Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Dieciséis

Jaina Valiente: Mareas de GuerraLa batalla se librará en tres frentes —afirmó Jonathan, que estaba de pie señalando el mapa de Theramore que se encontraba sobre la mesa. Todo el mundo se hallaba ahora en pie, de modo que los enanos más bajitos tenían que estirar el cuello si querían ver algo—. Uno de ellos será el puerto, por supuesto. Tenemos una idea bastante aproximada de cuántos barcos se encuentran ya ahí.

—Si yo fuera Garrosh, habría mantenido unas cuantas naves en reserva, a las que enviaría al puerto cuando quedaran unas cuatro horas para que dé inicio la batalla — añadió Aubrey.

Jonathan asintió.

—Sí, deberíamos contar con eso. ¿Cuándo se supone que regresará el Espada Estrellada?

Poco después de la llegada de la Séptima Flota, Jaina había insistido en que ese barco, el Espada Estrellada, se llevara a los civiles de Theramore que quisieran alejarse de la ciudad para hallarse a salvo. Todos los niños habían sido subidos a bordo y gran parte de sus familias también. No obstante, algunos civiles habían decidido quedarse. Aquél era su hogar, lo amaban tanto como Jaina y querían defenderlo. En un principio, el destino de la nave iba a ser Trinquete, desde donde habría viajado hasta Tuercespina. Por desgracia, a pesar de que los goblins que dirigían Trinquete eran neutrales, se consideró que no era un lugar seguro para los refugiados de la Alianza, ya que la marea Horda había pasado recientemente por esa ciudad. Por tanto, al final, el Espada Estrellada había partido hacia Gadgetzan.

—Los chamanes draenei me han asegurado que, gracias a la cooperación de los elementales del aire y del agua, el viaje será mucho más rápido —comentó Jaina.

—Tal vez —replicó Stoutblow—. No obstante, ese barco partió hace sólo unas horas. No volverá hasta mañana, como pronto.

—Las batallas no son para niños —aseveró Tiras’alan con suma calma—. Aunque eso suponga que contemos con una nave de guerra menos. Tomamos la decisión correcta al decidir que debíamos llevarlos a un lugar seguro.

—La vida de esos niños es demasiado valiosa, no podemos ponerla en peligro — apostilló Shandris—. Además… los civiles sólo son un estorbo en estos casos.

Pese a que era una afirmación un tanto cruel, Jaina y todos los demás sabían que decía la verdad. Una batalla exigía que todos sus combatientes lucharan con sus cinco sentidos centrados en ella. No podían permitirse el lujo de distraerse mientras pensaban en si los niños podían correr peligro o no. Eliminarlos de la ecuación no era sólo algo que había que hacer por convicción moral… sino algo necesario e inteligente.

—El camino del norte me preocupa más que el del oeste —señaló Jonathan, haciendo así que todos volvieran a centrarse en el asunto que tenían entre manos—. No hemos visto ninguna concentración de tropas en el poblado Murohelecho.

—Aún no —rezongó Rhonin.

—Aún —repitió Jonathan—. Pero es probable que el ejército de Garrosh lo atraviese y reúna allí sus refuerzos o deje una parte de sus tropas para enviarlas después a la batalla en caso de que sean necesarios. Además, es un buen sitio para retirarse y reagruparse. un lujo con el que nosotros no contamos.

—¿Y qué vamos a hacer con las armas de asedio que se encuentran ahora apostadas en la carretera oeste? —Inquirió Pained—. Podríamos acercar esas armas a la ciudad y colocarlas en ambas puertas.

—¿Y qué pasa con los Grimtotem? —preguntó Kinndy.

—Dudo mucho que tengamos que preocupamos de ellos ahora —contestó Jaina

—. Ahora, debemos centrarnos en batallar contra la Horda. Aunque los Grimtotem se ofrezcan a colaborar con Garrosh, no creo que Baine lo vaya a permitir. Ni siquiera creo que Garrosh acepte su ayuda. No después de lo que Magatha le hizo a Cairne.

—Quizá quieran aprovecharse de que estaremos distraídos con la batalla — señaló Vereesa—. Tal vez quieran aprovechar la oportunidad para entrar en la ciudad a saquear o, simplemente, a matar.

—Eso sólo lo harán si caemos —replicó Pained con brusquedad—. Si no, no se atreverán a entrar.

—Entonces, está decidido —dijo Jonathan—. Traeremos esas máquinas de asedio hasta aquí y…

De repente, las puertas de la sala se abrieron de par en par. Kalecgos se hallaba en el umbral, tambaleándose levemente, y se agarraba un costado. Tras él, se encontraban un par de guardias que parecían más preocupados por el dragón Azul que por el hecho de que Kalec hubiera entrado en la sala de reuniones sin haber sido anunciado. Jaina se percató de que había sangre entre los dedos de Kalec. Se acercó corriendo hacia él mientras el dragón hablaba rápidamente.

—La Horda se está desplazando —los informó—. Se dirigen al sur y llegarán aquí en sólo unas horas. —Entonces, mientras Jaina lo rodeaba con un brazo y alzaba la vista para mirarlo con preocupación, añadió, más para sí mismo que para que lo escucharan otros—. No es una herida grave. He vuelto para advertirles. Para ayudar.

—No sé si esto es de la incumbencia del Vuelo Azul —le espetó Rhonin.

Los demás, que no habían reconocido a Kalecgos en un primer momento, fruncieron el ceño levemente al darse cuenta de quién era.

Jaina se dirigió primero a Kalec y luego al resto de los ahí reunidos.

—Kalec… antes de hacer nada más, deja que los guardias te lleven a ver a nuestro médico y a los sanadores. Ya nos informarás luego de todo lo que has visto. — Entonces, añadió para el resto—. Hace poco hemos estado en guerra con el Vuelo Azul, pero todos los aquí presentes, incluidos los miembros del Kirin Tor, deberían saber que Kalecgos nunca buscó el enfrentamiento con las razas jóvenes. Él fue una pieza clave para lograr la derrota de Deathwing y nos sentimos muy honrados y, francamente, muy afortunados de que desee ayudar a defender Theramore.

Rhonin desplazó fugazmente su mirada de Kalec a Jaina y, acto seguido, asintió.

—No nos vendría mal su ayuda —fue lo único dijo, pero con eso bastó.

Los demás miembros del Kirin Tor dejaron de murmurar e incluso algunos de los generales asintieron.

—Seamos sinceros —dijo Redmane, riéndose entre dientes—. Seguro que entre esa enorme bestia azul que surca el cielo y todos nosotros somos más que capaces de poner un poquito nervioso a Garrosh.

Entonces, ya no había más que discutir. Jaina se volvió hacia Kalec. Resultaba obvio que la herida era bastante más grave de lo que a él le habría gustado reconocer;

no obstante, había muchos sanadores de gran talento que habían acudido a la ciudad para atender a los heridos que se producirían en la inminente batalla. Pronto, se encontraría bastante recuperado como para poder unirse a la lucha.

—Todo saldrá bien, Jaina —la reconfortó el dragón, que sonrió gentilmente y agregó en voz baja—. No tengas miedo.

Jaina le devolvió la sonrisa.

—Sería una necia si no tuviera miedo, Kalec —replicó, hablando en un tono de voz tan bajo como el de él—. Pero he participado en otras batallas en el pasado, en otras batallas que fueron mucho más… duras en el plano personal que ésta. No te preocupes. Protegeré Theramore y no me temblará la mano a la hora de hacer lo que hay que hacer.

Un destello de admiración iluminó los ojos azules de Kalec.

—Perdóname —se disculpó—. Probablemente, te has curtido en más batallas que yo, Lady Jaina.

La sonrisa de la maga flaqueó levemente.

—Rezo para que nunca me curta tanto como para perder toda sensibilidad — contestó—, pero sí, el combate no es algo que me resulte extraño. Y, ahora, vete. Ya nos pondremos al día cuando vuelvas curado. —Entonces, cuando uno de los guardias escoltaba ya a Kalec para ir a ver a los sacerdotes, Jaina se volvió hacia el otro y le dijo—. Envía una misiva a Stormwind inmediatamente. Varian debe saber que el ataque está a punto de comenzar.

* * *

La atmósfera de premura y urgencia que había reinado desde la llegada de los generales y la flota era ahora aún más intensa. Tal y como Jaina había predicho, Kalecgos, a pesar de hallarse extenuado por el calvario que acababa de pasar, se curó con celeridad e informó rápidamente a todos sobre lo que había visto. Gracias a él, conocían ahora la ruta que había escogido la Horda. En cuanto Theramore había recibido la noticia de que el ataque era inminente, habían informado al Fuerte Triunfo, que se encontraba al noroeste de Theramore, de que debía prepararse. Sabían que las tropas del fuerte se resistirían ferozmente y, probablemente, la Horda no querría malgastar muchos recursos, tropas y energías atacando un emplazamiento que no era su objetivo. No obstante, albergaban la esperanza de que los valientes hombres y mujeres del Fuerte Triunfo fueran capaces de hacerle bastante daño a la Horda y de ralentizar su avance; también esperaban que no todos perecieran a manos de las fuerzas de Garrosh, pero ése era un riesgo que había que correr.

Los planes fueron transformados casi instantáneamente en órdenes. Las balistas y las demás armas de asedio fueron trasladadas al este, a las puertas de Theramore. Varios jinetes fueron enviados al Alto del Centinela, que se hallaba situado al norte de la ciudad, con instrucciones de que, en cuanto divisaran a la Horda, debían de dar el aviso de manera inmediata. El capitán Wymor y sus soldados recibieron la orden de contener a la Horda si era posible… y de retirarse a la ciudad si no lo era, donde los demás se unirían a ellos para combatir al enemigo.

No obstante, las puertas permanecerían cerradas a menos que la Horda las derribara. Wymor entendió perfectamente lo que eso implicaba.

Dieciséis naves de guerra abandonaron el puerto. Probablemente, el Espada Estrellada regresaría demasiado tarde de su misión humanitaria y no podría ayudarlos. Al igual que la flota de la Horda, permanecieron dentro de sus aguas territoriales, cerca de sus límites, donde aguardaron. El plan consistía en que debían destruir a la flota de la Horda en cuanto la batalla comenzara para que esa amenaza quedara totalmente anulada. No obstante, tres naves se quedaron en el puerto, conformando la última línea de defensa si los invadían por mar. Todo el mundo esperaba que eso no fuera necesario.

Era mediodía cuando el primer jinete llegó.

No portaba armadura alguna, sólo unos ropajes normales manchados de barro y sangre; sin duda alguna, para que no soportara tanto peso el caballo sobre el cual galopaba. Aun así, el corcel respiraba agitadamente y echaba espuma por la boca mientras ascendía ruidosamente hacia la puerta norte. Los guardias apostados allí ayudaron a bajar a aquel tembloroso hombre de ese animal que parecía al borde del desmayo. Mientras recogían al jinete con toda la gentileza posible, a éste se le cayó la capa. En ese instante, se percataron de que esa sangre pertenecía casi por entero a ese hombre barbudo y de pelo oscuro, que hacía un esfuerzo ímprobo por hablar.

—E-el Fuerte Triunfo ha caído —afirmó el jinete.

Ésas fueron sus últimas palabras.

Así comenzó la batalla.

* * *

El ejército de la Horda contaba ahora con lanzacuchillos, balistas y catapultas talladas con forma de poderosas águilas. Se trataba de armas de la Alianza que iban a ser usadas contra ella. Muchos de los que seguían avanzando también portaban otros trofeos más truculentos para rememorar la reciente batalla. Los trolls, en particular, parecían encantados de llevar dedos y orejas como ornamentos.

Sin lugar a dudas, la gente del Fuerte Triunfo (un nombre que se había vuelto irónico tras lo ocurrido) había pensado que sería capaz de contener el avance de esa marea conformada por la Horda que se dirigía al sur, hacia Theramore. Sin embargo, resultaba obvio que habían sobrestimado sus capacidades y subestimado las del enemigo. Un enemigo que ahora cantaba canciones de guerra mientras sonaba el redoble de los tambores y el crujido de las colosales máquinas de guerra (algunas de las cuales habían sido diseñadas por la Horda y otras, por la Alianza), conformando así una peculiar banda sonora.

En su momento, la Horda había atacado por sorpresa el Fuerte del Norte y lo había tomado gracias a esa estrategia. Ahora, sin embargo, se aproximaban a su próximo objetivo, sintiéndose orgullosos de ser un ejército muy numeroso y poderoso, gritando para anunciar su presencia mientras marchaban hacia el sur. Theramore había tenido varios días para prepararse para el ataque, para que sus habitantes pasaran varias noches sin dormir, luchando contra unas pesadillas en las que la Horda atravesaba las puertas de la ciudad como una marea imparable.

El miedo también era un arma.

Las bestias de los Baldíos se mantuvieron lejos de ellos y las zhevras y las gacelas que se aventuraban a acercarse demasiado eran cazadas para alimentar a las hambrientas tropas, que se estiraron al máximo para poder recorrer el estrecho camino que atravesaba el Marjal Revolcafango, mientras los rayos del ardiente sol se filtraban por las ramas de altos árboles cubiertos de musgo. Una vez dejaron atrás las ruinas de la posada Reposo Umbrío, se detuvieron en un cruce de caminos del que partían varios senderos: uno de ellos llevaba a la isla de Theramore; el otro, a Piñón de Barro; y el último, al poblado Murohelecho. Ahí fue donde Garrosh dividió a su ejército en dos. Él lideraría las fuerzas que se dirigirían al norte, donde se reforzarían con más tropas reclutadas en el poblado, con más orcos e incluso ogros que atacarían Theramore desde el norte. Mientras tanto, Malkorok comandaría al resto de tropas que avanzarían por el camino hacia el este.

Ambos ejércitos se encontrarían en la ciudad de Theramore, a la que aplastarían entre ambos de manera triunfal.

Malkorok y sus soldados se adentraron en las profundidades del Marjal Revolcafango y del Lodazal, donde destrozaron y aplastaron en el barro entre carcajadas todos los estandartes de la Alianza que hallaron a su paso. Ese camino, que hasta hace poco había estado protegido por soldados de Theramore y diversas máquinas de guerra, se encontraba totalmente despejado, tal y como habían esperado.

Tampoco había ni rastro de los Grimtotem, como también era de esperar. Probablemente, había corrido la voz de que se aproximaban tropas enemigas y esos cobardes tauren (a los que tanto la Alianza como la Horda despreciaban) habían decidido esconderse.

—No cabe duda de que los han avisado de nuestra llegada —aseveró Malkorok

—. Voy a enviar unos cuantos exploradores por delante y, entonces, procederemos a…

Unos gruñidos furiosos interrumpieron su discurso. Una decena de bestias surgieron súbitamente del marjal, donde habían permanecido ocultas tras las muchas lomas del lugar y las ramas bajas de los árboles, y arremetieron contra ellos. Al instante, cayeron dos brujos, un mago y un chamán sin apenas haber podido pronunciar un par de palabras para lanzar algún conjuro. El resto se vieron inmersos en un combate cuerpo a cuerpo en el que se enfrentaban a unas garras que pretendían desgarrar sus carnes y a unas descomunales fauces que intentaban aplastarles las tráqueas. Antes de que pudieran siquiera ser conscientes de que estaban siendo atacados por unos druidas de la Alianza capaces de alterar su forma, más de una docena de guerreros de la Horda yacían muertos, en el mismo sitio donde los habían sorprendido, asesinados a cuchilladas por unos enemigos invisibles. Acto seguido, más animales abandonaron sus escondites en el pantano, criaturas propias del ártico o del desierto que nunca deberían haberse encontrado en un lugar con un clima tan húmedo, pero que ahí estaban, hostigando a la Horda.

La batalla sólo había durado unos segundos y ya habían muerto, o yacían moribundos, más de una veintena de miembros de la Horda.

—¡Es una emboscada! ¡Atacad! —exclamó Malkorok, quien de inmediato dio ejemplo de lo que había que hacer.

Cargó contra un gigantesco oso pardo, cubierto de varios símbolos pintados, que estaba destrozando a un brujo no-muerto, el cual intentaba frenéticamente extraer la fuerza vital al druida para potenciar así sus propias habilidades mágicas. Las hachas gemelas que portaba el orco rasgaron el aire y atravesaron la gorguera que protegía la garganta del oso en tal ángulo que ambas hojas se encontraron y el druida quedó prácticamente decapitado.

Los gritos de dolor, ira y sed de sangre aumentaron de intensidad para rivalizar con otros ruidos, con el silbido de las flechas y la detonación reverberante de los cañonazos. Los cazadores (que dirigían a las arañas y a los escórpidos, así como a los lobos, crocoliscos y raptores) se estaban sumando ahora a la lucha. Malkorok lanzó un juramento en voz baja y saltó por encima de los cadáveres de un goblin y una hiena que habían muerto fundidos en un abrazo fatal; la espada del goblin le había atravesado un ojo a esa criatura y las fauces de la bestia rodeaban la garganta verde de su adversario. El orco tenía clavada su mirada en un grupo de varios guerreros de la Horda que luchaban contra un solo oponente. En cuanto se aproximó, profiriendo su grito de batalla, la muchedumbre que rodeaba a aquel guerrero de la Alianza se apartó por un instante. Una elfa de la noche muy fuerte se hallaba en el centro de aquella lucha. Blandía una reluciente espada, que brillaba de forma cegadora, y se movía tan rápido que su silueta era un mero borrón. Llevaba el pelo recogido en una larga trenza azul que se movía como un látigo de aquí para allá, la cual recordaba a una serpiente azul celeste. Dos esbeltos cadáveres de elfos de sangre yacían ya a sus pies y un tercero se hallaba moribundo y se agarraba un costado; pronto compartió el mismo destino que sus compañeros.

Durante un mero instante, la elfa se detuvo y su mirada se cruzó con la de Malkorok. En cuanto vio que aquel orco tenía piel gris, sonrió de oreja a oreja, mientras éste lanzaba un grito y se abalanzaba de un salto sobre ella.

* * *

Ya habían recibido múltiples advertencias. Así que no se trataba de un ataque sorpresa. Por lo cual, cuando la exploradora llegó jadeando y le dio una aproximación bastante certera del número de tropas enemigas que iban a asaltar primero el Alto del Centinela y luego la puerta norte de Theramore, el capitán Wymor se limitó a asentir.

—Ocupen sus puestos —ordenó, para añadir a continuación—. Me siento muy orgulloso de combatir al lado de ustedes. Este día será recordado durante mucho tiempo.

Acto seguido, los guardias, algunos de los cuales le parecían muy jóvenes, lo saludaron. Muy pocos de ellos se habían enfrentado a algún miembro de la Horda alguna vez y sólo en pequeñas trifulcas, no en batalla. Normalmente, se limitaban a luchar contra los Grimtotem o las bestias del pantano, Ahora, sin embargo, podían escuchar los tambores de guerra en la distancia y se tenían que preparar para una batalla de verdad.

El general Marcus Jonathan había acudido en persona al Alto del Centinela para hablar sobre la táctica que iban a emplear. Como cabía deducir por su nombre, aquel lugar era un puesto de observación, no un bastión defensivo de Theramore. Aun así, tendría que convertirse en eso mismo precisamente si las fuerzas de Garrosh decidían aproximarse por el norte.

—Eso es lo que va a ocurrir —había dicho Jonathan—. Nos atacarán por el norte, el oeste y el puerto. No podréis vencerlos por la fuerza, así que habrá que derrotarlos usando la inteligencia.

Dieron un trago de agua a la exploradora, que se detuvo un momento a recuperar el aliento. Acto seguido, volvió a montarse en su caballo y partió al galope hacia Theramore. A continuación, los demás guardias que se hallaban bajo el mando de Wymor ocuparon sus puestos y aguardaron.

No tuvieron que esperar mucho. El solitario centinela que se hallaba en la parte superior de la torre dio la señal: alzó el brazo derecho y lo bajó rápida y bruscamente. El gnomo que se encontraba junto a Wymor, cuyo nombre era Adolphus Blastwidget, sostenía un diminuto artilugio en las manos. En cuanto el hombre de la torre hizo la señal, Blastwidget sonrió ampliamente y apretó un botón. Una colosal explosión ahogó de repente el redoble de los tambores. Los soldados de la Alianza profirieron gritos de júbilo en cuanto un humo negro se elevó hacia el firmamento. Pudieron comprobar que los tambores habían enmudecido tras apagarse el estruendo de la detonación.

Las bombas, que habían sido colocadas con sumo cuidado, habían eliminado a muchos enemigos, de eso no cabía duda; no obstante, no habían acabado aún con esa amenaza.

—Desenvainen —ordenó Wymor.

En medio de aquel espeluznante silencio, el roce de las espadas al ser desenvainadas sonó tremendamente alto. Los soldados permanecieron en pie, tensos y preparados. Los minutos pasaron lentamente. Lo único que podía oírse era el incesante zumbido de los insectos, los chillidos de las aves marinas, el susurro de las olas que rompían en la orilla cercana y el crujido de sus propias armaduras cuando se movían ligeramente dominados por la intranquilidad.

Entonces, escucharon gritos de batalla, que les helaron la sangre y les erizaron el vello. Los tambores volvieron a sonar de nuevo, pero esta vez más cerca. Redoblaban con un ritmo más rápido, más apremiante. De improviso, unas cuantas decenas de seres, o quizá unos cuantos centenares, abandonaron el abrigo de las sombras del tenebroso pantano y cargaron gritando; todos ellos portaban armas que parecían pesar mucho más que un humano con armadura.

—¡Huye, Adolphus! —exclamó Wymor dirigiéndose al gnomo, que se encontraba petrificado ante aquel espectáculo dantesco.

Blastwidget se sobresaltó, alzó la mirada desconcertado hacia Wymor y, al instante, salió corriendo tan rápido como le permitían sus cortas piernas en dirección hacia Theramore, sin soltar el detonador que aún aferraba en la mano.

Wymor, por su parte, alzó su espada y se preparó.

Un furioso orco, que iba ataviado con una armadura y blandía una enorme hacha que parecía aullar impulsada por su propia sed de sangre, lideraba esa marea conformada por orcos, trolls, tauren, Renegados, elfos de sangre y goblins. De inmediato, el líder orco arremetió directamente contra Wymor. La hombrera de su armadura parecía estar hecha con unos colmillos gigantes. Llevaba los brazos totalmente desprotegidos, de tal modo que podía verse que tenía la piel marrón y cubierta de tatuajes. No obstante, se protegía las manos con unos guantes.

Entre la rubia barba de Wymor pudo atisbarse una sonrisa.

Ese orco era Garrosh Hellscream.

La hoja de la espada de Wymor chocó con el mango de Gorehowl de manera estruendosa. Garrosh, que era muchísimo más fuerte que el humano, lo empujó y Wymor trastabilló hacia atrás. No obstante, logró alzar su espada justo a tiempo para detener el hachazo que el orco había propinado raudo y veloz hacia abajo y rápidamente contraatacó. Se deslizó entre las piernas de esa mole que era el Jefe de Guerra, arrastrando su espada consigo. Garrosh gruñó sorprendido y dolorido, ya que la hoja le había acertado en la parte interior del brazo.

—Es la primera herida que sufro en esta batalla —dijo el orco en lengua común —. Bien hecho, humano. Te prometo que morirás de un modo honorable.

Wymor retrocedió varios pasos, blandiendo su espada.

—No me matarás —replicó de manera burlona al orco. Garrosh lanzó un gruñido muy leve y cargó. Justo lo que el capitán quería que hiciese.

—¡Ahora, Blastwidget! —gritó Wymor.

De inmediato, escuchó un estruendo y notó que volaba por los aires. Entonces, perdió el conocimiento.

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