Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Dieciocho

Jaina Valiente: Mareas de GuerraHa desaparecido —exclamó Pained—. Ese maldito traidor de Songweaver… ¡ha desaparecido! ¡Me han informado de que un reducido grupo de miembros de la Horda lo ha liberado!

—Partiré en su busca acompañada de unos cuantos centinelas —dijo Shandris .No podemos permitir que escapen.

—En efecto, no podemos —replicó Vereesa—. No voy a permitir que un elfo de sangre revele cuál es nuestro estado. Ustedes ocúpense del camino del norte, yo y unos cuantos más los buscaremos por el oeste. —Entonces, se giró hacia Rhonin—. Preveo que volveremos pronto.

—Te pediría que tuvieras cuidado si no supiera que eso es algo redundante, amor mío —aseveró Rhonin.

Ambos parecían exhaustos. Vereesa estaba cubierta de sangre que, por suerte, no era suya y, en el caso de Rhonin, daba la impresión de que una mera leve brisa sería capaz de derribarlo. Aun así, sabían perfectamente cuáles eran sus obligaciones e iban a obrar en consecuencia.

La elfa se acercó a su marido y se abrazaron y besaron con la familiaridad propia de unos amantes que se conocen muy bien. Si bien fue un dulce beso, no se regodearon demasiado.

—Descansa si puedes —le conminó Vereesa, ante lo cual Rhonin resopló—. He dicho si puedes —añadió con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lo intentaré, pero hay muchos heridos. Menos mal que incluso aquéllos de nosotros que son incapaces de conjurar un hechizo de sanación para salvar nuestras almas sí son capaces, al menos, de poner vendas.

—Por eso te quiero tanto —susurró—. Regresaré pronto, mi amor.

Shandris y sus centinelas ya habían partido y atravesado la puerta norte. Los guerreros de Vereesa ya estaban montados en sus caballos y estaban esperando a que su líder embridara un caballo descansado, al cual se subió con suma agilidad. La elfa no miró hacia atrás cuando atravesaron la puerta oeste. Rhonin tampoco esperaba que lo hiciera. Su esposa ya se había despedido de él e iba a cumplir con su cometido, al igual que él.

* * *

En cuanto tuvo claro que habían ganado la batalla, Jaina se volcó en atender a su gente, ya que ésa era siempre su prioridad. Habló brevemente con Jonathan, quien le informó sobre el estado de sus defensas. Le aseguró que los marineros de la Séptima Legión desembarcarían para prestar su ayuda a los heridos y le comentó que las perchas de los grifos y las demás defensas aéreas habían sido las más dañadas.

—¿Crees que regresarán? —inquirió la maga.

—Lo dudo mucho. Han sufrido muchas bajas y necesitarán bastante tiempo para reagruparse. Además, si envían más tropas de tierra a atacamos, contamos con un dragón para acabar con ellas.

Jaina no pudo evitar sonreír ante ese comentario.

—Entonces, vayamos a prestar ayuda a aquéllos que la necesitan —replicó.

Echó un rápido vistazo a su alrededor para cerciorarse de que los demás generales también estaban ocupándose de los heridos. Los cazadores ordenaron a sus mascotas que olfatearan los escombros en busca de algún superviviente. Ante la mirada atenta de Jaina, localizaron a dos personas vivas que fueron sacadas de debajo de unas pilas de piedra y madera. Sonreían, a pesar de estar heridos, ya que seguían vivos.

El Dr. VanHowzen alzó la mirada en cuanto la maga entró en la enfermería.

—Lady Jaina, por favor, retrocede unos tres pasos —le pidió.

Al instante, hizo lo que le pedía y, acto seguido, pasaron junto a ella dos soldados que traían a un tercero en una camilla. La enfermería estaba llena a rebosar. Desde un agujero que había en el techo, podía divisarse el cielo; no obstante, daba la sensación de que el edificio aguantaría y no se derrumbaría.

—¿Qué necesitas, doctor? —preguntó Jaina.

—Necesitamos ocupar la zona del patio —contestó—. Y diles a los sanadores más experimentados que se reúnan aquí conmigo. Nos vendría bien su ayuda. Los demás que no se acerquen; ahora mismo, sólo serían un estorbo.

Jaina asintió enérgicamente. VanHowzen le dio varios golpecitos con un dedo manchado de sangre y le dijo:

—Tú y los demás magos deberían comer algo, ya que no me gustaría tener que acabar tratándoos también a vosotros. Además, estos soldados requieren toda mi atención.

Jaina sonrió con cierta desgana.

—Mensaje recibido.

Se volvió y salió del edificio, apartándose del camino de aquéllos que entraban corriendo en él con algún herido. Conjuró pan y agua con un hechizo muy fácil, con el que recuperaría fuerzas por el momento, y se obligó a comer, a pesar de que no tenía hambre ni por asomo.

Hemos ganado, pensó Jaina, abatida por la tristeza, mientras miraba a su alrededor, pero pagando un alto precio. Todos los grifos e hipogrifos, al igual que sus jinetes, habían sido masacrados. Sus cadáveres peludos y cubiertos de plumas yacían todavía en el mismo lugar donde habían caído, atravesados por flechas o destrozados por algún conjuro, y sus perchas habían sido destruidas por los intrusos de la Horda que habían rescatado al traidor Songweaver. No obstante, esas bestias no habían muerto solas; los cadáveres de murciélagos gigantes, dracohalcones y dracoleones también yacían desperdigados sobre el suelo de Theramore.

Entonces, divisó a una pequeña figura que deambulaba sin rumbo por el lugar donde, en su momento, se había encontrado la posada. Jaina se acercó corriendo a Kinndy y sintió un enorme alivio al comprobar que su aprendiza había sobrevivido. Sin embargo, le dio un vuelco el corazón cuando Kinndy se volvió hacia ella.

Estaba lívida. Incluso sus labios estaban pálidos. Tenía los ojos desorbitados y secos. Jaina se agachó y le acarició su pelo rosa revuelto con intención de reconfortarla.

—Creía que sabía… cómo iba a ser esto —afirmó la gnomo en voz baja.

A Jaina ahora le resultaba muy difícil de creer que su aprendiza, que ahora hablaba con una voz tan dulce y suave, fuera la misma persona que había intercambiado hace poco alguna que otra pulla procaz con Tervosh o que se había atrevido a hablar de un modo desafiante a un dragón.

—Kinndy, por mucho que una se lea todos los libros del mundo, nadie sabe cómo es una batalla de verdad hasta que participa en una —aseveró Jaina.

—¿A ti… te pasó lo mismo?

Jaina recordó su primer encuentro con los muertos resucitados en las tierras que más tarde serian conocidas como las Tierras de la Peste. Con más intensidad de la que hubiera deseado, se acordó de cómo entró en una de esas granjas y olió el hedor empalagoso y dulzón de la carroña; de los gritos que profirió esa cosa desgarbada, que en su momento había sido un ser humano, cuando la atacó; y de cómo acabó con ella con una bola de fuego, de tal modo que el olor a carne quemada se sumó al hedor de la miasma. Después, había quemado la granja, proporcionando así a unos cuantos más de esos cadáveres andantes una muerte de verdad. Si bien la batalla que acababan de librar era distinta, también se parecía en ciertos aspectos. Desde su punto de vista, todo aquello que supusiera hallarse ante la disyuntiva de asesinar o ser asesinado era lo mismo. Incluso ahora, al recordar todo aquello, sintió un escalofrío, como el que provocaría en ella sentir la caricia de la mano huesuda de un no-muerto, y se estremeció.

—Sí —contestó—. A mí me pasó lo mismo.

—¿Y te acabas… acostumbrando a esto? —inquirió Kinndy, a la vez que extendía sus cortos brazos para señalar los cuerpos que aún yacían desperdigados a su alrededor—. ¿A ver a gente, que hace sólo unas horas estaba viva y sana… de este modo?

Se le quebró la voz al pronunciar las últimas palabras. Jaina se sintió aliviada al ver que las lágrimas, por fin, se asomaban a los ojos de la muchacha. Ser capaz de dar rienda suelta al dolor era el primer paso para superar tal horror.

—No, uno nunca se acostumbra —respondió Jaina—. Uno siempre sufre con estas cosas. Pero, al cabo de un tiempo, ya… ya no te resultan tan extrañas y aprendes que, a pesar de todo, eres capaz de seguir adelante. Eres consciente de que aquellos seres queridos que has perdido habrían querido que siguieras adelante. Aprenderás a reír de nuevo, te sentirás muy agradecida por seguir viva y disfrutarás de la vida. Pero nunca, jamás lo olvidarás.

—No creo que sea capaz de volver a reír en la vida —afirmó la muchacha de un modo tan convincente que casi convenció a Jaina—. ¿Por qué yo, mi señora? ¿Por qué he tenido que sobrevivir yo cuando todos los demás han perecido?

—Nunca sabremos la respuesta a esa pregunta. Lo único que podemos hacer es honrar la memoria de aquéllos que ya no están en este mundo viviendo nuestras vidas con la mayor intensidad posible. Cerciorándonos de que sus muertes no fueron en vano. Piensa en lo mucho que te quieren tus padres y en lo felices que se sentirán al saber que sigues viva —contestó Jaina, sonriendo levemente, aunque se trataba de una sonrisa teñida de melancolía—. Piensa en lo feliz que yo me siento al saber que sigues viva.

Kinndy alzó la vista hacia su maestra y la miró inquisitivamente. Entonces, pareció dibujarse en sus pálidos labios una sonrisa casi imperceptible. Jaina sintió cómo, por fin, desaparecía el nudo que tenía en el estómago. Kinndy era muy dura y estaba hecha de una pasta especial. Se recuperaría.

Acto seguido, la maga partió un trozo de pan y se lo dio a la muchacha.

—Tu comportamiento ha sido ejemplar, Kinndy. Tanto yo como tu familia estamos muy orgullosos de ti.

Lo que sucedió a continuación sorprendió por completo a Jaina. La bocaza de Kinndy, la independiente Kinndy, tiró el trozo de pan al suelo ensangrentado y se volvió hacia Jaina, abrazó a su mentora y sollozó como si el corazón se le fuera a romper en pedazos.

En ese momento, Jaina contempló, con sus ojos azules plagados de tristeza, las secuelas de la batalla, se arrodilló y abrazó a su aprendiza con fuerza.

* * *

De todas las razas que habían jurado lealtad a la Horda, la raza tauren era, sin lugar a dudas, la más apacible de todas ellas. Costaba mucho enfadarlos, perdonaban con suma facilidad y poseían una lealtad inquebrantable. No obstante, cuando un tauren tenía razones para enfurecerse y sentirse indignado, entonces, era mejor apartarse de su camino.

Esa masa informe compuesta por soldados de la Horda se hizo a un lado en cuanto Baine se acercó.

Caminaba pesadamente, encolerizado, restallando su cola y con las orejas gachas. No había pedido una audiencia con el Jefe de Guerra, sino que exigió a gritos que se le recibiera, tal y como su padre había hecho en su día.

—¡Garrosh!

El furioso rugido que profirió el normalmente sereno y calmado toro silenció el resto de conversaciones y provocó que todos giraran la cabeza hacia él. Acompañado de Hamuul Runetotem y de un Vol’jin un tanto rezagado, Baine se acercó, con los brazos cruzados y la mirada clavada en Theramore, al lugar donde se hallaba el Jefe de Guerra, en el extremo oeste del puente que cruzaba la bahía Revolcafango. El líder de la Horda no se volvió cuando Baine gritó su nombre. Entonces, el gran jefe tauren, sin pensar en las consecuencias que eso pudiera tener para él, agarró a Garrosh del brazo y lo obligó a girarse hacia él. En ese momento, los Kor’kron se abalanzaron sobre él, con Malkorok al frente. Sin embargo, el Jefe de Guerra hizo un gesto de negación con la cabeza antes de que pudieran hacer picadillo al iracundo tauren.

Baine le tiró a la cara un trozo de tela ensangrentado al mismo tiempo que gruñía furioso, lo cual provocó que Garrosh reaccionara de inmediato. Tiró la tela al suelo y le gruñó al tauren.

—¡Eso, Garrosh, es la sangre de un joven tauren que ha muerto por obedecer tus órdenes! ¡Tus instrucciones! ¡Unas órdenes que han dejado demasiados cadáveres en esas aguas embarradas de manera absurda! —Gritó Baine—. ¡Creo que esa sangre te queda mejor y es mucho más apropiada que esos tatuajes, Garrosh!

Malkorok propinó un empujón tan fuerte al fornido toro que logró que retrocediera un paso trastabillando. Acto seguido, el orco Blackrock agarró a Baine de las muñecas con sus vigorosas manos de guerrero y se las retorció; a pesar de que le faltaban unos cuantos dedos, era más que capaz de agarrarlo con gran fuerza.

Entonces, Garrosh, que se había limpiado ya la sangre de la cara, le dijo:

—Suéltalo, Malkorok.

Por un momento, dio la impresión de que el orco Blackrock se iba a negar a cumplir esa orden directa. Sin embargo al final soltó a Baine, pese a que podía adivinarse claramente, por cómo se estremecía, que no quería hacerlo. Después, escupió al suelo y retrocedió.

Garrosh observó detenidamente a Baine y, a continuación, para sorpresa del tauren, se echó a reír. Se trataba de unas carcajadas espaciadas y graves, que fueron aumentando de intensidad hasta transformarse en unas risotadas estruendosas que parecieron reverberar por aquellas aguas.

—Estúpida bestia —le espetó el Jefe de Guerra, quien seguía riéndose entre dientes. Acto seguido, se encaró a Baine, extendió un brazo y señaló Theramore—. ¡El momento de nuestra victoria por fin ha llegado!

Baine se quedó boquiabierto. Vol’jin, que se encontraba tras él, fue el primero en recuperarse del impacto.

—En nombre de los espíritus, pero ¿en qué estás pensando, amigo? ¡Hemos perdido! Bueno, en realidad, no sólo hemos perdido… ¡ha sido todo un desastre!

—Un desastre —repitió Garrosh, regodeándose en esa palabra, como si paladeara con ganas—. No, no lo creo. Todos ustedes estaban muy furiosos conmigo porque los había tenido mucho tiempo esperando. Incluso llegaron a reunirse en secreto. Se quejaron ante mí una y otra vez, sin parar. No confiaban en la sabiduría de mis decisiones, de mis planes. Y, ahora, díganme, ¿qué hemos logrado gracias a mi decisión de demorar el ataque?

—¿Qué nos derroten? —respondió Runetotem, quien pronunció esas palabras como si las escupiera.

Una vez más, Garrosh se rió. Esa risa inexplicable e inapropiada fue como lanzar combustible al fuego de la ira y la pena de Baine, quien pensó una vez más en los tauren que habían caído de manera absurda, con el único fin de satisfacer el ego del líder de la Horda. Pero, antes de que Baine pudiera hablar, la expresión de júbilo que había dibujada en el semblante de Garrosh desapareció y éste se enderezó cuan largo era.

—¡Contemplen qué les ocurre a aquéllos que se atreven a oponerse a la voluntad del Jefe de Guerra de la Horda!

Entonces, Garrosh Hellscream desconcertó aún más a Baine al señalar de nuevo, pero no hacia Theramore ni hacia el puerto en donde los restos de los barcos de la Horda se hundían, sino hacia arriba.

El gran jefe tauren se había hallado tan sumido en su rabia y dolor que no se había percatado de que había tenido que gritar para poder ser escuchado por encima de un ruido de un zumbido atronador, que se acercaba más y más, de tal modo que pudo notar cómo se le estremecían los huesos. A lo lejos, a bastante distancia de los muelles, pero aproximándose de manera imparable a cada instante, no volaba un dragón (como habría cabido esperar en cualquier otra guerra anterior), sino una gigantesco galeón volador goblin. En su parte inferior, atado con firmeza a su casco, se encontraba un enorme objeto esférico. Por un instante, Baine se quedó tan impactado que era incapaz de reconocer qué era lo que estaba viendo.

Entonces se le desorbitaron los ojos, presa del horror, al comprender lo que ocurría.

Garrosh prosiguió su diatriba; prácticamente, tenía que gritar para que lo escucharan.

—Hemos esperado mucho. Siguiendo mis órdenes, hemos aguardado a que la flota de la Séptima Legión se hallara, casi por entero, en el puerto de Theramore. Hemos aguardado a que los generales más importantes de la Alianza (entre los que se encuentran Marcus Jonathan y Shandris Feathermoon) acudieran en ayuda de la pobre Lady Jaina y le ofrecieran sus mejores soldados y sus brillantes estrategias. Hemos aguardado a que Kalecgos del Vuelo Azul llegara, a que cinco miembros del Kirin Tor se presentasen aquí, entre los que se encuentra Rhonin, su líder. Todos esos barcos, soldados, magos y generales se hallan ahora en Theramore. Arremetimos contra sus puertas, que había debilitado para nosotros nuestro amigo Thalen Songweaver… cuya lealtad ya ha sido recompensada. Mientras la Alianza se encontraba centrada en nosotros, un pequeño grupo de la Horda se infiltró en Theramore con dos objetivos: rescatar a Thalen y destrozar las defensas aéreas de la Alianza. Por lo cual, ahora. ¡ya no tenemos por qué esperar más!

* * *

Kalec tenía la sensación de que cada una de esas razas tenía su propia manera de honrar a la muerte. A veces la necesidad imponía, tristemente, que había que anteponer los intereses de los vivos a los de los muertos, por lo cual los rituales de sanación espiritual debían posponerse y debían disponer de los cadáveres de los caídos de un modo más pragmático de lo que desearían los apenados supervivientes.

Pero, aquí y ahora, no había necesidad alguna de abrir una fosa común o de encender una hoguera para librarse de los muertos cuanto antes, pues había tiempo suficiente y bastante espacio como para poder ocuparse de los muertos. Kalec ayudó a los supervivientes de la Batalla de Theramore a recoger cadáveres mutilados, identificarlos y colocarlos con delicadeza en diversos carros. Más tarde, los difuntos serían bañados y vestidos con ropa limpia para poder ocultar las espantosas heridas recibidas. Después, se celebraría una ceremonia funeraria y, por último, los caídos recibirían sepultura en el cementerio situado fuera de la ciudad.

El dragón se hallaba sumido en la melancolía, así como en una suerte de alegría taciturna. Habían repelido el ataque de la Horda. Había sobrevivido. Jaina también había sobrevivido. Habría que…

Súbitamente, le dio un vuelco el corazón. Kalec se paró de repente y se tambaleó, de modo que tuvo que recobrar la compostura de inmediato para que no se le cayera el soldado fallecido que transportaba en sus brazos.

Durante la batalla, en los rincones más recónditos de su mente, había seguido percibiendo la esencia del Iris de enfoque. Pese a que, en un principio, había temido que hubiera caído en manos de la Horda, como recientemente había permanecido quieto a cierta distancia al sur, Kalec había dejado de preocuparse por él y había centrado toda su atención en la inminente batalla.

Pero ahora se estaba moviendo. Y muy rápido.

Se dirigía al noroeste. Hacia Theramore.

Con suma celeridad y cuidado, colocó el cadáver en el carro y fue a buscar a Jaina raudo y veloz.

* * *

Kalecgos encontró a Jaina, que seguía atendiendo a los heridos, en la Ciudadela Garrida. En la plaza donde antes habían entrenado a sus tropas con maestros en el arte del combate, había ahora un mar de heridos. Jaina caminaba entre ellos y los teletransportaba a algún refugio seguro. Varios individuos que, obviamente, no eran guardias de Theramore habían acudido a ayudarla en esa tarea. Kalec no sabía a dónde iban a parar los heridos, tal vez a Stormwind o Ironforge; cualquier ciudad situada en el corazón del territorio de la Alianza era más seguro que Theramore.

Entonces, mientras se aproximaba a ella, ocurrió algo muy extraño. El portal de teletransportación se abrió y, de repente, se colapsó. Jaina frunció el ceño de ese modo tan peculiar en ella, por el que se le formaba una arruguita entre ceja y ceja.

—Algo impide que los portales se estabilicen —oyó que la maga decía a sus asistentes.

Jaina se volvió hacia Kalec, con un semblante sonriente a la vez que fatigado, y le tendió la mano.

—Kalec, me… —las palabras se le atascaron en la garganta en cuanto vio la expresión dibujada en el semblante del dragón—. Kalec, ¿qué sucede? ¿Qué ocurre?

—El Iris de enfoque se dirige hacia aquí —respondió—. Ahora mismo.

A Kalec se le formó un nudo en la garganta por culpa del miedo que lo dominaba, pero logró controlar su temor.

—¿Cómo es eso posible? ¿Es cosa de la Horda? Kalec, esto no tiene ningún sentido. Si fueron ellos los que lo robaron, ¿por qué no lo han utilizado antes?

El dragón negó con la cabeza, de tal modo que sus mechones de un color negro azulado se agitaron frenéticamente.

—No lo sé —contestó.

En ese instante se percató de cuál era el origen de su miedo: el no saber qué sucedía, el no comprender el porqué.

La maga frunció aún más el ceño.

—Quizá ésa sea la causa por la que los portales no funcionan —conjeturó. Acto seguido, se volvió hacia sus amigos y añadió—. Tal vez el Iris de enfoque esté causando algunas interferencias. O tal vez la Horda haya ideado alguna clase de treta que desconocemos. Por favor. id a buscar a Rhonin y traedlo aquí. Si ambos aunamos esfuerzos, tal vez seamos capaces de mantener un portal abierto, a pesar de las interferencias de ese campo nulificador.

Los hechiceros asintieron y se marcharon rápidamente. Jaina se giró hacia Kalecgos.

—¿Dónde está?

—No soy capaz de localizarlo con precisión. Pero sé que se acerca. Debo dar con él. Si la Horda piensa utilizarlo como un arma.

El dragón era incapaz de seguir hablando. Si bien lo que más deseaba en esos momentos era abrazar a Jaina entre sus brazos y besarla, reprimió como pudo sus deseos.

No se atrevió a darle un beso de despedida.

Jaina era perfectamente consciente de lo que estaba a punto de suceder, por lo que retrocedió unos cuantos pasos. Con celeridad y teniendo sumo cuidado con los heridos que plagaban el suelo de la plaza, Kalec adoptó su forma de dragón y saltó hacia el cielo. Ascendió en línea recta y, a continuación, se dirigió hacia el puerto… y hacia el Iris de enfoque.

Esperaba que no fuera demasiado tarde.

* * *

Rhonin estaba ayudando a buscar entre los escombros que habían sido hasta hace bien poco la torre, donde él, Jaina y los demás habían planeado la estrategia que se debía seguir en la batalla. Escuchó los ruegos de los cinco individuos que la maga había enviado a buscarlo y fue juntando las piezas del rompecabezas poco a poco, con un horror cada vez mayor, mientras le explicaban lo que sucedía. Si Kalec había percibido que el Iris de enfoque se aproximaba, se encontraban en un peligro mucho mayor del que imaginaban. Rhonin estaba seguro de que Garrosh y la Horda los habían engañado de algún modo a todos ellos (a Kalecgos y a él también) y que era la misma Horda la que había huido con la reliquia. Una vez se hallara en su posesión, podrían explotar su poderosa magia de maneras realmente infinitas.

De improviso, un ruido lo distrajo de sus cavilaciones. Al principio, era muy tenue, aunque luego se tornó mucho más fuerte; se trataba de un zumbido mecánico un tanto entrecortado. Rhonin alzó la mirada y, por un instante, se le detuvo el corazón.

Desde el sudeste, un galeón volador goblin se abría camino por el cielo en dirección hacia ellos. Pese a que su peculiar silueta indicaba perfectamente de qué aeronave se trataba, parecía que había algo atado a su casco que, en un principio, se había hallado oculto por la sombra del galeón. Entonces, la aeronave varió de rumbo levemente y Rhonin pudo divisar cómo el sol del crepúsculo se reflejaba en ese objeto.

Era una bomba de maná.

Los elfos de sangre habían creado esos malditos artefactos, que eran bombas alimentadas por pura energía Arcana. Provocaban una muerte instantánea. Y, si bien su tamaño variaba, las bombas con las que estaba familiarizado Rhonin solían ser tan grandes como un varón humano. Sin embargo, esta bomba en concreto, que parecía una delicada filigrana de vidrio, era tan larga como el galeón. Y, si la energía que la alimentaba procedía del Iris de enfoque…

Vereesa…

Entonces, sintió un repentino estremecimiento de alivio, a pesar del tremendo horror que lo había invadido. Vereesa ya se hallaba de camino al oeste. Además, nadie había informado de que estuviera viajando de regreso a Theramore. La onda expansiva no la alcanzaría. Su esposa se encontraba a salvo.

Aunque, claro, eso dependía también de dónde pretendieran hacer estallar la bomba.

En ese instante, se volvió hacia los individuos que aguardaban su respuesta.

—Por favor, díganle a Lady Jaina que he detectado una especie de campo de atenuación que se encuentra activo. Por eso los portales no funcionan. Díganle que se reúna conmigo en las estancias superiores de su torre.

Acto seguido, se marcharon para entregar el mensaje. Rhonin no titubeó. Corrió hacia el lugar de reunión mientras los pensamientos bullían en su cabeza. La torre estaba protegida con toda clase de magia de protección. Era una sólida fortaleza frente al tipo de ataque que iban a recibir. Sí, podría funcionar. pero, para eso, muchas cosas tendrían que salir bien.

Bueno. Rhonin sólo tenía que asegurarse de que así fuera, ¿verdad?

* * *

¡Una bomba de maná!

A Kalec le dio vueltas la cabeza en cuanto reconoció esa esfera que tenía un aspecto tan engañosamente encantador. ¡Así que eso era lo que esos ladrones de la Horda habían planeado! No obstante, jamás habría podido imaginarse que fuera posible construir una tan enorme. Theramore iba a quedar prácticamente arrasada.

A menos que detonara en el aire.

Era una misión suicida. Por un breve instante, Kalec sintió un agudo e intenso dolor al pensar que nunca más iba a volver a ver a sus congéneres azules, sobre todo a su querida Kirygosa; al pensar que nunca más volvería a ver a Jaina Valiente. Pero estaba haciendo esto precisamente por Jaina y su gente. Si sacrificando su vida podía salvar la de la maga, no habla nada más que hablar. En el pasado, se había visto obligado a ser testigo de cómo Anveena sacrificaba su vida; no podía soportar la idea de tener que volver a ver cómo alguien a quien amaba moría, no… si podía evitarlo.

Por mucho que fuera un dragón, la aeronave no sería presa fácil, pues portaría armas convencionales y mágicas. Tendría que atacarla de un modo feroz e inteligente. Durante unos instantes vitales, Kalecgos planeó en el aire, intentando evaluar a qué se iba a enfrentar. Sin embargo, pronto tuvo que dejar sus cálculos, ya que tres cañones abrieron fuego contra él.

* * *

Jaina se sentía muy confusa y bastante irritada con Rhonin porque éste había insistido en que debía acudir a hablar con él. ¡Los heridos que necesitaban ser teletransportados estaban ahí, no dentro de esa torre! A pesar de todo, la maga y sus asistentes fueron corriendo hasta allí tal y como Rhonin había pedido. El archimago pelirrojo los estaba esperando en la parte superior de la torre. Una vez llegaron ahí arriba, Rhonin abrió una de las ventanas adornadas con vidrieras y señaló hacia el cielo. Jaina se quedó boquiabierta.

—¿Es el Iris de enfoque?

—Sí —contestó Rhonin—. Es la fuente de energía de la mayor bomba de maná que se ha construido jamás. Además, han levantado un campo de atenuación para que nadie pueda escapar. —Entonces, se giró hacia ella—. Pero puedo desviar la bomba. Aunque vas a tener que ayudarme. para que pueda anular el campo de atenuación el tiempo suficiente como para que toda esa gente pueda ser teletransportada a un lugar seguro.

Jaina lanzó una mirada a sus leales compañeros.

—¡Por supuesto!

Rhonin masculló un encantamiento mientras gesticulaba con los dedos y se concentraba. Luego, hizo un gesto de asentimiento a Jaina. La maga inició el conjuro para abrir el portal, pero no reconoció el lugar que vio. Pese a que ella pretendía enviar a los heridos directamente a Stormwind, atisbó fugazmente un lugar que no era esa enorme ciudad de piedra sino una isla, que era apenas poco más que una roca; una de las muchas islitas que salpicaban el Mare Magnum. Entonces, se volvió confusa hacia Rhonin.

—¿Por qué estás redirigiendo mi portal?

—Porque así consumo menos… energía —rezongó el archimago. El sudor perlaba su ceño y oscurecía los mechones pelirrojos de su frente.

Esa repuesta no tenía ningún sentido. La maga abrió la boca para hablar, pero él le espetó:

—No discutas. Limítate a. atravesar el portal. ¡Vamos, atraviesen todos!

Los hechiceros de Jaina obedecieron y corrieron hacia aquel portal que giraba sobre sí mismo. Jaina se quedó rezagada. Algo no iba bien. ¿Por qué. ?

En ese instante, lo entendió.

—¡No puedes desactivar la bomba! ¡Tienes intención de morir aquí!

—¡Calla y cruza el portal! Tengo que hacerlo desde aquí, desde aquí mismo, si quiero salvar a Vereesa, Shandris y a. a todos cuanto pueda. Los muros de esta torre están imbuidos de magia. Debería ser capaz de atraer la detonación hacia aquí. No seas necia, niña. ¡Vete, Jaina!

La maga lo miró fijamente, totalmente horrorizada.

—¡No! ¡No puedo permitir que hagas esto! Tienes una familia. ¡Eres el líder del Kirin Tor!

Súbitamente, abrió los ojos que había mantenido cerrados al hallarse sumamente concentrado. Con esa mirada furiosa le estaba rogando que se marchara. Se estremeció por culpa del tremendo esfuerzo que estaba haciendo para mantener el portal abierto y bloquear el campo de atenuación.

—¡Tú eres su futuro! —exclamó Rhonin.

—¡No! ¡No lo soy! Theramore es mi ciudad. ¡Debo quedarme a defenderla! —Jaina, si no te marchas ya, ambos vamos a morir y todos los esfuerzos que estoy haciendo para arrastrar a esa condenada bomba hasta aquí para que no impacte en el mismo corazón de la ciudad serán en vano. ¿Es eso lo que quieres? ¿Eh?

Claro que no, pensó la maga. Pero no podía quedarse sin hacer nada mientras él se sacrificaba por ella.

—¡No pienso abandonarte! —Gritó Jaina, al mismo tiempo que se giraba y alzaba la vista para contemplar la bomba—. ¡Quizá entre los dos podamos desviarla!

La maga estaba gritando para poder hacerse oír por encima del estruendo del galeón volador, el cual se acercaba más y más. Entonces, vio cómo alrededor de ella revoloteaban varias figuras diminutas.

Y una enorme.

¡Kalec!

* * *

Kalec plegó sus alas y cayó a plomo, logrando así esquivar los cañonazos por muy poco. Después, cuando se hallaba por debajo del galeón, batió con fuerza sus alas y ascendió hacia él, con la mirada clavada en la bomba de maná. Abrió las fauces con intención de congelar aquel artefacto y hacerlo añicos. Sin duda alguna, la explosión resultante destruiría la bomba que transportaban los goblins y a él también. Asimismo, los restos de la deflagración que caerían sobre Theramore sólo provocarían leves daños. La ciudad (y Jaina) sobrevivirían.

De repente, sintió un tremendo dolor. A pesar de que flaqueó, se giró para encararse con su oponente, un Renegado que iba montado sobre un gigantesco murciélago. El arma de asta de su adversario había alcanzado a Kalec justo en la parte donde su antebrazo se unía al resto del cuerpo (una de las pocas zonas que no contaba con escamas) y le había abierto una herida profunda. Súbitamente, Kalec se movió y le arrancó el arma de su huesuda mano al Renegado. Acto seguido, de manera instintiva y a modo de venganza, golpeó con su cola tanto al murciélago como a su jinete, que cayeron al vacío.

Para entonces, el galeón se encontraba situado por debajo de él y con sus cañones apuntándolo. Kalec intentó apartarse de la posible trayectoria de los cañonazos pero, de repente, lo atacaron una docena de jinetes del viento. Se escuchó una enorme detonación y, esta vez, Kalec no pudo esquivar los cañonazos.

Jaina gritó en cuanto vio cómo Kalecgos caía al vacío. Justo en ese preciso instante, el galeón volador lanzó su carga.

La maga nunca llegaría a recordar qué sucedió exactamente a continuación. Notó que era empujada hacia ese portal que seguía girando sobre sí mismo a la vez que sentía que algo la atraía hacia él. Protestó a voz en grito mientras intentaba liberarse de esa atracción y giró el cuello justo a tiempo para ver el infierno.

El mundo se volvió completamente blanco. La torre se hizo añicos. El cuerpo de Rhonin, quien permanecía con los brazos estirados cuan largo era mientras contemplaba desafiante su destino, se volvió morado súbitamente. Por una fracción de un latido, pareció quedarse congelado en el tiempo. Acto seguido, estalló en una nube de cenizas lavanda. Mientras el portal se cerraba y Jaina se veía arrastrada más y más lejos, fue testigo de cómo un océano violeta compuesto de energía Arcana envolvía Theramore. Unos chillidos de total y absoluto terror asolaron sus oídos.

Y, entonces, perdió el conocimiento.

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