Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Siete

Jaina Valiente: Mareas de GuerraAl viejo Pete le tocaba vigilar en el campamento expedicionario del cabo Teegan, situado en los límites de esa misteriosa y frondosa jungla llamada Hojarasca que, aparentemente, había surgido de la noche a la mañana. Pese a que le encantaba tomarse «una buena jarra de cerveza» prácticamente a todas horas, el enano de barba blanca sabía que debía tomarse sus tareas muy en serio. Desde que había caído la noche, no había bebido nada y ya casi despuntaba el alba.

Le dio una palmadita a su trabuco (al que tanto quería, a pesar de que últimamente fallaba bastante; no obstante, las malas lenguas decían que el que fallaba era él y no su arma) y profirió un suspiro. Pronto acabaría su tumo de vigilancia y podría abrir ese grog de cereza que había estado reservando para…

De repente, oyó algo moverse entre la maleza. El anciano enano se puso en pie, con mayor celeridad de la que cabía esperar en alguien como él, pues toda clase de extraños bichos podrían estar atacándolos. Raptores, zancudos o esas asquerosas y enormes flores o esas cosas de musgo.

Entonces, una mujer, que vestía un tabardo que portaba un ancla dorada, salió trastabillando de la maleza, lo miró fijamente un instante y, por último, se desplomó. Pete logró cogerla, por poco, antes de que cayera al suelo.

—¡Teegan! —vociferó Pete—. ¡Tenemos un problema!

Unos segundos después, uno de los guardias intentaba vendar las heridas de la joven exploradora, aunque Pete pensaba que, tristemente, estaba claro que esa señorita no iba a sobrevivir. La joven agitaba los brazos frenéticamente y, en cuanto Hannah Bridgewater se agachó sobre ella, la agarró del brazo.

—La Ho-Horda —dijo la exploradora con una voz áspera—. Los ta-tauren. Han abierto la puerta. Van hacia el este. Creo que al… Fuerte del Norte.

Cerró los ojos y su pelo negro, salpicado de sangre, cayó inerte hacia atrás sobre el amplio pecho de Pete, quien le dio una palmadita en el hombro con cierta incomodidad.

—Has logrado entregarnos el mensaje, muchacha —afirmó—. Lo has hecho bien.

Descansa, amiga.

Teegan, que se acercaba presurosa para responder a la llamada de Pete, fulminó al enano con la mirada.

—Está muerta, idiota.

Pete replicó con sumo tacto:

—Lo sé, muchacha. Lo sé.

Dos minutos después, Hannah, la más rápida exploradora de todos ellos, corría tan rápido como le permitían sus largas y fuertes piernas hacia el este, hacia el Fuerte del Norte, implorando a la Luz que no fuera ya demasiado tarde.

* * *

El almirante Tarlen Aubrey estaba despierto antes del alba, como era habitual en él. Se levantó de la cama con celeridad, se lavó la cara, se vistió y se afeitó. Al contemplarse en el espejo, comprobó que tenía ojeras. Después se recortó, con sumo cuidado y el ceño fruncido, la barba y el bigote; era el único momento del día en que se permitía ser un tanto vanidoso.

Daba la impresión de que, a lo largo de los últimos días, el clan orco Rageroar se estaba reagrupando; o, al menos, lo que quedaba de él. Según los informes, se habían producido varias escaramuzas en las que habían proferido insultos amenazadores como «la Alianza va a recibir su merecido» o mascullaban comentarios desafiantes mientras morían, como «mi muerte será vengada».

Lo cual no era nada fuera de lo normal, la verdad. Aubrey sabía, por experiencia propia, que casi todos los orcos se mostraban altaneros y arrogantes; los Rageroar más que nadie. Aun así, no había llegado tan alto en la cadena de mando sin siempre permanecer alerta ante todo posible peligro. Resultaba muy extraño que los Rageroar hubieran regresado tras ser derrotados, así que tenía que saber por qué lo habían hecho. Había encomendado a varios espías la misión de comprobar si la Horda se estaba preparando para la guerra y, sobre todo, si su objetivo era el Fuerte del Norte. Pero ninguno había vuelto aún para informar; no, aún era muy pronto.

Aubrey desayunó un plátano y un té bien cargado. Después fue a patrullar, a realizar su ronda habitual. Con una leve inclinación de la cabeza, saludó al oficial de señales Nathan Blaine, quien lo saludó enérgicamente a pesar de ser tan temprano. Ambos hombres contemplaron el mar. Como estaba amaneciendo, el océano y el muelle estaban envueltos en tonalidades rosas, escarlatas y carmesíes; asimismo, las nubes mostraban tenues colores dorados aquí y allá.

—«Si cuando amanece el cielo está rojo, el marinero se debe preparar» — comentó Aubrey mientras daba un sorbo a su té.

—«Pero, si cuando anochece el cielo está rojo, el marinero puede gozar» — apostilló Blaine—. Pero hoy no vamos a navegar, señor.

Una sonrisa torcida, pero respetuosa, se dibujó en el semblante de Nathan. — Cierto —replicó Aubrey—, pero siempre seremos marineros. Mantente ojo avizor, Nathan —añadió el almirante, entornando un poco los ojos—. Hay algo que… En ese instante, frunció los labios y negó con la cabeza. A continuación, se giró y descendió de la torre raudo y veloz, sin acabar la frase.

—Es un poco supersticioso, ¿verdad, amigo? —le comentó un guardia enano a

Blaine.

—Tal vez —respondió Nathan, dando la espalda a la bahía—. Pero me apuesto lo que quieras a que tú siempre que subes a un barco lo haces con el pie derecho, ¿no?

—Hum —contestó el enano, cuyos mofletes se ruborizaron ligeramente—, sí. Es mejor no tentar a la suerte, ¿eh, amigo?

Nathan esbozó una amplia sonrisa.

* * *

Los orcos conformaban una marea verde y marrón que avanzaba, sin prisa pero sin pausa, por el Camino del Oro a través de los Baldíos del Norte en dirección hacia Trinquete. Si bien la mayoría de ellos iba a pie, una reducida élite, en la que se encontraban los Kor’kron, Malkorok y el Jefe de Guerra, cabalgaba a lomos de unos lobos. No obstante, unos pocos iban montados sobre unos kodos para poder tocar mejor los tambores de guerra, cuyos redobles estremecían a la mismísima tierra.

Había corrido la voz de que marchaban hacia el Fuerte del Norte, por lo que más y más orcos se unían a sus filas en cada ciudad que cruzaban. Los que no podían participar activamente en una batalla (como los ancianos, los niños y las madres con bebés) corrían a vitorear al líder de la Horda quien, según ellos, iba a triunfar sin lugar a dudas. Garrosh, que montaba orgulloso y erguido sobre su musculoso lobo de pelaje negro, solía alzar a Gorehowl en respuesta a los vítores, pero rara vez desmontaba.

La vanguardia avanzaba a tal ritmo que podía ser vista desde la lontananza por los guerreros, magos, sanadores y chamanes que iban en la retaguardia; de este modo, jamás se ralentizaba la marcha de esa marea Horda que anegaba el camino. En cuanto dejaron atrás el Cruce, donde su número de tropas había aumentado exponencialmente, Malkorok se acercó con su montura a Garrosh, al que saludó dándose un golpe en el pecho. Su líder respondió inclinando levemente la cabeza.

—¿Alguna buena nueva? —inquirió el Jefe de Guerra.

—Al parecer, Baine nos es leal; al menos, por ahora —contestó Malkorok—. Los tauren y los trolls han acabado con los exploradores de la Alianza que merodeaban por la Gran Puerta y ahora marchan hacia el este, hacia el Fuerte del Norte, como prometieron que harían.

Garrosh se volvió hacia el orco Blackrock.

—Ya sabes que alabo que seas tan precavido, Malkorok —le dijo—. Aunque espero que ahora por fin tengas claro que tengo a Baine comiendo de mi mano. Es leal a su pueblo y jamás lo pondría en peligro. Sabe que no titubearé si he de castigar a los tauren. Es admirable y patético al mismo tiempo que se preocupe tanto por ellos.

Y es algo que pretendo… usar a mi favor.

—Aun así… habló de un modo inadmisible en la reunión —objetó Malkorok.

—En efecto —replicó Garrosh—. Pero, cuando se le necesita, siempre responde.

Igual que Vol’jin, Lor’themar y Sylvanas.

—Y Gallywix.

Garrosh adoptó un gesto de contrariedad.

—A ése sólo le preocupa sacar tajada y no lo disimula lo más mínimo; es tan sutil como un kodo furioso a la carga. Será leal a la Horda mientras le llenemos los bolsillos.

—Ojalá las intenciones de todos nuestros aliados fueran tan claras.

—Por ahora, no debes preocuparte por Baine —le ordenó Garrosh.

—Pero ésa es precisamente la misión que me has encomendado —se quejó Malkorok—. Debo acabar con aquéllos que desafíen tu liderazgo, con aquéllos que pretendan traicionar a la gloriosa Horda.

—Si mostramos demasiado a las claras que sospechamos de nuestros aliados, podemos llegar a agotar su paciencia —replicó Garrosh—. No, Malkorok. En estos momentos, debemos luchar contra la Alianza, no entre nosotros. ¡Y, oh, va a ser una gran lucha!

—¿Y qué sucederá si Vol’jin, u otros, conspiran en tu contra?

—Si tienes pruebas de que eso es así y no sólo meras palabras coléricas, entonces, como siempre, tendrás vía libre. Como has tenido hasta ahora.

Los labios grises del orco Blackrock se curvaron para configurar una sonrisa tan malévola como horrenda.

* * *

Los barcos de los Renegados, los elfos de sangre y los goblins habían llegado pronto a Trinquete. Garrosh a duras penas pudo contener la emoción que lo embargó al verlos. Se percató de que el puerto de Trinquete se encontraba tan repleto de naves que les iba a llevar cierto tiempo desembarcar las tropas y los suministros que había pedido, lo cual aplacó un tanto su ansia de participar en el baño de sangre que seguramente se avecinaba. Ésta era una de esas tareas que le correspondía como Jefe de Guerra que encontraba tediosa, pero había que hacerlo.

La llegada de los orcos no pasó inadvertida en el puerto, a pesar de que éste se hallaba sumido en una actividad frenética. Al instante, se escucharon unos vítores. Garrosh saludó a la multitud y desmontó al mismo tiempo que tres individuos se le aproximaban. A uno de ellos lo conocía: era el corpulento y taimado príncipe mercante

Gallywix. Los otros dos eran una elfa de sangre y un Renegado a los que no conocía de nada, ante cuya presencia arrugó el ceño.

—¡Jefe de Guerra Garrosh! —exclamó Gallywix de un modo entusiasta, cuyos ojos, diminutos como los de un cerdito, centellearon mientras abría los brazos para darle la bienvenida.

Por los ancestros, pensó Garrosh con cierta repugnancia, ¿acaso ese goblin pretende abrazarme?

Para evitarlo, se giró hacia la elfa de sangre de pelo rubio y piel pálida, la cual portaba una reluciente armadura que indicaba que era una de los paladines de su pueblo.

—¿Dónde está Lor’themar? —le espetó Garrosh.

Pese a que la elfa frunció sus carnosos labios presa de la irritación, cuando habló lo hizo con un tono de voz sereno y agradable.

—Me ha enviado a supervisar las tropas de los elfos de sangre. Me llamo Kelantir Bloodblade. Lady Liadrin me adiestró y sirvo bajo las órdenes del general forestal Halduron Brightwing.

—Ninguno de los cuales se encuentra aquí —replicó Malkorok, colocándose cerca de Garrosh para protegerlo—. Sólo esta jovenzuela de pacotilla.

Kelantir se volvió con calma hacia Malkorok.

—También cuentan con dos barcos repletos de elfos de sangre dispuestos a combatir y morir por la Horda —afirmó—. Aunque quizá nuestro modesto apoyo ya no les resulte necesario porque cuentan con tropas y suministros más que suficientes.

Garrosh nunca había sentido mucha simpatía por los elfos de sangre, pero esa elfa, en concreto, lo estaba encolerizando.

—Tu gente tendrá la oportunidad de demostrar su valía en la batalla de hoy — aseveró—. Procura no fastidiarla.

—Mi gente está acostumbrada a la guerra, a batallar y sacrificarse, Jefe de Guerra Garrosh —le espetó Kelantir—. Descubrirás que no nos falta valor precisamente.

A renglón seguido, se dio la vuelta y regresó al muelle; su cota de malla repiqueteó un poco mientras caminaba. ¿Cómo puede llevar eso encima si tiene un cuerpo tan diminuto y frágil como una ramita?, se preguntó Garrosh.

Jefe de Guerra… —dijo Gallywix.

Malkorok hizo callar al locuaz goblin con una mera mirada. Garrosh centró su atención en el Renegado quien, al contrario que la arrogante elfa de sangre, hizo una reverencia excesivamente servil. Por la espada que llevaba envainada a la altura de su huesuda cintura, cabía deducir que debía de ser un guerrero. Era calvo (al parecer, se le había caído ya todo el pelo) y su piel era de un putrefacto color verde pálido.

—Soy el capitán Frandis Farley, señor, comando las unidades renegadas en nombre de Sylvanas Windrunner, que se encuentran tu servicio y al de la Horda —dijo con una voz grave y áspera.

Si bien su mandíbula se movía como era debido para poder pronunciar las palabras, en cuanto dejó de hablar, se le quedó caída y permaneció boquiabierto.

—¿Dónde está tu Dama Oscura? —inquirió Garrosh.

Farley alzó la cabeza y sus ojos refulgieron con una luz amarillenta.

—Pues. —contestó un tanto sorprendido—. Está con los refuerzos, preparada para entrar en acción en cuanto, tras tu inevitable victoria, la Horda marche sobre Theramore.

Tras escuchar esa respuesta audaz y artera, Garrosh echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas.

—Quizá deberíamos enviarte a hablar con Lady Jaina; seguro que acababa rindiéndose voluntariamente.

—Me halagas, Jefe de Guerra. Pero hay que tener en cuenta que, si eso ocurriera, la Horda no podría obtener una merecida victoria en el campo de batalla, ¿verdad?

—Si luchas hoy tan bien como hablas, tu Jefe de Guerra se sentirá sumamente satisfecho.

—Procuraré obrar de tal modo. —En ese instante, una nauseabunda sustancia, que se le había acumulado en una esquina de sus inertes mandíbulas, goteo hasta estrellarse sobre la tierra seca—. Y, ahora, con tu permiso, voy a supervisar la descarga del cargamento que mi señora ha enviado.

Garrosh se sintió satisfecho ante ese intercambio de comentarios jocosos e ingeniosos, aunque todavía seguía irritado con Sylvanas y Lor’themar por no haberse presentado en persona y haber enviado subalternos. Entonces, se volvió por fin hacia Gallywix. El goblin se había quitado esa metafórica máscara que siempre se ponía cuando estaba ansioso por agradar y mordisqueaba huraño un puro, con la chistera inclinada ligeramente sobre la frente.

—Por lo que parece, eres el único que ha venido a Trinquete para liderar en persona a su gente en la batalla, príncipe mercante. Lo tendré en cuenta en el futuro.

Al instante, el goblin volvió a colocarse esa metafórica máscara.

—Bueno, más que para liderar a los míos en la batalla, estoy aquí para supervisar su llegada y cómo se instalan, para cerciorarme de que los suministros que me pediste se entregan y distribuyen como es debido, espero que entiendas mi…

Garrosh dio distraídamente una palmadita a la chistera de Gallywix y se encaminó hacia el muelle para poder observar mejor los barcos y sus respectivos cargamentos.

En un principio, podía parecer extraño que, si bien esos barcos se encontraban repletos de guerreros que iban a combatir en la inminente batalla, no se hallaban llenos de espadas, arcos ni armaduras, sino que estaban repletos de madera almacenada cuidadosamente, que había sido atada firmemente con cuerdas en forma de paquetes muy ordenados, y de carros atestados de piedras.

Sin embargo, Garrosh asintió, mostrando así su aprobación. Suspiró, mantuvo a raya su impaciencia e indicó que algunos de los orcos deberían ayudar a los esbeltos elfos de sangre, así como a los huesudos (en algunos casos, no era una forma de hablar) Renegados, a descargar su cargamento, ya que eran mucho más fuertes.

Pronto (tal vez en sólo unas horas), el Fuerte del Norte caería.

Pues, al fin y al cabo, el destino de la Horda era alcanzar la victoria… al almirante Aubrey, el cual lanzó un juramento compuesto de una única palabrota. Tras recobrar la compostura, se dirigió al guardia que le había comunicado la noticia y le dijo:

—Avisa a todo el mundo de que debe prepararse para la batalla. Los tauren y los trolls se aproximan por el oeste. Apuntala nuestras defensas ahí y…

—¡Señor! —exclamó Blaine, quien permanecía de pie con los ojos clavados en el soldado que agitaba frenéticamente las banderas de señalización abajo, en el muelle

—. Se acercan unos navíos de la Horda procedentes de Trinquete. ¡Son seis buques de guerra en total armados hasta los dientes!

—¿Seis?

—Sí, señor —Blaine siguió mirando para intentar obtener más información—. Por sus emblemas, cabe deducir que son. ¡goblins, Renegados y elfos de sangre!

Aubrey permaneció callado. Primero habían divisado a las fuerzas orcas y tauren y, ahora, unos cuantos barcos tripulados por Renegados, sin’dorei y goblins. Los únicos que faltaban eran los.

—Orcos —dijo bruscamente—. Dile al maestro del embarcadero Lewis que envíe unos cuantos exploradores a Trinquete. Tendrán que esquivar a lo que queda del clan Rageroar, pero ya están acostumbrados.

En cuanto escuchó la palabra «tauren», debería haber supuesto que no venían solos. El ejército tauren nunca había invadido aquel territorio dispuesto a lanzar un ataque, no después de que el difunto general Hawthorne permitiera a los civiles del Campamento Taurajo marcharse sin sufrir daño alguno. No, este ataque no era propio de ellos.

No obstante, debería haber supuesto que la verdadera amenaza vendría del norte. De Orgrimmar.

Entonces, tomó una decisión respecto a qué iba hacer con los buques de guerra de las otras razas de la Horda:

—Diles a los cañoneros Whessan y Smythe que disparen a discreción en cuanto esos navíos se encuentren a tiro. Debemos evitar que esas tropas desembarquen.

—Sí, señor.

Los pensamientos volaban a gran velocidad por la mente de Aubrey. ¿Qué pretendían hacer los orcos? Los tauren y los trolls se aproximaban por tierra. Las demás razas, por mar. Pero era imposible que centenares de orcos pudieran cargar en masa desde el norte directamente contra el fuerte. Si bien los orcos Rageroar habían sido un quebradero de cabeza, nunca habían sido capaces de conseguir refuerzos en gran número. Sus fortalezas eran meros islotes situados entre el Fuerte del Norte y Trinquete. Un ejército no podría de ningún modo…

Sintió el estruendo antes de oírlo. No era un cañonazo, la Luz bien sabía que se habían acostumbrado a oír ese ruido a lo largo de los últimos meses, sino algo distinto… era más bien un temblor procedente de las profundidades de la tierra. Por un segundo, Aubrey y la mayoría de sus hombres, que todavía tenían muy presentes los estragos que trajo consigo el Cataclismo, pensaron que se trataba de otro terremoto. Pero era demasiado regular, demasiado… rítmico.

Eran tambores. Tambores de guerra.

Cogió el catalejo que llevaba colgado a la cintura y se dirigió presuroso al muro de la torre para observar desde ahí el norte. Hasta ese momento, los Rageroar rezagados habían sido vistos pululando cerca de la base del fuerte; a veces, se habían atrevido incluso a cargar contra los guardias del Fuerte del Norte de manera temeraria y con funestas consecuencias para ellos. Ahora, sin embargo, no había ni rastro.

—¡No des la orden de enviar exploradores! —Le gritó a Blainefi—. Los Rageroar se han retirado porque se han unido a los demás orcos. Estarán.

El resto de palabras no llegaron a salir de su boca. Por fin podía verlos, coronando la colina; se trataba de una enorme marea de orcos ataviados con diversas vestimentas: desde las túnicas de sus chamanes y brujos a imponentes cotas de malla hechas con retazos de cuero. Arrastraban consigo unos carros repletos de tablas de madera y piedras enormes. Los Rageroar se habían sumado a sus filas, como era de esperar. Esas malas bestias descomunales y verdes tiraron y lanzaron las colosales piedras a esas aguas poco profundas mientras rugían y se escuchaban estruendosos chapoteos. Asimismo, esos tambores Infernales seguían resonando, una y otra vez. El enemigo se hallaba tan cerca que Aubrey y sus hombres podían escuchar esos cánticos de guerra que entonaban en idioma orco. Tras la Horda, había catapultas, arietes y otras máquinas de guerra enormes. Pero ¿cómo pensaban. ?

Entonces, los orcos colocaron las planchas de madera sobre las piedras y Aubrey se dio cuenta de qué insidiosa y taimada táctica pensaban emplear.

—¡Apuntalen las puertas! —exclamó. O más bien lo poco que queda de ellas, pensó—. Prepárense para ser atacados por tres frentes distintos; ¡por el puerto, por el norte y por el oeste!

Hasta entonces, habían sido capaces de repeler a los Rageroar, de controlar las pocas escaramuzas que habían tenido con los tauren de vez en cuando en los Campos de Sangre.

Pero esto…

—Que la Luz nos ampare —susurró.

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