Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Veinte

Jaina Valiente: Mareas de GuerraPor fin empezaba a funcionar.

Aunque todavía había temblores que surgían de la tierra herida y relámpagos intensos y furiosos, aunque el viento seguía llorando y los océanos rugían alrededor de los chamanes que, día tras día, se ofrecían a curar la misma alma de Azeroth, estaban logrando serios avances.

A veces, el océano parecía serenarse por sí solo durante unos instantes. La lluvia se iba deteniendo durante periodos cada vez más y más largos, y cada vez se atisbaba con más frecuencia el cielo azul. En una ocasión, los terremotos habían cesado del todo durante tres días enteros.

Los miembros del Anillo de la Tierra (Nobundo, Rehgar, Muln Earthfury y los demás) se tomaban cada una de esas pequeñas señales muy en serio. Al igual que sucedía con un herido normal, les llevaría cierto tiempo curar a Azeroth. No obstante, los elementos acabarían recuperándose; siempre que siguieran cuidando de ellos a lo largo de ese proceso largo y duro.

Thrall permanecía de pie con fuerza y seguridad sobre la temblorosa tierra, enraizándose en ella al mismo tiempo que extraía el dolor que la dominaba. El orco se estaba imaginando a su propio espíritu, su vínculo con el gran Espíritu de la Vida, elevándose para tocar el mismo cielo. Mientras tanto, inspiraba aire corrupto en sus pulmones, lo purificaba y lo exhalaba purgado. Se trataba de una tarea muy dura, exigente y que no parecía tener fin. Pero era el esfuerzo más gratificante y gozoso que había hecho en toda su vida.

Tras serenarse, como un niño asustado que poco a poco se deja arrastrar por las mareas del sueño, los temblores de la tierra se fueron apagando. Los vientos, a los que dominaba más la furia, se fueron calmando de un modo más hosco. La lluvia, sin embargo, cesó. Los chamanes abrieron los ojos, regresaron al sencillo plano de la realidad física e intercambiaron unas sonrisas fatigadas. Había llegado el momento de descansar.

Aggra agarró con una de sus fuertes manos marrones a Thrall de una mano y lo miró con aprobación y admiración.

—Mi Go’el se ha convertido en una roca y ha dejado de ser un torbellino — afirmó—. Desde que has regresado, has hecho grandes avances.

Él le apretó la mano.

—Si yo soy una roca, entonces tú eres el suelo robusto y firme sobre el que ésta reposa, mi amor.

—Soy tu pareja y tú me perteneces —replicó Aggra—. Seremos, como los elementos, lo que el otro necesita cuando lleguen tiempos difíciles. Seremos piedra, viento, agua… o fuego.

En ese instante, le guiñó un ojo. Aggra había sido la persona que lo había empujado a alcanzar su destino cuando éste todavía se sentía muy incómodo con los demás chamanes. Además, no era muy dada a las sutilezas. En esos momentos, Thrall se había sentido furioso, pero con el tiempo había llegado a entender la sabiduría de las decisiones de su amada. Desde que había vuelto, habían sido inseparables; cuando trabajaban juntos, era como si danzaran con alegría y, cuando descansaban, disfrutaban de su mutua compañía. Pensó de nuevo en lo que le había dicho a Jaina y oró en silencio a quienquiera que pudiera escucharlo para pedir que ella fuera tan dichosa como él.

El buen humor del que hacía gala Thrall se disipó en cuanto regresaron al campamento y vieron ahí a un joven orco, ataviado con una armadura ligera de cuero, en posición firme. El polvo y el barro que cubrían su ropa indicaban que se trataba de un mensajero y el gesto ceñudo de su rostro señalaba muy elocuentemente qué clase de noticias traía.

El mensajero lo saludó enérgicamente.

—Go’el —dijo, haciendo una reverencia—, traigo noticias de Orgrimmar. Y de. otro lugar.

Thrall sintió que se le helaba el corazón. ¿Qué había hecho Garrosh esta vez? Mientras tanto, los demás chamanes se aproximaban y contemplaban a aquel extraño con cierto interés. Thrall dudo entre si debía leer esas noticias en privado o no pero, al final, decidió hacerlo delante de todos. Ya no era Jefe de Guerra de la Horda, así que no tenía nada que ocultarles a los demás.

Aguardó a que el resto del Anillo hubiera llegado y, entonces, les indicó con una seña que se acercaran. El desafortunado joven orco aguardó, presa de la inquietud, a que Thrall le hiciera esa petición que tanto estaba esperando.

—Lee esa misiva delante de todos, mi joven amigo —le pidió con suma serenidad.

El mensajero respiró hondo.

—Con hondo pesar, debo informarte de un terrible desastre que ha acabado con cualquier posibilidad de alcanzar la paz en este atribulado continente, tal vez incluso en todo Azeroth. Todo empezó cuando Garrosh decidió reunir a los ejércitos de la Horda con el fin de atacar el Fuerte del Norte, que quedó totalmente arrasado. Después esperó varios días, permitiendo así que la Alianza pudiera reforzar sus defensas en Theramore. Para combatir contra nuestra armada y nuestro ejército de tierra, Theramore pidió ayuda a la flota de la Séptima Legión y a varios consejeros militares muy conocidos, como Marcus Jonathan, Shandris Feathermoon, Vereesa Windrunner y el almirante Aubrey entre otros. En la subsiguiente batalla, la Horda fue derrotada a pesar de luchar con valentía… o eso parecía.

»Go’el, Garrosh esclavizó a unos gigantes fundidos para obtener la victoria en la Devastación del Fuerte del Norte. Y para destruir Theramore, empleó.

El emisario dejó de hablar al mismo tiempo que los ahí reunidos proferían una serie de gritos ahogados. El Anillo estaba formado por antiguos miembros de la Horda y la Alianza que, a pesar de haber dejado sus antiguas lealtades a un lado para colaborar y alcanzar un bien mayor, seguían manteniendo un estrecho vínculo afectivo con su respectiva facción. Además, como chamanes que eran, se horrorizaron al saber que Garrosh había esclavizado a unos elementales (¡y a qué elementales!) para guerrear. Entretanto, las palabras «para destruir Theramore» seguían flotando en el aire.

—Continúa —le pidió Thrall con suma seriedad.

—Para destruir Theramore, robó una reliquia a los dragones Azules que utilizó como fuente de energía para alimentar a la bomba de maná más potente que jamás ha sido creada. Theramore ha sido devastada por entero, ahora sólo es un montón de ruinas envueltas en energía Arcana. Nuestros exploradores afirman que no ha sobrevivido nadie que estuviera tras los muros de la ciudad.

No ha sobrevivido nadie. Jaina, su amiga, esa voz que siempre abogaba por la paz había muerto. A Thrall le resultaba muy difícil respirar y Aggra le apretó la mano con fuerza. Él la apretó también con fuerza hasta que le resultó doloroso; aun así, Aggra siguió agarrándole de la mano, prestándole así su amor y apoyo, pues sabía mejor que nadie qué clase de tremendo dolor estaba sintiendo su amado.

Entonces, pudieron escucharse unos sollozos ahogados al volverse una de los draenei hacia su amigo troll en busca de consuelo. El troll abrazó a la draenei con delicadeza, pese a que parecía furioso. Todo el mundo se había quedado atónito, incluso aquéllos que Thrall sabía que se oponían a la paz. Esa masacre gratuita sólo traería deshonor y vergüenza a la Horda. Y por tal temeridad tendrían que pagar un alto precio.

Aunque resultara difícil de creer, el mensaje no acababa ahí. Como todavía era incapaz de hablar, Thrall indicó con un gesto al emisario que prosiguiera.

Mientras hablaba, la voz del joven orco estaba teñida de tristeza.

—Nuestra armada se ha dispersado para formar un círculo alrededor de Kalimdor y bloquear a la Alianza. De ese modo, ni Bastión Feathermoon ni Teldrassil ni ningún otro sitio podrá recibir ayuda ni sus habitantes podrán escapar en un número significativo. Garrosh ha alardeado abiertamente de que va a conquistar todo el continente y de que va a expulsar a la Alianza o a eliminar hasta el más mínimo rastro de ella. La única esperanza que puedo ofrecerte, amigo mío, es que no todos los miembros de la Horda ven con buenos ojos los actos de Garrosh. Algunos de los nuestros son capaces de ver que ha escogido un sendero muy peligroso y temen que la Horda acabe pagando un alto precio por ello. Con miedo por el destino de mi pueblo, se despide quien sigue siendo tu amigo, Eitrigg.

Thrall asintió, indicando así que comprendía ese funesto mensaje, pero su mente estaba centrada en otras palabras, dichas hace no mucho tiempo por una mujer que ahora estaba muerta.

Por todo hay que pagar un precio, Go ’el. Tú tuviste que pagar un alto precio para adquirir tus conocimientos y habilidades… Garrosh intenta alimentar las tensiones entre la Alianza y la Horda… unas tensiones que no existían hasta que él las provocó… Como chamán que eres, eres capaz de controlar los vientos. Pero los vientos de la guerra soplan con fuerza y, si no detenemos a Garrosh ahora, muchos inocentes pagarán muy caro nuestros titubeos.

Y así había sido. Muchos inocentes habían pagado muy caro sus titubeos. Por un momento muy largo, Thrall se limitó a permanecer de pie, sumido en unos pensamientos dolorosos a la vez que buceaba en su alma, mientras el resto del Anillo aireaba su preocupación. ¿Acaso la maga había estado en lo cierto? ¿Acaso todo eso se podría haber evitado si hubiera dejado que otros se dedicaran a sanar el mundo y él siguiera llevando las riendas de la Horda?

Hubo una época en que esa pregunta lo hubiera obsesionado durante días y días. Pero, ahora, se limitó a planteársela de un modo racional, a responderla y olvidarla. Jaina siempre había afirmado que tan necio era subestimar las habilidades de alguien como sobrestimarlas. Thrall había asumido provisionalmente el papel del Aspecto de la Tierra para ayudar a los cuatro Aspectos durante la batalla contra Deathwing. Estaba muy seguro de que, si bien no era el único responsable del proceso de sanación que había tenido lugar en este sitio, sí había contribuido significativamente en ese proceso.

Al sanarlo había ayudado a cambiar, literalmente, el mundo.

Aunque el uso bastardo que había dado Garrosh a los gigantes fundidos lo había perturbado tanto como a los demás chamanes y sentía más pena que nadie ante el vergonzoso ataque que se había lanzado sobre Theramore, en el que se había utilizado una magia robada para cometer un asesinato en masa a distancia, sabía que no podía (de hecho, ninguno de ellos podía) marcharse ahora de aquel lugar.

Nobundo estaba diciendo eso mismo cuando Thrall, apesadumbrado, volvió a centrarse en la conversación.

—Estamos avanzando mucho. No podemos parar ahora… ninguno de nosotros

puede.

—¿Y ahora qué hacemos? —Preguntó Rehgar—. ¡Garrosh ha puesto en peligro todo lo que hemos logrado al haber esclavizado a esos gigantes fundidos para satisfacer sus egoístas fines!

—En su momento, nosotros nos unimos al Círculo Cenarion y a los Aspectos para curar Nordrassil —contestó Muln Earthfury—. Si bien era una alianza sin precedentes, logramos alcanzar todas nuestras metas. Ahora que Nordrassil se ha recuperado, el mundo tiene la oportunidad de sanarse. Pero, tras ver lo que ha hecho Garrosh, ¿qué será capaz de hacer al Árbol del Mundo?

Thrall observó a sus amigos. En sus rostros podía apreciarse la misma indecisión que lo atenazaba a él. Nobundo y Muln se miraron mutuamente. Acto seguido, Nobundo habló:

—Estas noticias me enfurecen y entristecen. No sólo lo referente a cómo se ha abusado de los elementales, sino todo en su conjunto. Es cierto que la tierra podría alzarse iracunda por haber sido maltratada de esa manera y que incluso Nordrassil se halla en peligro. Pero, si dejamos de trabajar aquí para mostrar nuestro rechazo a Garrosh (y no estoy muy seguro de cómo sería recibido eso), nos arriesgamos a que todo el bien que hemos logrado hacer quede en agua de borrajas. Go’el… en su día lideraste la Horda y luego decidiste colocar a Garrosh al mando de ella. Todos sabemos que mantienes una relación de amistad con Lady Jaina Valiente, la defensora de la paz. Si sientes la necesidad de marcharte, nadie cuestionará tu decisión. A todos los demás les diría lo mismo: estamos aquí porque lo decidimos en su momento. porque hemos sido llamados a hacer esto. Si no sientes ya esa llamada, puedes marcharte con todas nuestras bendiciones.

Thrall cerró los ojos un largo instante. Estaba apenado, atónito y furioso. Lo único que deseaba era colocarse una armadura, coger a Doomhammer y marchar a Orgrimmar para castigar al hijo de Grom Hellscream por su necedad y arrogancia, por los horrendos crímenes que había cometido. Garrosh era responsabilidad suya y de nadie más, pues había cometido un error al designarlo su sucesor. Thrall había intentado imbuir de orgullo orco a Garrosh, pero el joven Hellscream, en vez de inspirarse en lo mejor que le había enseñado su padre, se había quedado con lo peor.

Pero no podía irse para calmar su dolor. Aún no. Incluso si, en ese mismo momento, se le apareciera el fantasma de Jaina Valiente y le pidiera a gritos que la vengara, tendría que decirle que no.

Entonces, alzó sus tristes ojos azules hacia Nobundo y le respondió:

—Estoy triste y furioso. Pero mi lugar sigue siendo éste. Ahora mismo, no hay nada más importante que llevar a cabo esta tarea.

Nadie se atrevió a hablar, ni siquiera Aggra. Todos sabían lo que le había costado pronunciar esas palabras y tomar esa decisión. Rehgar se le acercó y le dio una palmadita en el hombro.

—No vamos a permitir que nadie que haya fenecido en esa disparatada masacre, ya fuera de la Horda o la Alianza, haya muerto en vano. Honrémoslos siguiendo con nuestra labor aquí. Volvamos al trabajo.

Jaina se teletransportó al Valle de los Héroes de Stormwind, justo debajo de la estatua del general Turalyon. En otras ocasiones, el general Jonathan solía estar patrullando esa zona, pero ahora no había ningún soldado a caballo aguardando para recibir a los recién llegados a la ciudad o atender al rey de inmediato. Jaina alzó la mirada hacia el andamiaje que sujetaba varias torres que seguían siendo reparadas tras el ataque de Deathwing.

La maga había escondido el Iris de enfoque de tal modo que Kalecgos confundiría a la reliquia con ella pero, aparte de eso, no se había tomado muchas molestias para «prepararse» para su encuentro con Varian. Tenía la cara y la ropa sucia y el cuerpo, plagado de pequeños cortes y moratones. Pero no le importaba. No se trataba de una cena formal ni de una celebración ni, en su opinión, de una ocasión para la que hubiera tenido que bañarse, maquillarse o ponerse ropa limpia. Jaina había acudido a ese lugar por una razón más sombría y siniestra. No obstante, llevaba una capa de color oscuro, cuya capucha llevaba puesta para esconder su pelo, que ahora era blanco con un único mechón rubio.

Al parecer, ya habían llegado a Stormwind las terribles noticias del funesto destino que había sufrido Theramore. Si bien en la ciudad reinaba un gran ajetreo a todas horas, ahora había una cierta precisión mecánica un tanto desalentadora en aquel bullicio. Los soldados patrullaban las calles, pero ya no asentían para saludar a los ciudadanos de manera informal, sino que caminaban decididos mientras examinaban con la mirada a esa muchedumbre presurosa. Habían arriado las brillantes banderas de color azul y dorado y las habían sustituido por unas sencillas banderas negras en señal de luto.

Jaina se abrigó con su capa y se dirigió al castillo.

—¡Alto! —exclamó alguien con un tono de voz imperativo y fuerte. La maga se giró e, instintivamente, alzó las manos para lanzar un hechizo, aunque enseguida se detuvo. No se trataba de un miembro de la Horda que pretendiera asaltarla, sino de uno de los guardias de Stormwind. El guardia había desenvainado su espada y la observaba con el ceño fruncido. Su contrariedad se tomó en sorpresa cuando su mirada se cruzó con la de ella.

Jaina esbozó una sonrisa forzada.

—He de reconocer que realizas tu trabajo de un modo encomiable, señor —le dijo—. Soy Lady Jaina Valiente y he venido porque tengo una audiencia con tu rey. Entonces, echó levemente hacia atrás la capucha para que el guardia pudiera distinguir sus facciones. Pese a que Jaina no recordaba haberse encontrado antes con aquel hombre en persona, era bastante probable que él la hubiera visto en alguna de las muchas visitas formales que la maga había realizado a aquel lugar. Y, de no ser así, seguramente la reconocería porque era una figura pública bastante conocida. Si bien le costó un momento reconocerla, en cuanto lo hizo, envainó la espada e hizo una reverencia.

—Discúlpame, Lady Jaina. Nos habían informado de que no había habido supervivientes en Theramore, salvo aquéllos que se hallaban en las afueras de la ciudad. Demos gracias a la Luz porque sigues viva.

No sigo viva gracias a la Luz, pensó Jaina. Sino gracias al sacrificio de Rhonin. La maga seguía sin saber por qué Rhonin había decidido morir y cerciorarse de que ella sobreviviera. Tenía muchas más razones para vivir que ella, ya que tenía una esposa, era padre de gemelos y era el líder del Kirin Tor. Jaina debería haber perecido junto a su ciudad, esa ciudad que había creído que siempre sería capaz de defender.

No obstante, el guardia había dicho esas palabras sin ninguna mala intención.

—Gracias —replicó la maga.

Entonces, el guardia prosiguió hablando.

—Como puedes ver, nos estamos preparando para la guerra. Todo el mundo… todos nosotros nos quedamos atónitos al enterarnos de que.

Como Jaina no podía soportar más esa cháchara, alzó una mano para pedirle que se callara.

—Gracias por mostrarme tu pesar —le dijo—. Pero Varian me está esperando — lo cual no era cierto, pues el rey creía que estaba muerta, que había perecido junto a Kinndy, Pained, Tervosh y.— Conozco el camino.

—Seguro que sí, Lady Jaina. Si necesitas alguna cosa, lo que sea, cualquiera de los guardias de Stormwind se sentirá honrado de poder prestarte su ayuda.

La saludó de nuevo y volvió a patrullar. Jaina siguió avanzando hacia el castillo. Ahí también habían reemplazado las banderas de la Alianza por otras negras, que pendían en la parte frontal del Castillo de Stormwind tras la enorme estatua del rey

Varían Wrynn. Como Jaina ya había visto en otras ocasiones esa estatua, así como la fuente sobre la que se erigía, le prestó muy poca atención. Ascendió las escaleras que llevaban a la entrada principal del castillo a paso ligero. Una vez ahí, se presentó y le dijeron que Varian la atendería en breve, por supuesto.

Mientras esperaba, Jaina aprovechó para hacer otra visita que también debía realizar. Atravesó furtivamente una puerta lateral y se adentró en la Galería Real.

Esta galería y todas las obras de arte que albergaba habían sufrido el ataque del gran dragón negro. Algunas de las estatuas habían acabado hechas añicos y algunas otras obras habían caído de las paredes donde habían estado expuestas. Aunque se habían llevado todo lo que había resultado dañado de un modo irreparable, el resto de cuadros, tallas y esculturas seguían ahí, a la espera de que alguien los contemplase.

Jaina permaneció inmóvil, como si ella también hubiera sido tallada en piedra. La embargaban unos sentimientos tan dolorosos que deseó que eso fuera verdad. Entonces, le fallaron las rodillas y acabó tendida ante una estatua colosal. Representaba a un hombre orgulloso, cuyo largo pelo parecía escaparse de un ancho sombrero. Llevaba el bigote muy bien arreglado y su mirada tallada estaba clavada en algo situado a lo lejos. Tenía una mano, a la cual le faltaban ahora dos dedos, colocada sobre la empuñadura de su espada y con la otra se agarraba el cinturón. Una grieta recorría la estatua de arriba abajo, empezaba en su bota derecha y zigzagueaba hacia arriba hasta acabar en el centro de su pecho. Jaina extendió una mano temblorosa para tocar esa bota de piedra.

—¿Han pasado sólo cinco años desde que decidí seguir mi propio camino? — susurró—. Decidí aliarme con extraños, con el enemigo, con los orcos, en vez de contigo, papá. En vez de con la sangre de mi sangre. Te acusé de ser un intolerante. Te dije que la paz era el camino. Y tú me respondiste que siempre los odiarías, que nunca dejarías de luchar contra ellos. Y yo repliqué que ellos también eran gente y se merecían una oportunidad. Y, ahora, tú estás muerto y mi ciudad también.

Las lágrimas surcaban su rostro. No obstante, con una parte de su cerebro ajena totalmente a sus emociones, fue capaz de darse cuenta de que eran de un leve color púrpura y brillaban; se trataba de energía Arcana líquida. Al salpicar la base de piedra sobre la cual se alzaba la estatua, se evaporaron en una niebla violeta.

—Papá… perdóname. Perdóname por haber permitido que la Horda se volviera tan fuerte. Perdóname por haberles dado la oportunidad de masacrar a tantos de los nuestros —alzó de nuevo la mirada y contempló esa implacable estatua a través de un velo púrpura y blanco—. Tenías razón, papá. ¡Tenías razón! ¡Debería haberte escuchado! Pero, ahora… ahora es demasiado tarde, lo sé. Fue necesario que… pasara esto… para que lo entendiera.

En ese instante, se secó las lágrimas con una de las mangas de su túnica.

—Pero aún no es demasiado tarde para vengarte. Para vengar a K-Kinndy, a Pained, a Tervosh, a Rhonin, a Aubrey y a todos los demás generales… para vengar a todos aquéllos que perecieron ayer en Theramore. Lo pagarán. La Horda lo pagará. Destruiré a Garrosh, ya lo verás. Con mis propias manos si es posible. Lo destruiré y a todos y cada uno de esos malditos carniceros de piel verde. Te lo prometo, papá. No volveré a traicionarte. Jamás permitiré que vuelvan a asesinar a más de los nuestros. Te lo prometo, te lo prometo.

* * *

A Jaina le llevó un momento recuperar la compostura. Después, regresó al lugar del que había venido para aguardar a que la llamaran. Pero su recién recuperada compostura se vino abajo cuando, tras ser anunciada y guiada a los aposentos privados de Varian, fue recibida y saludada no por el exgladiador alto de pelo negro que esperaba encontrar, sino por un muchacho esbelto que tenía el pelo revuelto.

—¡Tía Jaina! —exclamó Anduin con un gesto de alivio en la cara mientras se acercaba a ella presuroso—. ¡Estás viva!

Aunque Anduin la abrazó fuertemente, la maga se mantuvo impertérrita entre sus brazos. El muchacho se percató de ello y se apartó de Jaina. Entonces, se le desorbitaron los ojos al ser totalmente consciente, al fin, de que el aspecto de la maga había cambiado por culpa de la energía Arcana.

—¿Qué estás haciendo tú aquí? —inquirió, con más brusquedad de la que pretendía.

—Estaba muy preocupado por ti —respondió—. En cuanto nos enteramos de lo sucedido en Theramore. quise venir aquí. Sabía que, si habías sobrevivido, vendrías a Stormwind.

La maga lo miró fijamente, sin pronunciar palabra. ¿Qué podía decir? ¿Cómo iba a poder hablar con ese niño, que era tan ingenuo, sobre el inmenso horror del que había sido testigo? Era tan inocente, ignoraba tantas cosas sobre la verdadera naturaleza del enemigo. Es tan inocente e ignorante como lo era yo en su día.

—¡Jaina! ¡Gracias a la Luz!

La maga se volvió aliviada para dirigirse al rey guerrero que acababa de entrar en la habitación. Hacía mucho tiempo que Varian albergaba cierto odio hacia los orcos. Anduin, sin embargo, era demasiado joven como para entenderlo, aunque algún día lo comprendería, seguro. Varían, por otro lado, sería capaz de entenderla ahora… ahora, cuando más importaba.

El rey iba vestido de manera informal y, pese a que parecía exhausto, portaba un gesto de alivio y satisfacción en su semblante que dio paso a una expresión de sorpresa en cuanto se percató del nuevo aspecto de Jaina.

La maga le espetó irritada:

—Si sigo viva es únicamente porque el archimago Rhonin me obligó a atravesar un portal que me llevó a un lugar seguro. No obstante, sufro ciertas secuelas por culpa de la explosión.

Si bien Varian arqueó una ceja ante la brusquedad de esas palabras, se limitó a asentir, aceptando esa explicación sin ahondar aún más en el tema.

—Supongo que te alegrará saber que no eres la única superviviente —señaló—. Vereesa Windrunner, Shandris Feathermoon y sus respectivos grupos de rastreo también siguen vivos, ya que se hallaban muy lejos del centro de la explosión cuando ésta tuvo lugar. Han vuelto a sus hogares y están informando a sus respectivos pueblos sobre esta guerra.

Jaina no quería ni pensar en la recientemente viuda Vereesa y sus dos hijos, huérfanos ahora de padre.

—Me alegra saberlo —replicó—, de veras. Oh, Varian, te debo una disculpa. Durante todo este tiempo, siempre has tenido razón. Aunque te he insistido muchas veces en que, de algún modo, podríamos llegar a convencer a la Horda de que la paz era posible, ahora sé que eso es imposible. Lo que ha ocurrido demuestra que no es posible. Tú lo sabías incluso cuando a mí me cegaba tanto la esperanza que era incapaz de ver la verdad. Tenemos que vengarnos de la Horda. Ya. Sé que van a regresar a Orgrimmar; Garrosh no podrá resistir la tentación de celebrar su Valiente victoria sobre la Alianza.

Anduin se estremeció levemente ante la amargura que teñía la voz de la maga.

Jaina siguió insistiendo y las palabras brotaron a borbotones de su boca.

—La cerveza correrá por las calles y todo su ejército estará concentrado ahí. No habrá un momento mejor para atacar.

Varían intentó hablar.

—Jaina…

La maga siguió con su diatriba, al mismo tiempo que caminaba de aquí para allá y gesticulaba con ambas manos.

—Convenceremos a los kaldorei para que sumen sus barcos a los nuestros. Los pillaremos totalmente por sorpresa. Mataremos a esos orcos y arrasaremos su ciudad. Nos aseguraremos de que jamás se recuperen de este duro golpe. Los.

—Jaina —dijo Varian con una voz grave y serena, a la vez que la cogía de las muñecas y la obligaba a acabar con sus frenéticos paseos arriba y abajo—. Necesito que te calmes ahora mismo.

La maga alzó la cabeza hacia él de un modo inquisitivo. ¿Cómo podía hablar de guardar la calma en un momento así?

—Estoy seguro de que ignoras que la Horda ha levantado un bloqueo muy efectivo alrededor de todo el continente. Los kaldorei no podrían venir a ayudamos por mucho que quisieran. Con esto no quiero decir que no debamos contraatacar. Lo haremos, pero de un modo inteligente. Necesitamos una estrategia. Debemos dar con el modo de romper el bloqueo y, acto seguido, reconquistaremos el Fuerte del Norte.

—¿Acaso ignoras qué le hicieron a ese fuerte? —le espetó Jaina.

—No lo ignoro —contestó Varian—, pero sigue siendo un puesto avanzado estratégico que debemos recuperar antes de ir más lejos. Tenemos que reconstruir nuestra flota. Hemos perdido a mucha gente de gran talento en Theramore; vamos a necesitar mucho tiempo para que otros abandonen sus puestos actuales y ocupen los cargos que los muertos han dejado vacantes. Tenemos que hacer las cosas bien ya que, si no, lo único que lograremos es que más gente pierda la vida en vano.

Jaina negaba con la cabeza.

—No. No tenemos tiempo para eso.

—No tenemos tiempo para poder permitimos el lujo de no obrar así —replicó Varian, manteniendo su voz serena y calmada, lo cual por alguna extraña razón irritó a Jaina—. Nos enfrentamos a una guerra que podría extenderse por dos continentes. Quizá incluso hasta Northrend. Si voy a participar en una guerra mundial, donde no haya frontera alguna, lo haré de un modo inteligente. Si ahora nos precipitamos, le pondremos la victoria en bandeja a la Horda.

Jaina miró a Anduin, quien permanecía callado, con el rostro lívido y sus ojos azules teñidos de tristeza, El muchacho no había hecho ningún ademán de interrumpir a su padre y a su amiga en esa discusión sobre una guerra a nivel mundial. Acto seguido, volvió a centrar su atención en Varian.

—Tengo algo que podría ser de gran ayuda —afirmó—. Un arma muy potente que ahora se encuentra en mi poder. Un arma que destruirá Orgrimmar tal y como la Horda ha destruido Theramore. Pero tendremos que actuar ya, ahora que todos sus ejércitos están reunidos estúpidamente en Orgrimmar. ¡Si no procedemos así, dejaremos pasar una gran oportunidad!

La maga alzó la voz al pronunciar esa última palabra. Entonces, se percató de que tenía los puños cerrados. Usar el Iris de enfoque para destruir a Garrosh y su amada Orgrimmar sería realmente justo.

—Podemos borrar de la faz de la tierra a todos y cada uno de esos pieles verdes hijos de…

—¡Jaina! —exclamó Anduin bruscamente, con una voz plagada de dolor.

La maga, sorprendida, se quedó callada.

—Lo que ha sucedido en Theramore es una tragedia inenarrable —aseveró Varian, a la vez que obligaba con delicadeza a Jaina a girarse hacia él—. Es una pérdida irreparable. Ha sido un acto vil y cobarde. Pero no debemos agravar aún más las cosas, no pueden morir más soldados de la Alianza innecesariamente.

—Quizá haya miembros de la Horda que no estén de acuerdo con lo que ha ocurrido —apostilló Anduin—. Los tauren, por ejemplo. Además, sabemos que la mayoría de los orcos son bastante honorables.

Jaina negó con la cabeza.

—No, ya no. Ya es tarde para eso, Anduin. Ya es demasiado tarde. Tras lo que han hecho, no hay vuelta atrás. No habéis visto lo que. —se le quebró la voz y, por un momento, tuvo que hacer un gran esfuerzo para poder volver a hablar—. Debemos vengarnos. Y no podemos esperar más. ¿Quién sabe qué clase de atrocidad cometerán próximamente la Horda y Garrosh si no actuamos? ¡Podría producirse otra tragedia como la de Theramore, Varian! ¿Acaso no lo entiendes?

—Lucharemos contra ellos, no te preocupes… pero lo haremos siguiendo nuestras reglas.

El rey la tenía agarrada de los brazos mientras pronunciaba estas palabras. Al instante, la maga se retorció hasta soltarse y retrocedió.

—No sé qué te ha pasado, Varian Wrynn, pero te has vuelto un cobarde. Y tú, Anduin, lamento haber contribuido a que sigas siendo un niño crédulo. Ya no hay esperanza para la paz, ya no hay tiempo para planear estrategias. Tengo en mi mano su condenación. ¡Son unos tontos por dejar pasar esta oportunidad!

Padre e hijo pronunciaron el nombre de la maga al unísono y, de un modo distinto pero extrañamente parecido al mismo tiempo, dieron un paso al frente de modo suplicante.

Jaina les dio la espalda a ambos.

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