Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Nueve

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosTaretha entornó los ojos a la vez que apuntaba con el trabuco a su enorme pecho.

—No fallaré —aseveró—. ¿Cómo sabes mi nombre?

Por un momento muy extraño, Thrall se sintió totalmente desconcertado. Entonces, comprendió al fin lo que ocurría. Debía de haberse tropezado con uno de los senderos del tiempo equivocados; con uno de ésos que el vuelo de dragón bronce estaba intentando reparar. Porque, por muy doloroso que le resultase, sabía que Taretha Foxton, su única amiga de la infancia, no había llegado a cumplir treinta años.

—Sé que esto te va a sonar muy extraño pero, por favor, te exhorto a que me creas —le pidió el orco, intentando mantener la calma (y la cordura) en la medida de lo posible.

La mujer alzó una ceja.

—Hablas bien… para ser un apestoso piel verde.

A Thrall le dolió escuchar cómo Taretha, quien siempre lo había considerado como un hermano, lo insultaba de esa manera, pero no reaccionó ante esos vituperios.

—Eso se debe a que fui educado por… humanos —replicó—. Lord Aedelas Blackmoore me crió para ser un gladiador. También se cercioró de que aprendiera a leer y a escribir para que pudiera comprender las estrategias y tácticas de guerra. Tu madre, Clannia, me salvó la vida, Taretha. Me cuidó cuando era un niño. Me llamo Thrall.

El arma tembló en la mano de la mujer, aunque sólo por un instante. Por la forma en que sostenía el trabuco, el orco pudo deducir que Taretha estaba acostumbrada a utilizar armas de fuego.

—Eso es mentira —afirmó—. Ese orco murió pocos días después de que nos lo trajeran.

Ante esa respuesta, Thrall reflexionó con suma celeridad. Así que sí había existido en este sendero del tiempo… pero había muerto siendo un niño. Todo aquello resultaba muy difícil de asimilar. Así que volvió a intentarlo.

—Supongo que sabes que existen los dragones, ¿verdad, Taretha?

La mujer resopló.

—No me insultes. Claro que sí. ¿Qué tienen ellos que ver con un orco que está agotando rápidamente mi paciencia?

Sin duda alguna, en ese sendero del tiempo era una mujer muy cruel y amargada. No obstante, Thrall siguió insistiendo.

—Entonces, quizás sepas que existe un grupo de dragones llamado el vuelo de dragón bronce. Su líder se llama Nozdormu. Se encargan de cerciorarse de que el tiempo transcurra por los senderos que debe transcurrir. En otro sendero del tiempo, tal y como ya te he explicado, sobreviví y llegué a ser un gladiador, tal y como Blackmoore quería. Recuerdo que me pasabas notas a hurtadillas, escondidas en libros. Te convertiste en mi amiga.

—¿Yo amiga de un orco? —la incredulidad hizo que adoptara un tono más agudo de voz—. Ni en sueños.

—Ya —admitió—. No fue un sueño, sino más bien algo maravilloso. Le cogiste cariño al bebé orco que tu madre cuidó… o, más bien, debería decir que me cogiste cariño. No te gustaba cómo me trataban. A pesar de que acabo de conocerte, puedo afirmar que sé algo sobre ti. Creo que no te gusta que agredan a aquellos seres que son incapaces de defenderse por sí mismos.

El trabuco volvió temblar en manos de la titubeante mujer, quien apartó la mirada por sólo un instante y la volvió a posar en él de inmediato. La chispa de la esperanza volvió a prender en el corazón de Thrall. Aunque ignoraba qué le había sucedido a la generosa y gentil joven que él había conocido para transformarse en una mujer tan dura y despiadada, estaba seguro de que bajo esa capa de ruindad se encontraba la Tari de siempre. Si estaba en lo cierto, quizá podría apelar a esa parte de ella. Si bien, en su día, no pudo ayudarla en el sendero temporal correcto, quizá podría ayudarla ahora en este sendero temporal alterado.

—Me ayudaste a escapar —prosiguió diciendo Thrall—. Libré a mi pueblo de los campos de reclusión. Derroté a Blackmoore y arrasé Dumholde. Más tarde, los humanos y los orcos, así como otras razas, se unieron para derrotar a una fuerza demoníaca, conocida como la Legión Ardiente, que atacó nuestro mundo. Y todo eso sucedió gracias a ti, Tari. Mi sendero del tiempo te debe mucho.

—Es una historia muy bonita y mucho más elaborada de lo que cabría esperar de un orco —aseveró Taretha—. Pero es mentira. Este mundo no es así. Y éste es el único que conozco.

—¿Y si te demuestro que éste no es el único mundo que existe? —replicó

Thrall.

—¡Eso es imposible!

—Pero… ¿y si pudiera demostrártelo?

A pesar de que Taretha seguía mostrándose recelosa, el orco pudo percibir que la curiosidad la dominaba cada vez más.

—¿Cómo lo harás? —preguntó.

—¿Recuerdas de qué color eran los ojos de ese bebé orco que cuidó tu madre?

—Azules —contestó al instante—. Nadie había visto nunca a un orco con ojos azules. No se ha vuelto a ver a uno igual.

Thrall se señaló la cara.

—Mis ojos son azules, Taretha. Y yo tampoco he conocido jamás a otro orco que tenga este color de ojos.

La mujer resopló.

—Si crees que voy a acercarme a ver de qué color tienes los ojos en plena noche, lo llevas claro —le espetó—. Buen intento —entonces, ladeó la cabeza hacía la izquierda—. Vamos, andando, piel verde.

—¡Espera! Hay una cosa más… que te demostrará que estoy diciendo la verdad.

—Ya he oído bastante.

—Mira dentro de la mochila —insistió—. Mira, por favor. Hay una bolsita en su interior. Dentro de esa bolsita… creo que encontrarás algo que te resultará familiar.

El orco rezó por estar en lo cierto. En la bolsita había sólo unos pocos objetos: sus tótems; la bellota, por supuesto (ya que era un regalo de los ancestros); el altar portátil, con sus representaciones de cada uno de los elementos, y… algo muy valioso. Algo que había perdido pero que había logrado volver a encontrar… algo que conservaría hasta el día de su muerte.

—Como se trate de un truco, te voy a abrir un agujero tan grande que… — masculló, pero frunció el ceño y, a pesar de sus reticencias, se arrodilló con sumo cuidado y rebuscó en la mochila—. ¿Qué se supone que debo buscar?

—Si estoy en lo cierto… lo sabrás en cuanto lo veas.

Volvió a mascullar algo, se pasó el trabuco a la mano derecha y dejó caer la mochila al suelo con la izquierda. A continuación, revisó todos los objetos que había ahí dentro, pero no vio nada que significara algo para ella.

—Sólo veo una piedra, una pluma y un…

Taretha se quedó callada. Observó detenidamente la pequeña alhaja que relució bajo la luz de las lunas. Dio la sensación que se había olvidado completamente de Thrall mientras cogía con una mano temblorosa aquel collar de plata. Una media luna pendía de aquella cadena. Miró a Thrall boquiabierta y entonces la ira, el temor y el odio que antes habían distorsionado sus hermosos rasgos se vieron reemplazados por la estupefacción… y el asombro.

—Mi collar —susurró, con voz queda.

—Tú me lo diste cuando me ayudaste a escapar —le explicó Thrall—. Me pediste que lo escondiera en un árbol caído, que estaba junto a un pedrusco con forma de dragón.

Lentamente, sin ni quiera mirar al orco, fue bajando el arma. Con la otra mano, Taretha rebuscó dentro de su desgastada camisa de lino y sacó un collar idéntico al que sostenía en la mano contraria.

—Le hice una marca cuando era joven —afirmó—. Sí… aquí…

Ambos collares tenían la misma marca: una leve deformación en el cuerno inferior de la media luna.

En ese instante, la mujer alzó la vista y Thrall pudo ver por primera vez a la Taretha que él recordaba devolviéndole la mirada. Poco a poco, se fue acercando a ella y, acto seguido, se arrodilló a su lado.

En ese momento tendió su puño cerrado, dentro del cual aferraba con fuerza el segundo collar, hacia el orco. Entonces, lo soltó. El collar cayó suavemente sobre la enorme palma verde del orco. A continuación, miró a Thrall sin miedo e incluso sonrió levemente.

—Tus ojos… —dijo en voz baja— son azules.

* * *

Thrall se sintió satisfecho, aunque no sorprendido, de que Taretha lo creyera, a pesar de lo ridicula que parecía la historia que le había contado. Le había dado una prueba irrefutable. La Taretha que él había conocido no habría cuestionado esa prueba. Además, la mujer que tenía ante él seguía siendo Taretha, aunque era muy distinta de la joven sincera y generosa que él recordaba.

Hablaron durante largo rato. Thrall le habló de su mundo, aunque no le contó a Taretha cuál había sido su trágico destino en él. No pensaba mentirle si se lo preguntaba pero, como no se lo preguntó, se ahorró el mal trago. Le habló de su pasado y de la tarea que le había encomendado Ysera.

Después, Taretha le fue dando cierta información sobre ese nuevo y retorcido sendero del tiempo que acababa de surgir, al mismo tiempo que atizaba el fuego.

—Oh, Blackmoore sigue vivo en este sendero del tiempo, de eso no cabe duda —aseveró con amargura cuando la conversación se centró en ese desalmado—. Aunque creo que me cae mejor el de tu sendero.

Thrall lanzó un gruñido.

—¡Pero si era un borracho egoísta y artero que intentaba crear un ejército de orcos para poder doblegar a su propio pueblo!

—En este sendero del tiempo es un general sobrio egoísta y artero que no necesita un ejército de orcos para doblegar a su propio pueblo —replicó Taretha—. Por lo que me has contado —en ese momento, volvió su cabeza casi rapada hacia el robusto orco—, eres un poderoso guerrero. Y te creo. Me da la impresión de que los planes secretos de Blackmoore dependían demasiado de ti. Como falleciste, lo obligaste a alcanzar sus objetivos sin ayudas, por sí solo.

—Lo cual, normalmente, debería ser algo admirable —afirmó Thrall.

—Ya, normalmente… Pero Blackmoore no es muy… normal.

Taretha se volvió en cuanto pronunció esas palabras.

Había algo en su expresión que inquietó de inmediato a Thrall. Era una mezcla de ira y… ¿vergüenza?

—Él… deduzco que, en este sendero, también has sido su amante —concluyó—. Lo siento.

Ella replicó con una risa cruel.

—¿Amante? Una amante acude a fiestas, Thrall. Le regalan joyas y vestidos. Va a cazar con su amo, quien cuida bien de su familia. Yo ni siquiera alcanzaba el respetable grado de amante —entonces, respiró hondo y continuó—. Sólo era una mera diversión. Se cansó de mí rápidamente. En ese aspecto, al menos, he de estar agradecida.

—¿Qué fue de… tus padres?

—Los castigaron —contestó, con una sonrisa amarga—. Por “dejar” que murieras. Eso sucedió poco después de que perdiéramos a mi hermano Faralyn. Padre fue destituido y degradado. Acabó dedicándose a la innoble tarea de limpiar los establos. Mamá murió cuando yo tenía ocho años. Ese invierno, Blackmoore ni siquiera la dejó que fuera a ver a un médico. Papá murió unos años después. Cogí los magros ahorros que mis padres habían logrado reunir y me marche sin mirar atrás. A Blackmoore mi fuga le importó más bien poco, pues estaba demasiado ocupado gobernando su reino.

—¿Su reino? —inquirió Thrall boquiabierto.

Sí, aunque nadie admite que tenga ningún derecho sobre el trono de Lordaeron, por supuesto. No obstante, tampoco nadie se atreve a hacerle caer de ahí.

Thrall se reclinó, mientras intentaba buscarle un sentido a todo aquello.

—Prosigue —le indicó, con un tono de voz ahogado.

—Era muy popular. Al principio, se dedicó a adiestrar a sus hombres hasta que alcanzaron las más altas cotas de la perfección.

Thrall se acordó de los innumerables combates de gladiadores en los que Blackmoore le había obligado a participar en su día. Sí, eso parecía bastante propio de su antiguo amo, aunque de un modo retorcido y extraño.

—Después, contrató a mercenarios y los entrenó del mismo modo. Tras la Batalla de la Cumbre de Blackrock, ya no hubo quien lo parara.

—¿Qué sucedió en esa batalla?

—Que mató a Orgrim Doomhammer en un duelo a muerte — contestó Taretha bruscamente y, acto seguido, cogió otro puñado de las bayas que Thrall había recolectado antes.

El orco no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Blackmoore? ¿Ese borracho cobarde y llorón había sido capaz de retar a Orgrim Doomhammer a un duelo a muerte y, encima, le había ganado?

—Esa derrota hundió la moral de los pieles ver… perdón… de los orcos —se corrigió Taretha rápidamente—. Ahora no son más que esclavos, Thrall. Han doblegado su espíritu. Ni siquiera los encierran en campos de reclusión como ésos de los que me hablaste. Si encuentran alguno suelto, el reino lo compra. Entonces, o bien quiebran su voluntad y lo convierten en un esclavo o bien lo matan si se sigue mostrando desafiante.

—Por eso querías capturarme vivo —aseveró Thrall en voz baja.

Taretha asintió.

—Con lo que me darían por entregarles un orco salvaje, podría vivir más de un año. Así… así es como funciona mi mundo, Thrall. Siempre ha sido así. Pero… — entonces, Taretha frunció el ceño—. Siempre he tenido la sensación de que… bueno, de que las cosas no deberían ser así. Y no hablo sólo en el plano moral, sino…

Las últimas palabras las dijo con un hilo de voz.

Thrall entendió perfectamente lo que quería decir.

—Siempre has tenido la sensación de que las cosas no deberían ser así porque no deberían serlo —dijo el orco con suma firmeza—. Esta línea temporal es una aberración. Blackmoore está muerto, los orcos moran en su propia tierra y yo tengo amigos humanos —en ese instante, sonrió—. Como tú.

Ella esbozó una sonrisa a su vez e hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Resulta extraño, pero… creo que las cosas deberían ser como tú dices — entonces, titubeó—. Me he fijado en que no has hecho ninguna mención a cuál ha sido mi destino en ese otro sendero temporal.

El orco torció el gesto.

—Esperaba que no me preguntases. Pero debería haberme imaginado que lo acabarías haciendo.

—Me, hum… Me temo que no acabo tan bien como esa tal Jaina Proudmoore de la que tan bien hablas —conjeturó, intentando quitarle hierro al asunto, pero fracasando miserablemente.

Thrall la miró pensativo y luego le preguntó con un tono muy serio:

—¿De verdad quieres saberlo?

Taretha frunció el ceño, atizó de nuevo el fuego y, a continuación, tiró a la hoguera la rama con la que había estado atizando la hoguera y se recostó.

—Sí, quiero saberlo.

Lo cual no lo sorprendió. Taretha siempre se había enfrentado a la verdad, por muy incómoda que fuera. No obstante, esperaba que lo que tenía que contarle no la volviera en su contra. Aunque también era consciente de que no sería correcto contarle algo que no fuera la total y absoluta verdad.

Permaneció sentado un momento, rumiando sus pensamientos, y ella no lo incordió. Lo único que se escuchaba era el crepitar del fuego y los tenues murmullos de las criaturas de la noche.

—Estás muerta —dijo Thrall al fin—. Blackmoore descubrió que me estabas ayudando. Ordenó que te siguieran cuando ibas a encontrarte conmigo y, cuando volviste… hizo que te mataran.

Taretha no dijo nada, pero un músculo de su rostro se contrajo de manera involuntaria. Entonces, con un tono de voz extrañamente tranquilo, preguntó:

—Sigue. ¿Cómo morí?

—No lo sé exactamente —respondió Thrall—. Pero…

Cerró los ojos por un momento. Primero, había sido testigo del cruel asesinato de sus padres y ahora, esto.

—Te decapitó y metió la cabeza en una bolsa. Cuando me presenté en Dumholde para pedirle que liberara a los prisioneros orcos… me tiró esa bolsa despectivamente.

Taretha se llevó las manos a la cara.

—Creyó que así me destrozaría. Y, en cierto modo, así fue… pero no reaccioné como él se esperaba —entonces, la voz de Thrall adoptó un tono más grave al recordar aquel momento—. Me enfurecí. No iba a mostrarme misericordioso con él después de lo que había hecho… después de haber demostrado con creces la clase de hombre que era. Al final, tu muerte provocó la suya. He pensado en ese momento muchas veces y siempre me he preguntado si pude haber hecho algo para salvarte. Lamento decirte que no pude, Taretha. Lo siento mucho.

Siguió con la cara tapada y, cuando habló, lo hizo con un tono de voz ahogado.

—Dime una cosa. ¿Marqué la diferencia? —inquirió.

El orco no se podía creer que le estuviera haciendo esa pregunta. ¿Acaso no había entendido lo que le acababa de contar?

—Taretha, gracias a tu generosidad, fui capaz de entender que hay algunos humanos en los que se puede confiar… ésa es la razón por la que me atreví a considerar la posibilidad de aliarme con Jaina Proudmoore —afirmó Thrall—. Gracia a ti, llegué a creer que era mucho más que… que un monstruo de piel verde. Que yo y, por tanto, mi pueblo… todos los orcos… éramos dignos de ser tratados como algo más que meros animales.

El orco puso una mano sobre el hombro de la humana. Ella alzó la cabeza y se volvió hacia él; las lágrimas anegaban su rostro.

—Taretha, amiga mía —dijo Thrall con voz quebrada—. Mi hermana del alma. No es sólo que marcaras la diferencia sino que, sin ti, nada de eso habría sucedido.

Para su sorpresa, ella le respondió con una sonrisa temblorosa.

—No lo entiendes —aseveró con voz entrecortada—. Yo nunca he marcado la diferencia. Nunca le he importado nada a nadie. Nunca he hecho nada que haya dejado huella en alguien o algo.

—Tus padres…

Al instante, Taretha profirió un suspiro desdeñoso.

—Los padres de tu mundo parecen mucho más cariñosos que los del mío. Era hembra y, por tanto, muy poco útil para ellos. Estábamos demasiado ocupados intentando sobrevivir. Nunca recibí esa formación de la que antes hablabas. No sé leer, Thrall. No sé escribir.

El orco no se podía imaginar a una Taretha analfabeta. Los libros habían sido el primer puente que se tendió entre ellos. Sin sus notas, quizá nunca habría escapado. Había pensado que había sufrido un destino cruel en el verdadero sendero del tiempo, había creído que el destino había sido muy injusto con una persona tan generosa y bondadosa. Pero, en aquel sendero, había llevado una vida casi aún peor.

Aggra lo había acompañado en su viaje espiritual de revelación mística y, en cierto modo, había “conocido” a Taretha.

“No debería haber muerto”, había dicho Thrall en el transcurso de ese viaje espiritual.

“¿Y cómo sabes que ése no era su destino? Quizá simplemente aquello para lo que había nacido. Sólo ella conoce la respuesta a esa pregunta. ¿Cómo sabes que no había cumplido ya su misión en la vida?”, replicó Aggra

Entonces, a Thrall le dio un vuelco el corazón y se dio cuenta de que (en ambos senderos) Taretha sabía cuál era su destino.

—Me alegro de saber esto gracias a ti… me alegro de saber que mi existencia fue importante para alguien, incluso para naciones enteras, para… la historia del mundo… no sabes cuánto significa eso para mí. Me da igual que muriera. Me da igual cómo morí. Al menos… ¡marqué la diferencia!

—La marcaste y la marcarás ahora también —aseveró Thrall, con un tono de voz apremiante—. Quizá no la hayas marcado… aún. Pero eso no quiere decir que no puedas.

—Con lo que me darían por entregarles a un orco salvaje, podría vivir más de un año. Así… así es como funciona mi mundo, Thrall. Siempre ha sido así. Pero… — entonces, Taretha frunció el ceño—. Siempre he tenido la sensación de que… bueno, de que las cosas no deberían ser así. Y no hablo sólo en el plano moral, sino…

Esas últimas palabras las dijo con un hilo de voz.

Thrall parpadeó, confuso.

—Eso ya me lo has dicho antes.

Era una reflexión muy importante, pero no entendía por qué había elegido ese momento para repetirla.

Taretha volvió a fruncir el ceño.

—¿El qué?

De repente, sintió algo… distinto en el ambiente. Thrall se puso en pie y cogió el arma de Taretha del suelo. Haciendo gala de su proverbial valor, Taretha no se dejó llevar por el pánico, sino que enseguida se puso también en pie a su lado, mientras observaba el bosque que los rodeaba en busca de alguna amenaza.

—¿No has oído algo raro?

—La marcaste y la marcarás ahora también —aseveró Thrall, quien se hallaba sentado junto a ella—. Quizá no la hayas marcado… aún. Pero eso no quiere decir que no…

Se detuvo a mitad de esa frase. Y entonces por fin lo entendió todo.

—Este sendero del tiempo es incorrecto —afirmó—. Ambos lo sabemos. Y algo va tan rematadamente mal en él que ya ni siquiera fluye correctamente. Los acontecimientos… se repiten. Quizá el tiempo se esté deshaciendo.

Taretha palideció.

—Insinúas… crees… que este mundo va a llegar a su fin.

—No sé qué va a pasar —replicó Thrall con total sinceridad— Pero debemos dar con la manera de detener esto y de sacarme de este sendero. Porque, si no, todo… tanto tu mundo como el mío y quién sabe cuántos más… serán destruidos.

El miedo se apoderó de la humana. Contempló el fuego mientras se mordisqueaba pensativa el labio inferior.

—Necesito tu ayuda —susurró Thrall.

Taretha alzó la vista y le sonrió.

—La tendrás. Quiero marcar la diferencia… de nuevo.

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