Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Veintiséis

Jaina Valiente: Mareas de GuerraEn cuanto asimiló todo lo que el troll le había contado, Garrosh se había subido a su temible lobo y había cabalgado lo más deprisa posible a Bahía Bladefist.

Como los barcos aún no habían llegado, para sorpresa y agrado del pequeño y verde capitán, asumió el mando del navío goblin que parecía hallarse amarrado permanentemente ahí. La nave avanzó traqueteando con Garrosh, Malkorok y muchos otros a bordo para encontrarse con los demás navíos que venían del Fuerte del Norte.

Aunque la nave llamó la atención, por fortuna, aún no se hallaba a tiro de la Alianza.

—¡Más rápido! —exigió Garrosh.

Pero eso no fue posible porque no había ningún chamán a bordo para obligar a los océanos a obedecer. El líder de la Horda ansiaba colocarse junto a una de esas naves enemigas para abordar su cubierta y masacrar a miembros de la Alianza pero, de momento, eso no era posible. Aún no. Rugió, presa de la frustración, en cuanto el enemigo acabó brutalmente con el primer Valiente barco de la Horda. Contempló cómo se hundía, partido en dos y envuelto en llamas, y la ira se apoderó de él.

A pesar de que la noticia lo había sorprendido, Garrosh se había recuperado rápidamente del impacto. Aunque la flota de la Horda se hallara dispersa por todo Kalimdor, su arma secreta podía ser utilizada en cualquier parte. Pese a encontrarse superados en número de una manera muy clara, sabía que pronto la venganza sería suya.

Mientras el barco goblin traqueteaba audazmente hacia la flota de la Alianza, Garrosh se echó a reír al comprobar que varias naves de la Alianza quedaban, súbitamente, rodeadas de niebla.

—Sí, que teman lo que les espera —le comentó a Malkorok—. Que sientan el terror de no saber qué hacer… hasta que contemplen nuestro verdadero poder.

—Cómo me gustaría enfrentarme a Varian en su propio navío —rezongó el orco Blackrock—. No tendría una muerte rápida ni honorable.

—Sólo se merece sobrevivir a todos los que lo acompañan para que pueda ser testigo de cómo desesperan y mueren —añadió Garrosh.

Algunos de los barcos de la Alianza se las habían arreglado para evadirse de la niebla y otros se hallaban lejos de ella. La flota enemiga avanzaba veloz hacia los tres navíos de la Horda que aún quedaban pero, en cuanto el navío goblin se colocó en paralelo al Partehuesos, Garrosh y los demás pudieron saltar a la cubierta de la otra nave con suma facilidad; el Jefe de Guerra permanecía tranquilo, incluso preparado para todo.

—Invóquenlos —fue lo único que le dijo al capitán.

El troll obedeció y, pronto, el grito de «¡Invóquenlos! ¡Invóquenlos!» fue pasando de un barco a otro. La batalla prosiguió y el humo de los cañonazos se extendió por doquier. En casi todas las cubiertas, los combatiente de la Horda se hallaban muertos o desangrándose, empalados por crueles astillas de madera del tamaño de un antebrazo humano. Los sanadores corrían de aquí para allá, atendiendo a todos los que podían mientras intentaban no convertirse en una baja más.

La superficie del océano, que ya se encontraba muy embravecido tras ser mancillado por las balas de cañón, los abusos de los chamanes y los desechos y restos de la batalla, se fue agitando aún más. Una espuma blanca bulló y, entonces, algo explotó en sus entrañas.

La tripulación del desafortunado barco de la Alianza sólo tuvo tiempo de quedarse boquiabierta de horror cuando la criatura atacó. Unos enormes tentáculos azotaron al poderoso navío y se cerraron en torno a él en una siniestra parodia de un abrazo cariñoso. El kraken… sí, eso era… apretó y apretó. y el barco se hizo astillas. Garrosh echó la cabeza hacia atrás y se carcajeó.

Otros monstruos se alzaron desde el frío corazón del océano. Como, a pesar de hallarse furiosos por haber sido esclavizados, no podían descargar su ira contra sus amos, volcaron su cólera sobre las naves de la Alianza. Sus serpenteantes tentáculos cogían y agitaban a los barcos y, a veces, lanzaban de aquí para allá los restos de los navios que habían destrozado. Los soldados de la Alianza, sin importar de qué raza fueran, se tambalearon, gritaron y cayeron de sus destrozados barcos hacia las aguas turbulentas, donde los krakens los devoraron.

—¡Vamos, Malkorok! —Exclamó Garrosh—. Acabemos con unas cuantas vidas de la Alianza con nuestras manos. ¡Los krakens son unas herramientas muy poderosas, pero no deseo que todos mis enemigos se conviertan en comida para peces!

—Estoy contigo, como siempre, Jefe de Guerra —replicó el orco Blackrock. Por delante de ellos, sólo quedaba un barco de la Alianza que, por ahora, había logrado esquivar a los krakens. Había virado bruscamente y, en vez de disparar sus cañones de estribor contra el resto de barcos de la Horda, había centrado toda su atención en acabar con uno de los krakens.

—¡Capitán, llévanos hasta ahí! —gritó—. ¡Ansío probar la sangre de la Alianza!

El capitán obedeció encantado y, tras echar un vistazo nervioso a esas cosas negras y azuladas, brillantes y sumergidas en parte, que agitaban el agua, se colocó en paralelo al lado de babor del León de las Olas de la Alianza. Pese a que parte de la tripulación vociferó una advertencia, casi toda su atención estaba centrada en el lado de estribor. Con una agilidad impropia de su enorme tamaño y su colosal peso, dos orcos cruzaron de un salto la distancia que separaba ambos navíos y la lucha se encarnizó aún más.

Malkorok agitaba su arma en el aire al saltar sobre la cubierta del León. Un sacerdote draenei, que se hallaba absorto en sus tareas de sanación para curar a la tripulación, encontró la muerte sin ni siquiera percatarse de esa amenaza. Gorehowl cantó su espeluznante canción de masacre, anunciando así la presencia de Garrosh al mismo tiempo que le cortaba su peluda cabeza a un huargen. De improviso, el orco intuyó que había algo a sus espaldas y se giró blandiendo a Gorehowl; ésta impactó contra la descomunal hacha de un amenazador demonio. En la espantosa cara gris del guardia vil se dibujó una amplia sonrisa compuesta de dientes amarillentos.

Garrosh estalló en carcajadas.

—Mi padre mató a un demonio mucho más grande que tú —comentó sarcásticamente.

El guardia vil se rió a su vez, con unas carcajadas tenebrosas y siniestras.

—Disfruta mientras puedas —replicó con una voz atronadora.

Ambas hachas chocaron una y otra vez. Aunque el guardia vil era enorme y muy poderoso, Garrosh luchaba animado por su orgullo familiar. Se imaginó a su padre luchando contra Mannoroth, uno de los más poderosos señores del foso que jamás habían existido, y pensó en los colmillos que portaba en sus hombros marrones en su recuerdo. El guardia vil dejó de reírse abruptamente y frunció el ceño en cuanto Gorehowl se clavó en su torso gris. Después, recibió otro hachazo y otro y otro… hasta que el guardia vil cayó despedazado sobre la cubierta.

—¡Jefe de Guerra! —Exclamó Malkorok, de cuyas armas goteaba un líquido escarlata y a cuyos pies yacían no menos de cuatro cadáveres—. ¡Detrás de ti!

El líder de la Horda a duras penas logró girarse lo bastante rápido como para protegerse con Gorehowl del enorme humano de pelo negro e imposiblemente rápido que se acercaba a él, blandiendo una espada gigantesca… sí, era Shalamayne. Varían profirió un agudo y furioso aullido, más propio del lobo fantasma del que había recibido su nombre que de un humano. Garrosh gruñó en cuanto esa espada única le hizo un tajo en el brazo y lo hizo sangrar. No obstante, logró detener el golpe a tiempo como para evitar que el corte fuera más profundo y, acto seguido, empujó con fuerza. Varian se trastabilló hacia atrás, pero Shalamayne volvió a arremeter contra él.

—¡Los ancestros nos bendicen! —Gritó Garrosh—. ¡Sabía que morirías hoy, pero no esperaba tener la suerte de ser quien te asesinara!

—Me sorprende que tengas agallas para enfrentarte a mí —rezongó Varian—. Te has vuelto muy cobarde desde la última vez que nos vimos. Primero enviaste a los magnatauros, luego a los elementales y, por último, a los krakens a hacerte el trabajo sucio. ¿Acaso también corriste a esconderte cuando lanzaste la bomba de maná? ¡Seguro que te hallabas a una distancia segura!

Gorehowl volvió a cantar, trazando un arco bajo, cuya intención era cercenarle las piernas a Varian. El humano saltó y giró en el aire. Gorehowl estuvo muy cerca de decapitarlo, pues el Jefe de Guerra elevó en ese momento su hacha.

—Y tú eres más lento que la última vez que nos vimos —comentó Garrosh despectivamente—. Te haces viejo, Varian. Tal vez deberías dejar que el llorica de tu hijo sea rey. En cuanto los krakens hayan reducido a astillas tus poderosos barcos, marcharé sobre Stormwind. ¡Capturaré a tu querido muchacho, lo encadenaré y lo obligaré a desfilar por Orgrimmar!

Su estrategia consistía en enfurecer al rey de Stormwind para que el humano estallara de furia y luchara de manera desquiciada en vez de como debía. Pero, para su asombro, Varian se limitó a sonreír y esquivar el hacha enemiga, mientras cavilaba sobre cuál iba a ser su siguiente paso.

—Anduin quizá te sorprendería —afirmó—. Incluso los amantes de la paz desprecian a los cobardes.

Garrosh, de repente, se cansó de provocarlo.

—Hemos luchado ya en tres ocasiones y la primera debería haber sido la última —rezongó el líder de la Horda—. Esta vez morirás… así como perecerá todo cuanto amas.

Garrosh cargó, blandiendo a Gorehowl, pero Varian se apartó grácilmente. El orco lo siguió, dejándose de sutilezas y estrategias. Todo su mundo se había reducido a éste solo hombre y su inminente muerte. Justo cuando ambos se hallaban enzarzados, con sus rostros a sólo unos centímetros de distancia, salieron volando por los aires abruptamente.

Garrosh agitó los brazos en el aire, aferrándose aún a Gorehowl y haciendo gala de una férrea voluntad. Se estrelló contra la cubierta y, de repente, se encontró resbalando por ella. Entonces, oyó un colosal crujido y, acto seguido, estaba cayendo hacia la superficie azul del océano. Su armadura ya no le confería ninguna ventaja, sino más bien al contrario. Se hundió a plomo mientras diversos pedazos y trozos del León de las Olas amenazaban con sepultarlo en el lecho oceánico.

El líder de la Horda se negó obstinadamente a rendirse ante lo que parecía ser una muerte segura. Aferrando aún el arma de su padre, utilizó los restos de barco que se hundían en su provecho y se fue encaramando a un fragmento tras otros mientras éstos eran arrastrados por la corriente. A pesar de que se sintió como si le fueran a reventar los pulmones, siguió adelante con la cara vuelta hacia la luz hasta que emergió a la superficie y paladeó el dulce aire, tosiendo violentamente.

Unas manos lo agarraron y tiraron de él hacia arriba para guiarlo hacia una escalera de cuerda que habían lanzado desde el lateral de uno de los barcos (aunque no sabía de cuál). Subió por la escalera, sin soltar en ningún momento a Gorehowl, hasta que pisó la cubierta trastabillando.

—¡Jefe de Guerra! —exclamó Malkorok, quien también había sobrevivido. Los dos se dieron sendos golpes en los brazos mutuamente.

—V-Varian —jadeó Garrosh—. ¿Qué ha sido de él?

—No lo sé —respondió el orco Blackrock—. ¡Pero mira!

Pese a que todavía seguía tosiendo agua de mar, Garrosh se volvió para contemplar el lugar al que Malkorok señalaba y, entonces, se sintió henchido de orgullo.

Allá donde mirase, los barcos de la Alianza se hallaban destrozados, ardiendo o resistiendo desesperadamente el ataque de los krakens. Las aguas estaban repletas de escombros procedentes de decenas de navíos. El Jefe de Guerra echó la cabeza hacia atrás y rugió victorioso.

—¡Contemplad el poder de la Horda! —vociferó—. ¡Aunque el enemigo contaba con docenas de barcos, los hemos vencido con sólo cuatro barcos! ¡Por la Horda! ¡Por la Horda!

* * *

Kalecgos sostenía a Jaina delicadamente con su pata delantera derecha mientras la maga sostenía el Iris de enfoque contra el pecho. Se dirigían al norte. Jaina no estaba muy segura de por qué deseaba tanto ver la capital de la Horda, pero Kalec claramente confiaba en que había cambiado de parecer y no objetó nada. ¿Acaso quería cerciorarse de que todavía había inocentes en esa ciudad y de que había decidido lo correcto? ¿Acaso deseaba tentar a la suerte para ver si, por casualidad, veía a Garrosh y podía lanzarle una descarga que lo desintegrara? No lo tenía nada claro.

A sus pies, siguiendo obedientemente y manteniendo el mismo ritmo de vuelo que el dragón, se encontraban los elementales del agua unidos, a los que podía invocar y hacer desaparecer cuando quisiera. Además, Kalec tampoco le había pedido que le devolviera el Iris de enfoque. Jaina le estaba más agradecida por la inquebrantable confianza que había depositado en ella, de manera discreta y silenciosa, de lo que jamás podría imaginar.

Siguieron ascendiendo y dejaron atrás las Islas del Eco y la Costa de la Huida, un nombre muy adecuado dadas las circunstancias, donde Jaina invocó a unos cuantos elementales furiosos y fuera de control para que se sumaran a sus hermanos. Se sumió en una honda tristeza y se encolerizó por culpa de los restos que halló ahí, aunque eran antiguos. Entonces, deseó saber hacia dónde había decidido Varian dirigir el ataque de la Alianza.

En cuanto se aproximaron a la Bahía de Bladefist, Jaina profirió un grito ahogado y se le desorbitaron los ojos, presa de la conmoción y el horror. La flota que ella creía que debía de estar atacando Bastión Feathermoon o Costa Oscura se encontraba ahí. Y… estaba siendo atacada.

Yo podría haber destruido a esa flota, pensó. Si hubiera enviado esa colosal ola… habría destruido Orgrimmar y a toda la flota de la Alianza…

La náusea la embargó y se sintió muy agradecida a Thrall y Kalecgos. Pero, ahora, no había tiempo para sentirse frágil y débil. Tenía que actuar, ya que la flota no se hallaba bajo el ataque de sólo unos barcos de guerra de la Horda. Al parecer, Garrosh había invocado a los krakens para que acabaran con esa flota en su nombre. Al igual que había hecho con los gigantes fundidos del Fuerte del Norte y la bomba de maná en Theramore, seguía actuando cobardemente, imponiendo su voluntad sobre el mundo natural o las reliquias mágicas para que lo obedecieran, mancillándolas de este modo.

—¡Vuela más cerca! —le gritó a Kalecgos.

Kalec plegó las alas y cayó en picado. Volvió a abrirlas justo a tiempo y estuvo a punto de salpicárselas mientras planeaba velozmente sobre esas aguas casi rozando las olas. Jaina sostenía el Iris de enfoque muy pegado a su cuerpo, al mismo tiempo que murmuraba un encantamiento y movía los dedos de su mano libre.

* * *

Varian se apartó el pelo mojado de los ojos, que le picaban por culpa del agua de mar. Se aferró a los restos de un barco (aunque no sabía a cuál) e intentó evaluar la situación.

Muchas naves se habían hundido, víctimas del abrazo furioso de los krakens. Había observado, impotente, cómo los marineros que lograban emerger a la superficie y llegar a la orilla o a un navío eran rodeados por relucientes y viscosos tentáculos que los arrastraban hasta las fauces de esas criaturas.

No tenía ni idea de qué había sido de Telda o del brujo de pelo blanco o de la valiente tripulación del León de las Olas. Amargamente, tuvo que admitir que se estaba engañando a sí mismo. Sabía, porque lo había visto, presa de la impotencia, que algunos de ellos habían sufrido un final violento. La única esperanza que ahora podía albergar era que Garrosh y ese descomunal orco Blackrock estuvieran haciendo compañía a esa buena gente en las tripas de algún kraken.

Entretanto, unos pocos barcos que seguían intactos seguían disparando contra esas bestias marinas. Pero, por la Luz, había tantas de esas malditas cosas y cada una de ellas causaba tal terror… Los gritos y los crujidos de la madera rasgaron el aire. Se percató de que el pánico y la desesperación trataban de apoderarse de él y reprimió esos sentimientos inútiles sin miramientos, pues ahora no le servirían de nada; ni siquiera la ira lo ayudaría. Saltó hacia los restos de otra nave, con los ojos clavados en uno de los navíos supervivientes. Aun sabiendo que sería un blanco fácil para una bola de cañón perdida lanzada por uno de sus propios barcos y un pequeño bocado para esos grandes monstruos, logró, haciendo gala de una férrea voluntad, acercarse bastante a una nave llamada la Dama del Océano. Se llevó ambas manos a la boca para utilizarlas a modo de altavoz y gritó.

Un huargen que corrían por la cubierta lo escuchó y giró sus sensibles orejas. Se acercó a grandes zancadas hacia un lado del barco y se inclinó, agitando en el aire uno de sus fuertes brazos lupinos.

—¡Majestad! Enviaremos a alguien a.

—¡Retírense! ¡Ya! —Gritó Varian. Si se quedaban a luchar con los krakens, lo único que quedaría de la antaño poderosa flota de la Alianza sería una lista de nombres y muchas familias afligidas—. ¡Ésas son mis órdenes! ¡Retírense todos! ¡Que no se quede nadie!

—Podemos enviar un.

—¡No! Llegaré a la orilla, al igual que el resto de los nuestros —replicó Varian a voz en grito—. ¡Llevense los barcos y busquen un lugar seguro mientras aún puedan!

Aunque el huargen parecía desolado y agachó las orejas pesaroso, asintió. Unos instantes después, la Dama del Océano se giró lentamente hacia babor en dirección hacia el este de vuelta a su hogar, a Stormwind.

Sin embargo, los krakens no los dejaron marchar. Varian observó, sin poder hacer nada, cómo los krakens seguían a la naves que huían. Después de todo, la victoria de la Horda sería total.

Varian arqueó la espalda hacia atrás y lanzó un aullido salvaje, plagado de furia y pesar. ¡Eso no podía… no debería… estar pasando! ¡El enemigo sólo había contado con cuatro navíos! Aun así, Garrosh había vuelto a ganar.

Además, Varían no podría volver tranquilamente a la orilla, tal y como le había dicho al huargen con el fin de tranquilizarlo, para poder sobrevivir y seguir luchando otro día. Pero ahora… ahora ya no le quedaba nada. Ni siquiera la esperanza. Sólo tener una gloriosa muerte, en la que se llevaría por delante a tantos enemigos como fuera posible. Los krakens no se iban a dar únicamente un festín de carne de la Alianza.

Aún contaba con Shalamayne, la cual tenía desenvainada y aferraba con firmeza, Miró a su alrededor, en busca de cualquier combatiente de la Horda que, al igual que Varian, hubiera hallado un aplazamiento a su sentencia de muerte en forma de fragmento de barco al que aferrarse. Ahí… ahí, un tauren empapado se agarraba a un trozo de madera curvada que, por lo visto, había formado parte de un casco. Intentaba encaramarse a él, pero no podía. Gruñendo, Varian se abalanzó sobre él, como un gato, y aterrizó directamente sobre los escombros flotantes. Acto seguido, arremetió con su espada. La sangre manó a borbotones, salpicándolo y añadiendo un sabor cobrizo al regusto a sal que tenía en la boca.

Uno.

El rey de Stormwind buscó otro objetivo. En ese momento, una sombra cayó sobre él. Alzó la vista y divisó la silueta de.

¿Un dragón?

El agua a su alrededor se elevó en el aire, adoptando una determinada forma. Un ser azul verdoso con una pequeña cabeza, una mirada torva y las muñecas encadenadas se mecía sobre las olas. Era un elemental del agua. no, no, eran cientos de ellos, que danzaban súbitamente sobre la superficie del océano.

Arremetieron contra los krakens que atacaban a la flota de la Alianza. Uno de esos monstruos, que había emergido tanto como para que sus gigantescos ojos planos pudieran verse, profirió un horroroso y espeluznante aullido al caer sobre él decenas de elementales resueltos y decididos. De repente, Varian saltó de los escombros sobre los que se hallaba tras impactar un tentáculo contra el agua de un modo ensordecedor. Tras darse cuenta de que se encontraría más a salvo bajo el océano que en la superficie, Varian llenó los pulmones y buceó.

Lo que vio era un asombroso espectáculo. El gargantuesco kraken agitó descontroladamente sus descomunales tentáculos a la vez que los elementales más pequeños se arremolinaban en torno a él. Unos incongruentemente hermosos jirones de color rojo oscuro tiñeron el agua a medida que los elementales iban despedazando, literalmente, a aquel kraken. Varían se alejó nadando de los escombros y se adentró en mar abierto. Mientras tanto, otro kraken luchaba por su vida; sin lugar a dudas, su perezoso cerebro estaba más sorprendido que aterrado ante el hecho de que algo se atreviera a atacarlo. Otro flotaba en la superficie junto a dos de sus extremidades cercenadas que flotaban cerca de él.

Varian tuvo la sensación de que le iban a estallar los pulmones e inició el ascenso nadando con fuerza. En cuanto emergió a la superficie y dio una bocanada al aire, algo lo agarró de repente y se lo llevó por los aires. Intentó liberarse, pero entonces alguien que poseía una voz muy familiar le gritó:

—¡Varian!

Claro… los elementales del agua… Entonces, se giró en la garra del dragón Azul y vio que ella se encontraba en la otra pata delantera del leviatán. El viento le azotaba su blanco pelo y sus ojos seguían teniendo ese extraño fulgor Arcano. Sin embargo, había algo en ella… cierta tristeza, cierta resignación que se reflejaba en su rostro, al igual que una suerte de paz que no había visto ahí previamente.

La maga señaló hacia abajo y el rey negó con la cabeza al ver aquel espectáculo. Ya no quedaba ningún barco de la Horda, aunque pudo ver a muchos de sus enemigos congregados en la orilla, dispuestos a seguir con la batalla ahí si algún rezagado sobrevivía. Los ocho krakens ya no eran una amenaza. Sus colosales cadáveres se mecían sobre las olas, reluciendo bajo la luz del sol. Varian sintió una honda tristeza al comprobar que esas grotescas criaturas habían destruido un gran número de barcos, aunque aún quedaban muchos.

Los elementales del agua, que todavía se plegaban a la voluntad de Jaina y parecían tan pequeños desde allá arriba, aguardaban sus nuevas órdenes.

—Has atacado a los krakens —señaló—. Y no Orgrimmar.

—Así es —replicó Jaina.

El rey esbozó una leve sonrisa.

—Has salvado la flota, Jaina. Gracias. Y, ahora, si este bondadoso dragón me hace el favor de dejarme a bordo de uno de mis barcos… ¡vayamos al Fuerte del Norte!

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