Thrall: El Crepúsculo de los Aspectos – Capítulo Uno

Thrall: El Crepúsculo de los AspectosThrall, antiguo jefe de guerra de la gran y poderosa Horda, quien ahora era un chamán no más poderoso que aquéllos con los que en la actualidad se hallaba, cerró los ojos con fuerza y se esforzó por permanecer de pie. A sus pies, la tierra se estremeció: un patético trocito de terreno que sobresalía de un océano turbulento lo azotaba furioso mientras temblaba y se agitaba de dolor.

No hace mucho, un demente Aspecto de Dragón se había abierto paso hasta Azeroth, provocando así que el mundo se desgarrara totalmente. El loco Deathwing se encontraba de nuevo libre en este mundo y su violento regreso había dejado a Azeroth con una enorme herida. Para aquéllos que aún no se habían rendido a la desesperanza, Azeroth todavía podía sanar, pero nunca volvería a ser lo que una vez fue.

En el corazón del mundo, en un lugar llamado la Vorágine, capas de tierra que habían permanecido enterradas durante largo tiempo se habían visto empujadas de manera violenta hacia la superficie. Y era aquí donde se habían congregado aquéllos que trataban desesperadamente de curar esas tierras devastadas.

Eran chamanes, todos ellos muy poderosos, miembros del Anillo de la Tierra que habían relegado a un segundo plano otra serie de grandes deberes y fuertes responsabilidades para poder reunirse en aquel lugar. Un solo chamán podía hacer muy poco. Muchos chamanes, sin embargo, sobre todo si eran tan diestros y sabios como todos los allí reunidos, podrían lograr mucho más.

Eran decenas; se encontraban solos o en parejas o conformando pequeños grupos en aquellos islotes resbaladizos, mientras intentaban seguir de pie sobre aquella tierra que no paraba de estremecerse y agitarse. Tenían los brazos en alto; con esos gestos imploraban y ordenaban. Y, aunque no se encontraban unidos en el plano físico, sí lo estaban en el plano espiritual; asimismo, tenían los ojos cerrados, mientras se concentraban todo lo posible en confeccionar un hechizo de curación.

Los chamanes intentaban calmar a los elementos de la tierra, así como animarlos a que se curaran ellos mismos. Si bien era cierto que quienes habían sufrido graves heridas eran los elementos y no los chamanes, también era cierto que los elementos eran mucho más poderosos que los chamanes. Si la tierra pudiera permanecer tranquila el tiempo suficiente como para recordar aquella verdad, sería capaz de utilizar su vasto poder para sanar. Pero la tierra, las piedras y el suelo, así como los mismos huesos de Azeroth, también tenían que enfrentarse a otra profunda herida: la de la traición. Puesto que el Aspecto de Dragón negro, Deathwing, conocido en su día como Neltharion, había sido el Guardián de la Tierra, a él se le había encomendado la responsabilidad de protegerla y guardar sus secretos. Sin embargo, ahora la tierra no le importaba nada, la estaba haciendo añicos con suma indiferencia y de manera demencial, haciendo caso omiso al caos que provocaba y al dolor que causaba.

La tierra lanzó un lamento y se estremeció violentamente.

—¡No cedan! —exclamó alguien, cuya voz resultó audible para Thrall por encima del estruendo de la tierra que se agitaba bajo sus pies y el impacto de las iracundas olas que pretendían empujarlos de sus precarios asideros. Aquella voz pertenecía a Nobundo, el primero de los Tábidos en haberse convertido en chamán. Esta vez, le tocaba a él liderar el ritual y, de momento, lo había hecho con maestría.

—¡Ábranse a sus hermanos y hermanas! ¡Siéntanlos, percíbanlos, vean cómo brilla el Espíritu de la Vida dentro de ellos como una gloriosa llama!

Junto a Thrall, en uno de los islotes más grandes recientemente formados, se hallaba Aggra, una Mag’har, una descendiente del clan Lobo Gélido, a quien Thrall había conocido en Nagrand y de quien se había enamorado. Tenía la piel marrón y el pelo castaño rojizo recogido en una coleta sobre una cabeza que estaba calva si exceptuábamos esa trenza. Asimismo, agarraba a Thrall de la mano con suma fuerza.

No se trataba de realizar un conjuro delicado y sutil, sino de catalogar las heridas del mundo y diagnosticar un tratamiento, así como en qué orden debían atenderse esas lesiones.

Se encontraban de manera osada muy cerca del borde de unos acantilados escarpados. El viento azotaba el océano a sus pies, levantando olas que impactaban con un golpe sordo contra la mellada roca. Todo debía calmarse para que pudiera iniciarse el proceso de curación, pero era una opción muy arriesgada.

A Thrall se le tensaron todos músculos al intentar mantenerse en pie en su sitio. Tenía demasiados frentes abiertos al mismo tiempo: debía mantenerse en pie sobre aquella tierra que no cesaba de agitarse para no caer a aquel océano hambriento repleto de afiladas rocas, mientras intentaba hallar ese remanso de paz interior que le permitiría conectarse en un nivel realmente hondo y profundo con el resto de sus colegas chamanes. Ése era el espacio donde, si el chamán tenía talento y estaba adecuadamente preparado, el Espíritu de la Vida podría entrar; esa energía que permitía al chamán contactar con los elementos, interactuar con ellos y unirse con otros que hacían lo mismo.

Podía sentir cómo el resto intentaba contactar con él; sus esencias eran un oasis de calma en el caos. Entonces, redobló sus esfuerzos por sumergirse en su fuero interno todavía más. Haciendo gala de una gran fuerza de voluntad, Thrall controló totalmente su respiración; evitó respirar en rápidos y superficiales jadeos, que únicamente provocarían que la preocupación y la aprensión se adueñaran de él, y se obligó a respirar el húmedo y salado aire marino en largas y profundas inhalaciones y exhalaciones.

Inspira por la nariz… espira por la boca… extiende tu ser desde las plantas de los pies hacia el interior de la tierra, entra en contacto con ella a través de tu corazón.

Agarra fuerte a Aggra, pero no te aferres a ella desesperadamente. Cierra los ojos, abre tu interior, tu espíritu. Halla el centro de tu alma y, en ese centro, encuentra la paz. Coge la paz que halles ahí y únela a la de los demás.

A Thrall le sudaban las manos. Perdió el equilibrio y, por un instante, resbaló. Con suma rapidez, recuperó el equilibrio y volvió a respirar hondo para iniciar de nuevo el ritual de hallar ese remanso de paz en su interior. Pero era como si su cuerpo tuviera mente propia y se negara a escuchar las instrucciones de Thrall. Quería luchar, hacer algo; no quedarse en pie, controlando su respiración mientras intentaba hallar la calma. Quería…

Una luz apareció de repente; centelleó de manera tan brillante que el orco fue capaz de verla a pesar de tener los párpados cerrados con fuerza. Un terrible crujido retumbó con inusitada fuerza en los oídos de todos los chamanes en cuanto aquel relámpago se estrelló contra el suelo a una distancia demasiado cercana. Se escuchó entonces un profundo rugido y la tierra se agitó de manera aún más violenta que antes. Thrall abrió los ojos a tiempo para ver cómo un descomunal fragmento de tierra, chamuscado tras haber recibido el impacto de aquel relámpago a sólo unos metros de distancia, se desmoronaba bajo los pies de un goblin y un enano, quienes gritaron sorprendidos. Se quedaron suspendidos en el aire sobre las furiosas olas y las

irregulares rocas, aferrados el uno al otro, y a la mano del chamán que cada uno de ellos tenía situado a su lado.

—¡Aguanten! —exclamó el tauren que sostenía al goblin. Entonces, clavó sus pezuñas al suelo con gran fuerza y tiró. El draenei que tenía cogido al enano hizo lo mismo. Acto seguido, los dos jadeantes chamanes goblin y enano fueron arrastrados hasta un lugar seguro.

—¡Retirada, retirada! —gritó Nobundo—. A los refugios… ¡deprisa!

En cuanto uno de los islotes cercanos se desmoronó en pedazos, los chamanes allí reunidos no necesitaron más apremio. Orcos y tauren, trols y goblins, enanos y draeneis corrieron hacia sus monturas y se subieron a lomos de aquellas temblorosas bestias, a las que urgieron a regresar a los refugios situados en uno de los islotes más grandes, a la vez que el cielo se desgarraba y caían de él unas gotas de lluvia robustas y punzantes que golpearon la piel de los chamanes. Thrall titubeó el tiempo suficiente como para asegurarse de que Aggra se había subido a su montura alada y, a continuación, conminó a su propio dracoleón a despegar.

Los refugios eran poco más que unas chozas improvisadas, situadas tierra adentro, lo más lejos posible del mar, que estaban protegidas por hechizos de vigilancia. Cada individuo o pareja sentimental tenía su propia choza. Estas estaban dispuestas en círculo a lo largo de una zona ritual más amplia y abierta. Los hechizos protegían a los chamanes de las manifestaciones menores de elementos furiosos como los relámpagos, aunque la tierra podría abrirse en cualquier momento bajo sus pies. No obstante, ésa era una amenaza que se cernía sobre ellos en todo momento, daba igual en qué lugar se hallaran.

Thrall fue el primero en llegar al refugio y sostuvo la piel de oso de la entrada el tiempo suficiente como para que Aggra entrara como un rayo en la choza; acto seguido, la dejó caer, la ató y la cerró. La lluvia golpeaba de manera furiosa las pieles como si exigiera así entrar, y la estructura temblaba levemente ante el azote salvaje del viento. No obstante, sabían que aguantaría.

Thrall se quitó con rapidez la túnica, que se encontraba empapada, y se estremeció levemente. Aggra hizo lo mismo en silencio; si se quedaban con esa ropa húmeda puesta, era bastante más probable que murieran de pulmonía que por culpa de recibir el impacto de un relámpago que cayera sobre ellos al azar, aunque la pulmonía conllevaría una muerte más lenta que el relámpago. Se secaron y la húmeda piel de ambos, verde la de él y marrón la de ella, quedó a la vista. A continuación, se pusieron ropa limpia y seca que sacaron de un arcén. Después, Thrall se dispuso a encender un pequeño brasero.

Pudo sentir los ojos de Aggra clavados en él y percibió que reinaba una fuerte tensión entre ambos, pues los dos se estaban mordiendo la lengua. Al final, fue ella quien rompió aquel incómodo silencio.

—Go’el —acertó a decir. Su voz, profunda y ronca, estaba teñida de preocupación.

—No digas nada —replicó Thrall, quien se centró en calentar agua para poder preparar unos brebajes calientes para ambos.

Se percató de que ella lo miraba con el ceño fruncido; entonces, Aggra puso los ojos en blanco y se mordió la lengua de una manera bastante ostensible para evitar replicarle. A Thrall no le gustaba contestarle de esa manera, pero no estaba de humor para discutir sobre lo que acababa de pasar.

El conjuro había fracasado y Thrall sabía que era por su culpa.

Permanecieron sentados en medio de un silencio muy incómodo mientras la tormenta seguía arreciando y la tierra continuaba rugiendo. Al final, casi como un niño que hubiera estado llorando hasta quedarse dormido, la tierra se fue calmando. Thrall intuía que todavía no se hallaba en paz y distaba mucho de encontrarse curada pero, al menos, ahora se encontraba tranquila.

Hasta los próximos temblores.

Casi de inmediato, Thrall escuchó el murmullo de una conversación más allá de las paredes de su refugio. Tanto él como Aggra abandonaron la choza de inmediato y se adentraron en aquel día gris, pisando la tierra húmeda con sus pies descalzos. Otros chamanes se estaban congregando en la zona central; sus rostros reflejaban una honda preocupación, cansancio y determinación.

Nobundo se volvió hacia Thrall y Aggra mientras éstos se aproximaban. Había sido un draenei, pero su porte ya no era orgulloso; ya no era fuerte ni alto, sino que estaba encorvado, casi deforme por culpa de haber estado expuesto a viles energías. Si bien muchos tábidos eran siniestros y corruptos, Nobundo no lo era. De hecho, para él había sido una bendición; su enorme corazón se había abierto a los poderes chamánicos y había sido el primer chamán entre los miembros de su pueblo. Junto a él se encontraban varios draeneis, con sus cuerpos inmaculados, esbeltos e impolutos. Aun así, para Thrall y muchos otros, Nobundo los superaba a ser quien era.

En cuanto el Alto Chamán posó la mirada sobre Thrall, el orco quiso apartar la mirada. Thrall respetaba tremendamente a aquel ser (en realidad, a todos los chamanes congregados en aquel lugar) y jamás había querido decepcionarlo. Pero lo había hecho.

Nobundo le indicó a Thrall que se acercara haciéndole un gesto con una de sus descomunales manos.

—Vamos, amigo mío —le dijo en voz baja, a la vez que observaba al orco con suma bondad.

Gran parte del resto no mostraron una actitud tan gentil con él; de hecho, Thrall pudo sentir cómo una serie de miradas iracundas se posaban sobre él mientras se aproximaba a Nobundo. Los demás chamanes se unieron a esta reunión formal en total silencio.

—Conoces el conjuro que intentamos lanzar —afirmó Nobundo, cuya voz seguía transmitiendo calma—. Su finalidad es tranquilizar y reconfortar a la tierra. Admito que es un sortilegio complejo, pero todos los aquí presentes sabemos cómo hay que realizarlo. ¿Nos puedes decir por qué tú…?

—Ve al grano —rezongó Rehgar.

Rehgar era un orco colosal y corpulento que estaba cubierto de cicatrices de mil batallas. A primera vista, no transmitía la sensación de ser alguien muy “espiritual”; no obstante, ésa era una impresión realmente errónea. La trayectoria vital de Rehgar lo había llevado de ser un gladiador a ser dueño de esclavos y, más tarde, a convertirse en leal amigo y consejero de Thrall; sin embargo, la vida aún le deparaba muchas más sorpresas. No obstante, ahora, cualquier otro orco que no fuera el ex jefe de guerra de la Horda habría temblado al sentir su ira.

—Thrall… pero ¿qué te ha pasado? ¡Todo hemos podido percibir que no estabas concentrado!

Las manos de Thrall se cerraron hasta transformarse en puños de manera involuntaria y el orco se vio obligado a calmarse.

—Sólo porque seas mi amigo no voy a permitir que me hables de esa manera, Rehgar —replicó Thrall con calma, aunque con cierto tono de furia en su voz.

—Rehgar tiene razón, Thrall —aseveró Muln Earthfury con una voz grave y atronadora—. Es una empresa muy difícil, pero no imposible… ni siquiera nos resulta extraña. Eres un chamán, uno que ha superado todos los ritos genuinos de su pueblo. Drek’Thar te consideraba el salvador de su pueblo porque los elementos te hablaban a pesar de que llevaban callados muchos años. No eres un niño inexperto al que haya que mimar y compadecer. Eres un miembro de pleno derecho de este Anillo… un miembro honorable y fuerte, si no, no estañas aquí. Aun así, te has desmoronado en un momento crucial. Podríamos haber acallado esos seísmos, pero tú has echado a perder nuestros esfuerzos. Tienes que decimos por qué estás tan distraído para que así podamos ayudarte.

—Muln… —acertó a decir Aggra, pero entonces Thrall alzó una mano.

—No pasa nada —respondió a Muln—. Simplemente, debemos afrontar una tarea exigente y fatigosa en un momento en que tengo muchas cosas en la cabeza. Nada más.

Rehgar masculló un juramento.

—Así que tienes muchas cosas en la cabeza —le espetó—. Pues el resto también. ¡Pensamos en cosas tan triviales como que tenemos que evitar que nuestro mundo se autodestruya!

Durante un segundo, la ira dominó por completo a Thrall. Sin embargo, Muln habló antes de que el orco pudiera replicar.

—Rehgar, Thrall fue el líder de la Horda, no tú. No puedes saber qué clase de pesadas cargas tuvo que soportar sobre sus hombros en su día en virtud de su puesto; además, quizá todavía lleve sobre su conciencia el peso de algunas de esas cargas. Además, hasta hace muy poco poseías esclavos, ¡no eres quién para juzgarlo desde un plano moral!

Entonces, se giró hacia Thrall.

—No te estoy atacando, Thrall. Simplemente, intento dar con una forma con la que podamos ayudarte, para que así tú luego puedas ayudamos.

—Sé qué estás haciendo —replicó Thrall, cuya respuesta pareció más un gruñido que otra cosa—. Y no me gusta.

—Quizá sólo necesites descansar un poco —afirmó Muln, buscando una salida diplomática a la discusión—. Nuestra misión es muy exigente e incluso los más fuertes se cansan.

Thrall ni siquiera se dignó a contestar al otro chamán; simplemente, asintió bruscamente y se dirigió a su refugio.

Estaba furioso, mucho más de lo que había estado en mucho tiempo. Y la persona con la que estaba más furioso era consigo mismo.

Sabía que él había sido el eslabón más débil de la cadena, que había fallado a la hora de alcanzar el estado de concentración definitiva en el momento en que más desesperadamente lo necesitaban. Aún era incapaz de sumergirse en su fuero interno para alcanzar el Espíritu de la Vida que moraba ahí, lo cual era precisamente lo que le exigían. No sabía si alguna vez iba a ser capaz de lograrlo. Y, como era incapaz de alcanzar esa meta, sus esfuerzos conjuntos habían fracasado.

Se encontraba muy decepcionado consigo mismo por lo que había hecho, por las patéticas discusiones… por todo. Y se dio cuenta sobresaltado de que esta sensación de decepción e infelicidad lo abrumaba desde hacía mucho tiempo.

Hacía unos meses, había tenido que tomar una decisión muy difícil: había decidido dejar de ser el jefe de guerra de la Horda para venir a aquel lugar, a la Vorágine, para seguir el sendero del chamán y renunciar al de líder. En un principio, pensó que sería algo únicamente temporal. Había delegado el mando de la Horda a Garrosh Hellscream, hijo del difunto Grom Hellscream, para poder viajar a Nagrand para estudiar con su abuela, la Abuela Geyah. Esto fue antes de que el gran Cataclismo estremeciera Azeroth; Thrall había percibido que la inquietud dominaba a los elementos y esperaba ser capaz de hacer algo para calmarlos y evitar lo que al final había acabado ocurriendo.

En Nagrand, había estudiado y aprendido mucho gracias a una hermosa, pero a menudo irritante y frustrante chamán llamada Aggra, quien lo había llevado al límite y lo había obligado a buscar respuestas con ahínco. Ambos se acabaron enamorando. Después, él regresó a Azeroth y, en cuanto tuvo lugar el Cataclismo, decidió viajar a la Vorágine para ayudar a los chamanes junto a su amada.

Le había parecido que eso era lo correcto; a pesar de ser una opción difícil, era la mejor. Había abandonado algo que quería mucho y un cargo con el que estaba muy familiarizado para defender un bien mayor. Pero ahora se hallaba sumido en un mar de dudas.

Mientras Thrall había estado viajando por Nagrand, Garrosh había matado a un gran amigo del orco, al cabecilla tauren Cairne Bloodhoof, en un combate ritual. Más tarde, Thrall se había enterado de que Magatha Tótem Siniestro, una antigua rival de Cairne, había engañado a Garrosh para que luchara con Cairne armado con un arma envenenada. Thrall no podía dejar de pensar en que, si no hubiera abandonado Azeroth,

Caime nunca habría tenido la necesidad de cuestionar el liderazgo de Garrosh y ahora seguiría vivo.

De Aggra había esperado… bueno, en realidad, no sabía muy bien qué esperar. Quizá una relación distinta de la que mantenían, en cierto sentido. Al principio, su suma franqueza y sus bruscos ademanes lo habían disgustado pero, pasado un tiempo, había acabado apreciando y amando esos rasgos de su carácter. Ahora, sin embargo, tenía la impresión de que, en vez de haber hallado una compañera que lo apoyara y animara en todo, sólo había dado con otra persona más que lo criticaba.

Ni siquiera había tenido éxito a la hora de ayudar al Anillo de la Tierra a calmar a los elementos, como quedaba demostrado por lo sucedido hoy. Había renunciado al manto de jefe de guerra y había tenido que superar el asesinato de un querido amigo para poder ir a aquel lugar a ayudar al Anillo. Pero esto tampoco estaba saliendo bien.

Nada iba bien; nada iba como se suponía que tendría que haber ido. Thrall (ex jefe de guerra de la Horda, guerrero y chamán) tenía la sensación de que no podía hacer nada para arreglar las cosas.

No estaba acostumbrado a esa sensación. Durante muchos años había liderado la Horda y lo había hecho bien. Comprendía a la perfección el arte de la estrategia bélica así como el de la diplomacia; sabía cuándo un líder debía escuchar, hablar o actuar. Este extraño nudo en el estómago, esa incertidumbre… era algo nuevo y extraño para él, era algo que despreciaba.

Entonces, escuchó el susurro de la piel de oso, pues alguien la estaba apartando, pero no se dio la vuelta.

—Le habría dado un buen tirón de orejas a Rehgar por lo que te ha dicho —le dijo Aggra con su fuerte y ronca voz— si no hubiera deseado decirte lo mismo antes que él.

Thrall gruñó levemente.

—Gracias por apoyarme —replicó—. Me has sido de gran ayuda. Ahora seguro que salgo fuera y soy capaz de adentrarme en lo más hondo de mi fuero interno sin ningún problema. Quizá deberías haber sido tú quien liderara la Horda todos estos años en vez de yo. Sin duda alguna, habríamos visto cómo la Horda y la Alianza se unían y niños de todas razas retozaban en Orgrimmar y Stormwind.

La orco se rió entre dientes y habló con un tono de voz cálido, tan cálido como la mano que apoyó sobre el hombro de su amado, quien sintió ganas de quitársela de encima presa de la furia, pero se contuvo, aunque tampoco mejoró su mal humor. Permaneció callado en silencio, inmóvil. Ella le apretó ligeramente el hombro, luego lo soltó y lo rodeó con el fin de mirarlo cara a cara.

—Desde que nos conocimos, te he estado observando, Go’el —afirmó, al mismo tiempo que buscaba la mirada de Thrall—. Al principio, con resentimiento; luego, con amor y preocupación. Ahora mismo, te miro con amor y preocupación. Y mi corazón se siente turbado ante lo que ve.

Si bien el orco no contestó, la había escuchado sin duda alguna. Aggra acarició con delicadeza el robusto rostro de su amado, recorriendo las arrugas de la piel verde de Thrall mientras seguía hablando.

—A pesar de todas las vicisitudes que has superado, estas arrugas que ahora toco no estaban ahí cuando nos conocimos. Estos ojos… azules como el cielo, azules como el mar… no reflejaban tanta tristeza. En este corazón… —en ese instante, colocó una mano sobre el amplio pecho del orco— … no anidaba tanto pesar. No sé qué tormentas rugen dentro de ti, no sé qué te aflige. Sin embargo, como no se trata de una amenaza externa, no sabes cómo enfrentarte a este enemigo.

Thrall entornó los ojos un tanto confuso.

—Prosigue —dijo.

—Te estás desmoronando… no a nivel físico, pues aún sigues siendo fuerte y poderoso, sino a nivel espiritual. Es como si una parte de ti se la llevara el viento a cada ráfaga o la arrastrara la lluvia a cada gota. Ese dolor que sientes te destruirá si se lo permites. Y yo —añadió, con un repentino destello de furia en sus ojos de un color castaño claro— no pienso permitirlo.

El orco gruñó y se dio la vuelta, pero ella no estaba dispuesta a que le diera la espalda.

—Padeces una enfermedad del alma, no es algo físico. Te hallabas tan metido en los quehaceres diarios que conllevaba dirigir la Horda que, cuando la dejaste, dejaste tu razón de ser atrás.

—Creo que será mejor que no escuche más de lo que tienes que decir—le espetó Thrall, a modo de advertencia.

Sin embargo, Aggra lo ignoró completamente.

—No me extraña que no quieras escucharme —replicó—. No te gustan las críticas. Todos debemos escucharte y, si no estamos de acuerdo, debemos mostrarlo con sumo respeto. Siempre tienes que tener la última palabra, Jefe de Guerra.

Aunque no había nada de sarcasmo en esas palabras, se sintió igualmente

dolido.

—¿Cómo te atreves a decir que no acepto las críticas? Siempre me rodeo de gente con opiniones distintas. Los animo a que critiquen mis planes. ¡Incluso he parlamentado con el enemigo por el interés de mi pueblo!

—No estoy diciendo que eso no sea verdad —prosiguió hablando Aggra, de manera imperturbable—. Pero eso no quiere decir que te tomes bien las críticas. ¿Cómo reaccionaste ante Cairne cuando se te acercó bajo la sombra de la armadura de Mannoroth y te dijo que pensaba que te equivocabas?

Thrall se estremeció. Cairne… Regresó mentalmente al momento en que había visto por última vez a su gran amigo vivo. Cairne se había presentado ante él después de que el orco hubiera notificado al viejo tauren que Garrosh lideraría la Horda cuando él se hubiera marchado. Su amigo había afirmado, sin rodeos, sin dorarle la píldora, que pensaba que estaba cometiendo un grave error.

Necesito… necesito que me apoyes en esto, Cairne. Necesito tu apoyo, no tu desaprobación., le había dicho Thrall.

Me pides que te aconseje con sabiduría y sentido común. Así que sólo puedo darte una respuesta. No le concedas a Garrosh ese poder… Ese es mi consejo, Thrall, habría replicado Cairne.

Entonces, ya no tenemos nada más que hablar.

A continuación, Thrall se había marchado.

Y nunca había vuelto a ver a Cairne con vida.

—Tú no estabas ahí —le espetó Thrall, con un tono de voz áspero y teñido del dolor del recuerdo—. No lo entiendes. Tuve que…

—¡Puaj! —exclamó Aggra, haciendo un gesto con la mano como si intentara espantar unas moscas que la incordiaban, aunque en realidad lo que intentaba espantar eran sus excusas—. Me da igual cuáles fueran las palabras exactas de esa conversación. Quizás tenías razón pero, en este momento, me da igual que la tuvieras o no. La cuestión es que no escuchas. Lo dejaste al margen; fue como si ataras bien fuerte las pieles de la entrada de una tienda para resguardarte de una tormenta y lo abandonaras ahí bajo la lluvia. Quizá nunca lo hubieras convencido, pero ¿acaso puedes afirmar que lo escuchaste?

Thrall no respondió.

—No escuchaste a un viejo amigo. Tal vez Cairne no habría sentido la necesidad de desafiar a Garrosh si hubiera tenido la sensación de que lo habías escuchado. Pero eso nunca lo sabrás. Ahora está muerto y ya no podrás darle jamás la oportunidad de ser escuchado.

Si Aggra lo hubiera golpeado, Thrall no se habría quedado más aturdido. Dio un paso atrás, mientras daba vueltas a aquellas palabras. Era algo que nunca había expresado en voz alta pero que se había preguntado muchas veces, a altas horas de la noche, cuando no conciliaba el sueño. Sabía, en lo más hondo de su corazón, que debía ir a Nagrand y que había tomado la mejor decisión que podía tomar, dada la situación. Pero… si se hubiera quedado a hablar un poco más con Cairne… ¿qué habría pasado? Aggra tenía razón… por mucho que lo fastidiara.

—Siempre he sido capaz de escuchar a aquéllos que no estaban de acuerdo conmigo. ¡Acuérdate de las reuniones que he tenido y sigo teniendo con Jaina! Ella no siempre está de acuerdo conmigo y jamás refrena su lengua.

Aggra resopló.

—Es una hembra humana. ¿Qué sabrá ella sobre cómo hay que criticar a un orco? Jaina Proudmoore no es una amenaza ni un desafío para ti — dijo, frunciendo el ceño meditabunda—. Como tampoco lo era Taretha.

—Pues claro que no me desafiaba. ¡Era mi amiga!

El enfado de Thrall iba aumentando ahora que la orco había sacado a Taretha Foxton a colación en medio de esta extraña pelea que Aggra parecía dispuesta a tener con él. Una muchacha humana, llamada Taretha, se había convertido en su amiga cuando era sólo una niña; de adulta, había encontrado la manera de ayudarlo a escapar y abandonar su vida como gladiador, como esclavo de un humano, de un tal Lord Aedelas Blackmoore. Al final, Taretha había pagado con su vida aquella proeza.

—¡Muy pocos en este mundo se han sacrificado tanto por mí y eso que sólo era una mera humana!

—Tal vez ése sea el problema, Go’el, tal vez eso sea lo que inquieta a los demás de ti. Las mujeres más importantes de tu vida han sido todas humanas.

El orco entornó los ojos.

—Será mejor que contengas tu lengua.

—Oh, una vez más me demuestras que es cierto lo que afirmo: eres incapaz de escuchar una crítica. ¡Prefieres mandarme callar en vez de escucharme!

Aquella afirmación contenía bastante verdad y eso le dolió. Haciendo un gran esfuerzo, Thrall respiró hondo e intentó contener su ira.

—Ve al grano: ¿qué estás insinuando?

—Llevo muy poco tiempo en Azeroth y ya he escuchado esos rumores. Me siento terriblemente ultrajada al oírlos y seguramente tú te sentirás igual. Las habladurías dicen que Jaina y tú son pareja o que incluso fuiste amante de Taretha; supongo que se decantan por una u otra dependiendo del tipo de cerveza que haya en el barril —le contó con un tono de voz plagado de rabia e indignación; no obstante, Thrall no estaba seguro de si la causa de esa rabia era él mismo o esos rumores aunque, en realidad, le daba igual.

—Te estás adentrando en un terreno peligroso, Aggra —rezongó—. Jaina Proudmoore es una mujer fuerte, corajuda e inteligente que ha arriesgado su vida para ayudarme. Taretha Foxton era igual que ella… pero tuvo la mala fortuna de perder la vida. ¡No pienso permanecer impertérrito mientras lanzas infamias repletas de prejuicios en su contra sólo porque no eran orcos!

Thrall se había acercado a ella y su rostro se encontraba a sólo unos centímetros del de Aggra, quien no se acobardó, sino que simplemente alzó una ceja.

—No me has escuchado bien, Go’el. Sólo te he contado lo que dicen los rumores. Yo no he afirmado que los crea. Ni tampoco he dicho nada en contra de esas mujeres salvo que no sabían cómo hay que criticar a un orco. Como mucho, me han demostrado que los humanos son capaces de inspirar respeto. Pero no son orcos, Thrall, y tú no eres humano ni tampoco sabes cómo asumir las críticas de una mujer de tu especie. O quizá no seas capaz de asumir las críticas de nadie.

—¡No me puedo creer que esté oyendo esto!

—¡Yo tampoco porque, hasta ahora, no has escuchado nada!

Ambos estaban levantando la voz. Thrall era consciente de que sus insignificantes refugios no suponían una gran barrera para aquella discusión y de que los demás iban a poder escuchar lo que decían. No obstante, Aggra insistió.

—Hasta hace poco, te has estado escondiendo bajo las responsabilidades que conllevaba tu cargo de jefe de guerra. Por eso ahora te está costando tanto adaptarte a tu nueva vida —entonces acercó aún más su cara a la de Thrall y dijo entre siseos—. Nunca has dejado de ser un esclavo. Ahora lo eres de la Horda. Eres un esclavo de lo que crees que es tu deber. Y usas esas obligaciones como un escudo… como una barrera para protegerte de las tinieblas, de la culpa, del miedo y de lo que podría pasar. Cuando, en realidad, eres dueño de tu propio destino… las riendas de tu futuro están en tus manos, no dependen de nadie más. Siempre estás pensando en el futuro, pero no te tomas tu tiempo para meditar sobre lo lejos que has llegado, sobre el hecho de que tu vida ha sido extraordinaria. Planteas estrategias para el mañana, pero ¿qué pasa con el presente? ¿Con este momento… con las pequeñas cosas de la vida…?

En ese instante, Aggra se relajó; la compasión reemplazó a la ira en su mirada y con una sorprendente delicadeza lo agarró de la mano.

—¿Qué piensas hacer con estas poderosas manos?

Irritado, Thrall apartó la mano. Ya había tenido más que suficiente. Primero, había tenido que soportar las críticas del Anillo de la Tierra y ahora las de Aggra, quien se suponía que debía estar a su lado apoyándolo. Entonces, le dio la espalda y se encaminó a la salida.

Sin embargo, Aggra siguió hablando.

—Sin la Horda, no sabes quién eres, Go’el —afirmó.

Como siempre, se refería a él con el nombre que le habían dado sus padres; un nombre que él mismo nunca había utilizado, pues se lo había otorgado una familia que nunca había llegado a conocer. De repente, a pesar de que ella lo había usado un millar de veces antes, Thrall se enfureció al escucharlo.

—¡Yo no soy Go’el! —bramó—. ¿Cuántas veces he de decirte que no me llames así?

La orco ni se inmutó.

—¿Lo ves? —dijo, con un tono de voz muy triste—. Si no sabes quién eres, ¿cómo vas a saber qué debes hacer?

Thrall no respondió.

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2 comentarios

    • Jaina la Frost Queen el 4 julio, 2019 a las 10:45 am
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    Si pusieran estos ultimos libros que han estado publicando por capitulos disponibles para descarga fuera mejor.

    1. No puedo, dan problemas las descargas acá en reflejos, ya los puse una vez en pdf, otra en zip y siempre era un problema u otro, la gente no lo podía descargar, bueno publicados acá se soluciona el problema y se cumple unos de los principales objetivos del blog, que la gente acceda a él y comparta.

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