Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Tres

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosSi bien no sucedió tal y como Alexstrasza hubiera deseado, la repentina aparición del vuelo de dragón crepuscular espoleó a los demás vuelos a actuar unidos. No malgastaron más saliva discutiendo entre ellos, sino que se elevaron hacia el cielo para cargar contra el enemigo, para proteger ese sagrado templo.

De inmediato, estalló una ola de violencia incongruentemente bella. Decenas de poderosas siluetas de colores rubí, esmeralda y zafiro dieron vueltas y giraron en pleno vuelo. Su enemigo poseía todas las tonalidades que tiene el día cuando se transforma en noche (púrpura, violeta e índigo). Se desató una batalla sangrienta donde la elegancia y la brutalidad se combinaron a partes iguales.

Mientras se enfrentaban, pudieron escuchar una voz que reverberaba en sus mismos oídos.

—Han sido muy amables al congregarse tantos en un solo sitio para que pueda destruirlos con más facilidad, débiles criaturas.

Alexstrasza voló directamente hacia un grupo de tres dragones, esquivando su letal aliento, que era del mismo color púrpura que ellos, mientras descendía en picado. Por el rabillo del ojo, vio cómo un dragón azul se quedaba flotando inmóvil en el aire por un momento preparando un conjuro y, a continuación, plegó sus alas y cayó en picado. La dragona carmesí viró con suma rapidez y logró evitar lo que parecía ser una repentina lluvia de carámbanos. Una de los dragones crepusculares logró volverse incorpórea, pero los otros reaccionaron demasiado tarde. Alexstrasza aprovechó la oportunidad y ascendió como un rayo para clavar sus enormes fauces en la serpenteante garganta de unos de ellos. Como lo había atrapado con su forma corpórea y carecía ya de fuerzas para transformarse, el dragón crepuscular profirió un grito ahogado y batió frenéticamente sus alas índigo, en un vano intento por librarse de su captora. Asimismo, intentó desgarrar el vientre de Alexstrasza con sus negras garras. A pesar de que las escamas de la dragona carmesí la protegieron de todo daño, un tremendo dolor se apoderó de su estómago. Al instante, decidió morder aún con más fuerza y, acto seguido, el dolor se desvaneció. Abrió las fauces y soltó aquel cuerpo inerte, al que no prestó más atención mientras se precipitaba hacia el vacío.

—¿Quién eres? —gritó Alexstrasza, cuya voz atravesó con gran potencia el aire gélido y claro—. Muéstrate y dime tu nombre; si no lo haces, ¡demostrarás que no eres más que un fanfarrón y un cobarde!

—No soy ningún fanfarrón ni un cobarde —volvió a decir aquella voz desencamada—. Mis seguidores me llaman el Padre Crepuscular. Ellos son mis hijos, y yo los quiero.

Un escalofrío recorrió a la gran Protectora, aunque no sabía muy bien por qué.

Si ese nombre definía a su poseedor y esa voz pertenecía al patriarca de esos seres…

—¡Entonces, sal y protege a tus niños, Padre Crepuscular, o si no, tendrás que contemplar cómo los masacramos uno a uno!

En ese instante, dos dragones enemigos cayeron en picado sobre ella desde direcciones opuestas. Estaba tan concentrada en dar con el origen de esa voz que estuvo a punto de no percatarse de su presencia a tiempo. Cuando se encontraban a una distancia en la que podría haberlos golpeado con su cola, plegó sus alas y se dejó caer como una piedra, al mismo tiempo que se giraba. Entonces, justo por encima de ella, ambos dragones crepusculares adoptaron sus formas sombra un instante antes de chocar y se atravesaron mutuamente sin sufrir ningún daño.

De improviso una risa, discordante y petulante, la envolvió.

—Por mucho que afirmes ser la gran Protectora, actúas como una niña tonta. Será todo un placer ver cómo te desmoronas a pedazos ante lo que está por venir.

Un rugido estuvo a punto de reventarle los oídos a Alexstrasza, a quien se le encogió el corazón al ver cómo uno de los suyos caía en aquella batalla. Aunque ya estaba muerto, sus enormes alas rojas aún se movían e intentaban mantenerlo en el aire, a pesar de que una de ellas se encontraba hecha jirones. Se lanzó en picado sobre los asesinos de su camarada, bramando y escupiendo fuego. Uno de ellos abandonó su forma sólida inmediatamente y se apartó del camino de las llamas. El otro, que era más valiente o más necio, se giró y le lanzó unas afiladas dagas de magia oscura a Alexstrasza. A continuación, intentó volverse inmaterial. Ese acto de arrogancia le costó la vida. La Protectora abrió sus fauces y escupió unas llamas que cubrieron todo el cuerpo de su rival antes de que la transformación se hubiera completado del todo. Su fuego era mucho más poderoso que el de un dragón rojo normal; dio la impresión de que iba a derretir las escamas de color morado de su adversario, que se combaron y levantaron en cuanto la carne que se hallaba bajo ellos se quemó hasta el hueso. Un lado de su cuerpo quedó incinerado e irreconocible y, entonces, el dragón cayó, con medio cuerpo fuera del plano físico de existencia y el otro dentro, aunque sumido en una total agonía.

Por el rabillo del ojo, Alexstrasza vio cómo su hermana Ysera, quien normalmente era muy pacífica y gentil, luchaba con suma fiereza. Estaba abriendo las fauces para exhalar un aire que podría haber sido tan dulce como las flores de verano, pero que se había transformado en algo verde, tóxico y repugnante. Así, obligó a retroceder a dos dragones crepusculares, que a duras penas lograban respirar y cuyo aleteo flaqueó, lo cual provocó que permanecieran distraídos el tiempo suficiente como para que Ysera, con las garras extendidas y su enorme boca abierta, realizara un rápido sortilegio. Sus contrincantes aullaron de terror y, acto seguido, comenzaron a pelearse entre ellos dos, convencidos de que su compañero era el enemigo. En unos segundos, acabarían lo que Ysera había empezado.

Alexstrasza esquivó otro ataque al descender y rodear por detrás a su adversario, al que rompió el cuello con un poderoso golpe de su cola. Mientras su cadáver caía hacia el suelo, se percató de dos cosas a la vez.

En primer lugar, había dos Aspectos presentes en esa batalla, ambos en pleno estado de forma para combatir. Desde un punto de vista objetivo, había muy pocos dragones crepusculares como para poder derrotarlos, sobre todo ahora que la élite dracónida, que normalmente custodiaba las entradas a los sagrarios, había abandonado sus puestos temporalmente para sumarse a la lucha. Si bien no podían volar, cualquier dragón crepuscular herido que hubiera tenido la desgracia de caer al suelo era despachado por ellos con suma celeridad. La victoria iba a ser demasiado fácil.

En segundo lugar, toda la lucha se concentraba en un solo punto.

¿Por qué?

Deberían haber adoptado una táctica mejor: deberían haber separado a los diversos dragones, deberían haberlos rodeado, haberlos alejado de cualquier otro defensor del lugar y haber utilizado la propia arquitectura del templo como arma. Sin embargo, los dragones crepusculares estaban reunidos como una colina de hormigas en torno a la cúspide del templo, justo donde eran unos objetivos perfectos para Ysera y Alexstrasza.

A la Protectora se le formó un nudo en el estómago y un temor impreciso, que prácticamente la paralizó, la dominó por entero. Algo iba terriblemente mal.

—¡Aléjense del enemigo! —exclamó, con una voz clara y firme que disimulaba el terror que sentía—. ¡Hagan que se distancien del templo y atáquenlos de uno en uno!

Los dragones que defendían el templo la oyeron y, de inmediato, se dispersaron en todas direcciones. Sin embargo, los dragones crepusculares permanecieron apiñados; sólo unos pocos se separaron del grupo que ahora, a ojos de Alexstrasza, parecía una formación compacta que quería atraer su atención.

Entonces, se dio cuenta de qué estaba sucediendo en realidad. No habían venido a atacar nada, sino a distraerlos…

La explosión, tanto física como metafísica, fue lo bastante pode-rosa como para lanzar a Alexstrasza a gran velocidad por los aires, girando a lo loco y dando tumbos, sin poder hacer nada por remediarlo, como un cachorro recién salido del cascarón al que hubiera atrapado un ciclón. Extendió las alas y rugió de dolor; una agonía se adueñó de su ser inesperadamente y, a pesar de que se sintió como si le arrancaran las alas, logró mantenerse en el aire. Se sentía como si le hubiera dado una paliza una montaña que estuviera viva; además, durante un largo rato, fue incapaz de escuchar nada.

Pero podía ver. Y, mientras el dolor surcaba su cuerpo, deseó ser ciega.

El Templo del Reposo del Dragón seguía en pie. A duras penas. Varios de sus gloriosos y elegantes arcos estaban hechos añicos; sus restos recordaban al hielo derretido. Una turbia energía mágica roja emergía de la base del templo.

Y en la base del templo se hallaban…

—¡Los sagrarios! —gritó alguien—. ¡Nuestros niños!

Muchos se habían roto y caían al vacío. Por un terrible instante que pareció prolongarse una eternidad, Alexstrasza fue incapaz de decir nada.

El Sagrario Rubí… los niños… ¡Korialstrasz…!

En cuanto por fin fue capaz de articular palabra, ni siquiera ella misma fue capaz de creer lo que estaba diciendo.

—¡No cedan ni un ápice! —exclamó—. ¡No podemos permitirnos el lujo de perder ninguno más! ¡Repelan al enemigo, mi vuelo! ¡No dejen que nos lastimen aún más!

Su apasionado grito espoleó no sólo al vuelo de dragón rojo sino a todos los demás, que canalizaron la ira, pena y terror que sentían ante lo que temían que hubiera pasado en sus furibundos ataques. Los dragones crepusculares se sobresaltaron ante la ferocidad del asalto y huyeron enseguida.

Alexstrasza no los persiguió. Extendió sus alas y se lanzó en picado hacia el suelo, estremeciéndose de miedo al compás de los latidos de su temeroso corazón, mortalmente asustada ante lo que podría encontrarse allá abajo.

El Padre Crepuscular se hallaba en la cima de una de las muchas montañas que sobresalían en el Cementerio de Dragones. No parecía sentir el frío del viento que tiraba de su capa mientras mantenía la capucha en su sitio con firmeza con una sola mano.

Con la otra mano agarraba con fuerza una cadenita de plata, cuyos eslabones eran diminutos y estaban tallados con suma finura. Entre las sombrías tinieblas de su capucha destacaban sus ojos, hundidos en un semblante de facciones muy marcadas cubierto de una barba gris, con los que observaba lo sucedido. Había contemplado la batalla con suma satisfacción, al mismo tiempo que lanzaba sus burlas con voz atronadora, presa de júbilo casi infantil, para desconcertar a la Protectora.

Sin embargo, la explosión que había devastado a los vuelos de dragón también lo había sorprendido y consternado.

Junto a aquel hombre grande y de complexión robusta se encontraba una hermosa joven. El viento azotaba su largo pelo de un color moreno azulado y, al mismo tiempo, dotaba de una tonalidad rosácea a sus mejillas normalmente pálidas. El otro extremo de la cadenita, que el Padre Crepuscular portaba en una mano enguantada, terminaba en una argolla que rodeaba la esbelta garganta de la mujer, como si fuera un collar muy elegante. A pesar de que ella también parecía inmune al frío, se le habían congelado unas cuantas lágrimas sobre el semblante. Ahora, sin embargo, sonreía, de tal modo que esas lágrimas se quebraron y cayeron sobre la fría piedra que se hallaba entre ambos.

Lentamente, la figura encapuchada se volvió hacia la muchacha.

—¿Cómo has logrado avisarlos? ¿Cómo lo has hecho? ¿Quién te ha ayudado?

La sonrisa que esbozada aquella chica se tornó más amplia.

—Tus seguidores te son muy leales, nunca me ayudarían. No los he avisado. No obstante, parece que hay alguien más listo que tú… Padre Crepuscular—contestó, pronunciando el título del encapucha, do no con el respeto de los miembros de su culto, sino con un desprecio desafiante—. Tu plan ha fracasado.

Dio un paso hacia ella y, de repente, se rió entre dientes.

—Qué estúpida eres. Siempre hay varias opciones. Un hombre sabio siempre tiene preparado un plan alternativo.

Con suma indiferencia, tiró con más fuerza de la cadena. La muchacha jadeó y se levó las manos con celeridad a la garganta mientras la cadena se retorcía, refulgía con un color blanco y la quemaba. El encapuchado sonrió ante el olor de la carne quemada y, a continuación, con igual indiferencia, la liberó de ese hechizo.

La muchacha no cayó al suelo de rodillas, pero sus jadeos y sus estremecimientos bastaron para que su torturador se sintiera complacido.

En efecto, habían sufrido un contratiempo muy severo. No obstante, lo que le había dicho a su prisionera era verdad. Un hombre sabio siempre tiene preparado un plan alternativo. Y el Padre Crepuscular era un hombre muy sabio.

No había sido derrotado ni por asomo.

* * *

Ya no estaban ahí.

Todos los sagrarios habían desaparecido, como si nunca hubieran estado ahí. Cinco dimensiones en miniatura, cada una de las cuales era un espacio consagrado a cada vuelo, habían sido destruidas. Y junto a esos sagrarios habían desaparecido los tesoros indescriptiblemente valiosos que albergaban: sus vástagos. Miles de vidas habían resultado sesgadas antes de tener siquiera la oportunidad de respirar el aire o flexionar sus alas.

Alexstrasza había acompañado a los celadores a inspeccionar los daños; no quedaba nada que investigar. De algún modo, los dragones crepusculares se las habían ingeniado para lograr que cada uno de los sagrarios implosionara; sólo había quedado el tenue rastro de la energía que había sido utilizada para destruirlos. Otro día, ya se encarga* rían de investigar cómo y por qué había sucedido aquella desgracia, cuando la confusión ya no reinara en sus mentes y la calma dominara sus corazones. Por ahora, los vuelos de dragón se hallaban unidos por el dolor y el sentimiento de pérdida.

Ninguno albergaba ya esperanza alguna, salvo Alexstrasza. Merced a la compasión que anidaba en su corazón, amplió el campo de acción de la magia que poseía como la Protectora, de su amor sin medida, con el fin de hallar algún rastro de aquél que fue el primero en ganarse su amor. El vínculo que los unía era tan fuerte que, aunque se hallara ahora muy lejos, percibiría su presencia si seguía vivo. Hasta entonces, siempre había sido capaz de contactar con él.

¿Korialstrasz?

Silencio.

¿Amor?

Nada.

Korialstrasz se había volatilizado al igual que los sagrarios, los huevos y las esperanzas que habían depositado en el futuro de los dragones.

Alexstrasza se puso de cuclillas, conmocionada y tambaleándose, sobre el suelo nevado. Torastrasza, mayordoma del Consejo Rector del Acuerdo, se encontraba junto a ella, procurando ofrecerle consuelo ante un hecho inconmensurablemente aterrador, ante el cual era imposible hallar alivio alguno en mucho tiempo. Quizá, jamás.

Tariolstrasz se acercó a Torastrasza y le inquirió:

—¿Puedo hablar un momento contigo?

Torastrasza acarició con el hocico a Alexstrasza de manera muy gentil y le dijo:

—Vuelvo en un momento.

Alexstrasza alzó la cabeza y la contempló con una mirada vacía; por un fugaz instante, fue incapaz de comprender las palabras de Torastrasza. No obstante, al final, asintió:

—Oh, sí… claro.

Mi amor, mi cielo, mi vida… ¿por qué te pedí que te quedaras ahí? Si me hubieras acompañado, quizá habrías sobrevivido…

Escucho un sinfín de voces rabiosas por doquier; los dragonea gritaban presas de la ira y la angustia, del temor y la furia. Lo único que evitaba que Alexstrasza perdiera el juicio era que el piadoso velo del aturdimiento la dominaba; no obstante, éste iba cayendo poco a poco, ya que aquella pesadilla que parecía imposible pero era real proseguía. En ese instante, sintió una suave caricia en el cuello y se volvió hacia Ysera, quien la miraba con gran compasión con sus ojos de tonalidades de arco iris. El Aspecto de Dragón verde permaneció en silencio, pues sabía que no había nada que decir; simplemente, se tumbó junto a su hermana de tal modo que sus costados se tocaron.

Pasado un tiempo, Torastrasza regresó.

—Protectora… —acertó a decir. Alexstrasza elevó la cabeza, haciendo un gran esfuerzo y observó atentamente a la dragona—. Korialstrasz…

Pero Torastrasza fue incapaz de proseguir.

—Lo sé —replicó Alexstrasza, a quien se le rompió el corazón un poco más al admitirlo en voz alta, como si al pronunciar esas palabras estuviera contribuyendo a que su muerte fuera algo mucho más real—. Estaba… ahí. En el sagrario. Mi amor ha muerto.

Torastrasza hizo un gesto de negación con la cabeza que la sorprendió. La esperanza se adueñó repentina e irracionalmente de Alexstrasza.

—¿Ha sobrevivido?

—No, no, es… al parecer, se suicidó.

Miró fijamente a Torastrasza como si la mayordoma estuviera diciendo algo sin

sentido.

—¡Tus palabras carecen de sentido! —exclamó, al mismo tiempo que golpeaba el suelo con su pata delantera.

—Él ha sido quien… quien ha hecho esto. Lo poco que queda porta su marca energética. Es verde y… y está vivo.

—¿Estás diciendo que el amado consorte de mi hermana ha destruido los sagrarios y los huevos? ¿Que se ha autodestruido? —inquirió Ysera, con un tono de voz calmado y ausente.

—Es… es la única explicación.

Alexstrasza contempló fijamente a Torastrasza.

—Eso es imposible —replicó, con un tono más áspero que la lija—. Conoces a Korialstrasz. Sabes que es incapaz de hacer algo así.

—¡Salvo que colaborase con el Martillo Crepuscular! —replicó Arygos con suma furia—. Durante mucho tiempo, te pidió insistentemente que mataras a mi padre, que atacaras el Nexo. Desde el principio, ¡ha estado urdiendo el exterminio de toda nuestra raza!

La ira explotó como una llamarada en la sangre de Alexstrasza. Se incorporó de un salto, con la mirada clavada en el dragón azul, y avanzó lentamente hacia él.

—Mientras tu padre gimoteaba presa de la locura, Korialstrasz y yo luchábamos por salvar Azeroth. Nos unimos a los aliados que pudimos hallar. Cambiamos el mismo curso del tiempo; nos arriesgamos a morir, e incluso a sufrir un destino peor, por este mundo. Siempre estuvo a mi lado, siempre me fue leal. También te quería a ti, Arygos, como demostró al salvarte la vida, como demostró al salvarle la vida a Kiry y a muchos otros. Una y otra vez, ha salvado a nuestro mundo y a nuestra raza. Así que, dime, ¿cómo esperas que ahora creamos que fue capaz de aliarse con Deathwing? ¿Con un culto que ansía únicamente provocar el fin de todo lo que existe?

—Arygos, tiene que haber otra explicación —le instó Kalec.

Debería haberla… la había… tenía que haberla… Alexstrasza sabía que sí. Aun así…

—La táctica que han empleado los dragones crepusculares estaba diseñada para mantenemos entretenidos luchando en el aire, por encima del templo —prosiguió diciendo Torastrasza, con un tono de voz suave a pesar de que sus palabras eran muy duras—. Era una mera distracción para mantenemos ocupados… para alejar a los protectores del Reposo del Dragón, de tal modo que…

Torastrasza dejó de hablar y bajó la mirada, pues era incapaz de contemplar a su adorada Protectora mientras pronunciaba unas palabras que, sin duda alguna, le estaban rompiendo el corazón a pedazos a la reina de dragones.

—Alexstrasza —dijo Kalec con suma delicadeza—, dinos por qué Krasus decidió no venir hoy a la reunión. Seguro que… bueno no estoy seguro, pero supongo que le pediste que se quedara en el sagrario, ¿verdad?

Esas últimas palabras las entonó como si estuviera realizando un ruego.

La Protectora clavó su mirada en Kalec y el corazón se le hizo añicos al recordar la conversación que, a la postre, había sido la última que mantendrían jamás.

Entonces ve sin mí, mi amor. Tú eres el Aspecto. A ti te escucharán. Yo sólo sería como un pequeño guijarro atrapado entre tus escamas… algo insignificante que únicamente está ahí para molestar.

Había sido él quien había sugerido que era mejor que se quedara en el sagrario.

—No —susurró, tanto para responder a la pregunta de Kalec como en un desesperado intento de negar lo que parecía ser la verdad: que Korialstrasz había planeado todo aquello desde el principio.

Kalec la contempló angustiado.

—Incluso… incluso ante estas evidencias… a pesar de que lo que parece… ¡no me puedo creer que Krasus haya intentando causar un genocidio! ¡El Krasus que yo conocía habría sido incapaz!

—Quizá la locura ya no se conforma sólo con los Aspectos —comentó burlonamente Arygos.

De improviso, algo se quebró en la mente de Alexstrasza.

Echó la cabeza hacia atrás y chilló de dolor; aquel fuerte grito rasgó el aire y estremeció el suelo congelado. Dio un salto y batió las alas al compás de su corazón desbocado, con los ojos clavados en el hermoso Orbe de la Unidad.

Voló directamente hacia él.

Alexstrasza agachó la cabeza en el último momento, como un carnero que cargara contra su enemigo. Sus colosales cuernos impactaron contra el delicado orbe. Con un inesperado tintineo muy agudo, el Orbe de la Unidad estalló en miles de fragmentos deslumbrantes que cayeron como una lluvia centelleante sobre los dragones que se encontraban debajo.

La Protectora quena alejarse de aquel lugar. De esos dragones que estaban dispuestos a creer con suma facilidad lo peor de alguien que siempre había sido el mejor de todos ellos. No sólo los dragones azules o verdes pensaban así, sino también su propio vuelo, que no debería dudar de él…

¿Y ella? ¿No debería siquiera dudar? ¿Y si era cierto?

No. No podía dudar, no dudaría de él, no podría soportar esa carga en su corazón, no iba a traicionar a alguien que siempre había sido de la máxima confianza.

En ese momento, Torastrasza, Ysera y Kalecgos volaban ya junto a ella. Le dijeron algo que no pudo entender y, acto seguido, viró en pleno vuelo y se dispuso a atacarlos.

Sobresaltados, se apartaron de su camino. Alexstrasza no los persiguió. No deseaba asesinar a nadie. Sólo quería que la dejaran en paz para que pudiera escapar de aquel lugar, de aquel terrible lugar donde había sucedido esa tragedia tan horrorosa, indescriptible e inimaginable. Nunca más podría contemplar el templo sin revivir aquel funesto momento. Y ahora mismo… era incapaz de soportar esa visión.

Era incapaz de soportarlo todo.

En su desazón, Alexstrasza se aferró única y exclusivamente a una cosa: a la esperanza de que pudiera volar lo bastante lejos y lo bastante rápido como para dejar atrás los recuerdos.

* * *

El ataque de la Protectora había estado motivado por la ira y el miedo que la dominaban; no había pretendido asesinar a Ysera, Torastrasza y Kalec, quienes esquivaron su ataque fácilmente. Ysera, que también estaba sufriendo mucho, puesto que muchos de los huevos que habían resultado destruidos en la explosión pertenecían a su propio vuelo (incluso algunos los había puesto ella misma), sabía que su dolor no era comparable al que estaba experimentando su hermana.

Alexstrasza había perdido de una tacada a su consorte, a sus hijos y toda esperanza.

Ysera regresó volando al templo sumida en una honda tristeza y con un gran pesar en su corazón; entretanto, (como siempre hacía últimamente) intentó encajar en su cabeza las múltiples piezas y fragmentos de diversos puzzles y enigmas.

Los dragones se marchaban en grandes bandadas. Todos se sentían pesarosos y furiosos. Al parecer, nadie deseaba quedarse más tiempo en aquel lugar, en donde hasta hacía poco se había encontrado lo que más querían.

El Acuerdo del Reposo del Dragón había saltado por los aires, al igual que lo había hecho el símbolo que lo representaba, de tal modo que el templo había perdido todo su sentido.

Ysera, sin embargo, permaneció ahí. Voló lentamente alrededor del templo, observándolo de una manera bastante fría y objetiva. A continuación, aterrizó, adoptó la forma de un elfo de la noche y recorrió aquella edificación como un bípedo. Había cadáveres por doquier: de dragones rojos, azules, verdes y crepusculares. De manera irónica, la energía vital de la magia que Korialstrasz había empleado para destruir los sagrarios se filtraba ahora hacia la superficie, lo cual provocaba que las plantas irrumpieran a través de la blanca capa de nieve que cubría el suelo.

Ysera negó con la cabeza con gran pesar. Le resultaba muy absurdo que una energía vital tan vigorosa hubiese sido la causa de tanta muerte. Se agachó para acariciar una larga hoja verde y, acto seguido, prosiguió deambulando sin rumbo.

Si bien tenía los ojos abiertos, no prestaba atención a lo que veía con ellos. Había intentado explicar de todas las maneras posibles al resto de dragones la incompleta visión que había tenido. Pero era algo prácticamente imposible: sólo podía entenderla de verdad alguien que, tras haber dormido y soñado durante decenas de miles de años, se acabara de despertar e intentara darle un sentido a todas sus visiones. Ysera sabía que no estaba loca, intuía que los demás tampoco la consideraban una demente; no obstante, ahora sentía cierta afinidad con la locura.

Aunque había hablado sobre la Hora del Crepúsculo en la reunión y había intentado advertir a los demás, su advertencia había caído en saco roto; como si se tratara de un diminuto fragmento brillante de… algo… la cuestión había sido barrida rápidamente con una diligente escoba… cual fragmento de cerámica rota. Era…

Se mordió el labio inferior, meditabunda.

Si bien sabía que era el mayor reto al que jamás se iban a enfrentar los vuelos de dragón, ignoraba a quién se iban a enfrentar. La hora podría llegar muy pronto… o dentro de eones. ¿Acaso todo esto tenía algo que ver con el regreso de Deathwing? Seguro que sí… ¿o no? El mundo se desmoronaba tras el Cataclismo, que era una de las peores cosas que le habían pasado jamás a Azeroth.

¿Cómo iba a poder persuadir a los demás de la gravedad de la situación cuando era incapaz de expresar con palabras la naturaleza del peligro que se avecinaba? Entonces, profirió un leve gemido repleto de contrariedad y frustración.

Aunque de una cosa estaba segura: faltaban muchas piezas en ese puzzle, pero había una pieza clave que había que colocar para que el resto pudieran encajar luego en su sitio. Se trataba de una pieza muy extraña, insólita como poco, y no estaba muy segura de cómo iba a encajar. Sólo sabía que debía hacerlo.

Ysera había visto a aquel sujeto entrando y saliendo de sus sueños. Había creído que esa pieza entendía el papel que jugaba en el esquema de las cosas, pero ahora, por muy raro que pareciera, algo (una cierta certeza que intuía pero que no comprendía del todo) la llevaba a pensar que todavía no había alcanzado a entender cuál era la verdadera importancia que tenía esa pieza en el destino de Azeroth.

Si bien no era un dragón, albergaba cierto interés por los vuelos de dragón en lo más hondo de su corazón; lo supiera o no. Caminaba entre mundos, aunque no buscaba conquistarlos ni mandar sobre ellos ni destruirlos. Era un ser único.

Ladeó la cabeza para dejar que el viento jugueteara con su largo pelo verde. Quizá por esa misma razón encajaba en aquel rompecabezas. Ni siquiera los Aspectos eran unos seres singulares, a pesar de que cada uno de ellos poseía unas habilidades únicas. Al principio habían sido cinco en total, cuando los titanes aparecieron en el mundo y decidieron compartir su poder con los Aspectos por el bien de Azeroth. Ahora sólo eran cuatro; no obstante, pronto volverían a ser cinco de nuevo, en cuanto los dragones azules determinaran cómo iban a elegir a aquél que los iba a liderar.

Sin embargo, este ser era único.

Sólo había un Thrall.

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