Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Ocho

Jaina Valiente: Mareas de GuerraLos tauren y los trolls habían continuado su marcha hacia el este mientras la noche daba paso al alba. Se habían mantenido lejos del Mando Avanzado de la Alianza y, por ahora, no se habían topado con resistencia alguna. Tras abrirse paso por la Hojarasca, dieron con los restos de un campamento, cuyas hogueras estaban apagadas pero cuyas brasas se hallaban todavía calientes. Era imposible saber quién lo había construido. Tanto la Horda como la Alianza se encontraban en la zona y siempre había alguien vagabundeando de aquí para allá. El Cataclismo había provocado una honda agitación en las vidas de las personas y no sólo en la tierra. Prosiguieron con cautela, mientras Baine se preguntaba: ¿Cómo es posible que no hayan descubierto aún nuestro avance?

Entonces, se toparon con un pequeño lugar sagrado tauren y Baine los ordenó parar.

—Esto es una señal —aseveró el gran jefe—. Aquí es donde nuestros hermanos y hermanas se liberaron de sus cuerpos. Aquí nos vamos a detener para preparar nuestros corazones para la batalla y nuestras almas para una posible muerte. A nuestros hermanos trolls los animamos a acercarse a este lugar, aunque sé que ustedes no practican estos rituales, para meditar sobre la vida y la muerte y pensar en aquéllos que se fueron de este mundo antes que nosotros. Además —añadió—, vamos a pedir a nuestros ancestros que nos bendigan y guíen para que podamos hacer lo correcto y lo mejor para nuestro pueblo.

Baine no estaba sugiriendo que fuera a pedir a los ancestros que bendijeran lo que estaban a punto de hacer, pues no estaba seguro de que lo aprobaran. No creía que Cairne Bloodhoof lo hubiera aprobado. Esa muchedumbre en la que se mezclaban tauren y trolls sentía una mezcla de intranquilidad y feroz impaciencia por entrar en batalla. Baine conocía perfectamente a los suyos y podía notar que no estaban convencidos de lo que iban a hacer; lo mismo le sucedía a su líder.

Unos momentos después (durante los cuales algunos cantaron, otros rezaron arrodillados y unos cuantos permanecieron en pie respetuosamente), llegó el momento de seguir avanzando. Tenían por delante el último tramo de su difícil viaje. La Gran División se abría a su izquierda y el sendero se curvaba ligeramente al elevarse por esas pequeñas y ondulantes colinas.

—De momento, parece que todo va bien —comentó Vol’jin.

—No creo que ningún mensajero haya advertido al enemigo de nuestra llegada — replicó Baine.

Vol’jin dejó de contemplar a su raptor y alzó la mirada hacia el gran jefe.

—Ellos destruyeron el Campamento Taurajo, amigo —dijo.

—Sí —admitió Baine—. Acabaron con un objetivo militar. Y su general se negó a masacrar a los civiles. Pudo dar la orden de asesinar a todo el mundo, pero no lo hizo.

Vol’jin entornó los ojos.

—¿Acaso vas a mostrarte tan cortés con la Alianza?

—No creo que haya ningún civil en el Fuerte del Norte —contestó Baine.

No obstante, omitió mencionar que estaba bastante seguro de que Garrosh le iba a ordenar matar a todos los prisioneros que tomase. Sí, se trataba de un objetivo militar y Garrosh estaba mostrando que era un buen líder y estratega al querer destruirlo.

Pero Garrosh no estaba interesado en realidad en el Fuerte del Norte porque fuera un objetivo militar. Su meta era inutilizar ese fuerte para que la Alianza ya no pudiera utilizarlo y eso sólo era el primer paso de un plan más ambicioso. Su verdadero objetivo era Theramore, donde había muchos soldados de la Alianza, así como marineros. Y también una posada. En esa ciudad, también moraban algunos mercaderes y sus respectivas familias. Así como alguien que siempre le había brindado su amistad a Baine Bloodhoof.

Tras doblar una curva del camino, tuvieron un campo de visión más amplio. Desde ahí, Baine pudo contemplar las torres de piedra gris y blanca del Fuerte del

Norte. En el mismo momento en que alzó una mano para ordenarles que se detuvieran para preparar el asalto al fuerte, el estruendo de un cañonazo rasgó la quietud de los Baldíos. Los trolls y tauren respondieron de inmediato y apuntaron con sus armas de fuego y flechas a los soldados de la Alianza que los atacaban desde las colinas.

Baine estaba furioso. Debería habérselo imaginado, pero se había dejado llevar por una falsa sensación de seguridad. Por su culpa, su gente estaba cayendo muerta ahí mismo, pagando un alto precio por su necedad.

—¡Adelante! —Gritó iracundo, con un potente chorro de voz—. ¡Chamanes!

¡Hagan que dejen de dispararnos!

Los chamanes obedecieron. Al mismo tiempo, los demás trolls y tauren cargaron raudos y veloces. Los tiradores de la Alianza perdieron el equilibrio al verse zarandeados por unos vientos repentinos o chillaron de dolor sobresaltados en cuanto su ropa ardió. Durante el caos subsiguiente que reinó mientras los tiradores intentaban reagruparse, el contingente de Mulgore logró llegar al sendero que llevaba al fuerte y se vio inmerso en una feroz batalla.

* * *

—¡Los tauren ya están aquí!

El grito recorrió a gran velocidad las filas orcas, que arremetían contra la fortaleza de la Alianza desde el norte. Se escucharon unos vítores y Garrosh, tras detenerse un momento para obsequiar a Malkorok con una feroz sonrisa, lideró la carga, blandiendo a Gorehowl. Podía escuchar el estruendo de las colosales piedras al impactar contra las ya bastante castigadas murallas del fuerte. Entonces, echó la cabeza hacia atrás y gritó de éxtasis.

Ojalá hubiera hecho esto antes. El Cataclismo había derribado algunas murallas de esa fortaleza y la necia Alianza no había hecho el esfuerzo necesario para restaurarlas como era debido. Algo que ahora iban a lamentar amargamente, pues iban a pagar con sangre esa desidia.

Los orcos atravesaron en tropel esos puentes improvisados con rocas y tablas de madera. Un guardia se abalanzó sobre Garrosh, blandiendo una pica. Se trataba de un humano fuerte, que manejaba con destreza su arma y sabía lo que hacía, pero que no tenía nada que hacer frente a los Kor’kron que rodeaban al Jefe de Guerra. Los orcos profirieron sus gritos de batalla y arremetieron contra él, golpeando su armadura metálica con sus afiladas espadas y tremendas mazas. Uno de esos golpes fue propinado con tanta fuerza que el crujido pudo oírse por encima del fragor de los tambores, la batalla y los cañonazos. El guardia se encogió sobre sí mismo. Los Kor’kron y Garrosh pasaron corriendo por encima de su cadáver; el líder de la Horda, además, hizo un gesto de aprobación al pasar junto a ese cuerpo inerte.

Los Rageroar les habían informado de cuáles eran los puntos débiles de la fortaleza, por lo que Garrosh sabía hacia dónde debía guiar a sus hombres exactamente. La primera oleada lo estaba haciendo muy bien, anegando los senderos de las zonas del patio. Entonces, Garrosh subió raudo y veloz hacia una zona más elevada para evaluar la situación.

A su izquierda, se encontraban los navíos que habían enviado los elfos de sangre, los goblins y los Renegados, los cuales estaban cumpliendo con su misión tal y como habían planeado. A pesar de que la Alianza no cesaba de lanzar salvas de cañonazos, varios botes de la Horda habían logrado alcanzar la orilla y sus ocupantes se abalanzaron corriendo sobre el enemigo y se abrieron paso entre sus líneas de manera inmisericorde.

A su derecha, los tauren y los trolls golpeaban las murallas sin piedad. Mientras Garrosh observaba la batalla, una de ellas se desmoronó y, acto seguido, una marea de cuerpos de pelaje marrón y pieles azules y verdes la atravesó.

Entretanto, justo delante de él, los orcos (sus orcos, su gente, los miembros originales y auténticos de la Horda) masacraban a sus adversarios mientras gritaban y reían.

Creía que tal vez les llevaría una hora acabar con la resistencia enemiga y penetrar lo suficiente en el interior de la fortaleza como para que el almirante Aubrey ya no pudiera utilizar ninguna artimaña o treta inteligente para intentar recuperarla. Pero Garrosh no quería esperar tanto. Recorrió rápidamente con la mirada todo el campo de batalla. Casi todos los suyos habían avanzado hacia el fuerte. Sólo unos pocos quedaban ahí, en los aledaños del combate principal, acabando con los guardias que aún intentaban mantener la lucha fuera del fuerte. Ya no iban a necesitar más esos puentes improvisados.

Había llegado la hora de asestar el golpe definitivo y de poner punto final a la batalla con un ataque rápido y decisivo que los llevaría a la victoria.

A unos metros por debajo de él, se encontraba Malkorok combatiendo contra tres guardias; dos eran humanos, hombre y mujer, y el otro era un enano. La mayoría de los orcos preferían utilizar armas grandes, espadas anchas de dos manos o hachas y martillos descomunales. Sin embargo, el orco Blackrock había escogido para la batalla dos pequeñas hachas exquisitamente ligeras y afiladas. Mientras los tres arremetían contra él e intentaban rodearlo, Malkorok gritó de júbilo.

—¡Muerte a la Alianza! —vociferó, a la vez que se agachaba y sonreía abiertamente.

Súbitamente, se movió con mucha más celeridad de la que podrían haberse imaginado sus enemigos. Sus hachas se transformaron en un borrón que hendía el aire, presagiando la muerte con sendas hojas relucientes. Antes de que pudiera ser consciente de lo que estaba ocurriendo, la desventurada humana acabó partida prácticamente en dos. Malkorok no aflojó el ritmo y siguió rasgando el aire con sus hachas; cada arco que trazaba con cada una de ellas venía seguido del arco trazado por la otra. El enano logró alcanzarlo, pero su espada rebotó inútilmente sobre la armadura de Malkorok. Al instante, el orco enterró su hacha profundamente en el espacio que separaba el cuello del hombro del enano, el cual se hizo un ovillo. Acto seguido, se giró gruñendo, girando las hachas en el aire una vez más; a pesar de que le faltaban un par de dedos, las manejaba con suma destreza. Aunque el guardia humano alzó su espada para detener las hachas de su adversario, sólo logró bloquear una de ellas. Profiriendo un grito, Malkorok alzó la segunda hoja ensangrentada y, sin más dilación, la clavó en el pecho de aquel hombre.

Se volvió y buscó su próximo objetivo rápidamente con la mirada; no obstante, tuvo que alzar la vista de inmediato al escuchar cómo el Jefe de Guerra gritaba su nombre.

—¡Di a los chamanes que entren! —bramó Garrosh.

El orco Blackrock sonrió de oreja a oreja y levantó un puño para indicarle que lo había oído. Garrosh asintió una sola vez y aferró con fuerza a Gorehowl. Echó la cabeza hacia atrás y lanzó un bramido. A continuación, bajó del lugar donde se hallaba subido. Saltó hacia una de esas rocas que habían tirado al agua y de ahí hacia unas tablas de madera, que habían sido colocadas de una manera un tanto inestable, y por último a la orilla. Garrosh Hellscream acababa de dar la última orden que iba a tener que dar en esa batalla. Malkorok pudo comprobar lo feliz que se sentía su Jefe de Guerra al hallarse por fin codo con codo con sus hermanos, al sumarse al fin a ese combate donde podría utilizar la famosa arma de su padre para masacrar a la Alianza.

Malkorok agarró al Kor’kron más cercano y le repitió la orden. Éste asintió y fue corriendo hacia el norte, donde la mayoría de los chamanes habían estado esperando a ser llamados. Se los había mantenido al margen de la batalla a la espera de este momento.

Unos minutos después, varios chamanes corrían hacia la vanguardia del combate. No vestían las sencillas túnicas habituales de color blanco o marrón como la tierra de los chamanes, sino unos atuendos más siniestros que les conferían un aspecto más propio de unos brujos; además, avanzaban con un entusiasmo que mantenían a raya a duras penas.

Los escoltaban unos guerreros ataviados con unas gruesas armaduras, que se abrían paso violentamente entre los grupos de guerreros de la Horda y la Alianza que seguían batallando frenéticamente. Los chamanes no se sumaron al combate, sino que estaban concentrados en esas rocas, cubiertas de agua y barro, que se encontraban varios metros por delante.

Mientras se aproximaban, los chamanes aminoraron el paso y serenaron el ritmo de su respiración. Se miraron unos a otros, esbozaron unas sonrisas de complicidad y, acto seguido, pronunciaron las órdenes que deberían obedecer los elementos.

Aunque Malkorok sabía qué iba a suceder, se detuvo un momento en plena batalla para observar lo que iba a pasar, al mismo tiempo que se sentía tremendamente orgulloso de ser orco. Había, al menos, dos decenas de rocas en el agua, que habían permitido a las tropas y a las armas pesadas cruzar esa extensión de agua y que ahora iban a cumplir otra función.

Ante la mirada impaciente del orco Blackrock, las rocas se estremecieron. Dejaron de tener su habitual color entre rojizo oscuro y marrón y adquirieron una tonalidad más intensamente rojiza. Después, aparecieron en ellas unas motas anaranjadas y se… derritieron. El agua no las enfrió ni pudo detener ese cambio, no pudo convertir ese magma en roca otra vez, como suele ocurrir normalmente en la naturaleza. En vez de eso, el agua hirvió y se evaporó; era como si el líquido elemento retrocediera espantado ante lo que ahora se hallaba en sus profundidades. Las piedras siguieron estremeciéndose y vibrando a medida que iban perdiendo su forma original y se licuaban; su calor era tan intenso que incluso los chamanes que las controlaban se vieron obligados a volver su rostro o dar un paso atrás.

Un portal emergió de una de las rocas. Luego, otro más. y otro. y otro más. En las demás rocas sucedió lo mismo. Los portales se fueron acortando y volviéndose más densos, hasta que de ellos brotaron unos dedos. Entonces, una cabeza emergió de su parte superior y una boca se abrió de par en par. Unos ojos diminutos y brillantes se abrieron y miraron a su alrededor. Tras contemplar su cuerpo rocoso, posaron su mirada sobre los chamanes que controlaban esos cuerpos. De repente, una de esas criaturas gruñó, se volvió lentamente e hizo ademán de coger a un orco embutido en cuero negro que, súbitamente, alzó una mano autoritaria. El gigante fundido se encogió de miedo, mascullando algo y, sin más dilación, avanzó dispuesto a obedecer.

Incluso los orcos, que se esperaban algo así, parecieron sobrecogidos ante esa presencia. Más les vale, pensó Malkorok.

—¡Miembros de la Alianza! —exclamó el orco Blackrock—. ¡Contemplen el poder que domina Garrosh Hellscream! ¡Contémplenlo, tiemblan y mueran!

* * *

Baine repelió con su maza el ataque de dos soldados armados con picas. A su alrededor, podía escuchar el fragor de la batalla: el crepitar de las armas de fuego, las detonaciones de los cañones, el silbido de las flechas y, por encima de todo, los gritos de la Horda y la Alianza al luchar, matar y morir. Uno de los soldados se abalanzó sobre él. Baine reaccionó con más celeridad de la que había esperado su enemigo, de modo que la pica sólo hendió el aire. Baine le propinó tal mazazo al humano mientras éste se tambaleaba que lo acabó tirando al suelo. Entonces, el otro soldado del Fuerte del Norte pensó que el tauren había bajado la guardia y atacó. La maza del gran jefe tauren quebró la punta de la pica como si fuera una ramita y, al volver hacia atrás, aplastó el cráneo del humano como si fuera una bellota.

Baine negó con la cabeza, pues lo dominaba el remordimiento. Al menos, habían sufrido una muerte rápida.

Fue entonces cuando algo cambió en aquel estruendo. Un nuevo ruido se sumó al resto: un profundo bramido de ira; era como si la misma tierra tuviera voz y estuviera gritando. Baine estiró las orejas de inmediato y volvió la cabeza hacia la fuente de ese sonido. Abrió los ojos estupefacto. Aunque, antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, se oyó otra voz, muy potente y teñida de una justa indignación.

—¡En nombre de la Madre Tierra! —gritó Kador Cloudsong—. ¡Garrosh! ¿Qué has hecho?

—¿Qué son esas… cosas? —preguntó Baine.

Kador se volvió hacia él con el pelaje erizado de furia.

—Son gigantes fundidos —contestó—. Unos elementales de fuego que no cooperan voluntariamente con los chamanes, a los que hay que obligar a obedecer. A la Madre Tierra la enfurece que se utilice a sus hijos de esta forma. El Anillo de la Tierra ha prohibido tales prácticas, pues temen que podrían causar aún más inestabilidad en el seno de la tierra.

—Como sucedió en el Cataclismo —murmuró Baine.

Los gigantes fundidos estaban haciendo honor a su nombre y parecían disfrutar de la amplia destrucción que estaban causando. Iban de aquí para allá, destacando por su tamaño por encima de los miembros de la Horda y la Alianza, agitando los brazos y destrozando todo cuanto tuviera la mala fortuna de hallarse a su paso.

Baine ya había visto demasiado.

—¡Retirada! —exclamó—. ¡Retirada! ¡Atrás, tauren de Mulgore!

Había cumplido con su palabra al traer a sus valientes a la batalla, los cuales habían combatido con coraje. Si bien había cumplido la obligación que había contraído con Garrosh, no estaba dispuesto a quedarse cruzado de brazos mientras uno solo de los suyos moría por culpa de esos monstruos y de la estupidez y temeraria arrogancia del Jefe de Guerra.

* * *

—¡Contemplen mi poder y mueran!

Ese grito animó a la Horda, cuya sed de sangre se intensificó, embriagados por un júbilo extremo.

Los defensores de la Alianza, tal y como había predicho Garrosh, fueron derrotados en ese preciso instante. Esa decena de monstruos de lava que se abalanzaban ahora sobre ellos los había aterrorizado completamente. Muchos perecieron aplastados por sus pisadas. Otros fallecieron al ser sepultados por las murallas que todavía quedaban en pie, que fueron reducidas a escombros por unos golpes propinados a lo loco.

—¡Manteneos firmes, soldados de la Alianza!

Ese grito provenía de una de las torres. Malkorok se rió levemente y alzó la vista. Entonces divisó a un humano, ataviado con un casco de almirante, que intentaba arengar a sus tropas de un modo desesperado y fútil. Pese a que ese humano se comportaba como un necio, el orco Blackrock no pudo evitar sentir un cierto respeto por ese desgraciado ser. Al menos, moriría de un modo honorable.

No obstante, la mayoría de los hombres que se hallaban bajo su mando estaban huyendo. Malkorok no les podía reprochar nada. Al fin y al cabo, ésa era la reacción que Garrosh había querido provocar.

La mayoría de ellos, presa de un terror extremo, habían soltado o abandonado sus armas y habían huido corriendo en busca de la seguridad que les brindaba el agua o las colinas. En cualquier sitio iban a estar más seguros que ahí, donde les aguardaba una muerte segura impartida por unas criaturas compuestas de roca fundida y puro odio. Los soldados que huían eran una presa fácil para los combatientes de la Horda, que los esperaban en todas las salidas. Sí, era muy fácil. Si alguno de ellos logra sobrevivir; pensó Malkorok, podrá considerarse uno de los seres más afortunados de este mundo.

El orco Blackrock prosiguió cargando contra los soldados de la Alianza que intentaban escapar. Estaban tan asustados que eran incapaces de luchar como era debido, por lo que pudo acabar con ellos con suma rapidez. Unos momentos después, se percató de que en aquella zona la lucha había concluido. Hasta donde le alcanzaba la vista, todos los miembros de la Alianza yacían muy quietos. Miró a su alrededor, con los ojos entornados, en busca de algún rincón donde continuara la lucha. Pero ya no quedaba ninguno. Aun así, los gigantes fundidos proseguían su marcha, bramando y destrozando lo poco que quedaba en pie de las murallas, aplastando los poderosos cañones y otras máquinas de guerra como si estuvieran hechos de frágil madera.

Malkorok observó a Garrosh, que se hallaba de pie sobre el cadáver de un huargen, cuya cabeza yacía a un metro de distancia del resto del cuerpo y cuyos rasgos lupinos se habían congelado para siempre en un gruñido inmutable, a pesar de que sus ojos muy abiertos transmitían un miedo terrible. El Jefe de Guerra, que tenía la cara y el cuerpo cubiertos de sangre, se giró hacia el orco Blackrock y una sonrisa feroz se dibujó entre sus colmillos.

—¿Y bien? —inquirió Garrosh.

—¡Hemos ganado, Jefe de Guerra! —Respondió Malkorok—. De la Alianza ya sólo quedan cadáveres.

La sonrisa de Garrosh se volvió más amplia. El líder de la Horda echó la cabeza hacia atrás y profirió un potente aullido triunfal.

—¡La Horda ha triunfado! ¡La Horda ha triunfado!

El grito se repitió y prendió mecha entre las tropas como un fuego fuera de control. Malkorok se percató de que los gigantes fundidos aminoraban su marcha y, por último, se detenían del todo. Entonces, se dio cuenta de que los siniestros chamanes que los habían invocado también habían escuchado esos alegres gritos de triunfo, por lo que habían decidido enviar a esos elementales de vuelta a la tierra, al lugar del que procedían.

O, al menos, lo intentaban.

Al parecer, los gigantes fundidos se negaban a desintegrarse. Giraron lentamente sus cabecitas, donde anidaban unos relucientes ojos rojos, en busca de sus «amos», sobre los que se abalanzaron gruñendo.

Malkorok y Garrosh buscaron con la mirada a esas siluetas ataviadas con ropajes oscuros, que gesticulaban vigorosamente, casi de un modo frenético. Por un momento, los elementales y los chamanes se vieron inmersos en una tremenda lucha de voluntades. De repente, al unísono, los gigantes fundidos abrieron la boca y profirieron un escalofriante chillido teñido de ira y derrota.

La misma tierra replicó ante su dolor.

El orco Blackrock notó que la tierra bajo sus pies temblaba; al principio, levemente; luego, con mucha más intensidad. Alarmado, miró a su alrededor, pero no vio refugio alguno. Ahí, donde hasta hace poco se había alzado una fortaleza, sólo había cadáveres, armas y escombros. Unos gritos de advertencia se escucharon por doquier mientras muchos perdían el equilibrio y caían al suelo estrepitosamente o se aferraban a la tierra a pesar de que ahora era el enemigo. De repente, unos nubarrones oscuros cubrieron el cielo. Un relámpago centelleó, seguido inmediatamente por un trueno ensordecedor.

Las bocas abiertas de los gigantes fundidos se hicieron más y más grandes, al mismo tiempo que sus cabezas y hombros se derretían y disolvían. Esos seres elementales perdieron toda su cohesión y sus miembros volvieron a transformarse en una sola masa informe. Se enfriaron y su color se desvaneció; primero, se tomaron rojos oscuros; después, marrones. De ese modo, los elementales se fueron encogiendo hasta adoptar su forma original, la de unas meras rocas, nada más.

La tierra se agitó y estremeció una última vez y, a continuación, reinó la quietud. El silencio fue como un bálsamo para los oídos de Malkorok, que habían sufrido una agonía con tanto estrépito. Los miembros de la Horda que habían caído se pusieron en pie con gran cautela. Entonces, una vez más, los vítores se oyeron por todas partes.

—No sólo hemos derrotado a la Alianza —proclamó Garrosh, a la vez que se colocaba junto a Malkorok y le daba una palmadita en la espalda—, ¡sino que hemos demostrado nuestro dominio de los elementos!

—Lo que has demostrado —replicó alguien que poseía una voz profunda y atronadora, gélida y furiosa— ¡es que eres un temerario, Garrosh Hellscream!

Ambos orcos se giraron para contemplar a Baine Bloodhoof y a uno de sus chamanes. El tauren iba ataviado de pies a cabeza para el combate y llevaba la cara pintada, pero no con pinturas de guerra. Su armadura estaba salpicada de sangre. Y no parecía gozar de la victoria.

Baine prosiguió hablando.

—Kador Cloudsong me ha dicho que el Anillo de la Tierra ha prohibido específicamente practicar la clase de magia que acabas de utilizar aquí, Hellscream.

Malkorok frunció el ceño.

—Dirígete a él como «Jefe de Guerra» —le espetó el orco de Blackrock en voz baja.

—Muy bien. Jefe de Guerra —replicó Baine—, tu decisión de utilizar a estos… ¡estos gigantes fundidos es una ofensa tanto para la Madre Tierra como para la Horda a la que afirmas liderar! ¿Acaso no entiendes lo que estás haciendo? ¿Acaso no percibes que la misma tierra está enfurecida? Podrías provocar un segundo Cataclismo. Por los ancestros, ¿no aprendiste nada del primero?

—¡He utilizado el Cataclismo en nuestro provecho! —Gritó Garrosh—. Éste. — en ese momento, dio un golpecito con un dedo a unos escombros que habían formado parte del Fuerte del Norte— ¡éste es el primer paso hacia la conquista completa y total de este continente! Theramore será la siguiente en caer. ¡y emplearé cualquier medio que sea necesario para alcanzar esa meta, tauren!

—No vas a poner en peligro.

Malkorok agarró del brazo a Baine y alzó la cabeza para enfrentarse cara a cara altauren.

—¡Cállate! ¡Sirves al Jefe de Guerra, Baine Bloodhoof! ¿Acaso te atreves a insultarlo? Dime ¿lo estás insultando? ¡Porque, si es así, te desafío a un mak’gora!

El furioso orco estaba rezando por dentro para que el tauren aceptase el desafío. Este Bloodhoof, al igual que su padre antes que él, había sido un tremendo quebradero de cabeza para los orcos. Los tauren, en general, eran muy blandos y demasiado pacíficos; además, los Bloodhoof eran los peores. Malkorok consideraba que la muerte de Cairne había sido muy positiva para todos, a pesar de cómo se había producido. Así que consideraba que sería un honor acabar con la miseria existencia de Baine Bloodhoof para alegría de Garrosh.

Un destello de furia pudo adivinarse en los ojos de Baine, quien respondió con un hilo de voz.

—Hoy he perdido a muchos valientes por obedecer al Jefe de Guerra. Y no deseo que se pierdan más vidas de la Horda innecesariamente. —Entonces, se volvió hacia Garrosh—. Como bien sabes, Jefe de Guerra, sólo expreso mi preocupación por las consecuencias que podrían tener estos actos en el futuro.

Garrosh asintió.

—Aprecio tu… preocupación, pero es injustificada. Sé perfectamente qué estoy haciendo. Sé qué clase de poder pueden manejar mis chamanes. Son mis métodos, jefe. Mi próximo paso será marchar sobre Theramore. Una vez ahí, cortaré las líneas de suministros con las que la Alianza abastece a Kalimdor y destruiré a esa zorra de Valiente, que confunde la diplomacia con meterse donde nadie la llama. Tengo grandes planes para el Bastión Feathermoon, Teldrassil, el Claro de Luna y Lor’danel… todos esos lugares caerán. Y, entonces, ya verás. Ya verás cómo serán las cosas —se echó a reír—. Entonces, aceptaré tus disculpas cortésmente. Pero hasta entonces. — en ese momento, Garrosh volvió a adoptar una actitud seria—. No volverás a comentarme ninguna de tus «preocupaciones». ¿Me has entendido?

Baine agachó las orejas a la vez que se le hinchaban las fosas nasales.

—Sí, Jefe de Guerra. Te has expresado con suma claridad.

Acto seguido, Malkorok observó cómo el tauren se marchaba.

* * *

Baine se sintió como si tuviera el corazón envuelto en las llamas de la indignación. Había tenido que realizar un gran esfuerzo para evitar estallar de furia cuando Malkorok se había atrevido a retarlo. No temía que ese orco pudiera derrotarlo pues, según lo que contaba todo el mundo, Cairne había ido ganando el combate contra Garrosh hasta que el veneno de Magatha acabó con él. La sangre de su padre corría por sus venas y, además, era joven. No, no había aceptado el desafío porque era imposible que pudiera ganar. Volverían a utilizar veneno, aunque esta vez lo disimularían mejor. O, si por un casual lograra matar a Malkorok, le tenderían después una emboscada al abrigo de las sombras. Entonces, ¿qué sería de su pueblo?

Todavía no contaba con un claro sucesor. Además, Garrosh se cercioraría de algún modo de que eligieran a un tauren que pensara de un modo parecido a él… o que pudiera ser persuadido para pensar de tal modo.

No. Su pueblo necesitaba que siguiera vivo. Por eso, Baine iba a hacer lo que le ordenaban que debía hacer. Sólo lo que le ordenaban hacer exactamente, ni más ni menos. Y, cuando la situación le estallara en la cara a ese monstruo tatuado de Garrosh, como seguramente ocurriría, Baine, Vol’jin y otra gente con más cabeza estarían ahí preparados para recoger los pedazos y proteger a la Horda; o lo que hubiera quedado de ella, cuando menos.

No obstante, Baine Bloodhoof no estaba totalmente atado de pies y manos. La idea que había ido cobrando forma en su cabeza mientras marchaba hacia el Fuerte del Norte ya había madurado. El hecho de haber visto cómo Garrosh manipulaba sin pensar, temeraria y egoístamente, a los elementos en pos de su gloria personal había confirmado a nivel racional lo que sabía hacía tiempo a nivel intuitivo y emocional que era el camino correcto.

Había dado orden a los tauren que comandaba de que se ocuparan de los cuerpos de los caídos y de que éstos fueran despedidos con los ritos funerarios adecuados. Asimismo, había dado instrucciones a los suyos de que no mancillaran los cadáveres de la Alianza, pues tales desprecios desagradaban a la Madre Tierra, que amaba a todos sus hijos. Sin embargo, no se quedó para los funerales, sino que dejó esa responsabilidad en las capaces manos de Kador.

Se retiró a su tipi de viaje, dispuesto a poner su plan en marcha. Antes de alzar la portezuela, observó todo cuanto lo rodeaba con sumo detenimiento. Nadie observaba. Entonces, le dijo a un joven Valiente que hacía guardia:

—Dile a Perith Stormhoof que venga. Tengo que encomendarle una misión muy importante.

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