Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Veintitrés

Jaina Valiente: Mareas de GuerraHabía sido la propia Jaina quien había diseñado esa estatua. Ella misma la había pagado y había escogido al artista. Ahora, Antonidas vigilaba la ciudad por la que había sacrificado su vida. Se había lanzado un hechizo sobre la efigie de su amigo para que flotara a un metro de la hierba. Bajo la estatua de aquel gran hombre había una placa que decía:

ARCHIMAGO ANTONIDAS, GRAN MAGO DEL KIRIN TOR, LA GRAN CIUDAD DE DALARAN SE ELEVA DE NUEVO COMO TESTAMENTO DE LA TENACIDAD Y LA VOLUNTAD DE SU HIJO

MÁS IMPORTANTE. TUS SACRIFICIOS NO SERÁN EN VANO, QUERIDO AMIGO.

CON AMOR Y HONOR, JAINA VALIENTE.

Jaina se encontraba ahora pisando esa suave hierba verde mientras alzaba la vista para contemplar a su amigo. El talentoso escultor había sido capaz de capturar la mezcla de severidad y bondad tan propia de Antonidas. En una de sus manos, giraba incesantemente un pequeño orbe de energía mágica que centelleaba. En la otra portaba a Archus, su gran báculo.

Jaina seguía escondiendo el libro en su capa para que nadie pudiera verlo. Entonces, lo tocó y notó su reconfortante solidez, a pesar de que se hallaba envuelto en aquella tela.

Los recuerdos la asaltaron con facilidad, aunque en gran parte no le resultaron para nada dolorosos, pues se hallaba bajo la sombra de la estatua de su mentor. Aquel hombre la había considerado una promesa de la magia y le había enseñado con alegría, entusiasmo y orgullo. Recordó las largas conversaciones que había mantenido con él sobre materias esotéricas y las sutilezas de la magia, como la posición de los dedos y el ángulo que debía conformar el cuerpo. En esa época, tanto él como ella habían estado muy seguros de que en Dalaran progresaría mucho y que llegaría a ocupar un puesto importante en el Kirin Tor, así como de que esa hermosa ciudad sería su hogar.

La leve sonrisa que se había dibujado en sus labios se esfumó. Habían pasado tantas cosas, quizá demasiadas. Se aferraba a la esperanza de que, de algún modo, su mentor hubiera logrado superar el umbral de la muerte para guiarla hasta ese libro que le indicaría, con suma precisión, cómo debía utilizar el Iris de enfoque. Esperaba que bendijera su empresa. Seguro que lo habría hecho si hubiera visto lo que ella había visto.

De repente, notó un leve toque en el hombro que provocó que se sobresaltara y soltara el libro envuelto en la capa. No obstante, logró cogerlo en el último segundo antes de que se le cayera y se volvió.

—Lo siento, no pretendía sobresaltarte —dijo Kalecgos.

Al instante, la paranoia se adueñó de ella.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —inquirió, intentando mantener un tono de voz sereno y normal.

—Regrese al Nexo después de que… de que te marcharas. Percibí tu llegada a Dalaran desde ahí —contestó, mientras la tristeza se reflejaba en sus ojos azules—. Creo que puedo adivinar por qué has venido aquí.

La maga apartó la mirada.

—He venido a pedir ayuda al Kirin Tor, para que me ayuden a luchar contra la Horda después de lo que ésta le hizo a Theramore, pero no han accedido a mi petición.

El dragón titubeó por un momento y dijo a continuación:

—Jaina… yo también fui a Theramore. Si la bomba cayó sobre la ciudad, y ambos sabemos que así fue, entonces el Iris de enfoque debería haber estado también ahí. Sin embargo, cuando llegué, había desaparecido.

—Seguro que la Horda envió a alguien a recogerlo —afirmó Jaina—. Tuve que luchar contra varios de sus miembros cuando volví a la ciudad.

—Es lo más probable —admitió.

—¿Aún puedes percibirlo? —le preguntó.

—No. Pero, si hubiera sido destruido, lo sabría. Eso sólo puede significar que, una vez más, un poderoso mago lo está escondiendo de mí. y, esta vez, lo está haciendo incluso mejor. Y como trágicamente ya hemos podido comprobar, si sigue existiendo, podría ser utilizado para causar un gran daño en este mundo.

Así que… su hechizo de ocultamiento había funcionado.

—Entonces, será mejor que lo busques.

A pesar de que no le gustaba mentirle, sabía que no lo iba a entender. ¿O… quizá sí? Si había vuelto a Theramore… si había visto lo que ella había visto… tal vez compartiera sus sentimientos.

—Kalec… el Kirin Tor no me va a ayudar. Una vez dijiste que lucharías por mí… por la señora de Theramore. Theramore ya no existe. Pero yo sigo aquí. —De manera impulsiva, cogió al dragón de la mano y éste, a su vez, sostuvo la suya con fuerza—. Ayúdame, por favor. Tenemos que destruir a la Horda. Sabes que esto sólo ha sido el principio.

Jaina pudo ver reflejado en el rostro de Kalec la lucha que se estaba librando en su alma; entonces, comprendió lo mucho que le importaba al dragón. Tanto como él le importaba a ella, como acababa de darse cuenta. Sin embargo, no era el momento adecuado para la gentil dulzura del cortejo y el romance. Mientras la Horda siguiera existiendo, mientras fuera capaz de hacer cosas tan espantosas, no habría hueco para el amor. Necesitaba todas las armas que fuera capaz de encontrar y tenía que cerrar las puertas de su corazón, a pesar de que eso iba en contra de sus propios deseos.

—No puedo hacerlo, Jaina —respondió, con un tono de voz plagado de dolor—. Es ese… odio implacable que sientes el que habla… no tú. La Jaina que yo conocí aún ansiaba la paz. Aún intentaba entender al enemigo, incluso mientras se preparaba para defender a los suyos. No me puedo creer que de verdad quieras hacer lo mismo que ellos hicieron en Theramore, que quieras que la Horda sufra ese mismo horror. Ninguna persona cuerda y de buen corazón desearía que le sucediera eso a nadie.

—Así que crees que he perdido la cabeza, ¿no? —replicó serenamente (aunque estaba furiosa), al mismo tiempo que le soltaba la mano.

—No —respondió Kalec—, pero estás demasiado afectada por lo que ha sucedido como para poder decidir cuál va a ser tu próximo paso de un modo sabio. Creo que te dejarías llevar por el dolor y la ira. Nadie te reprocha que te sientas así. ¡Pero no deberías hacer nada mientras te encuentres sumida en un estado mental tan irracional! Te conozco y sé que te acabarías arrepintiendo.

La maga entornó los ojos y retrocedió.

—Sé que te preocupas por mí y que me dices todo esto por mi propio bien. Pero te equivocas. Yo soy así. Cuando la Horda lanzó esa maldita bomba sobre mi ciudad, me convirtió en la persona que ahora tienes ante ti. ¿No quieres ayudarme? ¿No eres capaz de escuchar esas voces que exigen a gritos justicia? Vale. No me ayudes. Pero, hagas lo que hagas, no te interpongas en mi camino.

El dragón hizo una profunda reverencia en cuanto la maga se volvió y se marchó, aferrando el libro… el libro que Antonidas había protegido mágicamente, el libro que la ayudaría a lograr que los muertos descansaran en paz, el libro que le ofrecería el poder necesario para conseguir que la Horda probara en sus propias carnes lo que le había hecho… a su corazón.

* * *

La Posada de Cerrotajo estaba haciendo mejor caja que nunca y eso a Grosk, el posadero, le parecía estupendo. Cerrotajo siempre había sido una ciudad violenta y salvaje, frecuentada por soldados y visitantes que nunca se quedaban mucho tiempo. Mientras las celebraciones prosiguieran en Orgrimmar, seguiría entrando mucha gente a comer y beber grog a todas horas. Grosk pensó (mientras «limpiaba» los vasos con su desgana habitual): Ya era hora de que recibiera algunas migajas de la riqueza de la capital. Por otro lado, tenía que reconocer que en su local no se alababa ni halagaba precisamente la política de Garrosh pero, bueno, ¿eso qué más daba? En su día, la gente también se quejaba de Thrall. A la gente le encantaba quejarse. El hecho de que los clientes estuvieran descontentos con el Jefe de Guerra, el tiempo, las guerras, las otras razas de la Horda, la Alianza y sus respectivas parejas era bueno para el negocio. Por alguna razón se solía decir que uno iba a una taberna a «ahogar las penas».

Como su pequeña y mugrienta posada estaba llena hasta los topes con todas las razas de la Horda, Grosk tenía la sensación de que la vida le sonreía.

Hasta que aparecieron los Kor’kron.

Ocuparon toda la puerta de tal modo que el oscuro local se volvió aún más oscuro, ya que con sus descomunales cuerpos impedían que la luz entrase. Frandis Farley, que se había buscado una excusa cualquiera para beber un trago con Kelantir Bloodblade, se volvió hacia ellos.

—Problemas —susurró Kelantir.

—No tiene por qué —replicó Frandis con un tono de voz igualmente bajo. Antes de que su compañera de tragos fuera consciente de lo que iba a hacer, el no- muerto ya estaba saludándolos y llamándolos animadamente—. ¡Amigo Malkorok! ¿Qué haces por los barrios bajos? Te advierto de que, probablemente, unos meados saben mucho mejor que esta bazofia que nos sirve este granuja de Grosk, pero es algo barato y cumple su función. Vamos, deja que los invitemos a una ronda.

Los Kor’kron miraron a su líder y éste asintió.

—Grosk —dijo Malkorok con un tono de voz muy grave—, bebidas para todos. —Acto seguido, le dio a Frandis una palmada tan fuerte en la espalda que el Renegado estuvo a punto de caerse sobre la mesa—. Debería haber esperado que encontraría aquí a algún tauren o a algún Renegado —añadió, con una sonrisa sarcástica, mientras Grosk se encargaba de tomar unos vasos sucios y una enorme jarra de grog—. Pero he de decir que aquí están bastante fuera de lugar.

—Qué va —contestó Kelantir, entornando los ojos—. He estado en peores lugares que éste.

—Tal vez, tal vez —replicó Malkorok—. Pero, díganme, ¿por qué no están en Orgrimmar?

—Tenemos alergia al hierro —contestó Kelantir.

Por un instante, Malkorok se quedó mirándola muy fijamente. Entonces, echó la cabeza hacia atrás y lanzó unas carcajadas guturales.

—Por lo visto, ustedes y algunos otros más prefieren los ambientes más rústicos —señaló—. Por cierto, ¿dónde están ese joven toro llamado Baine y su perrito faldero Vol’jin? Esperaba poder hablar con ellos.

—Hace tiempo que no los veo —respondió Kelantir, a la vez que ponía los pies sobre la mesa—. No tengo mucho trato con los tauren.

—¿De veras? —Malkorok parecía desconcertado—. Es curioso. Contamos con varios testigos que afirman que Frandis y tú estaban en esta misma posada anoche, conversando con ambos, tanto con el tauren como el otro, así como con otra gente. Nos han informado de que dijeron cosas como: «Garrosh es un necio. Thrall debería regresar y llevarlo a patadas a Undercity. Lanzar esa bomba de maná sobre Theramore ha sido una cobardía».

—Y lo de los elementos —apostilló otro de los Kor’kron mientras cogía la jarra de grog y se rellenaba el vaso.

—Ah, sí, lo de los elementos… comentaron algo acerca de que era una pena que Cairne no hubiera matado a Garrosh cuando tuvo la oportunidad, ya que Thrall nunca utilizaría los elementos de una forma tan cruel e insultante.

La elfa de sangre y el Renegado se quedaron callados. Malkorok insistió.

—Pero, si dicen que no han visto a Baine o Vol’jin recientemente, entonces supongo que esos testigos se han debido de equivocar.

—Por supuesto —afirmó Frandis—. Necesitas mejores confidentes.

—Pues sí —admitió Malkorok—, ya que me resulta obvio que ninguno de ustedes cuestionaría jamás de ese modo a Garrosh y su liderazgo.

—Me alegro de que lo entiendas —dijo Frandis—. Y gracias por las bebidas. ¿Puedo invitarte a la siguiente ronda?

—No, será mejor que nos vayamos. A ver si puedo dar con Vol’jin y Baine ya que, por desgracia para nosotros, no están aquí. —Malkorok se puso en pie y asintió—. Disfruten de esas bebidas.

Ambos observaron cómo los orcos se marchaban. En cuanto los Kor’kron desaparecieron, Kelantir cerró los ojos y suspiró aliviada.

—Ha faltado muy poco.

—En efecto —replicó Frandis—. Por un instante, he creído que nos iba a arrestar o incluso a atacar directamente.

La elfa de sangre se volvió para indicar con una seña que les sirvieran más bebida y, acto seguido, frunció ceño.

—Qué raro —comentó—. Grosk no está.

—¿Qué? ¡Pero si tiene la posada a reventar! Debería contratar a alguien. No puede largarse cuando tiene a varios clientes sedientos esperando a ser atendidos.

Sus miradas se cruzaron. Pese a que no intercambiaron ni una sola palabra, ambos se levantaron a la vez y fueron corriendo hacia la puerta.

Aunque estuvieron a punto de lograrlo, una granada de escarcha los congeló ahí donde estaban. Tres granadas de fragmentación remataron la jugada. La Posada de Cerrotajo explotó.

* * *

El rey Varian Wrynn y el príncipe Anduin se encontraban en una enorme cámara abierta del Castillo de Stormwind conocida como la sala de mapas, debido al enorme mapa que ocupaba casi toda aquella estancia. Dos braseros ardían, proporcionando calor a esa cámara de piedra. Diversas armas de guerra pendían de las paredes; había de todo, desde trabucos a espadas, e incluso tres cañones. Había varias zonas donde se acumulaban grandes pilas de libros sobre estrategia militar pero, por ahora, Varian y el resto de los ahí reunidos tenían puesta toda su atención en el mapa.

En esa estancia, había representantes de todas las razas de la Alianza. El emisario Taluun representaba a los draenei. Broll hablaba por los elfos de la noche y el rey Genn Greymane, por los huargen de Gilneas. También estaba presente Gelbin Mekkatorque, el Manitas Mayor de los gnomos, y tres enanos que pertenecían cada uno de ellos a un clan: el jovial Thargas Anvilmar de los Bronzebeard, el adusto enano Dark Iron Drukan y el alegre Kurdran Wildhammer, que habían aparcado sus diferencias por el momento; incluso Drukan estaba dispuesto a hablar cortésmente y escuchaba con interés.

El bloqueo los afectaba a todos, incluidos a los Reinos del Este. Nadie podía permitirse el lujo de mirar para otro lado cuando se enfrentaban a una amenaza que podía conquistar todo el continente.

Como Varian parecía hallarse perdido en sus pensamientos, Broll se aclaró la garganta. Al instante, Varian alzó la vista e hizo un gesto para indicar a Broll que podía hablar. A continuación, dio la sensación de que volvía a sumirse en sus cavilaciones.

—Voy a hablar en nombre de mi pueblo y estoy seguro de que también en nombre de todos aquellos miembros de la Alianza que han sufrido tanto por culpa de este acto de la Horda —dijo Broll—. Aunque pueda parecer egoísta que recomiende que Costa Oscura sea el primer lugar en ser liberado, debéis de tener en cuenta que allí contamos con varias naves tripuladas por elfos que ahora se encuentran bloqueadas, pero que podrán ayudamos en cuanto sean liberadas. A pesar de las privaciones y apuros que trajo consigo el Cataclismo, sigue siendo un centro de navegación marítima muy importante. Contamos con rutas de navegación que nos conectan con Aldea Rut’theran y Bastión Feathermoon. En cuanto liberemos Costa Oscura, tendremos ventaja sobre el enemigo.

—Nuestros espías nos han informado de que la Horda parece creer que nuestro principal objetivo será romper el bloqueo de Bastión Feathermoon —afirmó Greymane, que sonrió levemente—. Y quiero que sigan pensando de ese modo. Por cierto, ¿Sabían que los Grimtotem de Feralas planean atacar a la Horda para aprovecharse de que están distraídos con otras cosas? ¡Qué terrible desgracia para la Horda!

A pesar de que unas risitas ahogadas se extendieron por toda la sala, Varian seguía frunciendo ligeramente el ceño mientras contemplaba el mapa.

—Por lo que sabemos, creen que Shandris Feathermoon ha muerto —señaló Broll —. Además, creen que si toman Bastión Feathermoon obtendrán algo más que una mera victoria militar… consideran que sería un triunfo simbólico. Pero se van a llevar una gran sorpresa cuando la vean a la cabeza de sus tropas.

Todos volvieron a adoptar una actitud seria de inmediato. De todos los brillantes guerreros y estrategas que habían sido enviados a ayudar a Theramore, sólo habían sobrevivido Shandris y Vereesa. Muchos habían perecido. Si bien los presentes en esa estancia ansiaban contraatacar y detener el avance de la Horda, también se hallaban aún embargados por la tristeza.

—¿Saben si… alguien.. ha estado en Theramore después de la explosión? — preguntó Gelbin en voz baja.

Entonces, se produjo un incómodo silencio. —Sí, Lady Jaina —contestó Anduin.

—En efecto —apostilló Gelbin—, es toda una bendición que haya sobrevivido. Y, ya que la mencionas, supongo que hay una buena razón para que hoy no se encuentre aquí con nosotros preparando nuestra estrategia, ¿verdad?

—Lady Jaina ha preferido seguir su propio camino y emplear sus propios métodos —respondió Varian, quien se sumó así por fin a la conversación. Todas las miradas se volvieron hacia él—. Se muestra demasiado… impaciente como para poder colaborar con nosotros. Y no puedo juzgarla. Tiene que enfrentarse a. ni siquiera soy capaz de imaginarme cómo se siente, a pesar de que yo he sufrido un dolor similar.

—No podemos permitir que lo que ha sucedido en Theramore vuelva a ocurrir jamás —aseveró Taluun—. Nadie puede volver a lanzar un ataque así. Toda persona cuerda debe deplorar tal acto y rechazarlo completamente ya que, si no, nos arriesgamos a destruir esas cosas que nos permiten acariciar la Luz.

Se oyeron varios murmullos de aprobación. Varian miró a Anduin y asintió de un modo casi imperceptible. Los ojos azules del muchacho se habían teñido de tristeza en cuanto habían mencionado a Jaina, pero ahora estaban entornados, pues estaba esbozando una leve sonrisa.

—Estoy de acuerdo —dijo Varian—. Pero Lady Jaina tal vez tenga razón en una cosa. He estado mucho tiempo reflexionando al respecto y… creo que no deberíamos intentar romper el bloqueo. Aún no.

Un coro de voces plagadas de sorpresa inundó la habitación; algunos protestaban de manera cortés, otros lo hacían enfurecidos. Varian alzó ambas manos para pedir calma.

—Escúchenme —les pidió, alzando la voz un poco para que lo oyeran por encima de aquel estrépito, pero sin llegar a gritar.

Los demás se callaron y se mostraron contrariados. El rey prosiguió.

—La lógica indica que deberíamos hacer lo que Broll y Genn han sugerido: deberíamos hacer creer a la Horda que vamos a atacar el bloqueo de Bastión Feathermoon y luego el de Costa Oscura, así liberaríamos a las tropas elfas que se encuentran atrapadas ahí y reanudaríamos nuestro ataque contando con más barcos y soldados.

—Eso dice la lógica —admitió Drukan, contrariado.

—Sin embargo, creo que deberíamos «filtrar» que planeamos atacar Costa Oscura y no Bastión Feathermoon. Se lo creerán de inmediato ya que hemos dejado pistas falsas en ese sentido. Garrosh enviará ahí a gran parte de su armada. Nosotros, mientras tanto, navegaremos hacia Orgrimmar. Atacaremos a Garrosh en su propia capital. Yo también cuento con una red de espionaje, Genn, y por lo que me cuentan no toda la Horda está muy contenta con el hecho de que Hellscream sea su líder. Aunque me… resulte difícil de creer, hay miembros de la Horda que están tan consternados como nosotros por lo que ha ocurrido en Theramore. Apresaremos a Garrosh y ocuparemos la ciudad. El caos estallará y, con suerte, los miembros descontentos de la Horda aprovecharán el momento para alzarse. Si no es así, podríamos aprovechamos de su desconcierto para tomar la capital.

—Nuestro pueblo sufre —señaló Broll con calma.

Varían se relajó.

—Lo sé, amigo mío —replicó—. Pero, con mí plan, tendremos la oportunidad de decapitar a esa bestia aunque los barcos de la Horda dejen Costa Oscura y regresen para ayudar a Orgrimmar en cuanto se enteren del ataque, pues no llegarán a tiempo.

—Me parece un disparate —objetó Gemi, quien gruñó un poco y lanzó una mirada aviesa a Varian—. Pero es tan audaz e inesperado que… quizá funcione.

—Y mucho más rápido —añadió Taluun—. Podremos llegar antes a Orgrimmar que a Costa Oscura.

Varian miró a su alrededor. Si bien unos pocos todavía parecían mostrarse descontentos, nadie protestaba ya. Esperaba tener razón. Si Garrosh descubría sus verdaderos planes, o si por alguna razón su ataque fracasaba, perderían a casi toda la flota de la Alianza. Lo único que quedaría de ella serían los barcos elfos atrapados en Costa Oscura y en algún que otro lugar más.

No obstante, no podía quitarse la sensación de encima de que estaba haciendo lo correcto. Y en eso consistía ser rey, en estar dispuesto a tomar decisiones y asumir la responsabilidad del éxito o el fracaso.

* * *

Los barcos del puerto ya estaban listos. Su número había aumentado recientemente al sumarse a ellos unas exquisitas naves elfas y draenei que, afortunadamente, se hallaban viajando por otros mares cuando se había iniciado el bloqueo. A pesar de ser más elegantes y bellos que los barcos humanos, enanos y gnomos, que eran más funcionales, no eran menos formidables que éstos. Todos esos navíos orgullosos ocupaban el puerto hasta rebosar y parecían extenderse hasta el horizonte.

Los muelles estaban abarrotados de gente. La mayoría eran de Stormwind, pero muchos otros habían viajado hasta ahí para ser partícipes de ese hecho histórico. Conforman una verdadera marea humana que se congrega junto al verdadero mal; pensó Varian, que al mismo tiempo se preguntó cuántos de los que se encontraban ahí para despedirse de sus seres queridos experimentarían, en un futuro, la alegría de darles la bienvenida a casa sanos y salvos.

El tiempo no podía haber cooperado de un modo mejor. Hacia un día espléndido; el cielo lucía despejado y soplaba el viento necesario para navegar a buena velocidad, pero no tanto como para que el mar se embraveciera. La banda de música tocaba temas marciales para levantar los ánimos, así como los himnos tradicionales de cada reino y raza para recordar a todo el mundo sus orígenes.

A pesar de que predominaba un ambiente festivo, al examinar los rostros de la muchedumbre, Varian vio que alguna gente portaba una expresión sombría e incluso vio lágrimas en algunos ojos. Estaban en guerra; eso no iba a ser una mera escaramuza tras la cual los soldados volverían a cenar. Había planeado el ataque lo mejor posible e iba a liderar él mismo las tropas, aunque sus nobles habían intentado convencerlo de que se quedara en su reino. Sin embargo, era incapaz de mandar a esos hombres y mujeres a enfrentarse a la muerte si no luchaba codo con codo con ellos. Por eso, cuando se dirigió al tercer muelle del puerto, situado bajo la gran estatua del león de Stormwind, la gente ahí reunida lo vitoreó, pues lo consideraban uno más de la familia.

Alzó ambos brazos mientras avanzaba acompañado de Broll, Greymane, Mekkatorque, Taluun y los tres enanos de Ironforge que lo acompañaban. Ondearon estandartes de todos los colores y la muchedumbre rugió. Varian bajó entonces los brazos para pedir silencio.

—Ciudadanos de la Alianza —dijo, con una potente voz que llegó a oídos de unos ansiosos oyentes—, hace sólo unos días, la Horda perpetró deliberadamente una villanía tan atroz que únicamente merece como respuesta una declaración de guerra. Ustedes también han respondido. Se hallan ante mí dispuestos a luchar y morir si es necesario para poder preservar todo lo bueno y decente que hay en este mundo. Es la Horda quien ha iniciado esta guerra y no nosotros… pero ¡por la Luz, nosotros la acabaremos!

La multitud bramó. Las lágrimas se asomaron a unos ojos que pertenecían a unas caras sonrientes.

—No encuentro palabras para describir adecuadamente el ataque a Theramore. Existen los oponentes, así como los enemigos; hay seres civilizados y también monstruos. Hubo una época en que era incapaz de hacer tales distinciones. Pero, ahora que soy capaz, nuestro camino está aún más claro y es más justo que nunca. Tras haber decidido detonar una bomba de maná sobre una populosa ciudad, lo cual no es más que un abominable acto de cobardía extrema, Garrosh Hellscream ha demostrado claramente lo que es. Y, como tanto él como aquéllos que lo siguen han decidido ser unos monstruos, tendremos que tratarlos como tales.

»Aunque nos vengaremos, lo haremos de un modo distinto. Los detendremos para evitar que puedan seguir adelante con su metódica conquista. Encarnamos todos los valores de la ciudad y lo hacemos unidos. Hoy, no me encuentro aquí solo. Me acompaña el rey Genn Greymane. Su pueblo ha logrado transformar una maldición en un don. Los huargen batallarán con más generosidad de la que jamás hayáis visto, demostrando así que no son unos monstruos, al contrario que nuestros enemigos. No obstante, sin la ayuda de nuestros hermanos y hermanas gnomos y enanos, jamás habríamos podido construir a tiempo estas gloriosas naves que impedirán que el resto de Kalimdor caiga ante la Horda. Los kaldorei, que han sido nuestros aliados desde hace mucho tiempo y a los que vamos a ayudar, cuentan con innumerables embarcaciones que aguardan a poder sumarse a la batalla en la que los liberaremos. Y los draenei, que han sido una precisa brújula moral inimaginable desde su llegada a nuestro mundo, se encuentran aquí dispuestos a derramar su propia sangre por defender a otros.

Entonces, retrocedió y extendió los brazos, indicando así a la multitud que podían mostrar su cariño y aprecio. Él también los apreciaba con suma sinceridad. Jamás Varian había querido tanto a sus verdaderos amigos y a esa gente tan sensata. Durante unos minutos muy largos, el único sonido que se oyó fueron los vítores de esa gente tan agradecida.

Varian volvió a colocarse en el mismo lugar que al principio.

—Como es lógico, acompañaré a nuestros bravos marineros en el viaje que hoy inician. No obstante, dejo aquí a alguien digno de lideraros llegado el caso. A alguien que ya fue vuestro líder en el pasado.

Varian asintió. Anduin, que había permanecido junto a uno de aquellos descomunales cañones hasta que fue llamado, avanzó hacia el frente. El príncipe, que iba vestido con los colores de la Alianza, el azul y el amarillo, portaba sobre su pelo rubio una sencilla banda circular de plata y se encontraba flanqueado por dos paladines draenei que lucían esplendorosos en sus relucientes armaduras. Aunque era más pequeño que ellos, era en él en quien se centraban todas las miradas. Fue recibido con vítores y aplausos, por lo que se sonrojó un poco, pues no estaba acostumbrado a presentarse en público. Alzó los brazos para pedir a la muchedumbre silencio y comenzó a hablar.

—Me temo que nunca enviaré a hombres y mujeres a batallar con gozo en mi corazón —afirmó—. Aunque, en esta ocasión, no puede haber una causa más justa por la que luchar. La Horda nos ha atacado de un modo demasiado terrible, de un modo que no podemos pasar por alto. Todos los que creemos en la justicia y la decencia debemos plantar cara al terror desatado en Theramore.

Varian, que lo estaba escuchando con atención, recordó entonces los estragos que había causado la bomba y cómo eso había transformado a Jaina, una mujer racional y compasiva, en alguien que quería… no, más bien, ansiaba vengarse violentamente.

—Si no actuamos ahora —prosiguió diciendo Anduin—, si estos bravos soldados y marineros de la Alianza no parten ya… entonces, estaremos consintiendo lo que la Horda ha hecho. Estaremos animándolos, incluso invitándolos, a que sean más violentos, a que masacren a más inocentes. Garrosh Hellscream ha afirmado a las claras que desea expulsar a la Alianza de todo el continente de Kalimdor. Y eso es algo que no podemos aceptar dócilmente. Hay momentos en los que incluso el corazón más bondadoso y comprensivo debe decir: «No, ya basta». Y ese momento ha llegado.

En ese instante, alzó las manos y cerró los ojos:

—Para demostrar que lo que hacemos es correcto, que el propósito por el que esta flota va a partir es puro… invoco a la sagrada Luz para que ilumine a todos los que van a sacrificar sus vidas, para que proteja a los inocentes.

Una tenue luz brilló alrededor de sus manos alzadas. A continuación, fue envolviendo todo su cuerpo y, acto seguido, flotó por encima de la multitud y bañó a aquéllos que estaban preparados para luchar y a aquéllos que los amaban.

—¡Rezo porque luchen con coraje, decencia y honor! Rezo para que sus armas sean guiadas por la justicia de la causa que defienden. Los conmino a recordar, cuando se adentren en el fragor de la batalla, que deben negarse a que el odio domine su corazón. Considérenlo un santuario, un templo dedicado a la memoria de aquéllos que han muerto de un modo tan trágico. Recuerden, en todo momento, que luchan por una causa justa, no para cometer un genocidio. Ansiamos la victoria, no la venganza. Y sé, desde lo más hondo de mi ser, que si entran en batalla con eso claro en vuestro corazón, de tal modo que ni la ira ni el dolor puedan derribar vuestras convicciones morales, triunfaremos. ¡Yo los bendigo, soldados de la Alianza!

Varian notó cómo la Luz lo acariciaba como si fuera un ente físico. Tenía la sensación de que lo tocaba con dulzura y entraba en su corazón, tal y como Anduin había dicho. Se sintió más calmado, más fuerte, más en paz consigo mismo. Había contemplado cómo su hijo hablaba con pura pasión, con el alma. Había sido testigo de cómo la Luz acudía rápida y dulcemente a él para bendecirlo.

Había comprobado cuánto lo amaba el pueblo.

Oh, hijo mío, ya eres el mejor de todos nosotros. Qué gran rey vas a ser. Entonces, un cuerno rugió. Era hora de embarcar. Por todas partes había familias despidiéndose; parejas maduras con hijos ya mayores y jóvenes que decían adiós al amor de su vida. A continuación, la multitud se dirigió lentamente hacia los navíos. Se lanzaron muchos besos al aire y los pañuelos ondearon en el viento.

Varian esperó sonriente a que Anduin, que seguía flanqueado por sus dos amigos paladines, se dirigiera al buque insignia.

—Has hablado bien, hijo mío —dijo Varian.

—Me alegro de que pienses así —replicó Anduin—. Sólo he expresado lo que sentía en mi corazón.

Varian colocó una mano sobre el hombro del joven.

—Los sentimientos que albergas en tu corazón son muy hermosos. Estoy muy orgulloso de ti, Anduin, como siempre lo he estado.

Entonces, una sonrisa traviesa se dibujó en el rostro del príncipe.

—¿Ya no piensas que soy un pacifista llorica?

—Oh, eso no es justo —contestó el rey—. Pero no, ya no lo pienso. No obstante, me alegro de que comprendas que lo que vamos a hacer es necesario.

Anduin adoptó una actitud más seria.

—Lo entiendo perfectamente —aseguró—. Ojalá hubiera otra solución, pero no la hay. Me… me alegro de que ya no seas como ahora es Jaina. También he rezado por ella.

Claro que lo había hecho.

—Anduin. ¿eres consciente de que quizá no vuelva de esta guerra que ambos creemos que tenemos que luchar?

El príncipe asintió.

—Lo soy, padre.

—Si no regreso… estás preparado para ocupar mi puesto. Me siento orgulloso de ti. Sé que gobernarás bien y de un modo justo. Stormwind no podría hallarse en mejores manos.

A Anduin le brillaron los ojos.

—Padre… te… te doy las gracias. Haré todo cuanto pueda para ser un buen rey. Pero… espero no llegar a ser rey en mucho, mucho tiempo.

—Yo también —replicó Varian, que atrajo al muchacho hacia sí para darle un fuerte y torpe abrazo. Agachó la cabeza para que su frente se tocara con la de su hijo y, acto seguido, se volvió y se dirigió hacia los barcos a paso ligero. Se adentró en esa marea de marineros y se encaminó hacia el buque insignia.

Y la guerra.

Regresar al índice de Jaina Valiente: Mareas de Guerra

Share

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.