Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Ocho

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosHabían pasado varios días desde la debacle del Templo del Reposo del Dragón. Kalec había creído (quizá de manera estúpida, pero de modo sincero) que, tras la trágica pero necesaria muerte de Malygos, se abriría un proceso de reflexión que llevaría a que la paz y la unidad volvieran a reinar entre los vuelos de dragón. Había depositado muchas esperanzas en esa reunión, donde no sólo sus esperanzas habían quedado hechas añicos.

El hecho de haber perdido tantos huevos, de todos los vuelos, todos a la vez… el hecho de que, para más inri, uno de los suyos los hubiera destruido era un golpe desolador del que Kalec se preguntaba si llegarían a recuperarse algún día. El responsable de esa tragedia era alguien que hacía tiempo era amigo suyo: Korialstrasz, alguien en quien Kalec había confiado total y plenamente… El dragón azul hizo un gesto de negación con la cabeza y agachó levemente su gran cuello presa de la tristeza.

A pesar de que Ysera se había despertado, su juicio seguía nublado y su atención dispersa; además, según lo que le habían contado algunos miembros de su propio vuelo, se había perdido. Nozdormu llevaba ya un tiempo desaparecido. Alexstrasza, a quien la traición de Krasus había destrozado el corazón, también se había esfumado.

Malygos había sido asesinado y Deathwing seguía suelto por el mundo, urdiendo la destrucción de todos ellos.

Los dragones más ancianos reconocían que desde la primera traición de Deathwing jamás se habían enfrentado a unos tiempos tan caóticos y desesperados.

Cada vuelo se había recluido en sí mismo. No obstante, Kalec tenía amigos en la mayoría de ellos y había seguido manteniendo el contacto con algunos de ellos, aunque tenía que reconocer que la tensión reinaba en el ambiente cada vez que hablaban. Si bien era cierto que los vuelos verde, rojo y bronce no sabían dónde podían estar sus Aspectos, los suyos, al menos, estaban vivos. Los dragones azules ya no contaban con un líder, por lo cual, en los últimos días, se habían centrado sobre todo en poner remedio a esa situación.

Los azules se habían reunido en el Nexo, en el lugar que siempre había sido su hogar. Ahí, en aquellas frías cavernas, habían debatido ampliamente, habían analizado las circunstancias, habían teorizado sobre las posibles opciones y habían discutido acerca del protocolo mágico que se debía aplicar. No obstante, a la hora de la verdad, poco se había hecho en realidad.

Kalecgos pensaba que su vuelo estaba mucho más interesado en concebir teorías sobre cómo iban a crear o elegir a un nuevo Aspecto que en centrarse en resolver de una vez aquella desesperada situación. Aunque tampoco lo sorprendía que hubieran adoptado esa actitud. A los dragones azules les encantaban los retos intelectuales. Por otro lado, su desprecio por las “razas inferiores” había evitado que adoptaran las formas de esas razas para poder mezclarse con otros seres que dominaban las artes mágicas, como los magos del Kirin Tor (tal y como el difunto Krasus había hecho). El dominio de la magia arcana (fría e intelectual) pertenecía por derecho al vuelo azul, pues los titanes habían decidido en su día que Malygos fuera el Aspecto de la Magia de este mundo. Según los que defendían esta corriente de opinión, las razas jóvenes no tenían derecho a acceder a ese tipo de magia. Desde el punto de vista de Kalec, demasiados miembros de su vuelo pensaban de esa forma.

Daba la impresión de que había tantas propuestas sobre cómo había que crear o elegir a un Nuevo Aspecto como dragones azules.

O, como Kalec había señalado atinadamente, con las fosas nasales hinchadas por la ira, había tantas propuestas como escamas en cada dragón.

No obstante, desde el principio, habían descartado una posibilidad aterradora que un joven azul había planteado con suma preocupación: “¿Y si no puede haber un nuevo Aspecto? Fueron los titanes quienes decidieron que Malygos fuera el Aspecto de la Magia de este mundo, ¿y si resulta que sólo ellos pueden crear uno nuevo? ¿Y si los demás vuelos nos han condenado a vivir para siempre sin un Aspecto?”

Ante esa cuestión, los dragones ancianos se habían limitado a hacer un gesto de negación con sus cabezas, expresando así su indiferencia. “Todos sabemos que los titanes eran muy poderosos y muy sabios”, había contestado uno de ellos. “Por tanto, debemos dar por sentado que tenían previsto que pudiera llegar este día. Nuestros eruditos están seguros de que, si investigan suficiente, serán capaces de descubrir qué debemos hacer.”

Kalecgos apoyaba esa hipótesis; creía en la sabiduría de los titanes, quienes habían elegido a todos los Aspectos hacía mucho, mucho tiempo. Otros azules, sin embargo, creían más en la superioridad y capacidad del vuelo azul que en los titanes.

Era imposible que no dieran con una solución. Por falta de teorías no iba a ser, ciertamente.

Según la leyenda, cuando los Aspectos fueron creados, las lunas se encontraban en una extraña conjunción. El mismo alineamiento, que no se había vuelto a producir desde hacía siglos, estaba a punto de darse de nuevo en sólo unos días. Según una teoría muy popular, un tanto histriónica, ese fenómeno celestial era muy importante para poder lograr el fin que buscaban. Algunos opinaban que era “crucial para que operase correctamente la magia necesaria para facilitar la mutación de un dragón azul normal en un Aspecto”; otros, simplemente, lo consideraban una mera coincidencia.

Otros querían que el mayor número posible de dragones azules estuvieran presentes en la ceremonia. “Tendremos un Aspecto, de un modo u otro”, había afirmado uno de los más pragmáticos eruditos de la magia. “Así, si la conjunción de las dos lunas no produce ninguna transformación física, podremos decidir, al menos, todos juntos como vuelo, quién creemos que podrá ser nuestro líder.”

“Además, no debemos olvidar que Malygos murió dejando descendencia”, había señalado Arygos. “Yo soy hijo de Malygos y su principal heredero. Quizá la capacidad de convertirse en un Aspecto sea algo hereditario. Esta debería ser una cuestión muy importante que habría que tener en cuenta.”

“No hay nada que indique que eso sea verdad”, había replicado Kalecgos. “No todos los Aspectos eran familia cuando fueron creados”. No le gustaba la actitud de Arygos y sabía que el hijo de Malygos se sentía amenazado por alguien al que consideraba un “advenedizo”. Si había una fractura entre los vuelos de dragón, también la había en el seno del vuelo azul. La sombra de Malygos todavía planeaba sobre él. Había algunos, como Arygos, que preferirían seguir los pasos que había seguido en su día su difunto Aspecto y alejarse del mundo tanto como fuera posible y había otros que pensaban como Kalec: que formar parte activa del mundo, relacionarse con otras razas y vuelos, servía para que el vuelo de dragón azul fuera más fuerte y sabio.

Antes del ataque de los dragones crepusculares, la fractura había sido inapreciable. Ahora, sin embargo, era un cisma muy obvio, una herida abierta en el seno del vuelo. Era una situación que no agradaba para nada a Kalec, pero no era tan ingenuo como para ignorarla.

No le gustaba la idea de elegir por “votación” a su nuevo líder; era como si el título de Aspecto fuera sólo eso: un título vacío de contenido, sin ningún poder real que lo justificase. Los Aspectos habían formado parte de ese mundo desde tiempos inmemoriales que, quizá, y sólo quizá, recordaban los ancestros. Convertir su designación en una especie de concurso, donde se recompensaría al dragón azul que más simpatías despertase o que pudiera persuadir a la mayoría del vuelo para que lo votaran…

Entonces, presa de la contrariedad, había sacudido la cabeza de lado a lado con rabia y había decidido alejarse de la discusión. Al instante, Arygos se percató de lo que sucedía y le gritó: “¡Kalecgos! ¿Adónde vas?”.

“A tomar el aire”, había respondido Kalec a voz en grito, sin mirar hacia atrás. “Aquí el ambiente está demasiado cargado.”

* * *

El humano se hundía como una piedra en el arroyo por culpa de la pesada armadura que portaba, a pesar de que luchaba con gallardía. De repente, soltó su descomunal espada y agarró a Thrall de su túnica con una de sus manos enguantadas.

De ese modo, logró que se hundieran juntos. El orco reaccionó intentando clavarle un arma en el brazo a aquel hombre, pero sus movimientos se veían ralentizados por el agua. Así que cogió al humano de la mano y, valiéndose de su fuerza superior, le dobló hacia atrás los dedos.

Una serie de burbujas escaparon del yelmo del humano, que soltó la túnica de Thrall e intentó aferrarse al orco con la otra mano. Pero, entonces, el orco le propinó una fuerte patada y se alejó de su alcance nadando.

En ese instante, se dio cuenta de que aquel arroyo era mucho más profundo de lo que parecía. Mucho más profundo de lo que debería ser. Súbitamente, con el rabillo del ojo, captó un destello y volvió la cabeza.

Se trataba del color dorado de las relucientes escamas de un gran dragón bronce; era la misma imagen que había visto reflejada en el agua antes. Thrall se percató de repente de que sus pulmones ya no ansiaban obtener aire. Esa sensación asfixiante lo había abandonado. Como era consciente de que eso se debía a la magia de los senderos del tiempo, aceptó su nueva situación sin más. Mantuvo la mirada clavada en esas fascinantes escamas y se dirigió hacia ellas.

El agua que lo rodeaba brilló y se sintió muy extraño; una sensación de calidez y confort recorrió todo su cuerpo. Las escamas desaparecieron. Y salió disparado hacia la superficie…

… del mar. Echó un vistazo a su alrededor e intentó orientarse.

Entonces, se dio cuenta de que allí había varios barcos. O, al menos, los restos de varias naves.

Eran los navíos que él, Grom Hellscream y los demás orcos les habían robado a los humanos para poder seguir el consejo de un peculiar profeta; un profeta que los había exhortado a abandonar los Reinos del Este e ir a Kalimdor.

Thrall se arrastró fatigosamente hacia la orilla con los supervivientes, al mismo tiempo que observaba los restos de los barcos que flotaban sobre el mar. Logró coger una de aquellas cajas que flotaban a la deriva y la arrastró hacia la orilla. En cuanto la puso en tierra firme, alguien lo llamó a gritos.

—¡Jefe de Guerra!

En ese momento, Thrall se preguntó cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien se había dirigido a él empleando ese título. No obstante, se volvió… y vio que un orco se acercaba a grandes zancadas…

—Soy yo —afirmó Thrall estupefacto.

Al igual que se había encontrado con su yo niño hacía sólo unos instantes (o, al menos, esa sensación tenía) ahora se hallaba frente a otra versión de sí mismo. Escuchó la conversación procurando, en todo momento, que no lo sorprendieran mirando al Thrall de este sendero del tiempo. Esto resultaba mucho más extraño que cuando se había topado con sus otras versiones durante su viaje espiritual de revelación mística. Esta vez, su otro yo se encontraba, físicamente, a sólo unos metros de él.

—Nuestro barco ha sufrido severos daños al atravesar la embravecida Vorágine —informó el orco.

Una vez más, sintió una extraña sensación de familiaridad. La Vorágine… el lugar que había dejado atrás. El lugar donde Deathwing había partido en dos el mundo. Ese lugar devastado cuyas heridas el Anillo de la Tierra intentaba curar desesperadamente. Movió la cabeza de lado a lado, asombrado, ante lo mucho que habían cambiado las cosas en sólo unos pocos años.

—Es irrecuperable —siguió hablando el orco entre gruñidos.

El Thrall de ese sendero temporal asintió.

—Lo sé. ¿Hemos podido confirmar dónde nos encontramos? ¿Es esto Kalimdor?

—Hemos viajado en dirección oeste tal y como nos ordenaste. Así que deberíamos estar en Kalimdor.

—Muy bien.

Thrall siguió observando a escondidas, a la vez que recordaba ese momento que había tenido lugar ocho años atrás en su pasado, y pensaba en cuál había sido su mayor preocupación en aquellos momentos.

—¿Han hallado rastro de Grom Hellscream y los demás barcos? —preguntó el Thrall de ese sendero temporal.

—No, Jefe de Guerra. No hemos vuelto a saber nada de él desde que nos vimos obligados a separamos.

—Hum… Prepárense para emprender la marcha. Si nuestros camaradas han logrado llegar hasta aquí, deberíamos ser capaces de dar con ellos a lo largo de la costa.

Thrall se volvió y observó aquella larga extensión de arena.

Entonces, vio un destello dorado. Fue un brillo muy fugaz que se desvaneció de inmediato. Aunque podría haberse tratado perfectamente del reflejo de la luz del sol sobre la arena, Thrall estaba seguro de que ese destello lo había provocado otra cosa.

Los náufragos estaban muy ocupados revisando los navíos dañados y trayendo provisiones a la orilla. En breve, montarían un campamento en ese lugar. Pero de esas cuestiones tendría que preocuparse el Thrall de esa época.

Se dirigió al oeste, en busca de las escamas relucientes.

Esta vez, dio con un pequeño agujero en la tierra del tamaño de la madriguera de un animal. A su alrededor… pudo apreciar el resplandor familiar de un portal que llevaba a un sendero del tiempo.

¿De verdad Nozdormu se encuentra atrapado?, se preguntó Thrall mientras entraba en el portal. ¿O simplemente me está arrastrando por el tiempo de una manera que no comprendo? Aquel agujero aumentó de tamaño para que pudiera caber en él. Acto seguido, cayó por él pero, antes de que el pánico lo dominara, emergió por el otro lado del portal. En cuanto salió de él, vio que había un enorme pájaro negro sentado sobre la hierba. Se encontraba justo delante de Thrall. Tenía la cabeza ladeada y lo observaba con unos relucientes ojos rojos.

Entonces, el pájaro abrió el pico.

—Saludos, hijo de Durotan. Sabía que encontrarías el camino.

¡Era Medivh! En su día, el gran mago se había presentado ante Thrall en un sueño para pedirle que lo siguiera. El orco había hecho lo que el mago le había pedido y Medivh lo había recompensado por su persistencia. Aunque creía recordar que el mago tenía forma humana cuando tuvieron esa conversación.

Thrall intentó recordar lo que le había dicho al mago en esa ocasión.

—Te vi en una visión. ¿Quién eres? ¿De qué me conoces?

El cuervo ladeó su cabeza de color ébano.

—Sé muchas cosas, joven jefe de guerra, sobre ti y sobre tu pueblo. Por ejemplo, sé que ahora mismo estás buscando a Nozdormu.

Thrall se quedó boquiabierto.

—Te encuentras perdido en el tiempo… en más de un sentido. Debes saber que he visto el futuro y he contemplado la ardiente sombra que ha venido a consumir tu mundo. Y, al entrever ese futuro, he visto otros. Te contaré lo que pueda, pero el resto será cosa tuya.

De improviso, Thrall estalló en carcajadas, mientras se preguntaba de qué se sorprendía tanto. Al fin y al cabo, se trataba de Medivh; seguro que viajar por el tiempo era uno más de sus muchos poderes.

—Hacerte caso me fue muy útil en una ocasión —aseveró el orco—. Así que supongo que también me será de gran ayuda en esta ocasión.

—¿Sabes tejer, Thrall?

Aquella pregunta lo sorprendió.

—He… he visto a gente trabajar en un telar, pero no es un arte que domine.

—No hace falta que lo domines para entender cómo funciona —replicó el cuervo que no era en realidad un cuervo—. Sólo hay que saber que existe la urdimbre y la trama. Sólo hay que conocer el patrón y guiar la lanzadera. Lo único que hay que entender es que se crea algo que no existía antes, y que el telar es como un mundo en miniatura. Y hay que ser consciente de que, para desenredar parte de la tela, lo único que se necesita es tirar de un solo hilo suelto.

Thrall negó lentamente con la cabeza.

—Me desconciertas, mago. Hoy he sido testigo del asesinato de mis padres. He luchado contra un misterioso asesinato que probablemente ha sido enviado por el vuelo del dragón infinito e intento dar con el Atemporal, quien me da la impresión de que intenta guiarme en una persecución infructuosa. ¿Y, después de todo esto, el mejor consejo que se te ocurre darme es que reflexione sobre el arte de tejer?

Dio la sensación de que el pájaro se encogía de hombros, pues agachó la cabeza y alzó los hombros.

—Puedes escucharme o no. Sé qué persigues. Pero ten mucho cuidado con lo que persigues. Asegúrate de que persigues el objetivo correcto. Este lugar está repleto de espejismos. Sólo hay una manera de que puedas dar con lo que buscas de verdad… sólo hay una manera de que puedas encontrarte a ti mismo. Adiós, Go’el, hijo de Durotan y Draka.

El pájaro batió sus alas y, en sólo unos segundos, ya se había alejado volando hasta desaparecer de la vista.

Thrall se encontraba totalmente perdido. Unas palabras se escaparon de sus labios, cuyo contenido lo sorprendió.

—Nada de esto tiene sentido, pero los espíritus me dicen… que debería confiar en él.

Ésas eran las mismas palabras que había dicho al final de su primer encuentro con Medivh. Sobresaltado, se dio cuenta de que esas palabras eran tan ciertas en esta ocasión como lo habían sido entonces. Los espíritus le estaban diciendo realmente que debería confiar en el mago. A continuación, cerró los ojos y los abrió en su fuero interno, donde vio los elementos de la tierra, el aire, el fuego, el agua y la vida, que siempre se hallaban en su corazón.

En verdad, seguía sin entender lo que el mago había querido transmitirle. Sus palabras seguían pareciéndole totalmente absurdas. No obstante, Thrall se encontraba

ahora más calmado y sabía que, de algún modo, cuando llegara el momento adecuado, lo entendería todo.

Guíenme, les pidió a los espíritus elementales. Deseo ayudar, de veras, pero, según parece, soy incapaz de hallar a ese gran ser al que me han enviado a buscar. He visto alguna pista, algún indicio, pero cada vez me adentro más en mi pasado y sigo sin dar con él.

Entonces, abrió los ojos.

Nozdormu se encontraba ante él. O, más bien, una imagen translúcida de él. El gran dragón había abierto la boca y estaba diciendo algo, pero Thrall no oía nada.

—¿Qué deseas, Atemporal? —gritó—. ¡Intento encontrarte!

Nozdormu extendió una pata delantera, con la palma hacia arriba, y le hizo una seña para que se acercara. El orco fue hacia él corriendo y…

Y ahí estaba el centelleo de la luz del sol al reflejarse en las escamas bronces de Nozdormu, que cada vez aparecía antes. Al parecer, Thrall aún no se encontraba en el instante del tiempo al que debía llegar.

En ese momento, se acordó de algo que Cairne le había dicho hacía mucho, mucho tiempo. “Encontrarás tu destino… a su debido tiempo…”

“¿A su debido tiempo?” ¿Cuánto iba a tener aún que esperar?, quiso gritar Thrall. Estaba harto de tanto perseguir a ese misterioso espejismo, que siempre aparecía para tomarle el pelo e incitarle a lanzarse a otro sendero del tiempo.

Cada vez que seguía a las relucientes escamas del Atemporal, lo arrastraba hasta otro momento distinto de su vida. Revivir algunos era una experiencia agradable; otros, sin embargo, eran justo lo contrario. No obstante, todos ellos eran importantes y habían dejado una profunda huella en el tiempo. En todos y cada uno de esos momentos, Thrall veía a Nozdormu. Si bien el orco se mantuvo alerta por si reaparecía el misterioso asesino, al final aquel perseverante humano no hizo acto de presencia. Thrall esperaba que ese bastardo se hubiera ahogado, arrastrado por el peso de aquella armadura que le resultaba extrañamente familiar en ese arroyo que era mucho más que un mero arroyo. Aunque no esperaba volver a encontrarse con él, no bajó la guardia.

El orco se percató de que llevaba mucho tiempo sin probar bocado o dormir justo cuando atravesaba otro portal que lo llevó a un bosque iluminado por el crepúsculo, el cual le resultó muy familiar… demasiado familiar.

—Vuelvo a estar en Trabalomas —masculló para sí, frotándose la cara.

Bueno, al menos, conocía bien ese lugar. El bosque había cambiado desde la última vez que había estado ahí…. eso había sido… ¿hace cuánto tiempo? Por los rugidos de su estómago y la fatiga que se adueñaba de él, pudo deducir que había transcurrido casi un día. Le dio la sensación de que aquellos árboles eran más viejos, lo que lo llevó a pensar que habían pasado años desde que… desde r que había sido testigo del asesinato de sus padres. Además, ahora se encontraba en otra estación del año. Era pleno verano. Eso significaba que habría muchas presas que cazar, así como bayas y frutas lo bastante maduras como para ser recolectadas, así que no se iba a morir de hambre mientras esperaba a que algún momento de su pasado volviera a tener lugar ante él.

Con suma presteza, preparó una trampa para cazar conejos. Después, se marchó a buscar algo de comida por ahí, al mismo tiempo que disfrutaba de aquel largo y tranquilo atardecer. Al final, un conejo quedó enredado en uno de los lazos de la trampa que había tendido. A continuación, Thrall hizo un pequeño fuego para asar el animal (a pesar de que a muchos orcos les encantaba la carne cruda, él la prefería cocinada) y luego se tumbó junto al fuego para poder dormir, ya que necesitaba descansar desesperadamente.

Cierto tiempo después, se despertó totalmente alerta. No se movió; sintió algo frío y metálico apretándole la garganta.

—Estúpidos y asquerosos orcos —oyó decir a alguien. Por el tono de voz, debía de tratarse de una mujer, aunque era una voz áspera, propia de alguien que no hubiera hablado en mucho tiempo—. Si no fuera por el dinero que voy a obtener contigo, te mataría ahora mismo.

¿Dinero? Debía de referirse a alguna recompensa o algo así. ¿Acaso habían puesto precio a su cabeza en las tierras de la Alianza y esa mujer lo había identificado fácilmente a pesar de la oscuridad de la noche? No, lo habría mencionado y no habría lanzado un insulto contra todos los orcos en general.

—No voy a hacerte daño —le aseguró Thrall, manteniendo un tono de voz lo más tranquilo posible.

Esa cosa metálica que alguien apretaba contra su cuello resultó ser el cañón de un trabuco. Pensó en hacer un movimiento rápido con el fin de girarse y desarmar a su oponente, pero concluyó que era prácticamente imposible que pudiera hacerlo sin recibir antes un tiro.

—Oh, sé que no lo harás porque, si no, te reventaré la tapa de los sesos. Y, ahora, levántate lentamente. Me resultas más valioso vivo que muerto pero, como se te ocurra darme algún problema, estaré dispuesta a conformarme con una recompensa menor.

El orco obedeció, se levantó despacio, tal y como le había pedido, y mantuvo las manos a la vista de aquella mujer en todo momento.

—Ve a ese árbol situado a tu izquierda. Después, gírate hacia mí —le ordenó.

Thrall obedeció, se giró lentamente…

Y profirió un grito ahogado.

La mujer que se encontraba ante él estaba muy delgada, muy demacrada. Llevaba el pelo muy corto y desvaído. Daba la impresión de que tenía treinta y pocos años e iba vestida con unos pantalones, unas botas y una camisa sin adornos superficiales; eran unas prendas meramente funcionales. Bajo la luz de la luna, su rostro tenía un color macilento y las sombras se extendían bajo sus pómulos y sus ojos; no obstante, Thrall pensó que bajo la luz del sol no tendría un aspecto mucho más agradable. En su día, quizá fuera hermosa. De hecho, Thrall sabía que lo había sido.

—Taretha —susurró.

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