Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Doce

Jaina Valiente: Mareas de GuerraCada vez que Jaina viajaba a Dalaran, tenía la oportunidad de recordar lo hermosa que era. Las opulentas agujas de tonalidades púrpuras de las torres de la ciudad se alzaban hacia el cielo, a pesar de que la misma Dalaran flotaba en el aire, sin ser perturbada ni molestada por los problemas de Northrend, el territorio que se hallaba bajo ella. Sus calles relucían, con sus impolutos adoquines rojos, por las que sus ciudadanos deambulaban libremente tan ajenos a los problemas del exterior como la propia ciudad. Sólo en aquel lugar, podía uno comprar ciertos objetos extraordinarios a vendedores de toda clase de artículos raros y curiosos; sólo en aquel sitio, uno podía aprender ciertos conjuros y ciertas historias, que se susurraban en salones donde reinaba la paz y la serenidad.

En su época, Dalaran había formado parte consustancial de otro continente distinto. Jaina recordaba perfectamente cómo había sido en aquellos tiempos, recordaba cómo había paseado por esos jardines, arrancando de los árboles manzanas de corteza de oro calientes tras recibir el beso del sol.

Entonces, apareció Arthas.

Y, si bien Dalaran había sido destruida, logró renacer de sus cenizas. El Kirin Tor regresó a la capital de los magos para reconstruirla y protegerla con una cúpula hecha de energía mágica violeta hasta que, pasado un tiempo, Dalaran reverdeció transformada en una ciudad flotante. Esta ciudad estado había sido el eje central de la Guerra de El Nexo contra Malygos y, más tarde, de la lucha contra el Rey Lich. Sin embargo, no era un lugar donde primara lo marcial, sino más bien al contrario. Dalaran se encontraba en un momento dulce, donde las principales preocupaciones de una población feliz eran el afán de conocimiento y el ansia de aprender.

Jaina había erigido un monumento a Antonidas en la ciudad. Normalmente, siempre que viajaba a Dalaran, le hacia una «visita»; a veces, le comentaba sus pensamientos en voz alta mientras permanecía sentada bajo la sombra de su estatua. Sin embargo, ahora no lo iba a hacer, pues tenía una misión que llevar a cabo de enorme importancia.

Se materializó dentro de la misma Ciudadela Violeta y el primer rostro que vio fue el de Rhonin, quien le dio la bienvenida con una sonrisa, aunque su mirada estaba teñida de preocupación.

—Bienvenida, Lady Jaina —le dijo—. Creo que ya conoces a todos los aquí presentes.

—En efecto —replicó Jaina.

Junto al mago se hallaba su esposa, la hermosa y canosa Vereesa Windrunner, la fundadora del Pacto de Plata y hermana de Sylvanas, la líder de los Renegados, y de Alleria, quien se encontraba perdida en Terrallende. Aunque la tragedia había clavado sus garras con fuerza en la familia Windrunner, Vereesa parecía haber hallado la felicidad en su papel de esposa de ese gran mago y madre orgullosa de dos bellos hijos. No obstante, el hecho de haber logrado la felicidad personal no implicaba que la elfa noble se contentara con permanecer en un segundo plano. Jaina sabía que, en su rol de líder del Pacto de Plata, Vereesa se había opuesto pública y firmemente a que los elfos de sangre fueran admitidos en el Kirin Tor.

Sin embargo, sus esfuerzos habían sido en vano, como demostraba la mera presencia del mago que se encontraba a la izquierda de Rhonin. Se trataba del archimago Aethas Sunreaver, quien había luchado con tanta fuerza para ser admitido en el Kirin Tor como Vereesa se había esforzado por impedir su admisión. La cuarta persona ahí presente era una humana que, pese a tener el pelo blanco como la nieve, daba la impresión de ser capaz de enfrentarse (y ganar) a cualquiera en una lucha. La archimaga Modera tenía el honor de ser la maga que más tiempo había formado parte del gran Consejo de los magos, el Consejo de los Seis, al que pertenecía desde la Segunda Guerra.

Jaina asintió respetuosamente ante todos ellos, a modo de saludo, y acto seguido se volvió hacia Rhonin, quien retrocedió un solo paso y gesticuló con las manos, con la facilidad propia de alguien que estaba muy habituado a realizar conjuros mágicos. Al instante, un portal cobró forma. Jaina frunció levemente el ceño. Normalmente, se podía atisbar el lugar al que uno iba a viajar; sin embargo, este portal en concreto no parecía llevar a una habitación o a algún lugar en tierra, sino al cielo abierto, por lo que lanzó a Rhonin una mirada inquisitiva.

—El resto de los Seis se encuentran ahí reunidos —le dijo Rhonin, sin molestarse en responder esa pregunta que Jaina había formulado con la mirada—. Será mejor que no les hagamos esperar, ¿verdad?

Jaina atravesó el portal, pues confiaba en él totalmente.

El suelo, que era de un sencillo color gris y estaba compuesto (menos mal) de sólida piedra con incrustaciones con forma de diamante, era lo único que parecía estable en aquel lugar. Por encima de ellos y a ambos lados sólo había un cielo en cambio constante. Ahora, era un espléndido firmamento azul surcado por nubes que se desplazaban perezosamente y, un mero latido después, aparecían una serie de estrellas y una profunda negrura se extendía sobre el cielo azul como si fuera tinta derramada.

—Bienvenida, Lady Jaina, a la Cámara del Aire —dijo alguien. Aunque tal vez se tratara de varias personas que hablaban a la vez.

Jaina no podía estar segura de si era una sola voz o varias, pues se hallaba deslumbrada y sobrecogida por la vista constantemente cambiante e infinita que podía contemplarse en esa estancia. Entonces, se obligó a apartar la mirada de ese cielo cautivador y prácticamente hipnótico y posó su vista en los Seis, quienes formaban un círculo en cuyo centro estaba Jaina.

Ella sabía que antaño esos magos habían ocultado sus identidades incluso al resto de los miembros del Kirin Tor. No obstante, esa tradición había dejado de seguirse recientemente, por lo que podía identificar perfectamente a cada uno de ellos. Además de a Modera, Aethas y Rhonin, ahí podía ver a Ansirem Runeweaver, quien no solía frecuentar demasiado Dalaran, ya que había tenido que viajar mucho últimamente para poder llevar a cabo ciertas misiones cuya naturaleza Jaina desconocía, por supuesto. La famosa plaza Runeweaver llevaba ese nombre en homenaje a ese hombre decidido y de vista muy aguda. Ahí también se encontraba presente el alquimista y mago Karlain, quien había aprendido a dominar completamente sus emociones. Había poca gente tan serena, reflexiva y considerada como él.

Por último, pero no por ello menos importante, Jaina reconoció el rostro envejecido prematuramente de un joven; se trataba de Khadgar, uno de los magos más poderosos de la historia de Azeroth. Aunque parecía tener el triple de edad que Jaina, ésta sabía que ese mago sólo le llevaba diez años. Khadgar había sido aprendiz de Medivh y había colaborado como observador con el Kirin Tor; asimismo, había sido él quien había cerrado el Portal Oscuro y vivía en Terrallende, donde colaboraba con el naarn A’dal. El hecho de que se hallara ahora aquí, dispuesto a debatir sobre cómo iban a proteger Theramore, hacía que sus maltrechas esperanzas renacieran de sus cenizas.

—No te quedes mirando embobada —le espetó Khadgar a modo de reproche, pero con un destello de ironía en su mirada—. Por mucho que me mires, no voy a volverme más joven.

Jaina agachó la cabeza en señal de respeto.

—En primer lugar, permíteme señalarte que me siento muy honrada de que hayas atendido mi ruego. Seré breve. Todos saben que soy una persona muy moderada y diplomática. Durante años, he trabajado incesantemente para sellar la paz en Azeroth entre la Alianza y la Horda. Por tanto, el hecho de que me halle ahora aquí para pedir ayuda al Kirin Tor, con el fin de defender a una ciudad de la Alianza contra la Horda, seguro que les hace pensar que la situación es extremadamente delicada y que un bando es enteramente responsable del cariz que han tomado los acontecimientos.

La maga se movía lentamente mientras hablaba, mientras clavaba sucesivamente su mirada en cada uno de los otros magos, para permitir que vieran que hablaba sumamente en serio. Suponía que Khadgar estaría de acuerdo con ella. Sin embargo, era más difícil saber qué pensaba Karlain, al igual que Ansirem, pues ambos la contemplaban con los brazos cruzados y un semblante inescrutable.

—La Horda ha destruido el Fuerte del Norte. Para ello, Garrosh Hellscream no sólo se ha valido de un ejército compuesto por todas las razas de la Horda, sino que sus chamanes han empleado una magia muy tenebrosa para controlar y dominar a varios gigantes fundidos, unos elementales de fuego impredecibles y muy violentos. Si siguen utilizando tales medios de coerción, si enfurecen a los elementos aún más, podrían provocar una desgracia similar al Cataclismo. —Entonces, miró a Modera, quien le ofreció una leve sonrisa y, acto seguido, clavó sus ojos en Aethas, quien no se había quitado su yelmo y permanecía tan quieto que parecía una estatua tallada en piedra—. Ahora, su objetivo es Theramore, donde contamos con unas buenas defensas y con el apoyo del rey Varian Wrynn, quien nos ha prometido que enviará a la flota de la Séptima Legión.

—Si eso es así, ¿por qué necesitas nuestra ayuda? —preguntó Karlain—. Theramore es una ciudad militar con una gran reputación. Además, estoy seguro de que con el apoyo de esa flota seréis capaces de enviar a la Horda de vuelta a sus tierras, presa del sonrojo y la vergüenza.

Pese a que Aethas, el elfo de sangre archimago, giró la cabeza ante ese comentario, permaneció callado.

—Porque la Horda ya está preparada para marchar sobre Theramore —contestó Jaina—. Y, sin embargo, la flota de Su Majestad se encuentra aún a varios días de distancia. —En ese instante, se giró y se dirigió directamente a Aethas—. Prefiero resolver los conflictos mediante el intercambio de ideas y no de mandobles de espadas; no obstante, he de defender a mi pueblo, pues confía en que yo lo protegeré. Preferiría no tener que luchar contra la Horda, pero lo haré si es necesario. Espero sinceramente que el Kirin Tor se muestre dispuesto a ayudar a Theramore en este momento de máxima vulnerabilidad, de tal modo que podamos transformar este inminente ataque en una oportunidad de alcanzar la paz.

—Jaina Valiente, a pesar de todos los años que llevas desempeñando labores diplomáticas —señaló Aethas, con una voz suave como la seda—, me parece que conoces muy poco a la Horda si piensas que se detendrán si creen que tienen la victoria en su mano.

—Quizá si se detengan ante los magos del Kirin Tor —replicó Jaina—. Por favor… muchas familias viven en Theramore. Estoy dispuesta a sacrificar mi propia vida por defenderlos, al igual que los soldados acuartelados ahí. Pero quizá eso no baste. Si Theramore cae, también caerá Kalimdor. Entonces, nada podrá impedir que la Horda ataque Vallefresno o Teldrassil y expulse a los elfos de la noche de sus antiguas tierras. Garrosh ansia dominar todo el continente. y, con todo respeto, no creo que el Kirin Tor desee eso. No si defiende de verdad el verdadero espíritu de la neutralidad.

—Comprendemos perfectamente la situación —afirmó Karlain—. No tienes por qué recordamos cuál es nuestra misión.

—No pretendía hacerlo —se disculpó Jaina—. No obstante, lo único que pretendo es apelar a su sabiduría para que sean conscientes de que no les pido que apoyen a un bando en detrimento de otro. Lo único que pido es que salven vidas inocentes. que mantengan el equilibrio de poder que ahora se encuentra en peligro.

De repente, todos los demás magos retrocedieron un paso al unísono, como si se hubieran comunicado esa orden con una seña invisible.

—Gracias, Lady Jaina —dijo Rhonin de un modo en que quedaba claro que la reunión había acabado—. Hablaremos con otros magos para preguntarles su opinión al respecto y, entonces, tomaremos una decisión. En cuanto alcancemos un acuerdo, se te informará al respecto.

En ese instante, se oyó un zumbido, que indicaba que un nuevo portal se abría. Jaina se adentró en él y, acto seguido, se encontró pisando las impolutas calles adoquinadas de Dalaran, sintiéndose como una niña a la que le hubieran ordenado que se fuera a ordenar su habitación si quería cenar. No estaba acostumbrada a que la despacharan de esa forma pero, si alguien tenía derecho a hacer algo así, era el Consejo de los Seis.

A continuación, se dispuso a realizar un hechizo de teletransportación a Theramore, pero se quedó a medias. Pensó que tenía que ver a un par de personas, aprovechando que estaba ahí.

* * *

Tras la marcha de Jaina, los otros cinco miembros del Consejo se giraron expectantes hacia Rhonin, quien alzó una mano antes de que cualquiera de los demás pudiera hablar.

—Nos volveremos a reunir en una hora —señaló.

—Pero, ya que estamos aquí… —replicó Modera, un tanto desconcertada.

—Es que. hay algunos precedentes que me gustaría revisar —se justificó Rhonin—. Les sugiero a los demás que hagan lo mismo. Sea cual sea nuestra decisión. ayudar a Theramore o permanecer al margen y dejar que la Horda avance. las consecuencias serán muy importantes. Me gustaría conocer otros puntos de vista antes de votar.

Todos asintieron, a pesar de que se podía adivinar cierta contrariedad en sus semblantes. Rhonin se teletransportó a sus aposentos, donde permaneció por un momento, mientras fruncía sus pelirrojas cejas. Entonces, se acercó a su escritorio (que estaba cubierto casi por entero de rollos de pergaminos, papiros en blanco o libros) y agitó la mano en el aire.

Al instante, aquel montón de tomos y papeles desordenados se elevó y flotó a un metro del escritorio. Después, la parte superior del escritorio se abrió y dejó a la vista una cajita muy sencilla. Lo que había dentro, sin embargo, no era precisamente algo sencillo.

Rhonin sacó la caja de ahí, cerró la parte superior del escritorio y dejó que los rollos de pergaminos, los papiros en blanco y los libros regresaran al lugar donde habían estado antes. Acto seguido, se sentó en una silla con la cajita en la mano.

—Viejo amigo, en momentos como éste, te echo de menos mucho más de lo que cabe imaginar —aseveró—. Pero he de admitir que resulta reconfortante escuchar cómo me hablas desde más allá de la muerte… aunque lo hagas a través de acertijos.

Abrió la caja con una pequeña llave que solía llevar atada al cuello y contempló pensativo la pequeña pila de pergaminos que contenía en su interior. Cada uno de ellos recogía una profecía de Korialstrasz (también conocido como Krasus), el difunto consorte de Alexstrasza, la Protectora. A lo largo de los años, el dragón había tenido esas visiones, que había plasmado por escrito y entregado a Rhonin, esbozando una amplia sonrisa mientras le decía: «Ahora tal vez entiendas por qué a veces parece que soy tan condenadamente listo», lo cual había hecho sentirse a Rhonin tremendamente honrado. Korialstrasz le había pedido al mago que ocultara esas profecías y que, cuando éste falleciera, le entregara la llave de la cajita a alguien en quien confiara. «No deben caer en las manos equivocadas», le había advertido Krasus. Aquella noche, Rhonin permaneció despierto hasta altas horas de la madrugada, leyendo todas esas profecías. Ahora, había una en concreto que quería consultar.

—Lo retiro —dijo en voz alta—. ¿Por qué tuviste que escribir esto de un modo tan enigmático, Krasus?

Estaba seguro de que, en esos momentos, en algún lugar, ese gigantesco dragón rojo se estaba riendo.

* * *

Era la segunda vez que Jaina visitaba a la familia Sparkshine. La primera vez se había presentado allí para llevarse a su hija a una tierra lejana. Aunque se habían sentido muy orgullosos de que Kinndy fuera su aprendiza, Jaina se percató enseguida de que esa familia estaba muy unida, tal vez porque sólo eran ellos tres. Pese a que la despedida había sido bastante dura, Jaina no había sido recibida como una intrusa que les iba a arrebatar a su hija, sino como un pariente al que hacia mucho tiempo que no veían y al que recibían con los brazos abiertos. Aun así, ahora, titubeaba ante su puerta. Jaina había decidido presentarse ahí de un modo impulsivo, pues tenía la sensación de que estaba en deuda con sus padres y debía hacerles saber, en primer lugar y por encima de todo, que estaba impresionada con el gran talento de Kinndy y, en segundo lugar, debía informarlos de que esa impresionante y encantadora muchacha iba a embarcarse en una aventura muy peligrosa.

Se armó de valor y llamó a la puerta. Tal y como recordaba, una puerta más pequeña, incrustada en la principal, crujió al abrirse. Acto seguido, un anciano mago vestido de púrpura miró hacia fuera, luego hacia ambos lados y, por último, hacia arriba.

—Buenas tardes, mago Sparkshine —lo saludó Jaina, esbozando una sonrisa. De inmediato, el anciano se quitó su puntiagudo sombrero e hizo una profunda reverencia.

—¡Lady Valiente! —exclamó—. ¿Qué te trae a…? —Entonces, se le desorbitaron un poco los ojos—. Espero que nuestra pequeña Kinndy se encuentre bien, ¿eh?

—Está bastante bien y es una aprendiza realmente admirable —respondió Jaina, cuya contestación era totalmente cierta; al menos, de momento—. ¿Puedo entrar?

—¡Oh, claro, claro! —contestó Windle Sparkshine quien, acto seguido, se agachó, se metió dentro de la casa y cerró la puerta. A continuación, la puerta principal se abrió ante Jaina.

Desde el punto de vista de Jaina, aquel diminuto y ordenado apartamento estaba decorado con unas miniaturas perfectas. Si bien el techo era lo bastante alto como para que pudiera permanecer en pie, le habría resultado imposible sentarse en esas sillas tan enanas. Por suerte, Windle le estaba acercando lo que él denominaba «la silla de la gente alta».

—Aquí tienes. Puedes sentarte aquí, junto al fuego.

Jaina miró la chimenea, pero no dijo nada. Pese a que había unos leños amontonados ahí, no estaban encendidos. Tuvo que reprimir una sonrisa, ya que sabía que se trataba de una vieja broma que ya era una tradición en la familia Sparkshine y no tenía ninguna intención de estropear la diversión.

Windle fingió hallarse sorprendido.

—¡Pero si ese fuego no está encendido! —exclamó.

Al instante, sacó una varita, masculló algo en voz muy baja y, a continuación, apuntó con la varita mágica hacia la chimenea. De inmediato, surgió una llama brillante y el fuego prendió, añadiendo así aún más encanto a una situación que ya era realmente agradable.

Un encantador aroma emanaba de la cocina, por cuya puerta asomó la cabeza una gnomo de pelo gris, cuyo rostro estaba manchado de harina.

—Windle, ¿con quién estabas…? Oh, Lady Jaina, ¡qué sorpresa! —dijo—. Dame sólo un momento para poder meter esas tartas en el horno y enseguida estaré contigo.

—Tómate todo el tiempo que necesites, señora Sparkshine.

—Cuando nos conocimos, te dije que más te valía que me llamaras Jaxi porque, si no, no te daría tarta de manzana —le reprochó gentilmente.

Jaina se rió por primera vez en mucho tiempo; tuvo la sensación de que habían pasado años incluso desde la última vez que había estallado en carcajadas.

La maga se sentó en esa cómoda silla que era de su tamaño y aceptó agradecida la taza de té y las pastas que le ofrecían. Windle y Jaxi se sentaron en unas sillas adecuadas para su estatura y entablaron una conversación intrascendente durante un rato.

Entonces, Jaina dejó su taza por fin y clavó su mirada en ambos.—Su hija está haciendo un gran trabajo —afirmó—. No —añadió, corrigiéndose a sí misma—, está haciendo un trabajo tremendo. Cada día que pasa, me impresiona más. Estoy segura de que, cuando su adiestramiento haya concluido, impresionará a todo el mundo. Muchos aprendices atesoran un gran potencial, pero no todos lo desarrollan.

La pareja de gnomos sonrió de oreja a oreja y se miraron el uno al otro, mientras se aferraban las manos con fuerza.

—Ya sabes que es nuestra única hija —comentó Windle—. Estoy seguro de que no te has dado cuenta, pero a mí me van pesando ya los años —esto último lo dijo con una chispa de ironía en la mirada, pues su barba cana revelaba perfectamente su verdadera edad—. Jaxi y yo habíamos abandonado toda esperanza de tener un niño. Kinndy es nuestro pequeño milagro.

—Como se encuentra en Theramore, tan lejos de aquí, nos preocupamos mucho por ella —afirmó Jaxi—; no obstante, te estamos muy agradecidos porque le permites que venga a visitarnos con mucha frecuencia.

—Oh, tienen que estar tomándome el pelo —replicó Jaina—, ¡pero si cada vez que regresa a Theramore nos trae sus pastas! ¡Si pudiera, la enviaría aquí todos los días!

Todos se echaron a reír. Sentía una gran sensación de serenidad al hallarse sentada en esa estancia tan confortable, decorada al estilo antiguo, junto a un fuego encendido. Jaina deseó de todo corazón que la sencillez de aquel lugar se conservara y no se viera perturbada por los peligros a los que se enfrentaba Theramore.

—Oh, Lady Jaina, ¿en qué piensas para estar tan triste? —preguntó Jaxi.

Jaina suspiró. Por mucho que prefiriera que las cosas fueran de otra manera, sabía que esa gente tan bondadosa tenía derecho a saber que su hija iba a correr un grave peligro.

—Theramore necesita la ayuda del Kirin Tor —afirmó Jaina con suma serenidad

—. En realidad, ha sido idea de Kinndy que viniera aquí a pedir ayuda. Sin embargo, no puedo contales mucho más, pues me temo que regreso a mi hogar con las manos vacías.

—¿Qué clase de…? —acertó a decir Jaxi.

Pero, entonces, Windle posó una de sus arrugadas manos sobre la de la maga y le dio un leve apretón.

—Calma, calma, Lady Jaina tiene muchas cosas en que pensar —aseveró—. Si no nos lo puede contar, bueno, a mí no me importa.

—Ni a mí, por supuesto —añadió Jaxi, quien colocó la mano que le quedaba libre sobre la de su marido—. Es que. se trata de Kinndy y.

—Kinndy ha estado trabajando de manera infatigable y su ayuda será inestimable —replicó Jaina—. Tienen mi palabra de que la protegeré tanto como sea posible. Al fin y al cabo —agregó, intentando mantener el ánimo en su voz—, he invertido mucho tiempo en su adiestramiento. ¡Tener que empezar otra vez con un nuevo e inexperto aprendiz sería todo un fastidio para mí!

—No te preocupes por el Kirin Tor —le aconsejó Windle, intentando reconfortarla—. No los dejarán en la estacada, abandonados a su suerte en Theramore. Harán lo correcto. ¡Ya lo verás!

Acto seguido, la colmaron de abrazos, buenos deseos y una bolsa repleta de cajas llenas de diversos dulces. Se mostraron tan seguros de sus posibilidades y tan alegres que Jaina empezó a pensar que tal vez, sólo tal vez, ese viaje en particular a Dalaran podría dar los frutos esperados.

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