Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Cinco

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosEl viaje de la Vorágine a Feralas fue arduo y duro. Thrall se había presentado a la mañana siguiente, tal y como había prometido, para dar una respuesta a Ysera; sin embargo, el Aspecto de Dragón verde no hizo acto de presencia. Al principio, se sintió perplejo y enfadado; luego, se sintió avergonzado por su reacción: seguramente, Ysera tenía otras obligaciones mucho más importantes que atender que aguardar la respuesta de un mero chamán. Le había encomendado esa misión, la había aceptado y la iba a llevar a cabo; no obstante, le habría gustado que Ysera le hubiera cedido uno de sus grandes dragones verdes para poder realizar el viaje con más celeridad. Como no lo había hecho, se tuvo que conformar con viajar a lomos de un dracoleón, en barco y, por último, montando en una loba.

Ysera le había dicho que El Reposo del Soñador estaba enclavado junto a uno de los Dos Colosos. Cabalgó por el camino cubierto de hierba a lomos de Canción de Nieve, su querida y leal loba gélida, a quien aquel calor tan húmedo (tan distinto del clima templado de Lordaeron donde se había convertido en adulto y del calor seco de Orgrimmar) estaba dejando agotada.

El orco primero olió el humo y luego lo vio en la lejanía. A continuación, espoleó a su loba para que acelerara. Aquel acre hedor era impropio de Feralas, donde normalmente reinaba un aroma intenso a árbol.

A medida que se acercaba, Thrall tuvo la sensación de que el resentimiento y el enfado que albergaba por culpa de la misión que Ysera le había encomendado se iban disipando. Esa gente, esos druidas, tenían serios problemas. Necesitaban ayuda. Y, a saber por qué razón, el Aspecto de Dragón verde había querido que fuera él quien los ayudara.

Y eso iba a hacer.

Dobló un recodo y se encontró de repente con el campamento frente a él. Thrall frenó abruptamente nada más contemplar lo que tenía ante sí.

Unas esculturas de lechuzas… unas viejas ruinas… una poza de la luna…

—Elfos de la noche —masculló en voz alta.

Ysera sólo había mencionado que habría “druidas”. Al parecer, había olvidado mencionarle un pequeño detalle: que en “El Reposo del Soñador” no habitaban druidas tauren, sino posiblemente (probablemente) elfos de la noche muy hostiles. ¿Acaso se trataba de una trampa? Tiempo atrás, la Alianza lo había hecho prisionero, había k sido transportado como “cargamento” y había acabado siendo rescatado por quien nunca se hubiera podido imaginar. No estaba dispuesto a permitir que lo maltrataran de esa manera otra vez.

Thrall desmontó e hizo una seña para indicar a Canción de Nieve que lo esperara ahí. Poco a poco, con sumo cuidado, fue avanzando para poder tener una perspectiva mejor. Tal y como le había dicho Ysera, el Reposo del Soñador era un lugar muy pequeño. Daba la impresión de que estaba desierto; quizá todos sus habitantes se habían ido a apagar el fuego.

¡Por los ancestros! ¡El incendio se estaba acercando cada vez más! Pudo atisbar varios árboles situados en el extremo más lejano del campamento, más allá de unos cuantos pabellones de viaje de color púrpura oscuro que habían sido levantados en aquel emplazamiento. Una vez más, tal y como la Despierta le había asegurado, divisó una pequeña hilera de árboles; a Thrall le dio la sensación de que, efectivamente, se trataba de una vieja arboleda.

Sin duda alguna, podía percibir la ira y la ansiedad de los elementos en aquel lugar. Era una sensación casi palpable. En ese instante, se le llenaron los ojos de lágrimas por culpa del humo. Si no hacía algo pronto…

De repente, sintió algo afilado y duro sobre la nuca y se quedó totalmente inmóvil.

—Habla muy lentamente, orco. Explícanos por qué has venido a molestar a los Druidas de la Garra —le ordenó alguien que poseía una voz femenina y áspera que, sin duda alguna, no estaba dispuesta a admitir réplica alguna.

Thrall se maldijo a sí mismo. El dolor de los elementos lo había distraído demasiado y había sido demasiado imprudente. Al menos, ahora, la elfa lo dejaba hablar.

—He sido enviado a ayudarlos —respondió—. Soy un chamán. Puedes registrar mi bolsa si quieres; ahí podrás hallar mis tótems.

La elfa resopló.

—¿Quieres convencerme de que un orco ha venido a ayudar a los elfos de la noche?

—Quiero convencerte de que un chamán ha venido a ayudar a curar y calmar esta tierra furiosa —contestó—. Colaboro con el Anillo de la Tierra. Tanto la Horda como la Alianza están intentando dar con la forma de salvar este mundo. Los druidas poseen una organización parecida llamada el Círculo de Cenarion. En mi mochila, llevo una bolsa en la que guardo mis tótems. Regístrala si quieres. Lo único que te pido es que me ayudes.

Acto seguido, aquel objeto afilado dejó de presionarle la nuca; no obstante, Thrall sabía que no debía hacer ningún amago de atacar dadas las circunstancias, pues no era un necio. La elfa seguro que no estaba sola. A pesar de que se tensó en cuanto notó que alguien le quitaba el Doomhammer que portaba atado a la espalda, mantuvo la compostura. A continuación, notó cómo alguien revolvía su mochila y sacaba de ahí su bolsa.

—En efecto, son tótems —dijo alguien con voz masculina. Y lleva abalorios de oración consigo. Date la vuelta, orco.

Thrall obedeció y se giró lentamente. Dos elfos de la noche lo observaban detenidamente. La mujer era una centinela de pelo verde y piel violeta. El otro era un varón, sin barba, que llevaba su pelo verde recogido en un moño. Su piel era de un intenso color morado oscuro, y sus ojos brillaban con una tonalidad dorada. Ambos elfos estaban bañados de sudor y cubiertos de hollín; obviamente, eso se debía a que habían estado intentando apagar el fuego. Entonces, unos cuantos más se aproximaron con cautela, presas de la curiosidad.

La mujer escrutó con suma atención el rostro de Thrall hasta que, súbitamente, lo reconoció.

—Eres Thrall —afirmó, incrédula. Al instante, posó la mirada sobre el Doomhammer que yacía sobre el suelo y, acto seguido, volvió a mirar al orco.

—¿El Jefe de Guerra de la Horda? —preguntó otro elfo.

—No, ya no, según dicen los rumores —respondió la elfa—. Teníamos entendido que había desaparecido… que había dimitido de su puesto de jefe de guerra.

No obstante, a los centinelas no nos comunicaron adonde había marchado. Soy Erina Saucenato, una centinela, y éste es Desharin Verdesón, uno de los Druidas de la Garra. En su día, formé parte de una misión diplomática que viajó a Orgrimmar —hasta entonces, Erina había estado sosteniendo su guja en una posición defensiva; ahora, por fin, decidió bajarla—. Eres una personalidad demasiado importante como para venir a visitar nuestro pequeño campamento. ¿Quién te envía?

Thrall suspiró para sí pues, hasta ahora, había albergado la esperanza de no tener que explicar al detalle los pormenores de su misión.

—Los rumores son ciertos. Me marché para ayudar a curar el daño que el Cataclismo había causado a Azeroth. En la Vorágine, cuando colaboraba con otros miembros del Anillo de la Tierra, me encontré con Ysera la Despierta —les explicó—. Me contó que el Reposo del Soñador estaba atravesando una situación muy difícil, que no contaban con un chamán que pudiera interceder en su nombre con los agitados elementos y que necesitaban ayuda.

—¿Esperas que me crea eso? —inquirió Erina.

—Yo le creo —afirmó Desharin, a quien Erina miró sorprendida—. Thrall siempre ha tenido fama de ser alguien bastante moderado, incluso cuando era jefe de guerra. Y ahora que se encuentra al servicio del Anillo de la Tierra, quizá haya sido enviado aquí de verdad a cumplir una misión.

—Por un dragón, ni más ni menos… —agregó Erina sarcásticamente—. Discúlpame… Y encima no lo envía un dragón cualquiera, sino la misma Ysera del Sueño Esmeralda. Y, además, porta consigo el Doomhammer.

—¿Quién sino Ysera iba a querer ayudar a los druidas? —preguntó Desharin—. Además, el Doomhammer es suyo, ¿no? Puede llevarlo allá donde quiera.

La centinela no halló respuesta alguna para esa cuestión y, a continuación, se volvió hacia otro elfo que se había aproximado, el cual también poseía una melena verde muy larga y suelta, así como una barba muy corta. Su castigado semblante reflejaba sabiduría y observó a Thrall pensativo.

—Éste es tu campamento, Telaron —indicó Erina con sumo respeto—. Dinos qué quieres que hagamos. Es un orco y, por tanto, nuestro enemigo.

—Pero también es un chamán y, por tanto, amigo de los elementos —replicó Telaron—. Y los elementos se encuentran tan alterados que no podemos permitimos el lujo de negarles la ayuda de sus amigos. No obstante, te someteremos a una prueba, Thrall del Anillo de la Tierra. Vamos.

Thrall siguió a Telaron, quien lo guió por las inclinadas colinas que se hallaban más cerca de aquel fuego abrasador. Por fortuna, los árboles próximos al campamento todavía no se habían incendiado y Thrall pudo ver que los habían rociado deliberadamente con agua. Todos los pequeños matorrales habían sido arrancados; únicamente quedaba ya la vieja arboleda.

Se le encogió el corazón al contemplar aquella situación.

Gran parte de los árboles más altos se encontraban a esas alturas demasiado quemados como para poder ser salvados. Otros se acababan de prender fuego; no obstante, las furibundas y salvajes llamas se extendían ahora con gran celeridad. Thrall se acordó del incendio que arrasó Orgrimmar y, sin más dilación, sacó el tótem de fuego que llevaba en la bolsa. Avanzó, pisó firmemente la tierra con sus pies descalzos y alzó las manos hacia el cielo. Entonces, cerró los ojos e intentó contactar con los elementos mediante su mente y su corazón.

Espíritus del fuego, ¿qué les aflige? Déjenme ayudarlos. Dejen que los aleje de este lugar donde lastiman cosas muy antiguas, únicas e irremplazables. Dejen que los lleve a un lugar donde podrán proporcionar consuelo y cariño a seres vivos que aún respiran.

Al instante, un elemental, cuya esencia poseía una extraña tenebrosidad, respondió. Aquella oscuridad era similar a aquella tenebrosa ira que había amenazado con destruir Orgrimmar unas cuantas lunas atrás; sin embargo, este elemento parecía poseer un carácter más decidido.

Hago lo que hay que hacer. El fuego purga, como bien sabes. El juego quema lo impuro para que pueda regresar a la tierra y el ciclo vuelva a empezar. ¡Es mi deber, chamán!

Con los ojos todavía cerrados, Thrall tembló como si hubiera recibido un golpe.

¿Tu deber? No cabe duda de que tú mismo has elegido cuál es tu deber, espíritu de fuego. ¿Qué han hecho estos vetustos árboles para que sientas la necesidad de purgarlos? ¿Acaso están enfermos? ¿Tienen la peste? ¿Están malditos?

No, no les ocurre nada de eso, admitió el elemental del fuego, que hablaba en el corazón de Thrall.

Entonces, explícame por qué haces esto. Intentaré entenderlo si es posible.

El fuego no respondió de inmediato, sino que, por un momento, brilló con más intensidad y desprendió aún más calor, lo que obligó a Thrall a apartar el rostro de aquel infierno ígneo.

Están… confusos. Algo muy malo les pasa. No saben que ya no saben. ¡Deben ser destruidos!

El propio Thrall se sintió muy confuso ante esa respuesta. Era perfectamente consciente de que todas las cosas poseían un espíritu. Incluso las piedras, que no eran seres “vivos” propiamente dichos; incluso el fuego, que ahora “hablaba” en su mente y corazón. A pesar de todo, era incapaz de hallarle un sentido a todo aquello.

¿Qué es lo que ya no saben?, inquirió Thrall al espíritu de fuego.

¡No saben que lo que saben está mal!

¿Con “mal” quieres decir que están equivocados?

Sí, así es.

Thrall pensó frenéticamente.

¿Y no podrían volver a la senda del verdadero conocimiento?

Durante un largo momento, creyó que había perdido la atención del espíritu, que se hallaba alterado, errático y angustiado. Si no lo escuchaba…

En su día, caminaron por esa senda. Por tanto, podrían volver a recorrerla.

Entonces, espíritu de Juego, no los destruyas. Te exhorto a que te retires. Si debes arder, arde en unas antorchas que iluminen la oscuridad o en unas chimeneas, donde la gente podrá preparar la comida y calentarse. ¡No lastimes más a estos árboles, a menos que quieras acabar para siempre con la posibilidad de que algún día vuelvan a recorrer la senda del conocimiento verdadero!

Thrall esperó, mientras una tremenda tensión se apoderaba de todo su cuerpo. Ansiaba desesperadamente haber acertado con su estrategia. Aunque eso sólo lo sabría si el fuego lo obedecía.

Durante un largo instante, no sucedió nada. El fuego crepitó y el calor hizo mella en los árboles que estaban siendo pasto de la llamas mientras se ennegrecían.

Pero entonces…

De acuerdo. Deben volver a la senda del verdadero conocimiento. Pero alguien debe guiarlos. Si no es así, acabarán ardiendo. Como debe ser.

Poco a poco, el fuego fue perdiendo intensidad hasta apagarse del todo. Thrall trastabilló hacia delante y abrió los ojos de par en par, presa de un agotamiento inmenso. Unos fuertes brazos lo agarraron al mismo tiempo que se escucharon unos vítores.

—Bien hecho, chamán —dijo Telaron, con una sonrisa de aprobación—. ¡Bien hecho! Te estamos muy agradecidos. Por favor… quédate esta noche con nosotros. Te trataremos como un invitado de honor.

Thrall aceptó. Además, se encontraba tan exhausto como esos elfos por culpa del viaje y del tremendo esfuerzo que había tenido que realizar. Los elfos, por su parte, estaban agotados por los esfuerzos que habían realizado para sofocar el incendio y porque normalmente dormían durante el día.

Esa noche, mientras se encontraba sentado junto a Canción de Nieve y comía, bebía y reía con los elfos de la noche, ya fueran éstos druidas o centinelas, acabó haciendo un gesto de negación de la cabeza, con el que expresaba su asombro en silencio ante el giro que habían dado los acontecimientos. Entonces, se acordó de una reunión que se había celebrado, no hacía mucho tiempo, en la que diez druidas (cinco elfos de la noche y cinco tauren) habían intentado negociar pacíficamente el reparto y uso de las rutas de A comercio. Los habían emboscado y masacrado, y el archidruida y tauren Hamuul Runetotem había sido el único superviviente. Aquella agresión había soliviantado los ánimos tanto de la Alianza como de la Horda. Se rumoreaba que Garrosh Hellscream había sido el responsable de aquel ataque; sin embargo, nunca se pudo demostrar su implicación. Además, Thrall no creía esos rumores, a pesar de que era consciente de que Garrosh tenía un fuerte temperamento.

Si esa reunión se hubiera saldado con éxito, reflexionó Thrall con suma tristeza, quizá ambos bandos compartirían con mucha más frecuencia noches como ésta, en las que se cantaban canciones y se contaban historias. Quizá así se sentirían más unidos, y el mundo que compartían se curaría antes.

Thrall se fue a dormir mientras sus anfitriones aún seguían cantando canciones a las estrellas. Los ruidos de la naturaleza fueron como música para sus oídos mientras yacía en el suelo envuelto en unas pieles con sólo una mano como almohada.

Durmió profundamente por primera vez en mucho tiempo.

Al alba, Thrall se despertó tras ser zarandeado suavemente.

—Thrall —oyó decir a un kaldorei de voz melodiosa—. Soy Desharin.

Despierta. Tengo algo que enseñarte.

Tras muchos años de batallar, Thrall estaba acostumbrado a despertarse con suma rapidez y totalmente alerta. Se incorporó en silencio y siguió al elfo, sorteando a los elfos de la noche que seguían dormidos. Dejaron atrás la poza de la luna y los pabellones y se adentraron en la vieja arboleda.

—Quédate aquí quieto y en total silencio —susurró Desharin—. Escucha.

Los árboles que se habían librado de lo peor del incendio se movían y suspiraban; sus ramas crujían, sus hojas murmuraban. Thrall permaneció en silencio unos momentos más y, a continuación, se volvió hacia el elfo, negando con la cabeza.

—No oigo nada.

Desharin sonrió.

—Thrall —dijo en voz baja—, fíjate en que no sopla el viento.

Súbitamente, Thrall se percató de que el kaldorei tenía razón. Los árboles se movían como si los meciera un suave viento… a pesar de que no soplaba ni la más mínima brisa.

—Observa los árboles con suma atención —le indicó Desharin.

Thrall le hizo caso y se concentró lo más posible en los nudos de los troncos de los árboles… en las ramas puntiagudas…

De improviso, abrió los ojos como platos al comprender qué… o a quién… estaba viendo. Si bien había oído hablar de ellos, nunca los había visto.

—Son ancestros —susurró.

Desharin asintió. Thrall siguió observando asombrado; se preguntaba cómo era posible que no se hubiera dado cuenta antes. Entonces, negó con la cabeza lentamente y añadió:

—Y yo que creía que venía únicamente a salvar un bosque. Pero si tienen el aspecto de… unos árboles corrientes y molientes.

—Estaban durmiendo, pero tú los has despertado.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

Thrall no quería apartar la mirada de esos ancestros. Se trataba de unos seres muy, pero que muy antiguos; gran parte de ellos eran los depositarios de la sabiduría de eones pasados. Se movían, crujían y daba la sensación de que… ¿hablaban?

Thrall se esforzó por intentar entender lo que decían. Unos momentos después, se percató de que era capaz de comprender esas palabras susurradas suavemente con voces muy profundas.

—Estábamos soñando. Nos hallábamos inmersos en unos sueños muy confusos, presas de la incertidumbre. Por eso no nos despertamos cuando se desató el incendio. Pero, en cuanto escuchamos a un chamán hablando con un elemento, a través de un antiguo ritual mágico, nuestra conciencia regresó al mundo de la vigilia. Gracias a ti, nos hemos salvado.

—El fuego me dijo que pretendía purgarlos. Pensaba que eran… impuros —les explicó Thrall, a la vez que intentaba recordar con exactitud qué era lo que le había contado el elemental de fuego exactamente—. Dijo que la confusión se había apoderado de ustedes. Me habló crípticamente y afirmó que no sabían que lo que sabían estaba mal. Le pregunté si serían capaces de volver a recorrer la senda del conocimiento verdadero, y el espíritu de fuego contestó que sí. Por eso, accedió a dejar de quemarlos.

Ahora que el fuego ya no era una amenaza, Thrall se dio cuenta de que algunos de esos ancestros contaban con pequeñas criaturas anidadas en sus ramas. Se trataba de unos seres similares a unos pequeños dragones que poseían unas delicadas alas de intensos colores como las de las mariposas y unas antenas vellosas que sobresalían por encima de sus cabezas, en las que relucían unos ojos brillantes. Uno de ellos abandonó la hoja donde se encontraba posado, revoloteó un poco y acabó aterrizando sobre el hombro de Desharin, a quien acarició con su hocico con sumo cariño.

—Los llaman duendes dardo —comentó Desharin, acariciando a aquella diminuta criatura—. Pese a que no son dragones, protegen y defienden con su magia el Sueño Esmeralda.

De repente, Thrall lo entendió todo. Y contempló anonadado a los ancestros, a su diminuto protector mágico y el pelo verde de Desharin.

—Eres un dragón verde —concluyó en voz baja. Era una afirmación, no una pregunta.

Desharin asintió.

—Mi misión consistía en vigilarte.

Thrall frunció el ceño y la furia volvió a adueñarse de él.

—¿Vigilarme? ¿Acaso me están probando? ¿He cumplido con las expectativas de Ysera?

—No es eso —replicó—. No pretendíamos evaluar tus habilidades. Mi tarea consistía en comprobar qué clase de sentimientos albergabas en tu corazón al ayudamos, con qué espíritu afrontabas tu deber. Tienes que hacer un largo viaje, Thrall, hijo de Durotan y Draka. Teníamos que comprobar si estabas listo para emprenderlo.

Los ancestros comenzaron a hablar de nuevo en su extraño y chirriante idioma.

—Durante largo tiempo, hemos atesorado los recuerdos de este mundo. Durante largo tiempo, hemos cuidado del conocimiento que otros habían olvidado. No obstante, el espíritu de fuego tenía razón. Nos sucede algo malo. Nuestros recuerdos se han tomado borrosos y confusos… se están perdiendo. Algo muy malo le está sucediendo al mismo tiempo.

Deben volver a la senda del verdadero conocimiento. Pero alguien debe guiarlos. Si no es así, acabarán ardiendo. Como debe ser.

—Eso es lo que intentaba explicarme el espíritu de fuego —afirmó Thrall—. Sabía que los recuerdos de estos árboles eran erróneos, que estaban mal. No obstante, creía que podían regresar a la senda del conocimiento verdadero. Eso significa que todavía hay esperanza.

Desharin asintió y, acto seguido, pensó en voz alta:

—Algo malo les está ocurriendo a los recuerdos de los ancestros. Ellos no son como nosotros; sus recuerdos no pueden ser alterados a menos que las cosas que recuerdan sean alteradas. Eso implica que el mismo tiempo está siendo manipulado — entonces, embargado por la emoción y de un modo solemne, se volvió hacia Thrall—. Aquí comienza tu viaje. Deberás viajar a las Cavernas del Tiempo. Debes descubrir qué ha ocurrido y ayudar a arreglar los senderos del tiempo

Thrall lo observó atónito.

—Así que los senderos del tiempo… existen. Sospechaba que…

—Sí, existen. Nozdormu y el resto del vuelo de dragón bronce son sus guardianes. Debes presentarte ante él con esta información.

—¿Yo? ¿Por qué iba a querer hablar conmigo? ¿No sería mejor que un dragón le diera estas noticias?

Se sentía abrumado ante la perspectiva de tener que viajar atrás en el tiempo para alterar o ajustar la historia. Sabía que pisaba un terreno desconocido para él. Lo que, en un principio, parecía ser sólo una misión trivial se acababa de transformar en una misión de tremenda importancia.

—Puedo acompañarte si quieres —contestó Desharin—. Pero Ysera insistió mucho en que tú eras una pieza muy importante en la batalla que se va a librar. No te lo tomes a mal, pero no sé por qué piensa así; en ese sentido, estoy tan desconcertado como tú —en ese instante, esbozó una sonrisa que le hizo parecer mucho más joven de lo que seguramente era—. Al menos, tu piel es verde.

En un principio, Thrall se sintió bastante molesto por ese último comentario, pero enseguida pasó a reírse entre dientes.

—Toda ayuda y guía que me proporciones será bienvenida; además, me siento honrado de que Ysera me tenga en tan alta estima. Haré todo cuanto esté en mi mano para ayudarlos —entonces, se volvió hacia los ancestros—. Para ayudarlos a todos ustedes si puedo.

Las hojas de los ancestros susurraron y, a continuación, Thrall escuchó cómo algo caía sobre el suelo, rodaba hacia abajo por la ligera pendiente y se detenía ante los pies de Thrall.

—Es un regalo para ti —le explicó Desharin.

Thrall se agachó y lo cogió. Era una bellota que no tenía nada de extraordinario. No obstante, era consciente de que no debía de ser una simple bellota más y, por un instante, sintió un escalofrío al cerrar su puño en tomo a ella de manera protectora. Después, la metió con sumo cuidado en su bolsa.

—Cuídala bien —le aconsejó Desharin con solemnidad—. Esa bellota contiene todo el conocimiento del árbol del que ha caído, así como todo el conocimiento que poseía el padre de ese árbol, y el padre del padre de ese árbol… y así, sucesivamente, hasta remontamos a los albores del tiempo. Debes plantarla en un lugar que te parezca idóneo para que germine adecuadamente.

Thrall asintió y sintió que se le hacía un nudo en la garganta ante tal honor y responsabilidad.

—Así lo haré —aseguró a los ancestros.

—Y, ahora, amigo orco —dijo Desharin, alzando la mirada hacia el cielo despejado—, debemos dirigimos a las Cavernas del Tiempo.

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