Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Trece

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosThrall no se sentía nada cómodo con la idea de tener que visitar al vuelo de dragón azul en su propia guarida. Si bien ya se había encontrado ante varios de esos grandes leviatanes, eso no implicaba que hubiera dejado de considerarlos unos seres majestuosos. En realidad, cuanto más sabía acerca de los dragones, más impresionado se hallaba. Daba igual que fueran verdes, bronces… o que se tratara de la desconsolada Protectora, quien podría decirse que era la dragona más poderosa de todo Azeroth… cualquier dragón, hasta el menos poderoso de ellos, podría destruirlo con un solo golpe de cola o aplastarlo con sus garras.

Lo habían impresionado no sólo en el plano físico. Sus mentes superaban con creces a las de las razas “de vidas fugaces”, como solían llamarlas. Pensaban a gran escala; Thrall era consciente de que, por muchos años que viviera, nunca llegaría a comprender una mera fracción de su complejidad; cómo atestiguaban las ensoñaciones de Ysera quien, incluso ahora que era la Despierta, era capaz de ver cosas que ningún otro ser había visto o jamás sería capaz de ver; la capacidad de Nozdormu de desplegar todos los instantes de una vida en sus escamas; el terrible dolor de alguien que albergaba en su corazón toda la compasión del mundo…

Ahora, Thrall y Tick se dirigían directamente a la guarida del vuelo de dragón que tantos problemas y sufrimientos había causado últimamente… cuyo Aspecto había sido escogido en su día para ser guardián de la magia arcana del mundo. Malygos se había vuelto loco y, una vez recuperó la cordura, había hecho cosas mucho peores que cuando se había hallado en las garras de la demencia. Aunque Thrall no había caminado por el Sueño Esmeralda, sí había intercambiado pullas y chanzas con Desharin.

También había hecho todo lo posible por ayudar a Alexstrasza quien, destrozada emocionalmente, se había refugiado en lo alto de una montaña. Asimismo, había sido capaz de recordar una gran verdad al Atemporal.

Pero los dragones azules eran harina de otro costal…

Ese vuelo dominaba la magia arcana y vivía en lugares donde predominaba el color azul del hielo y el blanco de la nieve, donde predominaban los climas tan fríos como se decía que eran ellos. Ese vuelo despreciaba a las “razas inferiores”.

Se rió entre dientes con cierto pesar al imaginarse los derroteros por los que iba a transcurrir esa reunión.

—Tal vez debería haberme quedado en casa —le comentó a Tick.

—Si hubieras hecho eso, este sendero del tiempo habría acabado siendo alterado aún más —reflexionó Tick—. Y, entonces, mis hermanos estarían aún más atareados.

A Thrall le costó un rato darse cuenta de que, a pesar de que la dragona bronce hablaba en serio hasta cierto punto, estaba intentando, al mismo tiempo, hacer un comentario jocoso. El orco se rió a mandíbula batiente.

Poco después, el color gris azulado del gélido océano que se hallaba a sus pies (que era lo único que Thrall había visto durante gran parte del viaje) dio paso a unos acantilados grises y blancos. Aunque el orco había visto muchos lugares impresionantes a lo largo de su existencia, el Nexo superaba prácticamente a todos ellos.

Ahí todo era azul, con alguna que otra pincelada plateada y blanca aquí y allá. Varios discos planos flotaban en el aire, esparcidos por todo el Nexo. A medida que Tick se iba acercando, Thrall pudo comprobar que esos discos eran plataformas, cuyo suelo estaba ornamentado con unos relucientes símbolos incrustados en él. En algunos de esos discos también había unos árboles cristalinos muy hermosos, cuyas ramas parecían hechas de hielo y cuyas hojas parecían hechas de escarcha.

Daba la impresión de que el Nexo constaba de varios niveles, cada uno de los cuales estaba conectado al superior por unas hebras de energía arcana. Era una de las cosas más bellas que jamás había visto Thrall. Por otro lado, varios dragones trazaban círculos en el aire perezosamente y sus cuerpos mostraban diversas tonalidades cerúleas, aguamarinas o cobaltos.

Como cabía esperar, Thrall y Tick fueron divisados de inmediato. Al instante, cuatro dragones azules se separaron del resto de sus hermanos y se aproximaron a los intrusos. Se mostraron desafiantes con la poderosa dragona bronce y no con Thrall a quien, por el momento, ignoraron por completo.

—Saludos, hermana bronce —dijo uno de ellos, mientras se acercaban formando un círculo un tanto deslavazado y aparentemente casual, pero no por ello menos intimidante, alrededor de Tick—. No obstante, el Nexo no es un sendero del tiempo que debas explorar. ¿Por qué has venido a nuestro santuario? Nadie te ha invitado.

—No soy yo quien ha venido a verlos, sino este orco que porto sobre mí — respondió Tick—. Ni soy yo quien lo envía. Inició su misión bajo el auspicio de Ysera la Despierta y luego recibió instrucciones de Nozdormu el Atemporal de que debía acudir a este lugar. Se llama Thrall.

Los dragones azules intercambiaron miradas.

—Para ser una criatura de vida fugaz, viene muy bien recomendado —comentó uno de ellos.

—Thrall —dijo otro, como si intentara recordar—. El jefe de guerra de la

Horda.

—Ya no lo soy —lo corrigió el orco—. Sólo soy un chamán que colabora con el Anillo de la Tierra para intentar sanar a un mundo que se encuentra brutalmente herido por culpa de los actos de Deathwing.

Por un instante, Thrall se preguntó si no habría sido mejor que hubiera omitido esa última frase. Al instante, los dragones azules se enfurecieron y uno de ellos se alejó raudo y veloz, giró en el aire y volvió; obviamente, había hecho eso para calmarse.

—Ese traidor intentó que nuestro vuelo fuera destruido totalmente —aseveró uno de ellos, cuya voz era tan fría como el hielo azul al que tanto recordaba—. Informaremos a los demás de que han llegado. Aguarden aquí hasta que les permitamos aproximarlos más o les ordenemos marcharse.

Sin más dilación los dragones, cuyas siluetas azules contrastaban con el color azul marino y lavanda del firmamento, se alejaron. Para sorpresa de Thrall, no se posaron sobre una de las plataformas flotantes del Nexo, sino que cayeron en picado hacia el hielo y la nieve del suelo.

* * *

Kalecgos profirió un suspiro. Allá vamos de nuevo, pensó, sin apartar la mirada del techo de hielo que trazaba un arco sobre aquella gran y tenebrosa sala de reuniones.

Los miembros del vuelo azul habían debatido mucho entre ellos y, a diario, llegaban más al Nexo para engrosar sus menguadas filas, pero Kalecgos no tenía la sensación de que hubieran llegado a alguna conclusión firme.

En lo único que la mayoría estaba de acuerdo era en que la conjunción entre las dos lunas era un buen presagio, pero coincidían en poco más. Un par de ellos habían desempolvado algunos conjuros antiguos que querían probar. Sin embargo, estudios posteriores habían demostrado que no eran adecuados para alcanzar el fin que perseguían. Por ahora, daba la sensación de que los azules se contentaban con “ungir”, con designar a uno de ellos, mientras se producía ese fenómeno astrológico que, sin lugar a dudas, iba a ser un momento visualmente impactante. No obstante, lo iban a hacer sin ninguna convicción, sin estar para nada seguros de que eso era lo correcto.

Arygos argumentaba que él era la mejor opción en virtud de su estirpe, pues era el hijo de Malygos. Kalec ya había escuchado ese razonamiento con anterioridad, pero se encontraba demasiado abatido como para interrumpir el discurso de Arygos. Sin embargo, en cuanto se fijó en dos azules más se aproximaban, frunció el ceño, picado por la curiosidad.

No se trataba de dos recién llegados al Nexo, sino de dos de los protectores de ese lugar. Aterrizaron junto a Arygos, interrumpiendo así su discurso, y le comentaron algo en voz baja.

Arygos parecía hallarse bastante contrariado.

—¡De ninguna manera! —les espetó.

—Narygos, ¿qué pasa? —inquirió Kalec.

—No te inmiscuyas en esto —replicó Arygos con suma celeridad y, al instante, dio una orden rotunda a Narygos—. Mátenlo.

—¿A quién? —exigió saber Kalec, ignorando la sutil advertencia que le había lanzado Arygos, a quien se acercó raudo y veloz—. Narygos, ¿qué ha ocurrido?

Narygos dejó de mirar a Arygos y posó la mirada sobre Kalec y entonces dijo:

—Un desconocido quiere hablar con nosotros. Es una criatura de las razas inferiores, un orco llamado Thrall, que en su día fue jefe de guerra de lo que ahora se conoce como la Horda. Tanto él como la dragona bronce que lo ha traído aquí insisten en que tanto Ysera como Nozdormu lo han enviado para parlamentar con nosotros.

A Kalec se le erizaron las orejas inmediatamente.

—¿Nozdormu ha regresado?

—Eso parece —contestó Narygos.

Kalec miró anonadado a Arygos.

—¿Van a matar a alguien a quien envían dos Aspectos? —les espetó Kalecgos, en voz alta y con suma incredulidad—. ¿A alguien que viaja a lomos de un dragón que se muestra dispuesto a llevarlo de un lugar a otro?

Como estaban atrayendo la atención de los demás, Arygos esbozó un gesto de contrariedad.

—Muy bien. No le hagan daño —ordenó Arygos—. No obstante, un miembro de las razas inferiores no pinta nada en este lugar. No pienso recibirlo.

Kalec, furioso, se volvió hacia Narygos.

—Yo lo recibiré —replicó—. Tráiganlo.

—Si los mismos titanes lo hubieran enviado, tampoco lo recibiría. ¡No pienso recibir en audiencia a un ser de vida fugaz en nuestro refugio privado! —exclamó Arygos, quien se encontraba lívido.

Se paseaba de un lado a otro, sin parar de mover su enorme cola, plegando y desplegando continuamente sus alas, presa de una suma agitación. Los demás habían escuchado la discusión que se había desatado entre ambos y empezaron a meter baza en la conversación.

—Pero si lo envían… ¡Ysera y Nozdormu, ni más ni menos! — protestó Narygos—. Ésta no es una visita normal. En sus sueños, Ysera es capaz de ver lo que nadie ve. Además, este orco ha sido capaz de encontrar al Atemporal cuando el propio vuelo de Nozdormu había sido incapaz de lograrlo. ¡Seguro que por escucharlo no perdemos nada!

—A veces, esas mal llamadas por algunos “razas inferiores” nos han sorprendido. Son capaces de mucho más de lo que creemos. Además, el hecho de que dos Aspectos lo hayan exhortado a presentarse aquí me parece una carta de presentación más que suficiente —afirmó Kalec—. Yo digo que deberíamos traerlo aquí para ver qué tiene que decir.

—No me extraña que opines así —replicó burlonamente Arygos—. Te gusta revolearte en el fango con los seres inferiores. En ese sentido, nunca te he comprendido, Kalecgos.

Kalec contempló a Arygos con suma tristeza.

—Y yo nunca he entendido que siempre te niegues a recibir ayuda o información si ésta procede de una fuente que no sea tu propio vuelo —replicó—. ¿Por qué los desprecias tanto? ¡Fueron las razas de vidas fugaces las que te liberaron de tu reclusión de mil años en Ahn’Qiraj! Creo que, al menos, deberías estarles agradecido.

Antes de que Arygos pudiera lanzar una contestación furibunda y teñida de vergüenza, otro dragón más anciano, llamado Teralygos, exclamó:

—¡Nadie conoce mejor todo cuanto incumbe a nuestro vuelo que nosotros mismos!

—¡En efecto! Además, tenemos que ocupamos de ciertos asuntos mucho más acuciantes, Kalecgos, ¿o acaso ya lo has olvidado? —señaló Arygos—. La ceremonia en la que se elegirá a un nuevo Aspecto se celebrará en sólo unos días. Deberíamos estar preparándonos para eso. ¡No deberíamos distraemos con la cháchara inane de un orco!

—Mátenlo y se acabó —masculló Teralygos.

Kalec se giró hacia él.

—No. No somos asesinos. Además, ¿vas a ser tú quien comunique personalmente a Ysera y a Nozdormu que has asesinado a alguien que habían enviado a hablar con nosotros? Porque yo no voy a hacerlo. Por muy desorientada que Ysera pueda estar aún.

Una oleada de murmullos se extendió entre los dragones y Kalec pudo comprobar que algunos asentían.

—Dejemos que el orco se presente ante nosotros y nos cuente cuáles son las razones por las que ha venido —prosiguió diciendo Kalec—. Si no nos gusta lo que tiene que decir, podemos pedirle que se vaya. Pero, al menos, démosle la oportunidad de hablar.

Arygos le lanzó una mirada furibunda, pero él también se había dado cuenta de que el resto de los dragones apoyaban más la postura de Kalecgos que la suya.

—Según parece, Ysera y Nozdormu tienen más predicamento entre el vuelo de dragón que nosotros mismos —masculló.

—Todavía no eres un Aspecto, Arygos —replicó Kalec con gran brusquedad—. Si eres elegido, tendrás la última palabra en todo. Hasta entonces, como no contamos con un líder, se hará lo que dicte la mayoría.

Arygos se volvió hacia Narygos.

—Tráiganlo —le ordenó.

Narygos asintió y de un salto ascendió hacia el cielo. Acto seguido, Arygos se dio la vuelta y frunció el ceño. Kalecgos había asumido su forma semielfa. Y algunos otros dragones también habían adoptado otras formas menos amenazadoras, formas humanas o elfas, en un esfuerzo por mostrarse corteses con su visitante. Arygos, sin embargo, no los imitó y mantuvo su forma de dragón.

Kalecgos miró a su alrededor y concluyó que esa cámara no resultaba muy acogedora para alguien que no fuera un dragón azul. Así que se concentró y gesticuló con las manos.

Súbitamente, aparecieron dos braseros en una zona de esa caverna. También aparecieron de la nada decenas de pieles que cubrieron varios metros de suelo, así como una capa bastante gruesa de piel que estaba colocada sobre el brazo curvo de una silla hecha de pellejo y colmillos de mamut. Asimismo, ahora había comida y bebida en una mesita (filetes de carne, manzanas de cactus y jarras de espumosa cerveza), y en los muros de piedra se exhibían diversas cabezas de animales y varias armas: hachas, espadas y dagas de aspecto vil.

Kalec sonrió. Aunque estaba más acostumbrado a relacionarse con las razas de la Alianza, era un dragón de mundo y por eso había decidido crear un ambiente confortable para un miembro de la Horda en el mismo corazón del territorio de los dragones azules.

Unos instantes después una dragona bronce, que iba escoltada por cuatro dragones azules, hizo acto de presencia. Volaba bajo, a pesar de que se hallaba en una caverna muy vasta; pues, al fin y al cabo, daba cobijo a muchos dragones. Kalecgos la reconoció. Era Tick, una de las dragonas que patrullaba regularmente la entrada a las Cavernas del Tiempo. Que una dragona bronce tan notable estuviera dispuesta a servir como mero medio de transporte para ese orco era una clara señal de que Thrall era muy importante.

Kalec observó detenidamente a su invitado orco. Iba ataviado con una túnica marrón muy insulsa e hizo una reverencia cortés a los dragones allí reunidos. Aun así, cuando se enderezó, se percató, gracias a la forma en que se encontraba erguido y a la lucidez serena que se reflejaba en sus ojos azules, de que en el pasado había sido un líder muy poderoso, reflexivo y considerado. Entonces, Kalec esbozó una sonrisa afectuosa y se dispuso a hablar.

—Se te ha permitido entrar únicamente porque dos Aspectos te envían, Thrall —le indicó Arygos antes de que Kalec pudiera pronunciar una sola palabra—. Te sugiero que digas todo cuanto tengas que decir con la mayor brevedad y concisión posible. Aquí no te encuentras entre amigos.

El orco sonrió levemente.

—No esperaba estarlo —replicó—. Estoy aquí porque creo en la importancia de mi misión. Contaré lo que he de contarles con toda la brevedad posible, pero es probable que me lleve más tiempo del que piensan.

—Entonces, empieza—le espetó Arygos.

Thrall respiró hondo e inició su relato; les contó a los dragones que Ysera le había encomendado una misión, que se había encontrado con los confusos ancestros, que se había perdido en los senderos del tiempo, pero que al final se había encontrado a sí mismo y también a Nozdormu. A pesar de la brusquedad con la que lo había tratado Arygos, el resto de dragones lo escucharon con suma atención. Esos dragones encamaban la magia y el intelecto. El conocimiento era un manjar para ellos, aunque su portador fuera un orco.

—Nozdormu cree que todos estos acontecimientos… todas estas tragedias… que han asolado a los vuelos de dragón, están relacionados —concluyó Thrall—. Sospecha que el vuelo de dragón infinito está detrás de todo esto y, en estos momentos, está recopilando más información para poder presentarse más adelante ante ustedes. Me ordenó que diera con la Protectora y la convenciera de que debía acompañarme al Nexo, pero… ha sufrido una terrible pérdida y se encuentra aún tremendamente conmocionada. Por último, Tick ha accedido amablemente a traerme hasta aquí. Esto es todo lo que sé, pero si quieren preguntarme cualquier cosa al respecto les contestaré lo mejor que pueda. Estoy más que dispuesto a ayudar.

Kalec miraba fijamente al orco; se encontraba estupefacto ante esas revelaciones.

—Son unas noticias… asombrosas —afirmó, a la vez que veía su propia aprensión y preocupación reflejada en los semblantes de muchos de los demás dragones azules.

Pero no en todos ellos. Arygos y su camarilla parecían no sentirse afectados por aquellas estremecedoras noticias.

—Con todo respeto a Ysera, tiene mucho en qué pensar tras pasarse miles de años residiendo casi por entero en el Sueño Esmeralda. En más de una ocasión, ha admitido que sigue… confusa, que no sabe distinguir entre la realidad, el sueño y su propia imaginación. En lo que a Nozdormu respecta, has dicho que había sido… quedado atrapado en sus propios senderos del tiempo, ¿verdad? Y que lo ayudaste a escapar, ¿no? Por favor, explícanos cómo lo hiciste.

Si bien a Thrall se le oscurecieron levemente las mejillas, ya que el escepticismo de Arygos lo enfureció, se mantuvo impertérrito y, cuando decidió hablar, lo hizo con suma calma.

—Entiendo tus dudas, Arygos. Yo mismo albergo muchas. Pero, según parece, Ysera tenía razón. Por el momento, he prestado mí ayuda de forma muy eficaz a un par de vuelos de dragón… aunque he fracasado con Alexstrasza. Si estás sugiriendo que Nozdormu se encuentra sumido en una honda confusión por lo que ha vivido recientemente en los senderos del tiempo, te conmino a que preguntes a Tick qué piensa al respecto. En mi opinión, Nozdormu piensa con suma claridad Por otro lado, te preguntas cómo es posible que yo, un mero orco, fuera capaz de rescatar al Atemporal. Oh, pues fue muy simple.

Ese último comentario despertó una oleada de murmullos furiosos entre los ofendidos dragones. Entonces, Thrall alzó una mano.

—No quiero menospreciar a nadie cuando digo que fue muy “simple”. No hay que confundir “simple” con “sencillo”. He aprendido que las cosas que pueden parecer más simples son a menudo las más poderosas. Al fin y al cabo, son las más importantes. En el caso de Nozdormu… para poder liberar a alguien que se hallaba atrapado en todos los momentos del tiempo, tuve que aprender a estar en realidad en un solo momento… en “el” momento.

De inmediato, Arygos mostró su desaprobación de forma aún más diáfana.

—¡Cualquiera puede hacer eso!

—Cualquiera puede —admitió Thrall al instante—. Pero nadie lo ha hecho. Estar en el momento es una idea muy simple… pero tuve que dar con ella por mí mismo y aprender a llevarla a cabo yo solo— entonces, sonrió humildemente al comprobar que en algunos de esos dragones la ira daba paso a la reflexión—. Si bien era una lección muy simple, aprenderla no lo fue tanto. Y lo que uno mejor puede enseñar es lo que ha aprendido por sí mismo. Si he podido ayudar a dos Aspectos… quizá también pueda ayudarlos a ustedes.

—Ahora mismo, nuestro vuelo carece de un Aspecto —aseveró Arygos—. Además, es un problema que nunca antes se nos había presentado y ante el que estamos perplejos, por lo que dudo mucho que puedas sernos de ayuda.

—Para mí también resulta algo nuevo y complejo. En ese sentido, nos encontramos a la par.

Los dragones azules ahí congregados se rieron a mandíbula batiente, incluso aquéllos que estaban aliados con Arygos.

—Orco, no olvides que estás aquí en calidad de invitado de nuestro vuelo — afirmó Arygos, con un tono de voz un tanto amenazante—. Más te vale no burlarte de nosotros.

Kalec profirió un suspiro; antes de sumirse en la locura, Malygos había sido conocido por un gran sentido del humor y su tremenda alegría, dos cualidades de las que, al parecer, su hijo carecía.

—Arygos no se burla de nadie; simplemente, expone una idea muy seria de un modo jocoso. Vivimos tiempos inciertos. Estamos abriendo nuevos caminos, haciendo historia como ni siquiera los Aspectos han hecho jamás. Thrall se ha presentado aquí con el apoyo de dos Aspectos. ¿Qué puede haber de malo en dejar que exprese su opinión? —preguntó retóricamente Kalec, extendiendo los brazos—. No es uno de nosotros y es perfectamente consciente de ello. Por tanto, su opinión sólo puede influenciamos en la medida que nosotros queramos. Quizá él vea cosas que a nosotros se nos han pasado por alto. Creo que sería un grave error no dejar que se quede a observar para que luego pueda expresar su punto de vista.

Arygos se estremeció y alzó con orgullo la cabeza. Acto seguido, bajó la vista para contemplar arrogantemente a la diminuta forma semielfa que se encontraba allá abajo.

—Si pudieras, proporcionarías a todos los miembros de las razas inferiores un suave lecho y grandes cantidades de comida —replicó a modo de burla.

Kalec sonrió con delicadeza.

—No sé qué puede haber de malo en esa forma de pensar. Sólo es un orco. No me puedo creer que le tengas tanto miedo.

Ese último comentario fue la gota que colmó el vaso. Arygos golpeó fuertemente el suelo con su cola, presa de la cólera, y todos aquéllos que compartían su forma de ver las cosas se sintieron ofendidos también.

—¡¿Cómo te atreves a insinuar que temo a ese miserable orco cuando podría aplastarlo con una sola de mis garras?!

—Entonces, si se queda, no debería haber ningún problema, ¿verdad? —replicó Kalec sin perder la sonrisa.

Arygos se quedó petrificado de repente. Entornó tanto los ojos que parecían únicamente dos estrechas ranuras y se quedó mirando fijamente a Kalecgos durante largo rato.

—No temo para nada a ese ser inferior. No obstante, lo que estamos debatiendo aquí tendrá profundas consecuencias para el vuelo de dragón azul. No sé si es apropiado que un ser inferior sea testigo de todo esto y mucho menos que participe en este debate.

Kalec se cruzó de brazos y miró fijamente de manera escrutadora durante un largo rato al orco. Por alguna extraña razón, intuía que Thrall debía estar presente. Y por algo más que el mero respeto que todo dragón debía de tener a la opinión de un Aspecto (en el caso de Thrall, se trataba de la opinión de dos Aspectos). Si el mundo se enfrentaba de verdad a ese tremendo peligro que Nozdormu había entrevisto, los azules no se podían permitir el lujo de ignorar ningún buen consejo, con independencia de quién lo diera. Asimismo, no podían permitirse el lujo de aislarse del resto del mundo llevados por una falsa sensación de superioridad cuyo origen era la ignorancia y la arrogancia. A continuación, posó su penetrante mirada sobre Tick y alzó una ceja de manera inquisitiva. La dragona bronce le sostuvo la mirada. En esos ojos, Kalec pudo ver que reinaba la misma certeza inquebrantable que se reflejaba en los suyos.

Entonces, tomó una decisión. Era un riesgo calculado, pero era [plenamente consciente de que tenía que tomar esa decisión.

—Si Thrall no se queda —dijo con suma calma—, yo me voy.

Al instante, se escucharon murmullos de descontento. Y, si bien Arygos no pronunció palabra, su cola se retorció furiosamente.

—Honré y respeté a tu padre, a Malygos… tanto por ser quién era como por el Aspecto que encamaba. Pero tomó muchas decisiones erróneas… con consecuencias nefastas no sólo para otros, sino para nosotros mismos. Quizá sea verdad que nosotros también hemos escogido el sendero incorrecto. No obstante, mientras aún me quede aliento, mientras aún albergue un hálito de vida en mi cuerpo, no recorreré ese sendero a sabiendas. Thrall debería quedarse aquí; ha hecho ya casi tanto por los vuelos de dragón como la mayoría de dragones. Lo repito: si él se va, yo me voy. Y no seré el único.

No era una amenaza baladí. Si Arygos pretendía forzar que se produjera una división en el vuelo, ése era el momento y el lugar para hacerlo. Kalecgos no se marcharía solo del Nexo. Pero Arygos no podía permitirse el lujo de que eso ocurriera, pues sobre el futuro del vuelo planeaba la sombra de una gran incertidumbre.

Arygos permaneció callado varios segundos. Acto seguido, se acercó a Thrall con gran celeridad y agachó la cabeza hasta que ésta se encontró a sólo unos centímetros del orco.

—Recuerda que estás aquí en calidad de invitado —lo advirtió : Arygos con una voz atronadora, repitiendo las palabras que había pronunciado antes—. Te comportarás de manera respetuosa y cortés y obedecerás nuestros deseos.

—Soy un embajador —replicó Thrall—. Sé qué he de hacer. En su día, traté con muchos embajadores, Arygos. Yo sé perfectamente en qué consisten el respeto y la cortesía.

Dio la impresión de que el orco enfatizaba especialmente la palabra “yo”. Las fosas nasales de Arygos se hincharon y, a continuación, se volvió hacia la dragona bronce.

—Tick, ya no es necesario que sigas aquí. Thrall pasa a ser ahora nuestra responsabilidad.

Esas palabras parecieron molestar ligeramente a Tick quien, acto seguido, hizo una reverencia tan profunda que ralló la insolencia.

—Entonces, regresaré con mi vuelo. Cuida bien de él, Arygos.

Tras observarla marchar, Arygos se giró hacia los dragones azules allí reunidos.

—Tengo entendido que quizá contemos con nueva información sobre cómo… llevar a cabo este… ritual —aseveró—. Escuchemos a los magos que acaban de regresar.

Al final, resultó que los recién llegados tenían muy poca información nueva que revelar. Como suele pasar con los eruditos que se centran excesivamente en las nimiedades de lo arcano, se hallaban muy emocionados por haber descubierto unos cuantos detalles que podían arrojar algo de luz sobre el proceso de designación de un nuevo Aspecto, pero no explicaron nada que fuera relevante. Tras varias discusiones y acalorados debates (uno de los cuales acabó a gritos; además, poco faltó para que uno de los seguidores de Kalec fuera agredido), se alcanzó un acuerdo: proseguirían las investigaciones por si cabía la posibilidad de que descubrieran algo nuevo.

Thrall permaneció sentado en silencio en la pequeña área que tenía reservada, donde comió y bebió, escuchó y observó. No dijo casi nada; sólo habló una vez para pedir que le clarificasen una cosa. El resto del tiempo se limitó a observar, recostado y con los brazos cruzados sobre su amplio pecho.

Cuando acabó la reunión, los dragones no se marcharon de inmediato, sino que muchos se dedicaron mirar de soslayo al orco. No obstante, al final, la mayoría de los dragones azules se fueron. Arygos fue el último en partir. Se detuvo en la salida de la caverna, alzó la cabeza y giró el cuello hacia atrás para lanzarle al orco una mirada iracunda sin mediar palabra. Thrall no se acobardó ante esa mirada teñida de furia. Entonces, Arygos entornó los ojos, se volvió y se marchó.

Kalecgos suspiró de alivio, conjuró otra silla rudimentaria más y se sentó de golpe en ella. Se apoyó con los codos sobre la mesa y se frotó los ojos, presa de un gran cansancio.

—He notado que ha habido un poco de tensión en la reunión — comentó Thrall irónicamente.

Kalec se rió. Acto seguido, hizo un gesto con la mano y conjuró una copa de vino a la que dio un sorbo.

—Me temo que te quedas muy corto en tu apreciación, amigo Thrall. Sólo esta tarde, he tenido la sensación de que se iba a producir un estallido de violencia de un momento a otro en tres ocasiones distintas. Tal vez tu presencia aquí haya obligado a Arygos a mantener las formas. Después de lo que le sucedió a su padre, estoy seguro de que no habrá querido dar la impresión de que posee un temperamento muy voluble ante alguien que viene recomendado por dos Aspectos. Sólo por eso, algún día, pienso invitarte a una copa en alguna taberna cuando menos te lo esperes.

Kalec sonrió de oreja a oreja, y la chispa del júbilo se asomó a sus ojos. Thrall le devolvió la sonrisa. Le caía bien Kalec. El joven dragón azul parecía hallarse bastante a gusto con la forma semielfa que había adoptado. El orco se dio cuenta de que le recordaba a Desharin, lo cual provocó que lo invadiera un poco la amargura y la sonrisa se le borrara de la cara.

Kalec se percató de ello.

—¿Algo va mal?

—En el transcurso de esta misión, me encontré con otro dragón que se parecía mucho a ti. Se llamaba Desharin. Era…

—Un dragón verde —finalizó la frase Kalec, con una mirada sombría—. Te has referido a él en pasado.

Thrall asintió.

—Me ayudó en mi misión. Me llevó hasta las Cavernas del Tiempo- Fue ahí donde lo mató un asesino que nos tendió una emboscada justo cuando nos sumíamos en un estado de meditación.

El orco no pudo evitar que la furia tiñera su tono de voz. Kalec asintió y dijo:

—Un método efectivo de matar… pero también una manera muy cobarde de luchar.

Thrall permaneció callado un momento.

—Sí —replicó—. Descubrí la identidad de ese asesino en el último sendero del tiempo en que quedé atrapado. Con casi toda seguridad no te sonará de nada el nombre de Aedelas Blackmoore, de lo cual me alegro. Por fortuna, en este sendero del tiempo no llegó a nada. Fue quien me encontró cuando era un bebé y me entrenó para que fuera un gladiador. Su meta era convertirme en el líder de un ejército de orcos que derrotara a la Alianza.

—Fracasó, obviamente —apostilló Kalec.

—En este sendero, sí. Pero, en ese otro… yo morí siendo aún un bebé, y Blackmoore acabó convirtiéndose en el líder de ese ejército.

—Un escenario escalofriante —señaló Kalec— pero, por lo que me has contado, te atacó fuera de los senderos del tiempo. ¿Cómo…? —entonces, abrió los ojos como platos al darse cuenta súbitamente de la respuesta—. El vuelo infinito de dragón debió de sacarlo de su sendero para que te persiguiera.

Thrall asintió.

—Resulta… perturbador que sean capaces de hacer algo así — prosiguió diciendo el dragón azul.

—Todo cuanto he aprendido desde que inicié esta misión resulta perturbador — afirmó Thrall quien, a continuación, posó la mirada sobre su jarra—. Menos una cosa: he aprendido que la cerveza conjurada sabe deliciosa.

A continuación, brindó por su anfitrión con una leve sonrisa.

Kalecgos echó la cabeza hacia atrás y se desternilló de risa.

* * *

Esa noche ambas lunas estaban casi llenas, lo cual era un fenómeno natural inevitable. Arygos no podía esperar otra noche más para hacer lo que debía hacer. Como dragón azul que era, no sentía el frío mientras sus alas lo llevaban volando a través de la gélida noche, que era tan clara que las estrellas parecían esquirlas de hielo en el cielo.

Viró de dirección a menudo para cerciorarse al máximo de que nadie lo seguía. Voló en dirección este, batiendo con gran rapidez sus alas. El paisaje escabroso de Gelidar dio paso a unos parajes más cálidos, donde charcos de agua hirviendo, que provenían del mismo corazón de Azeroth, burbujeaban y siseaban. Dejó atrás géiseres, manantiales de vapor y planicies aluviales… pero los ignoró, pues estaba obsesionado con alcanzar su destino.

Entonces, las agujas del Templo del Reposo del Dragón aparecieron bajo la luz de las lunas con un aspecto fantasmagórico. A pesar de que se encontraban muy dañadas, no estaban deshabitadas. Unas sombras (de color negro, púrpura e índigo) merodeaban de aquí para allá lentamente mientras otras dormían en diversos recovecos del templo. Dos se encontraban tirados en el suelo de mosaico del nivel superior, totalmente repanchingados, como si fueran unos lagartos con alas gigantes.

De repente, lo divisaron.

De inmediato, varios dragones crepusculares, que habían sido designados para vigilar el templo, se apartaron de su ruta de patrulla habitual y se dirigieron directamente hacia Arygos. Entonces, se escuchó una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.

—Arygos, hijo de Malygos —oyó decir a una voz que le resultaba muy familiar; era la misma voz que se había mofado de Alexstrasza y el resto de los dragones en ese funesto día en que había caído el templo.

—Sí, ése soy yo —gritó Arygos a modo de respuesta.

Acto seguido, aterrizó en el nivel superior e hizo una reverencia con suma humildad ante el Padre Crepuscular.

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