Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Dieciséis

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosNo sintió ninguna de las dos cosas. Lo que sí sintió fue que impactó contra algo que era más suave que la piedra, algo que ralentizó pero no detuvo su caída. Un instante después, cuando por fin se detuvo, se dio cuenta de que una humedad fría lo envolvía. No podía ver, apenas podía respirar. Entonces, comprendió qué sucedía: no había caído sobre unas rocas sino sobre la nieve, que había detenido su caída. Estaba vivo, aunque le dolía todo el cuerpo y le costaba trabajo respirar… pero estaba vivo.

Cerró los ojos para aislarse de la realidad.

Al instante, se vio en su mente sentado en la cima de un pico de piedra junto a una hermosa y desolada silueta. Alexstrasza lo contempló con una mirada teñida de una infinita tristeza y una desesperada apatía.

“No lo entiendes”, recordó que le había dicho la dragona cuando la visitó en aquel paraje desolado.

“¿Qué es lo que no entiendo, Alexstrasza?”

“Que todo eso da igual. Todo. Da igual que todo eso esté conectado. Da igual cuánto tiempo lleve desarrollándose ese plan. Da igual que podamos detenerlo o no. Nuestros niños están muertos. Korialstrasz está muerto. Yo también estoy prácticamente muerta. En breve, la muerte vendrá a por mí. Ya no hay esperanza. Todo da igual.”

La dragona tenía razón: en aquel momento, no lo había entendido. Tras liberar a Nozdormu, había albergado muchas esperanzas de que, al final, todo pudiera arreglarse. Kalec también que, con su alegre optimismo y su gran corazón, había animado a Thrall a seguir luchando, a oponerse al avance del crepúsculo.

Sin embargo, Alexstrasza tenía razón. Todo daba igual. Probablemente, Kalecgos había sido derrotado por esa atroz criatura, que había logrado repeler el ataque de los azules como si fueran unos meros insectos furibundos que intentaran picarle. Los cultores del Martillo Crepuscular prevalecerían. Primero esclavizarían el mundo y luego lo destruirían.

¿Qué más daba si él seguía respirando o no? ¿Qué más daba que el Anillo de la Tierra hubiera invertido un gran esfuerzo para dar con la manera de curar el mundo? Todo daba igual.

Salvo…

El delicado semblante de la destrozada Protectora dio paso en su mente a otro rostro. Esta cara era de facciones más duras, mucho más angulosa; además, contaba con unos colmillos y su tez era morena. De repente, Thrall notó que el corazón se le desbocaba y tuvo la sensación de que se estaba despertando.

Quizá aquel culto acabara destruyendo el mundo. Quizá los chamanes del Anillo de la Tierra se estaban engañando a sí mismos al intentar curar la tierra cuando iban a ser testigos de un funesto destino inevitable.

No obstante, en medio de toda esta desolación, de tanta desesperación y tinieblas, Thrall tenía muy clara una cosa.

“Korialstrasz está muerto”, había dicho Alexstrasza. Nunca más volvería a ver a su consorte, a su compañero, amigo y campeón; nunca volvería acariciar su rostro con cariño, nunca volvería a ver su sonrisa.

Aggra, sin embargo, no estaba muerta. Ni él, sorprendentemente, tos esa caída.

Thrall gimió de dolor. Aunque estaba entumecido, aún era capaz notarlo. Sus labios helados se movieron para susurrar su nombre.

—Aggra…

Ella lo había animado a marcharse, aunque de una manera tan brusca que más bien había parecido una orden, pero Aggra le había dado esa “orden” movida por el amor que sentía por él; sin embargo, hasta ahora, Thrall no había sido capaz de darse cuenta de que su amada había obrado así impulsada por su amor hacia él. Aggra no había querido que Thrall se fuera porque fuera a estar mejor sin él. Quería que se fuera por su propio bien, por el bien de su mundo. Aggra había actuado con generosidad y no con egoísmo. Entonces, se acordó de lo mucho que solía enfadarse con ella por culpa de su agudo ingenio y de su afilada lengua. Su amada siempre decía lo que pensaba y sentía cuando pensaba y sentía que debía decirlo. También se acordó de la sorprendente e inesperada ternura con que lo protegió y lo guió en su revelación mística y de la dulzura y el salvajismo con que copulaban.

Quería volver a verla. Antes de que llegara el fin de toda la existencia.

Al contrario que Alexstrasza, quien se hallaba afligida y sola en Desolace, rodeada de ese páramo de cenizas que reflejaba el estado de su propio y devastado corazón… él sí podía volver a ver a su amada.

A pesar de que tenía frío, de que se estaba entumeciendo rápidamente, con sólo pensar en volver a estar con Aggra (tan vital, viva, cálida y real), pudo empezar a salir de su letargo. Thrall obligó a trabajar a sus pulmones, a respirar hondo ese gélido aire. Intentó despertar al Espíritu de la Vida que intuía que se hallaba aletargado en su fuero interno.

Eso era lo que permitía a un chamán entrar en contacto con los elementos, con los demás y consigo mismo. Todos los seres poseían ese espíritu; los chamanes, no obstante, lo conocían, lo comprendían y podían colaborar con él. Por un momento, Thrall se sintió dominado por el temor a fracasar. Ésa era la parte en la que había fallado cuando se había hallado con los demás miembros del Anillo de la Tierra: había estado demasiado distraído como para poder concentrarse, como para sumirse en las simas de su fuero interno y poder alcanzar ese conocimiento profundo e inmenso.

Esta vez, sin embargo, no estaba disperso ni distraído. Ante sí, sostuvo el rostro de Aggra, como una antorcha que iluminaba la oscuridad de su incierto futuro. A pesar de seguir teniendo los ojos cerrados, vio a Aggra sonreír y comprobó que había un brillo muy especial en sus ojos dorados. Entonces, su amada le tendió la mano.

La fuerte mano que sostuve entre las mías.

Oh, cuánto deseaba poder tener la mano de Aggra entre las suyas en ese momento. Qué reconfortante sería. Ese pequeño gesto ahora ocupaba más espacio en su corazón que el temor a la muerte.

Entonces, mientras abría su corazón tanto a ella como al Espíritu de la Vida que albergaba en su interior, tuvo otra visión.

En ésta no aparecía Aggra ni lo que le mostraba estaba relacionado con su propia vida. Se presentó como una escena de una obra teatral: con su héroe, su villano, su sorprendente giro argumental, sus dosis de tragedia y desencuentros. Su corazón, que tanto deseaba y añoraba a Aggra, ahora se sentía conmovido por los sentimientos de esos personajes, pues empatizaba con ellos.

Además, debía compartir lo que le estaba revelando esa visión… con Alexstrasza…

—Ella debería saber lo que acabo de ver —susurró—. Debo encontrarla y contárselo.

Al final, esa capacidad de empatizar, de establecer y compartir vínculos con los demás, era lo que más importaba. Al final, era lo único que realmente importaba. Era lo que inspiraba las canciones y el arte, lo que impulsaba a luchar a los participantes en una batalla: el amor a un país o a una cultura o a un ideal o a una persona. Era lo que hacía que los corazones siguieran latiendo, lo que movía montañas, lo que daba forma al mundo. Y Thrall sabía, gracias a ambas visiones, que él y esa dragona, que se hallaba sumida en un hondo pesar, eran verdadera y profundamente amados… por lo que eran y no por lo que podían hacer. Ni por el título o poder que ostentaban Aggra amaba a Thrall por quién era y él la amaba de la misma manera.

Alexstrasza también era amada, pero necesitaba que se lo recordasen. Thrall sabía, en lo más hondo de su ser, que él era el único que podría revelarle esa gran verdad.

El Espíritu de la Vida se había abierto a él. Fluía por él, con fuerza, con calma, reconfortándolo. La energía invadió sus extremidades, que se encontraban prácticamente congeladas, y acto seguido se abrió camino a través de la nieve que se le caía encima. Excavó al compás de su propia respiración; descansaba cuando inhalaba y desplazaba la nieve cuando exhalaba. Se encontraba más sereno, lúcido y centrado que nunca; su corazón se hallaba repleto de nuevas revelaciones que debían ser compartidas.

No fue fácil, pero el Espíritu de la Vida lo mantuvo a flote. Su energía era fuerte y delicada a la vez. Al final, logró salir de aquel agujero y se sentó a recuperar el aliento. Poco a poco, logró ponerse en pie y se dispuso a pensar en qué iba a hacer a continuación.

Tenía la túnica empapada. Necesitaba calentarse, necesitaba encender una hoguera y quitarse esa ropa mojada antes de que el frío lo matase… y, con esa temperatura, lo iba a matar con suma celeridad. Observó atentamente los alrededores por si rondaba por ahí algún dragón que lo estuviera buscando, pero no divisó nada en el firmamento salvo nubes y algún pájaro de vez en cuando. No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente; no obstante, era indudable que la batalla había concluido… de un modo u otro.

Primero debía buscar refugio, luego ya encendería el fuego. Echó un vistazo a su alrededor para ver si daba con algún lugar que le proporcionara cobijo. Ahí delante… le pareció ver una cueva o, al menos, una oquedad en la piedra; una mancha negra que destacaba sobre el gris de la roca.

Sin embargo, fue su concentración y su lucidez, y no sus sentidos, lo que le salvó la vida un segundo después.

Se giró, con el Doomhammer en la mano y apenas tuvo tiempo de bloquear un mandoble lanzado por ese ser que lo perseguía como una sombra desde hacía mucho tiempo.

¡Blackmoore!

Aquel humano iba ataviado con su peculiar armadura negra en la que portaba unas placas que, en esta ocasión, Thrall sí reconoció, pues ahora ya sabía que habían formado parte de la armadura de Orgrim.

En ese instante Blackmoore, que blandía esa descomunal y reluciente espada ancha que era casi tan grande como él, arremetió contra el orco con una fuerza que parecía sobrehumana.

Pero, en realidad, Blackmoore no tenía nada de sobrehumano.

La primera vez que ese siniestro ser había surgido de las sombras para atacarlo de manera totalmente inesperada, había decapitado a Desharin y había cogido por sorpresa a Thrall. Después, cuando Blackmoore lo siguió por el sendero del tiempo, donde se presentó con el brutal propósito de asesinar a Thrall cuando era sólo un bebé, el orco se había encontrado sumamente inquieto y nervioso pues se veía superado por las circunstancias ya que estaba siendo testigo del asesinato de sus padres. Y, cuando había descubierto la verdadera identidad de ese misterioso asesino, se había quedado consternado.

El hecho de que Blackmoore siguiera vivo y que, además, hubiera alcanzado tales cotas de poder, había sacudido hasta los cimientos la fe que Thrall había depositado en todo lo que había hecho. Había proyectado la temible sombra de la duda sobre Thrall, quien había llegado a cuestionarse quién era y todo lo que había logrado.

Pero, ahora, Thrall apretaba los dientes y se negaba a que el miedo se apoderara de él. Si bien ya se sentía bastante recuperado, seguía teniendo mucho frío y era consciente de que sus movimientos iban a ser demasiado lentos, de que no iba a poder defenderse solo.

¡Espíritu de la Vida, ayúdame a derrotar a este enemigo que debe morir para que pueda transmitir tus visiones a aquéllos que deben conocerlas!

Una sensación de calidez lo invadió de nuevo, una energía, delicada y poderosa, que proporcionó vigor y agilidad a sus miembros.

Thrall fue levemente consciente de que incluso su ropa se había secado. Esa energía, intensa y reconfortante, le proporcionaba renovadas fuerzas. No se cuestionó lo que estaba sucediendo, sino que simplemente lo aceptó agradecido. Thrall atacó sin pensar, dejó que la experiencia de años de combate guiara su mano. De esa manera, el orco golpeó una y otra vez la armadura robada que Blackmoore había osado vestir. El humano se sobresaltó y retrocedió de un salto para, a continuación, agacharse y adoptar una postura defensiva con su descomunal espada en ristre.

—Ya entiendo por qué quise adiestrarte —afirmó Blackmoore burlonamente, cuya voz Thrall reconoció a pesar de hallarse amortiguada por el yelmo que portaba—. Eres muy bueno… para ser un piel verde.

—Cuando decidiste adiestrarme, sellaste tu destino. Te maté una vez y volveré a matarte otra vez, Aedelas Blackmoore. No puedes cambiar el curso del destino.

Blackmoore se rió a mandíbula batiente. Sus carcajadas eran un estallido de auténtico júbilo.

—Has caído desde una altura imposible, orco. Estás herido y a duras penas sigues vivo. Creo que tu destino consiste en morir aquí en el gélido norte y el mío te aseguro que no conlleva que tú me mates. Aunque he de reconocer que posees un espíritu admirable que me habría encantado aplastar, me temo que tengo otros asuntos que atender. Fleshrender no ha segado una vida desde hace tiempo. Así que prometo que será rápido.

El humano hizo énfasis en el nombre de la espada, como si así quisiera infundir miedo a Thrall. Sin embargo, el orco estalló en carcajadas. Ante lo cual, Blackmoore frunció el ceño.

—¿Qué es lo que tanto te divierte justo en el momento de tu muerte?

—Tú —respondió Thrall—. El nombre que has elegido para tu espada me hace mucha gracia.

—Así que te hace gracia, ¿eh? Pues no debería. ¡Pues desgarra siempre la carne de los cadáveres que dejo a mi paso!

—Oh, claro —replicó Thrall—. Pero es tan basta… tan brutal y poco sofisticada. En el fondo, es igual que tú. Por mucho que intentes disimularlo.

El ceño de Blackmoore se volvió más pronunciado cuando éste lo advirtió:

—Soy un rey, orco. No lo olvides.

—Sí, el rey de un reino robado. ¡Por mucho que lo desees, no desgarrarás la carne de mi cadáver!

Furioso, Blackmoore volvió a cargar y Thrall, a pesar de sus heridas y de haber sufrido una caída casi mortal recientemente, repelió su ataque de nuevo y tomó la iniciativa.

Blackmoore había dicho, en el momento de su muerte, que Thrall era lo que era gracias a él. Esa afirmación había contrariado en grado sumo al orco… le espantaba la idea de que ese hombre hubiera contribuido decisivamente a forjar su carácter. Si bien Drek’Thar lo había ayudado a ver eso desde otra perspectiva, ahora, mientras sus armas chocaban y desprendían chispas, Thrall se dio cuenta de que nunca había logrado desprenderse de verdad de la vil influencia de Blackmoore en su espíritu.

El hombre que tenía ante él, que blandía esa espada ancha con unos fuertes brazos y una determinación letal, era su reverso tenebroso. Bajo su yugo, en cierto momento, Thrall había experimentado cómo se sentía uno cuando se encontraba indefenso y desamparado. Se había pasado toda la vida luchando para no sentirse nunca más tan impotente e indefenso. Además, Thrall se percató, gracias a la lucidez que le habían proporcionado ambas visiones y que todavía no se había disipado, de que Blackmoore representaba todo aquello contra lo que luchaba el orco… en su fuero interno.

—Una vez te temí —masculló Thrall.

Entonces, mientras sostenía a Doomhammer con una fuerte y verdosa mano, alzó la otra separando bastante los dedos. Acto seguido, abrió la boca y profirió un grito de legítima ira que rasgó el gélido aire. Al instante, un torbellino acudió a su llamada, que giró y levantó nieve helada como si fuera un ciclón hecho de hielo. De repente, con suma celeridad y precisión, cayó sobre Blackmoore, a quien alzó cada vez más y más alto. Acto seguido, Thrall hizo otro gesto con la mano y el humano cayó al suelo y no se movió de donde había caído. Blackmoore se llevó una mano al pecho y, sin más dilación, Thrall acortó la distancia que los separaba.

Observó fijamente a su adversario herido y entornó los ojos. Mientras hablaba, alzó lentamente el Doomhammer hasta colocarlo por encima de su cabeza, dispuesto a propinar el golpe letal.

—Representabas todo lo que odiaba… eras un ser miserable y débil que había tenido la fortuna de ocupar una posición de poder. Lograste que me odiara a mí mismo de un modo…

De improviso, Blackmoore se puso de rodillas y lanzó una estocada con Fleshrender contra el torso desprotegido de Thrall. Si bien el orco se echó hacia atrás, la punta de la espada alcanzó su objetivo. Thrall gimió al sentir cómo cinco centímetros de acero atravesaban su tripa. A continuación, cayó en la nieve.

—Ahora puedes decir lo que te plazca, orco —aseveró Blackmoore—, pues estás a punto de reunirte con tus ancestros.

Esa vez, la voz del humano sonó más débil; además, esa estocada había sido lanzada con menos fuerza que las anteriores. Thrall debía de haber herido a Blackmoore más gravemente de lo que había creído en un principio.

Thrall lanzó un rugido y apuntó a las piernas de su adversario con el Doomhammer. Blackmoore esperaba que se levantase para poder atacar, por lo que ese ataque desde el suelo lo pilló desprevenido. El humano chilló al recibir el impacto del martillo. Aunque la armadura absorbió gran parte del impacto, el golpe fue lo bastante fuerte como para que Blackmoore perdiera totalmente equilibrio.

Aquel humano no era ningún ser extraordinario ni excepcional. En el sendero del tiempo alterado, Taretha había obrado de manera acorde a su naturaleza y estaba seguro de que en el caso de Blackmoore sucedía lo mismo. Quizá este Blackmoore no había sucumbido a la bebida ni había malgastado sus energías al depender tanto de otros. Sin embargo, seguía siendo el mismo Aedelas Blackmoore de siempre: un hombre mezquino, un matón que había medrado gracias a la traición y la manipulación.

Thrall también seguía siendo el mismo.

Blackmoore podía haber intimidado al orco cuando éste era joven, podía haberlo enervado cuando reapareció como un hombre en apariencia más fuerte de cuerpo y espíritu. No obstante, a pesar de que ahora sólo iba ataviado con una túnica, portaba una nueva armadura; a pesar de que seguía blandiendo su habitual Doomhammer, contaba con nuevas armas. Entonces, notó que la llama del amor que sentía por Aggra ardía intensamente en su alma. No se trataba de una distracción, sino de una llama reconfortante que brillaba constantemente en su corazón; más real que el odio que le brindaba ese hombre que se revolvía frenéticamente en la nieve, mientras intentaba ponerse en pie a pesar de tener ambas piernas lastimadas, blandiendo una espada con un brazo muy debilitado y que en breve sería totalmente inútil. El amor de Aggra era tanto un arma como una armadura que lo protegía y lo escudaba, que le había permitido dar lo mejor de sí mismo en esa batalla, donde no sólo se había combatido en el plano físico sino también en el espiritual.

Thrall comprendió por fin que esos momentos en los que Lodo-negro lo había humillado e intimidado, en los que había minado su fuerza de voluntad y le había hecho sentirse un ser miserable y despreciable… habían quedado atrás, formaban parte del pasado.

Y, por eso mismo, ya no tenían ningún poder sobre él. Thrall se hallaba en ese momento presente y en ese momento no tenía miedo.

En ese momento, Blackmoore no ganaría.

Había llegado el momento de poner punto y final a todo aquello, de enviar a Blackmoore a su funesto destino: morir a manos de Thrall; de enviar todas esas dudas, inseguridades y miedos al lugar al que pertenecían: al pasado, de verdad, y para siempre jamás.

La sangre de color roja y negra seguía manando de la herida que había sufrido, manchando su túnica. El dolor lo ayudó a centrarse. Thrall alzó el Doomhammer con suma destreza mientras Blackmoore lograba ponerse en pie, tambaleándose. El martillo impactó contra Fleshrender, a la que apartó a un lado con suma facilidad, pues Blackmoore ya no podía empuñar esa espada de dos manos al tener el brazo herido. A continuación, Thrall alzó una mano con la que apuntó al cielo. Al instante, se escuchó un crujido.

Un enorme témpano de hielo, situado debajo de una roca, se desgajó del hielo y voló, como una daga lanzada por alguien muy diestro, hacia Blackmoore. No obstante, como sólo era agua helada, era imposible que lograra atravesar su armadura.

Pero la atravesó; golpeó al humano como si fuera un puño gigante. A Blackmoore se le escapó un grito de dolor y sobresalto mientras caía de rodillas sobre la nieve. Desarmado, casi inconsciente, Lodo-negro alzó ambas manos para implorarle a Thrall.

—Por favor… —rogó con una voz ronca y débil, aunque Thrall pudo escucharlo perfectamente—. Por favor, perdóname…

Thrall no era un ser carente de compasión. Pero, en su corazón, la necesidad de hacer justicia y restaurar el equilibrio, tanto en el sendero del tiempo alterado donde había surgido ese Aedelas Lodo-negro como en el verdadero sendero de Thrall (al que ese humano no pertenecía), era más fuerte que la compasión.

El orco alzó el arma por encima de su cabeza. Y no centró su atención en el gesto de ruego de Blackmoore, sino en el brillo de las placas de la armadura que Orgrim Doomhammer había portado en su día, que él mismo había llevado en su día y a la que había renunciado con sumo respeto.

Se sintió como una serpiente que mudaba de piel, notó cómo su espíritu se tomaba más puro y fuerte. Le dio la impresión de que completar ese proceso en que uno dejaba atrás su antiguo yo llevaba toda una vida. Ahora, Thrall ya estaba preparado para desprenderse de cualquier resto del poder que en su día aquel humano había tenido sobre él.

Hizo un gesto de negación con la cabeza. La serenidad reinaba en su corazón, que no estaba henchido de alegría ni de ansia de venganza, ya que lo que iba a hacer no era nada gozoso. No obstante, experimentó una sensación de alivio, de liberación.

—No —dijo Thrall—. No deberías estar aquí, Blackmoore. No deberías estar en ningún lugar. Con este golpe, restauro el equilibrio y hago lo correcto.

Trazó un arco descendente con el Doomhammer, que aplastó el yelmo de metal y la cabeza que se hallaba dentro. Blackmoore murió al instante.

Thrall había matado a su sombra, a su reverso tenebroso.

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