Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Seis

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosDesharin le había dicho que harían el viaje mucho más rápido a lomos de un dragón y a Thrall no le quedó más remedio que mostrarse de acuerdo. Ineludiblemente, Canción de Nieve se tuvo que quedar en el campamento. El mismo Telaron le había asegurado a Thrall que cuidarían bien de ella. “Sabemos que eres gran amigo de Lady Jaina”, le había dicho el elfo de la noche. “Cuidaremos de tu amiga loba hasta que podamos devolvérsela de manera segura. Canción de Nieve es una bestia muy noble y no se merece menos.” Sin duda alguna, los druidas se ocuparían del bienestar de la loba, como hacían con todo animal, y Jaina tomaría las medidas necesarias para que la loba regresara sin contratiempos. Canción de Nueve no podía estar en mejores manos. Entonces, Thrall la rascó por última vez tras las orejas y, a continuación, se volvió hacia Desharin.

Éste había asumido su verdadera forma y no apartaba la mirada de Thrall mientras se aproximaba.

—Es todo un honor para mí que me lleves —confesó Thrall al dragón verde.

—Ysera te ha encomendado una misión —replicó Desharin—. Así que también es un honor para mí. No temas. Te llevaré a tu destino sano y salvo. Tienes mi palabra. Antes prefiero morir que decepcionar a mi señora, a mi Aspecto.

—¿Tan terrible es su ira?

—Puede ser temible cuando alguien provoca su furia. Es un Aspecto. Por tanto, posee un tremendo poder. Pero también posee bondad en su corazón —contestó Desharin—. El miedo no nos impulsa a servirla sino el amor. Me sentiría destrozado si ella sintiera un hondo pesar por mi culpa.

Pronunció esas palabras con sumo respeto y admiración. Thrall se sintió conmovido ante la gran lealtad que Ysera inspiraba a su vuelo.

A pesar de que esta nueva aventura era muy extraña, se sentía contento de haber aceptado esta misión.

Subió lentamente a lomos de aquel enorme ser y, entonces, el dragón ascendió hacia el cielo, con mayor facilidad que cualquier otra criatura que el orco hubiera montado hasta entonces.

Thrall se quedó sobrecogido y sin aliento ante la tremenda fuerza física y el inmenso poder mágico que parecía poseer Desharin, quien batía sus alas con fuerza mientras la fría brisa acariciaba la piel del orco. Aparentemente, el dragón se elevó sin apenas hacer esfuerzo alguno. En cuanto pudo volver a respirar, Thrall estuvo a punto de echarse a reír. En ocasiones anteriores, había montado en bestias que podían volar. Ahora, sin embargo, se sentía como si él mismo fuera una de esas criaturas voladoras.

—Cuéntame más cosas sobre ti o sobre otros dragones, por favor —le pidió Thrall—. Sé algunas cosas sobre dragones pero, si he de ser sincero, no soy capaz de distinguir cuáles son leyenda y cuáles, realidad.

Desharin soltó una risita ahogada, grave y cálida.

—Lo haré, amigo Thrall, aunque debes recordar que, hasta hace muy poco, he estado en el Sueño Esmeralda y, prácticamente, acabo de despertar. No obstante, compartiré contigo lo que sé. Hay algo indudable: los Aspectos rara vez intervienen en los asuntos de las razas de vidas fugaces. Mis congéneres, por otro lado… muchos se sienten intrigados por las que algunos han dado en llamar arrogantemente “razas inferiores”. A veces, nos gusta adoptar sus formas.

—Como la de un kaldorei.

—Exacto —replicó Desharin—, aunque puedo asumir cualquiera que desee. Aunque cada uno de nosotros tiene una forma preferida cada vuelo suele tener cierta tendencia a adoptar ciertas formas con más asiduidad que otras. Por ejemplo, los dragones verdes tendemos a asumir la forma de los kaldoreis, porque mantenemos una excelente relación con el gran druida Malfurion Stormrage, con quien durante mucho tiempo compartimos el Sueño.

Thrall asintió. Aquella explicación tenía sentido.

—He observado que los dragones rojos tienen cierta debilidad por los sin’doreis y los azules suelen preferir la forma humana. Respecto a los dragones bronces, si bien necesitan adoptar una amplia diversidad de formas por razón de sus obligaciones, parecen disfrutar mucho cuando adoptan la forma de… un gnomo.

Thrall estalló en carcajadas.

—Quizá les encante presentarse como unos enanos de aspecto inofensivo porque eso es justo lo contrario a su verdadera forma.

—Tal vez. Se lo podrías preguntar.

—Eh… no, no creo que lo haga.

—Eres un orco muy sabio.

—La experiencia me ha hecho sabio —replicó Thrall—. ¿Alguna vez alguno de ustedes…?

¿Cómo puedo plantear la pregunta sin que resulte ofensiva?, pensó. Al final, se encogió de hombros y le preguntó sin rodeos.

—¿Alguno de ustedes ha intentado ocupar una posición de poder entre las razas de vidas fugaces?

—No, salvo excepciones. Deathwing lo intentó y su hija, Onyxia, tuvo éxito en ese aspecto —respondió Desharin—. Y Krasus es… era… un poderoso miembro del Kirin Tor.

—¿Era?

—Su existencia llegó a su fin —contestó Desharin, quien no dijo nada más. No cabía ninguna duda de que aquél era un asunto espinoso. Por eso mismo, Thrall cambió de tema.

—Tengo entendido que, aparte de los cinco vuelos, hay otros tipos de dragones.

—En efecto, son siervos del vuelo negro y enemigos del resto —replicó Desharin—. El hijo de Deathwing, Nefarian, intentó crear una nueva clase de dragón a la que llamó dragón cromático. Mediante diversos experimentos mágicos, intentó combinar los poderes del resto de vuelos en un solo dragón. Las crías resultantes eran a menudo deformes y siempre vivían muy poco tiempo, por fortuna. Ya no existe ninguna de esas aberraciones. Por otro lado, los dragones crepusculares tienen un origen similar; sin embargo, su creadora, Sinestra, empleó una serie de antiguas reliquias de dragón y los poderes de los dragones abisales para engendrarlos. Son más estables y viven más tiempo que los cromáticos… y, además, cuentan con la ventaja de que son capaces de volverse incorpóreos a voluntad.

—Un enemigo que hay que tener en cuenta —observó Thrall.

—Así es —admitió Desharin—, sobre todo cuando el vuelo de dragón negro los controla.

Thrall observó cómo el verdor de Feralas daba paso a una vasta extensión de agua llamada Las Mil Agujas. El orco hizo un gesto de negación con la cabeza al contemplar las decenas de islitas que fueron antaño los pináculos de las puntiagudas formaciones rocosas que dieron a Las Mil Agujas su nombre. El mundo había cambiado tanto. Lo sabía de buena tinta; había oído todos los informes al respecto. Pero, al contemplar aquel desastre desde el aire… se preguntó si los demás miembros del Anillo habían sido testigos de lo que estaba viendo ahora y, en caso de que no fuera así, si quizá no sería mejor que lo vieran.

Después, Thrall y Desharin se encontraron sobrevolando a gran velocidad el desierto de Tanaris, donde el orco pudo divisar los salientes mellados de las afiladas piedras, parte de una serie de colinas que destacaban en aquel terreno y lo que parecían ser las ruinas inclinadas de varias estructuras muy raras. Pudo atisbar una torre ladeada, una estructura abovedada derruida, algo que recordaba a una típica choza orco y… ¿la vela hecha jirones de un barco? Asimismo, Thrall pudo ver cómo dos dragones bronces daban vueltas por encima de sus cabezas.

—Esta zona hace las veces de patio de las Cavernas del Tiempo —aseveró Desharin de manera solemne—. Voy a aterrizar. Después seguiremos avanzando a pie. Querrán saber por qué hemos venido.

—Seguro que sí —replicó Thrall.

Desharin se posó en el suelo y mantuvo su forma de dragón. Thrall hizo ademán de desmontar pero, entonces, Desharin le dijo:

—Quédate donde estás, amigo Thrall. Sería absurdo que te fatigases de manera innecesaria cuando mis pasos son más largos.

Acto seguido, Desharin echó andar por la suave arena y se dirigió al arco de un edificio abovedado que parecía hallarse medio incrustado en una de las piedras que había divisado antes y que tanto sobresalían en aquel paraje. Casi de inmediato, uno de los dragones que patrullaban la zona tomó tierra cerca de ellos.

—Éste no es tu reino, dragón verde —lo advirtió el dragón bronce con un tono de voz iracundo y bajo—. Vete rápidamente. Aquí no tienes nada que hacer.

—Mi hermano bronce —replicó Desharin, de manera sumamente respetuosa—, he venido por orden de mi señora, del Aspecto de mi vuelo.

El dragón bronce entornó los ojos y posó la mirada en Thrall, quien se hallaba posado en la parte superior de la espalda de Desharin. La presencia del orco pareció sorprenderlo un poco; no obstante, volvió a centrar su atención en el dragón verde.

—Así que estás aquí por orden de Lady Ysera —dijo, con un tono de voz un poco menos intimidante—. Soy Chronalis, uno de los porteros de las Cavernas del Tiempo. Explícame por qué has venido y quizá, por ventura, te deje pasar.

—Me llamo Desharin y he venido aquí para ayudar a este orco. Él es Thrall, ex jefe de guerra de la Horda, y ahora miembro del Anillo de la Tierra. Ysera la Despierta cree que necesita dar con Nozdormu para hablar con él.

El dragón bronce sonrió levemente.

—Oh, sé quién es Thrall —replicó y, a continuación, se dirigió al orco directamente—. Y, por lo que sé sobre ti, eres un personaje que hay que tener en cuenta a pesar de pertenecer a una raza de vida fugaz. No creo, sin embargo, que puedan hallar a Nozdormu cuando su propio vuelo de dragón es incapaz de localizarlo.

A Thrall no le sorprendió que el vuelo de dragón bronce lo conociera, ya que había sido jefe de guerra de la Horda. Lo que sí lo desconcertó fue que Nozdormu se encontrara en paradero desconocido.

—Quizá él pueda lograr lo que el resto somos incapaces de conseguir —afirmó Desharin de modo afable.

—¿Ysera la Despierta se presentó ante ti? —inquirió Chronalis a Thrall con gran curiosidad.

Thrall asintió y le contó cómo se había encontrado con Ysera. Como quería ser fiel a la verdad, admitió que, en un principio, había pensado que le había encomendado una tarea trivial pero que, tras haberse percatado de que aquella arboleda era el hogar de unos ancestros, había comprendido por fin que su misión era realmente importante. Asimismo, le contó a Chronalis cuál había sido la respuesta que el elemental de fuego había dado a su ruego de que dejara de hacer daño a los árboles. Chronalis asintió y lo escuchó con suma atención.

—No sé cómo voy a ser capaz de dar con Nozdormu cuando otros más capaces que yo han fracasado —afirmó Thrall con suma franqueza—. Pero, como he dado mi palabra, haré todo lo posible para encontrarlo.

Chronalis permaneció pensativo.

—Hemos dejado entrar a otros en las Cavernas para ayudamos a conservar la estabilidad de los senderos del tiempo —reflexionó—. No obstante, la ironía de esta situación me divierte. Si deseas acompañarlo, será mejor que ambos me sigan, Desharin.

—¿La ironía de esta situación? —repitió Thrall, mientras los dos enormes dragones caminaban por una pasarela de arena que parecía llevar, en un principio, a uno de esos edificios; pronto se percataron de que, en realidad, se adentraba en el mismo corazón de la montaña.

—En efecto —respondió Chronalis, mirando hacia atrás por encima de sus alas plegadas—. Mira, como he dicho antes, a veces permitimos a ciertos mortales que nos ayuden a restaurar el verdadero sendero del tiempo. Los senderos del tiempo… han sido atacados recientemente por un misterioso grupo llamado el vuelo de dragón infinito El vuelo de dragón bronce y sobre todo Nozdormu, el Atemporal tienen el deber de custodiar los senderos del tiempo para que nadie los altere. Si resultan dañados o modificados, el mundo tal y como lo conoces dejará de existir. Por razones que todavía ignoramos, el vuelo de dragón infinito ha atacado varios senderos del tiempo con el fin de alterarlos para sus propios fines. Uno de los acontecimientos que han intentado cambiar ha sido el momento de tu fuga del Castillo de Dumholde, Thrall.

El orco se quedó mirándolo fijamente.

—¿Qué?

—Si nunca hubieras escapado de Dumholde, el mundo no sería como es hoy. Nunca habrías reconstruido la Horda, no habrías liberado a tu pueblo de los campos de reclusión. Tampoco habrías podido ser una pieza clave en la derrota de la Legión Ardiente cuando esos demonios aparecieron en este mundo. Azeroth podría haber sido destruida.

Desharin observó a Thrall con renovado respeto.

—Bueno, no me extraña que el Aspecto de mi vuelo creyera que eres importante —afirmó.

Entretanto, Thrall negaba con la cabeza.

—Saber todo esto debería hacerme sentir más henchido de orgullo pero, en vez de eso… me siento honrado, aunque más insignificante y humilde. Por favor… da las gracias a aquéllos que han luchado para preservar ese sendero temporal para ayudarme. Y… —con voz quebrada, añadió—. Y, si ven a Taretha, diles que sean amables con ella.

Se adentraron aún más en la montaña. Thrall se sintió como si hubiera tomado una pócima para realizar un viaje espiritual; sin embargo, tenía la cabeza perfectamente despejada. A un lado, había una casa que daba la sensación de que se hubiera materializado en parte dentro de la piedra de la caverna. Otra casa se alzaba amenazante en un ángulo muy extraño; el cielo que se encontraba sobre ella (¿el cielo?, ¿en una montaña…?) era de color morado y magenta y estaba hecho jirones por culpa de una rara energía. Unas columnas sobresalían del cielo, pero no sujetaban nada; unos árboles florecían en un lugar que carecía de agua y luz solar. Entonces, pasaron junto a un cementerio. Thrall se preguntó quién podía estar enterrado ahí, pero no se atrevió a preguntar. En otro lado, pudo ver extraños fragmentos de rocas flotantes de diversas formas. Ahí, había una torre de diseño orco; allá, un barco.

Además, se dio cuenta de que había otros seres deambulando por aquel lugar; probablemente, se trataba de otros dragones bronces. Luego se percató de que había niños y adultos de casi todas las razas (que debían de ser dragones bronces que habían adoptado esas formas), así como varios engendros de dragón, con seis extremidades y escamas doradas, que patrullaban las cavernas para protegerlas de los intrusos y, por supuesto, también había dragones bronces revoloteando silenciosamente sobre ellos con su aspecto natural.

En cierto momento, a Thrall se le ocurrió mirar hacia atrás y, entonces, se dio cuenta de que las huellas del dragón se iban desvaneciendo.

—Ésta no es una arena normal —le explicó Chronalis—. No quedará ni rastro de tu presencia en este lugar. Mira ahí.

Thrall abrió los ojos como platos.

Ante él, flotaba en el aire un artilugio que parecía salido de la imaginación de un goblin o un gnomo. Era un reloj de arena que no se parecía en nada a ninguno que hubiera visto hasta entonces, en el que tres recipientes echaban arena sin cesar hacia abajo y donde otros tres recipientes expulsaban incesantemente arena hacia arriba.

El armazón de aquel artefacto parecía enroscarse y retorcerse alrededor de las bases de los seis recipientes sin llegar a tocarlos. Poco a poco, el reloj iba dándose la vuelta y las arenas del tiempo (Thrall suponía que eso era lo que debían ser) caían y ascendían continuamente.

Esto es tan…

El orco se quedó sin palabras; era incapaz de dar con las adecuabas, así que se limitó a negar con la cabeza, sorprendido.

Desharin se detuvo y Thrall aprovechó la oportunidad para desmontar. En cuanto pisó el suelo, el dragón verde asumió su forma élfica y apoyó una mano en el hombro del orco de manera amistosa.

—A aquéllos que no son dragones les cuesta mucho entenderlo— comentó, esbozando una sonrisa—. Incluso a los dragones les cuesta comprenderlo, salvo que sean bronces. No te preocupes. Tu misión no consiste en entender los caprichos de los senderos del tiempo.

—Ya —replicó Thrall, con un leve tono sarcástico—. Yo sólo tengo que encontrar al Atemporal, quien sí comprende los caprichos de los senderos del tiempo, a quien nadie puede localizar, o eso parece.

Desharin le dio una palmadita en la espalda al orco.

—Exactamente —dijo, riendo.

Sus miradas se cruzaron y Thrall sonrió burlonamente. Aquel dragón verde le caía bien. Tras haber tenido que aguantar el comportamiento excéntrico de Ysera y la frialdad e indiferencia de Chronalis, Desharin parecía alguien con los pies en la tierra.

—No sé cómo quieres proceder —aseveró Chronalis.

Thrall lanzó una mirada a Desharin.

—Creo que quizá deberías damos algo de tiempo para que nos centremos antes de empezar nuestro viaje —replicó el dragón verde—. La claridad de ideas se suele hallar a menudo en el silencio y la calma; además, Thrall está abrumado por todo lo que acaba de contemplar, como es comprensible.

Chronalis agachó su cabeza de color dorado.

—Como deseen. Pueden vagar por donde quieran pero, por favor… presten atención y no se adentren en los senderos del tiempo si no quieren sufrir un funesto destino. Bajo ninguna circunstancia, deberían entrar en ellos sin haber hablado antes con uno de nosotros. Supongo que, a estas alturas, ya entienden por qué.

Thrall asintió.

—Sí, así es. Gracias por dejarme entrar, Chronalis. Haré todo cuanto esté en mi mano para ayudarte.

—No albergo ninguna duda de que así será —replicó el dragón bronce, que dio un salto y, de repente, pareció difuminarse. Al instante, se desvaneció.

—Pero ¿qué…?

La pregunta de Thrall a Desharin se quedó a medias, pues enseguida se dio cuenta de qué debía haber pasado. Como Chronalis era capaz de dominar el tiempo, simplemente, había acelerado el tiempo sólo para él y se encontraba de nuevo en su puesto. Thrall movió la cabeza de lado a lado, maravillado.

A continuación, se alejaron de los dragones bronces, quienes parecían tener obligaciones y tareas muy acuciantes que atender, incluso los niños. Resultaba muy fácil comprobar que no eran niños de verdad; sus rostros y ademanes revelaban que tenían unas obligaciones muy serias que cumplir. Los árboles crecían por doquier; las plantas de hoja perenne echaban raíces en la arena. Como era sólo una de las muchas rarezas de aquel lugar, Thrall se encogió de hombros y lo aceptó como algo que debía de ser normal en esas cavernas. El olor a pino fresco era muy intenso. Inmediatamente, volvió mentalmente a su juventud, a Dumholde. Ése era el aroma que había olido a menudo cuando lo dejaban entrenar al aire libre. Resultaba muy extraña la tremenda capacidad que tenía un aroma para despertar recuerdos, tanto buenos como malos: los relacionados con una muchacha que lo sacrificó todo por ayudarlos o con un “amo” que, embriagado y furioso, le había dado una paliza de muerte… Recordó que fue en Trabalomas donde vio por primera vez a otro orco y que, entonces, consideró a su congénere un monstruo.

—Estás inquieto —comentó Desharin en voz baja—. Y, si no me equivoco, es por algo que no tiene nada que ver con lo que nos ha sido revelado recientemente.

Thrall se vio obligado a asentir.

—Me acabo de acordar del lugar donde pasé mi juventud —respondió—. Se trata de unos recuerdos que no son precisamente placenteros.

Desharin asintió.

—Vamos, amigo Thrall. Busquemos un lugar donde estar tranquilos, donde podamos meditar antes de intentar viajar por estos senderos del tiempo. Nosotros no somos como los dragones bronces. Para nosotros, el pasado, pasado está, y no debería ser una pesada carga que arrastráramos en el presente. Creo que ya tenemos bastantes retos por delante como para sumimos en pensamientos perturbadores.

Siguieron caminando un rato más en silencio, hasta que Desharin se detuvo.

—Este lugar parece tranquilo —comentó, echando un vistazo a su alrededor—. Aquí nada ni nadie debería molestarnos.

Acto seguido, se sentó bajo uno de aquellos altos árboles y colocó las manos sobre las rodillas. Thrall hizo lo mismo.

El orco estaba muy tenso, no sólo por lo que había visto o por la información que se le había revelado recientemente ni por los recuerdos que esos árboles habían despertado en él con su aroma, sino porque la última vez que había intentado sumirse en un estado de meditación junto a otros, todo había acabado siendo un completo desastre. El dragón se percató de lo que ocurría.

—Hace ya tiempo que eres un chamán —aseveró—. Deberías estar familiarizado con las técnicas de meditación. ¿Por qué tienes tantas dificultades para concentrarte?

—Bueno, tú no tienes esos problemas porque eres un dragón verde. Estás más acostumbrado a dormir que a estar despierto —le espetó Thrall.

Desharin no se sintió ofendido por ese comentario sino que, simplemente, se dedicó a echarse hacia atrás su larga melena mientras Thrall continuaba acomodándose. Entonces, el dragón verde cerró los ojos y respiró hondo.

Thrall acabó haciendo lo mismo. Desharin tenía razón. Esto le resultaba muy familiar al orco, por supuesto. Observó al dragón por un instante, con su mente centrada no en adentrarse en un estado de meditación sino en todo lo que había sucedido recientemente. Había renunciado a ser el líder de la Horda. Había viajado a Nagrand y había conocido a Aggra. Cairne había muerto. El Cataclismo había desgarrado el mundo y lo había puesto todo patas arriba. Se había dado cuenta de que ahora se enfurecía con suma facilidad y era incapaz de concentrarse. Ysera le había encomendado una misión y se había encontrado con los ancestros… y con aquel dragón, que estaba sentado delante de él, con un aspecto totalmente distinto al que le había dado la naturaleza, pues ahora parecía a todas luces un elfo de la noche que meditaba.

Aquel lugar era desconcertante y cautivador. Thrall no quería cerrar los ojos para explorar su mundo interior, sino que quería explorar las Cavernas del Tiempo.

No obstante, pronto lo haría. Y, como tenía que embarcarse en esa misión tan importante lo más preparado posible, acabó cerrando los ojos de mala gana y se dispuso a respirar lentamente, con suma calma.

Todo sucedió tan rápido que para cuando escuchó el susurro de una espada cortando el aire y abrió los ojos sumamente alerta, Desharin ya no tenía la cabeza pegada a los hombros.

Thrall se echó a un lado, dio una voltereta y se puso en pie. Ni siquiera lanzó una fugaz mirada al cadáver de su nuevo amigo. Desharin estaba muerto y Thrall se uniría pronto a él si no se andaba con cuidado. Se dirigió hacia el Doomhammer, lo cogió y lo blandió con la facilidad y velocidad que otorga la experiencia.

Tenía la mirada clavada en aquel ser amenazador que había aparecido de repente mientras arremetía contra él; era grande, pero no tanto como un orco y portaba una pesada malla de placas negra. Unos pinchos sobresalían aquí y allá en sus codos, hombros y rodillas y en las manos enguantadas blandía una enorme y reluciente espada ancha de dos manos. Thrall debería haber acertado a aquel extraño en el torso, debería haber aplastado su armadura como una jarra de estaño; sin embargo, su martillo sólo golpeó el aire.

Su adversario lo esquivó a duras penas; la pesada cabeza del Doomhammer no lo había alcanzado por un pelo. Sorprendido, Thrall perdió un valioso segundo intentando detener su poderoso golpe para poder preparar cuanto antes un segundo ataque. Para entonces, el asaltante ya se había recuperado y se abalanzaba contra él con su descomunal espada ancha, que brillaba porque estaba encantada Arremetió contra el orco con más rapidez de la que debería moverse alguien que portase tal armadura. Al orco lo dominó brevemente el miedo. ¿Quién era aquel enemigo tan fiero, rápido y fuerte…?

Dejándose llevar por el instinto, dejó que el mismo impulso del Doomhammer lo apartara de la trayectoria que seguía la espada de su adversario. Al instante, dejó de agarrar el martillo con ambas manos y alzó una para invocar una fuerte ráfaga de viento muy concentrada. El humano (Thrall suponía que lo era, a juzgar por su tamaño y el tipo de armadura que portaba) se tambaleó y estuvo a punto de caer sobre la suave arena. El orco volvió a pedir ayuda a los espíritus del aire y, de repente, varios puñados de arena se alzaron para azotar la parte frontal del yelmo de su enemigo. Si bien éste le ofrecía cierta protección, no era suficiente: la arena, que Thrall había dirigido con suma precisión hacia el yelmo, penetró por las aberturas de los ojos y dejó temporalmente ciego al atacante. Un grito surgió del interior del yelmo; era la voz de un macho humano que rugía de agonía e ira, a la vez que elevaba su espada para protegerse el rostro y no para atacar.

Thrall se percató de que se estaba enfrentando no sólo a un enemigo sorprendentemente ágil y fuerte, sino a uno que poseía un arma que quizá fuera tan poderosa como el Doomhammer.

A Desharin lo había cogido desprevenido…. cuando eso no debería haber sido posible. ¿Cómo había logrado aquel humano ocultar su presencia ante un dragón verde y el ex jefe de guerra de la Horda? ¿Dónde estaban los dragones bronces? Thrall pensó en llamarlos, pero seguramente debían de hallarse muy lejos: Desharin y él habían buscado un sitio apartado para meditar lo cual, echando la vista atrás, había sido una necedad.

Espíritus de tierra, ¿van a ayudarme?

Una sima se abrió bajos los pies del humano de la negra armadura, quien se tambaleó y cayó con una rodilla a tierra; sus elegantes y poderosos movimientos dieron paso a la torpeza y la desesperación mientras luchaba por liberar su pie de aquel agujero. Thrall bramó, alzó el Doomhammer y se dispuso a destrozar a su adversario…

… sin embargo, su trayectoria descendente se detuvo al chocar estruendosamente contra la hoja de la espada ancha de dos manos que, en esos momentos, el humano sostenía con una sola mano enguantada. La magia crepitaba a lo largo de toda aquella arma, y el humano fue capaz de empujar con fuerza suficiente como para lanzar a Thrall volando hacia atrás como si la mano de un gigante lo hubiera empujado.

Ahora, el humano se hallaba en pie sobre Thrall y alzaba amenazadoramente su reluciente arma. Súbitamente, arremetió con ella hacia el orco que se hallaba en el suelo.

Thrall rodó hacia un lado, pero no fue lo bastante rápido. Si bien la espada no llegó a atravesarle el torso, sí logró abrirle una herida en el costado. De inmediato, Thrall se puso en pie.

En ese momento, una sombra enorme cayó sobre ellos. Antes de que pudiera saber qué estaba pasando, una garra gigante agarró al orco. El dragón no se anduvo con miramientos.

—¡Ya nos encargaremos nosotros de ese intruso! —exclamó el dragón—. ¡Tu misión consiste en hallar a Nozdormu!

En efecto, Thrall pudo comprobar que el dragón se dirigía directamente al remolino de energías que conformaba el portal de entrada a uno de los senderos del tiempo… aunque ignoraba a cuál en concreto.

Antes de que Thrall pudiera decir algo (de que pudiera tomar aire en sus constreñidos pulmones para poder hablar), el dragón bronce descendió casi hasta el suelo y lanzó al desventurado orco hacia el portal.

—¡No vas a escapar de mí tan fácilmente, Thrall! ¡No podrás esconderte ahí por mucho tiempo y, cuando emerjas, te encontraré! ¡Te encontraré y te mataré! ¿¡Me has entendido!?

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