Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Diecisiete

Jaina Valiente: Mareas de GuerraMalkorok tenía que reconocer que la elfa era bastante buena en lo suyo. Era evidente que había sobrevivido a muchas batallas, como atestiguaba la única y enorme cicatriz que le desfiguraba el rostro. En cuanto se percataron de que su líder quería matarla con sus propias manos, los demás miembros de la Horda se dispersaron en busca de otros adversarios. Bien sabían los ancestros que había para dar y tomar.

La elfa de la noche de pelo azul era increíblemente rápida, a pesar de que la espada que blandía debía ralentizar un poco sus movimientos. Aunque Malkorok era bastante rápido para ser un orco, y sus armas mucho más ligeras de lo habitual, sus dos pequeñas hachas sólo conseguían hendir el aire. La elfa de pelo azul estaba ahí y, al segundo siguiente, parecía haber desaparecido, burlando sus golpes. En más de una ocasión, la hoja de su espada rebotó contra la pesada armadura del orco a la altura del estómago. Pero, si la punta de esa espada brillante acababa alcanzando la pequeña zona desprotegida que se encontraba entre el torso y el brazo…

Entonces, el orco trazó un arco hacia abajo con una de sus hachas mientras giraba la otra por encima de su cabeza. Aunque la elfa se apartó a un lado, la hoja del hacha la alcanzó en el muslo. Gruñó de dolor.

—¡Ja! —Exclamó Malkorok—. Si puedes sangrar, puedes morir.

De repente, la elfa saltó hacia él de un modo casi imposible, con la boca abierta, profiriendo un grito más propio de un huargen. El orco alzó ambas hachas y las cruzó delante de sí mismo para defenderse. Para su sorpresa, la elfa de pelo azul ignoró el dolor de la herida y trepó por las hachas; lo hizo con tanta facilidad que parecía, más bien, que el orco había unido sus manos para facilitarle un punto de apoyo para sus pies. Al instante, la punta de su espada se dirigió hacia el cuello de Malkorok.

Pero éste se movió en el último segundo y, aunque estuvo a punto de caerse, logró atacar con su hacha izquierda, aunque no acertó a nadie pues la elfa ahora se encontraba tras él. Malkorok se volvió dispuesto a volver a luchar.

Entonces, un cuerno bramó. No era el bramido de uno de la Horda; éste sonaba más suave, más melodioso, más dulce. Era un cuerno elfo. De inmediato, los miembros de la Alianza que habían estado combatiendo ahí a la Horda empezaron a correr hacia la puerta que todavía seguía abierta. La elfa de pelo azul dirigió una amplia sonrisa feroz a Malkorok. El orco arremetió contra ella con su hacha una vez más, pero ya no estaba ahí.

Malkorok rugió presa de la frustración y se dispuso a perseguirla.

* * *

Aunque parecía reinar totalmente el caos, todo iba según el plan. Tal y como Jonathan había previsto, la Horda los estaba atacando por los tres frentes a la vez. El fragor de la batalla era ensordecedor y aterrador por culpa del constante estruendo de los cañonazos, de las explosiones del norte, del choque de espadas y de los terribles gritos de batalla que se oían al oeste.

Jaina y Kinndy se encontraban en la parte superior de una de las pasarelas que daba al oeste. Aunque la maga hubiera preferido que su aprendiza se hallara a salvo muy lejos de ahí, era consciente de que, si hubiera obrado así, no le habría hecho ningún favor. Kinndy había acudido a ella para aprender y no había mejor manera de aprender en qué consistían los horrores de la guerra que experimentándolos de primera mano. Aunque mantenía a la gnomo cerca de ella en todo momento, Kinndy se encontraba en un lugar privilegiado para observar de cerca la batalla que se desarrollaba a sus pies.

En cuanto sonó aquel cuerno, Jaina le dijo a su aprendiza:

—Prepárate. Haz lo que hemos hablado y ataca cuando yo lo haga.

Kinndy asintió y tragó saliva con dificultad. Jaina alzó ambas manos, a la espera del momento adecuado. Entretanto, decenas y decenas de combatientes de la Alianza corrían lo más rápido posible hacia la seguridad que les brindaba Theramore. Como habían iniciado la retirada de manera tan abrupta y veloz, habían ganado un par de segundos muy valiosos de ventaja a la Horda pero, ahora, sus adversarios les pisaban los talones.

Más de dos decenas de máquinas de guerra aguardaban a la Horda.

—¡Ahora! —gritó Jaina.

En ese instante, ella, Kinndy y algunos otros más, que luchaban con conjuros en vez de espadas, atacaron de inmediato. Unos gritos guturales rasgaron el aire en cuanto tauren y orcos, goblins y elfos de sangre, Renegados y trolls cayeron envueltos en llamas o fueron congelados o acribillados a flechazos.

—¡Bien hecho! —Exclamó Jaina—. Las máquinas de guerra los mantendrán a raya un momento pero, para entonces, ya habremos vuelto aquí arriba. ¡Vamos!

Bajaron raudas y veloces las escaleras hasta llegar a la puerta. Casi todos los defensores de la Alianza se encontraban a salvo dentro de la construcción. No obstante, aún había unos cuantos rezagados que no podían avanzar más rápido porque estaban heridos o porque llevaban a otros que lo estaban.

—¡No lo van a lograr! —chilló Kinndy, con los ojos desorbitados.

—Lo conseguirán —replicó Jaina, mientras rezaba por dentro para que acabara teniendo razón.

Las puertas se iban a cerrar en cualquier momento. Vamos, vamos…

En cuanto los últimos entraron tambaleándose, las puertas se cerraron a cal y canto con un tremendo estruendo. Kinndy y Jaina corrieron hacia ellas para lanzarles hechizos de protección. A esta tarea se sumó Thoder Windermere. Mientras lanzaban sus conjuros, el aire que rodeaba las puertas pareció titilar y adoptar una tonalidad azul pálida por un momento.

—Mago Thoder, quédate aquí con Kinndy. No apartes la vista de esa puerta. Si empieza a flaquear, refuérzala.

—Pero. —Kinndy intentó protestar, pero Jaina se volvió hacia ella y le habló con premura y presteza.

—Kinndy, si esa puerta cede, decenas… cientos de miembros de la Horda entrarán aquí. Tenemos que mantenerla en pie el mayor tiempo posible. Quizá ésta sea la tarea más importante que se le puede encomendar en estos momentos a alguien. Nuestras vidas están en tus manos.

Tenía razón. Si las puertas caían, el número de bajas podría llegar a ser inimaginable.

Kinndy asintió, agitando así su pelo rosa, y se giró para contemplar las puertas. Frunció los labios con determinación y extendió ambas manos, combinando así su poder con el de ese miembro del Kirin Tor.

Jaina se dio cuenta de que los magos iban a ser una pieza muy importante en esa batalla, aunque quizá de un modo insospechado. No sólo se estaban ocupando de reforzar las puertas, lo cual podría considerarse una estrategia de defensa pasiva, sino que todo navío de la Alianza que se hallaba en el puerto contaba con, al menos, un mago muy diestro en el manejo del fuego. Tal y como había señalado Aubrey, bastaba con acertar con un solo proyectil flameante en el sitio adecuado, ya fuera en las velas o en la madera de la cubierta, para hundir un barco entero. Y eso era precisamente lo que estaban haciendo.

Entonces, se volvió y se acercó con rapidez a Pained, quien había sido una de las últimas en retirarse y a la que, en esos instantes, una sacerdotisa le estaba curando una enorme herida que tenía en el muslo.

—Infórmame de lo ocurrido —le ordenó Jaina.

—Los pillamos totalmente por sorpresa —contestó Pained, esbozando una sonrisa sincera a la vez que cruel—. Tal y como Jonathan había predicho, logramos causar unas cuantas decenas de bajas al enemigo, cuando menos, y nosotros sólo hemos sufrido unas pocas. Ahora los estamos acribillando a cañonazos. Eso debería mantenerlos ocupados un buen rato.

Sí, por un buen rato, pensó Jaina, pero no eternamente.

Pained prosiguió hablando mientras le daba las gracias a la sanadora con un leve asentimiento y se ponía de pie para ponerse de nuevo la armadura.

—Cuenta con un orco Blackrock entre sus filas. Vestía una librea que indicaba que era un miembro de los Kor’kron. Lucha muy bien.

—¿Un orco Blackrock? ¿Cómo ha podido caer Garrosh tan bajo?

Pained se encogió de hombros.

—A mí me da igual si son verdes, marrones, grises o naranjas; si atacan el hogar de mi señora, los mato y en paz.

—Me temo que pronto podrás matar a todos los que quieras —replicó Jaina—, pues seguro que enseguida habrá más combates cuerpo a cuerpo. Pero, ahora, márchate y ve a ayudar a los heridos, Pained.

—Sí, mi señora.

Jaina centró su atención en la puerta norte donde, a unos pocos metros de ella, se encontraba Blastwidget, el gnomo experto en demoliciones que había detonado todas esas bombas tan bien colocadas. Jaina se acercó a él y sonrió.

—Tu trabajo ha resultado muy fructífero, Blastwidget —le dijo.

—Pues sí —respondió—, pero fueron el capitán Wymor y los demás los que se cercioraron de que la Horda estuviera en el lugar adecuado.

A Jaina se le encogió el corazón.

—¡Se-se suponía que tenían que retirarse! ¡Conocían el camino seguro de vuelta!

En ese instante, el Sunreaver de pelo blanco dejó de reforzar la puerta para posar su mirada sobre ambos.

—Wymor y sus soldados no abandonaron sus puestos —afirmó con serenidad— . Fue un gesto realmente heroico. Muchos de nuestros enemigos cayeron gracias a ellos. Pero siguen llegando en oleadas.

—Mi señora —gritó un centinela desde la pasarela—, el mago Songweaver tiene razón. ¡Ahora mismo están pasando a gran velocidad por encima de los cadáveres de sus caídos!

—¡Sigue protegiendo la puerta! —exclamó Jaina, quien subió corriendo hasta la parte superior de la pasarela más cercana.

La Horda seguía acercándose, como si se tratara de una siniestra marea negra. El puente había estallado por los aires y diversos fragmentos de escombros y cadáveres flotaban ahora en el agua. Algunos miembros de la Horda se aproximaban nadando. Otros, como el centinela les había comentado, avanzaban pisoteando los cuerpos de sus camaradas caídos.

Entonces, Jaina alzó las manos y murmuró un conjuro. Unos témpanos de hielo llovieron del cielo, matando o hiriendo a todo aquél al que alcanzaron. Con otro leve movimiento de muñeca, logró que varios combatientes de la Horda se quedaran congelados donde se encontraban. Después, una bola de fuego hizo añicos sus cuerpos congelados como si fueran estatuas. Acto seguido, la marea de la Horda se retiró. Jaina repitió estas acciones con un ritmo cadencioso, matando a una decena al menos con cada uno de sus metódicos y extenuantes ataques. Pudo divisar a una figura que se mantenía fuera del alcance de su magia y vociferaba órdenes. En ese momento, reconoció esos peculiares colmillos de demonio que conformaban la hombrera de la armadura del orco.

—Garrosh —susurró.

No debería haber sobrevivido a la deflagración que había acabado con Wymor… pero, de algún modo, lo había hecho. Pese a que era imposible que el orco hubiera podido oír que había susurrado su nombre, en cuanto Jaina alzó la mirada, sus ojos se encontraron. Una sonrisa sarcástica se dibujó en los labios de Garrosh, quien alzó a Gorehowl y la señaló.

* * *

Malkorok estaba furioso… consigo mismo, por no haber previsto la emboscada; con los exploradores, por no haberla descubierto; con los generales de la Alianza, por ser tan condenadamente listos; y con quienquiera al que se le hubiera ocurrido ese plan. Esa oleada enemiga compuesta por sigilosos pícaros, druidas y cazadores de bestias había causado muchas bajas en la Horda. Y el combate cuerpo a cuerpo había provocado aún más. Ahora, sus fuerzas eran el blanco de los cañones y las balistas y, además, estaban siendo masacradas en cuanto intentaban aproximarse.

Necesitaba emplear otra táctica. Hizo sonar el cuerno para ordenar la retirada y, al instante, sus tropas retrocedieron. Lo sanadores se dedicaron a atender frenéticamente a los heridos mientras Malkorok vociferaba órdenes.

—No tenemos nada que hacer ante esas máquinas de guerra —afirmó, al mismo tiempo que alzaba una mano para detener las iracundas protestas—. Así que tenemos dos opciones: acabar con ellas o hacernos con ellas. Aquéllos a los que se les dé bien asesinar con sumo sigilo. marchense ya. Nosotros atraeremos sus disparos. Sorprendan a esos gusanos de la Alianza que se esconden tras toda esa tecnología y clávenles un cuchillo en las costillas. Después, ¡háganse con esos artilugios y usenlos en contra de Theramore!

Las furiosas protestas se transformaron en vítores. Malkorok gruñó satisfecho. Esa estrategia no podía fallar. Sí, los generales de la Alianza eran muy listos.

Pero él también.

—¡Por la Horda! —gritó.

Y sus tropas repitieron exaltadas ese lema:

—¡Por la Horda! ¡Por la Horda! ¡Por la Horda!

* * *

Kalec sobrevoló los barcos que se encontraban en el puerto. Desde esa distancia, parecían unos juguetes; unos juguetes que lanzaban cañonazos, estallaban en llamas y se hundían. Ambos bandos habían sufrido importantes daños, ya que la Horda también había decidido que posicionar unos magos en sus barcos para incinerar los navíos enemigos era una buena estrategia; por esa razón, más de uno de los famosos buques de guerra de la Séptima Flota estaba cubierto de focos de fuego de color naranja y dorado. El dragón planeó a baja altura y utilizó su gélido aliento para apagar todas las llamas que pudo, lo cual provocó los vítores de las aliviadas tripulaciones, que llegaron a sus oídos. Acto seguido, inclinó el cuerpo para girar y centró su atención en las naves de la Horda; ahora tenía que adoptar una estrategia más sombría: ya no debía proteger sino atacar. Kalec voló hasta hallarse encima directamente de un grupo de tres barcos; entonces, recogió sus alas y cayó en picado. Arremetió contra ellos tan rápidamente que los cañoneros no lo vieron a tiempo y no pudieron redirigir sus armas. En el último segundo, el dragón Azul abrió las alas y restalló su cola. El mástil del barco situado en el centro se quebró como una ramita. Después, mientras Kalec ganaba altura, conjuró un hechizo y, al instante, llovieron témpanos de hielo, que cayeron a plomo sobre las cubiertas de las naves, abriendo unos enormes agujeros en ellas. Entonces, rugieron los cañones, pero Kalec ya estaba muy lejos de su alcance.

Regresó volando a la ciudad, pues era consciente de que se estaba librando un importante combate aéreo en el que participaban muchas tropas. Viró bruscamente hacia un grupo de varios combatientes de la Horda que se enfrentaban a un puñado de grifos y se sumó a la refriega.

* * *

En cuanto la Horda llegó a la puerta norte, los aterradores y rítmicos golpes sordos del ariete se sumaron al fragor de la batalla. Cómo habían conseguido atravesar el pantano con él, a pesar de que el puente había sido destruido, era todo un misterio. Probablemente., pensó Jaina mientras corría hacia la puerta, varios tauren han transportado ese artilugio sobre los hombros mientras vadeaban el pantano.

Su intención era subir de nuevo las escaleras que llevaban a la pasarela con el fin de ayudar a aquéllos que ya estaban ahí y de atacar al mayor número de enemigos posibles de una sola vez. Sin embargo, algo se interpuso en su camino.

Las puertas se estremecían, pues estaban siendo golpeadas desde el exterior.

Lo cual no debería estar ocurriendo, ya que un miembro del Kirin Tor las estaba apuntalando con su poderosa magia. Entonces, Jaina pensó lo peor.

Bum. Bum. Bum.

La madera de las puertas se estremeció ante esos impactos. Y los goznes y las bandas metálicas… se estaban curvando sobre sí mismas.

Jaina se giró y, utilizando todas sus fuerzas, lanzó una colosal descarga de energía Arcana directamente contra Thalen Songweaver.

El arrogante mago no se esperaba algo así. Si bien trastabilló hacia atrás, recuperó el equilibrio con rapidez. El elfo de sangre miró fijamente a Jaina. Por un instante, tuvo la impresión de que Thalen iba a protestar y a alegar que era inocente pero, entonces, frunció el ceño, uniendo así sus cejas blancas en una sola, a la vez que adoptaba un gesto de desprecio y alzaba las manos. De repente, cayó a plomo al suelo. Pained se encontraba tras él y todavía sostenía en su mano la espada con cuya empuñadura había reducido a ese enemigo de un modo tan poco elegante, aunque eficaz.

—Me sorprende que no lo hayas matado sin más —dijo Jaina, al mismo tiempo que un par de miembros de la Alianza ascendían corriendo por las escaleras con la intención de atarle las manos y las piernas al mago caído.

—Un traidor capturado siempre puede resultar muy útil —replicó Pained—. Con un poco de suerte, lograremos… persuadirlo para que hable.

—No somos el Embate Escarlata, Pained —la advirtió Jaina, quien se volvió para centrar de nuevo su atención en la puerta. Entonces, comprobó que otros dos magos, un humano y un gnomo, se estaban ocupando ahora de protegerla.

—Espero que no estés sugiriendo que lo vas a invitar a tomar el té —bromeó Pained.

—No. Lo voy a entregar al capitán Cañalisa. Él y alguno más lo interrogarán en cuanto tengamos un momento de respiro.

A continuación, Jaina hizo un gesto de asentimiento a los soldados, quienes se llevaron a rastras al elfo de sangre inconsciente. Entonces, se dio cuenta de que Rhonin se hallaba ahora a su lado.

—No me lo puedo creer —masculló—. Fui yo quien propuso que viniera. — Estoy segura de que no eres el único al que ha engañado —lo consoló Jaina. —Seguro —replicó Rhonin amargamente—. Esto va a ser un duro golpe para Aethas y su causa.

—¿Crees que Thalen ha actuado solo?

—Eso espero —contestó Rhonin—. Porque, si no…

Súbitamente, la puerta se hizo añicos, se incendió y la Horda la atravesó corriendo.

* * *

Kinndy se hallaba temblando por culpa de la tremenda tensión a la que se hallaba sometida, ¡a pesar de que contaba con la ayuda de un mago del Kirin Tor! Thoder la obsequió con una sonrisa reconfortante que se dibujó en su duro semblante.

—Lo estás haciendo muy bien —señaló—. Es obvio que Lady Jaina ha escogido a una gran aprendiza.

—Ya, pero ojalá no me sintiera como si fuera a desmayarme de un momento a otro —masculló Kinndy.

—Descansa un poco —le recomendó Thoder—. Come algo y así te sentirás más fuerte enseguida. Tranquila, podré contenerlos hasta entonces.

Kinndy asintió sumamente agradecida y se alejó dando tumbos. Al final, se sentó con la espalda apoyada sobre un muro de piedra y engulló unas buenas raciones de pan y agua. Se preguntó si algún día llegaría a ser tan buena maga como Thoder o Lady Jaina, quienes ejercían su poder de tal modo que no parecía costarles ningún esfuerzo; sobre todo Lady Jaina. Kinndy había observado asombrada cómo su maestra había destrozado una oleada tras otra de las fuerzas invasoras de la Horda, aparentemente, con suma facilidad. Mientras comía, la aprendiza se concentró en el fragor de la batalla que estaba teniendo lugar al otro lado de aquel muro y se sintió consternada. El haber estado tan centrada en mantener la puerta cerrada la había ayudado a olvidarse de todo lo demás más de lo que había creído hasta entonces. Un tanto atribulada, se enderezó, se limpió las migas de pan de la boca y corrió hacia Thoder.

Mientras se aproximaba a él, vio cómo la madera de la puerta sufría bajo aquella terrible tensión y se quedó lívida. Al otro lado, la violencia de la batalla iba en aumento.

Kinndy, si esa puerta cede, decenas… cientos de miembros de la Horda entrarán aquí. Tenemos que mantenerla en pie el mayor tiempo posible. Quizá ésta sea la tarea más importante que se le puede encomendar en estos momentos a alguien. Nuestras vidas están en tus manos.

Apretó el paso durante el resto del camino, a la vez que extendía ambas manos y mascullaba un conjuro. Para su alivio, pudo comprobar con orgullo cómo la madera dejaba de agitarse.

—¡La Horda ha atravesado las puertas! ¡La Horda ha atravesado las puertas! Durante un segundo de desconcierto, lo único que pudo pensar Kinndy fue: No,

las puertas están resistiendo perfectamente. Pero, entonces, lo entendió. Al parecer, los magos apostados en la puerta norte no habían tenido tanta suerte.

* * *

Theramore rara vez había sido testigo de una violencia tal. La Horda avanzaba como una ola a través de una grieta en un dique.

No obstante, estaba previsto que la Horda lograra entrar de algún modo en la ciudad, ya fuera destruyendo sus defensas o trepando por los muros o mediante un ataque aéreo, por lo cual estaban preparados para tal eventualidad. Sin embargo, no estaban preparados para ser traicionados por alguien que pertenecía al Kirin Tor. La batalla se había trasladado al interior de Theramore mucho antes de lo previsto; además, los defensores de la Alianza que, supuestamente, tenían que combatir cuerpo a cuerpo con el enemigo aún se estaban recuperando de las heridas que habían recibido en las primeras refriegas.

Se solía decir que los generales se quedaban en la retaguardia para planear la guerra mientras los demás luchaban y morían en ella. Pero ése no era el caso de esos generales en concreto. Ataviados con armaduras y armados hasta los dientes, Jonathan, Redmane, Stoutblow, Shandris y Tiras’alan se sumaron a la refriega sin vacilación con el fin de que la Horda no se encontrara sólo con reclutas muy verdes sino también con algunos de los mejores combatientes de la Alianza.

Kalecgos sobrevoló Theramore para hacer una pasada de reconocimiento y comprobar cómo progresaba la batalla y dónde lo necesitaban. Pudo ver cómo la Horda entraba en la ciudad cual marea imparable y, de inmediato, decidió lanzar un ataque. Les lanzó una nube de escarcha, que ralentizaría su avance y, acto seguido, se elevó, viró y atacó por segunda vez.

Cayó en picado, cogió a Jaina con una de sus patas delanteras y se elevó con ella hacia el cielo; con ello no pretendía sacarla de la batalla, sino que pudiera observar la batalla desde las alturas, compartiendo así el punto de vista del dragón.

—¿Dónde crees que soy más necesario? —preguntó—. ¿Y dónde crees que debería dejarte?

La maga se sentía totalmente tranquila y relajada en esa enorme pata. Apoyó las manos en esa gran garra y miró hacia abajo, mientras el viento que generaban las alas del dragón provocaba que su propio pelo le azotara la cara.

—¡En la puerta norte! —exclamó—. Aún hay tantos enemigos ahí fuera… ¡debemos impedir que entren más! Kalec… ¿podrías traer algunos árboles y rocas para bloquear la entrada? Después de eso, podrías centrarte en las tropas de la Horda que sigan fuera para obligarlas a retroceder. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Lo haré —le prometió el dragón—. ¿Y tú qué vas a hacer? — Déjame encima del tejado de la ciudadela —respondió—. Desde ahí, podré verlo casi todo y podré atacar sin ser un blanco claro para el enemigo.

—Salvo si el enemigo ataca desde el cielo —la advirtió Kalec.

—Conozco los riesgos, pero no puedo hacer otra cosa. Así que. ¡date prisa, por favor!

De inmediato, Kalec viró hacia la ciudadela y colocó a Jaina sobre su tejado con suma delicadeza. La maga se lo agradeció con una sonrisa sincera. El dragón hizo ademán de elevarse pero, entonces, Jaina tendió la mano y le imploró que se detuviera.

—¡Kalec, espera! Deberías saber que… ¡Garrosh lidera las fuerzas que atacan la puerta norte! Si pudieras capturarlo.

—Podríamos acabar con esta guerra al instante —apostilló—. Vale, entendido. —Detén esa marea que atraviesa la puerta y luego… ¡intenta localizar a Garrosh! El dragón asintió, se elevó, giró y lanzó escarcha una vez más sobre los combatientes de la Horda que seguían entrando en oleadas por la puerta norte; acto seguido, se dirigió al pantano.

* * *

Desde su posición, Jaina contaba con una vista panorámica excelente. Dirigió su mirada al puerto, donde parecía que las fuerzas de ambos bandos estaban igualadas, donde había barcos de la Horda y la Alianza en llamas, donde podía observar cómo los estandartes de cada bando ondeaban lastimeros a bordo de unos navíos medio hundidos. La puerta oeste seguía en pie, lo cual hizo que se sintiera tremendamente orgullosa de Kinndy. Varios cazadores, magos, brujos y demás gente que era capaz de luchar bien a distancia ocupaban las pasarelas.

Entonces, se volvió hacia el norte y la tristeza la embargó, aunque eso no hizo flaquear su determinación. Como allá abajo predominaba el combate cuerpo a cuerpo, tenía que acertar a sus objetivos con suma claridad para poder herir o matar al enemigo sin lastimar a ningún compañero de la Alianza.

Posó la mirada sobre Baine y sintió un hondo pesar. Pese a que Baine se encontraba enzarzado en combate con Pained, la maga se dio cuenta de que, mientras hubiera otros enemigos a los que atacar, no sería capaz de atreverse a lastimar al gran jefe tauren. Bien sabía la Luz que había muchos otros objetivos que derribar; no- muertos que blandían espadas con unos brazos semiputrefactos, orcos descomunales, goblins pequeños y rápidos, y hermosos sin’dorei que se movían como bailarines.

Se centró en un chamán orco, cuyo atuendo de color oscuro recordaba más a la vestimenta de un brujo que las agradable tonalidades naturales de la túnica de Go’el. Jaina murmuró un hechizo y, al instante, unos témpanos de hielo volaron directamente hacia aquel chamán, los cuales atravesaron su ropaje negro como si fueran dagas. El orco se encogió de dolor y cayó al suelo. A continuación, de manera automática, Jaina buscó otro objetivo, muy a su pesar.

* * *

En cuanto oyó el estruendo provocado por una roca que cayó justo delante de la puerta destrozada, Vol’jin pensó que tal vez el plan de Garrosh pudiera tener un fallo… un gran fallo.

Se encontraba en el patio, junto a otra mucha gente, utilizando su vínculo con los loas para ayudar a sus hermanos y hermanas. Un ondulante y siseante guardián serpiente evitaba que varios soldados de la Alianza atacaran a los miembros de la Horda.

En cuanto la roca impactó contra el suelo, se giró, pues el estruendo lo distrajo momentáneamente de su cometido.

Juró algo en su idioma materno mientras miraba a su alrededor. Baine estaba combatiendo junto a Garrosh. La elfa de la noche de pelo azul parecía ser una rival más que digna para Baine. Varios defensores de la Alianza, entre los que se encontraban dos enanos ataviados con una armadura de gala, estaban atacando al Jefe de Guerra. Unos instantes antes, el dragón Azul había volado por encima de la Horda y les había lanzado escarcha, ralentizando así su avance. Ahora, esa misma criatura estaba dispuesta a apuntalar la puerta.

Vol’jin se abrió paso hasta Garrosh y Baine y gritó en orco, para que lo escucharan por encima del fragor de la batalla:

—¡Ese dragón está intentando dejamos atrapados aquí dentro!

El gran jefe tauren movió hacia delante sus largas orejas y maniobró habilidosamente, a pesar de la oposición de la elfa contra la que combatía, para poder ver lo que pasaba. Entonces, abrió los ojos como platos. Aunque la elfa se abalanzó sobre él, Baine alzó su maza a tiempo y logró alejarla de él. Su adversaria logró amortiguar la caída al rodar por el suelo y volvió a arremeter contra él. Con suma rapidez, Vol’jin envió al guardián serpiente contra ella, lo cual dio al tauren un breve respiro.

—¡Garrosh! —Bramó Baine—. ¡Nos van a encerrar aquí dentro!

El líder de la Horda gruñó y se arriesgó a echar un rápido vistazo a su alrededor.

Sin embargo, no pareció preocuparse demasiado, lo cual era muy extraño.

—De acuerdo. ¡Atrás, mi Horda! ¡Retrocedan hacia la posición del resto de sus hermanos!

Un cuerno dio la orden de retirada. En ese instante, a la roca que bloqueaba la entrada se sumó un enorme árbol. El chamán pidió ayuda a los elementos y, acto seguido, la piedra se apartó un poco, abriendo un poco más el hueco. La Horda, que hasta hace unos instantes ansiaba entrar en Theramore, ahora se apresuraba a abandonarla. La Alianza, sin embargo, hizo todo lo posible por impedir que escaparan y redobló sus esfuerzos en el combate cuerpo a cuerpo con el fin de apuntalar la puerta rota tan rápido como la Horda la había destrozado.

Baine se quedó atrás, con el fin de ganar tiempo para que los suyos pudieran escapar al mismo tiempo que intentaba mantener a raya a la persistente elfa de la noche. Vol’jin ordenó a sus trolls que huyeran, aunque éstos no deseaban dejar de luchar pues, sin duda alguna, la sed de sangre los dominaba por entero. Garrosh huyó presuroso, lo cual era muy extraño, y sólo se detuvo para llamar a aquéllos que no lo habían seguido en su huida de inmediato.

—¡Baine! —vociferó—. ¡Retírate ya! ¡No pienso enviar luego a un grupo de rescate para salvarte ese peludo pellejo!

Baine lanzó un gruñido y obligó a la elfa de la noche a esquivar un golpe, volvió a arremeter contra ella con su maza por última vez y atravesó corriendo la puerta, cuya abertura cada vez menguaba más.

* * *

¡Se estaban retirando! Una vez más el tono grave del cuerno de guerra de la Horda rasgó el aire. No sólo se estaban retirando a través del pantano las fuerzas enemigas que atacaban el frente norte, sino que las que atacaban el frente oeste también huían presurosas en busca de refugio.

Jaina se volvió e intentó comprobar si también habían ordenado retirarse a los barcos del puerto. Por lo que pudo observar, mientras se estremecía un poco al liberar la tensión acumulada, parecía que sí. Los navíos de la Horda que todavía permanecían ahí se dirigían a mar abierto. La Séptima Flota decidió no perseguirlas; seguramente, siguiendo órdenes del almirante Aubrey.

Jaina profirió un largo suspiro. Entonces, una enorme sombra tapó el sol por un instante. Alzó la mirada y divisó a Kalecgos planeando sobre ellos. El dragón descendió y le tendió una pata delantera a la maga, que se subió a ella muy feliz y contenta.

—¡Hemos ganado, Kalec! —exclamó—. ¡Hemos ganado!

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