Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Veinticuatro

Jaina Valiente: Mareas de GuerraKalec volaba con un hondo pesar en su corazón. Temía terriblemente que Kirygosa tuviera razón respecto a Jaina. Aunque los dragones no poseen el poder de leer la mente, la actitud que había adoptado la maga cuando habían discutido sobre el Iris de enfoque era más que sospechosa. Estaba casi seguro de que había huido con la reliquia y pretendía utilizarla contra sus enemigos tal y como ellos la habían usado contra ella. El hecho de que el Iris de enfoque se hallara de nuevo oculto, incluso mejor que antes, aumentaba sus sospechas. En realidad, era una conclusión lógica aunque muy amarga. Quería creer que el cambio que se había operado en esa mujer que le importaba tanto era debido a las secuelas de la explosión, de la energía Arcana liberada por la bomba. Pero, aunque eso fuera verdad en parte, Kalec sabía que eso no podía explicar su cambio por entero.

Así que regresaba una vez más a su hogar, al Nexo, para hablar con su Vuelo. Y, entonces… se dio cuenta de que quería volver a casa.

Al aproximarse, se percató de que nadie volaba alrededor de El Nexo para protegerlo, tal y como habían hecho los dragones desde tiempos inmemoriales, lo cual lo entristeció aún más si cabe. Decidió que no iba a aterrizar de inmediato, sino que iba a hablar con alguien que podría ofrecerle un bálsamo para su alma o palabras duras que no querría oír pero debía escuchar.

Encontró a Kirygosa en su «lugar de meditación», donde había hablado con ella cuando se enteraron de la noticia de que el Iris había sido robado. La dragona no pareció sorprenderse al ver que se aproximaba. Como había sucedido entonces, Kiry portaba su forma humana y se hallaba apoyada contra un reluciente árbol; no sentía el frío a pesar de ir ataviada con un liviano vestido azul sin mangas.

El dragón aterrizó sobre la plataforma flotante y adoptó su propia forma bípeda. A continuación, Kiry le tendió una mano y Kalec se la estrechó mientras se sentaba junto a ella.

No hablaron durante un largo rato.

Al final, Kalec dijo:

—No he visto a nadie patrullando.

Kirygosa asintió.

—Ya se han ido casi todos —replicó—. Cada día que pasa, algún dragón o alguna dragona más decide que éste ya no es su hogar.

Kalec cerró los ojos, presa de un enorme dolor.

—Tengo la sensación de que he fracasado, Kiry —afirmó en voz baja—. De que he fracasado en todo… como líder, a la hora de recuperar el Iris de enfoque; incluso le he fallado a Jaina. al haber sido incapaz de darme cuenta de lo mucho que le había afectado lo acaecido en Theramore.

Los ojos azules de la dragona no mostraron el más leve atisbo de satisfacción mientras lo contemplaba.

—Así que lo tiene ella, ¿no?

—No lo sé. Ya no puedo percibirlo con claridad. Pero… creo que así es.

Como sabía que le había costado un gran esfuerzo pronunciar esas últimas palabras, le apretó la mano.

—Por si te sirve de consuelo, no creo que te equivocaras cuando te enamoraste de ella. Ni que estés equivocado si la sigues amando. Tienes un gran corazón, pero también debes actuar sabiamente.

—Sabes que hay gente que afirma que tú y yo podríamos ser una buena pareja — comentó, intentando cambiar a un tema menos espinoso—. Ya que así no iría tras las mujeres que no me convienen.

Kiry se rió ante ese comentario y apoyó la cabeza en el hombro de Kalec.

—No niego que quizá, algún día, puedas llegar a ser una buena pareja para alguna afortunada, Kalecgos, pero no seré yo.

—Adiós a mi última esperanza de ser un dragón normal.

—Todos los días doy gracias porque no lo eres —aseveró la dragona. Un inmenso cariño se reflejó en los ojos de Kirygosa, lo cual embargó de emoción a Kalec. Él la quería… pero no como pareja. Suspiró y la melancolía volvió a apoderarse de él.

—Oh, Kiry, me siento tan perdido. No sé qué hacer.

—Creo que sabes perfectamente qué hay que hacer y también conoces el camino —replicó la dragona—. Te encuentras en una encrucijada, amigo mío. Como todos. Quizá los dragones Azules necesiten que los lideres sabiamente… o quizá necesiten ser libres para encontrar sus propios caminos, para ser los dueños de sus propias vidas. ¿Acaso tenemos realmente un propósito más elevado que responder ante nosotros mismos por nuestros actos? Quizá las jóvenes razas también tengan derecho a ser los dueños de su propio destino, a tomar sus propias decisiones. y vivir con las consecuencias.

Como ha hecho Garrosh, pensó Kalec. Y como Jaina se dispone a hacer.

—Todo cambia —murmuró el dragón, a la vez que recordaba lo que una vez le había dicho a Jaina.

Hay un ritmo, un ciclo que marca toda existencia. Nada permanece inalterable en el tiempo, Jaina. Ni siquiera los dragones, que viven tanto tiempo y, supuestamente, son tan sabios.

O eso se suponía.

—¿Adónde vas a ir? —preguntó Kalecgos con serenidad; con esas cuatro palabras le estaba haciendo entender a Kirygosa cuál iba ser su decisión.

—No he explorado este mundo tanto como tú —contestó—. Según cuentan, allí existen océanos cálidos que no están repletos de hielo. Y brisas de dulces aromas y no fuertes y gélidas. Creo que debería ir a ver esos lugares. Y encontrar un nuevo lugar de meditación.

Ya no había nada más que hablar. La dragona se levantó, como si hubiera estando esperando únicamente a que él la liberara con sus palabras. El dragón también se puso en pie y se abrazaron fuertemente.

—Hasta la vista, querido Kalec —le dijo—. Si alguna vez me necesitas, búscame en climas tropicales.

—Y, si tú me necesitas, ve al lugar donde creas que es más improbable que se encuentre un dragón. Seguro que estaré ahí.

El corazón se le encogió mientras observaba cómo se transformaba, captaba el viento con sus alas y se elevaba hacia el firmamento, donde revoloteó en círculos por un momento, a modo de despedida, para por último dirigirse al sur.

Media hora después, Kalecgos se encontraba solo en la cima de El Nexo. Teralygos, su antiguo adversario que había acabado siendo su amigo, había sido el último en marcharse. Al contrario que Kirygosa, se había dirigido al nordeste, pues el viejo dragón ansiaba aún disfrutar de la serena paz de esas tierras heladas que, tradicionalmente, habían sido el hogar de los dragones Azules.

Ninguno de los demás dragones se había sorprendido ante su decisión; ninguno se lo había echado en cara. Todo cambia. El momento del cambio había llegado y por mucho que uno luchara y se resistiera, protestara y deseara que las cosas fueran como antes… era inútil. El cambio era imparable. ¿Cómo le afectaría a él, al único habitante de un reino vacío? ¿Cuál sería su destino?

Todo cambia, Jaina, ya sea de dentro afuera o de fuera adentro. A veces, sólo hace falta una leve alteración en una variable para que todo cambie, le había dicho una vez a la mujer de la que se había enamorado.

Así que nosotros… también somos magia, le había replicado ella.

—Sí —murmuró—. Así es.

Ya sabía qué tenía que hacer.

* * *

Jaina se había disfrazado como había podido y había viajado por métodos convencionales a Trinquete en vez de teletransportarse sin más. Una vez ahí, compró un grifo a un viajero que parecía estar atravesando una mala racha y voló al sur. Era plenamente consciente de que estaba sobrevolando el camino que la Horda había escogido para marchar hacia el Fuerte del Norte y el mero hecho de recordarlo avivó el fuego de su ira.

En cuanto tuvo a la vista las ruinas del Fuerte del Norte, que se hallaban ahora ocupadas por la Horda, sintió un nudo en la garganta, pero intentó sobreponerse. El mero hecho de ver los estandartes rojos y negros que los soldados de la Horda habían dejado atrás para custodiar el fuerte mientras el resto de sus barcos realizaban el bloqueo transformó su dolor en algo gélido.

Obligó al grifo a aterrizar y, acto seguido, desmontó sin soltar en ningún momento la bolsita que siempre llevaba consigo. Entonces, le dio un buen manotazo al grifo en su grupa leonina y éste aleteó y se elevó encolerizado al mismo tiempo que Jaina asentía. Pronto hallaría el camino de vuelta a Trinquete y un nuevo jinete, que estaría encantado de quedárselo. Jaina ya no necesitaba a esa bestia. La maga se giró hacia el este y murmuró un hechizo de teletransportación. Unos segundos después, Jaina apareció en Isla de Batalla.

—Eh, señorita —dijo alguien con voz áspera. El humano que se dirigía a ella iba vestido con unos pantalones cortos y una camisa que llevaba abierta, y blandía un alfanje—. Has venido a jugar con los piratas, ¿no?

La maga posó sus relucientes ojos blancos sobre él.

—No tengo tiempo que perder —replicó.

Distraídamente, lanzó una bola de fuego a ese matón, el cual gritó al prenderse fuego por entero. Tras trastabillar un poco, cayó y se retorció en el suelo.

Jaina permaneció impertérrita y centró su atención en los camaradas de aquel tipo que corrían hacia ella gritando furiosos. Si bien no todos ellos eran miembros de la Horda, eran matones y asesinos y no se merecían que llorase su muerte. De manera despiadada, Jaina atravesó su campamento destrozando a esos tipos, que querían matarla, con fuego, hielo y energía Arcana. Mató a humanos, trolls y enanos, e incluso a un ogro, que tenía un aspecto ridículo pues llevaba un sombrero diminuto sobre su calva.

Después, registró los edificios de arriba abajo para cerciorarse de que no iba a tener más distracciones. Luego, se giró hacia el norte. Metió la mano en la bolsa y sostuvo el Iris de enfoque (que había logrado miniaturizar gracias a la información extraída del tomo que había robado de la biblioteca de Dalaran) y se dispuso a llevar a cabo sus planes.

* * *

El Anillo de la Tierra se encontraba exhausto. Hoy, los elementos parecían hallarse más furiosos de lo habitual y, si bien nadie se atrevía a decirlo en voz alta, Thrall estaba seguro de que no era el único que se preguntaba si sus esfuerzos cada vez resultaban ser más infructuosos.

No tenía ningún sentido. Si bien era cierto que habían hecho progresos muy lentamente, los avances habían sido mensurables y consistentes. Los agotados chamanes se retiraron a su campamento, ya que necesitaban comer y descansar. Muln Earthfury, que había sido en su día el líder del Anillo de la Tierra, parecía ser el más afectado.

Aggra observó al tauren, frunciendo levemente el ceño.

—Este silencio me inquieta —afirmó—. Todos pensamos lo mismo, pero nadie se atreve a decirlo. Vamos, hablemos con Muln.

Thrall sonrió y negó con la cabeza.

—Pensamos del mismo modo, corazón, pero tú siempre optas por entrar en acción primero.

La orca se encogió de hombros.

—Es lo que tiene crecer en Nagrand, aprendes a actuar rápidamente en cuanto ves que hay problemas —replicó, a la vez que apretaba la mano de su amado mientras caminaban.

Muln posó su mirada sobre los dos orcos y suspiró.

—Ya sé lo que van a decir —les espetó—. No, no sé por qué; al parecer, estamos dando pasos hacia atrás. Los elementos están tan alterados y llevan tanto tiempo angustiados que resulta muy difícil escucharlos con claridad.

—Tal vez deberíamos… —dijo Thrall.

De repente, una oleada de dolor lo atravesó y cayó de rodillas, agarrándose la cabeza.

Aggra se agachó junto a él y le puso ambas manos sobre los hombros.

—¿Qué ocurre, Go’el? —gritó.

Thrall movió los labios, pero no brotó palabra alguna de ellos. La cara de Aggra se tomó borrosa. Por un momento no vio nada y, súbitamente, vio demasiado.

Un mar azul y verde, gélido y furioso se le vino encima. Se ahogó, jadeó e intentó respirar como pudo. El mar lo elevó y luego lo lanzó hacia abajo, lo sacudió y lo hizo dar vueltas. Era una gran ola, pero. Thrall vio, aquí y allá, unos ojos furiosos, la silueta de un brazo, una cabeza y el destello de unas cadenas. Eso era algo más que una mera ola del océano… Thrall se hallaba a merced de unos elementales esclavizados.

Pero no estaba solo. Había decenas, cientos de orcos atrapados también en esa ola, luchando por sobrevivir. Los restos y escombros también hacían aún más peligrosas esas aguas. Una mano hecha de agua de mar empujó a Thrall hacia abajo y, entonces, vio debajo de él.

¡Los tejados de Orgrimmar! ¿Cómo era eso posible? Podía ver la puerta y los restos del andamiaje de hierro que, según tenía entendido, había levantado Garrosh.

Ayúdanos, susurraron unas voces.

Thrall no podía respirar. Sus pulmones se estaban llenando de agua.

Ayúdanos. ¡Esto no es lo que deseamos hacer!

Notó cómo temblaba la mano acuosa que lo agarraba, como si estuviera resistiéndose a algo. De improviso, lo soltó. Thrall salió disparado hacia la superficie, tosiendo y dando bocanadas de aire.

Detén esto o si no, muy a nuestro pesar asesinaremos a tu pueblo y seremos esclavos para siempre.

Thrall recuperó la compostura y, a pesar de que seguía tosiendo, preguntó:

—¿Dónde?

Aunque no escuchó ninguna palabra, una imagen cobró forma en su mente: pudo ver un terreno situado en la costa de los Baldíos del Norte, a mucha distancia de Orgrimmar, pero ¿qué le importaba el punto de origen de ese desastre al océano, que acariciaba todas las costas?

—Go’el —oyó decir a su amada, que lo llamaba para que volviera al presente— . ¡Go’el!

Esa visión, donde había visto cadáveres ahogados y una ciudad en ruinas, se desvaneció. Thrall parpadeó y sintió un hondo alivio al ver la cara de Aggra. Sí, debía de haber tenido una visión. La orca sonrió y le acarició la mejilla a su amado.

—¿Qué has visto, amigo mío? —preguntó Muln.

Alertados por la conmoción, los demás chamanes se habían congregado en tomo a ellos. Entonces, Thrall intentó incorporarse, pero Muln lo obligó a quedarse en el suelo.

—Descansa y habla… ya te levantarás después para comer.

Thrall asintió.

—Tienes razón, Muln, por supuesto —replicó—. Los elementos me han concedido una visión que quizá explique por qué de repente se hallan tan inquietos.

Rápida y sucintamente, pero sin dejarse ningún detalle importante, Thrall les contó lo que había visto.

—¿Conoces esa isla? —preguntó Nobundo.

—Sí —respondió—. Es Isla de Batalla, está situada al sur de Durotar.

Los chamanes se miraron mutuamente.

—Si los elementos gritan pidiendo ayuda de un modo tan desesperado, debemos responder a su llamada —aseveró Muln.

Nobundo hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No —replicó—. Si desearan que todos nosotros los ayudáramos, todos habríamos tenido esa visión. Saben que no podemos marchamos de aquí. Y aun así… han pedido ayuda.

Thrall asintió lentamente. Aggra parecía dolida y resignada.

—Me han hablado a mí y sólo a mí —afirmó—. Por eso sólo yo debo responder a su grito de auxilio y evitar que mi pueblo sea masacrado. Aggra, amor mío, sabes que me gustaría que me acompañaras, pero.

La orco mostró una sonrisa enmarcada entre sus colmillos.

—Es una tarea que te han encomendado a ti, Go’el —lo interrumpió—. Y golpearé a cualquiera que se atreva a decir delante de mí que no estás a la altura de esa misión.

Thrall sonrió levemente. «A la altura». Sí, esperaba estar a la altura para poder liberar a centenares de elementales del agua para evitar así que arrasaran una ciudad entera. Los elementos eran sabios, así que confiaría en ellos. Se puso en pie, abrazó a su pareja y, a continuación, se dirigió a su pequeña tienda de campaña para recoger las pocas cosas que necesitaría llevar en ese viaje.

Vol’jin ya había tenido bastante.

En cuanto se enteró de que se había producido un «accidente» en la Posada de Cerrotajo, se lo tomó como una señal. No estaba dispuesto a arriesgarse a que a los suyos les ocurrieran más «accidentes». Durante largo tiempo había confiado en Thrall, ya que ese orco le caía muy bien y, cuando éste le había pedido que se quedara en la Horda, siempre había accedido. No había abandonado la Horda cuando Garrosh era su líder, a pesar de que lo había insultado al obligar a su pueblo a vivir en los barrios bajos, por pura cautela. Pero, ahora, los trolls se encontraban en las Islas del Eco, demasiado cerca como para poder resistir la tentación.

Quizá había llegado el momento de retirarse de la Horda. O, al menos, de planear una posible retirada. Garrosh y la Horda «leal» (compuesta por aquéllos que bebían en las tabernas de Orgrimmar y no en las de Cerrotajo) seguían celebrando de manera autocomplaciente los despreciables actos que habían llevado a cabo. Los Kor’kron, o al menos esa escoria de Malkorok, habían dejado muy claro que estaban tan convencidos de que obtendrían la victoria final que estaban dispuestos a eliminar, en privado, a los miembros de la Horda que se atrevieran a hablar en contra de Garrosh y, presumiblemente, también en público.

Bajo el mando de Thrall, la Horda había sido buena para los trolls. Pero ahora… Vol’jin había perdido a muchos buenos soldados en las dos últimas batallas. ¿Y así era cómo se lo pagaba? No. Había llegado el momento de volver a casa, al menos por ahora, ahora que su hogar se hallaba tan cerca. Había llegado el momento de sumirse en un profundo trance para comprobar qué tenían que decir los loa. Entonces, recordó las palabras que le había dicho a Garrosh hace mucho tiempo, que ese orco se iba a pasar todo su reinado mirando siempre de reojo lo que tenía a sus espaldas. y que, en sus últimos instantes de vida, el Jefe de Guerra sabría, sin ninguna duda, quién lo había asesinado.

Por lo visto, había tomado la decisión adecuada ya que, antes de llegar siquiera a las Islas del Eco, una canoa salió a su encuentro. El chamán, que se encontraba en la popa de la nave, tenía los brazos alzados y el agua que se encontraba directamente bajo aquel bote se movía más rápidamente de lo que debería, pues estaba utilizando a los elementos para que lo acercaran hasta su líder con la mayor celeridad posible.

Vol’jin ni siquiera esperó a que el otro bote se hallara junto al suyo. Pidió a los loa que lo ayudaran a que se escuchara con fuerza su voz y gritó:

—¿Qué pasa, compañero? ¿Algo va mal?

El chamán respondió y su voz fue arrastrada por el ansioso viento hasta las largas orejas de Vol’jin.

—¡La Alianza se acerca! ¡Y son un montón!

* * *

Garrosh rugió iracundo y lanzó su jarra al otro lado la mesa.

—¿La Alianza? ¿Aquí? ¡Pero si nuestros servicios de inteligencia dijeron que se estaban reuniendo en Costa Oscura!

El desventurado troll al que habían encomendado la tarea de informar al Jefe de Guerra se estremeció levemente, a pesar de que no había tirado la jarra hacia dónde estaba él.

—No sé nada sobre eso, Jefe de Guerra. Lo único que sé es que se acercan a Bahía Bladefist. Son decenas de barcos. ¿Qué quieres que hagamos?

Garrosh se recuperó de su arrebato casi de inmediato.

—Dile a Baine que envíe druidas a todo puerto que estemos bloqueando. Debemos redirigir nuestras flotas inmediatamente. Y a los barcos que se encuentran en el Fuerte del Norte… ¡que les ordenen a todos que vuelvan aquí! ¡Ahora mismo!

Entonces, para desconcierto del mensajero troll, una sonrisa taimada se dibujó en el semblante de Garrosh.

—Traíganme a. todos los magos. Mi plan puede funcionar tan bien en Bahía Bladefist como en Costa Oscura.

* * *

Varian se hallaba en la cubierta del León de las Olas mientras se aproximaban a Kalimdor. Como los chamanes draenei habían hecho un trabajo impresionante al implorar al viento y las olas su ayuda, la flota había cruzado el océano en un tiempo récord gracias a los buenos vientos y los serenos mares que habían encontrado en su viaje. Estaban a unos pocos kilómetros de la costa de Bahía Bladefist. Pese a que Varian era el líder de las fuerzas de la Alianza, no era el capitán del León de las Olas, por lo que no se inmiscuía en las labores de Telda Stonefist, lo cual resultaba muy fácil, ya que Telda sabía lo que hacía y, a pesar de su pequeña estatura, todos los marineros obedecían al instante en cuanto vociferaba una orden.

Varian se acercó y se colocó junto a ella, mientras la espuma del mar arrastrada por el viento les mojaba a ambos el pelo. La capitana le pasó un catalejo.

—Así podrás echar un primer vistazo a la bahía —le dijo.

Varian se colocó ese artilugio sobre el ojo derecho. Aunque sólo había un barco en el muelle, sabía que resultaría muy difícil abrirse camino hasta Orgrimmar.

—Me parece que el único navío que hay en el puerto es de construcción goblin. Eso significa que nos bastará con sólo un certero disparo para que toda esa cosa vuele por los aires —replicó Telda con una amplia sonrisa.

Varían se sintió un tanto inquieto. Esa reacción era un vestigio de Lo’Gosh, que provocó que sus sentidos se agudizaran, incluso aquéllos que no estaban incluidos entre los cinco sentidos ordinarios. Se volvió para encararse con el fuerte viento y olfateó el aire. Una vez más, se acercó el catalejo al ojo. Sólo veía el cielo y el mar, con sus diferentes tonalidades de azul.

Lentamente, se giró en todas direcciones. Mar azul, cielo azul… Entonces, divisó algo que no era azul, una diminuta mota en el horizonte. —

¡Ahí! —Gritó Varian, señalando al sur—. ¡Veo barcos! De algún modo,

Garrosh había anticipado sus movimientos.

—¡Todos a sus puestos! —exclamó Telda con una voz que parecía demasiado potente para haber salido de la garganta de alguien con una constitución tan pequeña.

Todo el mundo entró en acción. Rápidamente, esos marineros muy bien adiestrados se acercaron de un salto a los cañones. Los magos ascendieron por las jarcias para poder apuntar mejor sus devastadoras bolas de fuego que desatarían el caos en esos veleros de madera. Los chamanes corrieron a situarse a ambos lados del barco, corriendo así más peligro que nadie, para conminar a los elementos a ayudarlos a demostrarles que ellos mismos estaban dispuestos a arriesgarlo todo.

Varios cuernos resonaron y, uno a uno, los barcos que habían estado navegando hacia el este viraron, dispuestos a encarar esa amenaza que procedía del sur. Varian subió por las jarcias, a las que se sujetó con una sola mano mientras se acercaba el catalejo al ojo.

Aunque había varios navíos más que navegaban directamente hacia ellos, las fuerzas de la Horda eran muy inferiores en número. Varian asintió. No sabía cómo Garrosh se había enterado de su llegada (quizá un pesquero había divisado a su armada en alta mar y había regresado raudo y veloz para dar la voz de alarma), pero eso ya no importaba. Lo único que importaba es que la Horda se había centrado tanto en el bloqueo que ahora que debía atacar con todo a la Alianza apenas contaba con efectivos.

—Jaina —murmuró el rey, al mismo tiempo que bajaba a cubierta—, tenías razón en una cosa al menos. Tal vez podamos acabar con esto aquí y ahora.

En un principio, los dominó el aturdimiento. Era obvio que la Horda se había creído la información falsa extendida por los espías de la Alianza y que su armada se encontraba muy ocupada custodiando unas costas que no iban a ser atacadas. Esos pocos barcos que venían del Fuerte del Norte sólo servirían para que la Alianza practicase el tiro al blanco. La Bahía Bladefist, que había permanecido serena y calmada hasta entonces, se convirtió súbitamente en un campo de batalla naval.

Sin pensar en su propia seguridad, Varian volvió a subirse a las jarcias y observó el océano. Divisó sólo tres o cuatro naves, que avanzaban en su dirección lo más rápido posible. Sus velas también se hinchaban impulsadas por el viento; la Horda había contado con chamanes entre sus filas mucho antes que la Alianza y, sin lugar a dudas, esos chamanes estaban dando todo cuanto tenían.

—¡Todo a babor! —vociferó Telda.

Varian se aferró con más fuerza si cabe a los mojados cabos mientras el barco viraba bruscamente a la izquierda para encararse con esa amenaza que se acercaba por el sur. Por un momento, casi (pero sólo casi) sintió lástima por las tripulaciones de las naves que la Alianza se hallaba a punto de hacer estallar en esas aguas.

—¡Fuego!

El León de las Olas vibró por entero por culpa del estruendo que provocaron sus cañones al disparar sus proyectiles contra el enemigo. Si bien algunas bolas de cañón chapotearon inofensivamente en el agua, muchas acertaron en su objetivo (el barco que lideraba el ataque) de lleno. Los vítores estallaron en cuanto todo el lateral del navío de la Horda quedó casi completamente destrozado.

Entonces, de improviso, aquella madera empezó a regenerarse. Al parecer, además de contar con experimentados chamanes, la tripulación de ese barco también contaba con habilidosos druidas. Varían lanzó un juramento, descendió rápidamente unos metros y se dejó caer el resto del descenso.

—¡Brujos, prepárense! —exclamó.

Siempre le resultaba inquietante que se valieran de las habilidades de esa gente que colaboraba con demonios, a la que obligaban a servir a la Alianza, pero lo cierto era que conocían ciertos conjuros (y a ciertas criaturas esclavizadas a las que dominaban) cuya eficacia era innegable. Los brujos se colocaron a ambos lados de la nave con presteza, con sus túnicas negras, moradas y de otras tonalidades oscuras. Acto seguido, invocaron a sus esbirros. Al unísono, alzaron los brazos y entonaron esos conjuros que tan desagradables resultaban para el oído.

Al instante, una lluvia de fuego cayó, de manera incesante, sobre todo el barco que ya se encontraba dañado. A continuación, unos pequeños demonios socarrones, conocidos como «diablillos», fueron enviados a danzar sobre el navío enemigo, sobre el que lanzaron fuego aquí y allá. El hecho de que parecieran disfrutar con la destrucción que estaban causando era la guinda del pastel.

—¡Magos! —gritó Varian, con la mirada clavada en el barco orco.

Acto seguido, unas enormes bolas de fuego se sumaron a la incesante y letal lluvia de fuego. Los cañones rugieron de nuevo y la nave enemiga no aguantó más. Se partió en dos y Varian vio, con suma satisfacción, cómo muchos soldados de la Horda se tiraban frenéticamente a las aguas de la bahía. Aunque había muchos más que se estaban hundiendo con el barco.

El victorioso León de las Olas se giró lentamente. Los chamanes redirigieron el viento y la nave se dirigió hacia su próximo objetivo.

—¡Hemos hundido uno! ¡Ya sólo quedan tres! —se jactó Telda—. ¡Vamos, muchachos y muchachas! ¡Cuando se ponga el sol, ya estaremos navegando por Orgrimmar!

Entonces, una niebla gris envolvió el barco.

Varian profirió un juramento. Era una treta chamánica. No obstante, los brujos ya habían reaccionado; habían enviado unos relucientes orbes verdes que habían atravesado la niebla mágica y que volvían para informar de lo que sucedía. Una de los brujos, una mujer humana que parecía demasiado joven como para tener ese pelo tan blanco que le llegaba hasta los hombros, llamó a Varian y le dijo:

—Majestad… le están haciendo algo al océano, que se agita ferozmente. No sé exactamente qué está ocurriendo.

De repente, se escucharon más cañonazos, pero esta vez Varian no sabía qué barcos estaban disparando ni qué naves estaban recibiendo los impactos. Entonces, oyeron un espantoso crujido; no era el ruido de un barco que sufriera el castigo de los cañonazos, sino algo nuevo y horrible que se encontraba ahí fuera pero que no podía verse. Súbitamente, Varian comprendió que, a pesar de que la Horda se veía superada infinitamente en número, las fuerzas con las que contaba eran mucho más peligrosas de lo que había anticipado.

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