ser normal, vio brotar diversas plantas: flores de todas las tonalidades posibles, pequeños brotes que crecían hasta convertirse en retoños y hierba espesa, verde y mullida. Pudo escuchar incluso el ruido que emitían esas plantas al crecer; era el sonido vibrante y alegre de la vida nueva que luchaba por salir adelante.

Se acordó de que los druidas habían hecho grandes esfuerzos para poder devolver la vida a aquel lugar. Pero, a pesar de que habían tenido algún éxito de vez en cuando, éstos siempre eran algo temporal. No obstante, era consciente, en lo más hondo de su ser, de que esa vegetación exuberante que ahora contemplaba crecer había venido para quedarse, ya que había brotado a partir de las lágrimas que la Protectora había derramado al redescubrir la compasión y el amor.

Alexstrasza tembló y, acto seguido, el orco dejó de rodearle los hombros con su brazo. La dragona respiró hondo, se estremeció y, un tanto tambaleante, se arrodilló sobre la tierra. Thrall no la ayudó, pues intuía que ella no quena que lo hiciese. Con suma delicadeza, Alexstrasza abrió una agujero en ese suelo que había recuperado su verdor, enterró la bellota a bastante profundidad y, acto seguido, la cubrió de tierra de manera reverencial. Después, se levantó y se volvió hacia él.

—Ya he… escarmentado —afirmó. Si bien su voz seguía teñida de un hondo dolor, también transmitía una calma que no había estado ahí antes—. Me has recordado ciertas cosas que había olvidado de tanto sufrir. Ciertas cosas… que él nunca habría querido que olvidara.

La dragona sonrió y, aunque se trataba de una sonrisa triste teñida de angustia, también era sincera y dulce. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, pero su mirada era lúcida y limpia por lo que Thrall dedujo que ya estaba bien.

No obstante, tras retroceder unos pasos y alzar los brazos al cielo, su hermoso rostro adoptó una expresión de legítima furia. Todavía tenía que llorar mucho por todo lo que se había perdido, y el orco sabía que lo haría.

Pero ahora no era el momento. Ahora la Protectora utilizaba su dolor para entrar en acción, no para llorar. Thrall sintió un leve destello de compasión por aquéllos que iban a sufrir las llamas de su ira.

Pero muy leve.

Tal y como le había visto hacer en una ocasión anterior, Thrall fue testigo de cómo se elevaba en el aire de un salto y pasaba de ser una esbelta doncella elfa a convertirse en uno de los más poderosos Aspectos; sin duda alguna, era el ser más poderoso del mundo. Aunque esta vez sabía que no tenía nada que temer de ella a pesar de que hubiera adoptado esa forma.

La Protectora le lanzó una mirada repleta de ternura y, a continuación, se agachó para que el orco pudiera subirse a su amplia espalda.

—Voy a unirme a mis hermanos y hermanas; puedes acompañarme si quieres — lo informó.

—Prestarles mi ayuda será todo un placer para mí —replicó Thrall, quien una vez más se sentía sobrecogido por lo magnífica que era la dragona carmesí que tenía ante él. Con sumo cuidado y respeto, se subió a ella y se acomodó en la base de su cuello—. Creo que, tras su derrota, los dragones azules se habrán retirado al Nexo.

—Tal vez —dijo la dragona—. Quizá los encontremos ahí o quizá Kalec se haya aliado ya con los demás vuelos que deben de estar reuniéndose ahora cerca del Templo del Reposo del Dragón.

—Pero entonces los dragones crepusculares los divisarán —comentó Thrall, pensando en voz alta.

—Sí —admitió Alexstrasza, con un tono de voz fuerte y sereno que provocó que Thrall se relajase—. Nuestro éxito o fracaso depende de algo mucho más importante que las estrategias militares o las ventajas tácticas.

En ese instante, giró el cuello para mirar al orco mientras batía sus poderosas alas rítmicamente.

—Ya es hora de que los vuelos de dragón de Azeroth dejen a un lado sus discrepancias y se unan. Porque, si no, me temo que estamos perdidos.

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