Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Diecinueve

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosAlexstrasza había estado en lo cierto. Cuando ella y Thrall se encontraban a unos pocos kilómetros del Templo del Reposo del Dragón, vieron a un gran número de dragones azules y verdes tanto en el cielo como en tierra, que enseguida la divisaron. Unos cuantos volaron hacia ella y trazaron círculos a su alrededor en el aire con gran júbilo.

—¡Protectora! —exclamó Narygos gozosamente—. Nos enfrentamos a una hora sombría donde las tinieblas se han apoderado de nuestros corazones, pero toda oscuridad se disipa al verte.

—Amigo Narygos —lo saludó Alexstrasza afectuosamente—. Desde aquí, veo a mi hermana Ysera y al nuevo Aspecto, Kalecgos, así como a sus vuelos. Mis dragones rojos vendrán en cuanto sepan que estoy aquí.

—Entonces, iré a buscarlos de inmediato, Protectora —dijo uno de los dragones verdes.

Thrall se preguntaba cómo iba a saber ese dragón verde dónde se encontraban los rojos. Quizá Ysera lo sabía y se lo había dicho. Lo cierto era que había muchas cosas sobre los dragones que aún no entendía.

—¿Seguimos sin noticias de Nozdormu? —inquirió Alexstrasza.

Narygos y los demás retrocedieron un poco y se colocaron por encima y debajo de ella para escoltarla y protegerla mientras volaban hacia el lugar de reunión.

—Aún no —respondió Narygos, quien lanzó una mirada fugaz a Thrall—. Aún no sabemos nada de él. ¿Y tú?

—No ha contactado conmigo —contestó Thrall—. Por lo que deduzco que sigue investigando.

—El conocimiento es poder —afirmó un dragón verde de gran tamaño—. Pero no nos servirá de nada que descubra algo útil si Chromatus ya nos ha matado para entonces.

—Calla, Rothos —lo reprendió Alexstrasza con severidad—. No es culpa de este orco que el Atemporal no se halle aquí presente. Todos… hacemos lo que debemos hacer.

Esa última frase la dijo con un tono de voz muy dulce pero plagada de tristeza. Thrall sabía que hablaba así porque estaba pensando en Korialstrasz, quien había hecho lo que debía hacer y había pagado un terrible precio por ello.

Rothos lanzó una mirada al orco con la que claramente le estaba pidiendo perdón.

—Lo siento, amigo mío, pero ya has visto a qué nos enfrentamos. Lo cierto es que me gustaría contar con Nozdormu y sus dragones bronces a nuestro lado cuando volvamos a atacarlos.

—Tranquilo, no me he sentido ofendido. Además, estoy de acuerdo contigo — replicó Thrall con total sinceridad.

Ya casi habían llegado al lugar.

—Por favor… adelántate y avisa a todo el mundo —le pidió Alexstrasza a Rothos—. Tengo cierta… información que debo compartir con todos ustedes.

—¿Sobre Chromatus? —preguntó Rothos esperanzado.

Alexstrasza negó con la cabeza.

—No. Pero espero que esta información los inspire e infunda valor, que haga renacer la esperanza. El valor y la esperanza son las armas que necesitamos.

Unos momentos después, aterrizaron. Al instante, unos vítores melodiosos y vibrantes de dragón rasgaron el desagradable frío. Thrall bajó sonriendo de la espalda de Alexstrasza y holló la nieve, que le llegaba hasta las pantorrillas.

—¡Thrall!

En cuanto se volvió, vio que Kalecgos caía en picado como un cayo hacia él. El Gran Aspecto le tendió una zarpa y con sumo cuidado agarró al orco con ella. Thrall no se sintió amenazado por esa letal garra, sino que se sintió embargado por la alegría al ver de nuevo a su amigo.

—Debería dejar de subestimarte —comentó Kalec, a la vez que se acercaba al orco a la cara—. Has hecho lo que prometiste. Nos has devuelto a la Protectora… en más de un sentido —añadió, mirando a Alexstrasza, quien estaba acariciando con el hocico de manera maternal a los dragones verdes y azules que se acercaban a ella raudos y veloces—. No sé qué magia has empleado, pero me alegro de que lo hayas logrado.

—Sólo he utilizado la magia del corazón —replicó Thrall—. Les va a contar lo que me ha sido revelado en esas visiones que he compartido con ella. Pronto, todos sabrán qué ocurre.

Ysera volvió la cabeza al escuchar la voz de Thrall e, inmediatamente, se aproximó a ellos. Acto seguido, agachó su largo y sinuoso cuello en señal de respeto.

—Formabas parte de mi sueño, de una de las mejores partes de mi sueño —le dijo—. Nos has prestado una extraordinaria ayuda. Lamento la muerte de Desharin, pero me alegro de que escaparas.

—Si hubiera podido salvarlo, lo habría hecho.

Ysera asintió.

—La Hora del Crepúsculo nos aguarda —aseveró y, a continuación, alzó la cabeza y miró a su alrededor con unos ojos de color arco iris radiantes de satisfacción— . Por lo que veo, los dragones verdes y azules se han unido, lo cual es magnífico, hijo de Durotan. Magnífico, sí. Pero, oh, ¡ya llegan nuestros hermanos y hermanas rojos dispuestos a unirse a nosotros!

Thrall se volvió para mirar hacia donde miraba Ysera. Un breve instante después, pudo divisar y escuchar a los leviatanes que se aproximaban. Eran decenas y todos ellos se acercaban al lugar de reunión. Thrall los observó maravillado y, acto seguido, contempló todo cuanto lo rodeaba. En esos momentos, ahí ya se habían reunido tres Aspectos de Dragón y sus respectivos vuelos. Entonces, se acordó de la batalla contra los dragones crepusculares y sintió cómo la esperanza renacía en su alma. Los dragones allí reunidos triplicaban en número a los que habían participado en la batalla anterior; además, ahora contaban con la Protectora para liderar el ataque…

Alexstrasza dio un salto y echó a volar. Los dragones rojos se congregaron a su alrededor y revolotearon como centellas en tomo a ella; se le acercaban con cuidado para acariciarla con el hocico reverencialmente y luego se retiraban respetuosamente. Una alegría que nunca antes habían visto en ella se había apoderado de la dragona, quien se encontraba jubilosa por poder volver a estar con su vuelo después de tanta angustia y amargura. Tras disfrutar unos momentos de ese hermoso reencuentro y de la danza aérea que trajo consigo, Alexstrasza aterrizó suavemente sobre un alto pico para que todo el mundo pudiera verla. Al instante, todos se callaron, pues aguardaban ansiosos las palabras de la reina de los dragones. Alexstrasza se detuvo un instante a contemplarlos a todos y movió la cabeza lentamente mientras escudriñaba a la muchedumbre congregada en aquel lugar.

—Hermanos y hermanas —dijo al fin—, estamos a punto de librar una atroz batalla contra un enemigo de un poder aterrador. Pero hay algo que deben saber antes de que comencemos a trazar nuestros planes. Algo que espero los impulse a pelear aún con más ánimo por ustedes mismos, por su vuelo y por las crías que aún no han salido del cascarón.

Esas palabras fueron recibidas con un silencio sepulcral. Algunos de ellos se movieron inquietos, como si de repente se hubieran acordado de que el consorte de Alexstrasza había sido el responsable de la destrucción de muchos de sus huevos.

Kalecgos subió a Thrall a uno de sus hombros con gran delicadeza. El orco dio un salto (algo que se estaba convirtiendo en costumbre) y aterrizó sano y salvo sobre el Aspecto de Dragón azul, a la vez que Kalec se elevaba para acercarse volando a Alexstrasza. El dragón azul aterrizó y se colocó al lado de la dragona roja; de ese modo, le ofrecía su apoyo sin necesidad de mediar palabra. Entonces, Alexstrasza les contó a los demás dragones lo que le había revelado la visión que Thrall había compartido con ella. En ese momento, Ysera aterrizó a la izquierda de Alexstrasza, prestando así su apoyo también a su hermana.

Algunos, probablemente aquéllos que mejor habían conocido a Korialstrasz, parecían ansiosos por creer a Alexstrasza y tanto en sus rostros cubiertos de escamas y como en su ojos centelleantes podía apreciarse que se compadecían de ella. Otros, si bien no protestaban abiertamente (Thrall sospechaba que no rebatían lo que la dragona roja les estaba contando porque aún los embargaba la emoción y la alegría que habían sentido al saber que la Protectora había regresado), parecían mostrarse dubitativos o directamente escépticos.

Thrall se sintió satisfecho, aunque no sorprendido, al comprobar que Kalecgos se encontraba entre aquéllos que la creyeron de inmediato. No obstante, sintió una gran compasión por el dragón azul cuando Alexstrasza contó lo que el enemigo le había hecho a Kirygosa. Si bien muchos de los dragones azules allí reunidos mascullaron furiosos, Kalec se limitó a apartar la mirada, con el dolor dibujado en su rostro. En cuanto Alexstrasza terminó de hablar, fue Kalec quien quebró el silencio.

—Ahora todo ha quedado claro —afirmó—. Sabemos que existe un dragón cromático. Y, aunque enterarme de que Kirygosa ha sido… torturada de manera tan atroz que me ha horrorizado, me alegro tremendamente de que siga viva. Cuando los sagrarios fueron destruidos, nos vimos sumidos en la más total de las ignorancias. No entendíamos por qué Korialstrasz se había comportado de esa manera. Pero ahora lo sabemos. Lo entendemos.

—Siempre que todo lo que haya contado sea cierto —objetó uno de los dragones azules de más edad. Thrall lo reconoció; era Teralygos quien, en su momento, había apoyado firmemente a Arygos—. Lo único que tenemos es esa visión. No hay ninguna prueba que demuestre que eso ha sucedido en realidad.

—Pero estamos hablando de Alexstrasza —replicó Narygos.

Es un Aspecto… ¡es la Protectora!

—A la cual le resulta muy conveniente haber tenido una visión… no, espera, un orco se presentó en el lugar idóneo y en el momento adecuado para revelarle una visión que exonera de toda culpa a su consorte —prosiguió diciendo el viejo dragón azul—. ¿Qué pensarían de mí si les dijera que he tenido una visión en la que se me revela que Alexstrasza se ha inventado toda esa historia? ¿O que se ha vuelto loca? ¿O que quizá la desaparecida Kirygosa…?

—Yo puedo verificar todo cuanto ha contado la Protectora —se oyó decir a alguien que poseía una tenue y frágil voz.

Entonces, uno de los dragones azules, que portaba en su espalda a una muchacha humana, aterrizó. Thrall la reconoció al instante: era Kirygosa, la mujer de su visión.

—¡Kiry! —gritó Kalec.

Thrall se bajó de su hombro raudo y veloz, y Kalec adoptó su forma semielfa mientras Kirygosa desmontaba un tanto vacilante. Corrió hacia su hermana, a la que abrazó con fuerza. Ella esbozó una leve sonrisa dirigida tanto a su hermano como al resto que se apresuraron a acercarse a ella. Aunque parecía muy cansada y estaba terriblemente delgada, también se encontraba muy contenta de poder volver a estar con su vuelo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Kalec preocupado—. Después de… todo lo que te han hecho…

—Ahora que vuelvo a ser libre, pronto estaré bien —contestó Kirygosa, mientras se apoyaba en Kalecgos—. Como acabo de decir… lo que Thrall vio sobre mí en esa visión es cierto. Por tanto, creo que la visión que tuvo sobre Korialstrasz también es cierta —en ese instante, alzó la cabeza para contemplar a la gran dragona roja que le sonreía con benevolencia—. Mi señora, mi más sentido pésame.

—Gracias, Kirygosa —replicó Alexstrasza con una voz teñida de tristeza pero no de desesperación—. Lo mismo digo.

Kalec frunció aún más el ceño, presa de una honda preocupación.

—¿Sabes algo de Arygos? —le preguntó a Kiry.

Kirygosa asintió.

—Sí. El Padre Crepuscular lo traicionó y un humano llamado Blackmoore lo asesinó. Tengo entendido que ese tal Blackmoore ha sido enviado a matarte, Thrall — respondió y, en ese momento, se giró hacia el único orco presente—. Me alegra saber que no ha tenido éxito en su empeño. Tanto el Padre Crepuscular como Deathwing te temen, así que me alegro de contar contigo en nuestro bando.

—Vamos, siéntate y descansa —la exhortó Kalecgos—. Come algo y cuéntanos todo lo que sabes.

—La cadena…

Al instante, Kiry cogió la fina cadena de plata que llevaba colgada al cuello de un modo titubeante y se la mostró; era un objeto de aspecto modesto.

—He intentado tantas veces romperla…

—Lo sé —la interrumpió Kalec con delicadeza—. En su día, Dar’Khan también me puso a mí uno de esos collares. Conozco bien el miedo y la frustración que has experimentado, querida hermana. A mí me liberó alguien que se preocupaba mucho por mí… y ahora soy yo quien te libera a ti.

Con sumo cuidado, cogió ese collar con el dedo gordo y el índice. Y, con un leve tirón, el Aspecto de Dragón azul rompió la cadena como si no fuera nada más que una joya normal. Kirygosa sollozó de alegría. Los demás retrocedieron, sonriendo, para darle espacio suficiente para adoptar su verdadera forma. Thrall sonrió para sí al verla alzarse en el aire, volando con pocas fuerzas pero con ánimos renovados, libre una vez más.

* * *

Todos se ocuparon de atender a Kirygosa. Thrall la curó mientras Kalecgos conjuraba comida y bebida para ella. Alexstrasza e Ysera estuvieron junto a ella, portando sus formas humanoides, ofreciéndole todo el consuelo posible. Thrall se sorprendió al ver a Ysera con su forma predilecta. Se presentó por primera vez ante él bajo la forma de una elfa de la noche. Aunque tenía la piel de color púrpura oscuro y las orejas largas propias de los kaldoreis, la corona de fieros cuernos que adornaba su pelo verde indicaba a las claras cuál era su verdadera naturaleza. Unos pocos dragones, algunos con forma también humanoide, otros con formas dracónidas, se congregaron en tomo a Kirygosa para escuchar su brutal historia.

—Les contaré todo cuanto sé. Espero que algo de lo que diga pueda ser de ayuda —les dijo—. No obstante, hay muchas cosas que… para ser sincera, no me hacen albergar muchas esperanzas.

—Has logrado escapar, lo cual era prácticamente imposible — replicó Kalecgos—. Esto me hace concebir muchas esperanzas, la verdad.

La dragona intentó sonreír, pero había algo más que la preocupaba en grado sumo.

—Te doy las gracias por el cumplido, pero… bueno, ya entenderás lo que quiero decir.

—Empieza por el principio —le indicó Alexstrasza—. ¿Cómo te capturaron?

—Tras la muerte de Jarygos… mi consorte… Arygos me engañó para que lo acompañara. Luego, me entregó a un humano (sé a ciencia cierta que lo es) conocido como el Padre Crepuscular quien junto a Arygos colaboraba con el vuelo de dragón crepuscular… y Deathwing.

Los tres Aspectos intercambiaron miradas.

—En el primer ataque, ese individuo que nos provocó con sus burlas… afirmaba llamarse el Padre Crepuscular —comentó Alexstrasza.

—Prosigue, querida —le pidió Ysera amablemente.

—Me mantuvieron aprisionada en mi forma de dragón hasta que puse todos mis huevos; después, me pusieron esta cadena.

Kiry esbozó un gesto de disgusto al recordarlo.

—Era más fácil controlarte bajo forma humana —afirmó Kalec—. Sé de lo que hablo.

Kirygosa asintió.

—Experimentaron… conmigo, con mis niños…

La voz se le quebró por un instante y Alexstrasza le puso una mano en el hombro para reconfortarla. Kiry respondió con una tenue sonrisa y prosiguió su relato.

—Eso fue lo que Korialstrasz descubrió por casualidad, Protectora. Nuestro enemigo logró incrementar las posibilidades de crear dragones cromáticos sanos gracias a los experimentos que realizó con mis niños. Según parece, como soy hija de Malygos, mis niños son más fuertes de lo normal. Korialstrasz propinó un serio revés a sus planes al eliminar a su futuro ejército. Después, volvieron a llevarse un duro revés cuando Arygos no logró convertirse en un Aspecto. Mi hermano había prometido al Padre Crepuscular que le entregaría el control de todo el vuelo de dragón azul.

—Nunca sabremos si Arygos estaba cuerdo cuando selló ese pacto—afirmó Kalec con serena furia—. Pero, por respeto a su memoria, daremos por sentado que había perdido el juicio.

Kirygosa asintió y recobró la compostura haciendo un visible esfuerzo.

—Lo único cierto es que era un devoto de ese culto, pero eso es todo cuanto sé al respecto.

—Lo que te hizo…

—Eso es agua pasada —lo interrumpió.

Thrall se percató de que, a pesar de todo lo que había sufrido, al final era ella quien intentaba reconfortar a Kalecgos. Era asombrosamente valiente.

—Bueno, a pesar de que sus planes habían sufrido dos serios reveses, aún contaban con Chromatus.

Se le volvió a quebrar la voz y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la compostura.

—No sé dónde lo encontraron. Los cultores lo trajeron desde Northrend, sabedores de que necesitarían unas grandes cantidades de energía arcana para insuflarle vida. Para eso, necesitaban una aguja de flujo creada a partir de la sangre de un hijo de Malygos.

—Disculpa… pero entonces… —la interrumpió Thrall— ¿por qué no utilizaron antes tu sangre con ese fin?

—Creo que querían esperar a que Arygos les entregara a los dragones azules — contestó—. Piensa en cómo habrían amedrentado a sus adversarios si los hubieran atacado de repente con un Chromatus en pleno uso de sus facultades, liderando la vanguardia de un vasto ejército de dragones. No creo que el Padre Crepuscular tuviera intención de matar a Arygos en un principio. Pero, cuando mi hermano fracasó en su plan de convertirse en Aspecto, se aseguró de que aún pudiera serle útil. Conmigo intentó hacer algo parecido. Pero escapé antes de que pudieran llevar a cabo sus planes… Querían aparearme con esa aberración.

Thrall se quedó horrorizado. Los dos Aspectos femeninos palidecieron como si estuvieran enfermas. El orco se percató de que, si el Padre Crepuscular hubiera aparecido ahí súbitamente, Kalec lo habría hecho añicos con sumo alborozo. Y Thrall lo habría ayudado.

—Esa parte de su plan podría haber funcionado —continuó explicando Kiry—. Podría haberme convertido en la madre de un nuevo vuelo de abominaciones. Chromatus fue el último experimento de Nefarian… quien, por lo que sé, sigue vivo. En cierto modo. Ha sido reanimado, aunque no se le ha insuflado vida como a Chromatus.

—Entonces, Nefarian ahora debe de ser una atrocidad no-muerta.

Esas últimas palabras las había pronunciado una colosal dragona roja (una más de los muchos dragones que se habían ido acercando a escuchar mientras Kirygosa hablaba), que se acercó a Alexstrasza y a Kirygosa para colocarse junto a ellas de manera protectora; a pesar de que ambas habían sufrido terribles heridas en sus corazones y almas, se mantenían firmes pues eran fuertes de espíritu. Entonces, la colosal dragona roja preguntó:

—¿También está él aquí?

Kiry hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No, creo que Deathwing tiene otros planes para él. Nuestro enemigo deberá conformarse con contar sólo con Chromatus. Kalec… la última vez los pillaste por sorpresa. Y el dragón cromático acababa de nacer. Y aun así… —la voz le falló al pronunciar las últimas palabras.

—Aun así, derrotaron a mi vuelo —concluyó la frase Kalec.

—Pero esta vez no están solos, Kalecgos —lo reconfortó Alexstrasza—. Tres vuelos enteros nos hemos unidos. Sí, fue capaz de derrotar a un solo vuelo, pero ¿será capaz de vencer a tres? Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que luchamos todos juntos; no obstante, por muy monstruoso que sea… ¡no creo que un solo dragón sea capaz de plantamos cara a todos juntos!

Dio la impresión de que esas palabras inquietaron a Kirygosa, quien agarró a Alexstrasza de la mano.

—Protectora, lo-lo crearon… para destruirte —aseveró y, acto seguido, posó la mirada sobre Kalec e Ysera—. Para destruirlos a todos ustedes. No es únicamente un dragón cromático excepcionalmente poderoso, sino que le fue insuflada vida con un propósito concreto: ¡destruir a los Aspectos!

Thrall abrió la boca de manera automática para decir que eso era imposible, pero se contuvo. Había visto a Chromatus. Había sido testigo de lo que ese monstruo era capaz. Ese dragón, que poseía los poderes de todos los vuelos, sería un enemigo imbatible si se encontraba en pleno uso de sus facultades…

—Así que es cierto —concluyó Ysera con aspecto afligido—. Mi visión se va a cumplir.

Alexstrasza tendió su otra mano en dirección a Ysera.

—Háblanos de tu visión, hermana —le rogó.

—Esperaba… equivocarme…

A continuación, Ysera cerró los ojos y habló con una voz melodiosa y etérea.

No estaba lanzando ningún encantamiento, no en un sentido estricto; no obstante, la escena que les describió tenía su magia y encanto. Su descripción fue tan vivida que Thrall pudo imaginarse con todo lujo de detalles cómo iba a ser la muerte de todo cuanto existía, la muerte de las plantas, las bestias y cualquier otro ser, de todo aquello que fuera capaz de respirar. Incluso los Aspectos yacían muertos al final de esa visión. Todos morirían salvo el vuelo de dragón crepuscular.

Incluso el más siniestro y cruel de todos. Aquél que había ayudado a crear al monstruo que había provocado esa desgracia.

Incluso Deathwing.

Thrall tembló y sintió un sudor frío por todo su cuerpo. El pánico amenazó con adueñarse de su garganta. Los dragones que lo rodeaban alzaron las voces presas del miedo, la ira o una funesta resignación, pero hubo una voz que destacó sobre todas las demás con gran claridad.

—¡Ése no será nuestro destino!

Era la voz de la Protectora, quien seguía bajo su forma humanoide y sostenía las manos de su hermana y la traumatizada Kirygosa. Su rostro tenía un brillo especial que transmitía decisión y pasión.

—Por lo que sabemos, ya hemos propinado varios serios reveses al grandioso plan de Deathwing. Arygos fracasó. Kiry ha logrado escapar. Los dragones azules atacaron a Chromatus antes de que se encontrara en pleno uso de sus facultades. No, ese destino no es inevitable. Las visiones de Ysera siempre tienen un sentido, un mensaje. Pero los sueños siempre han de ser interpretados. Hermana… ¿podría ser esa visión una advertencia de lo que sucederá si no luchamos?

Ysera ladeó su cornuda testa.

—Sí —respondió—. Sólo Nozdormu sabe lo que realmente ocurrirá. Yo me he limitado a compartir mi visión contigo.

—Entonces, tendremos que librar esta batalla poniendo toda la carne en el asador. Escúchenme, dragones azules, verdes y rojos… deben saber que van a luchar no sólo por su vida sino por la vida de todo cuanto existe. Vamos a enfrentamos con ese supuesto “mata Aspectos” y vamos a demostrarles tanto al Padre Crepuscular como al propio Deathwing que no nos vamos a dejar intimidar. Da igual lo que hayamos perdido… o estemos a punto de perder… no vamos a perder nuestro mundo. ¡Chromatus caerá!

La semilla de la esperanza germinó con fuerza en todos los que rodeaban a Thrall. Esa esperanza era algo tan real, tan sincero, que lo embargó la emoción de inmediato. Entonces, el orco alzó su voz y profirió un tremendo grito de determinación que rasgó el aire.

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