Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Catorce

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosKirygosa había estado durmiendo, hecha un ovillo, soñando con unos sueños erráticos y alarmantes. En cuanto escuchó la voz de su hermano, pensó durante un momento que se encontraba sufriendo otra pesadilla. Esta vez, y no por vez primera, descubrió que la realidad era peor que sus sueños.

Se incorporó hasta donde la cadena, que llevaba atada al cuello y que estaba enganchada al suelo, se lo permitió, alzó la cabeza, observó cómo su hermano Arygos hacía una reverencia a ese bastardo que había atacado a todos los vuelos de dragón y cerró los puños con fuerza.

Arygos alzó la cabeza y posó la mirada sobre su hermana.

—Kirygosa, es todo un placer… y una sorpresa… ver que todavía sigues viva — le dijo.

—Si pudiera adoptar mi verdadera forma, te arrancaría los ojos —le espetó.

—Calma, calma —los interrumpió el Padre Crepuscular, con un tono burlón—. Me entristece ver cómo discuten dos hermanos.

Kiry apretó los dientes de rabia. Era Arygos quien la había traicionado, quien la había arrojado en manos de aquel… aquel…

¿Cómo podía haber sido tan ingenua? Conocía a su hermano de toda la vida. Sabía que había idolatrado a su padre. Y, aun así, cuando se le había acercado a hablar en privado una noche para contarle que había cambiado de opinión respecto a su padre, para pedirle ayuda, ella se la había dado.

“Ven conmigo”, le había pedido. “Tú y yo… seguro que seremos capaces de urdir un plan. Amo a papá, Kiry. Me da igual lo que haya hecho. Podremos hallar una forma de poner punto y final a esta guerra sin matarlo”.

A esas alturas del conflicto, muchos habían perecido; entre los muchos muertos se encontraba su madre, Saragosa, que había escogido apoyar a Malygos. Su muerte les había dolido a todos muchísimo. Y era lo que había convencido definitivamente a Kiry de que había que detener a Malygos.

“¿De verdad piensas así?”, había preguntado Kiry, quien deseaba tanto creer que su hermano hablaba en serio.

“Sí. Ahora entiendo que tenías razón. Ya he hablado con Kalec y nos está esperando. Vayamos con él y ya veremos qué se nos ocurre. Quizá la Protectora nos escuche si le presentamos un buen plan.”

Lo había acompañado, voluntariamente y con plena confianza en él, con el corazón henchido de esperanza y amor por su hermano, con el futuro en su vientre. Y, al final, había entregado a ella y a sus hijos aún no nacidos, como si fueran unos meros trofeos de caza, al Padre Crepuscular.

Ahora, tenía un nudo en la garganta y las palabras se le acumulaban ahí de tal manera que ni siquiera era capaz de hablar. ¿Qué clase de poder te ha concedido? ¿Qué clase de mentiras te ha prometido? ¿Sabías lo que iba a hacerme? ¿Acaso has tenido un solo momento de vacilación a la hora de participar en sus planes?

Pero no iba a darle esa satisfacción. Así que se tragó esas palabras teñidas de amargura.

Tras dirigirse a su hermana y asegurarse de que el Padre Crepuscular seguía contento y satisfecho con su prisionera, Arygos centró toda su atención en su amo.

—¿Cómo van las discusiones? —inquirió el Padre Crepuscular—. Cuanto antes puedas determinar los próximos pasos que debemos dar, mejor para todos.

—La situación es… bastante incómoda —confesó Arygos— Ninguno de nosotros sabe cómo proceder a ciencia cierta. Es una situación que nunca antes se había dado.

El tono de voz del dragón azul transmitía inseguridad; Kirygosa nunca antes había visto a su hermano tan vacilante. Quiere que lo reconforte, se percató. Quiere que le diga que ha obrado bien, quiere que este monstruo le diga que se siente satisfecho con su labor. Sintió náuseas de sólo pensarlo, pero decidió que era mejor permanecer callada. Lo que estaba descubriendo podría serle útil a Kalecgos… si daba con la manera de liberarse de sus ataduras y huir.

—Me aseguraste que te ocuparías de todo… que lograrías que tu vuelo te eligiera como su nuevo Aspecto —le recordó el Padre Crepuscular—. ¿Cómo si no vas a entregármelos en bandeja tal y como me prometiste?

—Estoy seguro de que seré elegido, aunque todavía no sé cómo lo conseguiré —respondió Arygos con suma rapidez.

Por supuesto, pensó Kirygosa. Tras la muerte de su padre, el único vuelo que carecía de un Aspecto era el vuelo azul. Pero ¿cómo iban a elegir a otro? ¿Acaso eso era posible? Los titanes habían sido quienes habían designado a los Aspectos. ¿Acaso unos seres inferiores podrían designar a uno nuevo?

—Te necesitamos. Nuestro campeón debe ser despertado y debemos contar con un ejército si queremos derrotar a los vuelos.

—¡Te juro que los derrotaremos! —exclamó Arygos, embargado por la emoción—. Los venceremos y destruiremos su mundo. ¡Todos perecerán cuando caiga el Martillo Crepuscular!

Hablaba de un ejército, de un ejército del que iba a formar parte el vuelo azul.

Kirygosa cerró los ojos y contuvo sus lágrimas. Arygos había perdido el juicio, tal y como le había sucedido a su padre tiempo atrás.

—Se los entregaré en bandeja. Chromatus vivirá.

Los ojos de su hermano brillaron en la oscuridad y la tensión se apoderó de él debido a la exaltación.

El Padre Crepuscular sonrió.

—Contarás con su energía y la mía para llevar a cabo tu plan, padre Crepuscular. Pero… tendré que quedarme con esas energías temporalmente antes de poder traspasártelas.

—¿Cómo…?

El Padre Crepuscular se había percatado, al igual que Kiry, de que las palabras de Arygos estaban teñidas de incertidumbre. La esperanza volvió a brotar en el dolido corazón de la dragona. El plan de aquellos dos traidores no se estaba desarrollando tan bien como esperaban.

—El orco del que me advertiste se ha presentado, tal y como temías.

¡Thrall! Entre las sombras, Kirygosa volvió la cabeza para que no la vieran, pues no pudo evitar esbozar una sonrisa.

El Padre Crepuscular lanzó un juramento.

—Esa noticia no va a agradar a nuestro amo —aseveró—. Me aseguraron que Blackmoore detendría a Thrall. En fin… y ahora explícame hasta qué punto ese orco ha arruinado nuestros planes… y por qué no lo has matado tú mismo.

Esas palabras molestaron a Arygos.

—Lo intenté, pero Kalecgos lo impidió; además, nos encontrábamos en una reunión, ante miles de testigos.

—¡Thrall es sólo un orco! —exclamó el Padre Crepuscular—. ¡Podrías haberlo asesinado con suma facilidad antes de que alguien siquiera se hubiera atrevido a objetar algo al respecto!

—¡Se presentó ante nosotros respaldado por dos Aspectos! No podía despacharlo sin despertar sospechas o enemistarme con muchos miembros de mi vuelo… ¡y he de contar con todos si quiero convertirme en su Aspecto!

—¿Acaso he de llevarte de la mano en este asunto como a un crío, Arygos? —le espetó el Padre Crepuscular al poderoso dragón azul, quien se sintió avergonzado ante esas críticas—. ¡Haz que parezca un accidente!

—Eso es muy fácil de decir para ti que te encuentras aquí muy seguro, para ti que no tienes un millar de ojos observándote, a la espera de que muestres alguna flaqueza para poder atacarte —replicó Arygos iracundo—. ¡Es muy fácil decir que “parezca un accidente” cuando uno no es el centro de todas las miradas! ¡Si algo sucede, seré el centro de todas las sospechas!

—¿Acaso crees que no sé actuar con sigilo, que no domino el arte del engaño, que no sé ocultar mis verdaderas intenciones al resto del mundo? —preguntó retóricamente el Padre Crepuscular, echando la cabeza hacia atrás y estallando en carcajadas—. Me muevo entre los que son como yo como tú te mueves entre los tuyos y nadie, absolutamente nadie, conoce mis verdaderos planes. Es un arte que aún debes aprender a dominar, joven dragón azul.

—¡Kalec aún tiene demasiados seguidores como para poder permitirme el lujo de que alguien se pregunte por qué he insistido tanto en que un mero orco muera!

—¡No se trata de un mero orco! —replicó el Padre Crepuscular—. ¿No lo entiendes? ¡Thrall te destruirá si no lo destruyes primero! Además, ¡tanto yo como Lord Deathwing deseamos que muera! ¿Acaso vas a atreverte a desafiar la voluntad de nuestro amo, simplemente, porque temes que tus congéneres te acusen de traición?

¡Creo que temes a quien no debes!

—Kalec lo ha acogido bajo su protección —masculló Arygos, con la cabeza gacha—. No puedo hacer nada. Aunque, al menos, sé dónde está. Puedo vigilarlo.

Quizá se presente una oportunidad de acabar con él. No obstante, pronto todo esto importará más bien poco, porque me habré convertido en el nuevo Aspecto. Entonces, podré hacer lo que me plazca.

—¿Lo has visto?

Dio la impresión de que el Padre Crepuscular quería cambiar de tema al plantear esa pregunta, lo cual confundió a ambos dragones azules; tanto al azul al que iba dirigida la cuestión como al que estaba espiándolos.

—¿A quién? —preguntó Arygos.

—Vete de aquí —le dijo el Padre Crepuscular, con un tono de voz repentinamente sereno—. Vuela al noroeste. Contémplalo y luego regresa. Vete.

Arygos asintió, despegó y se perdió volando en la noche. El Padre Crepuscular se acercó al borde de la plataforma y lo observó; el frío transformó su aliento en pequeñas nubes de vaho.

Kirygosa tragó saliva. Ahora ya sabía a quién había ido a contemplar Arygos.

A Chromatus. El dragón de las múltiples cabezas, el dragón que nunca debería haber existido. Con ese tipo de ser grotesco se había aliado su hermano camal. Súbitamente, sintió un cosquilleo al notar que el Padre Crepuscular había posado su mirada sobre ella.

—Va a morir —aseveró—. He pensado que deberías saberlo.

—¿Te refieres a Arygos? Sí, sin lugar a dudas —replicó la dragona.

—Ahora mismo, no me apetece cruzar la plataforma para torturarte —afirmó—. Pero ten clara una cosa: Kalec morirá y tú también. Nadie podrá detener a Chromatus y a Deathwing. Incluso, ahora mismo, el mundo grita de dolor, pues Deathwing lo está torturando.

—En efecto, quizá Kalec muera—admitió Kirygosa—. Y tal vez yo también. Pero alguien detendrá a Deathwing y a esa aberración que su hijo creó.

Kiry estaba tremendamente orgullosa de Kalec. No sabía si éste sospechaba ya que Arygos los había traicionado o si simplemente protegía a Thrall de todo aquél que quisiera hacerle daño por cualquier razón. Sin duda alguna, había muchos miembros del vuelo azul ante los que era conveniente extremar la cautela.

Entonces, agarró con una mano esa engañosamente vulgar cadena que la mantenía prisionera. Y se llevó la otra al abdomen. Una oleada de tormento y tristeza la invadió. Dejó que se apoderará de hasta la última fibra de su ser, mientras respiraba con calma. A pesar de las torturas sufridas, aún no habían doblegado su espíritu. Y ahora no iba a flaquear, por muy aterradora que fuera la perspectiva de tener que luchar tanto con Chromatus y sus múltiples cabezas como con el propio Deathwing. No cuando la esperanza parecía renacer.

Poco después, se escuchó un aleteo que quebró la quietud de la noche y, acto seguido, un Arygos tremendamente cabizbajo hizo acto de presencia. El Padre Crepuscular lo observó detenidamente.

—Harás lo que prometiste —le dijo el Padre Crepuscular con un hilo de voz.

Al instante, el gran dragón azul, que se encontraba ante él, tembló.

* * *

—Háblame más de ese fenómeno celestial —le pidió Thrall.

—Como todo el mundo sabe, Azeroth tiene dos lunas —le explicó Kalec—. Diversas culturas les han dado distintos nombres, pero normalmente suelen ser nombres de madre e hija, ya que la luna blanca es bastante más grande que la azul.

Thrall asintió.

—Mi pueblo las llama la Dama Blanca y la Niña Azul —afirmó el orco.

—Exactamente. Este fenómeno consiste en que las dos se encontrarán perfectamente alineadas. A menudo, se ha denominado a este evento el Abrazo ya que, cuando sucede, da la sensación de que la luna blanca, la Madre, abraza a la luna azul, la Niña. Es un acontecimiento que sucede muy rara vez; una vez cada cuatrocientos treinta años aproximadamente. Yo nunca lo he visto. Y, en esta ocasión, me encantaría poder centrarme en apreciar ese fenómeno, pero no creo que ¡pueda porque, cuando se dé, va a haber mucho en juego.

—¿Estás de acuerdo con aquéllos que opinan que ésta es la forma de hacer las cosas? —inquirió Thrall—. ¿Con aquéllos que creen que este fenómeno va a permitir invocar el poder de un Aspecto?

—Según cuenta la leyenda, estas lunas se encontraban en conjunción cuando los titanes crearon a los primeros Aspectos —respondió Kalecgos—. En cualquier caso, no creo que vaya a haber un momento mejor para que nuestro vuelo designe como Aspecto a un dragón normal.

—¿De verdad crees que va a suceder algo realmente destacable?

Kalec profirió un suspiro y se pasó la mano por el pelo.

—Hay tantas cosas que no sabemos. Sea como fuere, tendremos un Aspecto, Thrall, y si para ello se requiere que lo designemos por votación así será.

Thrall asintió.

—Es como si todo esto fuera… el final de una gran pieza musical —dijo el orco, mientras intentaba hallar las palabras correctas para expresar su idea—. Un Aspecto es un ser tan poderoso… y ustedes, los dragones azules, son los guardianes de la magia, los centinelas de todo lo deslumbrante e imaginativo. Y, si no queda más remedio que solucionar este dilema votando…

Thrall no acabó de expresar sus pensamientos. Tampoco tenía por qué hacerlo.

Kalec replicó con suma calma.

—He de confesar que no ambiciono el liderazgo, Thrall, pero también he de señalar que, si Arygos se convierte en el Aspecto azul, temo por mi vuelo y por este mundo.

Thrall sonrió.

—No todos los que llegan a ser líderes ambicionan el poder que conlleva ese puesto —afirmó—. Yo no quería ese poder. Pero sí ansiaba ayudar a mi pueblo, sí quería liberarlo, sí quería darle un hogar, sí quería protegerlos para que nuestra cultura y civilización floreciesen.

Kalec lo miró inquisitivamente.

—Por lo que se cuenta, lograste alcanzar todas tus metas. Incluso algunos miembros de la Alianza hablan bien de ti. Se podría decir que tu pueblo te necesita ahora más que nunca, pues el mundo se encuentra en un estado de agitación y turbación nunca antes visto. Pero aquí estás, como un humilde chamán.

—En el pasado, tuve otra misión en la vida —replicó Thrall—. Como bien dices… eran tiempos difíciles para todo el mundo en general y para mi pueblo en particular. Quería ayudar a mi mundo y eso hice. Ahora, debido a un muy, pero que muy extraño giro del destino, me encuentro aquí ayudando de nuevo a mi mundo. En compañía de dragones azules que están a punto de decidir quién de ellos va a ser el próximo Aspecto. Es una tremenda responsabilidad, Kalec, pero por lo poco que he visto creo que eres el mejor candidato. Sólo espero que el resto del vuelo se muestre de acuerdo.

—No me presentaría si hubiera otra salida —aseguró Kalec—. En cierto sentido, no sé qué esperar. No sé si acabaré siendo un Aspecto sólo de nombre o un Aspecto con todos los poderes que uno de ellos debería tener. Me resultaría muy difícil transformarme en un ser tan distinto al que soy ahora. Es algo que nunca me había parado a pensar. Lo cierto es que no hay precedentes. Es… una gran responsabilidad.

Thrall observó a Kalec con sumo detenimiento mientras éste hablaba y creyó entenderlo.

Kalec tenía… miedo.

—Crees que, si al final ese fenómeno invoca a las energías de los Aspectos, dejarás de ser quien eres —dijo Thrall. Era una aseveración, no una pregunta.

Kalec asintió en silencio.

—Desde el punto de vista de casi todos los seres que habitan este mundo, ya soy un ser muy poderoso. Siempre he sido así y, por tanto, me resulta fácil asumir la responsabilidad que conlleva ese poder. Pero… ¿seré capaz de asimilar la que conlleva ser un Aspecto?

Por un momento, apartó la vista hacia un lado y su mirada se perdió en la nada.

—Thrall… un Aspecto es algo más que un mero dragón con poderes extraordinarios. Es algo más… es… —en ese instante vaciló, pues no hallaba las palabras adecuadas—. Cambiaré. No me quedará más remedio. Tengo miedo porque… dos de ellos han acabado volviéndose locos. Alexstrasza también ha caminado sobre la delgada línea de la locura y Nozdormu ha estado a punto de perderse en su propio reino del tiempo. ¿En qué modo cambiaré cuando me transforme en un Aspecto?

Tenía derecho a sentirse asustado. Thrall se había enfrentado a las mismas dudas y temores el día en que Orgrim Doomhammer cayó y lo nombró su sucesor. Él no había pedido asumir el mando de jefe de guerra, pero había tenido que asumir esa responsabilidad. Había dejado de ser quien era, había dejado de ser sólo Thrall, el hijo de Durotan y Draka. Se había convertido en el jefe de guerra. Y, durante años, había llevado esa pesada carga sobre sus hombros. Se había convertido (tal y como Aggra había señalado con su irritante y encantadora franqueza) en un “esclavo” de la Horda.

Kalec, sin embargo, nunca podría renunciar a ser un Aspecto una vez hubiera asumido esa responsabilidad. Podría seguir siendo Kalecgos, el Aspecto de dragón azul, pero nunca volvería ser Kalec a secas. ¿En qué medida eso lo cambiaría?

—Ésa es una cuestión muy importante, amigo mío —replicó Thrall en voz baja—. No sabes en qué medida te afectará. Pero ni siquiera los dragones pueden predecir el futuro. Sólo puedes tomar tus decisiones en base a lo que sabes. En base a lo que tu corazón, tu mente y tu intuición te dicen que es correcto. No debes plantearte la cuestión de que en qué medida te cambiará, pues ya te has hecho la pregunta correcta.

—¿La de qué será de mi pueblo si Arygos se convierte en un Aspecto? — inquirió Kalec.

Thrall asintió.

—¿Lo ves? Ya sabes cuál es la pregunta que debes hacerte, aunque el problema estriba en que ahora no sabes la respuesta con certeza absoluta. No obstante, sí dispones de bastante información como para saber que vas a optar por aceptar la responsabilidad de ser un Aspecto con el fin de poder evitar que Arygos sea el líder del vuelo.

Kalec permaneció un rato en silencio.

—Arygos argumenta que tiene derecho a ser un Aspecto en virtud de su estirpe —afirmó, al fin—. Pero no entiende que todo nuestro vuelo, toda nuestra raza debería ser una sola familia. Deberíamos unimos. Sin embargo, Arygos tiene una opinión muy distinta al respecto que nos impedirá alcanzar ese fin… en realidad, ese tipo de mentalidad siempre ha sido un obstáculo. Si el vuelo lo designa como líder, sí, el vuelo azul no se unirá a los demás vuelos e incluso cada dragón azul será un ente independiente dentro del mismo vuelo. Pero también acabarán muertos o quizá incluso sufran un destino peor —entonces, esbozó una tenue sonrisa—. Eso es lo que me dice la cabeza, el corazón y la intuición.

Entonces, ya has tomado tu decisión.

—Sin embargo, sigo asustado. Y no puedo quitarme esa sensación de encima. Creo que soy un cobarde.

—No —le aseguró Thrall—. Simplemente, eres muy sabio.

* * *

Había llegado el momento.

Thrall se abrigó aún más con esa capa de piel. Se encontraba en una de las plataformas flotantes superiores del Nexo, desde donde tenía una vista perfecta que le permitía contemplar todo el cielo abierto. Algunos dragones, que habían adoptado formas humanoides, se encontraban junto a él, mientras otros simplemente flotaban en el aire a la espera. Aquella noche era más gélida de lo normal porque era muy diáfana; las estrellas relucían con intensidad sobre el telón de fondo de ébano del firmamento. A Thrall le alegraba que hiciera una noche tan clara, aunque eso supusiera soportar más frío. Quería ser testigo de aquel fenómeno tan asombroso e infrecuente; no obstante, los dragones azules le habían asegurado que, si el cielo hubiera estado cubierto, aquel espectáculo habría sido igual de fascinante y bello.

La Dama Blanca y la Niña Azul se hallaban ya muy cerca. El Abrazo iba a tener lugar muy pronto. Los azules permanecían callados y prácticamente inmóviles, lo cual sorprendió a Thrall, pues nunca los había visto así. A pesar de que tenían un fuerte vínculo con el frío, al orco le daba la impresión de que eran un vuelo muy activo y brioso. Los bronces eran más reflexivos a la hora de hablar y actuar; sin duda alguna, eso se debía a que sus palabras y acciones podían afectar en gran manera a los senderos del tiempo y ésa era una responsabilidad abrumadora. Los verdes también eran más serenos, lo cual era normal, ya que habían estado milenios durmiendo. Los azules, sin embargo, parecían tan vivos y repletos de energía como el crepitar y la chispa de la magia que formaba parte inherente de ellos. Poseían un ingenio muy agudo y rápido y se movían con gran celeridad y viveza; no obstante, su temperamento era voluble. Por otro lado, el mero hecho de contemplar a todos ellos inmóviles en esas plataformas o simplemente flotando, con sus ojos clavados en el cielo, totalmente embelesados… lo ponía muy nervioso.

Incluso Kalecgos parecía triste y melancólico. Ahora, al igual que los demás, había adoptado ya su forma de dragón. Aunque, en un principio, Thrall se había sentido más cómodo al conversar con Kalec cuando éste optaba por su forma semielfa, el joven dragón azul se había ido ganando su aprecio, de modo que ahora Kalec era simplemente Kalec para él, sin que importara la forma que eligiera asumir. Thrall se aproximó a él y posó una mano sobre la parte inferior de una de las patas delanteras del poderoso dragón, ya que no llegaba más alto, con intención de reconfortarlo. Era el equivalente a un apretón cariñoso en el hombro. Kalec miró hacia abajo y entornó los ojos al esbozar una sonrisa de agradecimiento. Acto seguido, alzó su descomunal cabeza azul para poder observar el fenómeno celestial.

Thrall meditó sobre lo que estaba viendo y en lo metafórico que resultaba el Abrazo, que representaba el amor de una madre por su hija. Pensó en Malygos. Por todo lo que había observado y escuchado, antes de que lo dominara la locura, Malygos había sido un dragón tan alegre y generoso como Kalec. Lo que Deathwing les había hecho… a él, a los dragones azules, a todos los vuelos de dragón, al mundo entero… Thrall negó con la cabeza, presa de una suma tristeza, al pensar en el funesto destino que había llevado a que la celebración de este evento se convirtiera en una necesidad perentoria.

La Niña se acercaba ahora a la Madre. Thrall sonrió levemente, a pesar de que se encontraba temblando por culpa de aquel brutal frío. Un abrazo. Un momento para detenerse a pensar en el amor, la magia y en que los dos no eran tan distintos.

Ya era demasiado tarde para convencer a nadie, para exponer un razonado argumento sobre por qué Arygos era muy peligroso y Kalec era una mejor opción. Todo lo que se podía decir ya había sido dicho. Cada dragón era un individuo independiente. Cada dragón escogería la opción que creyera correcta. En ese instante, Thrall pensó en Nozdormu y en la naturaleza misma del tiempo y en cómo esa decisión que se iba a tomar ahí ya había sido tomada. Ya no tenía sentido albergar más esperanzas o temores.

Sólo existía ese momento. En el que se encontraba sufriendo mucho frío, rodeado de dragones, observando cómo algo muy hermoso y poco frecuente tenía lugar ante sus ojos. Ese momento pasaría y se transformaría en otro momento. De ese modo, ese momento formada parte del pasado y se perdería para siempre salvo en los recuerdos. Pero, por ahora, disfrutaba del momento presente.

Poco a poco, la Niña Azul se fue acercando más y más hasta que se alineó del todo: tras una larga espera que se había hecho eterna, el fenómeno que tanto habían anhelado estaba teniendo lugar. La luna blanca “abrazaba” a la más pequeña. Thrall sintió que lo embargaba la alegría y una sensación total de paz mientras simplemente observaba aquel fenómeno.

La gélida y fría tranquilidad de aquel momento se vio quebrada por Arygos quien, de un salto, se elevó hacia el cielo. A continuación, se mantuvo flotando en el aire, batiendo sus poderosas alas con fuerza. Entonces, alzó la cabeza y gritó:

—¡Dejen que sea yo quien lidere a mi pueblo! ¡Denme su bendición y conviértanme en un Aspecto! ¡Soy el hijo de Malygos, su poder debería ser mío!

Kalec, que se hallaba junto a Thrall, profirió un grito ahogado.

—No —susurró—. Nos va a destruir a todos…

El atrevido paso que había dado Arygos había atraído la atención de todos los presentes. Los dragones se volvieron, sobresaltados ante aquel arrebato. De inmediato, dejaron de observar el fenómeno celestial y posaron sus miradas sobre Arygos el cual, envalentonado, prosiguió arengando a su vuelo.

—¡Sí! Yo encarno lo que en verdad somos: ni más ni menos que los auténticos amos de la magia. ¡Nosotros somos quienes deberíamos mandar sobre las fuerzas arcanas! Conocen mis capacidades de sobra: si bien aún no soy un Aspecto, soy un digno heredero de mi padre. Creo en los objetivos por los que él luchaba; ¡creo que deberíamos asumir las riendas de nuestros propios destinos! ¡Deberíamos utilizar la magia arcana como una herramienta para alcanzar nuestros fines, deberíamos emplearla en beneficio propio! ¡Para eso existe la magia!

Las lunas, la Madre y la Niña, permanecían ajenas a todo cuanto sucedía en el Nexo. Continuaban brillando suavemente; el brillo de la nieve y la suave superficie de las escamas azules le devolvían reflejado su propio fulgor blanco azulado. Era un instante muy hermoso y cautivador. Thrall se encontró cautivado no sólo por aquel dragón que gritaba y aleteaba en medio de las corrientes de viento, sino también por la quietud y serenidad que reinaba en aquel momento.

Poco a poco, algunos dragones fueron volviendo también la cabeza. Dejaron de prestar atención a Arygos y a su promesa de que utilizarían la magia como una herramienta para lograr sus fines. Se volvieron para contemplar la espectacular vista que les brindaban esos dos astros alineados perfectamente, mientras sus suspiros de asombro se transformaban en vaho bajo el frío.

Thrall se percató de que, entre las dos opciones que se les presentaban (podían optar por Arygos y su apelación a un glorioso pasado y su promesa de un futuro aún más brillante o por contemplar simplemente el Abrazo), el vuelo de dragón azul había optado por la quietud… por la magia… del momento.

Arygos siguió gritando, alardeando y rogando. Aun así, los dragones azules no parecían querer escucharlo. Bajo la luz azul y blanca de las dos lunas, recordaban a estatuas que miraban fijamente el Abrazo. Parecían… sorprendidos de lo hermoso que resultaba ese fenómeno.

Thrall pensó que ese fulgor que combinaba el blanco y el azul proyectaba una suerte de espejismo mágico sobre aquellos leviatanes inmóviles. Parecían brillar con una luz exquisita y ese espejismo resultaba tan fascinante que Thrall dejó de observar a las lunas y posó su mirada sobre los dragones.

Entonces, esa luz varió. Dio la sensación de menguar, dejó de iluminar a Arygos y se posó sobre todos los dragones allí reunidos. Incluso Thrall se vio incluido en su generoso fulgor. Entonces, lentamente, dejó de iluminarlos a ellos también.

Pero no dejó de iluminar a Kalecgos.

De repente, Thrall lo entendió todo.

Aquel ritual no era un ejercicio intelectual. Su finalidad no era que los dragones azules eligieran entre ellos al candidato más idóneo. Su finalidad no era que el “título” de Aspecto se le concediera a alguien que lo usaría únicamente como herramienta en beneficio propio y de su vuelo.

Aquel fenómeno celestial se llamaba el Abrazo por una razón. Porque apelaba al corazón del vuelo de dragón azul y no a su cerebro. El nuevo Aspecto no iba a recibir sus poderes únicamente por su talla intelectual. En su día, los titanes habían creado a los Aspectos al hacer lo que ellos creían que era correcto. Y ahora, en ese momento, estaban haciendo lo mismo.

Cuando Thrall y Kalec habían hablado, los habían escuchado no sólo con su intelecto sino también con su corazón. Habían observado cómo Thrall los miraba y se habían fijado en sus reacciones. Daba la impresión de que lo habían escuchado con suma atención, que habían comprendido su mensaje de que debían vivir el momento, de que debían maravillarse y disfrutar de sus existencias, de sus capacidades, de ser quienes eran. De ese modo, cuando algo realmente hermoso y mágico (cuyo poder de fascinación procedía únicamente de su belleza y de su carácter poco común y que no los tentaba con dominar a otros ni con ostentar el poder) había tenido lugar ante ellos, se habían vuelto a contemplarlo, como una flor busca el sol. De improviso, sus corazones habían pasado de albergar miedo a albergar esperanza, de hallarse cerrados a cal y canto a abrirse de par en par.

El resplandor que rodeaba a Kalecgos incrementó su intensidad, a pesar de que la luminosidad fue abandonando primero a los demás dragones y luego al cielo, pues la Niña Azul dejó atrás el cariñoso abrazo de su madre.

Kalec respiraba cada vez más agitadamente; tenía los ojos abiertos como platos. De repente, ascendió de un salto hacia el cielo. Thrall alzó una mano para protegerse del brillo que emanaba de ese Aspecto recién nacido. En esos instantes, resultaba imposible mirar a Kalecgos, pues era tan brillante como una estrella (no, como un sol), tan radiante, hermoso y aterrador. A partir de ahora, a él le correspondería ser el último bastión de la magia arcana; un poder que su vuelo le había otorgado voluntariamente, henchido de esperanza, amor y confianza, con la intermediación de la Madre y la Niña, haciéndose eco de los deseos que expresaron los titanes hace mucho tiempo.

Súbitamente, sus alas parecieron rasgar el cielo y algo inesperado sucedió.

Kalecgos se rió.

Esas carcajadas de júbilo brotaron de él, brillantes y cristalinas como la nieve, ligeras como una pluma, puras como el amor de una madre. No eran unas carcajadas burlonas propias de alguien victorioso, sino la expresión de una gran alegría que no podía contener, de algo tan fuerte, vital y verdaderamente mágico que debía de ser compartido.

Entonces, Thrall se dio cuenta de que él también se regocijaba. No podía apartar la mirada de aquel dragón de color azul y blanco que balaba por el cielo nocturno. Al instante, lo envolvieron las risas (que sonaban como campanas y resultaban extrañamente dulces) de los dragones allí reunidos. Thrall sentía un alborozo en el corazón totalmente indescriptible. Miró a su alrededor y se sintió muy unido a aquellos grandes dragones en aquel instante mágico, en cuyos ojos también vio asomarse lágrimas de alegría. Sentía su corazón libre de toda pesada carga y henchido de felicidad al mismo tiempo y pensó que, si en ese momento se le ocurría dar un salto, sería capaz de salir volando.

—¡Necios!

Aquel momento mágico acabó hecho añicos ante el grito teñido de furia, indignación y turbación de Arygos.

—¡Son unos estúpidos! ¡Son ustedes quienes han traicionado al vuelo, no yo!

Antes de que Thrall pudiera asimilar el significado de esas paladas, Arygos echó la cabeza hacia atrás y profirió un terrible chillido. El orco se sintió como si ese grito lo hubiera zarandeado físicamente. Ese chillido no estaba compuesto únicamente de aire y voz, sino de magia también, que recorrió la sangre y los huesos de Thrall hasta obligarlo a arrodillarse.

Son ustedes quienes han traicionado al vuelo, no yo…

Alzó la vista y clavó su mirada en el lugar donde Kalecgos, el nuevo Aspecto de Dragón azul, flotaba aún reluciente de magia arcana. Kalecgos era ahora bastante más grande que su antiguo rival, quien ya no parecía un ser tan magnífico, sino más bien una fea mancha en el cielo nocturno. Si bien el glorioso Kalecgos seguía radiante, ya no era una criatura jubilosa, sino un dios de la venganza. A continuación, plegó sus alas y cayó en picado sobre Arygos.

—¡No, Arygos! ¡No permitiré que nos destruyas!

En ese momento, se escuchó un estruendo espantoso; se trataba del aleteo de decenas de poderosas alas. Thrall se quedó atónito al darse cuenta de que una bandada de dragones crepusculares se aproximaba (aunque Thrall jamás había visto uno, sabía que debían serlo). Eran como unos espectros oscuros, como unas sombras vivientes con forma de dragones, que caían en picado sobre la fortaleza de los dragones azules.

Estos reaccionaron con una celeridad asombrosa para tratarse de unas criaturas tan colosales. Antes de que Thrall siquiera se diera cuenta, habían ascendido hacia el cielo e iban raudos y veloces al encuentro del enemigo. El firmamento nocturno brilló al verse surcado por unos tentáculos de color blanco y azul pálido y rasgado por unas erupciones de energía arcana. Thrall posó su mirada sobre Kalec y Arygos, quienes estaban enzarzados en un cruento combate.

—¡Kalec! —exclamó Thrall, quien intentó que el nuevo Aspecto lo escuchara por encima del fragor de la batalla, aunque creía que era imposible—. ¡Cuidado!

Por un momento realmente horrible, dio la impresión de que Kalecgos no lo había oído. Entonces, en el último segundo, éste soltó a Arygos y se apartó a la izquierda. Tres dragones crepusculares se dirigían directamente hacia Arygos pero, en el último instante, se volvieron incorpóreos y atravesaron a su aliado azul sin lastimarlo. A continuación, viraron para sumarse a la refriega.

Thrall intuyó más que oyó que tenía una dragona a la espalda. Al instante, el orco se giró, apretó los dientes con fuerza y blandió a Doomhammer con ambas manos. La iba a atacar con todas su fuerzas para proteger a ese vuelo de dragón al que había llegado a respetar y a admirar, al que había venido a ayudar a sanar.

Lo iba a defender con su propia vida.

Aquella dragona crepuscular, que era muy hermosa y aterradora, abrió sus fauces, tras las cuales había unos dientes casi tan grandes como Thrall entero. Tenía las patas delanteras extendidas y las garras dispuestas a capturar, rasgar y desgarrar si sus fauces no lo hacían primero.

A Thrall estuvo a punto de escapársele su célebre grito de batalla: “¡Por la Horda!”, pero se contuvo. Ya no luchaba sólo por la Horda. Luchaba por mucha más gente: por la Alianza, por el Anillo de la Tierra, por el Círculo Cenarion y por los desunidos vuelos de dragón.

Luchaba por Azeroth.

Alzó su martillo. La dragona crepuscular se encontraba ya casi encima de él.

De improviso, Thrall se vio elevado unos quince metros en el aire. Algo muy fuerte, implacable y seguro lo agarraba del torso. Miró hacia bajo y se percató de que ese algo eran unas garras. Entonces, oyó decir a Kalec:

—¡Súbete a mi espalda, rápido! ¡Ahí estarás más seguro!

Thrall sabía que tenía razón. Kalec colocó al orco en sus enormes hombros, de los que brotaban unas descomunales alas, y abrió la garra. Thrall saltó, voló por los aires unos segundos y acabó aterrizando sobre la ancha espalda de Kalec.

A pesar de que los dragones azules practicaban una magia intelectual y emocionalmente fría, Thrall notó que la piel de Kalecgos estaba caliente. Más caliente que la de Desharin o Tick, los otros dos dragones que había montado hasta entonces. Si lo que Thrall había experimentado al volar sobre los otros dos dragones pudiera compararse con un susurro, lo que experimentó a lomos del Aspecto Azul fue un grito de júbilo. La energía, el crepitar de la magia, fluyó a través de Thrall, quien se aferró con fuerza a Kalecgos mientas éste caía en picado, viraba y volaba a gran velocidad. Kalec se abalanzó sobre un par de dragones crepusculares, a los que atacó con su aliento gélido y letal. Sus adversarios gimieron presas de una tremenda agonía y se tomaron translúcidos; sin embargo, las partes de su cuerpo que habían sido alcanzadas por el aliento de Kalec seguían sólidas, pues se habían congelado. Kalec se giró y golpeó a uno de ellos con su cola, haciendo así añicos la pata delantera que tenía congelada. Como el otro tenía un ala helada, cayó hacia el suelo presa del pánico, pues no podía mantenerse en el aire con una sola ala.

El orco y el Aspecto estaban sincronizados de manera perfecta. Thrall parecía estar soldado a la espalda de Kalec y no sentía ningún temor cuando aquel colosal ser caía en picado, se ladeaba o cambiaba de rumbo. Kalec atacó a sus enemigos con magia, con espejismos que llevaron a un dragón crepuscular a volar en una dirección equivocada mientras Kalec se lanzaba sobre otro, a la vez que pasaba lo bastante cerca de un tercero como para que Thrall lanzara su ataque.

—¡Atízalos en la base del cráneo! —gritó Kalecgos.

Sin pensárselo dos veces, Thrall dio un salto, en perfecta sincronía con Kalecgos. Acto seguido, aterrizó sobre el cuello de uno de los dragones crepusculares al que golpeó con el Doomhammer justo donde Kalec le había dicho que golpeara. Aquel ataque sorprendió tanto a aquella bestia que ni siquiera intentó volverse incorpórea, sino que murió al instante y cayó en barrena hacia el suelo. De inmediato, Kalec se colocó a la par del dragón muerto para recoger a Thrall, quien saltó de la espalda de un dragón a otro. El Aspecto batió sus alas y ascendieron de inmediato, dispuestos a seguir batallando. El orco miró a su alrededor; no se sentía muy cansado, tenía todos sus sentidos centrados al máximo en la batalla y se permitió el lujo de esbozar una pequeña sonrisa.

Los dragones azules estaban ganando.

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