Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Dos

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosEs muy probable que esta reunión no resulte muy agradable — anunció Alexstrasza la Protectora, el gran Aspecto de Dragón rojo.

Korialstrasz se rió entre dientes.

—Amada mía, tienes un don para ver siempre el vaso medio lleno.

Ambos dragones rojos, tanto el gran Aspecto como Korialstrasz (el único consorte que todavía le quedaba vivo) habían optado por adoptar unas formas élficas y abandonar sus formas reales de dragón para hablar en el Sagrario Rubí. Cada vuelo de dragón contaba con un refugio, un lugar fuera del tiempo y el espacio que era una dimensión mágica en sí misma. El aspecto de cada sagrario reflejaba el carácter de cada vuelo. En su día, el Sagrario Rubí había recordado mucho a cómo eran las tierras de los altos elfos antes de la llegada de la Plaga. Las hojas de los árboles eran de una cálida tonalidad carmesí, las colinas mullidas y onduladas. La única manera de entrar o salir de aquel lugar tan especial era a través de un portal, vigilado últimamente aún más estrechamente tras sufrir un ataque reciente del vuelo negro de dragón y de un enemigo muy peculiar que afirmaba ser miembro de algo llamado el vuelo de dragón crepuscular. El sagrario había resultado severamente dañado como consecuencia de esos ataques, pero ya se empezaba recuperar.

Estaban solos, a pesar de hallarse rodeados de su progenie. Cientos de huevos se acumulaban en aquel lugar: se trataba de los hijos que había concebido con su consorte así como de los vástagos de otros dragones de aquel vuelo. No todos los dragones rojos escogían el Sagrario Rubí para depositar sus huevos. El mundo entero era su hogar en realidad, era el hogar de todos los vuelos. No obstante, ese sitio era el corazón, el santuario y el refugio del vuelo rojo y únicamente les pertenecía a ellos.

—Gran parte de los dragones azules se sienten consternados tras la muerte de Malygos y, dadas las circunstancias, no puedo decir que se lo pueda reprochar — prosiguió diciendo Alexstrasza.

Malygos, el Aspecto de Dragón de la Magia y el patriarca del vuelo azul, había llevado una vida marcada por la tragedia. Durante milenios, había estado loco; no obstante, hay que decir que Deathwing había provocado su demencia. No hace mucho tiempo, se había recuperado al fin de esa espantosa aflicción, para gran júbilo no sólo de su propio vuelo sino de todos los vuelos; salvo el vuelo de dragón negro, al que domina por entero el odio. Sin embargo, el alivio y la alegría que habían sentido por su recuperación había durado muy poco tiempo, lamentablemente. Pronto, el resto de vuelos supieron que, en cuanto recuperó la cordura, se había centrado en analizar cuál era el papel que jugaba la magia en Azeroth… y había llegado a una horrenda conclusión. Malygos había decidido que la magia arcana estaba causando estragos en el mundo… y que las razas mortales eran culpables de esa utilización abusiva y caótica de la magia.

Y de ese modo había iniciado una guerra.

Malygos había desviado todos los poderes mágicos que surcaban las entrañas de Azeroth hacia el centro de su poder, el Nexo. Las consecuencias de este acto habían acarreado violencia, peligro y muerte. La corteza terrestre del mundo se había hecho añicos, y las inestables fisuras resultantes habían desgarrado la misma estructura de la dimensión mágica conocida como el Vacío Abisal. Había que poner fin a los descaminados intentos de Malygos por “corregir” lo que él consideraba un uso incorrecto de la magia arcana… a cualquier precio.

Los dragones habían luchado entre ellos en la funesta Guerra del Nexo y había sido la propia Protectora quien había tomado la terrible decisión de que Malygos (quien prácticamente se acababa de recuperar de milenios de locura) debía ser destruido.

Alexstrasza había encabezado su vuelo y se había aliado con los magos del Kirin Tor para acabar con él. Como había mucho en juego, el resto de vuelos no duraron en unirse al vuelo rojo en esa amarga tarea. Esa alianza de dragones acabó conociéndose como el Acuerdo del Reposo del Dragón. Juntos fueron capaces de derrotar y matar a Malygos y, de ese modo, la guerra había llegado a su fin. Ahora, el vuelo de dragón azul se hallaba sumido en la pena y carecía de un líder.

Esta reunión del Acuerdo del Reposo del Dragón, a la que iba a acudir Alexstrasza y que se iba a celebrar en el Templo del Reposo del Dragón, sería la primera desde la caída del Aspecto de Dragón azul. Desde el final del conflicto, el Acuerdo se había convertido en algo aún más valioso para los vuelos… valioso y endeble.

—Sinceramente, no creo que estén en condiciones de poder hablar como vuelo… o, al menos, de decir algo con cierto sentido —afirmó Korialstrasz.

La dragona se acarició la barbilla, mientras sonreía y lo observaba con una mirada teñida de afecto.

—Esa extremada franqueza es lo que te hizo tan “popular” en las últimas reuniones, mi amor.

Korialstrasz se encogió de hombros con cierta timidez y se inclinó cariñosamente hacia la mano de su amada.

—No puedo negarlo. Nunca he sido el más popular de tus consortes entre los de nuestra raza, pero ahora que soy el único que aún vive me temo que voy a levantar más de una escama con bastante frecuencia. No obstante, he de expresar mi opinión con franqueza. Ese es mi deber; así es como podré servirlos mejor.

—Ésa es una de las razones por las que te quiero tanto —aseveró Alexstrasza—. Pero hay que reconocer que así no te ganas el cariño de los demás vuelos. No eres imparcial con los dragones azules… fue Malygos quien tomó esa funesta decisión y no el vuelo entero. No puedes guardarles rencor por ello. Estoy segura de que han sufrido ya bastante y no es bueno que el resto de los vuelos sospechen que son unos traidores en cualquier situación simplemente por el color de sus escamas.

El dragón rojo titubeó.

—Ya… ya sabes que aprecio mucho a Kalecgos —replicó—. Y hay otros que parecen capaces de ver la situación con claridad. Sin embargo, muchos de ellos sólo ven que han perdido a su líder… y necesitan culpar a alguien por ello. Además, consideran que nosotros somos el vuelo que más daño les ha hecho.

La perfecta frente de la dragona se vio mancillada momentáneamente por las arrugas que ella misma se provocó al fruncir el ceño, y su melodiosa voz se tomó más áspera.

—Aunque aprecio tu franqueza, también es cierto que no todo mi vuelo piensa igual que mi consorte.

—Eres el ser más bondadoso de todo Azeroth. Pero a veces la bondad nos ciega…

—¿Acaso crees que no veo con claridad lo que sucede? ¿Yo, precisamente? Lideré mi vuelo para batallar contra un homólogo, contra un Aspecto, para poder salvar a unos seres cuyas vidas transcurren para nosotros en un abrir y cerrar de ojos. Te encanta mezclarte con los mortales, Korialstrasz, pero eso no significa que seas el único capaz de ver las cosas con lucidez y claridad.

El dragón abrió la boca dispuesto a replicar, pero se arrepintió en el último momento y la cerró.

—Sólo he expresado mi preocupación —dijo al fin.

De inmediato, su amada se calmó.

—Lo sé —afirmó—. Pero quizá… no deberías expresar en voz alta tus reservas hacia los azules, pues no serían bien recibidas en esta reunión.

—Nunca lo han sido —reconoció esbozando una leve sonrisa— Y, de este modo, volvemos al principio de esta conversación tras dar muchas vueltas —entonces, alzó las dos esbeltas manos de su amada y dio un beso a cada una de sus suaves palmas—. Entonces ve sin mí, mi amor. Tú eres el Aspecto. A ti te escucharán. Yo sólo sería como un pequeño guijarro atrapado entre tus escamas… algo insignificante que únicamente está ahí para molestar.

La dragona asintió con su cabeza del color de las llamas.

—En esta primera reunión tras lo que pasó va a haber mucha tensión. No obstante, después, cuando empecemos a hablar sobre nuestros futuros planes, tus opiniones serán bien recibidas. Sin embargo, hoy creo que será mejor que nos centremos en tender puentes entre los diversos vuelos y restañar las heridas.

Alexstrasza se inclinó hacia delante. Sus labios se encontraron y se besaron con dulzura y ternura. Uno de los grandes placeres que conllevaban las formas élficas que ambos portaban en ese momento era que su piel era más sensible que las escamas a la hora de sentir las caricias. Se apartaron, sonrientes, tras haber olvidado su discusión… si es que podía denominarse así.

—Regresaré en breve y espero que con buenas noticias.

Acto seguido, retrocedió. Su sonriente semblante cambió y un hocico orgulloso, de un reluciente color carmesí, sobresalió de su rostro a la vez que sus brillantes ojos dorados se alargaban. A una velocidad apenas perceptible por la vista, su forma cambió; dejó de ser una doncella elfa para convertirse en una gloriosa y deslumbrante dragona roja.

Korialstrasz también mutó. Aunque disfrutaba de ambas formas, éste era su aspecto natural: el de un reptil colosal y poderoso. Un mero latido después, dos dragones rojos, que ahora eran instantáneamente reconocibles en su nueva encamación (tanto por lo que eran como por quiénes eran), ocupaban el Sagrario Rubí.

Alexstrasza movió la cabeza ahora provista de cuernos con brusquedad y, acto seguido, acarició con el hocico a su consorte con una ternura que habría sorprendido a cualquier miembro de otra raza y que parecía impropia de una criatura tan descomunal. Entonces, con una elegancia que no casaba con su colosal tamaño, saltó hacia arriba y, tras unos cuantos poderosos aleteos, desapareció.

Korialstrasz la siguió con una mirada cariñosa y, a continuación, se volvió hacia los huevos que se hallaban esparcidos por aquel lugar.

Mientras observaba a su descendencia, que todavía no había eclosionado, se sintió orgulloso y una oleada de amor lo invadió por entero. Las lágrimas que se asomaron a sus grandes ojos lo obligaron a entornarlos por un momento mientras decía, mientras se acordaba de una de esas costumbres humanas a las que tenía tanto aprecio:

—¿Qué les parece si les cuento un cuento? ¿Eh?

Alexstrasza voló a través de su sagrario y se concentró en liberar sus miedos a la vez que dejaba que el gozo se adueñara de su corazón gracias a la belleza curativa de ese lugar. Había huevos de dragón por doquier; en pequeñas oquedades, bajo árboles rojos o en nidos especiales cerca de altos peñascos. A ambos lados del portal, vigilando la entrada al sagrario, se encontraban los celadores de la cámara: unos dracónidos extremadamente poderosos cuyo trabajo consistía en proteger a los inocentes cachorrillos que todavía dormitaban en sus cascarones. El futuro se encontraba ahí, custodiado con sumo cariño, y el alborozo invadía su corazón. Porque iban a poner los cimientos de ese futuro en la reunión que iba a congregar a cuatro vuelos de dragón.

El vuelo negro, que en su día había sido muy sólido, estable y leal, como la tierra que tenía que proteger y de la que debía formar parte, había seguido a su demente patriarca, Deathwing, permitiendo así que el mal anidara en los corazones de sus miembros. Los dragones negros ya no se molestaban siquiera en fingir cierto interés por los demás vuelos; ni siquiera la taimada y sonriente Nalice permanecía en el templo. Alexstrasza dudaba de que pudiera volver a ver algún día una reunión de dragones en la que estuvieran presentes el vuelo rojo, azul, verde, bronce y negro. Aquel pensamiento la entristeció; no obstante, ese dolor no era nuevo; estaba acostumbrada a soportarlo y no dejó que frustrara las esperanzas que tenía depositadas en la reunión.

Con suma celeridad, atravesó volando el portal que mantenía a salvo al Sagrario Rubí e, impulsada por sus alas, ascendió hasta la cima del Templo del Reposo del Dragón, consagrado desde hacía milenios a los vuelos de dragón. Sus líneas elegantes y estilizadas se alzaban hacia el cielo y sus arcos y agujas cubiertas de hielo ocupaban mucho espacio pero, al mismo tiempo, dejaban respirar al conjunto arquitectónico. El templo constaba de varios niveles, cada uno más pequeño que el anterior. El cielo de Northrend conformaba una bóveda sobre él y era de un apagado color gris azulado salpicado por unas pocas nubes blancas aquí y allá. Abajo, la blanca nieve era tan prístina que casi provocaba dolor al contemplarla.

El pináculo del templo estaba rematado por una plataforma circular ornamentada con incrustaciones de diseños florales y geométricos. A varios metros por encima de esa plataforma, flotaba un orbe hermoso y reluciente de color cambiante que siempre oscilaba entre una gama de azules y blancos. Tenía un único propósito muy importante: era un símbolo de la unidad del Acuerdo del Reposo del Dragón.

Bajo el Orbe de la Unidad, Alexstrasza vio decenas de formas reptilianas deambulando de aquí para allá. Varios dragones de su propio vuelo ya habían llegado, así como algunos azules y unos cuantos verdes. Los negros, por supuesto, no habían hecho acto de presencia (y, si lo hubieran hecho, se habría derramado sangre); no obstante, Alexstrasza se sintió consternada, aunque no sorprendida, al comprobar que ningún dragón bronce se hallaba ahí, ni siquiera el alegre y poderoso Cromi.

Hacía bastante tiempo que nadie había visto a su Aspecto, a Nozdormu el Atemporal. Los portales del tiempo habían sido atacados por un misterioso grupo que se autodenominaba el vuelo de dragón infinito, cuyos motivos no estaban nada claros pero que buscaban destruir la verdadera corriente temporal. Alexstrasza supuso que Nozdormu y el resto de su vuelo tenían asuntos mucho más urgentes que atender.

Mientras se aproximaba para aterrizar, unas fuertes voces iracundas y airadas alcanzaron sus oídos.

—¡Un aspecto! —gritó alguien.

Alexstrasza conocía esa voz. Pertenecía a Arygos, un enérgico miembro del vuelo azul sin pelos en la lengua que era hijo de Malygos, y su consorte favorita, Saragosa. Arygos había apoyado abiertamente a su padre durante la Guerra del Nexo, alineándose junto a él de manera incondicional y leal. Al parecer, seguía siendo un firme defensor de su padre.

—¡El vuelo negro y un grupo de magos, que no eran dragones, decidieron asesinar a un aspecto! Uno de los cinco… cuatro, si no contamos a Deathwing el

Destructor, que existen. ¿Quién será el próximo…? ¿La gentil Ysera? ¿El estoico Nozdormu? Si hay algún responsable de todo esto, ésa es Alexstrasza. La mal llamada “Protectora de la Vida” no parece tener ningún reparo a la hora de matar cuando le conviene.

Varios dragones alzaron la cabeza mientras Arygos hablaba y observaron sin decir nada cómo la Protectora de la Vida que éste acababa de mencionar se aproximaba. Alexstrasza aterrizó con gran elegancia cerca de aquel joven dragón, a quien se dirigió con suma calma:

—Mi deber consiste en proteger la sagrada vida. Las decisiones de Malygos y sus subsiguientes acciones la pusieron en peligro. Lamento la muerte de tu padre, Arygos. Fue una decisión muy dolorosa. Pero con sus actos estaba haciendo daño a mucha gente e incluso podría haber acabado destruyendo este mundo.

Arygos retrocedió de inmediato y, acto seguido, entornó los ojos a k la vez que alzaba su gigantesca cabeza azul.

—Tras meditarlo detenidamente y con la información que ahora disponemos, sigo sin poder afirmar que los motivos que llevaron a mi padre a declarar la guerra fueran necesariamente equivocados. Le preocupaba en demasía la utilización… o quizá debería decir el uso abusivo e indebido de la magia. Si no estabas de acuerdo con sus actos y pensabas que a lo mejor se había precipitado, ¡estoy seguro de que podrías haber dado con alguna otra manera de detener a Malygos!

—Tú mismo lo has dicho: era un Aspecto —replicó Alexstrasza—. Y él no tenía la excusa de la locura para justificar lo que hizo. Si estabas tan preocupado por su seguridad, Arygos, entonces deberías habernos ayudado a dar con la manera de contenerlo.

—Protectora —dijo alguien más, que poseía una voz joven y masculina, y tan calmada como agitada estaba la de Arygos. Otro dragón azul dio un paso adelante e inclinó la cabeza de modo respetuoso aunque no servil—. Arygos únicamente hizo lo que creyó correcto en esos momentos, al igual que muchos otros miembros del vuelo azul. Estoy seguro de que está tan ansioso pomo los demás por dejar el pasado atrás, centrarse en reconstruir su propio vuelo y asumir sus responsabilidades como todos.

Quien había hablado era Kalecgos. Alexstrasza se sintió muy satisfecha de que se hallara ahí. Era el joven dragón azul al que tanto aprecio tenía su consorte, el dragón que le había dicho que hablaría con sentido común. Lo cual, reflexionó la dragona carmesí, ya estaba haciendo.

—Puedo hablar por mí mismo —rezongó Arygos, a la vez que lanzaba una mirada iracunda a Kalecgos.

Muchos de los azules tenían la sensación de que el resto de los vuelos los perseguían y hostigaban. En opinión de Alexstrasza, Arygos era más elitista que la mayoría de los dragones de su vuelo. Sospechaba que esa altivez era debida al pasado del joven dragón azul: un pasado en el que había dependido mucho de otros vuelos. Alexstrasza lamentó una vez más que no estuviera ahí Kirygosa, la hermana de nidada de Arygos. Kirygosa había desaparecido antes de que la guerra acabara tras el asesinato de su consorte. La conclusión más realista, a la par que trágica, era que la joven dragona azul, que se encontraba embarazada de sus primeros huevos, había perecido en batalla. Siempre se había atrevido a enfrentarse a Arygos y se había alineado con los pocos azules que se habían vuelto en contra de Malygos, lo cual otorgaba una dimensión aún más trágica a su historia, puesto que debía de haber sido asesinada por un miembro de su propio vuelo.

—Sé perfectamente que el plan de mi difunto padre ha tenido consecuencias negativas —prosiguió hablando Arygos, con obvia reticencia.

—Todavía seguimos sufriendo las consecuencias —afirmó Afrasastrasz, quien había apoyado abiertamente a Alexstrasza desde hacía mucho tiempo—. El mundo entero las sigue sufriendo. Esto es algo que es consecuencia directa de las decisiones del Aspecto del vuelo de dragón azul, a quien tú y otros apoyaron. Tienes que hacer algo más que admitir que estabas equivocado, joven Arygos. Tienes que enmendar tus errores.

—¿Enmendar mis errores? ¿Acaso vas a enmendar los tuyos, Afrasastrasz? ¿Y tú, Alexstrasza? Me han arrebatado a mi padre. Han dejado a todo un vuelo sin su Aspecto. ¿Acaso van a hacer que regrese de la muerte?

Su voz así como todo su cuerpo irradiaban ira, indignación y un sincero y profundo dolor.

—¡Arygos! —exclamó Kalec—. Malygos estaba en pleno uso de sus facultades cuando escogió ese camino. Pudo haberse apartado de él en cualquier momento, pero no quiso.

—No disfruto matando, Arygos —aseveró Alexstrasza—. Aún siento un hondo dolor en mi corazón por su fallecimiento. Todos hemos perdido mucho… todos los vuelos, todos los Aspectos. Ahora ha llegado el momento de restañar las heridas, de ayudamos unos a otros en vez de enfrentamos.

—Sí —dijo alguien con un tono de voz muy bajo aunque perfectamente audible, que puso punto final a la discusión de inmediato—. Será mejor que nos ayudemos y lo hagamos pronto. La Hora del Crepúsculo se acerca y debemos estar listos.

Aquella dragona verde, que poseía una voz suave y melodiosa, dio un par de pasos al frente tímidamente. Los demás dragones se apartaron unos cuantos pasos para dejarle sitio para pasar. No se movía con el paso decidido y firme propio de su raza, sino con un paso un tanto danzarín. Sus ojos de tonalidades arco iris, que habían permanecido eones cerrados, ahora estaban abiertos de par en par; además, no paraba de mover la cabeza de un lado a otro como si estuviera esperando a ver algo nuevo a cada instante.

—¿En qué consiste esa Hora del Crepúsculo de la que hablas, Ysera? —le preguntó Alexstrasza a su hermana.

Tras pasar milenios en el Sueño Esmeralda, Ysera se había despertado. Tanto Alexstrasza como muchos otros no estaban muy seguros de hasta qué punto su conciencia había logrado regresar de ese estado alterado de conciencia; Ysera seguía dando la impresión de no estar anclada a este mundo, que seguía a la deriva y distante de todo. Incluso los miembros de su propio vuelo, que al igual que su Aspecto moraban casi constantemente en el Sueño Esmeralda y eran también los guardianes de la naturaleza, parecían no tener muy claro cómo debían reaccionar ante ella. La integración de Ysera en el mundo de la vigilia era un camino lleno de obstáculos, cuando menos.

—¿Es algo que viste en el Sueño? —insistió Alexstrasza.

—Lo vi todo en el Sueño —contestó sencilla y llanamente Ysera.

—Eso quizá sea verdad, pero no nos sirve de nada —apostilló Arygos, quien quería aprovecharse del giro que el Aspecto del vuelo de dragón verde había dado a la conversación para no seguir discutiendo con Alexstrasza—. Ya no eres la Soñadora, Ysera, aunque no cabe duda de que sigues siendo un Aspecto. Quizá, como viste todo eso en el Sueño, viste cosas que no existen.

—Oh, eso es muy cierto —reconoció de inmediato Ysera.

Alexstrasza se sintió contrariada pero no lo exteriorizó. Ni siquiera ella sabía qué esperar de Ysera la Despierta. Estaba cuerda, sí… pero sin ningún género de duda estaba teniendo serios problemas para juntar las piezas de la impresionante multitud de cosas de las que había sido testigo de una manera coherente. Hoy no iba a ser de gran ayuda.

—Sería bueno que fuéramos capaces de colaborar todos juntos… antes de que llegue la Hora del Crepúsculo —afirmó Alexstrasza, observando a Kalec y Arygos—. Los azules deben determinar la forma en que van a elegir a un nuevo Aspecto y cómo van a compensar al resto de vuelos por lo sucedido. Deben demostrarnos que podemos confiar de nuevo en ustedes. Estoy segura de que entenderán el porqué de estas exigencias.

—¿Que debemos hacer qué? —le espetó Arygos—. ¿Por qué tenemos que demostrar nada, Alexstrasza? ¿Quién eres tú para determinar lo que el vuelo azul debe o no hacer? ¿Quién eres tú para juzgamos? Ni siquiera te has planteado compensamos cuando por tu culpa, precisamente, necesitamos tener un nuevo Aspecto. ¿Qué piensas hacer para demostrarnos que podemos confiar en ti?

Ante tal insulto, la dragona carmesí lo miró un tanto atónita, pero Arygos volvió a la carga.

—¿Cómo podemos saber que no me vas a asesinar si mi vuelo me elige como su nuevo Aspecto? —añadió con premura—. Además, tu amigo, ése al que le gusta que le llamen Krasus… no es amigo de los dragones azules. Ha demostrado en repetidas ocasiones que está en nuestra contra. No he podido evitar fijarme en que no se encuentra presente en esta reunión. ¿Acaso tú tampoco querías que estuviera aquí?

—Korialstrasz te salvó la vida, Arygos —le recordó Kalecgos—, cuando tu padre se hallaba tan inmerso en su locura que incluso te había abandonado.

Aquella verdad era una herida que Arygos aún tenía abierta y muy pocos eran lo bastante audaces como para recordárselo. La nidada de huevos de la que habían nacido Arygos y Kirygosa había quedado abandonada por culpa de la locura de Malygos. Fue Korialstrasz quien descubrió su nidada abandonada así como muchas otras y se las había llevado a Nozdormu para que las cuidara. Más tarde, aquellos huevos habían sido entregados al vuelo de dragón rojo. Aquél era un ejemplo perfecto de cooperación entre tres vuelos distintos en defensa de una buena causa: el cuidado de unos huevos que aún no habían eclosionado, de unas crías indefensas, sin importar que fueran rojos, azules, verdes o bronces cuando rompieran el cascarón.

—Aunque él y yo hemos tenido ciertos enfrentamientos a nivel personal, eso no ha impedido que haya aprendido a respetarlo. Casi siempre he tenido la impresión de que es un dragón razonable y sabio —prosiguió diciendo Kalec mientras Arygos entornaba los ojos—. Nunca ha hecho ninguna crítica respecto al comportamiento de nuestro vuelo que yo mismo no hubiera hecho.

—¿De veras? ¿Y eso en qué te convierte, Kalecgos? —replicó Arygos.

—¡Ya basta! —exclamó Alexstrasza. Si bien no esperaba que aquella reunión fuera a transcurrir sin incidentes, sí esperaba no tener que soportar unas discusiones tan zafias—. ¡Los vuelos ya tienen bastantes enemigos como para que perdamos el tiempo peleándonos entre nosotros! Deathwing ha regresado y es más poderoso que nunca… prácticamente, ha hecho añicos Azeroth al volver. Ahora cuenta con aliados que no pertenecen a su vuelo: el culto del Martillo Crepuscular. Sea lo que sea esa Hora del Crepúsculo de la que habla Ysera, los dragones crepusculares son ciertamente una amenaza mucho más inmediata. El Sagrario Rubí aún se está recuperando de su anterior asalto. Sí no encontramos la forma de superar estas insignificantes diferencias que nos separan…

—¡Asesinaste a mi padre! ¡¿Cómo te atreves a llamar a eso una “insignificante diferencia”?!

A pesar de que a Alexstrasza le costaba mucho enfurecerse, esta vez se acercó al joven dragón y afirmó:

—¡Ya basta! Todos debemos mirar al futuro. El pasado, pasado está. Ahora corremos serio peligro. ¿Acaso no me has escuchado? ¿Acaso no me entiendes? ¡Deathwing ha regresado!

Ahora se encontraba frente a Arygos, casi hocico con hocico, y con las orejas tiesas.

—¡Nuestro mundo jamás se ha hallado en un estado más frágil! Pese a que los dragones somos seres muy poderosos, incluso nosotros deberíamos temer lo que va a suceder. Vivimos en este mundo, Arygos. Debemos protegerlo y restañar sus heridas porque, si no, hasta los dragones… tu vuelo azul también… ¡serán destruidos! Debemos dar con…

Entonces, los demás alzaron la cabeza y giraron sus sinuosos cuellos hacia el cielo. A continuación, Alexstrasza los imitó y pudo escucharlos y verlos.

Eran dragones.

Por un breve instante, Alexstrasza albergó la esperanza de que se tratara del vuelo bronce de dragón. Sin embargo, un momento después, pudo apreciar su color y se percató con horror de qué vuelo se trataba en realidad.

—Los dragones crepusculares —susurró.

Se dirigían directamente al Templo del Reposo del Dragón.

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