Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Doce

Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos¿Qué?

Al principio, Thrall creyó que se trataba de una broma, de un vano intento por parte del dragón de hacer humor humano. Pero Nozdormu parecía hablar muy en serio. El orco se sentía al mismo tiempo furioso y totalmente confuso. Incluso el resto de dragones bronces se retiraron unos pasos y murmuraron entre ellos.

Nozdormu profirió un hondo suspiro.

—Se me reveló cuál sería el momento de mi muerte y cómo moriría — aseveró—. Nunca intentaré evitar ese dessstino. No obstante, sólo uno de los muchos senderosss que llevan a ese destino puede ser correcto. En un futuro posible, me convertiré en el líder del vuelo de dragón infinito. Por eso, acabé perdido en los senderosss del tiempo, Thrall. Porque bussscaba comprender cómo era posible que fuera a suceder eso. Cómo era posible que yo, que siempre había cumplido de manera honorable la tarea que me habían encomendado los titanes, fuera a descarriarme tanto.

Thrall asintió, aunque seguía estupefacto y se mostraba bastante receloso.

—¿Descubriste… la manera de evitar que tal cosa sucediera? — inquirió el orco.

Lentamente, Nozdormu movió de lado a lado su descomunal cabeza.

—Por desgracia, aún no sé cómo evitarlo. Lo único que sé esss que todos los vuelosss deben unirse para enfrentarse a la actual amenaza. Por otro lado, Ysera tenía razón: posees ciertas habilidades muy peculiares y útiles; además, piensasss y hablasss de una manera capaz de inspirar a los demás. Aunque ya nos has sido de gran ayuda, debemos volver a pedirte que nos sigas apoyando.

¿De verdad estaba dispuesto a ayudar al futuro líder del vuelo de dragón infinito? Thrall vaciló. No obstante, era incapaz de percibir el mal en Nozdormu. Aún no, al menos. Únicamente percibía preocupación y disgusto.

—Te ayudaré por Ysera y, sobre todo, por Desharin, quien sacrificó su vida para que yo pudiera encontrarte, Atemporal. Pero necesito saber más. Me temo que casi todo este tiempo he actuado envuelto en las sombras de la ignorancia y la confusión.

—Si tenemos en cuenta que fue Ysera quien te reclutó, no me extraña que hayas actuado a ciegasss —replicó Nozdormu de manera brusca, pero también afectuosa—. Rara vez ssse explica con claridad. Thrall, hijo de Durotan y Draka, te doy las gracias con total sssinceridad. Compartiremos contigo todo cuanto sabemos… sin embargo, me temo que debes realizar esta misión solo. Por otro lado, no me basta con esta teoría, con esta convicción que tengo de que detrás de todo esto hay un gran plan siniestro y tenebroso… he de saber más si quiero saber de verdad qué debemos hacer. Pero no te preocupes: no voy a olvidar lo que me has recordado que no debo olvidar. No me perderé en los senderos del tiempo una sssegunda vez. Sssé que te encomiendo una difícil tarea; sin embargo, es la única forma de sssalvar el mundo. Debes dar con Alexstrasza, la Protectora, y sacarla de la tristeza en que se halla sumida.

—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Thrall.

—Aunque no estuve presente, sé qué sucedió —contestó Nozdormu. El orco asintió. Si Nozdormu había estado atrapado en todos los momentos del tiempo, tenía que saberlo, sin duda—. Hace no mucho tiempo, se celebró una reunión en el Templo del Reposo del Dragón a la que acudieron varios vuelosss. Era la primera de ese tipo que ssse celebraba desde la muerte de Malygosss y el final de la Guerra del Nexo.

“El consorte de Alexstrasza, Korialstrasz, a quien conoces como Krasus, se quedó en el Sagrario Rubí mientras su reina acudía a la reunión. Cada vuelo posee un sssagrario, es una especie de… dimensión reservada sssólo para ellos. La reunión se interrumpió al sufrir un ataque por parte de un vuelo conocido como el vuelo de dragón crepuscular… que sssirve a Deathwing y al culto del Martillo Crepuscular.

Thrall frunció el ceño.

—He oído hablar de ese culto —afirmó.

—Durante la batalla, se produjo una terrible implosión. Todos los sssagrarios fueron destruidos. Krasus pereció en la deflagración… y se llevó consigo todos los huevos de cada uno de los sssagrarios. Los destruyó todos.

Thrall miró estupefacto al dragón bronce, pues el Krasus que él había conocido era un ser sereno, inteligente y bondadoso.

—¿Estás seguro de que… destruyó todos los huevos?

—Eso parece —le espetó Anachronos, quien restalló su cola y entornó los ojos.

Thrall negó con la cabeza con suma firmeza.

—No. No me lo puedo creer. Debe de haber alguna razón que explique…

—La Protectora no encuentra consuelo —lo interrumpió Nozdormu—. Así que imagínate cómo se debe de sssentir. Cree que su amado actuó así porque o bien se había vuelto loco o bien se había aliado con ese maldito culto… y eso la está matando por dentro. Sin la guía de su Aspecto, los dragones rojos no nos apoyarán para combatir contra el Culto del Martillo Crepuscular. Y, sin los rojosss, no podremos alcanzar la victoria. Todo essstará perdido.

Entonces, posó sus enormes ojos sobre el orco y dijo:

—Debes recordarle cuáles son sus obligaciones… debes recordarle que su corazón, por muy herido que esté, aún es capaz de amar al prójimo y de preocuparssse por los demás. ¿Podrás hacerlo, Thrall?

El orco no sabía si sería capaz o no. Era una tarea sobrecogedora. ¿Acaso no había ningún dragón capaz de llevarla a cabo? Él no tenía ningún vínculo personal con ella. ¿Cómo demontre iba a convencerla de que debía olvidarse de su hondo pesar y sumarse a la batalla?

—Lo intentaré —ésa fue la única respuesta que pudo dar Thrall.

* * *

Alexstrasza no recordaba dónde había estado gran parte de los últimos días. Ni había reflexionado sobre adónde iría. Simplemente, volaba, cegada por el dolor y el deseo de escapar de él; se dejaba llevar por sus alas allá donde quisieran éstas.

Había sobrevolado grandes extensiones de océano gris, tierras elfas y bosques y paisajes nevados arrasados hasta llegar a este lugar que parecía tan desolado, destrozado y vacío como su corazón. Había decidido que su destino final sería Desolace. Un nombre muy adecuado, pensó amargamente.

Se transformó y caminó como un bípedo en dirección al sur de Sierra Espolón. Pasó junto a un lugar donde estaba teniendo lugar una batalla entre la Horda y la Alianza, pero no le prestó atención. Deja que las razas de corta vida se maten entre ellos, caviló. Ya no tenía que preocuparse más de ellos. Pasó junto a un valle escabroso repleto de lava, donde reinaba una temperatura que únicamente un dragón negro podría soportar, y sólo le lanzó una mirada fugaz teñida de hastío. Deja que el mundo se autodestruya, pensó. Su amado había muerto… su amado, quizá, la había traicionado.

Alexstrasza se maldijo a sí misma y, luego, maldijo a su vuelo y al resto de vuelos; maldijo también a los titanes, que la habían obligado a soportar la pesada carga de sus obligaciones. No había pedido esos deberes y ahora se daba cuenta de que no podía con la responsabilidad que implicaban.

Se quitó las botas, pues quería sentir bajo sus pies aquella tierra dura y muerta, y no prestó atención a las ampollas que se formaron en ellos. Escogió un sendero aún más pedregoso que el suelo que acababa de dejar atrás, pues aquella tierra no parecía recordar qué era la hierba y había adquirido unas tonalidades muy apagadas y grises. Bajo las doloridas plantas de sus pies, las piedrecillas se transformaban en polvo de un modo un tanto extraño, lo cual le resultó reconfortante. A pesar de que percibió que en aquel lugar discurrían unas energías tremendamente viles, siguió avanzando sin darle ninguna importancia, paso a paso, dejando unas huellas ensangrentadas que indicaban su recorrido.

La muerte campaba a sus anchas por aquel paraje. Divisó una innumerable cantidad de huesos de kodos y otras criaturas, que habían alcanzado un color blanco inmaculado con el paso del tiempo. Los esqueletos se hallaban esparcidos por aquel paisaje como los árboles en otros parajes. Las únicas criaturas vivas que alcanzó a ver eran carroñeros: hienas y buitres. Alexstrasza observó, con suma indiferencia, cómo un buitre daba vueltas sobre ella. Se preguntó si alguna vez habría saboreado la carne de dragón.

Si hasta ahora no había tenido la oportunidad, pronto la tendría. Se sentía a gusto en aquel lugar que reflejaba sus emociones, de donde no se iría jamás.

Poco a poco, la dragona conocida en su día como la Protectora fue ascendiendo por un gran pico, desde el cual podría contemplar todo ese páramo. No iba a comer ni a beber ni a dormir. Simplemente, se iba a sentar en su cima a aguardar la muerte. De ese modo, pondría fin a su sufrimiento.

Thrall la vio de casualidad.

A pesar de que volaba a lomos de una colosal dragona bronce, no podía verlo todo desde ahí arriba. Además, esperaba encontrarse con una dragona roja (a la cual, en teoría, debería divisar con suma facilidad en un lugar tan vacío como aquél) y no con una esbelta elfa, que se encontraba acurrucada en la cima de un pico totalmente sola.

—Te dejaré a poca distancia de tu objetivo —le aseguró Tick, que era una de las dragonas que custodiaban las Cavernas del Tiempo. Se había presentado voluntaria para llevar a Thrall a cualquier lugar que necesitara ir… como, por ejemplo, a aquel lugar desolado—. Creo que aquí no voy a ser bien recibida.

No pronunció esas palabras de forma hostil, sino con una gran pena. Thrall se imaginaba que todos los vuelos de dragón lamentaban lo que le había sucedido a la Protectora. Cualquier ser con conciencia debería lamentarlo, pensó Thrall.

—Creo que será lo mejor —replicó el orco.

A medida que se aproximaban, pudo distinguir mejor aquella diminuta silueta. Aunque no podía verle la cara, sí pudo atisbar que se encontraba hecha un ovillo en el que destacaba su melena pelirroja; tenía las piernas encogidas y pegadas al pecho y la cabeza gacha. Aquella trágica figura transmitía sufrimiento y desolación por todos los poros de su piel.

La dragona bronce aterrizó a cierta distancia y, acto seguido, se agachó para que Thrall pudiera desmontar.

—Vuelve aquí cuando estés listo para marchar —le dijo al orco.

—Espero no marcharme solo de aquí. Espero que Alexstrasza me acompañe — le recordó Thrall.

Tick le lanzó una mirada muy sombría al orco.

—Vuelve aquí cuando estés listo para marchar —repitió y, sin más dilación, ascendió al cielo.

Thrall suspiró y alzó la vista hacia el pico. Al instante, inició el ascenso.

—Puedo oírte —aseveró la dragona antes de que el orco hubiera recorrido la mitad del camino que lo separaba del lugar donde ella se encontraba sentada sola. Su

voz era muy hermosa, pero sonaba quebrada, como si alguien en un descuido hubiera hecho añicos una preciosa escultura de cristal, cuyos pedazos seguían brillando y conservando parte de su antiguo encanto.

—No pretendía acercarme a ti sigilosamente —replicó Thrall.

La dragona no dijo nada más. El orco terminó su ascenso y se sentó junto a ella sobre la dura piedra. Ella ni se dignó a mirarlo, ni se molestó en cruzar una sola palabra con él.

Después de un rato sumidos en un absoluto silencio, Thrall habló.

—Sé quién eres, Protectora. He…

La dragona con forma de elfa se volvió hacia él. Su semblante moreno y hermoso se encontraba desfigurado por la furia; gruñía y mostraba sus afilados dientes de manera amenazadora.

—¡No te vuelvas a dirigir a mí de esa manera! ¡No utilices ese sobrenombre! Ya no protejo la vida. Ya no.

Ese arrebato sobresaltó, pero no sorprendió al orco, que se limitó a asentir.

—Como desees. Soy Thrall, fui jefe de guerra de la Horda y ahora soy miembro del Anillo de la Tierra.

—Sé quién eres.

Esa respuesta dejó un tanto estupefacto a Thrall quien, no obstante, prosiguió hablando:

—No importa qué sobrenombre elija para dirigirme a ti, lo único que importa ahora es que he sido enviado a buscarte.

—¿Quién te envía? —inquirió Alexstrasza, cuya voz y rostro volvieron a teñirse de apatía en cuanto giró la cabeza para observar aquel páramo desolado.

—Por una parte, Ysera y, por otra, Nozdormu.

Una débil chispa de interés se asomó en su semblante, como algo entrevisto en aguas profundas.

—¿Nozdormu ha regresado?

—Sí. Lo busqué y, al fin, di con él. Como te he buscado a ti y te he hallado — respondió Thrall—. Mientras ha estado extraviado ha adquirido muchos conocimientos… que cree que debe compartir contigo.

La dragona no replicó. Una ráfaga de aire caliente agitó sus mechones pelirrojos. El orco no sabía cómo debía proceder. Esperaba dar con alguien dominado por la pena y la ira, no con alguien sumido en esa apatía, en esa desesperación letal…

Le contó todo lo que había sucedido hasta entonces, procurando que pareciera una historia que pudiera suscitar su interés. Se conformaba con lograr despertar una pequeña chispa de curiosidad en ella… o cualquier otra sensación distinta que modificase ese semblante que ahora recordaba a una pálida e impertérrita máscara mortuoria. Le habló de Ysera y del elemental de fuego que había intentado destruir a los ancestros. Pese a que el viento soplaba, caliente y cruel, Alexstrasza seguía sentada, sin mover ni un solo músculo, como si la hubieran tallado en piedra.

—Los ancestros han hablado —prosiguió diciendo Thrall—. Sus recuerdos se han tomado confusos. Alguien está alterando los senderos del tiempo.

—Lo sé —replicó de manera rotunda—. Sé que los dragones bronces están muy preocupados al respecto y que están reclutando a mortales para que los ayuden a corregir esas alteraciones. No me cuentas nada nuevo, Thrall. Sin duda alguna, no me cuentas nada nuevo que pueda incitarme a regresar.

Sus palabras y su tono de voz estaban henchidos de veneno. Aunque albergaban mucho odio, el orco sabía que él no era el objetivo de esas palabras, sino que lo era la misma Alexstrasza.

Thrall insistió.

—Nozdormu cree que muchas de las tragedias que han sufrido los Aspectos… los misteriosos ataques del vuelo de dragón infinito, la Pesadilla Esmeralda, incluso la locura de Deathwing y Malygos… están relacionadas. Cree que no se trata de una serie de sucesos inconexos, cree que hay un patrón en todos ellos, que forman parte de un ataque dirigido contra los Aspectos y sus vuelos. Un ataque diseñado para irlos desgastando poco a poco hasta lograr su derrota definitiva… quizá incluso para provocar que unos se vuelvan contra otros.

La dragona murmuró algo en voz baja y, acto seguido, preguntó:

—Si todo eso fuera cierto, dime… ¿quién está detrás de todo ese plan?

Thrall se sintió alentado ante ese leve destello de curiosidad.

—Nozdormu necesita más tiempo para resolver ese misterio — contestó—. Por ahora, sospecha que el vuelo de dragón infinito está involucrado de algún modo en ese plan.

Volvió a reinar el silencio.

—Ya veo.

—Me ha pedido que te encuentre, que te… te ayude a recuperarte

Resultaba muy difícil creer que él, un mero chamán orco, estaba capacitado para ayudar a la Protectora a sanar… ya que ella era, tal vez, la mayor sanadora que había existido jamás. Esperaba, en parte que recibiera su ayuda con desdén y la rechazara, pero no lo hizo sino que se limitó a permanecer callada. Thrall continuó hablando.

—Si logras recuperarte, muchas otras cosas se recuperarán y sanarán. Juntos podremos ir al Nexo a hablar con los dragones azules y ayudarlos a recuperar la lucidez. Entonces…

—¿Por qué debería hacerlo?

Aquella pregunta, enunciada de manera tan sencilla y rotunda, lo dejó sin palabras por un instante.

—Porque así… los ayudarás.

—Te lo vuelvo a preguntar: ¿Por qué?

—Si los ayudamos, podrán unirse a nosotros y, de ese modo, todos juntos seremos capaces de descubrir qué está ocurriendo. En cuanto sepamos a ciencia cierta qué sucede, podremos tomar medidas para corregir la situación. Podremos combatir contra el Culto del Martillo Crepuscular y derrotarlo. Podremos descubrir cuáles son los motivos que han impulsado al vuelo de dragón infinito a actuar así. Podremos detener a Deathwing de una vez por todas… y salvaremos este mundo que, en estos mismos momentos, se está desmoronando.

La dragona con forma de elfa lo taladró con la mirada. Durante un largo instante, no pronunció palabra alguna.

—No lo entiendes —dijo al fin.

—¿Qué es lo que no entiendo, Alexstrasza? —inquirió con suma delicadeza.

—Que todo eso da igual.

—¿Qué quieres decir? Hemos logrado recopilar cierta información muy relevante: ¡sabemos que todo esto forma parte de un plan mucho más complejo que lleva desarrollándose desde hace milenios quizá! ¡Tal vez no seamos capaces de detenerlo!

Alexstrasza movió la cabeza de lado a lado lentamente.

—No. Todo eso da igual. Todo. Da igual que todo eso esté conectado. Da igual cuánto tiempo lleve desarrollándose ese plan. Da igual que podamos detenerlo o no.

El orco la miró fijamente, perplejo.

—Nuestros niños están muertos —afirmó con rotundidad—. Korialstrasz está muerto. Yo también estoy prácticamente muerta. En breve, la muerte vendrá a por mí. Ya no hay esperanza. Todo da igual.

Thrall sintió de repente que una oleada de furia se adueñaba de él. Todavía sentía un hondo pesar en su corazón por la muerte de Taretha. Su muerte había sido necesaria para que las cosas fueran como deberían ser. Pero la seguía añorando; la echaría de menos ahora y siempre. Pensó en cuánto había ansiado Taretha marcar la diferencia; en cuánto había deseado que su vida no diera igual, que sirviera para algo. Aunque Taretha había creído que no podría dejar una gran huella en el mundo, había hecho todo cuanto había podido. La Protectora, sin embargo, podía marcar la diferencia a un nivel que Taretha ni siquiera habría podido comprender, pero prefería quedarse ahí e insistir en que todo daba igual.

Pero eso era mentira. No todo daba igual. A él no le daba igual el destino que había sufrido Taretha. A él no le daba igual el destino de Azeroth. A pesar de que Alexstrasza había sufrido mucho, eso no le daba derecho a permitirse el lujo de regodearse en su dolor.

Reprimió su ira y la templó con la compasión que verdaderamente sentía por ella.

—Lamento que esos huevos fueran destruidos —aseveró—. Haber perdido a casi toda una generación… realmente soy incapaz de imaginarme la intensidad del dolor que te embarga. Siento que hayas perdido a tu consorte, sobre todo de esa manera. Pero… me resulta inconcebible que des la espalda a aquéllos que te necesitan —poco a poco, la ira se iba adueñando de su voz—. Eres un Aspecto, por amor de los ancestros. Fuiste creada para esto. Fuiste…

Se elevó de un salto al aire, con tal celeridad que el orco a duras apenas fue capaz de percibir ese movimiento. Un latido después, una gigantesca dragona roja se encontraba flotando sobre él. Su aleteo provocó que la fina capa de polvo gris que cubría aquella tierra muerta se levantara y acabara sobre la túnica y la piel de Thrall, provocando así que le lloraran los ojos. El orco se puso en pie de un salto y retrocedió raudo y veloz, al mismo tiempo que se preguntaba qué iba a suceder a continuación.

—Sí, me convirtieron en la Protectora sin que yo entendiera realmente qué era lo que eso conllevaba —afirmó Alexstrasza, con un tono de voz más grave, más áspero, repleto de furia y de una tremenda amargura—. Ya no puedo soportar la pesada carga de las responsabilidades que me encomendaron. Lo he sacrificado todo y lo he dado todo; he ayudado y he luchado denodadamente y mi única recompensa ha sido un inconmensurable sufrimiento, la muerte de todos mis seres queridos y que se me exija cada vez más. No deseo matarte, orco, pero lo haré si sigues incordiándome. ¡Todo ya da igual! ¡Todo! ¡¡Vete!!

Thrall lo intentó una vez más.

—Por favor, piensa en los inocentes que…

—¡¡¡¡Vete!!!!

Entonces, Alexstrasza se echó hacia atrás, mientras aleteaba sin parar para mantenerse en el aire y abría sus enormes fauces repletas de afilados dientes. Thrall se alejó corriendo como alma que lleva el diablo. Al instante, una enorme llamarada de un color rojo anaranjado calcinó la piedra donde había estado sentado hasta hacía sólo unos instantes. Acto seguido, escuchó cómo la dragona volvió a coger aire y siguió corriendo, o más bien, descendió dando tumbos por la ladera de aquel pico.

Súbitamente, un rugido desgarró la pesada atmósfera de aquel lugar. Era una mezcla de ira y angustia. Thrall sintió una honda compasión por aquel Aspecto que tanto sufría. Le habría gustado haber dado con la forma de sacarla de ese estado de apatía. Lo embargó una honda pesadumbre al pensar que iba a morir ahí sola, de hambre y sed y, sobre todo, de tristeza. Se imaginó, muy a su pesar, que algún día algunos viajeros se toparían por casualidad con sus huesos blanqueados por el paso del tiempo como los de los demás esqueletos que salpicaban aquel paisaje.

De improviso, se resbaló y bajó el resto del camino deslizándose. Magullado y desanimado, recorrió penosamente la distancia que lo separaba del lugar donde Tick le había dicho que lo recogería. Durante unos instantes, la dragona siguió dando unas vueltas en el aire por encima de él y, acto seguido, aterrizó. Tick contempló al orco con una mirada plagada de tristeza.

—¿Adónde quieres que te lleve, Thrall? —preguntó en voz baja.

—Nos vamos al Nexo, como teníamos previsto —contestó el orco, con la voz quebrada—. Debemos convencer a los dragones azules de que se unan a los demás vuelos, tal y como Nozdormu nos pidió.

—Nos vamos… solos, ¿verdad?

Thrall asintió.

—Solos.

Giró la cabeza y contempló la silueta de aquella descomunal dragona roja, que batía las alas de manera errática, que contorsionó su cuerpo a la vez que echaba hacia atrás su cabeza provista de cuernos. Tal vez, si Alexstrasza veía que los demás hacían algo por salvar el mundo, se sentiría conmovida y superaría su apatía.

—Por ahora —añadió el orco.

Mientras volaban hacia el norte, Thrall pudo escuchar por encima del aleteo de Tick un bramido henchido de pena y amargura que había proferido la destrozada Protectora.

* * *

Como una sombra que se extiende sobre la tierra al atardecer, algo oscuro emergió del agujero en que se había escondido. Se trataba del rey Aedelas Blackmoore, quien se encontraba montado a lomos de un dragón crepuscular; seguía a su objetivo a una distancia que impedía que éste lo viera, pero que al mismo tiempo le permitía a él no perder de vista a su presa.

El viento acarició su larga melena negra. Era apuesto, aunque su semblante revelaba que era una persona cruel. Sus finos labios estaban enmarcados por una perilla negra muy bien arreglada, y sus ojos azules destacaban bajo sus elegantes cejas negras.

Tras el fracaso de su primer intento, Blackmoore había decidido no seguir a Thrall a través de los senderos del tiempo, ya que ahí las posibilidades de que su presa pudiera eludirlo y acabara persiguiéndolo en vano eran muy elevadas.

No, era mejor esperar y aguardar una oportunidad más propicia. Por eso mismo, había decidido aguardar a que Thrall apareciera donde sabía que tendría que aparecer.

Thrall. Había oído hablar tanto de ese orco que ansiaba desmembrarlo lentamente con un cuchillo mondador. Thrall, el orco que lo había asesinado, cuya mera existencia había provocado que Blackmoore siguiera una senda que lo había transformado en un borracho cobarde y patético. Thrall, quien había liderado un ejército de orcos que habían arrasado Dumholde. En realidad, era todo un privilegio que pudiera matarlo; así la victoria sería mucho más dulce, ya que ese piel verde era todo un desafío.

Vuela, orco, caviló, mientras sus finos labios se curvaban para esbozar una sonrisa. Aunque, por mucho que vueles, no podrás huir.

Te encontraré y te mataré. Y luego ayudaré a destruir tu mundo.

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