Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Cuatro

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosThrall no podía conciliar el sueño. Aggra dormitaba en silencio junto a él, envuelta en las pieles que utilizaban para dormir. Él, sin embargo, seguía despierto, pues la inquietud dominaba sus pensamientos. Estaba tumbado boca arriba, contemplando fijamente las pieles que cubrían aquella choza. Entonces, decidió levantarse, se vistió, se puso una capa y salió de su refugio.

Respiró hondo aquel aire húmedo y alzó la vista para observar el cielo nocturno. Las estrellas, al menos, parecían desprender una sensación de paz y calma y las dos lunas (la Dama Blanca y la Niña Azul) no se habían visto afectadas por el violento renacimiento de Deathwing en Azeroth. Por el momento, los elementos seguían tan estables como siempre en la Vorágine; frunció el ceño, pues era consciente de que él no había contribuido en nada a que esa estabilidad fuera una realidad.

Echó a andar sin ningún destino en mente. Simplemente, quería caminar, solo y en silencio, para ver si así se calmaba su inquietud y podía conciliar el sueño por fin.

Lo que había sucedido durante la realización del conjuro y después (tanto con los demás miembros del Anillo como con Aggra en Particular) lo había dejado consternado. Se preguntaba si tenían razón. ¿Servía para algo que estuviera ahí? Lo había dejado todo para acudir a aquella reunión de chamanes; sin embargo, había resultado que no sólo no tenía ninguna ayuda que ofrecer, sino que además era un elemento perturbador. Hoy se había quedado a “descansar” mientras el resto dedicaban todo el día a realizar preparativos, lo cual era muy humillante y doloroso para él. Gruñó levemente para sí y aceleró el paso.

Se negaba a creer que Aggra pudiera tener razón, que se escondía bajo el manto del liderazgo y que era un “esclavo” del deber. Si eso era así, ¿por qué no podía centrarse en la tarea que tenían entre manos?

—¿Qué me ocurre? —masculló en voz alta a la vez que, presa de la impotencia, se golpeaba fuertemente con su enorme puño verde la palma de la otra mano.

—No conozco la respuesta —contestó alguien con una melodiosa voz femenina—. Quizá la sepa, en un determinado momento del futuro.

El orco se giró, sobresaltado. A unos pocos metros de él se hallaba una figura alta y esbelta, envuelta en una capa, la cual, al llevarla muy pegada, revelaba que se trataba de una mujer; sin embargo, su rostro se encontraba oculto bajo las sombras de la capucha de su capa. Thrall no reconoció aquella voz y frunció ligeramente el ceño, mientras se preguntaba quién podía ser aquella extraña.

—Quizá yo también —replicó el orco, quien agachó la cabeza a modo de saludo—. Soy Thrall.

—Lo sé. He venido a verte —afirmó aquella figura, cuya voz era cadenciosa e hipnotizante.

El orco parpadeó.

—¿A mí? ¿Por qué? ¿Quién eres?

—Es… difícil de explicar —respondió y, a continuación, ladeó la cabeza como si estuviera oyendo algo que él no podía escuchar.

—¿Tan difícil te resulta decirme tu nombre?

—Oh, eso… no, no lo es. Lo otro sí es arduo de explicar. Escucha… tengo una misión de menor importancia que encomendarte, Thrall.

El orco sintió más curiosidad que enfado ante la inesperada propuesta.

—¿Una misión? ¿Para ayudar al Anillo?

—No, para ayudar a unos aldeanos.

—¿Aldeanos?

—Sí, quiero que ayudes a una aldea situada en Feralas. En realidad, es poco más que un pequeño campamento al que llaman… —en ese instante, se rió entre dientes como si se tratara de una broma privada— El Reposo del Soñador, donde reina el sufrimiento. La tierra sufre, así como una vetusta arboleda que dejó atrás su esplendor hace muchos años y los druidas que viven cerca de ella. Ahí, los elementos se hallan fuera de control, al igual que sucede en muchas partes de este desdichado mundo que se encuentra herido. Si nadie lo remedia, acabarán destruyendo la aldea. Únicamente un chamán puede hablar con los elementos y calmarlos para que encuentren la armonía.

A Thrall dejó de hacerle gracia aquel asunto. Sospechaba que podía tratarse de una broma. De una broma que no le gustaba lo más mínimo.

—Entonces, deja que el chamán de la aldea obre como debe —sugirió, de un modo un tanto brusco.

—No cuentan con un chamán. Es una localidad muy pequeña; sólo cuentan con druidas —replicó aquella extraña de manera simple y llana, como si así lo explicara todo.

Thrall inspiró aire con fuerza. Lo que le estaba pidiendo era una tarea de muy poca importancia. Un chamán novato habría podido manejar perfectamente esa situación. No sabía por qué aquella mujer había venido a buscarlo para realizar una tarea tan simple, pero tampoco le importaba.

—Seguro que otros chamanes podrán hacerlo —dijo, conteniendo su enfado e intentando mantener las formas. Como a lo mejor el Anillo de la Tierra lo estaba sometiendo a una extraña prueba, no quería dejarse llevar por la rabia de manera caprichosa, por mucho que aquella mujer vacilante lo estuviera contrariando.

La figura encapuchada hizo un gesto enérgico de negación con la cabeza y se acercó a él.

—No —insistió, con suma seriedad—. No hay ningún otro como tú.

Aquella situación estaba adquiriendo tintes ridículos.

—¿Quién eres tú para encomendarme esa tarea?

Pese a que el rostro de la mujer seguía envuelto en sombras, el fulgor de sus radiantes ojos iluminó una sonrisa de una dulzura cautivadora. ¿Acaso se trataba de una elfa de la noche?

—Quizá esto te lo deje más claro.

Antes de que pudiera replicar, la mujer dio un salto… y se elevó a una altura muy superior a la que un elfo de verdad podría haber ascendido; la capa se le cayó en cuanto extendió los brazos a lo ancho y volvió el rostro hacia el cielo. Su cuerpo se transformó a una velocidad mayor de la que era capaz de apreciar la vista del orco. De ese modo, ahí donde creía que había habido una elfa de la noche hasta hacía sólo irnos instantes, se encontraba ahora una enorme dragona que lo miraba desde gran altura y que batía las alas sin cesar mientras descendía hacia el suelo.

—Soy Ysera… la Despierta.

Thrall dio un paso atrás, profiriendo un grito ahogado. Conocía ese nombre. Pertenecía a la Soñadora, a la guardiana del Sueño Esmeralda, quien ahora ya no soñaba.

Al parecer, muchas cosas habían cambiado con el reciente Cataclismo.

—Hazlo, Thrall —insistió Ysera, con una voz todavía agradable, aunque más profunda y resonante ahora que había adoptado su forma de dragón.

Estuvo a punto de responder: “Sí, por favor”. Sin embargo, sintió la pesada carga de sus recientes fracasos. La tarea que quería encomendarle parecía bastante trivial, pero teniendo en cuenta quién era, suponía que en realidad debía ser muy importante. Y no estaba seguro de que se le pudiera confiar una misión importante en esos instantes.

—Poderosa Ysera… ¿me permites meditar al respecto?

Le dio la sensación de que la dragona se sentía decepcionada.

—Esperaba que aceptaras.

—Esa aldea, en realidad, sólo… sólo es un pequeño campamento, ¿verdad?

Su decepción parecía ir en aumento.

—Sí. Es un campamento muy pequeño y una tarea trivial.

El orco se ruborizó.

—Aun así, he de pedirte que vuelvas mañana por la mañana. Entonces, podré darte una respuesta.

Ysera lanzó un suspiro que fue, más bien, un gran y melancólico bramido. El aliento le olía a hierba fresca y niebla. Acto seguido, Ysera la Despierta asintió, saltó y se esfumó tras batir unas pocas veces las alas.

Thrall se sentó pesadamente.

Un Aspecto de Dragón le acababa de pedir un favor y él le había respondido con que volviera mañana. ¿En qué estaba pensando? Aun así…

Se agachó, se llevó las manos a la cabeza y se acarició con fuerza las sienes. En esos momentos, las cosas que deberían ser fáciles le parecían difíciles, muy difíciles.

No pensaba con claridad y el pesar se había instalado en su corazón. Se sentía… perdido y dubitativo.

Después de haber discutido con Aggra la noche anterior, Thrall no se había mostrado muy sociable. Pero ahora, que se hallaba sentado a solas con las lunas y las estrellas como única compañía, sintió la necesidad de hablar con ella. Aggra era sabia y perspicaz aunque, últimamente, no solían gustarle mucho las críticas que le hacía su amada. Además, no cabía duda de que no estaba en una situación en la que pudiera tomar una decisión sin apoyo o consejo, si no, habría sido capaz de decirle ya al poderoso Aspecto si aceptaba la misión.

Se levantó lentamente y regresó a la choza.

—¿Las lunas te han proporcionado su guía? —preguntó Aggra en voz baja en medio de la oscuridad. Thrall debería haberse imaginado que ella se iba a acabar despertando, por mucho que intentara ser lo más sigiloso posible.

—No —contestó—. Pero… a este chamán le gustaría preguntarte una cosa.

Si bien esperaba recibir una respuesta sarcástica, al final lo que escuchó fue el roce de las pieles de dormir, que indicaba que la orco se estaba incorporando.

—Te estoy escuchando —fue lo único que dijo Aggra.

A continuación, se sentó junto a ella sobre las pieles que utilizaban para dormir. En voz baja, le contó con quién se había encontrado y qué le había dicho. Aggra lo escuchó sin interrumpirlo, aunque abrió los ojos más de lo normal en determinados momentos.

—Me parece… casi insultante —concluyó Thrall—. Se trata de una tarea menor. No tiene sentido que me vaya de aquí, donde se necesita desesperadamente mi ayuda, para salvar a una pequeña aldea de Feralas… —el orco negó con la cabeza—. No sé si se trata de una prueba o una trampa o qué. Ya no entiendo nada de nada.

—¿Estás seguro de que era Ysera?

—Era una dragona verde de tamaño colosal —le espetó Thrall quien, a continuación, añadió con más calma—, e… intuí que era ella.

—Da igual que se trate de una prueba o una trampa. Da igual que te dé la impresión de que es una tarea trivial. Si realmente es Ysera quien te encomienda esa misión, deberías aceptarla, Thrall.

—Pero aquí se requiere mi ayuda…

Aggra colocó su mano sobre la de su amado.

—No es cierto. Ahora no. Eres incapaz de hacer lo que tienes que hacer para poder sernos de ayuda. Ya lo viste ayer… todos lo vimos.

En estos momentos, no nos eres útil aquí. No lo eres para el Anillo de la Tierra, ni para la Horda, ni para mí, ni siquiera para ti mismo.

Si bien Thrall esbozó un gesto de contrariedad, Aggra le había hablado sin un ápice de menosprecio o enfado en su tono de voz. De hecho, le había hablado con una delicadeza que no mostraba desde hacía mucho tiempo, con la misma delicadeza con la que lo cogía de la mano en esos instantes.

—Go’el, amado mío —prosiguió diciendo la orco—, ve a hacer lo que tienes que hacer. Ve y acepta la misión que te ofrece ese Aspecto. Y no te preocupes tanto de si es una tarea importante o no. Ve y vuelve con lo que aprendas de ella —entonces, sonrió un poco, un tanto burlonamente—. ¿Acaso no aprendiste nada en tu ritual de iniciación?

Thrall recordó aquel ritual que había tenido lugar en Garadar, que parecía ya muy lejano en el tiempo. Se acordó de la sencilla túnica que había tenido que vestir y de que se le insistió mucho en la idea de que un chamán siempre debe mantener el equilibrio entre el orgullo y la humildad.

Sin duda alguna, no estaba siendo humilde si pensaba negarse a realizar una tarea encomendada por un Aspecto.

Thrall respiró hondo, aguantó la respiración un momento y, acto seguido, exhaló lentamente.

—Iré —dijo.

El Padre Crepuscular se sintió un poco decepcionado por lo rápido que habían huido los dragones rojos, azules y verdes. Había albergado la esperanza de que plantaran más cara. No obstante, su rápida retirada le había facilitado la consecución de su objetivo y así había logrado que sus fieles, quienes obedecían ciegamente todas sus órdenes, lo adoraran aún más. Lo cual estaba muy bien, a pesar de que esa victoria no había sido tan dulce como si la hubiera obtenido tras una larga y dura lucha.

Había estado observando, junto a aquella muchacha, cómo los dragones se alejaban volando; a veces de uno en uno, otras en parejas o grupos. Ahora, los únicos dragones que quedaban ahí estaban muertos o moribundos, salvo aquéllos que se hallaban directamente bajo su mando.

Había enviado a sus tenientes por delante para ir reuniendo a sus seguidores, que ahora se encontraban reunidos al pie del promontorio y temblaban de frío. A pesar de que poseían unos rostros muy distintos (allí había orcos y trols, humanos y elfos de la noche; en realidad, casi todas las razas de Azeroth estaban representadas en aquel grupo), en todos ellos se había dibujado un gesto similar de adoración incondicional y total embelesamiento.

—Nuestro largo viaje ha llegado si no a su fin, sí a un lugar donde podremos reposar, reunir a nuestras tropas y recuperar fuerzas. El Templo del Reposo del Dragón fue, en su día, un símbolo del poder y la invencibilidad de los vuelos de dragón cuando actúan unidos. Según se cuenta, los mismos titanes lo erigieron y los dragones lo consideraban un lugar inviolable y sagrado. Hoy, hemos visto cómo lo han abandonado… cómo incluso dos Aspectos han huido de este templo. Ahora será nuestro hogar, por el tiempo que decidamos que sea así. ¡Pues este antiguo lugar de poder debe caer al igual que todo!

Una serie de vítores surgieron con fuerza de cientos de gargantas. El Padre Crepuscular alzó las manos, aceptando así la idolatría de la muchedumbre.

—Resulta muy adecuado que parte de este lugar se encuentre en ruinas — prosiguió diciendo en cuanto los gritos de júbilo fueron perdiendo intensidad—. El fin de todo lo que existe nos acompaña siempre allá donde vamos, incluso en nuestro momento de triunfo. Y ahora… hagámonos con un botín que pueda ser útil a nuestra causa.

Entonces, una de los colosales dragones crepusculares, que había estado planeado obedientemente por encima de ellos, se acercó para aterrizar. Como una mascota servil, se postró ante él, apoyando su vientre de un pálido color púrpura sobre la fría piedra con el fin de que su amo no tuviera ninguna dificultad a la hora de subir a su lomo. El Padre Crepuscular avanzó hacia la dragona y, de repente, la cadena de la que llevaba atada a la muchacha se tensó. Se volvió, un tanto sorprendido.

La chica no se movió, mientras observaba al dragón con una mezcla de repugnancia y piedad.

—No, querida, no debes titubear —dijo el encapuchado, tiñendo esas amables palabras con un tono burlesco—. Aunque… —en ese instante, esbozó una sonrisa de suficiencia entre las sombras de su capucha— me atrevería a decir que nunca esperaste volver a casa de esta manera, ¿eh?

Entonces, Kirygosa, hija de Malygos y hermana de Arygos, desplazó su mirada del dragón crepuscular hacia el Padre Crepuscular, entornó sus ojos azules en un claro gesto de desdén y mantuvo un gélido silencio.

* * *

Mientras se aproximaban al Templo del Reposo del Dragón, Kirygosa se dio cuenta de que algo más también se dirigía hacia aquel lugar. A sus pies, un enorme trineo, capaz de albergar a varias decenas de humanos, atravesaba el paisaje. Los alces de avalancha que tiraban de él estaban haciendo un ostensible esfuerzo. Justo cuando Kirygosa los observaba, uno de ellos cayó agotado. El trineo se detuvo. Cuatro acólitos del Martillo Crepuscular se dirigieron hacia aquella patética criatura, a la que desataron y reemplazaron por otra. El exhausto animal siguió avanzando, dando tumbos, mientras tiraban de sus riendas y lo apartaban de sus compañeros. En cuanto el alce volvió a caerse sobre la nieve y alzó la cabeza implorando clemencia, uno de los acólitos hizo un gesto. Acto seguido, varios orcos desmontaron de sus enormes lobos negros. Las bestias esperaron obedientemente, sin apartar la mirada de sus amos, hasta que se dio la orden. De inmediato, aquellas tremendas bestias saltaron al unísono y cayeron sobre el desventurado alce con una velocidad asombrosa. Los vanos intentos del animal por resistirse dejaron revuelta la suave nieve blanca que, de improviso, se tiñó de rojo. Los patéticos gritos del alce se vieron ahogados bajo los salvajes gruñidos de los lobos.

Kirygosa miró hacia otro lado. Sin duda alguna, aquel destino era algo más misericordioso que abandonar ahí al alce para morir; además, los lobos necesitaban comer. Ellos, al menos, eran criaturas inocentes sin capacidad de raciocinio. Al contrario que sus amos.

Un momento después, volvió a centrar su atención en el trineo. Una gran lona cubría su parte superior, de modo que sólo dejaba atisbar una silueta gigantesca y repleta de bultos. Era la primera vez que Kirygosa lo veía, aunque había algo en su forma que…

—¿Te pica la curiosidad, querida? —inquirió el Padre Crepuscular, alzando la voz para que se le pudiera escuchar por encima de los aleteos de su montura—. Todo será revelado a su debido tiempo. Por eso mismo nos encontramos aquí. Seguro que recuerdas lo que te dije: un hombre sabio siempre tiene preparado un plan alternativo.

El tono de voz con el que pronunció esas palabras provocó que un escalofrío recorriera a Kirygosa. Mientras tanto, el dragón crepuscular los llevaba hacia el Templo del Reposo del Dragón. Miró hacia atrás y comprobó que el trineo se perdía bajo sus pies en la distancia. Si el cargamento que portaba era lo que el Martillo Crepuscular consideraba su “plan alternativo”, no quería saber qué era.

El Padre Crepuscular bajó de lomos de su dragón y pisó el suelo de la plataforma ornamentada con incrustaciones del Templo del Reposo del Dragón, que ahora se encontraba cubierto por doquier de manchas escarlatas de sangre de dragón, así como de pequeños fragmentos relucientes esparcidos aquí y allá que eran todo cuanto quedaba del Orbe de la Unidad. Kirygosa lo siguió sumida en un silencio sepulcral.

A continuación, entregó la cadena de Kirygosa a un acólito. Todos sabían cómo había que controlar a la dragona: con un simple tirón, hecho de cierto modo y con cierta firmeza, podían provocarle una exquisita agonía. El trol llevó a Kirygosa a un pilar y la lanzó contra el suelo; acto seguido, se quedó a esperar más órdenes de su Padre.

* * *

El Padre Crepuscular sacó un pequeño orbe de debajo de su capa y lo colocó de un modo reverencial sobre el suelo ensangrentado. De inmediato, comenzó a centellear, refulgiendo de manera siniestra, como si una furibunda niebla negra bullera atrapada en su interior. De improviso, aquel pequeño orbe resultó ser demasiado enano como para contener algo tan poderoso, se quebró y la niebla (no, no era niebla, sino un humo espeso y acre, que brillaba aquí y allá gracias a unas ascuas de color rojo anaranjado) se expandió y ascendió. Acto seguido, conformó una nube más negra que la noche y de un carácter infinitamente más preternatural, que giró furiosamente hasta que adoptó una forma concreta. Unos torvos ojos de un amarillo anaranjado, que se asemejaban a fuego líquido, se clavaron en el Padre Crepuscular. Unas fauces descomunales, hechas de un metal negro se abrieron levemente, conformando una sonrisa demente y taimada. Kirygosa retrocedió instintivamente.

Era Deathwing.

El Padre Crepuscular se arrodilló ante el orbe.

—Amo —dijo humildemente.

—¿Has triunfado? —preguntó Deathwing sin más preámbulos. Su grave voz estremeció el templo e hizo temblar aquel cuerpo de humo, como si Deathwing estuviera realmente presente.

—En… cierto modo —respondió el Padre Crepuscular; quiera intentaba controlar el ligero tartamudeo que le había provocado el nerviosismo—. Hemos expulsado a todos los dragones del Templo del Reposo del Dragón, entre los que se encontraban Alexstrasza e Ysera. He reclamado el templo en nombre del culto del Martillo Crepuscular. Ahora es tu fortaleza, mi Magno Amo.

Los ojos enormes y dementes de la nube se entornaron.

—Ese no era el plan —siseó—. El plan, que has ejecutado de manera tan insatisfactoria, consistía en destruir a los dragones, ¡y no en conformarnos con conquistar el templo!

—Es… es cierto, mi señor. El plan se… se ha visto frustrado por algo que no podíamos haber previsto.

Con suma celeridad, le explicó lo ocurrido. Deathwing lo escuchó, sumido en un silencio que resultaba aún más aterrador que los gritos furiosos que acababa de proferir. Aunque sus rasgos permanecían en todo momento muy definidos, el humo que los confirmaba cambiaba continuamente de forma e, incluso en una ocasión, se pudo escuchar el aleteo de unas alas hechas jirones y recubiertas de fuego. Cuando el Padre Crepuscular dejó de hablar, reinó un largo e incómodo silencio. Deathwing ladeó la cabeza, como si estuviera meditando.

—Eso no cambia nada. Has fracasado.

El Padre Crepuscular estaba sudando pese al frío que hacía.

—Es sólo un contratiempo, Magno Amo, nada más. No un fracaso. Y tal vez tenga consecuencias positivas. Hemos expulsado a los dragones y da la impresión de que lo sucedido a minado la moral de la Protectora, de tu mayor enemiga.

—Eso es irrelevante —replicó Deathwing con una voz sumamente grave—. Deberás hallar otra manera de alcanzar el objetivo que te señalé o, si no, te reemplazaré por un general que no me falle en este momento tan crucial.

—Lo… entiendo, Magno Amo —dijo el Padre Crepuscular, cuya mirada se posó fugazmente en Kirygosa. Entornó los ojos pensativo y, acto seguido, decidió mirar a Deathwing—. Déjalo en mis manos. Todo está ya en marcha. Empezaré ahora mismo.

—Ni se te ocurra volver a interrumpirme, ser inferior —lo advirtió Deathwing.

Bajo su capucha, el Padre Crepuscular palideció.

—Nunca me atrevería a hacer tal cosa, Magno Amo. Simplemente, deseo servirte.

—Me servirás cuando yo lo diga y ni un latido antes. ¿Entendido?

Al Padre Crepuscular no le quedó más remedio que asentir. Si bien Deathwing se había enfadado por haber sido interrumpido, no volvió a hablar de inmediato, sino que permaneció callado un buen rato.

—Quizá haya… un nuevo obstáculo. Esperaba que los vuelos de dragón fueran derrotados por una fuerza en la que participaron tú, el culto del Martillo Crepuscular y aquél al que queremos ayudar. Esperaba obtener la victoria. Me has dicho que Ysera ha huido. Habría sido mejor que no hubiera logrado largarse.

—¿Mi señor? —no pudo evitar interrumpirlo; al instante, tragó saliva.

—Vive por tu culpa —bramó Deathwing—. Y, como vive, ahora tiene la oportunidad de hablar con aquél que está destinado a oponerse a mí, cuya injerencia puede desequilibrar la balanza.

El Padre Crepuscular analizó mentalmente esa nueva información, así como sus implicaciones. ¿Qué había hecho la Soñadora Despierta? ¿A quién, o a qué colosal poder, había invocado? Deathwing parecía tremendamente preocupado… lo cual aterrorizó al Padre Crepuscular.

Pese a tener la garganta seca por los nervios, acertó a decir:

—¿Con qué clase de ser se ha aliado?

—Con una criatura inferior —contestó Deathwing, quien pronunció esas palabras con suma dureza.

El Padre Crepuscular no estaba seguro de si había oído bien.

—¿Cómo? Pero si…

—¡Con un orco!

Ambos se quedaron callados. Esas tres palabras habían proporcionado al Padre Crepuscular toda la información que necesitaba. Hace mucho tiempo, Deathwing había sido advertido de que un orco (el más humilde de entre los más humildes) se alzaría para desafiarlo y posiblemente lo derrotaría. Nadie, y mucho menos el Padre Crepuscular, le había prestado mucha atención a tal advertencia.

Entonces, optó por intentar quitarle hierro al asunto.

—Mi señor, las profecías suelen ser crípticas. Eres el poderoso Deathwing. Has partido por la mitad este mundo. Estamos batallando contra dragones… y no se trata de unos dragones cualquiera, ¡sino de los mismos Aspectos! Luchamos contra seres muy poderosos y no contra patéticos orcos. Por muy poderoso que sea ése en concreto, no será rival para ti.

—Éste es distinto. Siempre lo ha sido. Ha llevado una existencia extraordinaria de la que ha aprendido mucho. No piensa como piensan los dragones… y, como no lo es, quizá sea capaz de salvarlos.

Si bien el Padre Crepuscular vaciló, no lo exteriorizó.

—Dime quién es este enemigo, mi señor, y prometo que vivirá poco tiempo. Dímelo para que pueda destruirlo.

—No sólo debes destruirlo. Debes destrozar por completo al llamado Thrall… sí no, este orco será el fin de todo. ¡De todo!

—Juro que así lo haré.

—Sí. Así será —replicó Deathwing—. Pero se te está agotando el tiempo… — entonces, esbozó una amplia sonrisa que era una macabra imitación de la verdadera sonrisa de un dragón; su mandíbula inferior descendió para mostrar acres de irregulares dientes metálicos—, Padre. Aunque no desesperes. Quizá pueda ayudarte. Soy muy viejo pero no poseo una paciencia infinita. Contacta conmigo cuando tengas mejores noticias que darme.

El humo que había conformado la imagen de Deathwing perdió su solidez y se transformó una vez más en un torbellino de niebla negra. Lentamente, descendió hacia el suelo y, a continuación, se solidificó bajo la forma de una esfera negra. Era de nuevo un pequeño orbe hecho de algo similar al cristal. El Padre Crepuscular frunció el ceño, se lo guardó y se puso en pie.

—Y tú que creías que iba a ser muy fácil —dijo alguien que poseía una nítida voz femenina—. Tú y tus grandes y complejos planes. Ahora se te agota el tiempo del que dispones para destrozar al tal Thrall. Las corrientes cambian de curso, Padre Crepuscular, y tu barba ya es de color gris. Te engañas a ti mismo. No vivirás mucho tiempo estando a su servicio. No vencerás.

Al instante, se volvió hacia al dragona cautiva y recorrió la distancia que los separaba. Ella alzó la mirada desafiante y él se dedicó a observarla por largo tiempo.

—Necia e insignificante dragona —dijo al fin—. Sólo conoces una mera fracción de mis planes. Thrall es una mera pulga que pronto será aplastado como corresponde, de una manera que no puedes ni imaginar. Vamos ¡¡ríe ordenó y, acto seguido, cogió la cadena—. Tengo algo que mostrarte. Ahora veremos si me estoy engañando a mí mismo… o si eres tú la que está siendo engañada.

La llevó hasta el borde de aquella plataforma circular y señaló hacia el frente. El misterioso trineo había alcanzado el pie del Templo del Reposo del Dragón. Como ya no eran necesarios para tirar de aquel vasto vehículo, habían soltado los alces de avalancha para que pudieran convertirse en alimento para los lobos. Los hambrientos depredadores habían hecho muy bien su trabajo: muy poco quedaba de los alces aparte de los huesos. Los acólitos miraban hacia arriba, a la espera de una señal de su adorado Padre. Entonces, éste alzó una mano y, al instante, esos fieles ataviados con oscuras ropas tiraron de la lona que había ocultado lo que transportaba aquel trineo de manera un tanto dramática.

Kirygosa profirió un grito ahogado y se llevó la mano a la boca presa de un tremendo terror.

Sobre aquel gigantesco transporte se hallaba el cadáver de un dragón. Pero no se trataba de un dragón cualquiera: su cuerpo era enorme, más colosal incluso que el de un Aspecto de Dragón. Era deforme; sus apagadas escamas eran de un feo color púrpura, como el de un moratón que destaca sobre una piel muy pálida. Y lo más obsceno, lo más horrendo era que no tenía una sola cabeza.

Tenía cinco. Incluso bajo aquella tenue luz, pudo ver con sus ojos humanos que cada cabeza era de un color distinto: rojo, negro, dorado, verde y azul.

Kirygosa sabía perfectamente qué era.

—Un dragón cromático —acertó a decir con voz ahogada.

Los dragones cromáticos eran una aberración, una violación de las leyes de la naturaleza. Nefarian, el hijo de Deathwing, había creado a esas monstruosidades. Nefarian había sido un poderoso dragón negro, casi tan malvado como su progenitor, que había intentado combinar los poderes de los cinco vuelos… en un nuevo vuelo de dragón capaz de destruir a todos los demás. Aquellos experimentos se acabaron considerando un fracaso. Muchos cachorros habían muerto antes de salir del cascarón. La mayoría de los que habían sobrevivido el tiempo suficiente como para eclosionar de sus huevos eran inestables, volátiles y muy deformes. Sólo unos pocos llegaron a ser adultos, al ser obligados a madurar artificialmente mediante diversos procesos mágicos.

El que tenían ante ellos era sin duda un dragón adulto. Pero no se movía.

—Creía que rara vez llegaban a la madurez. Aun así… está muerto. ¿Por qué debería temer a un cadáver?

—Oh, Chromatus está muerto, de eso no hay duda —contestó el Padre Crepuscular con displicencia—. Técnicamente es así. Por el momento. Pero vivirá. Fue el último experimento de Nefarian. Tuvo muchos fracasos, como seguro que ya sabes. Pero así es como se aprende, ¿verdad? Mediante el método de prueba y error.

En ese instante, su barba se dividió en dos al esbozar una sonrisa paternal mientras Kirygosa seguía observándolo con repugnancia.

—Chromatus es la obra cumbre de Nefarian, en la que aplicó tod lo que había aprendido en diversos experimentos —prosiguió explj cando el Padre Crepuscular—i Por desgracia, Nefarian fue asesinado antes de que pudiera insuflar vida a Chromatus.

—En verdad, jamás se ha realizado una proeza más grande en este mundo que matar a Nefarian —masculló Kirygosa.

El Padre Crepuscular la observó con una mirada burlona.

—Te sorprenderá saber que, al igual que la creación que tienes ante ti pronto disfrutará de la vida, su creador ya disfruta de ella. Sí… Nefarian ha regresado… en cierto modo. Es un no-muerto, pero no cabe duda que se encuentra muy activo. Para Chromatus, no obstante… tengo otros planes.

Kirygosa no podía apartar la mirada de aquella criatura.

—Así que esta… cosa… ¿es la razón por la que has hecho todo esto? —en ese instante, se le quebró la voz—. ¿Pretendes dar vida a un monstruo que no debería tener siquiera derecho a existir?

—¡Por favor, Kirygosa! —le reprendió jocosamente el Padre Crepuscular—. Deberías mostrar algo más de respeto. Podrías desempeñar un papel muy importante en la consecución de mi objetivo.

Kirygosa abrió los ojos como platos, atónita.

—No… no te atreverás a hacer más experimentos…

Se inclinó sobre ella y él entregó la cadena a un trol acólito que se acercó a él a toda prisa.

—Como ves, querida —dijo con suma delicadeza—, aquí a la única que se le agota el tiempo… es a ti.

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1 comentario

    • BlueXaber el 2 julio, 2019 a las 5:44 pm
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    De hecho hoy me cai de la mata pues Christie Golden, la escritoria de muchas de estas novelas, es además la escritora dehistorias las de StarCraft y de mi muy querida serie StarTrek.

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