Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Siete

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosMientras corría, la arena que había bajo sus pies, que hasta entonces había ralentizado traicioneramente su avance, se transformó abruptamente en tierra sólida y hierba. Por encima de él, en vez del extraño paisaje celeste de las Cavernas del Tiempo, pudo ver las copas de los pinos, un cielo negro y unas estrellas parpadeantes. Thrall aminoró el paso y, al final, se detuvo e intentó orientarse. El orco supo dónde estaba gracias al familiar aroma a pino y tierra, que resultaba más intenso al ser arrastrado por aquella atmósfera neblinosa y un tanto gélida. Un arroyo discurría a sólo unos metros de él y alcanzó a atisbar la copetuda cola blanca de un zorro. A pesar de que Thrall nunca había estado en ese lugar en concreto, sí conocía esa zona. Había crecido ahí.

Se encontraba en las laderas de Trabalomas, en los Reinos del Este.

Bueno, al menos, ya sé dónde estoy, reflexionó. Pero ahora lo más importante es saber… ¿en qué momento histórico me encuentro?

Acababa de hacer algo que muy pocos habían hecho, algo que hasta hacía muy poco no creía que fuera posible.

¿En qué momento del pasado se hallaba?

Se apoyó pesadamente contra un árbol y dejó caer el Doomhammer en cuanto se dio cuenta de la magnitud de lo que acababa de suceder. La muerte repentina de Desharin y la tremenda violencia del ataque que había sufrido lo habían mantenido distraído. No se había percatado de la dificultad y la relevancia de la empresa que tenía por delante.

Ahora, debía prestar atención a la herida que tenía en el costado. Thrall se llevó una mano a la herida e imploró que sanara. A continuación, su mano brilló tenuemente, sintió un cálido cosquilleo y la herida se cerró. Se quitó la túnica y la lavó en el arroyo para quitarle las manchas de sangre. Justo cuando acababa de ponerse una túnica limpia que había sacado de su mochila, escuchó unas voces.

Eran voces de orcos.

Con suma rapidez, envolvió el Doomhammer con la vieja túnica, pues era un arma muy reconocible, e intentó meterlo como pudo en su mochila. Mientras tanto, intentaba inventarse a la desesperada una historia plausible que contar a esos orcos que se aproximaban. De repente, para su gozo y alegría, logró esconder al fin el Doomhammer en su mochila lejos de ojos curiosos. Reconoció, de inmediato, el estandarte que portaban. Se trataba de una montaña negra sobre un fondo rojo, el estandarte del clan Blackrock. Esto podía significar dos cosas, dependiendo del momento histórico en que se encontrara realmente. La mayoría de los miembros del clan Blackrock no inspiraban mucho respeto a Thrall. Pensó en el cruel y despótico Puño Negro y en sus hijos, Rend y Maim, que moraban en el interior de la Montaña Blackrock.

No obstante, había un Blackrock que, en opinión de Thrall, redimía a todo el clan. El nombre de ese orco era Orgrim Doomhammer. A Thrall lo embargó la emoción al percatarse de que quizás hubiera regresado a un momento en el tiempo donde su mentor y amigo siguiera vivo. El orco que le había provocado a luchar cuando iba disfrazado como un mero viajero, el que lo había engañado para que atacara llevado por una tremenda y sincera ira orco… el que se había sentido muy satisfecho al ser derrotado por Thrall. El que le había enseñado las tácticas de batalla orco y el que, con su último aliento, había nombrado a Thrall jefe de guerra de la Horda y había entregado al joven orco su famosa armadura… y el Doomhammer.

Orgrim. A Thrall lo invadió, de repente, el anhelo de ver a ese poderoso orco (a su amigo) una vez más. Y eso era posible aquí y ahora.

Entonces, un orco se aproximó, blandiendo un hacha.

—¿Quién eres? —exigió saber.

—Th-Thra’kash —respondió Thrall con rapidez.

Y, como no podía presentarse como un chamán (aquí no, en esta era no), añadió:

—Un brujo.

El guardia lo miró de arriba abajo.

—Tienes un gusto muy peculiar a la hora de escoger tu ropa. ¿Dónde están tus calaveras y tu atuendo de tela bordada?

Thrall se enderezó todo cuanto pudo y dio un paso al frente, hacia el guardia, de un modo muy amenazador.

—El propósito de actuar de incógnito es que nadie se fije en uno —contestó—. Confía en mí. Sólo la gente insegura tiene que anunciar lo peligrosa que es vestida con ropas negras y portando huesos. El resto somos perfectamente Conscientes de qué somos capaces de hacer y no necesitamos alardear de ello.

El guardia dio un paso hacia atrás y, acto seguido, echó un vistazo a su alrededor con sumo cuidado.

—¿Has sido… enviado para ayudamos a cumplir la misión que tenemos que llevar a cabo más adelante?

Había algo en su tono de voz que a Thrall no le gustó nada pero, como tenía que despejar las sospechas del guardia lo antes posible, asintió y respondió:

—Sí, por supuesto. ¿Por qué si no estaría aquí?

—Es raro que hayan enviado a un brujo —comentó el guardia, entornando los ojos con aire de sospecha por un instante.

Thrall se sometió a su escrutinio y, al final, el guardia se encogió de hombros y agregó:

—Oh, bueno. Mi trabajo no consiste en hacer preguntas, sino sólo en cumplir órdenes. Me llamo Grukar. Tengo ciertos asuntos que atender antes de que sea la hora de realizar la misión. Acompáñame hasta la hoguera que hemos encendido cerca de la tienda. Hace una noche muy gélida.

Thrall asintió.

—Gracias, Grukar.

A continuación, siguió al guardia, que se adentró aún más en la zona de las laderas. Pasado un tiempo, divisaron una pequeña tienda de campaña de color rojo y negro, cuya entrada estaba cerrada. Dos orcos hacían guardia; cada uno estaba apostado a un lado. Ambos miraron con suma curiosidad a Thrall pero, como iba acompañado por Grukar, pronto dejaron de prestarle atención.

—Espérame aquí —dijo Grukar en voz baja—. No tardaré mucho.

Thrall asintió y se acercó a la hoguera que se encontraba a sólo unos metros. Varios guardias se habían congregado en tomo a ella y se calentaban las manos con sus llamas. Thrall hizo lo mismo e intentó no llamar la atención en la medida de lo posible. Entonces, escuchó unas voces.

O, más bien, se trataba de una sola voz. Si bien Thrall no fue capaz de captar todas las palabras, no cabía duda de que alguien estaba hablando sobre Gul’dan. Thrall entornó los ojos, suspicazmente, mientras escuchaba atentamente. Según contaba aquella voz que procedía de la tienda, Gul’dan había traicionado a los orcos. Se había aliado con los demonios para incrementar así su propio poder y había formado el Consejo de la Sombra para minar la autoridad de los clanes. Y lo peor de todo era que había persuadido a los orcos de mayor rango de Draenor para que bebieran sangre demoníaca.

Ése era el origen de la maldición que los había asolado durante tanto tiempo. Incluso aquéllos que no habían participado en esa confabulación, acabaron sufriendo las consecuencias: se vieron dominados por un ansia insaciable de cometer atrocidades y su piel se volvió verde. Y eso fue así hasta que un amigo de Thrall, Grom Hellscream, liberó a los orcos de manera definitiva de esa maldición al matar al demonio Mannoroth, cuya sangre había sido la causa de tanto tormento. No obstante, Thrall sabía que aquel acto heroico no iba a tener lugar hasta muchos años después, en el futuro. En este sendero del tiempo, la traición de Gul’dan era algo todavía muy reciente.

Al parecer, alguien había venido a visitar al líder de esos orcos para persuadirlo de que debía derrocar a Gul’dan.

Entonces, esa voz concluyó su siniestro relato. Por un momento reinó el silencio.

Entonces, Thrall escuchó una voz que nunca creyó que fuera a volver a oír jamás. Aunque sonaba un poco más joven y algo más aguda de lo que Thrall recordaba, la reconoció enseguida y se le hizo un nudo en la garganta.

—Te creo, amigo mío.

Era Orgrim Doomhammer.

—Permíteme asegurarte que no voy a apoyar los planes de Gul’dan en nombre de nuestro pueblo, sino que voy a enfrentarme a las tinieblas con ustedes.

De repente, Thrall se preguntó si él habría nacido cuando tuvo lugar esta conversación. ¿Quién era el valiente que había acudido a Doomhammer con tales noticias…?

Entonces, se dio cuenta de quién podía ser y se sintió sobrecogido.

—Uno de mis guardias personales los escoltará hasta un lugar seguro. Hay un arroyo cerca y mucha caza en el bosque en esta época del año, así que no pasarán hambre. Haré todo cuanto pueda por ayudarlos y, cuando llegue el momento adecuado, tú y yo mataremos juntos a ese gran traidor llamado Gul’dan.

Pero eso no era lo que había ocurrido. Lo que sucedió fue que…

La entrada de la tienda se abrió y tres orcos emergieron de ella. Uno era Doomhammer; más joven, fuerte y orgulloso de lo que lo había visto nunca. Thrall pudo ver en su rostro al viejo orco en que algún día se convertiría. Aunque hacía sólo un instante había ansiado contemplar el semblante de Orgrim de nuevo más que nada en el mundo, su mirada se vio atraída irremediablemente hacia los otros dos orcos.

Eran pareja e iban ataviados con pieles demasiado gruesas para el clima de aquel lugar. A su lado, había un enorme lobo blanco; un lobo gélido, sin duda alguna. Ambos eran altos y orgullosos; el macho era poderoso y se veía que estaba curtido en mil batallas, la hembra era también una poderosa guerrera como su consorte.

La orco llevaba un bebé en brazos.

Thrall sabía quién era ese niño.

Era él… y esos orcos que tenía ahora delante eran sus padres.

Se limitó a mirarlos fijamente; entretanto, lo embargaron una serie de emociones distintas: alegría, estupefacción y horror.

—Vamos, Durotan, Draka —dijo Grukar—. Thra’kash y yo los escoltaremos hasta su campamento, donde estarán seguros.

El bebé lloró. Y la hembra…

… Madre…

… bajó la mirada hacia el bebé y sus fuertes y orgullosos rasgos orcos se dulcificaron gracias al amor y la ternura. Acto seguido, alzó la vista en dirección a Thrall y sus miradas se cruzaron.

—Tienes unos ojos extraños, Thra’kash —afirmó—. Nunca antes había visto a un orco de ojos azules, a excepción hecha de mi bebé.

Thrall intentó dar una respuesta, pero no daba con las palabras adecuadas. De improviso, Grukar le lanzó una mirada plagada de extrañeza.

—Aceleremos el paso —los conminó—. Estoy seguro de que luego, en cuanto se hallen en un sitio seguro, podremos discutir todo cuanto quieran sobre el color de ojos de los orcos.

Thrall jamás se había sentido tan perdido en toda su vida. Siguió en silencio a Grukar, mientras éste guiaba a sus padres hacia el mismo lugar por el que él había entrado en este sendero del tiempo. No paraba de darle vueltas a las implicaciones que podría tener todo esto. Podría salvar a sus padres.

Podría evitar que lo capturaran y que el cruel y, al mismo tiempo, patético Aedelas Blackmoore lo criara para ser un gladiador. Podría ayudarlos a atacar a Gul’dan y quizá así liberar a los orcos de esa corrupción demoníaca muchas décadas antes de que lo hiciera Hellscream. Podría salvar a Taretha.

Podría salvarlos a todos.

En su día, había hablado con Orgrim Doomhammer sobre el asesinato de su familia. Esa conversación regresó a su mente… si bien para él había tenido lugar hacía mucho, aún tenía que suceder en el futuro en este sendero del tiempo.

“¿Mi padre te encontró?”, había preguntado Thrall.

“Sí”, contestó Orgrim. “Y me avergüenza y entristece admitir que me equivoqué. Tendrían que haberse quedado conmigo. Pensé que, por el bien de Durotan y de mis guerreros, era mejor que se marcharan en busca de un lugar más seguro. Tus padres vinieron contigo, joven Thrall, y me contaron que Gul’dan nos había traicionado. Los creí…”

Sabía que en esos momentos estaba mirando fijamente a sus padres de manera muy poco disimulada, pero no podía evitarlo, al igual que no podía dejar de respirar. Había soñado tantas veces con ellos… Sus padres deberían haberlo criado, pero no pudo ser porque fueron asesinados. Si no evitaba los acontecimientos que iban a acaecer en breve esa misma noche, iba a perder a sus progenitores para siempre.

Al final, la pareja de orcos se percató de que tenía la mirada clavada en ellos. Durotan se mostró curioso pero no hostil y a Draka le hizo gracia.

—Pareces interesado en nosotros, extraño —aseveró—. ¿Nunca habías visto un lobo gélido? ¿O quizás te intrigan los ojos azules de este niño?

Thrall no supo qué contestar, no hallaba las palabras adecuadas. Sin embargo, Durotan le ahorró el mal rato. Tras observar los alrededores, había decidido que aquél era un buen lugar donde quedarse. Estaba bastante aislado y rodeado de floresta. A continuación, se volvió hacia Draka con una sonrisa.

—Sé que podemos confiar en mi viejo amigo. En breve…

Durotan se calló súbitamente en medio de la frase. Antes de que Thrall pudiera percatarse de lo que sucedía, el cabecilla de los Lobo Gélido lanzó su gritó de batalla y cogió su hacha.

Todo ocurrió tan rápido.

Eran tres; cada uno cargaba contra ellos desde diferentes posiciones; uno se dirigió hacia Durotan, otro hacia Draka y el último hacia el lobo que dio un salto hacia delante para proteger a sus amos. Thrall gritó con voz quebrada e hizo ademán de coger el Doomhammer, dispuesto a ayudar a su familia.

De improviso, alguien vigoroso lo cogió del brazo y tiró de él con fuerza.

—Pero ¿qué estás haciendo? —le espetó el guardia.

En ese instante, Thrall se dio cuenta de dos cosas al mismo tiempo al recordar más fragmentos de la conversación que mantuvo en su día con Doomhammer.

“Aunque no lo sé a ciencia cierta, estoy convencido de que el guardia al que confié que llevara a Durotan a un lugar seguro estaba conchabado con sus asesinos”.

El guardia estaba conchabado con los atacantes. Y había dado por sentado que Thrall también formaba parte de esa conspiración.

Pero Thrall se dio cuenta de otra cosa más.

No podía impedir lo que estaba a punto de ocurrir… no si deseaba preservar el verdadero sendero del tiempo.

Sus padres tenían que morir. Blackmoore tenía que encontrarlo a | él, tenía que adiestrarlo para combatir para que más tarde pudiera cumplir su destino: liberar a su pueblo de los campos de reclusión. Si quería evitar que el mundo que conocía fuera destruido, debía dejar que sus padres murieran.

Se quedó paralizado, presa de la angustia. Todas las fibras de su ser le decían que debía luchar, que debía matar a esos asesinos, que debía salvar a sus padres. Pero eso era imposible.

Draka había dejado al bebé en el suelo y estaba luchando ahora ferozmente para defender su propia vida y la de su hijo. Lanzó a Thrall una fugaz mirada teñida de furia, desprecio y odio y, al instante, el orco supo que llevaría la pesada carga de esa mirada sobre su conciencia hasta la tumba. Su madre volvió a centrar su atención en la pelea y profirió diversos juramentos contra el orco que la atacaba Y contra Thrall por haberlos traicionado. A una corta distancia, Durotan, que se desangraba por culpa de un brutal corte que había recibido en la pierna, intentó estrangular al que pronto sería su asesino. De improviso, se oyó un agudo aullido, que concluyó repentinamente en cuanto el lobo cayó. Draka prosiguió luchando.

Entretanto, el bebé Thrall, que yacía indefenso en el suelo mientras sus padres luchaban, lloraba aterrorizado.

Thrall observó la matanza asqueado, pues era consciente de que no debía alterar la historia, mientras su padre moribundo luchaba con renovadas fuerzas y lograba romperle el cuello a su enemigo.

En ese momento, el asesino que había matado al lobo se giró hacia Grukar. El traidor se quedó tan sorprendido por este giro inesperado de los acontecimientos que ni siquiera se le ocurrió desenvainar su arma.

—¡No! —exclamó, con un tono de voz muy agudo, teñido de sorpresa y miedo—. No, soy uno de los suyos; ellos son el objetivo…

Sin más dilación, una descomunal espada de dos manos le cortó el cuello a Grukar. Su cabeza decapitada salió volando y su sangre manó a chorros de tal modo que salpicó todo el atuendo de Thrall. A continuación, el asesino se volvió hacia Thrall, lo cual fue un grave error, pues Thrall sí podía defenderse. Algún día llegaría su hora, de eso no había duda. Pero no iba a ser hoy. Thrall lanzó un grito de batalla y cargó contra aquel tipo que quería asesinarlo; canalizó toda su pena, terror e indignación en un solo ataque que desconcertó a su adversario. Aun así, aquel asesino era todo un profesional y se recuperó del primer envite. La lucha se libró cuerpo a cuerpo y con gran intensidad. Thrall atacó, se agachó, saltó a un lado y lanzó una patada. El asesino arremetió contra él, gruñó y esquivó sus ataques.

A pesar de que estaba centrado en sobrevivir a ese combate, sintió un hondo pesar en su corazón en cuanto escuchó el desgarrador grito de dolor que lanzó Durotan al ver el cadáver destrozado de Draka. Pero aquel grito no hizo flaquear a Thrall, sino que produjo el efecto contrario: se sintió dominado por una oleada de renovadas energías y aún más concentrado. Redobló sus ataques, obligando así a retroceder a su asustado oponente cada vez más, hasta que éste trastabilló y cayó al suelo.

Al instante, Thrall se echó encima de él. Pisó al asesino con un solo pie para impedir que se levantara, a la vez que alzaba el Doomhammer. Justo cuando estaba a punto de machacar el cráneo del orco con su poderosa arma, se quedó petrificado.

No podía alterar los senderos del tiempo. ¿Y si esa vil criatura debía sobrevivir por alguna razón que ni siquiera podía imaginar?

Thrall profirió un gruñido y escupió al orco en la cara. Acto seguido, dejó de pisarlo. Entonces, pasó por encima la enorme espada que el otro asesino había blandido:

—Vete —le ordenó—, no quiero volver a ver tu rostro jamás. ¿Me has entendido?

Obviamente, el asesino no se quedó a preguntarle por qué le perdonaba la vida, sino que salió corriendo como alma que lleva el diablo. En cuanto estuvo seguro de que aquel desgraciado se había ido, Thrall se volvió hacia sus padres.

Draka estaba muerta. Su cuerpo había quedado prácticamente descuartizado y en su rostro había quedado dibujado un gesto de desafío. Thrall se giró hacia su padre justo a tiempo para ver cómo el tercer asesino le cercenaba de manera cruel ambos brazos, negándole así la posibilidad de sostener a su hijo entre sus brazos antes de morir. Thrall había visto muchas atrocidades, pero esta terrorífica carnicería lo había dejado petrificado, paralizado.

—Llévate… al niño —le pidió con un hilo de voz.

El asesino se arrodilló junto a él y le dijo:

—Dejaremos al niño abandonado a su suerte para que lo devoren las criaturas del bosque. Quizá tengas la oportunidad de ser testigo de cómo lo despedazan.

Al escuchar esas palabras, se apoderó tal furia de Thrall que más tarde sería incapaz de recordar cómo había llegado hasta el otro extremo del claro. Sólo recordaría que gritaba como un loco y de una manera tan fuerte que le llegó a doler la garganta y que giraba el Doomhammer a tal velocidad que era sólo un borrón en el aire.

Cuando recuperó la cordura, se dio cuenta de que también había dejado escapar a aquel asesino, a pesar de que ardía en deseos de hacer picadillo a ese bastardo. Se

encontraba a cuatro patas, respirando entrecortadamente entre grandes y atroces sollozos.

—Mi hijo —susurró Durotan.

¡Seguía vivo!

Thrall se arrastró hasta el bebé y lo recogió. Contempló sus propios ojos azules y le acarició la carita. Entonces, se arrodilló junto a su padre y le dio la vuelta. Durotan gruñó de dolor. Thrall colocó al bebé, que estaba envuelto en unas mantillas que portaban el emblema de los Lobogélido, sobre el pecho de Durotan.

—Ya no tienes brazos con los que abrazarlo —le dijo Thrall, con un nudo en la garganta, a la vez que las lágrimas anegaban sus ojos azules mientras el niño que él había sido también lloraba—. Por eso, lo he colocado sobre tu corazón.

Durotan asintió, a pesar de que tenía el rostro contraído de dolor, pues estaba sufriendo un tormento que Thrall apenas alcanzaba a imaginar.

—¿Quién eres? Nos has traicionado… has… has dejado que mi compañera y yo muramos… pero, aun así, has atacado a nuestros asesinos…

Thrall hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Si te contara la verdad, no me creerías, Durotan, hijo de Garad. Pero te ruego… por los ancestros, te ruego que creas esto: tu hijo vivirá.

La esperanza centelleó en la mirada apagada de su padre.

Thrall habló deprisa, pues sabía que su muerte era inminente.

—Vivirá y crecerá sano y fuerte. Aprenderá lo que significa ser un orco y se convertirá en un guerrero y en un chamán.

A pesar de que su respiración se aceleraba demasiado, Durotan se aferraba a la vida y lo escuchaba embelesado.

—Nuestro pueblo se recuperará de esa tenebrosa enfermedad que Gul’dan ha propagado entre nosotros. Nos curaremos. Nos convertiremos en una nación orgullosa y poderosa. Y tu hijo sabrá quién fuiste tú y quién fue su valiente madre. Y dará tu nombre a una gran tierra.

—¿Cómo… puedes saber… todo eso?

Thrall reprimió las lágrimas y colocó una mano sobre el pecho de su padre, junto a esa versión infantil de sí mismo. Notó que sus latidos se debilitaban.

—Confía en mí —respondió un absorto Thrall, a quien le tembló la voz de emoción—. Tu sacrificio no ha sido en vano. Tu hijo vivirá y cambiará el mundo. Te lo prometo.

Aquellas palabras brotaron de sus labios con toda naturalidad. Thrall se percató, mientras las pronunciaba, de que encerraban una gran verdad. Había sobrevivido, había cambiado el mundo al liberar a su pueblo, al luchar contra demonios, al dar un hogar a los orcos.

—Lo prometo —repitió.

El rostro de Durotan se relajó levemente y sus labios se curvaron para formar una leve sonrisa.

Thrall cogió al bebé y lo sostuvo a la altura de su corazón durante mucho, mucho tiempo.

El niño al fin se durmió. Thrall lo estuvo acunando toda la noche entre sus brazos, con el corazón tan henchido de emoción que pensaba que le iba a estallar de un momento a otro.

Una cosa era escuchar el relato de cómo sus padres habían muerto intentando protegerlo y otra muy distinta ser testigo directo de ese sacrificio. Aquel bebé había sido querido y amado profundamente de manera incondicional, sin haber tenido que hacer nada para ganarse ese amor. Ese niño aún no había logrado nada en la vida. No había salvado la vida a nadie, no había librado ninguna batalla, no había derrotado a ningún demonio. Había sido amado simplemente por ser quien era, por ser su hijo, a pesar de las lágrimas y los llantos, y sus sonrisas y carcajadas eran recibidas con agrado.

Thrall lo habría dado todo por haber podido salvar a sus padres, pin embargo, los senderos del tiempo eran inmisericordes. Lo que había ocurrido no podía cambiarse ya que, si se alterase el discurrir normal de los acontecimientos, los agentes del vuelo de dragón bronce intervendrían para devolver las cosas a su cauce, para hacer lo correcto.

“Lo correcto”. Dejar que gente buena, que gente inocente muriera era “lo correcto”. Era cruel. Era devastador emocionalmente. Pero lo entendía.

Alzó la vista, esbozó un gesto de disgusto y apartó la mirada de los restos de su masacrada familia… y parpadeó. Algo se reflejaba en el agua… algo dorado, brillante y con escamas…

Thrall intentó ver de dónde provenía ese reflejo. Pero ahí no había nada… salvo los árboles, la tierra y el cielo. Ahí no había ningún colosal dragón, como cabía esperar. Entonces, se puso en pie, con el bebé aún en brazos, y volvió a observar el agua.

De improviso, un ojo enorme le devolvió la mirada.

—¿Nozdormu?

Aquel río era demasiado pequeño como para albergar a un dragón… tenía que tratarse de un reflejo… pero aun así…

Un repentino chillido rompió la concentración del orco. Al parecer, el niño se había despertado… y tenía hambre. Thrall centró su atención en el niño e intentó murmurar unas palabras que lo calmasen. A continuación, volvió a posar la mirada en el agua.

El reflejo había desaparecido. No obstante, Thrall estaba seguro de que lo había visto. Echó un vistazo a su alrededor, pero no vio nada destacable.

Súbitamente, la voz de un humano quebró la quietud del bosque.

—¡Por la Luz! ¡¿Qué es ese ruido?!

Ese humano hablaba con un tono de voz cortés y buscaba disculparse, a pesar de que no era responsable de los berridos del Thrall niño.

—Será mejor que volvamos, teniente. Seguro que cualquier presa que mereciera la pena cazar ha huido por culpa de ese berrido tan agudo.

—¿Acaso no has aprendido nada de lo que he intentado enseñarte, Tammis? No estamos aquí sólo para cazar la cena, sino para poder alejarnos un rato de esa maldita fortaleza. Deja que esa cosa aúlle cuanto quiera.

Thrall conocía aquella voz. Había oído a aquel hombre lanzar halagos y alabanzas, aunque con más frecuencia lo había escuchado lanzar maldiciones en voz baja, teñidas de furia y desprecio. Ese hombre había contribuido decisivamente a forjar su destino. Ese hombre era la razón por la que aún llevaba el nombre de Thrall… un nombre con el que el orco, precisamente, pretendía dejar claro a todo el mundo que ya no era un esclavo.

Esa era la voz de Aedelas Blackmoore.

En cualquier momento, Blackmoore y su acompañante (que debía de ser Tammis Foxton, el sirviente de Blackmoore y padre de Taretha Foxton) llegarían a aquel claro. Blackmoore encontraría al bebé que Thrall sostenía ahora entre sus brazos y se lo quedaría. Lo criaría y lo enseñaría a luchar, a matar y a idear estrategias de combate. Hasta que un día Thrall lo mataría.

Con suma delicadeza, el orco colocó a su yo bebé en el suelo. Su mano planeó un rato, dubitativamente, sobre la diminuta cabeza negra del bebé y, al final, se decidió a acariciar las mantillas, cuya tela aún no estaba ajada por el paso del tiempo.

—Éste es un momento muy tierno, aunque también muy extraño.

De repente, Thrall se volvió, cogió el Doomhammer y se colocó entre el niño y el poseedor de aquella voz tan familiar.

El misterioso asesino que lo había atacado en las Cavernas del Tiempo se encontraba ahora a sólo unos pasos de distancia. El orco había dado por sentado que los dragones bronces ya se habrían ocupado de aquel hombre pero, al parecer, a pesar de que había pronunciado unas palabras plagadas de frustración cuando Thrall se le escapó, había logrado eludir a los miembros del vuelo bronce y había logrado abrirse camino hasta ese sendero del tiempo. Hasta Thrall.

Una vez más, el orco intuyó que conocía a ese individuo, pues le resultaba extrañamente familiar. Esa armadura… esa voz…

—Te conozco —le espetó.

—Entonces, di mi nombre —replicó con una voz agradable, atronadora, teñida de burla.

Thrall gruñó.

—No sé quién eres… aún no… pero hay algo en ti…

—Lo cierto es que debería darte las gracias —aseveró el asesino arrastrando las palabras—. Mi amo me encomendó la misión de matar al poderoso Thrall. Ya te escapaste una vez de mis garras. Y quizá lo vuelvas a hacer. Pero has olvidado un… pequeño… detalle…

Con cada una de esas últimas palabras, el asesino dio un paso adelante. Thrall se percató súbitamente de a qué se refería. Aferró con más fuerza si cabe el Doomhammer y se enderezó lo más posible. Si bien aquel hombre era bastante grande para ser un humano, no era ni por asomo tan colosal como un orco.

—¡No lastimarás a este niño! —exclamó.

—Oh, yo creo que sí —dijo el hombre de la armadura negra— Ya verás… Sé quién aparecerá por aquí en breves instantes. Es alguien a quien no querrás lastimar… porque, si lo hicieras, alterarías este sendero del tiempo tanto como si hubieras dejado vivir a tus padres. Sabes que Aedelas Blackmoore llegará aquí en breve. Sabes que recogerá a ese pequeño bebé de color verde y lo criará para que sea un gladiador. Y estoy seguro de que no querrás estar por aquí cerca cuando ese encuentro en particular se produzca.

Aquel maldito bastardo tenía razón. Thrall no podía dejar que Blackmoore lo viera. Pero tampoco podía arriesgarse a luchar contra él, porque podría herirlo o incluso matarlo.

Y aún no había llegado su hora.

—Así que debes irte. Pero, al mismo tiempo, tienes que protegerá tu yo niño, porque mi misión consiste en matarte… es mucho más fácil partir a un bebé en dos que a un orco hecho y derecho. Aunque, si se me permite la inmodestia, lo cierto es que he matado a muchos poderosos orcos. Así que dime: qué vas a hacer, ¿eh? ¿Qué vas a hacer…?

—No se va a ir a ninguna parte —se quejó Blackmoore, quien se te-liaba ahora más cerca, aunque a unos cuantos pasos todavía del claro.

—Quizá se trate de una criatura herida que ya no puede huir ni aunque sea a rastras, señor —sugirió Tammis.

—Entonces, demos con ella y acabemos con su miserable existencia.

El hombre de la armadura negra se rió y, de repente, Thrall vio claro qué era lo que debía hacer.

Pese a que ardía en deseos de lanzar su grito de batalla, se abalanzó en silencio contra el asesino. Pero no utilizó su martillo como arma, sino su propio cuerpo. El humano no se esperaba ese tipo de ataque y ni siquiera fue capaz de alzar su arma a tiempo de evitar que Thrall lo placara. De ese modo, ambos acabaron en el caudaloso arroyo.

—¿Qué ha sido ese chapoteo? —inquirió el teniente Aedelas Blackmoore mientras daba un largo trago a la botella.

—Habrá sido una de las enormes tortugas que habitan en esta zona —contestó Tammis.

Blackmoore asintió. Se sentía mareado y le faltaba muy poco para encontrarse totalmente embriagado. Su caballo, Arrullanoche, se detuvo de forma abrupta. Blackmoore se acababa de topar con los cadáveres de tres orcos adultos cuando menos y de un enorme lobo blanco.

Algo captó su atención al moverse. De improviso, Blackmoore se dio cuenta de cuál era el origen de ese sonido tan horrible que tanto lo había fastidiado. Era la cosa más fea que había visto jamás; un bebé orco, envuelto en lo que debían de ser unas mantillas para esas criaturas.

Desmontó y se aproximó a él.

Regresar al índice de Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.