Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Nueve

Jaina Valiente: Mareas de GuerraTenemos que ser capaces de hallar una solución —dijo Jaina, con un tono de voz teñido de furia; una emoción que rara vez experimentaba—. Contamos con un dragón Azul, con dos magos extremadamente talentosos y con una aprendiza muy intuitiva. Además, el Kirin Tor está a nuestra disposición.

Se pasó la mano por su pelo rubio mientras intentaba controlar esa emoción que amenazaba con nublarle el juicio. No se podía permitir el lujo de dejarse llevar por la ira o la irritación. Tenía que pensar.

—Lady Jaina, simplemente, no hay ningún conjuro recogido en ningún lado que permita esconder un objeto mágico a un mago superior —replicó Kinndy—. Debemos dar por sentado que Kalecgos, aquí presente, supera a cualquier mago que pertenezca a cualquiera de las razas de corta vida de Azeroth. Por otro lado, y no te lo tomes a mal, resulta muy difícil quedarse aquí sentado a pensar y cavilar, con los brazos cruzados, ¡cuando el Fuerte del Norte podría estar cayendo ante la Horda en estos mismos momentos!

—No pretendo insinuar que exageras al mostrarte tan preocupada, Kinndy — señaló Kalecgos— pero, si no recuperamos el Iris de enfoque, este mundo sufrirá tal destrucción que la caída del Fuerte del Norte será tan importante como que a alguien le hayan comido un peón en una partida de ajedrez.

Kinndy frunció el ceño y apartó la mirada.

—Estamos todos muy distraídos —comentó Jaina, obligándose a serenarse—. Pero Kalec tiene razón. Cuanto antes descubramos cómo esos ladrones son capaces de esconder el Iris de enfoque de Kalec, a pesar de que éste posee unas percepciones especiales, más a salvo estaremos todos.

Kinndy asintió.

—Lo sé, lo sé —dijo—. Pero… resulta tan difícil.

Jaina observó con detenimiento a su aprendiza y pensó en la última vez en que había visto a Antonidas, que fue su maestro en su día. Recordó que estaban en su acogedor y desorganizado estudio y le había pedido (más bien, implorado) que la dejara quedarse para ayudarlo a defender a Dalaran del ataque de Arthas Menethil, quien se encontraba ya frente a las murallas de la ciudad gritando mofas y burlas que herían a Jaina como si fueran flechas de verdad. Recordó lo desesperadamente que deseó poder quedarse a proteger a la hermosa ciudad de los magos. y lo doloroso que había resultado saber que Arthas, su Arthas, era quien la amenazaba. No obstante, Antonidas se había negado a que su pupila permaneciera en la ciudad.

—Tienes otras obligaciones que cumplir —le había dicho—. Vete y protege a aquéllos a los que has prometido defender, Jaina Valiente. Aquí, una maga más o menos… no supondrá una gran diferencia.

Sin embargo, ahora, Jaina no albergaba ninguna duda de que ella y Kalec podrían marcar una gran diferencia en el Fuerte del Norte. si llegaban a tiempo. Pero, aunque lo hicieran, luego ¿qué? Cada minuto que pasaba era trascendental. Seguían sin saber quién tenía esa maldita reliquia ni cuáles eran sus planes. Por tanto, así como en su momento lo correcto había sido abandonar a Antonidas para que muriera y Dalaran para que ésta cayera, por muy dolorosa que hubiera sido esa decisión, ahora tenía que creer que quedándose ahí para dar con el Iris estaba haciendo lo correcto.

Jaina notó que estaba a punto de derramar unas lágrimas, a pesar de que había transcurrido mucho tiempo desde aquellos eventos. Se inclinó hacia delante y le dio un apretón en la mano a Kinndy.

—Aprender a tomar decisiones difíciles forma parte del proceso de aprendizaje de una maga, pues debe asumir la gran responsabilidad que eso conlleva. Comprendo perfectamente cómo te sientes, Kinndy. Pero te aseguro que estamos donde tenemos que estar.

Kinndy asintió. La gnomo se sentía muy fatigada, como todos. Llevaba su pelo rosa recogido, aunque un tanto alborotado, y unas profundas ojeras enmarcaban sus grandes ojos. Tervosh parecía mucho mayor de lo que realmente era. Incluso Kalec tenía mala cara; tenía los labios tan fruncidos que apenas conformaban una fina línea en su semblante. Jaina no quería ni pensar en qué aspecto tendría ella misma. Procuraba evitar los espejos.

Frunció el ceño al examinar otro pergamino más. Entonces, súbitamente, lo dejó sobre la mesa y miró a los demás.

—Kinndy tiene razón. No hay constancia por escrito de ningún conjuro que pueda hacer lo que ese ladrón está haciendo. Aunque, obviamente, alguien ha dado con la manera de lograrlo, porque eso es justo lo que está ocurriendo. Alguien está escondiendo esa reliquia de Kalecgos a sus percepciones. ¡Pero me niego a creer que no podamos resolver este problema! —En ese instante, dio un fuerte puñetazo en la mesa y todos la miraron sobresaltados. Jaina nunca antes había sufrido tales arrebatos de ira—. Si supiéramos qué hechizo han utilizado, o pudiéramos adivinar de qué clase se trata, podríamos contrarrestarlo de alguna manera.

—Pero… —acertó a decir Kinndy, quien se mordió la lengua en cuanto Jaina la fulminó con la mirada.

—Nada de peros. Ni excusas.

Ninguno de ellos sabía qué responder. Kalecgos la observaba con curiosidad, aunque se atisbaba que estaba preocupado por la forma en que fruncía levemente los labios. Una vez más, Jaina intentó serenarse.

—Lamento haber alzado la voz. Pero estoy segura… segurísima… ¡de que hallaremos la forma de solucionar esto!

Kinndy se levantó y sirvió a los demás, que permanecieron sentados, un poco de té. Al final, Kalecgos quebró el silencio y habló con un tono de voz inseguro y titubeante.

—Estamos de acuerdo en que no existe ningún conjuro conocido capaz de esconder un objeto de tal poder de un mago tan poderoso como yo. Sobre todo de mí, que tengo un vínculo especial con el Iris de enfoque —aseveró.

Jaina dio un sorbo a su té, dejando así que ese aroma y ese sabor tan familiares la tranquilizaran. Después, asintió para que el dragón prosiguiera hablando.

—Así que la conclusión es que anda suelto un mago por ahí lo bastante listo como para confeccionar tal encantamiento o. que en realidad está ocurriendo otra cosa.

—¿¡Qué quieres decir con que «en realidad está ocurriendo otra cosa»!? —gritó Kinndy con una voz muy aguda—. ¡Eso es precisamente lo que está sucediendo!

Jaina alzó una mano, que le temblaba un poco… debido a que la llama de la esperanza se había reavivado en ella.

—Espera un momento —dijo—. Kalec… creo que sé a qué te refieres.

El dragón sonrió, feliz y radiante.

—Sabía que lo entenderías.

—En realidad, no está escondido —explicó Jaina, animada por las palabras de Kalec. Mientras el dragón hablaba, había ido sacando algunas conclusiones. Entonces, se puso en pie y se puso a andar de un lado a otro—. Creemos que lo está porque no podemos percibirlo.

—Y no podemos percibirlo porque no es lo que estamos buscando —apostilló Kalec—. ¡Eso es!

—¿Alguno de ustedes quiere tomarse la molestia de iluminarnos a los pobres mortales? —Inquirió Tervosh bruscamente, al mismo tiempo que empujaba su silla hacia atrás, de tal modo que sus dos patas frontales ya no tocaban el suelo—. No entiendo nada de nada.

Jaina se volvió hacia él.

—¿Qué fuiste en el último Halloween? —preguntó.

La maga sintió una punzada de nostalgia al recordar un Halloween en particular. Arthas la había invitado a Lordaeron para la tradicional quema del hombre de mimbre. Se suponía que al quemar esa efigie se «quemaban» metafóricamente todas las cosas de las que deseaban librarse los que presenciaban el evento. La maga había prendido fuego al hombre de mimbre con un conjuro para gozo de los allí presentes. Más tarde, esa misma noche, Jaina tuvo la sensación de que entre Arthas y ella había una magia muy especial. A la luz de las llamas del hombre de mimbre, Jaina le había agarrado a Arthas la mano y lo había llevado a la cama, donde habían hecho el amor.

—¿Dis-disculpa? —replicó Tervosh, mirándola como si se hubiera vuelto loca. Jaina dejó de pensar en el pasado y volvió de inmediato al presente, así como a enfrentarse al problema que estaban a punto de resolver.

—¿En qué te convertiste para acudir a las celebraciones? —le preguntó al otro mago.

Tervosh abrió los ojos como platos al comprender por fin lo que quería decirle. Se inclinó hacia delante y las patas de la silla impactaron contra el suelo con un golpe sordo.

—Utilicé una vulgar varita que me transformó en pirata con un estúpido hechizo —respondió.

—Si uno intenta percibir una cosa que se manifiesta como si fuera algo distinto, es lógico que no la detecte. Ese «estúpido hechizo» del que hablas es más que suficiente como para confundirme y que no pueda rastrear el Iris de enfoque — explicó Kalecgos, cuya mirada se tornó distante, aunque luego sonrió ampliamente—. O al menos… ¡no podía hacerlo hasta ahora!

—¡Pero ahora sí! —exclamó Kinndy embargada por la emoción.

El dragón asintió.

—Sí y no. Aparece y desaparece.

—Quienquiera que haya lanzado ese estúpido hechizo sobre la reliquia sabe que debe cambiar su aspecto de vez en cuando para que siga funcionando —afirmó Jaina.

—¡Eso es! —gritó Kalec, quien se había puesto en pie mientras conversaban y ahora recortaba la distancia que lo separaba de la maga dando tres Zancadas.

Jaina pensó que la iba a abrazar, pero el dragón se limitó a cogerla de ambas manos y darle un fuerte apretón. Las manos de Kalec eran cálidas, fuertes y reconfortantes.

—Jaina, eres brillante —aseveró.

La maga se ruborizó.

—Sólo he seguido tu razonamiento —replicó.

—Únicamente tenía una idea vaga sobre lo que ocurría —señaló—. Pero tú has dado con la respuesta precisa y con el modo de rasgar el velo de ese espejismo. Ahora que ya sé dónde se encuentra, he de marcharme. —Entonces, titubeó—. Sé que les preocupa mucho el Fuerte del Norte, pero. por favor, quedense aquí. Si bien puedo localizar el Iris de enfoque, aún no lo he recuperado. Podría necesitar su ayuda para lograrlo.

Jaina pensó pesarosa en lo que podría estar sucediendo (o en lo que podría haber sucedido ya) en el Fuerte del Norte. Se mordió el labio por un momento y, acto seguido, asintió.

—Me quedaré —dijo.

El dragón se llevó las manos de la maga a los labios y se las besó.

—Gracias. Sé que esto es muy difícil para todos.

—Buena suerte, Kalecgos —le deseó Tewosh.

—Espero que des con ello lo antes posible —añadió Kinndy.

—Gracias. Sin duda alguna, ahora tengo muchas más posibilidades de hallarlo.

Me habéis sido de gran ayuda. Espero poder traeros buenas noticias en breve.

Jaina lo siguió mientras abandonaba la estancia. Pese a que no cruzaron ni una palabra mientras descendían por la sinuosa escalera que llevaba hasta la parte inferior de la torre, ninguno se sintió incómodo por ese silencio. Kalec salió a la soleada calle y, entonces, se volvió una vez más hacia Jaina.

—Lo encontrarás —afirmó Jaina con firmeza.

Kalec sonrió levemente.

—Lo dices con tanta confianza que seguro que lo haré —replicó.

—Ten cuidado —le dijo y, al instante, se sintió muy tonta. Él era un dragón y, además, no un dragón cualquiera, sino un antiguo Aspecto. ¿Acaso había algo en todo el continente que pudiera suponer una amenaza para él? Entonces, pensó en los dragones que habían sido asesinados durante el robo del Iris de enfoque. De repente consideró que, al fin y al cabo, su preocupación estaba más que justificada.

—Lo tendré —respondió con suma seriedad. Aunque, acto seguido, esbozó una amplia sonrisa—. Volveré para degustar más de esas deliciosas galletitas que sirves con el té.

Jaina se rió. El dragón permaneció quieto un instante más (aunque la maga no estaba segura de por qué) y, a continuación, hizo una reverencia y se apartó de ella.

Jaina se quedó boquiabierta al verlo transformarse con tanta celeridad. Donde antes había un apuesto semielfo, ahora, súbitamente, se hallaba un enorme dragón Azul, no menos bello a su manera, así como igual de poderoso e incluso un tanto aterrador. No obstante, definirlo como «azul» era todo un insulto a tenor de la vasta gama de colores de sus escamas, donde se combinaban el azul celeste, el azul cobalto, el azul cerúleo e incluso la leve tonalidad azulada del hielo. Entonces, flexionó sus poderosas alas; sin duda alguna, disfrutaba de esa sensación tras haber mantenido su forma semiélfica tanto tiempo. Ese coloso era hermoso, letal, peligroso y glorioso… todo a la vez. Jaina palideció de repente al ser consciente de que alguna vez se había dirigido a él de muy malas maneras.

El dragón no podía leerle los pensamientos a la maga, aunque tal vez no le hiciera falta. Entonces, Kalecgos movió una cola cubierta de unos pinchos que parecían témpanos de hielo; giró su descomunal cabeza, adornada con cuernos, y su sinuoso cuello; y su mirada se cruzó con la de Jaina, quien no podía dejar de mirarlo.

En ese momento, le guiñó un ojo a la maga. Era Kalecgos, el poderoso dragón, el antiguo Aspecto, sí. Pero también era Kalec, su divertido y visionario amigo que le había enseñado la verdadera belleza y magnificencia de lo Arcano.

Entonces, el sobrecogimiento con que Jaina lo había contemplado desapareció, cual copo de nieve bajo la luz del sol. La maga sintió cómo la tensión abandonaba su ser, como si estuviera quitándose de encima una capa muy pesada. Le sonrió y se despidió. El dragón hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y, a continuación, miró al cielo. Movió sus gargantuescos pies y, como si se tratara de un gato gigantesco, se preparó para saltar.

Al instante, Kalecgos estaba volando, batiendo sus alas y generando así una leve brisa. Ascendió con rapidez y determinación. Jaina se protegió los ojos del sol mientras observaba cómo subía más y más hasta convertirse en una simple mota en el firmamento y, por último, desaparecer.

Se quedó ahí un momento más. Luego, se volvió y entró en la fortaleza, preguntándose por qué se sentía ahora tan extrañamente sola y como si le faltara algo.

Disfraces de Halloween, lo que hay que ver.

Kalecgos resopló mientras volaba. No podía evitar estar enfadado consigo mismo porque se le hubiera pasado por alto algo tan sencillo. No obstante, Jaina se había dado cuenta de lo que pasaba al pensar en un conjuro que solía utilizarse en una celebración que no existía en su cultura. Halloween no era una festividad de los dragones; además, esas enormes criaturas no estaban acostumbradas a disfrazarse… aunque, bueno, solían adoptar formas bípedas, claro está, pero esas encarnaciones eran meras manifestaciones de su verdadero ser. No eran una mera ilusión o engaño.

¿O si lo eran? Después de todo, algunos dragones sí que se valían de su capacidad de cambiar su aspecto para mezclarse con las razas jóvenes sin llamar la atención. Por tanto, se podía considerar, de un modo un tanto injusto, como un truco. No obstante, Kalecgos nunca había sentido que estuviera disfrazado cuando era «Kalec». Simplemente, era. él mismo, pero con un aspecto distinto.

El hecho de que las razas jóvenes tendieran a emplear la magia tan a la ligera resultaba muy desconcertante. No obstante, incluso a Jaina, que estaba tan familiarizada con tales insustancialidades mágicas, le había costado dar con la respuesta. Ése era un ejemplo más de por qué, en este nuevo mundo que había logrado esquivar la Hora del Crepúsculo, los dragones debían prestar atención a lo que antes habían desdeñado como meras frivolidades.

Ahora que sabía qué estaba ocurriendo, tal y como le había comentado a Jaina, era capaz de percibir al Iris de enfoque al «buscar» lo que realmente era, no lo que sus captores querían que fuese; al centrarse en la verdadera esencia Arcana de la reliquia y no en el «disfraz» que «portaba». Aun así, Kalecgos seguía sin percibirla con la misma intensidad que antes de que desapareciera. Pero estaba ahí, como un tenue aroma que revoloteaba por su mente. No obstante, todavía había momentos (muy largos) en los que parecía que desaparecía de nuevo. En esos instantes, Kalecgos hacía gala de la paciencia propia de su raza y se limitaba a flotar en el aire, confiando en que el Iris de enfoque volvería a reaparecer ahora que sabía por fin qué buscar y cómo hacerlo.

Una cosa que lo desconcertaba y preocupaba al mismo tiempo era la velocidad a la que ese maldito objeto estaba viajando. Parecía. volar a una velocidad que era imposible para cualquiera de las razas jóvenes. ¿Cómo era posible tal cosa? ¿Quién era capaz de algo así? Si pudiera hallar la respuesta, resolvería ese gran misterio.

Había una cuestión, cautivadora y desoladora a su vez, que había ido cobrando forma en su mente: ¿habría sido capaz de hallar el Iris de enfoque más rápidamente si todavía poseyera el poder de un Aspecto?

Negó con la cabeza, presa de la furia. Ése era un sendero muy peligroso que recorrer, uno que sólo podía desembocar en la desesperanza. Plantearse «qué hubiera pasado si…» no tenía cabida, pues era el heraldo del fracaso absoluto, disfrazado de mera quimera. Las cosas eran como eran e iba a necesitar toda su sabiduría, buen juicio y confianza para poder evitar el desastre.

Para su sorpresa, Jaina se dio cuenta de que añoraba a Kalec. El dragón nunca había desdeñado inadecuadamente la gravedad de la situación (de hecho, él más que nadie debía soportar la pesada carga de localizar el Iris de enfoque, ya que esa reliquia pertenecía a su Vuelo), pero era capaz de tomarse con un cierto ánimo y valor una misión que, por otro lado, era tenebrosa y aterradora. Era ingenioso y rápido mentalmente, de modales atentos y educados, y poseía una gran intuición. Daba la impresión de que sabía exactamente cuándo debía sugerir un descanso o cuando había que insistir para dar con una solución, cuando había que optar por un nuevo enfoque o buscar una nueva manera de pensar, todo esto había animado a los cuatro a seguir a pesar de tenerlo todo en contra.

Además, tenía que admitir que, bajo su forma semiélfica, era bastante agradable a la vista. Se percató levemente sorprendida de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había permitido el lujo de gozar de las cosas sencillas de la vida, como una buena compañía masculina y una conversación tranquila. Y había transcurrido aún más tiempo si cabe desde la última vez que se había sentido. Bueno… lo bastante a salvo como para abrirse a otra persona y ofrecerse a colaborar con ella de un modo tan entregado. Jaina había aprendido por las malas que, si uno quería ser un buen diplomático, nunca debía bajar la guardia ni mostrarse vulnerable. Si bien un diplomático podía demostrar su confianza en otros mediante ciertos gestos y trabajar con sinceridad en pos de lo mejor para todos, no podía permitirse el lujo de mostrarse, o ser, vulnerable, pues eso suponía perderlo todo. Cuando Arthas sucumbió a la tentación de las tinieblas, Jaina creyó que lo había perdido todo pero, con el paso del tiempo, se dio cuenta de que eso no era así; no obstante, desde entonces, siempre se había mantenido con la guardia alta, como diplomática y como persona.

Tenía claro que se había mostrado vulnerable ante Kalecgos. El dragón parecía suscitar esa reacción en ella sin ser plenamente consciente de ello. Qué extraño, pensó, curvando sus labios para formar una sonrisa ante lo irónico de la situación, me siento segura con un dragón. No obstante, también se había sentido muy segura con Go’el (un orco, por amor de la Luz, que encima fue el Jefe de Guerra de la Horda), aunque nunca se había permitido el lujo de mostrarse tan totalmente vulnerable ante él.

Pese a que albergaba la esperanza de que Kalec sería capaz de localizar el Iris de enfoque ahora que podía volver a identificarlo como era debido, todavía había mucho que hacer por si acaso el rastro volvía a enfriarse. Tervosh estaba investigando conjuros de confinamiento a distancia y Kinndy había regresado a Dalaran para rebuscar pergaminos en un baúl que se encontraba guardado en uno de los rincones más recónditos de la biblioteca.

—Muérete de envidia —le había dicho la gnomo a Jaina cuando habían hablado a través del espejo—. Hay polvo por todas partes.

Mientras tanto, de un modo más pragmático y menos esperanzador, Jaina, Tervosh y Pained estaban estudiando las diversas maneras, tanto mágicas como mundanas, de evacuar las ciudades más importantes de la Alianza, en caso de que los ladrones decidieran atacar con el Iris de enfoque. Jaina se había preguntado en voz alta si debía avisar a la Horda, pero Pained le había dicho, tras lanzarle una mirada de reprobación:

—Mi señora, no podemos descartar la posibilidad de que quienes robaron ese objeto sean miembros de la Horda.

—Tampoco podemos descartar que sean miembros de la Alianza —había replicado Jaina—. Ambas facciones dominan la magia, Pained. Kel’Thuzad fue miembro del Kirin Tor. O tal vez podría tratarse de una raza totalmente distinta. Kalimdor es un continente enorme.

—Bueno, limitémonos a tener presente que la Horda podría estar implicada de algún modo en esto —sugirió Tervosh, quien estaba acostumbrado a mediar entre ambas mujeres y a dar con una solución intermedia que complaciera a las dos—. Por si acaso.

—Y, si atacan a la Horda, quizá podamos ganamos su confianza si les ofrecemos ayuda rápidamente —apostilló Jaina, ejerciendo así su papel de diplomática.

Ante esas palabras, Pained había adoptado un gesto de contrariedad, pero no había dicho nada.

Tras pasar mucho tiempo teniendo la sensación de que se estaba esforzando en vano, sin tener ni idea de qué buscar o qué camino seguir, era todo un alivio poder idear unos planes concretos, como las diversas estrategias de evacuación a aplicar en las ciudades más importantes de Kalimdor. Jaina enseguida se sumió, de un modo casi mecánico, en un estado mental dominado por la parte lógica y racional de su cerebro. Kalec le había enseñado algo que ya sabía, pero que no era consciente de que lo sabía: que la magia era pura matemática; que siempre hay una manera de que las cosas encajen de un modo correcto y, si parece que no la hay, es porque aún no has dado con la combinación adecuada.

La tarde dio paso a la noche. Tras pasar tantas noches despierta hasta altas horas de la madrugada y tantos días levantándose muy pronto, Jaina agradeció el descanso. Se metió en la cama en cuanto el sol se puso. Y, como estaba segura de que Kalec daría con el Iris y de que sus problemas, al menos a ese respecto, pronto se resolverían, cayó dormida enseguida.

—Mi señora.

Jaina estaba tan aturdida que tuvo la sensación de que esa voz apremiante formaba parte de un sueño. Parpadeó al recuperar la consciencia y vio una silueta alta y de orejas largas recortadas frente a la ventana.

—¿Pained? —murmuró.

—Ha venido un mensajero. Dice que hemos interceptado… —en ese instante, la duda se adueñó de su tono de voz— a un miembro de la Horda que insiste en hablar contigo.

Tras escuchar esas palabras, Jaina se despertó de inmediato. Abandonó la cama y cogió una bata, al mismo tiempo que hacía un rápido gesto con el que encendió las lámparas. Pained iba vestida con su armadura habitual.

—Dice que lo envían del Fuerte del Norte, donde la Alianza ha caído ante el empuje de la Horda.

Jaina contuvo la respiración. Quizá debería haber ido al Fuerte del Norte después de que Kalecgos se marchara. Suspiró amargamente y dijo:

—Es todo un alivio que quienquiera que diera con él no lo matara nada más verlo. —Se aproximó a los guardias directamente —le explicó Pained—. Y trajo esto como símbolo de que viene en son de paz. Les aseguró a los guardias que, en cuanto lo reconocieras, querrías hablar con él. Los guardias pensaron que quizá mereciera la pena comprobar si lo que decía era cierto.

Pained sostenía en su mano un bulto de tela blanca que le entregó a Jaina. Ésta lo cogió y se percató enseguida de que era bastante pesado. Apartó la tela con delicadeza y, al instante, se le desorbitaron los ojos.

Se trataba de una maza, de un objeto de gran belleza que, sin lugar a dudas, habían forjado unos enanos. La cabeza era de plata y estaba ornamentada con unas cintas de oro que se entrecruzaban. Contaba con unas pequeñas gemas incrustadas aquí y allá, así como algunas runas.

Jaina la contempló embelesada por un momento y, a continuación, alzó la mirada hacia Pained.

—Tráiganmelo —fue lo único que dijo.

Unos instantes después, el mensajero de la Horda (a quien Jaina ya no consideraba un espía) entró en la estancia escoltado.

Era enorme, aunque gran parte de su cuerpo permanecía oculto bajo una capa que lo cubría por entero, y les sacaba una gran altura a los guardias. Jaina tenía la sensación de que, si ese coloso lo hubiera deseado, podría haber despachado a ambos guardias en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, había dejado que lo arrastraran sin miramientos hasta esa habitación.

—Déjennos a solas —ordenó Jaina.

—Mi señora —replicó uno de los guardias—, ¿de verdad quiere que la dejemos a solas con esta… criatura?

La maga fulminó con la mirada al guardia.

—Se ha presentado en son de paz, así que no te refieras a él de ese modo.

El guardia se ruborizó ligeramente. Acto seguido, ambos hicieron una reverencia a su señora y se retiraron, cerrando las puertas del salón tras ellos.

Aquel ser descomunal se enderezó y una mano emergió de las profundidades de esa capa para quitarse la capucha. Jaina se encontró entonces ante el semblante sereno y orgulloso de un tauren.

—Lady Jaina Valiente —dijo, inclinando la cabeza—. Me llamo Perith Stormhoof. Mi gran jefe me ordenó que me presentara ante ti y me pidió que te entregara esta maza. Me dijo. que, gracias a ella, podría convencerte de que lo que voy a contar es cierto.

Jaina aferró vigorosamente la maza.

—Reconocería a Fearbreaker en cualquier lugar y circunstancia —aseveró. Entonces, recordó el momento en que ella, Baine Bloodhoof y Anduin

Wrynn se habían encontrado sentados en esa misma cámara. El príncipe humano, conmovido por la reciente pérdida que había sufrido Baine y las dudas que albergaba éste sobre si debía suceder en su puesto de jefe a su padre asesinado, había ido corriendo a su habitación y había regresado con esa maza, que el rey Magni Bronzebeard le había dado a Anduin en su día. A Jaina la emocionó que el muchacho se la ofreciera a Baine pues, de ese modo, el hijo de un rey de la Alianza le regalaba al hijo de un gran jefe de la Horda algo muy valioso y hermoso. En cuanto Baine aceptó el regalo, Fearbreaker demostró que aceptaba a su nuevo dueño al relucir tenuemente en la gigantesca mano del tauren.

—Mi señor sabía que lo harías. Lady Jaina… mi gran jefe te tiene en alta estima y, en virtud del grato recuerdo que aún conserva de la noche en que le fue entregado Fearbreaker, me ha enviado con esta advertencia. El Fuerte del Norte ha caído ante la Horda —Perith no se regodeaba en esas palabras; en realidad, parecía triste y taciturno—. De hecho, le apena sobremanera que esta victoria se haya logrado mediante el uso de magia negra chamánica. Desprecia tales métodos; no obstante, para proteger a su pueblo, Baine ha prometido que los tauren seguirán sirviendo a la Horda si ésta los necesita. Desea que enfatice que, a veces, cumplir esa obligación no le produce gozo alguno.

Jaina asintió.

—Estoy segura de que eso es así. Sin embargo, ha participado en un acto de agresión a la Alianza. El Fuerte del Norte.

—Es sólo el comienzo —apostilló Perith, interrumpiéndola—. Hellscream pretende conquistar mucho más que un mero fuerte.

—¿Qué?

—Su meta es, ni más ni menos, conquistar el continente —contestó Perith; esas palabras sonaron despiadadas y horripilantes a pesar de ser pronunciadas por un sereno tauren—. En breve, ordenará a la Horda que marche sobre Theramore. Y, hazme caso, cuenta con gran cantidad de tropas. Teniendo en cuenta las actuales circunstancias, seréis derrotados, sin duda.

Con esa afirmación no pretendía intimidarla. Simplemente, era una constatación de los hechos franca y directa. Jaina tragó saliva con dificultad.

—Mi gran jefe todavía recuerda que lo ayudaste en su momento, por lo que me ha pedido que te advierta de lo que sucede, pues no desea que todo esto te coja desprevenida.

A Jaina la embargo la emoción ante tal gesto de nobleza.

—Tu gran jefe es un tauren realmente honorable —replicó, henchida de emoción

—. Me siento orgullosa de que me tenga en tal alta estima. Le agradezco su oportuna advertencia. Por favor, dile que, gracias a él, se salvarán muchas vidas inocentes.

—Lamenta que sólo pueda proporcionarte una advertencia, mi señora. Y… te pide que, por favor, te quedes con Fearbreaker y se lo devuelvas a la persona que se lo regaló tan generosamente. Baine cree que ya no debe hallarse por más tiempo en su poder.

Jaina asintió, a pesar de que las lágrimas se asomaban a sus ojos. Había ansiado tanto que aquella noche, que había tenido lugar tanto tiempo atrás, hubiera supuesto el inicio de la sanación, del entendimiento, pero no había podido ser. Baine le estaba diciendo con ese gesto, de un modo educado pero firme (como era habitual en él), hasta dónde llegaba su amistad, pues no era ni nunca iba a ser un miembro de la Alianza. Lucharía en el bando de la Horda. Y ella lo entendía. Era plenamente consciente de que el pueblo tauren quedaría en una posición muy vulnerable si se levantaba contra Garrosh y no les deseaba ningún mal.

—Me cercioraré de que Fearbreaker vuelva a hallarse en manos de su antiguo dueño —le aseguró; y con esas sencillas palabras le transmitió la mezcla de sentimientos que sentía en su corazón, todos sus matices y complejidades.

Perith era un excelente emisario. Entendió el mensaje e hizo una profunda reverencia. Jaina se acercó al pequeño escritorio que estaba situado en el extremo más lejano de la habitación. Buscó un pergamino, tinta, pluma y cera y escribió rápidamente una breve nota. Esparció unos polvos sobre la tinta para secarla, dobló la misiva y luego la lacró con cera roja y su sello personal. Se puso en pie y se la entregó al tauren.

—Con este salvoconducto podrás atravesar sano y salvo todo el territorio de la Alianza. Con él, si te detienen, no te pasará nada.

El tauren se rió entre dientes.

—No me capturarán, pero aprecio tu preocupación.

—Y dile a tu noble gran jefe que me aseguraré de que no corra el rumor de que un caminamillas tauren me ha visitado. A todo aquél que me pregunte le diré que me enteré de todo gracias a un explorador de la Alianza que logró escapar de la batalla. Y, ahora, toma un refrigerio y regresa a salvo con los tuyos.

—Que la Madre Tierra te sonría, Lady Jaina —respondió Perith—. Ahora que te he conocido, comprendo mejor por qué mi gran jefe ha tomado esta decisión.

La maga esbozó una triste sonrisa.

—Algún día, quizá luchemos en el mismo bando.

—Algún día, quizá. Pero hoy no.

Jaina asintió con la cabeza, reconociendo así esa gran verdad.

—Que la Luz te acompañe, Perith Stormhoof.

—Que la Madre Tierra te bendiga.

Observó cómo se marchaba, mientras reprimía la irracional necesidad de pedirle que volviera, de ofrecerle a él, a Baine y a todo el pueblo tauren asilo. No quería tener que enfrentarse a Baine en batalla ni pronunciar conjuros que mataran a esos seres tan gentiles y sabios. Pero los tauren eran cazadores y guerreros, por lo que nunca intentarían eludir ninguna responsabilidad. Baine había hecho todo lo que podía hacer; de hecho, más de lo que Jaina había esperado, pues algunos considerarían aquel aviso una traición.

Esperaba que ese noble gesto de Baine no desencadenara una serie de acontecimientos trágicos que afectaran al gran jefe tauren.

Jaina se llevó las manos a la cara e intentó reunir fuerzas. Tras recuperar la compostura, avisó a Pained.

—Despierta a Tervosh y avisa a Kinndy. Diles que nos encontraremos en la biblioteca.

—¿Podrías decirme qué está pasando?

Jaina se volvió hacia su guardaespaldas y amiga con un semblante fatigado.

—Ha estallado la guerra —fue lo único que dijo.

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