Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Cuatro

Jaina Valiente: Mareas de GuerraComenzó a llover mientras Jaina remaba de regreso a Theramore tras su reunión con Thrall. Aunque la hacía sentirse incómoda y helada por el momento, dio la bienvenida a la desagradable lluvia, pues muy pocos se aventurarían a salir con un tiempo tan inclemente. Ató el pequeño bote al muelle, se resbaló ligeramente al pisar la madera húmeda y, bajo el velo de un incesante aguacero, se abrió paso hasta la entrada secreta oculta mágicamente que llevaba a la torre sin que nadie la viera. En breve, se hallaba ya de vuelta en su cómodo y acogedor salón. Temblando, Jaina encendió el fuego mediante un encantamiento murmurado y, con un capirotazo, se secó la ropa del mismo modo; a continuación, guardó la capa.

Preparó un poco de té y cogió unas cuantas galletas, que colocó sobre una mesita. Después, se acomodó junto al fuego, mientras pensaba en lo que Thrall le había dicho. El orco parecía tan… contento. Tan sereno. Pero ¿cómo era eso posible? En realidad, había dado la espalda a su propio pueblo y, al entregar las riendas de la Horda a Garrosh, prácticamente había garantizado que el estallido de la guerra fuera inevitable. Si Anduin fuera ya mayor, sería un gran aliado. Ay, la juventud es tan efímera; Jaina se sintió culpable por desear, aunque sólo fuera por un momento, que Anduin se perdiera un solo día de su juventud.

Además, Thrall (Go’el; le iba a llevar bastante tiempo acostumbrarse a llamarlo por su nuevo nombre) ahora estaba casado. ¿Qué implicaciones tendría eso para la Horda? ¿Acaso querría que su hijo o su hija lo sucedieran en el cargo? ¿Volvería a asumir el manto de la Horda si la tal Aggra le daba un hijo?

—Deja alguna galleta para mí, Lady Jaina —dijo una mujer que poseía una voz femenina, jovial y un tanto chillona.

Jaina sonrió pero no se volvió. Había estado tan sumida en sus pensamientos que no había oído el distintivo zumbido del hechizo de teletransportación.

—Si se acaban, ya sabes cómo se hacen, Kinndy.

Su aprendiza estalló en carcajadas, a la vez que se sentaba de un salto en una silla situada frente a Jaina, junto al resplandeciente fuego. Acto seguido, hizo ademán de coger una taza de té, así como una de las mencionadas galletitas.

—Pero yo sólo sé hacer galletitas como una aprendiza. Y las tuyas están hechas por toda una maestra. Siempre son mucho mejores.

—Cualquier día de éstos, aprenderás a hacerlas como es debido e incluso con trocitos de chocolate —afirmó Jaina, manteniendo su rostro impasible—. Aunque las tartas de manzana ya te salen bastante bien.

—Me alegra que pienses así —replicó Kinndy Sparkshine, quien era muy alegre y vital incluso para ser una gnomo. Llevaba su rebelde y brillante pelo rosa recogido en unas trenzas, lo cual la hacía parecer mucho más joven, pues no parecía que tuviera ya veintidós años; según la forma de medir el tiempo de su pueblo, era sólo una adolescente. Resultaba muy fácil caer en la tentación de tomarla como una mera cosita alegre tan insustancial como el algodón de azúcar al que tanto recordaba su pelo rosa, pero aquéllos que se tomaban la molestia de fijarse en sus grandes ojos azules eran capaces de ver que poseía una aguda inteligencia que no encajaba para nada con su inocente semblante. Hacía ya varios meses que Jaina la había aceptado como su aprendiza. Aunque, más bien, no le había quedado más remedio.

Rhonin, que había liderado el Kirin Tor durante la Guerra de El Nexo y aún lo dirigía, había pedido que Jaina se presentara ante él poco después de que tuviera lugar el Cataclismo. Cuando se encontró con él en el Salón Púrpura (un lugar muy especial al que únicamente se podía acceder, por lo que ella sabía, a través de un portal), mostraba un aspecto más sombrío que nunca. Tras servirse una copa de espumoso vino de Dalaran y servirle a Jaina otra, se sentó junto a ella y la observó con detenimiento.

—Rhonin, ¿qué ocurre? —le había preguntado en voz baja, sin ni siquiera haber dado un sorbo a esa deliciosa bebida—. ¿Qué ha sucedido?

—Bueno, veamos —respondió—. Deathwing se ha liberado; la Costa Oscura ha quedado devastada y ha caído al mar…

—Me refería a qué te ha pasado a ti.

El archimago esbozó una leve sonrisa, como si intentara así superar su funesto estado de ánimo.

—A mí no me pasa nada, Jaina. Simplemente… bueno, hay algo que me preocupa sobre lo que me gustaría hablar contigo.

Jaina frunció el ceño y una diminuta arruga apareció entre sus cejas. A continuación, dejó la copa sobre la mesa.

—¿Conmigo? ¿Por qué yo? No pertenezco al Consejo de los Seis, ni siquiera formo parte ya del Kirin Tor.

En su época, la maga había sido miembro de esa organización y había trabajado codo con codo con el maestro Antonidas. Pero después de la Tercera Guerra, cuando se reformó el Kirin Tor tras reunirse sus miembros, que habían estado dispersos, pensó que ya nada sería igual que antes.

—Por eso, precisamente, debo hablar contigo —replicó—. Jaina, hemos soportado grandes penalidades. Hemos estado tan ocupados… luchando, planeando y batallando que hemos dejado a un lado otro deber que tal vez sea incluso más importante.

En el rostro de Jaina se dibujó una sonrisa de perplejidad.

—A mí me parece que hemos hecho algo muy importante al derrotar a Malygos y ayudar a recuperarse a un mundo que ha recibido más sacudidas que una rata atrapada entre las fauces de un mastín.

Rhonin asintió.

—Así es. Pero también lo es adiestrar y formar a la siguiente generación.

—¿Y eso qué tiene que ver…? Oh —Jaina negó con la cabeza con suma firmeza, agitando así su rubio pelo—. Rhonin, me gustaría ayudarte, pero no puedo ir a Dalaran. Tengo mis propios problemas en Theramore; pese a que tanto la Horda como la Alianza han sufrido por igual por culpa del Cataclismo, todavía tenemos mucho que.

El archimago alzó una mano y la interrumpió.

—No me has entendido —dijo—. No te estoy pidiendo que te quedes aquí, en la Ciudadela Violeta. Aquí ya somos bastantes… sin embargo, hay muy pocos de nosotros fuera de aquí, en el resto del mundo.

—Oh —replicó Jaina—. Quieres que… tenga un aprendiz.

—Sí, eso queremos. Si te parece bien. Hay una jovencita en particular que me gustaría que tuvieras en cuenta como posible candidata. Es tremendamente prometedora e inteligente y terriblemente curiosa; ansia conocer el mundo que existe más allá de los límites de Ironforge y Dalaran. Creo que encajarían a la perfección.

Entonces, Jaina entendió qué pretendía el archimago. Se reclinó sobre los cómodos cojines púrpuras y cogió de nuevo la copa de vino. Le dio un sorbito y dijo:

—Supongo que también tendrá la obligación de informarte de todo lo que haga.

—Compréndelo, Lady Valiente. No puedes esperar que dejemos a una maga tan poderosa e influyente abandonada a su suerte en Theramore.

—Si he de ser sincera, me sorprende que aún no hayáis enviado a un observador —admitió.

El archimago la contempló con una mirada plagada de tristeza.

—Ahora reina el caos —aseveró—. No lo hacemos porque desconfiemos de ti, sino que, simplemente, tenemos que… bueno…

—Prometo que no abriré ningún Portal Oscuro —le aseguró Jaina, alzando una mano burlonamente como si estuviera jurando.

Ese gesto hizo que Rhonin se riera aunque, de inmediato, recobró la compostura.

La cogió de la mano y se inclinó hacia la maga por un momento.

—Lo entiendes, ¿verdad?

—Sí —contestó Jaina.

Lo entendía perfectamente. Hasta entonces, sólo habían tenido tiempo de centrarse en sobrevivir. Malygos consideraba como una amenaza a cualquier mago, daba igual donde éste se hallara, que no se hubiera aliado expresamente con él.

Ahora, sin embargo, el mundo se había hecho añicos y las viejas alianzas también.

Además, Jaina era una poderosa maga y una respetada diplomática.

En ese instante, pensó en Antonidas, quien (tras mucho insistir Jaina) la había aceptado como aprendiza hacía una eternidad, o al menos eso parecía. Su maestro había sido un hombre sabio y bueno, con un fuerte sentido de la moralidad y siempre dispuesto a morir para proteger a los demás. La había inspirado y la había formado. De repente, Jaina deseó con todas sus fuerzas poder devolver al mundo lo que éste le había dado. Era perfectamente consciente de que era una maga de gran poder y, ahora que habían abordado el tema, pensaba que quizá sí sería conveniente que enseñara a alguien todo lo que sabía. Tampoco tenía por qué volver a formar parte del Kirin Tor para ayudar a otros a entender y dominar la magia, pues se bastaba ella sola para enseñar. La vida era totalmente impredecible y, en esos momentos, más que nunca. Además, añoraba la compañía ocasional de Anduin. Ta vez una joven pudiera dotar de un poco de vida a su viejo y húmedo hogar.

—¿Sabes una cosa? —Dijo Jaina—. Recuerdo perfectamente a cierta jovencita muy testaruda que incordió tremendamente a Antonidas hasta convencerlo de que la aceptara como su aprendiz.

—Que yo recuerde, acabó siendo una gran maga. Algunos afirman incluso que es la mejor maga de Azeroth.

—La gente dice muchas cosas.

—Por favor, dime que aceptas ser su maestra —le rogó Rhonin, con una total y abrumadora sinceridad.

—Creo que es una buena idea —respondió Jaina.

—Te gustará —afirmó Rhonin, adoptando una expresión pícara—. Será todo un desafío.

Por lo que Jaina podía recordar, Kinndy también había supuesto todo un reto para Pained. Esbozó una sonrisa al pensar en cómo había reaccionado ésta ante la chica gnomo. Pained era una elfa de la noche, una guerrera que había permanecido junto a Jaina desde que le asignaron la misión de proteger a la maga en la batalla del monte Hiyal. Servia tenazmente a Jaina como escolta, la necesitara realmente la maga o no, a menos que la enviara a realizar una misión encubierta. Jaina le había dicho muchas veces a Pained que podía regresar con los suyos cuando quisiera. Pero la elfa de la noche solía encogerse de hombros y limitarse a decir: «Lady Tyrande nunca me comunicó oficialmente que ya había cumplido con este deber». Si bien Jaina no entendía su testarudez ni su inexplicable devoción, se sentía muy agradecida por poder contar con ella.

En cierto momento en el que Kinndy había estado estudiando, Jaina, a su vez, revisaba metódicamente su armario de los reactivos, preparando nuevas etiquetas para aquéllas que ya eran prácticamente ilegibles y apartando algunos artículos que habían perdido toda su efectividad para deshacerse luego de ellos de la manera adecuada. Como las sillas de Theramore estaban diseñadas para ser usadas por humanos, a Kinndy no le llegaban los pies al suelo, así que los balanceaba en el aire distraídamente, al mismo tiempo que daba sorbos a una taza de té y leía detenidamente un tomo que era casi tan grande como ella. Mientras tanto, Pained estaba centrada en limpiar su espada. Por el rabillo del ojo, Jaina se había percatado de que la elfa (cada vez parecía más enfadada) le echaba un vistazo de vez en cuando a la gnomo.

Al final, Pained estalló.

—Kinndy, ¿de verdad a ti te gusta ser tan alegre y animada?

Kinndy cerró el libro y dejó marcado el lugar donde había dejado de leer con uno de sus diminutos dedos mientras meditaba la respuesta. Un momento después, contestó:

—La gente no me toma en serio, lo cual frecuentemente me impide que me den la oportunidad de ser útil. Esto me resulta bastante frustrante. Así que no. No me gusta ser tan alegre y animada.

Pained había asentido al oír la respuesta.

—Ah. Entonces, no pasa nada —replicó y volvió a centrarse en lo suyo.

Jaina había tenido que excusarse y salir de la estancia rápidamente para no estallar en carcajadas ahí mismo.

Dejando a un lado el tema de su ánimo y alegría, Kinndy había sido un auténtico reto para Jaina. La maga no había visto a nadie con tanta energía en su vida como esa gnomo. No paraba de hacer preguntas. Al principio resultaban graciosas pero, con el paso del tiempo, acababan siendo un auténtico incordio; fue entonces cuando Jaina se dio cuenta de que realmente era ya una mentora. Una maestra con una aprendiza que llegaría a hacerla sentirse orgullosa. Rhonin no había exagerado; con casi toda seguridad, le había dado la mejor alumna que podía proporcionarle el Kirin Tor.

Kinndy mostraba mucha curiosidad por el papel que había desempeñado Jaina como líder, a pesar de ser una mujer y, además, maga. A Jaina le habría encantado poder contarle a la gnomo que se reunía en secreto con Go’el (ya que le daba la impresión de que Kinndy era de ese tipo de personas que entendería por qué la maga lo hacía) pero, obviamente, no podía hacerlo. Por mucho aprecio que le tuviera a esa muchacha, la gnomo estaba obligada a informar de todo lo que supiera al Kirin Tor; era una cuestión de honor. El hecho de que Anduin, debido a un descuido suyo, se hubiera enterado de sus reuniones secretas le había enseñado a Jaina que debía extremar las precauciones y, por ahora, estaba segura de que Kinndy ignoraba la existencia de éstas.

—¿Cómo se encuentra el maestro Rhonin? —inquirió Jaina.

—Oh, muy bien. Te envía sus mejores deseos —respondió Kinndy—. Aunque parecía un tanto distraído —caviló, a la vez que daba otro mordisco a la galleta.

—Somos magos, Kinndy —replicó Jaina con ironía—. Siempre estamos distraídos por alguna cosa u otra.

—¡Eso es cierto! —exclamó jubilosamente, mientras se quitaba algunas migas de encima—. Quizá haya sacado conclusiones precipitadas, mi visita fue demasiado breve y rápida.

—¿Pudiste pasar un tiempo con tus padres?

Al padre de Kinndy, Windle, se le había confiado la importante tarea de alumbrar todas las farolas de Dalaran con su varita por las noches. Según Kinndy, disfrutaba tanto de su deber que vendía varitas a la gente para permitirle disfrutar de esa misma experiencia un par de veces. Su madre, Jaxi, solía suministrar productos de repostería a la noble elfa Aimee para que los vendiera en su puesto; las magdalenas rojas de la gnomo eran tremendamente populares. Con estos antecedentes, era lógico que Kinndy se sintiera tan frustrada pues, en su opinión, sus pastelitos no estaban a la altura.

—¡Pues sí!

—Y, aun así, sigues queriendo más galletas —le comentó burlonamente Jaina.

Kinndy se encogió de hombros.

—¿Qué puedo decir? Me encanta lo dulce —replicó con la alegría que cabía esperar; sin embargo, no cabía duda de que algo seguía preocupando a la gnomo.

En ese instante, Jaina dejó el plato sobre la mesa.

—Kinndy, sé que se supone que debes informar al Kirin Tor. Eso formaba parte del acuerdo. Pero también eres mi aprendiza. Si tienes algún problema conmigo como maestra…

La gnomo abrió los ojos de par en par.

—¿Contigo? ¡Oh, Lady Jaina, contigo no tengo ninguno! Es que… noté que algo iba mal en Dalaran. Se podía percibir en el aire. Y el comportamiento del maestro Rhonin no ayudó a calmar mis temores.

Jaina estaba impresionada. No todos los magos logran desarrollar un sexto sentido que les indique, tal y como Kinndy lo había expresado, que algo va «mal». Jaina poseía esa habilidad, en cierto modo. Si bien no era capaz de saber siempre cuando las cosas funcionaban mal en el plano mágico, siempre que tenía ese pálpito le prestaba suma atención. Además, la gnomo sólo tenía veintidós años.

Jaina sonrió, presa de una cierta nostalgia.

—El maestro Rhonin acertó contigo —dijo—. Me aseguró que tenías mucho talento.

Kinndy se ruborizó un poco.

—Bueno, estoy segura de que, si algo realmente va mal, nos enteraremos en breve —aseveró Jaina—. Mientras tanto, ¿has acabado de leer el libro que te dejé para tu viaje?

La muchacha suspiró.

—¿Te refieres a Un análisis profundo de los efectos temporales de conjurar comida?

—Sí, a ése precisamente.

—Sí, lo leí. Aunque.

Titubeó por un momento y no se atrevió a mirar a su mentora a los ojos. —¿Qué ocurre?

—Bueno… creo que he manchado de glaseado la página cuarenta y tres.

* * *

La noche cayó sobre Orgrimmar. El calor había menguado pero no se había disipado del todo; la ardiente arena, desprovista de vegetación, retenía el calor del sol del mismo modo que los enormes edificios de metal recién construidos. Orgrimmar, al igual que todo Durotar, no era un lugar muy agradable en cuestiones climatológicas. Nunca lo había sido y ahora mucho menos.

Lo cual no le importaba demasiado a Malkorok.

No obstante, el calor de Durotar le resultaba incómodo, al igual que le había resultado incómodo el interior de la montaña Blackrock. Y eso era bueno. Lo mejor que le podía haber pasado jamás al pueblo orco había sido dejar atrás lugares tan acogedores como Nagrand, situado en su mundo natal de Draenor. Éste era un lugar que ponía a la gente a prueba y forjaba el carácter. No era nada bueno que uno se sintiera demasiado a gusto en un lugar. La tarea de Malkorok consistía, en parte, en asegurarse de que ningún orco se acomodara demasiado.

En la reciente reunión, algunos orcos se habían sentido demasiado cómodos. Demasiado seguros de sus opiniones y de tener la razón. Habían expresado abiertamente su desagrado y desacuerdo con aquél que no sólo era su Jefe de Guerra sino el líder de su propia raza. ¡El líder de los orcos! La arrogancia que conllevaba tal atrevimiento hacía que a Malkorok le chirriaran los dientes presa de la ira. No obstante, permaneció callado mientras se desplazaba sigilosamente a través de esas calles.

Le había dicho a Garrosh que tendrían que vigilarlos a todos. El Jefe de Guerra había dado por sentado que Malkorok se refería a todos los líderes de las diversas razas que componían la Horda. Sin embargo, el orco Blackrock veía las cosas de una manera muy distinta. Cuando decía que había que vigilar a «todos», se refería a toda la Horda.

A todos los miembros de la Horda.

Por eso, había ordenado a algunos de sus mejores orcos que siguieran a algunos de los descontentos que se habían atrevido a permanecer callados mientras los demás lanzaban vítores. Aun así, Eitrigg, que era un consejero muy querido y respetado al que Garrosh había prometido escuchar por imposición de Thrall, podía hablar con impunidad.

Por el momento.

Sin embargo, todos los demás que habían apoyado a ese viejo orco tendrían que pagar un alto precio por lo que Malkorok y Garrosh consideraban, ni más ni menos, que una auténtica traición.

Entonces, viajó mentalmente varios años atrás, a la época en que se hallaba al servicio de Rend Blackhand. Recordó, con suma satisfacción, qué les había ocurrido a los insensatos aventureros que se habían atrevido a adentrarse en el corazón de esa montaña para desafiar a Rend. Se acordó, con aún más claridad, de lo que él mismo les había hecho a esos congéneres orcos que se habían atrevido a murmurar en contra de Blackhand, al creerse a salvo entre las sombras.

Los había perseguido y había impartido justicia de un modo implacable. En una ocasión, Rend le comentó que uno de esos traidores había desaparecido. Malkorok se limitó a encogerse de hombros y Rend lo obsequió con una burlona sonrisa de aprobación. Nunca más volvieron a mencionar ese tema.

Sin embargo, ahora, las cosas eran diferentes. Aunque no tanto. Ahora, Malkorok ya no caminaba entre las sombras solo. Cuatro Kor’kron, designados específicamente por Garrosh para obedecer las órdenes del orco Blackrock como si del mismo Jefe de Guerra se tratara, lo acompañaban y se movían con gran sigilo, como si fueran unas meras sombras.

Kor’jus vivía en el Circo de las Sombras, una de las partes menos recomendables de Orgrimmar. Cabría deducir que, con ese domicilio, Kor’jus debía de estar involucrado en asuntos muy sombríos. Sin embargo, el nombre de su tienda, Tierra Oscura, no era nada siniestro sino una mera descripción de la tierra que se necesitaba para que crecieran sus champiñones. Por lo que Malkorok sabía, Kor’jus era un ciudadano respetuoso con la ley, pero el hecho de que viviera ahí facilitaba mucho la labor del orco Blackrock, ya que bastaría con un guiño y unas cuantas monedas de oro para que los posibles testigos mirasen para otro lado.

Kor’jus estaba arrodillado, cortando con un afilado cuchillo champiñones que pondría a la venta a la mañana siguiente. Cortaba esos hongos con celeridad, muy cerca de la base, y luego los metía en un saco y pasaba al siguiente. Estaba de espaldas a la puerta, que contaba con una cortina que tapaba en parte la entrada y un cartel donde podía leerse CERRADO. Aunque no podía ver quiénes habían venido a visitarlo, notó su presencia y la tensión se adueñó de él. Lentamente, se puso en pie y se giró. Entornó los ojos al ver a Malkorok y sus acompañantes en la entrada.

—¿No habéis leído el cartel? —rezongó—. No abro la tienda hasta mañana. Malkorok se percató con regocijo de que el cultivador de champiñones aferraba con fuerza su pequeño cuchillo. Como si eso fuera a servirle de algo.

—No hemos venido a comprar champiñones —contestó Malkorok, con un tono de voz muy suave. A continuación, él y los otros cuatro orcos entraron en la tienda. Uno de ellos cerró la cortina—. Sino a por ti.

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