Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Seis

Jaina Valiente: Mareas de GuerraEn breve, llegaron las órdenes concretas. Baine odiaba tener que hacer lo que estaba a punto de hacer pero, si se negaba, Garrosh se volvería contra él (y los tauren), apoyado por la incontenible marea del resto de la Horda. Baine sabía que no podía contar con que los Renegados, los elfos de sangre y los goblins lo apoyaran de un modo altruista, ya que cada raza tenía su propia agenda. Tradicionalmente, los orcos habían sido aliados de los tauren; sin embargo, esa alianza no contentaba a todo el mundo. Y los trolls, simplemente, no podían permitirse el lujo de arriesgarse a sufrir la ira del Jefe de Guerra. En conclusión, si los tauren desafiaban a Garrosh de manera patente al negarse a cumplir sus órdenes, estarían solos pues nadie los apoyaría.

Baine cerró el puño y aplastó la misiva que tenía en la mano. Acto seguido, observó con gesto sombrío a Hamuul Runetotem.

—Preparémonos —dijo el gran jefe—. Al menos, esta parte de la guerra en la que quiere involucrarnos Garrosh parece justa en cierto modo.

Las órdenes habían sido muy claras. Baine debía aproximarse al Fuerte del Norte desde el oeste con «dos decenas de valientes» al menos, así como con kodos y armas de guerra. Los trolls se unirían a ellos, aunque lo cierto era que el camino desde las Islas del Eco a Mulgore era muy largo. Los orcos partirían de Orgrimmar y los Renegados, los goblins y los elfos de sangre viajarían en barco y se encontrarían con ellos en la ciudad portuaria de Trinquete; después, se dirigirían rápidamente al Fuerte del Norte para sumarse a los tauren.

En su época, entre Mulgore y el Fuerte del Norte únicamente existía la tierra seca de los Baldíos, así como una pequeña ciudad llamada Campamento Taurajo. Por aquel entonces, el mayor problema que uno podía hallar en ese lugar eran los jabaespines. Ahora, Baine tendría que atravesar con sus hombres las ruinas de Taurajo, así como esa zona a la que se había bautizado como los Campos de Sangre.

Siguiendo las órdenes que tanto lo disgustaban, Baine reunió a su gente de la manera más discreta posible en el lado de la Gran Puerta que les correspondía.

Permanecieron callados, tal y como les habían mandado, y sólo se escuchó el tenue crujido de las armaduras y alguna que otra patada ocasional al suelo propinada por algún kodo. Se podía mascar la tensión; a Baine le sorprendió que la Alianza, que se hallaba al otro lado, no pudiera notarla también. Había enviado a varios exploradores por delante para cerciorarse de que iban a pillar desprevenidos a los vigilantes de la Alianza; todos ellos habían informado al regresar que muy pocos centinelas de la Alianza vigilaban la zona a esas horas. Poco después, dos tauren ascendieron a las plataformas de observación, procurando no ser vistos, e hicieron un reconocimiento del terreno a larga distancia. En la oscuridad, veían mejor que los humanos y, además, los soldados de la Alianza solían ser lo bastante necios como para mantener las hogueras de sus campamentos encendidas.

—Gran jefe —dijo uno de los exploradores, forzando la voz para hablar en un susurro—, las colinas están repletas de… trolls, que aguardan tus órdenes.

—El número de soldados es el habitual, a juzgar por el número de hogueras — añadió otro—. No esperan un ataque.

A Baine se le encogió el corazón al ser consciente de lo que estaban a punto de hacer.

—Informa a Vol’jin de que sus hombres pueden atacar cuando quieran. En cuanto se encuentren combatiendo a la Alianza, abriremos la Gran Puerta y la atravesaremos para apoyarlos con nuestras armas.

Uno de los exploradores asintió, se volvió y ascendió por la colina que se hallaba junto a la puerta. Baine contempló a los tauren ahí congregados, cuyas siluetas apenas eran visibles bajo la luz de las pocas antorchas que portaban. Ahí había varias docenas de valientes y de muchos otros tauren que serían vitales a la hora de desempeñar diversas funciones en cuanto la batalla estallara en unos segundos: druidas, chamanes, sanadores y demás combatientes de toda clase y condición.

Alzó un brazo, se cercioró de que todos lo veían y aguardó. El corazón le latía con fuerza: un, dos, tres.

Entonces, se escucharon unos gritos de guerra escalofriantes. Los trolls acababan de iniciar su ataque. Baine bajó su brazo al instante. Desde el otro lado de la puerta, pudo escucharse el repiqueteo de las armas, los gritos desafiantes de los humanos y los golpes sordos de las flechas de las balistas al alcanzar sus objetivos. Entretanto, en el lado tauren de la puerta, dos descomunales especímenes de esta especie gruñían y temblaban por culpa de la tensión y el esfuerzo, mientras tiraban de unas gruesas cuerdas con dificultad y la puerta crujía.

Los soldados del Fuerte del Norte fueron pillados totalmente por sorpresa. Los valientes tauren atravesaron la puerta, bramando, y se sumaron a la refriega. Los humanos y los enanos no pudieron hacer nada. Se veían superados ampliamente en número por aquella marea de cuerpos de pelo verde y piel azul. A pesar de que poseían unas armas muy peligrosas, necesitaban cierto tiempo para prepararlas y poder apuntar con ellas, pero no disponían de ese tiempo; sólo podían resistir a la desesperada, aunque fuera en vano.

De improviso, un necio soldado arremetió contra el propio Baine, gritando:

—¡Por la Alianza!

Su modesta espada militar se quebró al recibir el impacto de la maza de Baine. El arma salió volando y centelleó intensamente bajo la tenue luz; a continuación, la oscuridad la engulló entera. Baine volvió a atacar. La cota de malla de la armadura que portaba el soldado no le ofreció protección alguna ante esa contundente arma. El golpe fue tan brutal que el cadáver salió despedido unos cuantos metros.

En ese momento, se oyeron unos cuantos gritos más proferidos por los tauren y los trolls y, poco después, el repiqueteo de las armas cesó.

—¡Trolls, deténganse! —ordenó Vol’jin.

—¡Tauren, a mí! —gritó Baine.

Se produjo entonces una pausa y, al instante, unos gritos de triunfo rasgaron el aire nocturno. Baine miró a su alrededor. La batalla había acabado apenas unos instantes después de haber empezado.

—Una manera excelente de iniciar la campaña —observó Vol’jin.

Baine negó con la cabeza.

—No si algún miembro de la Alianza ha logrado escapar al amparo del manto de la noche, pues podría advertir al Fuerte del Norte de nuestra llegada.

—Entonces, será mejor que vayamos ya para el Fuerte.

Seleccionaron a unos cuantos exploradores para que se adelantaran e informaran de lo que los aguardaba por delante mientras el resto del ejército troll y tauren se reagrupaba e iniciaba la marcha hacia el este, hacia el Fuerte del Norte. Mientras avanzaban, Vol’jin y su raptor se colocaron a la altura de Baine y su kodo.

—Después de que dejáramos Orgrimmar —comentó Vol’jin—, algunos de los orcos a los que vimos negar con la cabeza cuando el viejo Eitrigg habló no han vuelto a ser… vistos.

A Baine lo recorrió un escalofrío.

—¿Acaso Garrosh está ejecutando a aquéllos que no están de acuerdo con él?

—Aún no. Los Kor’kron, sobre todo ese de piel gris, han estado patrullando las calles con los oídos bien abiertos, a la espera de escuchar cualquier cosa que no les gustase. Cuando eso sucede… bueno, a algunos los arrestan ahí mismo, sin más. En otros casos, van a por ellos con sigilo. Por ejemplo, a un vendedor de champiñones le cerraron la tienda; varios días después, reapareció muy magullado, como si se hubiera metido en una pelea en la que había perdido. Otros. ya no vuelven a aparecer jamás.

—¿Se trata de prisioneros políticos?

Vol’jin asintió.

—Los trolls preferimos mantener la boca cerrada.

Baine gruñó.

—A lo mejor si Garrosh supiera lo que están haciendo los Kor’kron. Es muy impulsivo, pero… estoy seguro de que eso no lo ha ordenado él.

Vol’jin profirió un gruñido desdeñoso y agitó de manera desgarbada un brazo para mostrar así su indignación.

—Nadie puede acercarse a Garrosh. Tengo entendido que incluso Eitrigg sólo lo ve cuando a éste le apetece y que, además, lo recibe rodeado por sus enormes guardaespaldas. Ese muchacho siempre está diciendo: «La Horda puede hacer esto; la Horda puede hacer lo otro». Habla con gran confianza, sin ninguna razón que lo justifique. No puedo asegurar que él sepa lo que está pasando, pero tampoco puedo decir lo contrario. De un modo u otro… a día de hoy, Orgrimmar me da más miedo que el rito vudú más siniestro.

—Entonces… no podemos detenerlo. No podemos contactar con él, no podemos razonar con él. La locura impera.

—Así es, amigo.

Baine gruñó levemente, mientras observaba a sus tropas. Una idea estaba cobrando forma en su mente. Era un plan audaz y arriesgado, por el que podría pagar un alto precio si fallaba.

Pero con el que quizá podría salvar al pueblo tauren.

E incluso tal vez a la Horda.

* * *

—¿Por qué no somos capaces de hallar nada?

Esas palabras parecieron brotar con voluntad propia de la boca de Jaina y, nada más pronunciarlas, se arrepintió de haberlas dicho. Kalec, Tervosh y Kinndy (que habían regresado de Dalaran con dos baúles enteros repletos de pergaminos, objetos mágicos y libros que el Kirin Tor creía que podrían serles de gran ayuda) alzaron la vista de los libros que estaban estudiando y la miraron fijamente.

La maga se mordió un labio.

—Lo siento —dijo—. Normalmente, no. no soy así.

Tervosh esbozó una comprensiva sonrisa.

—No, Lady Jaina, no lo sueles ser —replicó—. Pero nos encontramos en una situación muy poco usual.

Jaina era una idealista pragmática. En su día, Arthas la había tachado de ser una mujer demasiado «práctica». Esa combinación de cualidades era lo que hacía de ella una maga tan talentosa. Su inquisitiva mente discurría metódicamente para resolver los problemas, lo cual le venía muy bien también en sus misiones diplomáticas. Además, era consciente de que, para alcanzar sus objetivos, siempre debía esforzarse. No solía patalear ni lloriquear ni lanzar quejas como «¿Por qué no somos capaces de hallar nada?».

—El archimago está en lo cierto —afirmó Kalecgos—. Todos nos encontramos bajo mucha presión. Quizá deberíamos tomarnos un breve respiro.

—Ya hemos descansado para almorzar —replicó Kinndy.

—Eso fue hace cuatro horas —le recordó Kalec—. Desde entonces, ni nos hemos estirado un poco ni nos hemos movido ni hemos hecho otra cosa que leer estos libros. Creo que, a estas alturas, no seríamos capaces de ver la solución a nuestros problemas ni aunque la tuviéramos delante.

Jaina se frotó sus enrojecidos ojos.

—Les pido disculpas de nuevo. Creo que Kalec acaba de dar con la razón por la que, probablemente, aún… eh… no hemos hallado nada.

Puso cierto énfasis en esas palabras, como si así quisiera hacerles entender que era perfectamente consciente de la mala impresión que antes les había causado.

—No creo que. —dijo Kinndy.

—Eso lo dices porque eres muy joven —la interrumpió Tervosh—. Podrías estar así una eternidad. Pero los ancianos necesitamos tomarnos pequeños descansos. Si quieres quedarte aquí y seguir examinando esos documentos, adelante, Kinndy, pero yo me voy a cuidar del jardín un rato. Tengo que recoger ciertas hierbas de allí.

Se levantó y se llevó ambas manos a la espalda. Entonces, se oyó un crujido perfectamente audible. Jaina era consciente de que a ella también le crujiría la espalda si permanecía sentada en la misma posición durante mucho tiempo. Si bien ni Tervosh ni ella eran unos «ancianos», como había comentado jocosamente el archimago, lo cierto era que la energía aparentemente infinita que había poseído en su juventud, que le había permitido superar los calvarios de la peste y la guerra contra los demonios, parecía haberla abandonado ahora que había alcanzado la treintena.

—¿Serías tan amable de mostrarme este lugar? —le pidió Kalec, interrumpiendo así sus pensamientos.

—¡Oh! ¡Sí, claro! —exclamó sobresaltada. Se levantó, intentando disimular lo avergonzada que se sentía porque la había pillado ensimismada—. Estoy muy orgullosa del orden y la armonía que reina en Theramore. El Cataclismo dañó la ciudad, pero la hemos reconstruido gracias a nuestra fuerza de voluntad.

Acto seguido, descendieron por las largas y sinuosas escaleras de la torre de Jaina y salieron a la calle, donde el sol brillaba sorprendentemente con fuerza. La maga hizo un gesto de asentimiento a los guardias, quienes la saludaron rápidamente, así como un teniente de caballería llamado Aden. Kalecgos observó todo cuanto lo rodeaba con gran interés.

—Ahí se encuentra la Ciudadela Garrida —señaló Jaina.

Pasaron junto a una zona de entrenamiento, situada a su derecha, donde los guardias de Theramore «luchaban» contra unos muñecos y sus espadas se estrellaban contra objetos de madera. A su izquierda, sin embargo, se podían oír los sonidos brillantes del entrechocar del acero mientras los jóvenes reclutas se entrenaban al aire libre. Sus comandantes vociferaban órdenes mientras los sacerdotes los observaban con atención, dispuestos a invocar a la sanadora Luz en el mismo instante en que alguien resultara herido.

—Es un ambiente bastante… marcial —observó Kalec.

—A un lado, tenemos la entrada a un peligroso pantano y al otro, el océano —le explicó Jaina. Acto seguido, siguieron caminando y se alejaron de los guerreros que entrenaban y dejaron atrás la posada—. Debemos protegemos de muchas cosas.

—Como la Horda, obviamente.

La maga le lanzó una mirada inquisitiva.

—Somos la fuerza militar más importante de la Alianza en este continente; no obstante, he de reconocer que casi siempre los mayores problemas los provocan los animales salvajes y diversos personajes bastante poco recomendables.

Kalec se llevó una mano al pecho y abrió los ojos como platos, simulando de un modo burlón hallarse sorprendido y ofendido. Jaina sonrió.

—No te preocupes. Los únicos dragones con los que tengo algún problema que otro son los dragones negros del pantano —aseveró—. La Horda sólo se ocupa de sus propios asuntos, mientras nosotros hagamos lo mismo. Ésas son las reglas del juego y las acepto, aunque hay muchos que no lo entienden.

—¿Acaso hay presiones en la Alianza para que estalle una guerra? —preguntó Kalec en voz baja.

Jaina esbozó un gesto de contrariedad.

—Oh, ése es un tema peliagudo —contestó—. Pero ya hablaremos luego al respecto. ¿Cómo les va a los dragones Azules, Kalec? La mayoría de los magos albergan cierto resentimiento hacia ustedes; no obstante, sé que ham sufrido todo un calvario. Primero, la Guerra de El Nexo; luego, perdieron a un Aspecto; y, por último, este robo.

—Ése sí que es un tema peliagudo —replicó Kalec, manteniendo en todo momento un tono sereno.

—Discúlpame —dijo Jaina. El camino que estaban recorriendo los llevaba fuera de la ciudad, donde los adoquines no estaban tan cuidados y se hallaban cubiertos ligeramente de barro—. No pretendía ofenderte. Menuda diplomática estoy hecha.

—No me has ofendido; además, todo buen diplomático es capaz de discernir con claridad qué es lo que inquieta a otro diplomático —afirmó Kalec—. Sí, hemos vivido una época muy difícil. Durante mucho tiempo, los dragones se encontraron entre los seres más poderosos de Azeroth. Sólo nosotros contábamos con la ayuda de los Aspectos para proteger a nuestros Vuelos y al mundo. Incluso el más débil de los nuestros vivía una vida que debía pareceros imposiblemente larga y poseía unas habilidades que hacían que la mayor parte de mi raza se sintiera superior a vosotros. Deathwing fue para nosotros… ¿Cuál es la expresión que soléis emplear los humanos… ? Una buena cara de humildad.

Jaina tuvo que contener la risa.

—Creo que la expresión correcta es «cura» de humildad.

Kalec se rió entre dientes.

—Por lo que parece, incluso yo, que simpatizo más con las razas jóvenes que muchos otros dragones, aún tengo que aprender muchas cosas de vosotros.

Jaina hizo un gesto con la mano, como si quisiera quitarle hierro al asunto.

—Aprender frases hechas humanas no debería ser la mayor de tus preocupaciones.

—Ojalá pudiera decir que no tengo asuntos más urgentes que atender —replicó Kalec, adoptando un tono serio de nuevo.

—¡Alto! —exclamó alguien de repente.

Kalecgos se detuvo y observó a Jaina con curiosidad mientras varios guardias se les aproximaban con las espadas desenvainadas y las hachas en mano. Jaina los saludó y, al instante, la reconocieron. Entonces, guardaron sus armas y se agacharon reverencialmente. Uno de ellos, un barbudo de pelo rubio, la saludó.

—Lady Jaina —dijo—, no me habían informado de que ibas a pasar por aquí. ¿Quieres que les escoltemos?

Los dos magos se miraron mutuamente, pues su ofrecimiento les había hecho

gracia.

—Gracias, capitán Wymor. Te agradezco el ofrecimiento, pero creo que este caballero es más que capaz de protegerme —contestó Jaina, manteniendo, en todo momento, un gesto imperturbable.

—Como desees, mi señora.

Kalec esperó a que los guardias se hallaran lo bastante lejos como para no poder escucharlos antes de comentar con un tono de voz totalmente serio:

—No sé, Jaina; quizá sea yo quien necesite que me rescates.

—Bueno, entonces, acudiré a tu rescate —respondió Jaina, con un gesto tan serio como el del dragón.

Kalec suspiró.

—Ya lo estás haciendo —apostilló con un hilo de voz.

La maga alzó la vista hacia él y lo miró con el ceño fruncido.

—Te estoy ayudando —lo corrigió—. No te estoy rescatando.

—En cierto modo, sí lo estás haciendo. Todos vosotros nos estáis rescatando. Ya no somos lo que… éramos. Deseo tanto ser capaz de proteger a mi Vuelo, de cuidar de todos ellos.

Entonces, Jaina se dio cuenta del cuál era el razonamiento que el dragón estaba siguiendo.

—Como quisiste proteger a Anveena en su día.

A Kalec le tembló ligeramente una mejilla, pero siguió caminando sin vacilación.

—Sí.

—No le fallaste.

—Sí, le fallé. La capturaron y la utilizaron —replicó Kalec, con un tono de voz duro y teñido de desprecio por sí mismo—. La utilizaron para intentar traer a Kil’jaeden a Azeroth. No pude salvarla.

—Si lo que sé al respecto es verdad, no pudiste hacer nada —lo consoló Jaina, dirigiéndose a él con suavidad y sumo tacto. No estaba muy segura de hasta qué punto Kalecgos iba a abrirle su corazón—. Pese a que un Señor del Terror te poseyó, en cuanto te libraste de su perniciosa influencia, acudiste en ayuda de Anveena.

—Pero no pude hacer nada. No pude evitar que le hicieran daño.

—Sí hiciste algo —insistió Jaina—. Gracias a ti, Anveena pudo convertirse en lo que era realmente… en la Fuente del Sol. Gracias a tu amor, y al valor de tu amada, Kil’jaeden fue derrotado. Fuiste lo bastante generoso como para no impedir que alcanzara su verdadero destino.

—Lo sé, como también sé que los Aspectos estábamos predestinados a perder nuestros poderes si queríamos derrotar a Deathwing —afirmó Kalec—. Sé que lo que está sucediendo no es algo malo de por sí, pero es muy. duro. Es muy duro ver cómo la esperanza abandona a mi Vuelo e incluso.

—¿A ti?

El dragón se volvió bruscamente y le lanzó una mirada intensa. Por un instante, la maga pensó que quizá había ido demasiado lejos. Pero no había furia alguna en sus ojos. sino angustia.

—¿Cómo es posible que puedas entenderme tan bien cuando no has vivido tanto como yo? —inquirió.

Jaina lo agarró del brazo mientras seguían caminando y respondió:

—Porque yo me enfrentó a las mismas responsabilidades.

—¿Por qué estás aquí, Jaina? —Le espetó a la maga, que arqueó una ceja ante la franqueza con la que había formulado la pregunta—. Tengo entendido que eras considerada una de las mejores magas de la Orden. ¿Por qué no estás en Dalaran? ¿Por qué estás aquí, entre un pantano y el océano, entre la Horda y la Alianza?

—Porque alguien debe estar aquí.

—¿De veras? —replicó, con el ceño fruncido. Entonces, se detuvo y obligó a la maga a girarse hacia él.

—¡Por supuesto! —exclamó Jaina, mientras la ira se apoderaba de ella—. ¿Acaso quieres que estalle la guerra entre la Horda y la Alianza, Kalec? ¿Acaso es eso lo que los dragones han decidido hacer para no aburrirse hoy en día? ¿Ir por ahí provocando problemas?

La maga esbozó un gesto de contrariedad al ver reflejado en sus ojos azules el dolor que esas palabras le habían causado.

—Lo siento. No quería decir eso.

Kalec asintió.

—Entonces, ¿qué es lo que realmente querías decir? —preguntó, sin el más leve atisbo de rencor en su voz.

Jaina lo miró fijamente y en silencio. No sabía qué responder. No obstante, las palabras brotaron dubitativamente de su boca, como si tuvieran vida propia.

—Después de la caída de Dalaran, no quería seguir formando parte de la Orden. Había muerto tanta gente. Antonidas… también. Arthas lo asesinó, Kalec. El hombre con el que pensé que iba a casarme en su día, el hombre al que había amado había asesinado a tanta gente. No fui. no fui capaz de superarlo. Yo había cambiado y el Kirin Tor, también. Son neutrales, pero creo que. tal vez sin darse cuenta. desprecian a todo aquél que no es uno de ellos. Además, yo he aprendido que, si se quiere alcanzar la paz, uno debe aceptar a la gente. y congeniar con todo el mundo. Descubrí que tenía talento para la diplomacia. Quién lo iba a imaginar, ¿eh? Desde luego, yo no —contestó con suma seriedad.

El dolor había abandonado el amable semblante de Kalec, quien alzó una mano para acariciarle a la maga su pelo rubio, como si estuviera consolando a una niña.

—Jaina —le dijo—. Si de verdad piensas así. y con esto no quiero decir que estés equivocada. ¿por qué te esfuerzas tanto en convencerte a ti misma de que ése es el camino correcto?

El dragón acababa de atravesarle metafóricamente el corazón con un puñal tan afilado que jadeó como si hubiera sido apuñalada de verdad. Clavó su mirada en él y fue incapaz de apartarla, mientras notaba que se le iban a desbordar las lágrimas.

—Porque no me escuchan —respondió, con un hilo de voz apenas audible—. Nadie me escucha. Ni Varian ni Thrall ni mucho menos Garrosh. Me siento como si estuviera sola en la cima de un precipicio, donde el viento me arrebata las palabras de los labios cada vez que intento hablar. Tengo la sensación de que da igual lo que haga, da igual lo que diga, de que todo es… inútil. Que nada tiene sentido. Que mi… vida no tiene sentido.

Mientras hablaba, se percató de que una triste y comprensiva sonrisa se dibujaba en los labios de Kalecgos.

—Ambos compartimos este temor, Lady Jaina Valiente —afirmó Kalec—. Tememos que nuestra existencia sea inútil. Que no sirva para nada. Que todo lo que sabemos que debemos hacer sea en vano.

Las lágrimas recorrieron las mejillas de la maga. Con sumo cuidado, el dragón se las secó.

—Pero sé una cosa. Hay un ritmo, un ciclo que marca toda existencia. Nada permanece inalterable en el tiempo, Jaina. Ni siquiera los dragones, que viven tanto tiempo y, supuestamente, son tan sabios. Pero ¿cuánto tienen que cambiar los humanos? En su día, fuiste una aprendiza joven y entusiasta, curiosa y estudiosa, que se contentaba con quedarse en Dalaran y dominar ciertos conjuros. Entonces, sucedieron cosas que te obligaron a abandonar ese rincón del mundo donde tan a salvo te sentías. Cambiaste. Sobreviviste. incluso maduraste en tu nuevo papel de diplomática. Te enfrentabas a enigmas y retos de una naturaleza totalmente distinta. Volviste a ser útil de otro modo. Este mundo. —En ese instante, alzó la mirada hacia el cielo mientras negaba con la cabeza—. Este mundo ya no es lo que era. Nada ni nadie es lo que era. Mira. permíteme que te muestre algo.

Alzó las manos y movió sus largos y habilidosos dedos, en cuyas puntas chispeó la energía Arcana. Acto seguido, cobró forma sobre ellos una bola que giraba sobre sí misma.

—Mira esto —le dijo.

Jaina obedeció, reprimió esas necias lágrimas (¿por qué se había echado a llorar?) y se concentró en ese diminuto orbe de magia Arcana. Kalec lo tocó con suma destreza. Dio la impresión de que se hacía añicos y luego volvía recomponerse, pero no exactamente igual que antes.

—Es como si hubiera un… ¡patrón! —exclamó Jaina, maravillada.

—Obsérvalo de nuevo —le pidió Kalec.

Lo tocó por segunda vez. Y luego una tercera. Los patrones se volvían cada vez más claros. Hasta que llegó un momento en que Jaina, estupefacta y embelesada, se preguntó si estaba contemplando los planos de un artilugio de los gnomos en vez de una bola de energía Arcana. Unas señales, unos símbolos y unos números giraron en el aire para, a continuación, mezclarse. Después, adoptaron una formación determinada.

—Es tan… hermoso —susurró la maga.

Kalec separó los dedos y atravesó con la mano el orbe, el cual se fragmento como si fuera mera niebla para, acto seguido, recomponerse de un modo distinto. Se trataba de un caleidoscopio mágico que cambiaba incesantemente, donde reinaba el orden y podían distinguirse unos patrones precisos.

—¿Lo entiendes, Jaina? —le preguntó.

Ella siguió contemplando fijamente, hipnotizada, los exquisitos patrones de formación, desintegración y reconfiguración.

—Esto no es un mero… conjuro —contestó.

Él asintió.

—Ésta es la materia de la que están hechos los conjuros.

Por un momento, no fue capaz de entenderlo. Los conjuros estaban compuestos por encantamientos y gestos, y a veces incluso por reactivos. Súbitamente, lo entendió todo. La revelación la impactó tanto que estuvo a punto de caerse al suelo.

—Son… ¡matemáticas!

—Ecuaciones. Teoremas. Orden —respondió satisfecho Kalec—. Si se combinan de una manera, son una cosa, si se combinan de otra, son algo totalmente distinto. Son algo fijo pero mutable, como la vida misma. Todo cambia, Jaina, ya sea de dentro afuera o de fuera adentro. A veces, sólo hace falta una leve alteración en una variable para que todo cambie.

—Así que nosotros… también somos magia —susurró Jaina. Entonces, apartó su mirada de ese torbellino inefablemente hermoso de matemáticas líricas y poéticas mientras una pregunta iba cobrando forma en sus labios.

—¡Lady Jaina!

Aquel grito sobresaltó a ambos. Al girarse, vieron al capitán Wymor galopando hacia ellos, montado a lomos de un caballo zaino. Obligó a aquella bestia a detenerse de un modo tan brusco que se encabritó y mordió el bocado.

—Capitán Wymor, ¿qué…? —llegó a decir Jaina, antes de que el guardia la interrumpiera.

—Pained ha regresado con ciertas noticias —afirmó, jadeando por culpa de la corta pero intensa cabalgada—. La Horda… sus ejércitos se están congregando. Vienen de Orgrimmar y Trinquete, así como de Mulgore. Según parece, ¡se dirigen todos al Fuerte del Norte!

—No —susurró Jaina, cuyo corazón, que un instante antes se había hallado embargado de emoción ante la belleza de esa revelación que Kalecgos había compartido con ella, se sumió en un hondo pesar—. Por favor, no. esto no. ahora no.

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