Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Diecinueve

Jaina Valiente: Mareas de GuerraComo Baine era un guerrero, sus ojos habían visto más horrores de guerra de los que era capaz de soportar. En su día, había contemplado cómo ciertos poblados fuertes e incluso su propia ciudad de Cima del Trueno ardían en llamas. Había sido testigo de algunas batallas libradas con magia, así como de otras luchadas con espadas, fuego y puños; sabía que los conjuros mataban tan brutalmente como el acero. Había vociferado muchas órdenes de atacar y con ambas manos había arrebatado más de una vida.

Pero esto…

En esta ocasión, el cielo nocturno no era un fondo negro iluminado por el tenue fulgor rojo y naranja de las llamas que devoraban los edificios y los cuerpos, a pesar de que algunas construcciones habían ardido antes en la batalla, sino que se hallaba envuelto en un fulgor violeta, bello incluso, que recordaba a la luz de la luna al reflejarse en la nieve y que emanaba de la ciudad. Por encima de ese resplandor tan engañosamente agradable, el firmamento era un auténtico espectáculo. Unos brillantes relámpagos desgarraban la oscuridad con todos los colores del arco iris. Aquí y allá, esos rayos de colores desiguales cobraban vida y desaparecían de la existencia fugazmente para reaparecer después en otro lado. Se encontraba bastante cerca como para escuchar las detonaciones y los crujidos provocados por el hecho de que la misma estructura del mundo se desgarraba y volvía a unirse una y otra vez. Mientras esas luces coloridas desfilaban por el cielo, Baine pensó de manera un tanto incongruente en un fenómeno conocido como aurora boreal, que había visto en Northrend. Cairne le había hablado en su día de que era un espectáculo que lo había sobrecogido pero, ahora, mientras Baine contemplaba aquel resplandor, sentía ese mismo sobrecogimiento mezclado con una sensación de repulsión y asombro. Aquel suave fulgor violeta era lo primero que uno veía del manto de energía Arcana que envolvía Theramore.

Entretanto, los miembros de la Horda que pensaban que la destrucción que había provocado Garrosh era algo bueno gritaban de júbilo. Entre ellos, se encontraban los elfos de sangre, quienes habían proporcionado a la Horda la bomba de maná que había explotado por encima de toda una ciudad y que no se había limitado a dañar a sus habitantes y edificaciones sino que los había arrasado por completo. Baine había sido testigo con demasiada frecuencia de cómo habían perecido por culpa de ataques de magia Arcana tanto amigos como enemigos, por lo cual ahora sólo podía sentir una tremenda furia ante lo que veían sus ojos. La gente que se había visto atrapada en la explosión había sido destrozada por dentro, ya que la magia los había desfigurado y alterado por dentro hasta la última gota de sangre. Los edificios también habían sufrido horrendos cambios en su interior. La detonación había sido tan potente que Baine era consciente de que toda criatura, toda brizna de hierba y todo puñado de tierra a los que había alcanzado habían hallado la muerte o algo peor que la muerte.

Además, esa espantosa magia seguía flotando en el ambiente. Baine no era un experto en magia, por lo que ignoraba por cuánto tiempo ese fantasmagórico resplandor violeta, que señalaba el lugar donde Garrosh había cometido su calculada brutalidad, iba a mantenerse oscilante alrededor de esa ciudad masacrada. Lo único que tenía claro era que nada podría volver a vivir en Theramore en mucho tiempo.

Aunque unas lágrimas recorrieron su hocico, no hizo esfuerzo alguno por secárselas. Pese a que se hallaba rodeado por una multitud de enardecidos miembros de la Horda, en cuanto miró a su alrededor, pudo divisar unas cuantas caras, iluminadas por el espectral fulgor Arcano, dominadas por una expresión de horror y repulsión. ¿Qué había sido de ese Jefe de Guerra que en su día había dicho: «El honor… no importa lo mal que vaya la batalla, nunca renuncies a él», que había tirado a otro orco, al señor supremo Krom’gar, por un precipicio hacia una muerte segura por haber lanzado una bomba sobre unos inocentes druidas y que había dejado sólo un cráter como recuerdo? Los paralelismos eran inquietantes y conmovieron a Baine hasta lo más hondo de su ser. Garrosh había pasado de condenar tales crímenes a cometerlos.

—¡Victoria! —gritó Garrosh, quien se hallaba en la cima de la loma más alta de las islitas del canal. Alzó a Gorehowl y la afilada hoja del hacha centelleó, reflejando esa luz púrpura sobre la Horda ahí reunida—. En primer lugar, les proporcioné una gloriosa batalla en la que tomamos el Fuerte del Norte. Luego, puse a prueba su paciencia para que pudiéramos librar una lucha aún más honorable. contra los mejores soldados y las mentes más brillantes de la Alianza. ¡Cada uno de ustedes es ahora un veterano de la batalla contra Jaina Valiente, Rhonin, el general Marcus Jonathan y Shandris Feathermoon! Además, para asegurar nuestra victoria, les robé a los más grandes señores de la magia de este mundo y delante de sus mismas narices una reliquia

Arcana tan poderosa como para destruir una ciudad entera, ¡tal y como ha quedado demostrado!

Entonces, señaló a Theramore, como si los ahí congregados no se hallaran fascinados por esa masiva destrucción.

—¡Esto lo hemos provocado nosotros! ¡Contemplen la gloria de la Horda!

¿Acaso ninguno de ellos era capaz de darse cuenta de lo que habían hecho? Baine no podía entenderlo. Tantos, tantísimos miembros de la Horda parecían alegrarse de haber arrasado una ciudad, de haberla dejado atestada de cadáveres que pertenecían a unas personas que habían muerto de un modo horrible y doloroso. Todo ellos habían seguido felices y contentos a Garrosh, que los había engañado para batallar contra Theramore cuando, desde el principio, éste contaba con los medios para ganar sin necesidad de sacrificar ni una sola vida de la Horda. Baine no estaba seguro de cuál de estos despreciables actos lo repugnaba más.

Los vítores eran ensordecedores. Garrosh se volvió y sus ojos se cruzaron con los de Baine. El Jefe de Guerra mantuvo la mirada clavada en el tauren, pero éste no apartó la vista. En el rostro de Garrosh se dibujó una sonrisa sarcástica y, acto seguido, escupió en el suelo y se alejó. Una oleada de vítores lo siguió.

Malkorok, sin embargo, se quedó. Entonces, se echó a reír. Empezó con una leve y desganada risa que dio paso a unas demenciales carcajadas socarronas. Los sensibles oídos de Baine se vieron invadidos por unas carcajadas dementes, por unos vítores que celebraban tanto sufrimiento y por unos ruidos imaginarios procedentes de una ciudad entera que chillaba presa de un terrible tormento antes de sumirse en las inmisericordes simas del olvido.

Como era incapaz de soportarlo, como era incapaz de soportar cuánto se despreciaba a sí mismo por haber formado parte de esa carnicería (a pesar de que había participado en esa campaña a regañadientes y de que ignoraba que el objetivo último de Garrosh era provocar esa masacre), Baine Bloodhoof, gran jefe de los tauren, se tapó los oídos, se dio la vuelta y buscó un remanso de paz, aunque fuera un mero espejismo, en la cálida humedad del pantano.

* * *

La mañana fue muy cruel con las ruinas de Theramore.

Sin el gentil manto de la noche, la devastación podía apreciarse en toda su dantesca extensión. El humo de los incendios ya prácticamente apagados aún se curvaba mientras ascendía hacia el cielo. Las anomalías Arcanas, que habían provocado el espectáculo de luz y de color la noche anterior, resultaron ser grietas en realidades y dimensiones desgarradas, de las cuales uno podía atisbar otros mundos incluso. En el aire, flotaban no sólo rocas y fragmentos de tierra que habían sido arrancados del suelo, sino escombros de edificios y restos de armas. Los cadáveres giraban lentamente en el aire, como unos grotescos títeres que flotasen en agua. El crepitar de las llamas y los bramidos del trueno se escuchaban de manera incesante.

Gharga contempló la ciudad henchido de orgullo por haber participado en la batalla. Seguramente, ya se estaban componiendo Lok’tras sobre ese glorioso combate. Pese a que a sus oídos había llegado el rumor de que cierta gente cuestionaba en privado las decisiones de Garrosh (se decía que principalmente los tauren y los trolls), Gharga se sentía orgulloso de que sus orcos, en general, estuvieran tan encantados con el resultado de la batalla como él mismo.

Estaba esperando en el puente a que se acercara al Sangre y Truenos en un bote de remos el emisario enviado por el jefe de Guerra Garrosh Gharga se enderezó aún más, henchido de orgullo, en cuanto se dio cuenta de que no se trataba de un orco cualquiera sino de uno de los Kor’kron de Garrosh. Poco después, en cuanto el pequeño bote se encontró junto al barco, el orco se puso en pie y ascendió rápidamente por la escalera de cuerda.

La Kor’kron lo saludó.

—Capitán Gharga —dijo—, ahora que amanece sobre la ruinas de Theramore, traigo dos misivas para ti. —Al escuchar esas palabras, los orcos no pudieron reprimir unas sonrisas mientras se miraban unos a otros—. Una de ellas es un mensaje privado del Jefe de Guerra Garrosh. La otra contiene tus nuevas órdenes. Capitán, tendrás un papel vital que desempeñar en la próxima fase de la conquista de Kalimdor por parte de la Horda.

Pese a que le brillaron los ojos de pura satisfacción, Gharga se limitó a hacer una educada reverencia y enunciar una frase hecha a modo de respuesta.

—Vivo para servir al Jefe de Guerra y a la Horda.

—Eso parece, ya que tu gran lealtad no ha pasado inadvertida. Tengo instrucciones de esperar a que leas tus órdenes y de volver con una respuesta.

Gharga asintió y desenrolló el segundo pergamino. Leyó rápidamente el breve mensaje y no pudo reprimir más su júbilo. Garrosh no era un charlatán presuntuoso. Había cumplido su promesa de destruir totalmente Theramore de una manera tan dramática que había dejado atónito a todo el mundo, incluso a sus más leales seguidores, La armada de la Horda que ahora ocupaba el puerto de Theramore tenía que dispersarse y llevar a cabo un bloqueo en todo el continente. De ese modo, nadie podría enviar ayuda a Theramore ni tampoco a Lor’danel o al Bastión Feathermoon o a la aldea Rut’theran o a la isla Bruma Azur.

El Bastión Feathermoon sería la primera escala en el viaje de Gharga. Una vez ahí, debía enviar a Orgrimmar, a través de sus más veloces mensajeros, la noticia de que la Horda había obtenido una victoria inimaginable y que la ciudad debía prepararse para los mayores festejos que jamás se habían visto en ese lugar para celebrar el regreso de Garrosh.

Gharga volvió a enrollar el pergamino y comentó con suma confianza:

—Dile a nuestro Jefe de Guerra que he entendido perfectamente sus órdenes. La flota partirá en una hora. Dile que estoy seguro de que, cuando Orgrimmar reciba la noticia, los gritos de júbilo se podrán escuchar desde aquí.

* * *

Lo primero que notó Jaina al recuperar la conciencia fue dolor, aunque no recordaba por qué sufría esa terrible agonía. Cada gota de su sangre, cada músculo, cada nervio y centímetro de su piel parecía hallarse envuelto en unas gélidas llamas.

Con los ojos todavía cerrados, gimió levemente y cambió de postura, pero el dolor se triplicó y se le escapó un suspiro. Le dolía hasta respirar y su propio aliento le resultaba un tanto extraño, pues lo notaba extrañamente gélido cuando se le escapaba de los labios.

Abrió los ojos, parpadeó y se incorporó. Notó que tenía arena en la cara y se la quitó, mientras apretaba los dientes con fuerza por culpa de la agonía que sentía. Acto seguido, intentó recordar qué había ocurrido. Había sucedido algo… algo terrible que no podía describirse con palabras. Por un segundo, recuperó la memoria lo suficiente como para darse cuenta de que no quería recordar.

De repente, un viento la despeinó. De manera instintiva, alzó una mano para apartarse el pelo de la cara y, al hacerlo, se quedó helada al ver el mechón que se hallaba entre sus dedos.

Jaina siempre había tenido el pelo rubio.

«Del color de la luz de sol», le solía decir su padre cuando era niña.

Pero, ahora, era del color de la luz de la luna.

Súbitamente, fue consciente de que estaba a punto de recordar lo acaecido, a pesar de que, presa de la desesperación, no quería saberlo. Entonces, se asomó al abismo del recuerdo.

Mi hogar… mi gente…

Jaina se puso en pie de un modo vacilante al mismo tiempo que temblaba violentamente. No veía por ningún lado a los otros que, supuestamente, debían de hallarse también en ese lugar. Estaba sola… y sola tendría que contemplar eso que tanto miedo le daba. Se armó de valor y se giró.

Y vio que el cielo se había desgarrado. A pesar de que era ya mediodía, Jaina divisó estrellas entre las fisuras. Las anomalías Arcanas se asomaban fugazmente a la existencia para desaparecer de inmediato. Diversos colores, que ante sus ojos anegados de lágrimas parecían heridas abiertas y horrendos hematomas, danzaban burlonamente sobre las ruinas de lo que, hasta hace poco, había sido una orgullosa ciudad.

De improviso, una sombra la cubrió por entero. Aturdida y asqueada, no pudo apartar la mirada de ese espectáculo dantesco. Le daba igual qué era eso que estaba aterrizando junto a ella. Entonces, una voz la sacó de su trance.

—¿Jaina?

Esa voz fatigada, que estaba teñida de dolor, preocupación y afecto, pertenecía a alguien que iba calzado con unas botas, a alguien que corría hacia a ella, como cabía deducir por el ruido de sus pisadas en la arena.

En ese instante, la maga se volvió hacia Kalec. A través de las lágrimas que anegaban sus ojos, vio que el dragón se agarraba el costado con una mano, aunque no parecía sangrar. Si bien estaba pálido y parecía exhausto, había sido capaz de reunir las fuerzas necesarias para acercarse corriendo hasta ella, aunque cojeaba ligeramente. Mientras se aproximaba, pudo comprobar su reacción ante los cambios físicos que ella había experimentado.

Kalec se abalanzó sobre Jaina en cuanto a ésta le flaquearon las piernas. El dragón la cogió a tiempo y la sostuvo contra su pecho. Las manos de la maga, que parecían tener voluntad propia, lo buscaron a tientas hasta aferrarlo con fuerza mientras enterraba su rostro entre el hombro y el cuello del dragón. Él la agarró con igual intensidad, a la vez que le sostenía la cabeza con una mano y le acariciaba con una mejilla el pelo, que ahora era de color blanco.

—Ha desaparecido —murmuró, con una voz áspera debido al dolor y al horror—. Todo ha desaparecido. Toda esa gente, todas esas cosas… todo. A pesar de que habíamos luchado muy duro y con gran valor, a pesar de que habíamos ganado, Kalec, de que habíamos ganado.

Él la abrazó con aún más fuerza si cabe, aunque no intentó consolarla con meras palabras, pues no había ningún consuelo que ofrecer de ese modo. Jaina se alegró de que fuera consciente de ello.

—Mi reino… todos los generales. Stoutblow, Tiras’alan, Aubrey, Rhonin. oh, por la Luz, Rhonin. ¿Por qué hizo lo que hizo, Kalec? ¿¡Por qué me ha salvado cuando soy la responsable de todo esto!?

Ahora fue Kalec quien habló, echándose hacia atrás para poder contemplarla con suma atención.

—No —replicó, con un tono de voz duro y plagado de determinación—. No, Jaina. Esto no es culpa tuya. No te atrevas a echarte la culpa. Si es culpa de alguien, es mía. y de mi Vuelo por haber permitido que ese maldito Iris de enfoque fuera robado. No podrías haber hecho nada por contener esa… explosión. Nadie podía haber hecho nada. La bomba de maná estaba alimentada por el Iris de enfoque. Aunque yo era uno de los que más lejos se hallaba de la explosión, la onda expansiva me arrojó hasta el mar. No pudiste hacer nada para evitarlo… nadie pudo hacer nada.

Kalec sostenía con una de sus fuertes manos la de Jaina mientras permanecían abrazados. La maga se aferraba a ella como si la vida le fuera en ello. Tal vez fuera así. No obstante, era perfectamente consciente de lo que tenía que hacer.

—Debo regresar —dijo con un tono de voz grave—. Aún podría seguir alguien… vivo. Quizá pueda hacer algo.

Al dragón se le desorbitaron sus ojos azules.

—Jaina, no, por favor. No es un lugar seguro.

—¿Que no es seguro? —le espetó violentamente, mientras se retorcía entre sus brazos y se apartaba de él—. ¿Seguro? ¿Cómo puedes decirme eso, Kalec? Ése es… era… mi reino. Ése era mi pueblo. Se lo debo. ¡Lo menos que puedo hacer por ellos es comprobar si puedo hacer algo o no!

—Jaina —replicó Kalec, mientras se acercaba a ella de manera implorante—, ese lugar hiede a energía Arcana. Lograste escapar, pero la explosión ya te ha.

—Sí, dilo —lo interrumpió con brusquedad, pues el dolor que albergaba su corazón era más intenso que el que sentía físicamente—. ¿Qué es lo que ya me ha hecho?

El dragón titubeó un instante y, acto seguido, habló con gran serenidad.

—Tu pelo se ha vuelto blanco. Ya sólo te queda un mechón rubio. Tus ojos… relucen también con un fulgor blanquecino.

Jaina lo miró fijamente, sumamente asqueada. Si esa explosión la había afectado tanto de un modo tan obvio, ¿qué más secuelas podía estar sufriendo que no fueran visibles? Se llevó la mano al corazón por un momento y apretó con fuerza, como si así pudiera deshacerse de ese estremecedor dolor.

Kalec prosiguió hablando.

—Sé que quieres hacer algo, que quieres reaccionar de alguna manera. Pero podemos hacer otras cosas. Allí ya no queda nadie vivo, Jaina. Si vas allí, lo único que conseguirás es acabar aún peor. Más adelante, cuando sea más seguro, podríamos regresar y.

—Deja de hablar en plural —le espetó amargamente.

El sufrimiento que se reflejó en el hermoso rostro de Kalec provocó que la maga sintiera un dolor aún más intenso en su corazón; sin embargo, ahora daba la bienvenida al dolor, pues únicamente su propio sufrimiento podría calmar la agonía de saber que sólo ella, de todas las almas que se habían congregado en Theramore para ayudarla, había sobrevivido.

—Esto sólo me incumbe a mí. Soy la única responsable de esos cadáveres que yacen allí y que han sufrido las consecuencias de mis decisiones. Voy a ir para ver si puedo hacer algo, si puedo salvar aunque sólo sea una vida. Y voy a hacerlo sola. Como siempre he hecho. Así que no me sigas.

Con suma celeridad, realizó un conjuro de teletransportación. Pese a que pudo escuchar cómo Kalec gritaba su nombre a sus espaldas, se negó a derramar una sola lágrima.

Pues, si se las guardaba, la hacían sufrir más.

* * *

Jaina había creído que estaría preparada para lo que iba a ver. Pero estaba equivocada. Nada podría haber preparado a una mente cuerda para lo que esa bomba de maná le había hecho a Theramore.

Lo primero en que se fijó fue en la torre o, más bien, en el lugar donde se había alzado. Aquel hermoso edificio de piedra blanca, que había albergado una extensa biblioteca y un salón muy acogedor, había desaparecido. En su lugar, había ahora un cráter humeante, que recordaba aterradoramente al que todavía existía en las laderas de Trabalomas. Sin embargo, esa fisura en la tierra había sido provocada por una ciudad que partía hacia una guerra y ésta, en concreto, por el desesperado intento de Rhonin de evitar el desastre, lo cual había pagado con la vida.

Se hallaba rodeada de muerte, sepultada y abrumada por ella. La muerte se encontraba en esos edificios que habían abandonado para siempre la verticalidad, pues ni uno sólo de ellos había quedado intacto. La muerte impregnaba la tierra bajo sus pies, así como el cacofónico y errático cielo que se alzaba sobre ella. Y, por encima de todo, la muerte moraba en los cadáveres que habían caído donde la explosión los había sorprendido.

Los cuerpos de los sanadores yacían desperdigados aquí y allá, con los heridos aún entre sus brazos. Los jinetes y sus caballos formaban un todo en la muerte, al igual que habían hecho en vida. Los soldados habían perecido con sus armas envainadas, pues el inevitable ataque había sido muy repentino. El aire crepitaba, chisporroteaba y zumbaba a su alrededor, provocando que se le encrespase el pelo al mismo tiempo que, como una sonámbula, caminaba cuidadosamente por las ruinas de su ciudad y su vida.

Jaina observó, con un extraño desapego, las cosas que la bomba de maná había esparcido al azar. Ahí había un cepillo para el pelo; allá, una mano cercenada. Cerca del borde del cráter se agitaban las hojas de un libro. Al instante, se agachó a recogerlas. Una de ellas había quedado tan afectada por la bomba que se hizo pedazos en cuanto la tocó. Junto al arsenal, un soldado yacía sobre un charco de sangre roja… a tres pasos de distancia, otro soldado flotaba en el aire, a la altura de los ojos de la maga; unos glóbulos de un líquido púrpura ascendían hacia el cuello desde una grieta abierta en su armadura.

Entonces, pisó algo blando y retrocedió de un salto rápidamente. Miró hacia abajo y comprobó que era una rata, cuyo cuerpo estaba envuelto en un aura violeta; además, llevaba aún en la boca un trozo de queso totalmente normal. En ese instante, Jaina recordó que Kalec la había advertido de que nadie podría haber sobrevivido a la explosión. Ni siquiera las ratas, por lo visto.

Negó con la cabeza. No. No, alguien tenía que haber sobrevivido. Era imposible que hubiera matado a todo el mundo, a todo ser vivo. Avanzó con una siniestra determinación, sorteando los escombros allá donde era posible, parándose a escuchar de vez en cuando con la esperanza de escuchar un grito de ayuda por encima del crepitar y el zumbido de ese firmamento desgarrado. Entonces, se topó con Pained, quien había caído sobre el cadáver de un orco al que, sin lugar a dudas, había matado. Jaina se arrodilló junto a esa guerrera, le acarició su largo pelo de color azul oscuro y profirió un grito ahogado en cuanto sus pelos se quebraron como un objeto hecho de cristal. Pained había muerto con su espada en la mano y esa expresión adusta y severa, tan habitual en ella, dibujada en la cara. Había muerto como había vivido, defendiendo a Jaina y Theramore.

Volvió a sentir un hondo dolor, que hasta entonces había permanecido aletargado por el horror, como cuando se le duerme a uno una extremidad y luego vuelve a circular la sangre por ella. Jaina intentó reprimirlo como pudo y siguió andando. Ahí estaba su estimado Aubrey, así como Marcus Jonathan, Tiras’alan y los dos enanos. Encima de uno de los tejados destrozados se encontraba tirado el cuerpo del teniente Aden, cuya reluciente armadura había adquirido un color morado y negruzco por la deflagración.

De repente, Jaina recuperó su capacidad de pensar de un modo racional. Deberías parar. Kalec tenía razón. Vete, Jaina. Ya has visto bastante como para saber que nadie ha sobrevivido. Márchate ya, antes de que veas demasiado.

Pero no podía hacerlo. Ya había encontrado a Pained y necesitaba dar con los demás. ¿Dónde estaba Tervosh, que había sido su amigo durante largo tiempo? Y el guardia Byron y el sacerdote Allen Fulgente y Janene, la posadera que había insistido en quedarse en la ciudad… ¿Dónde estaban todos ellos? ¿Dónde…?

Entonces, divisó una silueta que parecía pertenecer a un niño, lo cual era lo que le había llamado la atención en un principio. Eso era imposible, ya que los niños habían sido evacuados. ¿Quién…?

En ese instante, se dio cuenta.

Jaina apenas era capaz de respirar. Quería apartar la mirada, pero era incapaz de hacerlo. Lentamente, de manera nerviosa, movió los pies, que parecían tener voluntad propia, y se acercó al cuerpo.

Kinndy se encontraba boca abajo en medio de un charco de su propia sangre. En su pelo rosa podía apreciarse una mancha de color carmesí. Jaina sintió la necesidad de meter a Kinndy en una bañera con agua caliente, de ayudarla a asearse y de darle ropa limpia.

Se dejó caer de rodillas y colocó una mano sobre el hombro de la muchacha, con intención de darle la vuelta. Al instante, el cuerpo de Kinndy se transformó en un deslumbrante polvo violeta.

Jaina chilló.

Gritó, totalmente horrorizada, mientras intentaba frenéticamente recoger ese polvo cristalino que era lo único que quedaba de esa joven inteligente y lleva de vida. Chilló porque la había perdido y se sentía culpable. Gritó de pena y, sobre todo, de rabia.

Chillaba de rabia contra la Horda, contra Garrosh Hellscream y contra aquéllos que lo seguían. Contra Baine Bloodhoof, que la había advertido de esa amenaza pero que, sin embargo, había permitido que eso sucediera. Quizá incluso sabía que eso iba a ocurrir. Su grito se acabó transformando en unos sollozos atroces que le desgarraron la garganta. Entretanto, seguía cogiendo esa arena púrpura a puñados, como si intentara así aferrarse a Kinndy. Sus sollozos aumentaron al comprobar que ese polvo seguía escapándosele de entre los dedos de manera obstinada.

Eso no era una guerra. No era siquiera un asesinato en masa, sino una masacre cometida desde una cómoda distancia. Era una matanza realizada del modo más brutal y cobarde que Jaina era capaz de imaginar.

Entonces, algo brilló, como si fuera una especie de señal, en esa tierra inerte. Lo miró fijamente por un momento y, acto seguido, se puso en pie lentamente, tambaleándose levemente. A continuación, se dirigió hacia aquel extraño brillo tambaleándose como una borracha.

Cuando llegó hasta él, comprobó que era un fragmento de cristal plateado no más grande que la palma de su mano. De inmediato, lo recogió del suelo. Como se hallaba conmocionada, Jaina no se dio cuenta en un principio de qué era eso que estaba mirando, pero luego el dolor volvió a adueñarse de ella. Le traía tantos recuerdos… como, por ejemplo, el rostro tan lleno de vida de Anduin cuando charlaba con ella. O el semblante surcado de cicatrices de Varian. Cómo Kalec intentaba no aparecer en su campo de visión y se apartaba hacia una esquina cuando ella utilizaba ese espejo. Rhonin.

Por el rabillo del ojo, se percató de que algo se movía. De inmediato se giró, albergando aún irracionalmente la esperanza de que alguien hubiera logrado sobrevivir.

Se trataba de unos seres enormes, ataviados con armaduras y de color verde. Eran veinticinco orcos al menos, o tal vez más de treinta, que rebuscaban afanosamente entre los escombros. Uno de ellos metió algo en una bolsa y se dirigió a los demás. Al instante, estallaron unas ásperas carcajadas orcas que fueron el contrapunto a los incesantes ruidos de desgarros y a las leves detonaciones.

Jaina apretó los puños con fuerzas, incluso el puño con el que sostenía el fragmento de cristal, aunque apenas fue consciente del dolor que sintió al rasgarse los dedos y la palma de la mano.

Aunque les costó un rato, al final, uno de ellos se percató de su presencia en medio de aquella devastación. El orco esbozó una amplia sonrisa, enmarcada en unos colmillos amarillentos con sus gruesos labios verdes, y le dio un codazo a uno de sus camaradas. El más grande, el que también portaba la mejor armadura (sin lugar a dudas, era el líder de esa reducida avanzadilla que el cobarde de Garrosh había enviado para cerciorarse de que todo el mundo estaba realmente muerto) gruñó y dijo algo en lengua común con un fuerte acento orco.

—Señorita, no sé cómo has logrado sobrevivir. Pero, ahora mismo, voy a corregir ese error.

Al instante, todos los orcos blandieron sus armas; hachas, espadas anchas y cuchillos que relucían tenuemente por el veneno que habían untado en sus hojas. Entonces, los labios de Jaina se curvaron para conformar una amplia sonrisa. Los orcos la observaron con más detenimiento, desconcertados por su inesperada reacción, hasta que su líder estalló en carcajadas.

—¡Vamos a matar a Jaina Valiente! —exclamó.

—¡Llévale su cabeza al jefe de guerra Garrosh! —pidió otro orco.

Garrosh.

Jaina ni se dignó a replicarle. Tiró el fragmento de espejo y, a continuación, se limitó a alzar las manos. Súbitamente, una oleada de energía Arcana, cuya potencia se vio aumentada por los residuos de magia que había dejado la bomba de maná en el ambiente, golpeó a todos sus rivales. Los orcos se tambalearon y se estremecieron, tremendamente debilitados. Uno de ellos, una orco que sostenía una daga, temblaba tanto que se le cayó el arma de las manos mientras intentaba mantener el equilibrio. No obstante, los orcos más fuertes se recuperaron y, una vez más, blandieron sus armas al mismo tiempo que se apresuraban en acortar la distancia que los separaba de su objetivo.

Una sonrisa de suficiencia se dibujó en el semblante de la maga. Los orcos se quedaron congelados, literalmente, allá donde estaban; sus extremidades inferiores habían quedado atrapadas en hielo. Jaina gesticuló con las manos, preparando así un hechizo con el que invocó fuego de la nada. Acto seguido, lanzó una enorme bola de llamas crepitantes que estalló en medio de todos ellos. Como se encontraban muy débiles por culpa de la descarga anterior de energía Arcana, seis de ellos sucumbieron de inmediato, gritando de agonía mientras se quemaban vivos. Otros diez más quedaron severamente calcinados y se retorcían de dolor. Pronto, también estarían muertos. En cuanto el hechizo se desvaneció, el resto de orcos continuó aproximándose a la maga, aunque esta vez con más cautela.

De improviso, un torbellino de aire gélido los rodeó. Los orcos se sentían como si avanzaran por el barro y Jaina aprovechó la circunstancia para acabar con cuatro más con sus bolas de fuego. Los cuatro cayeron al instante. Después lanzó, casi sin esfuerzo, otras descargas de magia Arcana y asesinó a más.

Ya sólo quedaban diez. Seis de ellos seguían luchando; los otros cuatro se hallaban muy malheridos. Una vez más, brotó fuego de los dedos de la maga y los diez cayeron al suelo. Acto seguido, lanzó otra descarga más de energía Arcana.

Cuando por fin bajó los brazos, el sudor había hecho que algunos pelos blancos de su melena se le hubieran pegado a la cara. Todos los orcos permanecían muy quietos. Todos menos uno, cuyo pecho ascendía y bajaba agitadamente, mientras se retorcía y estremecía.

Jaina se agachó y recogió el fragmento del espejo sin mirarlo siquiera. Lentamente, con suma frialdad, pues un gélido júbilo la dominaba, pasó por encima de los cadáveres hasta alcanzar al único superviviente.

Estaba tosiendo y una sangre roja y negra manaba de esa boca que estaba enmarcada entre colmillos. Tenía casi todo el cuerpo cubierto de quemaduras y la cota de malla se había derretido sobre su piel. Tiene que estar sufriendo un dolor terrible, caviló Jaina.

Bien.

Se inclinó sobre el orco y acercó su rostro al de esa criatura lo suficiente como para que pudiera oler su fétido aliento mientras jadeaba desesperadamente. El orco alzó la vista hacia la maga de tal modo que en sus diminutos ojos podía verse reflejado el miedo. Temía a Jaina Valiente, la amiga de los orcos, la diplomática.

—Tu gente es una banda de despreciables cobardes —susurró—. No son más que una manada de perros rabiosos a los que habría que matar. Si desprecian la misericordia, no tendrán ninguna. Si ansían masacrar, Garrosh sufrirá más carnicerías de las que jamás habría deseado.

Entonces, profiriendo un grito salvaje, clavó el fragmento del espejo en el pequeño hueco que quedaba entre la gorguera del orco y la hombrera de su armadura. La sangre manó a raudales, manchándole la mano y salpicándole la cara a Jaina.

Si bien el orco moribundo intentó alejarse de ella rodando por el suelo, la maga sostuvo con fuerza su cabeza entre sus manos, obligándolo así a mirarla mientras la vida se le iba a cada latido. Cuando por fin se quedó inmóvil, Jaina se levantó, dejando el fragmento del espejo roto clavado en la garganta del orco.

Prosiguió examinando sombríamente el funesto estado en que la Horda había dejado a Theramore. Las llamas de esa gélida ira que ardía en su interior se avivaban cada vez más ante lo que veía. El muelle había sido arrasado por completo. Por alguna extraña razón, se sentía mejor en aquel lugar, contemplando los destrozos, que antes cerca del cráter, donde…

En ese instante, parpadeó. A pesar de que no deseaba hacerlo, se giró y regresó al sitio donde se había elevado su torre hasta la explosión. Percibía ése cosquilleó peculiar que señalaba la presencia de una energía Arcana que iba en aumento. Aunque toda la ciudad se encontraba bañada en esos residuos de magia, se percató de que se estaba aproximando a lo que había provocado ese desastre. El corazón se le aceleró y apretó el pasó. Cerró los ojos y, acto seguido, los abrió. Pese a que no quería mirar el interior del cráter, sabía que tenía que hacerlo.

Era un objeto tan sencillo y adorable; un simple orbe púrpura reluciente que vibraba con energía Arcana. Aunque parecía ser muy delicado, había sobrevivido a la deflagración que había reducido la ciudad a cenizas sin un mero rasguño en su superficie.

Kalecgos no había exagerado al afirmar que era un objeto muy poderoso… ni al señalar que era más que capaz de provocar una terrible devastación si caía en las manos equivocadas, pensó sintiendo de nuevo una honda pena. Al hallarse tan cerca de esa reliquia, pudo sentir cómo su energía la bañaba por entero. Tenía el pelo en punta y notó que, por un momento, su vista intentaba ajustarse; una vez se adaptó, se dio cuenta de que ahora sus ojos brillaban aún con más intensidad. Descendió por el cráter con suma determinación. No quedaba ni el más mínimo resto de Rhonin. Al parecer, había tenido éxito a la hora de atraer la bomba hacia sí. Ahora, lo único que quedaba de Rhonin eran sus dos hijos, su desconsolada viuda (siempre que Vereesa se hubiera hallado lo bastante lejos como para haber sobrevivido a la explosión) y el recuerdo que había dejado en los demás. Con sólo pensarlo, Jaina sintió una tremenda amargura. El archimago había fallecido intentando salvarla. No podía permitir que hubiera muerto en vano.

Entonces, alcanzó el fondo. El Iris de enfoque era, al menos, el doble de grande que ella y muy pesado. Sabía perfectamente que podría teletransportarlo y esconderlo más adelante pero, ahora, el problema más acuciante era cómo ocultárselo a Kalecgos. De inmediato, se le ocurrió una solución. Kalec había llegado a conocerla muy bien y había desarrollado cierto afecto hacia ella. Jaina se agachó y colocó una mano sobre la reliquia, de tal modo que sintió la suave vibración de su energía. Con suma frialdad y de un modo muy calculado, procedió a imbuirlo de su personalidad, de todas sus grandes fuerzas y flaquezas. De esa manera, cuando el dragón intentara hallar el Iris de enfoque, sólo la percibiría a ella. Sí, podía valerse de los sentimientos de Kalec para engañarlo. Como única superviviente y regente de Theramore, Jaina Valiente reclamó para sí el Iris de enfoque.

La Horda ansiaba la guerra. Y había recurrido a medidas grotescamente crueles para aplastar a sus enemigos.

Si querían guerra, la tendrían. Jaina se aseguraría de que eso fuera así.

Con sumo gusto.

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6 comentarios

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    • Nerve en 24 junio, 2019 a las 4:18 pm
    • Responder

    —Tu gente es una banda de despreciables cobardes —susurró—. No son más que una manada de perros rabiosos a los que habría que matar. Si desprecian la misericordia, no tendrán ninguna. Si ansían masacrar, Garrosh sufrirá más carnicerías de las que jamás habría deseado.
    Jaina Proudmoore.
    Hay mama,, se engorilo chuchitina.

    1. Es uno de los pocos que me he leído completamente y ella se pone en modo dios, no es para menos

        • Nerve en 25 junio, 2019 a las 11:03 am
        • Responder

        uff claro q no es para menos, concho, q baja es la horda, no es q si garrosh o el q sea, es todos, por q no era solo el Jefe de Guerra el q celebraba, eran todos,(menos baine, voljin y 2 o 3 mas), sucios orcos. De q sitio se pueden descargar los libros del lore a partir de este? medio q me he quedao enganchao con lo q viene despues de esto.

        1. Prueba http://www.traduciendoablizzard.com/ de todas formas en esta semana debo terminar este libro

    • Nerve en 25 junio, 2019 a las 11:17 am
    • Responder

    por q kinndy no se tiro bloque de hielo y tiras alan la bola inmune esa de los palas, jaja,

    1. Jajajaj sólo en tu mente de kemador de wow pudieras pensar eso jajaja

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