Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Veintiuno

Jaina Valiente: Mareas de GuerraCon el cuerpo herido y el corazón apesadumbrado, Kalecgos regresó a Northrend y al Nexo. A pesar de lo que le había dicho a Jaina, al final, había decidido seguirla a Theramore. En parte, porque temía por su seguridad y su estado mental y, en parte, porque percibía que el Iris de enfoque seguía en la ciudad. No obstante, le llevó bastante tiempo llegar hasta allí ya que él tenía que volar y había sufrido heridas importantes en la batalla, mientras que la maga se había teletransportado.

El dragón se había acercado a Theramore a contemplar el enorme cráter que había abierto la bomba de maná y había podido comprobar en qué estado había quedado toda la ciudad. Sin embargo, no había hallado el Iris de enfoque. Alguien debía de haberlo encontrado antes que él. Sospechaba que había sido Garrosh. Sin duda alguna, habría mandado a una avanzadilla a recuperarlo, pues las vidas de un puñado de súbditos leales a la Horda no eran nada comparado con el poder de esa reliquia.

Después, había abandonado Kalimdor y se había dirigido volando sombría y penosamente al norte, donde no tendría nada que mostrar a los demás dragones Azules que diera fe de sus ímprobos esfuerzos por recuperar el Iris, aparte de una ciudad arrasada que era testigo mudo de su fracaso. No obstante, de un modo inesperado, se había enamorado, de eso no cabía duda. Pero su amada ahora también se encontraba destrozada por culpa de lo que él había hecho… o más bien no había acertado a hacer. Una parte de él simplemente quería tomar un rumbo al azar y seguir volando sin parar. Pero Kalecgos no podía hacer algo así. Los dragones Azules habían depositado su fe en él. Les tenía que contar qué había ocurrido para que pudieran determinar qué tipo de acción querían que él tomase a partir de ahora.

Cuando se aproximaba por el sur, Kirygosa se encontró con él. La dragona revoloteó velozmente a su alrededor por un momento, mostrando así que se alegraba de que hubiera vuelto y, acto seguido, se colocó a su altura para volar a su lado el resto del camino hasta El Nexo.

Estás herido —señaló preocupada.

A Kalecgos le habían arrancado muchas escamas de su cuerpo azul celeste y la piel que, hasta entonces, había permanecido debajo de ellas mostraba ahora unos feos hematomas. Aunque podía seguir volando, cada aleteo era una agonía.

—Sólo son unos rasguños —afirmó.

—No, no lo son —replicó la dragona—. ¿Qué ha ocurrido? Hemos percibido que ha sucedido algo terrible… y, además, no traes el Iris de enfoque.

—Es una historia que me gustaría tener que contar en una sola ocasión — contestó, con un tono de voz que reveló un hondo dolor en su corazón—. ¿Quieres hacerme el favor de reunir a todo el Vuelo, querida Kiry?

Como respuesta, se colocó debajo de él y le acarició la cabeza con la suya propia.

Después, obedeció y se marchó.

Poco después, lo estaban esperando y pudo comprobar con aún más desolación que sus filas habían menguado desde su marcha. Se alegró de ver que tanto Narygos como Teralygos, Banagos y Alagosa se habían quedado.

Aterrizó entre ellos, manteniendo su forma de dragón, y miró a su alrededor.

—Aunque he logrado regresar, traigo funestas noticias.

Mientras hablaba, los demás dragones Azules permanecieron inmóviles. Les contó que Rhonin, el Kirin Tor y Jaina lo habían ayudado. Les habló de las dificultades que había tenido para localizar el Iris de enfoque. Y, por último, manteniendo un tono de voz tan desprovisto de emoción como le fue posible, pues no podía permitirse el lujo de que volviera a embargarlo la emoción, les contó cómo la Horda había utilizado su reliquia contra la Alianza de un modo devastador.

Lo escucharon en silencio y nadie hizo preguntas. Nadie lo interrumpió. Kalec había esperado que se mostraran furiosos; sin embargo, se mostraron más melancólicos que iracundos al pensar que su magia, la magia del Iris de enfoque, había sido utilizada para provocar tal pérfida destrucción. Era como si algo se hubiera quebrado en su fuero interno. Kalec lo comprendía perfectamente, pues su dolor era un mero reflejo de su propio tormento.

Nadie habló durante largo rato. Entonces, Teralygos alzó la cabeza y contempló a Kalecgos con tristeza.

—Hemos fracasado —aseveró—. Nuestra tarea siempre ha consistido en aseguramos de que la magia sea utilizada de un modo sabio. Debíamos gestionar su uso. Qué mal hemos desempeñado nuestra labor.

—Yo he sido quien ha fracasado, Teralygos —replicó Kalec—. Yo fui vuestro Aspecto. Y, a pesar de que era capaz de percibir el Iris de enfoque, he fracasado a la hora de localizarlo a tiempo.

—Nos lo robaron a todos, no sólo a ti, Kalecgos. Todos debemos asumir nuestra parte de responsabilidad por este aborrecible acontecimiento que ha acaecido.

—Seguiré siendo vuestro líder si así lo deseáis —dijo Kalec, aunque esas palabras le dejaron un horrendo sabor boca incluso mientras las pronunciaba—. Haré todo cuanto esté en mi mano para recuperarlo.

A pesar de que ha desaparecido… una vez más. ¡Cómo lamento no haber sido capaz de destruirlo cuando ese galeón volador lo transportaba!

—Estás tan perdido como lo estabas antes de que todo esto empezara —señaló Alagosa.

Esas palabras hirieron los sentimientos de Kalec, a pesar de que la dragona las había pronunciado con un tono de voz plagado de tristeza y no de reproche. Pero tenía razón.

—El Iris estaba en Theramore —afirmó Kalec—. No fue destruido en el ataque. Alguien se lo ha vuelto a quedar. Y estoy seguro de que ese alguien pertenece a la Horda.

—Yo no estoy tan seguro. Creo que se encuentra en poder de Jaina Valiente. Nos has contado que volvió a Theramore antes que tú después de la explosión y que, para cuando llegaste, el Iris de enfoque había desaparecido.

Lo que más sorprendió a Kalec no fue el contenido de esas palabras sino quién las había pronunciado. Esa acusación, que había sido hecha con serenidad, pero que no era menos contundente por ello, la había lanzado Kirygosa, quien había permanecido al fondo a lo largo de toda de esa reunión, escuchando en silencio, aunque ahora se dirigía hacia la parte delantera del grupo.

—Jaina me ayudó a dar con él —replicó Kalec a la defensiva—. Incluso antes de… antes de lo que pasó sabía perfectamente el caos que podría desencadenar esa reliquia. ¿Por qué se la iba a llevar a sabiendas sin decírmelo?

—Tal vez porque no confía en que seas capaz de mantener a buen recaudo el Iris —contestó Kiry; una vez más, no había rastro de reproche ni en su semblante ni en su voz, pero Kalec se sintió atacado—. O tal vez porque planea utilizarlo contra la Horda.

—Jaina jamás haría.

—No sabes qué haría o dejaría de hacer —lo interrumpió Kirygosa—. Es una humana, Kalec, y tú no lo eres. Su reino ha sido borrado del mapa como si le hubieran volcado un tintero encima. Es una maga muy poderosa y el Iris de enfoque, ese instrumento letal con el que han matado a su gente, se hallaba a su alcance. Debemos tener en cuenta esta posibilidad y prepararnos en consecuencia. No importa el precio que haya que pagar por ello. Es nuestra reliquia y tenemos las manos bastante manchadas de sangre. No podemos permitir que vuelva a ser utilizado de ese modo.

Su razonamiento era incuestionable. Kalec recordó, en ese momento, lo furiosa y triste que se había mostrado Jaina cuando se había teletransportado a Theramore. Además, la magia Arcana liberada por la explosión también la había afectado visiblemente. Le había encanecido el pelo y había provocado que ahora sus ojos relucieran. si le había hecho eso en el plano físico, ¿qué podía haberle hecho en su mente y en su alma?

—Encontraré el Iris de enfoque —aseveró con firmeza—. Da igual quién se lo haya llevado. Garrosh o Jaina.

Kiry vaciló y miró a Teralygos.

—Quizá sea mejor que no lo busques solo sino en grupo.

Kalec se mordió la lengua para no lanzar una furiosa réplica. Kiry siempre había sido una buena amiga; era su hermana espiritual, aunque no eran compañeros de nidada. No ponía en entredicho a Jaina para herir los sentimientos de Kalec, sino que lo hacía porque estaba preocupada porque sus sentimientos hacia Jaina Valiente lo cegaran de tal modo que lo impidieran cumplir sus obligaciones con el Vuelo; además, lo conocía bastante bien como para saber que, si algo salía mal, Kalec nunca se lo perdonaría a sí mismo.

—Te agradezco la preocupación —dijo Kalecgos—; sé que hablas así, únicamente, porque tienes presente el bienestar de nuestro pueblo. Por favor, créeme que yo obro de la misma manera. Puedo… debo… hacer esto yo solo.

Aguardó a la reacción del grupo. Si había demasiadas protestas, aceptaría lo que el resto del Vuelo decidiera. Además, tenía que reconocer que, hasta entonces, su labor no había sido precisamente intachable.

Por suerte, la mayoría de los dragones Azules no compartían la opinión de Kiry. Kalec sospechaba que eso se debía a que no consideraban a Jaina como una verdadera amenaza porque era una mera humana. Sin embargo, la dragona opinaba justo lo contrario, ya que era capaz de reconocer que los poderes mágicos de Jaina eran extremadamente potentes.

—Entonces, la decisión ya está tomada —zanjó Kalec—. No volveré a fallaros. Habló con convicción, aferrándose a la esperanza de que estuviera en lo cierto, pues ese mundo herido no podía permitirse el lujo de que no tuviera razón.

* * *

No hacía mucho tiempo, el antiguo Jefe de Guerra de la Horda había preparado una fiesta de bienvenida para celebrar que los veteranos regresaban a casa tras combatir contra Arthas y en la Guerra de El Nexo en Northrend. Garrosh recordaba perfectamente ese glorioso desfile hasta Orgrimmar, ya que él mismo había sugerido que se realizara. Fue en esa misma celebración en la que Thrall lo honró al entregarle el arma de su padre, la cual ahora reposaba a buen recaudo en la ancha espalda del actual líder de la Horda.

Si bien Garrosh se sentía muy orgulloso de cómo había luchado en esas guerras, se sentía aún más orgulloso de lo que había hecho en el Fuerte del Norte y Theramore. En Northrend, habían obtenido la victoria gracias, en parte, a la Alianza, lo cual le había dejado un mal sabor de boca. Ahora, por fin, las cosas eran como tenían que ser. Ahora, batallaban contra la Alianza. Ésa era una guerra que Thrall había podido empezar si esa maga de pelo rubio no lo hubiera dominado tanto. Thrall había decidido luchar por la «paz» entre los orcos y sus antiguos opresores, a pesar de que ésa era una meta casi imposible de alcanzar. Garrosh estaba decidido a ser para la

Alianza lo que Grommash Hellscream había sido para los demonios. Si al asesinar a Mannoroth, el padre había logrado liberarlos del yugo de la esclavitud que les habían impuesto esas criaturas diabólicas, el hijo quebraría las sutiles cadenas de la «paz» a la que los sometía la Alianza, Estaba seguro de que, al final, incluso esos testarudos de Baine y Vol’jin darían su brazo a torcer y de que la verdadera paz (una paz cuyas condiciones establecería la propia Horda tras ganársela con sangre, sudor y lágrimas y que impondría del mismo modo) reinaría.

Por todo esto, había dado instrucciones de que esta celebración, de que esta marcha victoriosa y triunfal a la capital de la Horda debería hacer palidecer de envidia a Thrall. No se iban a limitar a una mera marcha y a un solo banquete. No, Garrosh había ordenado que los festejos se prolongaran seis días. ¡Con peleas de raptores en la arena! ¡Con combates, donde se ofrecerían grandes premios a los mejores guerreros de la Horda! Celebrarían un banquete tras otro, acompañados de Lok’tras y Lok’vadnods, mientras por las calles correría el excelente grog orco.

En un determinado momento, cuando Garrosh y su séquito se dirigían a las puertas de Orgrimmar, comprobó con satisfacción que una multitud de jubilosos miembros de la Horda no lo dejaban pasar. Entonaron su nombre hasta que retumbó cual trueno. Mientras se solazaba en aquel momento, Garrosh le lanzó una mirada alborozada a Malkorok.

—¡Garrosh! ¡Garrosh! ¡Garrosh! ¡Garrosh!

—¡Te quieren tanto que no te quieren dejar pasar, Jefe de Guerra! — Exclamó Malkorok, gritando para poder ser escuchado por encima de todo aquel ruido—. ¡Háblales sobre tu victoria! ¡Desean escuchar esas proezas de tus propios labios!

Garrosh contempló de nuevo a aquella multitud y gritó:

—¿Quieren saber cuál es mi sueño?

Aunque pensaba que era imposible, la muchedumbre rugió aún más fuerte que antes. La sonrisa que esbozaba Garrosh se hizo aún más amplia. Acto seguido, les indicó con un gesto que se callaran.

—¡Pueblo mío! Tienen la gran suerte de vivir en uno de los momentos más decisivos de la historia orca, pues yo, Garrosh Hellscream, estoy preparado para conquistar Kalimdor para la Horda. La plaga humana que se había enraizado de manera nauseabunda en Theramore ha sido purgada a través de la esencia de la magia Arcana. ¡Han perecido todos! Jaina Valiente ya no nos castrará como pueblo con sus sensibleros discursos sobre la paz. Como ven, sus palabras cayeron en oídos sordos y, por eso mismo, su reino y ella han sido reducidos a mero polvo. Pero eso no es suficiente. Los elfos de la noche serán los próximos en caer ya que, durante mucho tiempo, nos negaron el acceso a recursos básicos para sobrevivir. Les arrebataremos la vida y tomaremos sus ciudades, y los pocos a los que perdonemos la vida se convertirán en refugiados en los Reinos del Este. Yo, Garrosh, los humillaré de tal modo que tendrán que mendigar por unas meras migajas de comida y un lugar donde dormir, mientras la Horda disfruta de sus riquezas. Sus ciudades han quedado aisladas y no podrán recibir ayuda exterior gracias a los grandiosos buques de guerra de la Horda. Y, cuando estemos listos para invadirlos, ¡caerán ante nosotros como el trigo ante la guadaña!

Entonces, se oyeron más vítores, risas y aplausos. De repente, surgió de manera espontánea otro cántico inspirado en sus palabras:

—¡Muerte a la Alianza! ¡Muerte a la Alianza! ¡Muerte a la Alianza!

* * *

Baine se encontraba sentado en una esquina de una oscura, fría y húmeda posada en Cerrotajo. La poca luz que entraba por la puerta apenas iluminaba el local, más bien se limitaba a mostrar las gruesas motas de polvo que danzaban en el aire. La cerveza era mala y la comida, peor. Aunque a sólo unos pocos kilómetros al norte habría podido disfrutar de un festín como nunca había probado, estaba más que satisfecho de hallarse aquí.

Garrosh había prohibido que el ejército se dispersase. Si bien todos los combatientes de la Horda tenían que quedarse en Durotar, el Jefe de Guerra no había ordenado a Baine que acudiera a las celebraciones de Orgrimmar. No obstante, ese «olvido» era un insulto y Baine era lo bastante inteligente como para darse cuenta de ello. Aunque también sabía que debía sentirse agradecido por ello. Temía que, si lo obligaban a soportar otro momento más esos vítores a Garrosh (con los que celebraban que hubiera puesto a la Horda en peligro innecesariamente y que hubiera cometido un asesinato en masa de la manera más cobarde posible), sería incapaz de contenerse y retaría a ese necio piel verde. Y, si lo hacía, la Horda perdería, da igual cuál de los dos saliera vivo del desafío.

Pero no iba a regodearse solo en su tenebrosa melancolía. Mientras sostenía en la mano una asquerosa cerveza y observaba la puerta, entraron más tauren, que saludaron a Baine asintiendo con la cabeza y tomaron asiento. Un rato después, vio entrar a Vol’jin. El troll no se sentó con él a pesar de que sus miradas se cruzaron. Entonces, para su sorpresa, atisbó los ropajes brillantes de color dorado y rojo de los sin’dorei. y las prendas andrajosas de los Renegados. Baine recobró el ánimo. Los demás también vieron lo que él acababa de ver y sintieron lo mismo que sentía él. Tal vez, después de todo, aún hubiera una manera de detener esa locura en la que Garrosh los había embarcado… antes de que la Horda acabara pagando un alto precio por ello.

* * *

El aire salado del mar se hallaba invadido por un gran bullicio, que no había cesado desde que había comenzado hacía un par de días, cuando Varian se enteró de que Theramore había caído, y no iba a cesar hasta que la tarea estuviera completada. Era el ruido propio de un ajetreo febril, de las sierras al cortar madera, de los martillos al clavar clavos, de las maquinarias al ser revisados. Los bramidos de los enanos y las voces alegres de los gnomos eran el contrapunto a esos ruidos propios de tanto trabajo.

Ningún ciudadano de Stormwind se había quejado del ruido, ya que era el ruido de la esperanza. Era el grito con el que la Alianza se negaba a caer por culpa de un único acto cobarde y letal.

Broll Bearmantle, Varian y Anduin se encontraban juntos, mirando el puerto. Como acababa de amanecer, las velas, que se estaban izando con cuidado en una de esas grandes y nuevas naves, estaban teñidas de rosa por un sol que se asomaba por el horizonte.

—Creo que jamás he visto tantos obreros concentrados en un mismo sitio… ni siquiera en Ironforge —comentó Anduin.

Por petición propia, Anduin se iba a quedar en Stormwind hasta que la flota hubiera partido. Después, volvería a estudiar con los draenei. Varian sonrió a su hijo, pues estaba contento porque su hijo había decidido quedarse ahí. Su encuentro con Jaina los había espantado y enfadado a ambos. Anduin, en particular, aún estaba asimilando el impacto de haber visto a su «tía Jaina», la pacifista, tan llena de odio. El hombre que una vez se había identificado con la actitud belicosa de la que ahora hacía gala Jaina y el muchacho al que le daba pavor tal actitud habían estado hablando hasta altas horas de la noche. Padre e hijo hablaron sobre cómo el dolor y la pérdida podían cambiar a cualquiera y también sobre cómo la guerra y la violencia también podían lograr lo mismo.

Anduin había abandonado la conversación con la mirada triste pero repleta de determinación, diciendo:

—Sé que esto que ha pasado es algo horrible. Y… soy consciente de que tenemos que atacar a la Horda. Nos han demostrado hasta dónde son capaces de llegar y debemos impedir que hagan daño a más inocentes. Pero no quiero ser como Jaina. No en esto. Podemos proteger a nuestro pueblo… pero no tenemos por qué hacerlo con el corazón repleto de odio.

Al escuchar esas palabras, fue el corazón de Varían el que se llenó. de orgullo. No esperaba que Anduin reaccionara de una manera tan sabia y madura. Por otro lado, estaba sinceramente sorprendido de que él mismo no compartiera los sentimientos de Jaina y, entonces, se dio cuenta de lo mucho que había cambiado con el paso del tiempo. Hubo una época en la que se había dejado dominar por entero por la ira y la furia, en la que diversas partes de su personalidad se habían hallado en guerra. En realidad, había sido dos seres distintos, literalmente, y unir de nuevo ambas partes físicamente había sido sólo el principio de una ardua batalla. Gracias a Goldrinn, el espíritu del lobo ancestro, había logrado integrar esas partes en su alma. En verdad, había hecho unos grandes avances en ese aspecto.

Quizá, algún día, llegaría a ser tan sabio como su hijo.

Broll, por su parte, había abandonado Teldrassil mediante medios mágicos, una opción con la que no podía contar la mayoría de su pueblo. La noticia de que el bloqueo hasta ahí había llegado había sido un jarro de agua fría, a pesar de ser una noticia esperada.

—Me alegro de ver cómo se construyen tantos barcos —afirmó el druida mientras los tres observaban el puerto—. No pienses que vas a navegar solo, Varian. Si bien es cierto que muchos de nuestros barcos han quedado atrapados por el bloqueo de la Horda, hay muchos más en otras partes. Malfurion y Tyrande están deseosos de ayudarte lo mejor posible. Te aseguro que verás a unas cuantas decenas de nuestros gráciles barcos navegando junto a los tuyos en un futuro no muy lejano.

Anduin se volvió hacia el druida y estiró el cuello para poder ver bien al amigo de su padre. Anduin sabía que Broll también había tenido que enfrentarse a la pérdida, la ira y el odio. Varian pensó que debía de ser toda una inspiración para el príncipe ver cómo dos exgladiadores discutían sobre qué había que hacer en la inminente guerra con cierto pesar y no con regocijo. Aunque, en verdad, era la Luz la que inspiraba a Anduin.

—¿Tu pueblo no va a intentar romper el bloqueo? —inquirió Anduin.

—No. Lo mejor que podemos hacer ahora es aunar esfuerzos. Sólo se sacrificarán vidas si es estrictamente necesario, Anduin. De todos modos, tendremos más posibilidades de ganar si sumamos esfuerzos.

Anduin volvió de nuevo la cabeza, agitando así su pelo rubio, hacia los barcos del puerto.

—¿Por qué ha hecho eso la Horda? Aunque no sabían que habíamos trasladado a los civiles, se atrevieron a…

Se le quebró la voz. Varian colocó una mano con gentileza sobre el hombro de su hijo.

—La respuesta fácil es que la Horda es una banda de engendros. Y sí, es cierto que lo que hicieron es algo monstruoso y que diría alguna palabra malsonante para insultar a Garrosh y sus Kor’kron que no me atrevo a pronunciar delante de alguien tan joven. —Anduin esbozó una levísima sonrisa ante ese comentario. Acto seguido, adoptando de nuevo una actitud seria, Varian prosiguió—. No sé por qué la gente hace esas cosas tan horribles, hijo. Ojalá pudiera explicártelo. Aunque estoy seguro de que muchos que no son miembros de la Alianza critican a Garrosh entre murmullos clandestinos, eso no hará que me tiemble la mano.

—Pero. ¿no vamos a luchar del mismo modo que Garrosh?

—No —contestó Varian—. No lo haremos.

—Pero si está dispuesto a hacer cosas que nosotros no haremos… ¿eso no quiere decir que, al final, ganará?

—No mientras me quede una sola gota de aliento —respondió Broll.

—Lo mismo digo —apostilló Varian—. El mundo está… trastornado. En mi época de gladiador, vi en el foso mucha sangre, mucha violencia y locura. Pero nunca me imaginé que llegaría a ver algo como lo que Jaina se ha visto obligada a contemplar.

—¿Crees… crees que algún día se recuperará? ¿Que superará la herida que se ha abierto en su alma al ver lo que ha visto?

—Eso espero —fue lo único que pudo decir Varian—. Eso espero.

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