Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Diez

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosEl mundo permanecía en silencio.

No se escuchaba ni un grito de ira, dolor o placer. Ni siquiera la tenue cadencia de una respiración. Ni siquiera el batir de unas alas ni el latido de un corazón. Ni siquiera el imperceptible roce de un parpadeo ni de una planta echando raíces.

Pero no, ese silencio no era absoluto. Los océanos se desplazaban, las olas trazaban espirales en las orillas y, a continuación, se retiraban, a pesar de que nada existía ahora en sus profundidades. El viento soplaba, agitando los aleros de moradas donde ya no había nada ni nadie, meciendo la hierba que se estaba tomando amarillenta.

Ysera era el único ser vivo de ese lugar; la intranquilidad la dominaba y ésta fue dando paso a la preocupación, que se transformó en miedo, que se convirtió en horror.

La Hora del Crepúsculo había llegado.

Sus zarpas hollaron una tierra que ya no albergaba vida, que ya nunca jamás volvería a albergar vida, donde el aliento de Ysera jamás podría hacer que la vegetación brotara de nuevo. Recorrió todos los continentes, albergando la vana esperanza de que algún lugar no hubiera sucumbido a ese mal.

Todo estaba muerto. Ya no había dragones ni humanos ni elfos ni orcos ni peces ni pájaros ni árboles ni hierba ni insectos. Con cada paso teñido de amargura, Ysera hollaba una descomunal fosa común.

¿Cómo era posible que ella siguiera viva?

Intentó alejar esa pregunta de su mente, pues temía la respuesta, y siguió avanzando.

En Bahía del Botín, Orgrimmar, Cima del Trueno, Villa Oscura, Desolace… en todas partes había cadáveres pudriéndose, pues los carroñeros no los estaban devorando, ya que éstos también habían perecido y se estaban descomponiendo. Ysera notó que la locura llamaba a las puertas de su mente, pues tal era la enormidad de aquel holocausto, pero logró cerrarlas a tiempo de manera inmisericorde.

Nuestro templo…

No quería verlo, pero tenía que hacerlo…

Ahora, se encontraba en la base del templo con sus grandes ojos, que durante tanto tiempo habían permanecidos cerrados mientras soñaba, abiertos de par en par.

Escuchó unos aleteos. Y la cadencia de muchas respiraciones y gritos victoriosos repletos de odio. El aire parecía vibrar como consecuencia de la presencia de los dragones crepusculares, los únicos seres que quedaban vivos y celebraban triunfales su victoria sobre el cadáver del mundo. A los pies del Templo del Reposo del Dragón, yacían los cuerpos de los poderosos Aspectos: de Alexstrasza, que había sido quemada viva, cuyas costillas carbonizadas parecían querer alzarse hacia el cielo; de un Aspecto azul, cuyo semblante no reconoció, que se encontraba totalmente congelado en medio de un espasmo de agonía; de Nozdormu el Atemporal, quien se hallaba inmovilizado en esa corriente temporal, totalmente petrificado; y, por último, vio su propio cuerpo, que se encontraba cubierto de una flora que en su momento había sido verde y había estado viva, pero que ahora estaba muerta (incluso las enredaderas que se habían enroscado alrededor de su cuello con el fin de ahogarla carecían de vida). Daba la impresión de que cada uno de los Aspectos había sido asesinado por sus propios poderes.

Pero eso no fue lo que hizo que un gélido horror se apoderara de ella.

Ysera la Despierta se quedó mirando fijamente a un cuerpo descomunal, que se hallaba iluminado por la sombría y tenue luz de los cielos crepusculares de Northrend; se trataba de algo inerte y exánime.

Se encontraba empalado sobre la misma aguja del Templo del Reposo del Dragón. Tras aquel cadáver el sol, hinchado y de un color anaranjado rojizo, se estaba poniendo.

Ysera cayó al suelo, temblando, y deseó tener el valor de arrancarse los ojos.

—Deathwing —susurró.

De repente, se estremeció y regresó a la realidad; su mente se despejó, aunque le seguía temblando todo el cuerpo por culpa de la visión que acababa de tener. Entonces, negó con la cabeza mientras susurraba:

—No, no, no…

Era una visión de un futuro que no era inmutable. Ese destino todavía se podía evitar… pero sólo si un orco cambiaba el sendero por el que debía discurrir el destino.

Thrall, no sé qué papel vas a jugar en todo esto, pero te lo ruego… no nos falles, por favor.

No dejes que este mundo acabe siendo un lugar tan silencioso.

* * *

La cuestión era… ¿cómo iba a poder cambiar ese sendero por el que debía discurrir el tiempo?

—Cuéntame todo lo que ocurrió desde que yo fallecí —le pidió Thrall.

—Pasaron… muchas cosas pero, bueno, te lo contaré —replicó Taretha—. Como te he dicho antes, Blackmoore se marcó un objetivo muy claro. Entrenó a sus hombres hasta que alcanzaron la perfección y, después, hizo lo mismo con los mercenarios. Después de la Batalla de la Cumbre de Blackrock, no desmanteló a su ejército personal. En cuanto los orcos se rindieron, selló un pacto secreto con ellos; un pacto que dejó al resto de la Alianza horrorizada. Si se unían al ejército privado de Blackmoore, si se volvían en contra del rey Terenas y los demás, si los masacraban… los dejaría vivir. Adivina cuál fue su respuesta.

Thrall asintió.

—Aceptaron, claro está. Ya que así lo único que hacían era seguir luchando contra el enemigo. Y, de ese modo, Terenas cayó.

Ahora fue Taretha la que asintió.

—Al igual que Uther el Lightbringer y Anduin Lothar.

En el sendero del tiempo de Thrall, fue Lothar quien murió al luchar contra Doomhammer en la Batalla de la Cumbre de Blackrock.

—¿Y qué fue del príncipe Varían?

—Tanto Varían como Arthas, el hijo de Terenas, eran demasiado jóvenes como para luchar. Huyeron a lugar seguro y ambos sobrevivieron.

Arthas, el paladín caído… el Rey Lich.

—¿Se ha propagado alguna enfermedad extraña por este mundo? ¿Has oído hablar de grano envenenado o alguna peste?

Taretha sacudió de lado a lado su rubia cabeza.

—No, no ha habido nada de eso.

Esa respuesta dejó a Thrall muy impactado. En ese mundo, Blackmoore seguía vivo, lo cual era algo lamentable y despreciable. Pero Taretha también estaba viva… y una innumerable cantidad de inocentes que no se convertirían en parte de la Plaga ni de los Renegados.

—¿Te suena el nombre de Kel’Thuzad? —inquirió.

Kel’Thuzad era un ex miembro del consejo de gobierno de Dalaran que había buscado obtener el poder como fuera en la línea temporal de Thrall. Esa ansia de poder lo había arrastrado por tenebrosos senderos, que lo habían llevado a experimentar con la línea que divide la vida y la muerte. Tras esos siniestros flirteos, resultaba siniestramente adecuado que Arthas hubiera revivido al cadáver de Kel’Thuzad como un exánime.

—Oh, sí —respondió Taretha, esbozando un gesto de repugnancia—. Es el principal consejero de Blackmoore.

Así que Kel’Thuzad también había sucumbido a los cantos de sirena del poder en ese sendero del tiempo. Aunque en ese mundo se había dejado seducir por poder político y no por un antiguo demonio malvado.

—Antonidas y Dalaran le han dado la espalda —prosiguió explicándole Taretha—. Aunque quieren mantener una imagen de imparcialidad de puertas para afuera, se rumorea que son más leales a Stormwind que a Lordaeron, a pesar de que Dalaran está más cerca de nosotros —entonces, se encogió de hombros—. No sé en qué medida esas habladurías son ciertas. Son sólo cosas que escucho de vez en cuando, cuando me aventuro en Costasur.

Por lo visto, Dataran también existía en ese sendero y Antonidas seguía siendo el líder de los magos. Pero la ciudad no había caído; no había tenido que ser reubicada en Northrend.

—¿Dónde se encuentran Arthas y Varían?

—Varían gobierna Stormwind y Arthas está con él. Son como hermanos. Varían fue su padrino en su boda.

—… con Jaina Proudmoore —dijo Thrall en voz baja.

Taretha asintió.

—Tienen un niño. El príncipe Uther.

En aquel sendero no había tenido lugar la peste ni Arthas se había convertido en el Rey Lich. Aún no, al menos. Se había casado y ya era padre. Lordaeron no se había transformando en Entrañas ni había acabado ocupada por no-muertos; sin embargo, se encontraba en manos de Blackmoore, quien le había arrebatado el trono a un buen hombre de manera ilegítima.

—Cuánto me indigna que Blackmoore domine gran parte de este mundo — masculló.

—Por eso mismo resulta tan extraño que haya desaparecido de repente —replicó Taretha.

—¿Ha desaparecido?

—Sí. Sus consejeros han intentado ocultarlo, por supuesto. Dicen que se ha ido a realizar una misión, a hostigar a más orcos o a matar a algunos dragones o a firmar un tratado de paz, dependiendo de a quién quieras creer. Pero lo cierto es que se ha desvanecido en el aire.

—Tal vez alguien lo haya matado —conjeturó Thrall, sonriendo levemente—. Por soñar que no quede.

—Si fuera así, las fanfarrias sonarían bien alto para celebrarlo señaló Taretha—. Y ese trono sería ocupado por alguien… por Arthas el heredero legítimo, o por el asesino de Blackmoore. No, algo muy extraño está ocurriendo. Pero las cosas no van a durar mucho tiempo así. Estoy segura de que Arthas y Varían ya están planeando un ataque. Deben de tener espías en Lordaeron.

Tenía razón. Si bien no le habían proporcionado una educación, Taretha seguía siendo una mujer tremendamente inteligente. Claro que tenía que haber espías y seguro que Arthas y Varían reaccionarían con gran celeridad, dentro de lo posible, para aprovecharse de la misteriosa “ausencia” de su adversario.

Thrall se detuvo un momento a cavilar. Sabía que tenía que restaurar ese sendero del tiempo porque, si no, la misma existencia se desmoronaría. Quizá el hecho de que Blackmoore hubiera desaparecido fuera una buena noticia; quizá eso abriría la posibilidad de que el sendero del tiempo se restaurara, de algún modo, por sí solo.

Aun así… eso sería una gran tragedia.

Si todo volviera a la normalidad, la peste arrasaría el mundo y millares de seres acabarían muertos o transformados en algo mucho peor.

Arthas tendría que convertirse en el Rey Lich. Súbitamente, se le ocurrió una idea que lo hizo estremecerse: ¿Y si, en ese mundo, Blackmoore iba a convertirse en el Rey Lich? Tampoco sería de extrañar, puesto que Kel’Thuzad era su consejero de confianza.

Antonidas tendría que morir, Dalaran tendría que caer, al igual que Quel’Thalas.

Y Taretha…

Se llevó la mano a la frente y permaneció pensativo por un largo rato. Aquella misión parecía imposible de ser llevada a cabo. Necesitaba dar con un dragón bronce para explicarle lo que estaba pasando. Incluso un dragón verde o rojo le sería de gran ayuda, ya que conocían cuál era la obligación principal de los dragones bronces y, Por tanto, lo creerían; se creerían esta historia sobre senderos del tiempo alterados, al menos en teoría.

—¿Crees… crees que podremos marcar la diferencia? —le preguntó Taretha en voz baja.

El orco profirió una carcajada hueca.

—Creo que será mejor que encontremos a un dragón —replicó—. Uno que sea capaz de escuchar a un orco sin matarlo antes de que pueda pronunciar palabra y…

En ese instante, abrió los ojos como platos.

—… y sé dónde podremos encontrar uno.

Krasus se encontraba sentado en su estudio privado; rara vez se sentía en algún sitio tan cómodo como aquí. Se trataba de una sala muy acogedora, más pequeña de la que podría haber exigido por el puesto que ocupaba en el Kirin Tor, pero realmente confortable. En realidad, toda superficie plana de la habitación (desde el escritorio, pasando por una mesita o la parte superior de una estantería) se encontraba cubierta por algún libro abierto. Únicamente cuando se hallaba junto a su consorte, Alexstrasza, sentía más gozo en su corazón que cuando estaba en ese estudio. No le gustaba tener que estar lejos de ella, pero nadie entendía mejor los sacrificios que conllevaba el “deber” que la Protectora. Su amada comprendía perfectamente que su trabajo aquí, en el Kirin Tor, era muy útil para su vuelo; no obstante, desde el punto de vista de Krasus, lo más importante de su labor ahí era lograr ayudar a Azeroth en general. Los humanos, los elfos nobles y los gnomos con los que colaboraba podrían haber dado por sentado que, como los dragones vivían tanto tiempo, se acababan aburriendo uno de otros y agradecían tener la oportunidad de poder pasar cierto tiempo separados.

Pero se habrían equivocado.

Un orbe flotaba en el aire cerca de él; poseía unas tonalidades verdes, marrones y azules que revelaban que se trataba de una representación exacta y actual de Azeroth. También había herramientas, bagatelas y otros objetos de un valor incalculable desperdigados aquí y allá. En ese momento, se encontraba muy ocupado copiando en diversos pergaminos algunos pasajes de un libro muy antiguo que, si no se manipulaba con sumo cuidado, se desmenuzaría y se convertiría en polvo. Aunque gracias a la magia ese libro aún mantenía su consistencia, Krasus era un mago muy pragmático y sabía que hacer una copia de los pasajes claves del libro era una sabia decisión, pues el original estaba sufriendo los estragos del tiempo y no quería que alguno de sus hechizos se perdiera para siempre. A pesar de que se trataba de una tarea que podría haber realizado cualquier aprendiz, Krasus prefería hacerla él mismo. Como erudito y mago que era, le encantaba sentarse en silencio a estudiar textos de magia antigua.

Entonces, alguien llamó a su puerta.

—Pasa —dijo en voz alta, sin alzar la vista del libro.

—¿Lord Krasus?

Se trataba de Devi, una de las jóvenes elfas nobles que aún era aprendiz de mago.

—Sí, ¿qué quieres, Devi? —inquirió Krasus.

—Una joven dama quiere verte. Viene acompañada de su esclavo. Ha insistido en que te entregue esto. Pero… ¿me permites hablar con franqueza?

—Tú siempre hablas así —replicó, esbozando una leve sonrisa—. Y yo siempre aprecio tu sinceridad. Por favor, habla.

—Hay algo en ella que… me inquieta. No se trata de nada peligroso, pero… — entonces, negó con la cabeza y frunció ligeramente el ceño, mientras intentaba descifrar a qué se debía esa sensación de inquietud—. Me ha dicho que te dé esto.

Krasus se puso en guardia al instante, pues Devi solía acertar a la hora de juzgar a la gente. La aprendiz se aproximó y dejó caer algo pequeño, de color marrón y de un aspecto totalmente vulgar, en la palma de la mano del mago. Se trataba de una mera bellota.

Krasus respiró hondo.

¡Ahí había almacenado tanto conocimiento! En esa cosita de aspecto tan engañosamente poco importante se encontraban atesorados eones de sabiduría e información. Sintió un cosquilleo en la palma de la mano y, de inmediato, cerró la mano por un instante; no quería soltar esa bellota.

Devi lo observó detenidamente. Todavía era sólo una aprendiz, por lo tanto, era incapaz de percibir lo que Krasus había intuido: que esa bellota pertenecía a un ancestro. Era como un susurro que sólo unos oídos muy agudos y entrenados podían escuchar.

—Te agradezco mucho tu advertencia, Devi. Dile que pase —dijo Krasus, quien decidió no revelar la verdadera naturaleza de aquel objeto a la aprendiz.

—Le advierto que insiste en entrar con su orco —insistió Devi.

—¿Por qué crees que quiere hacer eso?

Devi ladeó la cabeza, con aire pensativo.

—Sinceramente, no se me ocurre ninguna razón, señor. No obstante, el orco parece estar totalmente domesticado y esa mujer ha insistido mucho en que tiene que contarte algo muy importante. No creo que planee lastimarte en modo alguno, pero no se me ocurre cuál puede ser la razón por la que quiere verte. Es desconcertante.

La tez morena de la aprendiz se vio surcada por un ceño fruncido que mancilló su hermosura. A Devi no le gustaban los misterios y enigmas.

—Entonces, que pase también el orco. Creo que, en caso de que intenten alguna jugarreta, aún soy rival para una muchacha y un orco domesticado.

Sus miradas se cruzaron y Devi sonrió burlonamente. Otros habrían tachado de impertinente a esa elfa de lengua afilada, pero a Krasus le encantaba que esa aprendiz no se sintiera intimidada ante él.

—Ahora mismo, señor —replicó.

La bellota de un ancestro. Krasus abrió entonces la mano y volvió a observarla con detenimiento. Era un objeto excepcional, muy hermoso y poderoso. ¿Quién era esa muchacha que lo había encontrado? ¿Qué tenía de especial?

La puerta volvió a abrirse y, a continuación, Devi apareció con el orco y la muchacha. Acto seguido, la aprendiz hizo una reverencia y cerró la puerta al marchar. Krasus se puso en pie y contempló inquisitivamente a la joven muchacha de pelo rubio.

Era esbelta y habría sido muy hermosa si no portara en su rostro las inconfundibles marcas de una vida muy dura. Si bien el atuendo que portaba (un humilde vestido y una capa) estaba limpio, resultaba obvio que había sido remendado en más de una ocasión. Aunque iba muy bien arreglada, tenía callos en las manos y las uñas rotas. Y, a pesar de que permanecía muy erguida, se notaba que se encontraba muy nerviosa. Entonces, realizó una profunda reverencia.

—Lord Krasus, me llamo Taretha Foxton —afirmó—. Gracias por habernos recibido.

Ese nombre no le sonaba de nada, pero le llamó la atención que hubiera escogido esas palabras para presentarse.

—¿Por qué hablas en plural? —preguntó Krasus con suma delicadeza, a la vez que se acercaba a ellos con las manos a la espalda.

En verdad, el orco era mucho más impresionante que la humana Era más grande que la mayoría de los de su especie, poseía una poderosa musculatura e iba ataviado con una modesta túnica marrón. También tenía las manos callosas… pero de utilizar armas, no de trabajar en el campo. Una herramienta agrícola no se agarraba igual que un arma; además, Krasus ya había visto a muchos guerreros a lo largo de su dilatada existencia como para reconocer a uno en cuanto lo tenía delante. Asimismo, el orco no andaba encorvado y alicaído como el resto de sus congéneres y no se arredraba ante la mirada de Krasus.

Tenía los ojos azules.

—Asombroso —murmuró el mago—. ¿Y tú quién eres?

—Me llamo Thrall —contestó el orco.

—Un nombre muy adecuado para un esclavo pero, francamente, dudo mucho que lo seas —aseveró Krasus quien, acto seguido, mostró la bellota que todavía sostenía en la mano—. Han sido muy listos al utilizar esto para convencerme de que debía recibirlos. Sabían que sería capaz de percibir la sabiduría que atesora en su interior. ¿Cómo dieron con un objeto tan valioso?

No le sorprendió que Taretha mirara a Thrall buscando una respuesta.

—Tengo… una historia que contarte, mago —respondió Thrall— O quizás debería llamarte… mi señor dragón.

Si bien Krasus se mantuvo impertérrito, una oleada de conmoción sacudió su fuero interno. Muy pocos conocían que en realidad era Korialstrasz, el consorte de Alexstrasza. Y, hasta ese preciso instante, habría jurado que conocía a todos y a cada uno de los que conocían su secreto.

—El día de hoy se vuelve cada vez más y más interesante —afirmó Krasus con una templanza fingida—. Vamos, siéntense. Pediré que nos traigan algo de comer. Sospecho que esa historia que tienes que contarme va a ser bastante larga.

Tenía razón. Taretha y Thrall se sentaron (este último con mucho cuidado en una de las sillas más grandes) y el orco empezó a contar su historia. Hicieron una pausa para picar algo (un poco de té y unos pastelillos, sobre los que la pobre chica se abalanzó como un lobo hambriento) pero, aparte de eso, Thrall contó lo que tenía que contar sin apenas interrupciones a lo largo de gran parte de aquella tarde. Krasus lo interrumpió de vez en cuando para hacerle alguna pregunta o pedirle que le aclarara algo pero, durante gran parte del tiempo, simplemente escuchó.

Era un disparate. Era absurdo. Ridículo.

Pero también tenía mucho sentido.

Korialstrasz había aprendido, tras haber escuchado una gran cantidad de historias absurdas a lo largo de los muchos milenios que había vivido, que los relatos disparatados siempre tenían algún agujero. Siempre había detalles que parecían inverosímiles. Sin embargo, aquel extraño orco llamado Thrall hablaba de cosas que parecían imposibles, pero que Korialstrasz sabía que eran perfectamente posibles.

Thrall, al igual que Krasus, conocía cuál era la peculiar idiosincrasia de Ysera la Soñadora y su vuelo. El orco contó que la bellota que el mago todavía sostenía en la mano era un regalo. Krasus sabía que decía la verdad: esa bellota emanaba una sensación de paz que no habría percibido si la hubiera hallado por azar o se la hubiera arrebatado a alguien por la fuerza. El orco también sabía cómo funcionaban los senderos del tiempo. Sabía incluso los nombres de algunos dragones bronces que eran amigos de Korialstrasz y su reina.

Ningún orco esclavo podía saber esas cosas.

En cuanto Thrall concluyó su relato, Krasus dio un sorbo a su té examinó la valiosa bellota que tenía en la mano y, a continuación se acercó a Thrall y la dejó caer sobre la mano del orco.

—Esto no es para mí —aseveró con suma calma—, ¿verdad?

En realidad era una afirmación, no una pregunta.

Thrall contempló al mago por un instante, hizo un gesto de negación con la cabeza y volvió a meter la bellota en su bolsa.

—Iba a plantarla en un lugar idóneo —comentó—. Pero no creo que Dalaran sea ese lugar.

Korialstrasz asintió. Él también había percibido que esa bellota no debía plantarse ahí.

—Tengo verdadera aversión a Aedelas Blackmoore —afirmó el mago dragón—. Como casi todo el mundo, salvo que estén a sueldo de ese desgraciado, aunque seguro que son leales al dinero y no al que les paga. No lamentaría su muerte, no me importaría que alguien lo abriera en canal, como me has contado que hiciste en tu mundo. Pero no bastará con matarlo para corregir las alteraciones que ha sufrido el tiempo, Thrall. Si bien entiendo que es necesario reparar el sendero del tiempo para que recupere su curso normal, he de decirte que vas a encontrar a muy pocos que defiendan que tu mundo sea mejor que el nuestro. En el tuyo ha habido pestes, ha surgido el Rey Lich, Dalaran ha sido destruida y reconstruida, los orcos tienen su propia patria… me temo que tienes una ardua tarea por delante.

—Pero es lo que hay que hacer —replicó Thrall—. Si no corregimos esto, mi sendero del tiempo, el sendero real… ¡será destruido! ¡Y éste ya está condenado!

—Sí, lo sé. Y tú también lo sabes. Y un puñado de mis colegas del Kirin Tor también lo saben. Y el vuelo de dragón bronce también, no lo dudo. Pero estás hablando de rehacer un mundo entero.

El mago señaló la esfera flotante que representaba a Azeroth.

Thrall se levantó y se aproximó a aquel globo; lo observó mientras unas tenues nubes blancas en miniatura surcaban su superficie.

A pesar de que lo examinó con detenimiento, no hizo ademán alguno de tocarlo.

—Esto… es real, ¿verdad? —preguntó.

Presa de la curiosidad, Taretha se levantó y se acercó al orco. Abrió los ojos como platos al contemplar aquel globo que giraba lentamente.

—En cierto modo, sí —contestó Krasus—. Aunque, si aplastaras esta esfera de un puñetazo, no lograrías acabar con este mundo en realidad… si es eso lo que pretendes.

—Ya… pero, si fuera posible, podríamos resolver este problema de esa manera, ¿verdad? —replicó Thrall de manera irónica.

—Tal vez —admitió Krasus, esbozando una leve sonrisa.

—Una duda… ¿nosotros también aparecemos representados en esta esfera? — inquirió Thrall.

—Sí —respondió Krasus—. Nuestra… esencia espiritual, por así llamarla, puede ser detectada a través de este orbe.

—¿Podrías dar con Arthas o Varían?

—Con ellos, en concreto, no. Sé dónde estamos porque… bueno… sé dónde estamos —contestó el mago—. Puedo percibir que Arthas está en este mundo, pero… — entonces, sus ojos oscuros lo miraron atónito—. Ya entiendo lo que estás insinuando.

—¿Los muertos dejan… su rastro?

—Sí, así es —replicó Krasus—. Quieres que busque a Blackmoore, ¿verdad?

El orco asintió. El mago dragón alzó una ceja y, acto seguido, una mano, que sostuvo a unos quince centímetros de aquellas nubes blancas, con los dedos muy separados, mientras esa esfera que representaba a Azeroth giraba y giraba sin cesar. Frunció el ceño. Caminó alrededor de aquel globo lentamente, manteniendo la mano en todo momento sobre él, moviéndola levemente. Entonces, por fin, bajó la mano y se volvió hacia el orco.

—Has acertado con tu corazonada —le explicó Krasus—. Aedelas Blackmoore no se encuentra en este mundo.

—¿Y eso qué significa? —inquirió Taretha con un hilo de voz.

—Bueno, puede significar varias cosas —contestó el mago dragón—. Que quizá haya dado con la forma de ocultar su rastro. O que alguien le ha robado su espíritu, lo cual sucede de vez en cuando. O que no se encuentre en este mundo físicamente.

Ambos sabemos que existen portales a otros mundos.

Krasus miró a Thrall mientras hablaba y frunció el ceño. El orco parecía hallarse muy inquieto y se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo por calmarse.

—¿Qué sucede, Thrall?

El orco no le respondió, sino que se giró hacia Taretha y colocó una de sus enormes manos sobre el hombro de la humana.

—Tari… me contaste que Blackmoore derrotó a Orgrim Doomhammer en un duelo a muerte.

La muchacha asintió.

—Sí, eso es.

—¿Se quedó con el… Doomhammer? ¿O la armadura de Orgrim?

—El martillo quedó reducido a añicos en el combate o, al menos, eso es lo que dice todo el mundo —respondió Taretha—. Y la armadura le quedaba demasiado grande.

Thrall se relajó un poco. Gracias a esa respuesta, parecía sentirse bastante aliviado.

—Por supuesto. El no habría podido ponérsela.

Taretha asintió.

—No obstante, decidió arrancarle unas cuantas placas ornamentadas con unos peculiares símbolos a la armadura de Doomhammer. Ahora esas placas forman parte de una nueva armadura que diseñaron especialmente para él.

El orco dejó de apoyar su mano en el hombro de la humana y se quedó mirándola fijamente.

—¿Thrall? —inquirió Taretha preocupada—. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

El orco volvió lentamente la cabeza para poder observar a la Azeroth en miniatura que giraba en el aire sin parar. Durante un largo instante, no pronunció palabra alguna, hasta que por fin dijo con un tono de voz muy grave y serio:

—Ya sé qué ha sido de Blackmoore.

Taretha y Krasus se intercambiaron miradas y aguardaron a que Thrall prosiguiera.

—No está en este mundo porque ya no está en este sendero del tiempo. Ha escapado. Ya no está atado a él. Ya no tiene que obedecer sus leyes. Y tiene un propósito en mente. Una meta que alcanzar. Entonces, se volvió hacia ambos.

—Su objetivo es matarme.

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