Jaina Valiente: Mareas de Guerra – Capítulo Cinco

Jaina Valiente: Mareas de GuerraLa luz del alba, delicada pero persistente, halló su camino a través de los resquicios de las cortinas del dormitorio de Jaina. Solía despertarse a esa hora, así que parpadeó, sonrió todavía medio dormida y se estiró. Abandonó la cama, se puso en pie, se vistió con una túnica y apartó las cortinas de color azul oscuro.

Hacía una mañana radiante y se divisaban tonalidades rosas, doradas y lavandas allá donde el sol no había expulsado aún a las sombras de la noche. Abrió la ventana y respiró hondo el aire salado, que le alborotó aún más su pelo rubio que ya estaba bastante revuelto por haber estado en la cama durmiendo. El mar, siempre el mar. Era la hija del Lord Almirante y su hermano había afirmado en su día, a modo de broma, que todos los Valiente tenían agua salada en las venas. Una leve oleada de melancolía la invadió mientras pensaba en su padre y en su hermano. Permaneció ahí un momento más, recordando, y acto seguido se apartó de la ventana.

Jaina se peinó y, a continuación, se sentó delante de una mesita. Con un mero pensamiento, encendió una vela, cuya llama temblorosa contempló detenidamente. Siempre que le fuera posible, empezaba los días así; ese ritual la ayudaba a centrarse y a prepararse ante cualquier cosa que pudiera surgir…

De improviso, se le desorbitaron los ojos y, al instante, se espabiló y permaneció alerta. Estaba a punto de ocurrir algo. Recordó que la noche anterior había estado hablando con Kinndy (la gnomo debía de seguir dormida sin lugar a dudas; lo cierto es que le gustaba tanto quedarse despierta hasta altas horas de la madrugada que debería haber sido una elfa de la noche) sobre su visita a Dalaran y la intranquilidad que eso había despertado en ella.

Es que… noté que algo iba mal en Dalaran. Se podía percibir en el aire.

Jaina estaba percibiendo algo en esos momentos, como un viejo marinero es capaz de notar en sus huesos que una tormenta se avecina. Sintió una vaga sensación de presión en el pecho. Su ritual matutino tendría que esperar. Se bañó y vistió con celeridad, de modo que ya estaba en el piso de abajo, preparándose un té, cuando uno de sus consejeros de mayor confianza, el archimago Tewosh, llamó a la puerta. Al contrario que Kinndy, no tenía nada que ver, oficialmente, con el Kirin Tor. Al igual que Jaina, se sentía más a gusto siguiendo su propio camino, por lo cual ambos habían entablado una fructífera amistad mientras vivían en Theramore como un par de inconformistas.

—Lady Jaina —dijo—, hay… bueno… hay alguien que quiere verla —parecía disgustado—. No me ha dado su nombre, pero porta un salvoconducto firmado por Rhonin. Lo he comprobado y la rúbrica es realmente suya.

A continuación, le entregó el pergamino enrollado, sellado con el familiar símbolo del ojo del Kirin Tor. Jaina rompió el sello y lo leyó; reconoció al instante la caligrafía de Rhonin.

Estimada Lady Jaina:

Te pido que le brindes a este visitante toda la ayuda que necesite. Lucha por una buena causa, para combatir una amenaza terriblemente real, y necesita toda la ayuda que todos aquéllos que practicamos la magia podamos ofrecerle.

Jaina respiró hondo. ¿Qué podría estar ocurriendo para que Rhonin dijera algo así?

—Dile que pase —le ordenó a su consejero.

Tervosh, que parecía tan inquieto como Jaina, asintió y se retiró. Mientras esperaba, Jaina se sirvió una taza de té y le dio un sorbo mientras cavilaba. Un momento después, un hombre ataviado con una capa, con cuya capucha se tapaba la cabeza, entró en el salón. Vestía una ropa de viaje muy sencilla que no mostraba ninguna mancha propia de un largo viaje. Se movía con agilidad y soltura, lo cual hacia que su capa azul, confeccionada con una tela suntuosa, se moviera con fluidez alrededor de su figura. Hizo una reverencia y, a continuación, se enderezó.

—Lady Jaina —dijo con una voz muy agradable—, permíteme disculparme por presentarme tan pronto y sin avisar. Lo cierto es que habría preferido presentarme de otro modo.

Una vez dicho esto, echó hacia atrás la capucha con la que ocultaba su rostro y le brindó una sonrisa plagada de preocupación. Sus facciones combinaban lo mejor de los rasgos humanos y élficos, tenía una melena de color negro azulado que le llegaba a la altura de los hombros y sus ojos azules brillaban con determinación.

Lo reconoció de inmediato. Abrió los ojos como platos y se le cayó la taza de té al suelo.

—Oh, ha sido culpa mía —afirmó al instante Kalecgos, el antiguo Aspecto del Vuelo Azul, quien gesticuló con la mano. De repente, el té derramado desapareció y la taza se recompuso sola, reapareciendo vacía en la mano de Jaina.

—Gracias —acertó a responder Jaina, quien esbozó una sonrisa torcida—. Aunque, al presentarte así, también me has impedido poder ofrecerte una bienvenida como es debido. Al menos, permíteme que te ofrezca un té.

Kalec le devolvió la sonrisa, aunque era un tanto forzada.

—Sí, me apetece mucho, gracias. Lamento que no tengamos tiempo para actuar con la debida formalidad y cortesía, pero me alegro de verte, aunque sea en estas circunstancias.

Jaina sirvió un par de tazas de té, una para ella, otra para él, con pulso firme. Se había recuperado de la sorpresa casi al instante. Había visto a Kalecgos en la ceremonia de unión de Go’el y Aggra y le había caído muy bien inmediatamente, aunque no habían tenido tiempo de hablar demasiado. En cuanto le ofreció la taza, le dijo con toda sinceridad:

—Lord Kalecgos del Vuelo Azul, conozco perfectamente tus nobles hazañas y sé que tienes un gran corazón. Eres bienvenido en Theramore. El salvoconducto que nos has entregado indica que debo ofrecerte toda la ayuda posible y así será.

La maga se sentó en un pequeño sofá y le indicó que podía sentarse junto a ella.

Para su sorpresa aquel ser, tan poderoso y antiguo, parecía bastante… tímido.

—Para mí también es todo un honor colaborar contigo, Lady Jaina —aseveró—. A ti también te precede tu reputación… por la cual te admiro desde hace largo tiempo. Tu dominio de la magia y la solemnidad con la que ejerces tus poderes «así como los poderes más mundanos, por así llamarlos, de la diplomacia y el liderazgo» son dignos de admiración y respeto.

—Oh —replicó Jaina—. Bueno… gracias. Pero, por muy agradables que me resulten tus halagos, no creo que hayas venido desde Northrend para adularme y ser adulado.

Kalec suspiró y dio un sorbo a su té.

—Por desgracia, estás en lo cierto, Lady…

—Llámame Jaina, por favor. Cuando estoy en mi hogar, dejo los formalismos a un lado.

—Jaina. —alzó sus ojos azules donde ya no centelleaban tanto—. Tenemos un grave problema.

—¿Te refieres a tu Vuelo?

—No, no sólo a mi pueblo, sino a todos los habitantes de Azeroth.

—Dios mio, tremenda mentira —comentó Kinndy, que se hallaba en el umbral de la puerta y que parecía confusa y se mostraba un tanto recelosa—. O, al menos, debes de estar exagerando. Seguro que no a todas las personas de Azeroth les afecta ese problema que tiene ahora mismo el Vuelo Azul.

La gnomo tenía el pelo enmarañado. Jaina sospechaba que se había hecho las trenzas rápidamente sin ni siquiera haberse cepillado el pelo antes. El comentario lenguaraz de la gnomo pareció hacerle gracia a Kalecgos en vez de contrariarlo; no obstante, se volvió hacia la maga y le lanzó una mirada inquisitiva. Jaina se acordó de lo que Kinndy le había dicho en su día a Pained: que nadie la tomaba en serio. Aunque estaba segura de que el dragón Azul aprendería a hacerlo.

—Kalecgos, te presento a Kinndy Sparkshine, mi aprendiza.

—¿Cómo estás? —Preguntó la gnomo, al mismo tiempo que se servía un té—. Te he oído hablar antes con el archimago Tervosh en el pasillo. Has despertado mi curiosidad.

—Es un gran placer conocerte, aprendiza Sparkshine. Estoy seguro de que alguien a quien Jaina ha decidido acoger bajo su ala debe de ser una estudiante brillante.

Kinndy olisqueó el té y le dio un sorbo.

—Perdóname, señor —contestó—, pero con todo lo que ha sucedido recientemente, tanto yo como el resto de los magos de Dalaran… desconfiamos un poco de tu Vuelo. Ya sabes. me refiero a la guerra y al hecho de que intentaron masacrar al resto de magos. A esas cosillas.

Jaina se estremeció por dentro. Una aprendiza de veintidós años se atrevía a acusar al antiguo Aspecto de dragón Azul de, cuando menos, ser responsable de los actos de un Aspecto anterior, e incluso de ser un embustero.

—Kinndy, Kalecgos es un dragón pacífico. No es como Malygos. Es. Kalec alzó una mano y la interrumpió educadamente.

—Tiene bastante razón. Nadie sabe tan bien como yo qué le ha hecho mi gente a otros que utilizan la magia Arcana en este mundo. Era de esperar que cualquiera que. bueno, que no sea un dragón Azul reaccionase como Kinndy lo ha hecho — entonces, obsequió a la gnomo con una leve sonrisa—. Como líder del Vuelo, aunque ya no sea su Aspecto, me he visto obligado a demostrar que no todos apoyamos la Guerra de El Nexo y que, desde la muerte de Malygos, no hemos intentado controlar ni manipular a cualquier otro que utilice el poder Arcano.

—¿Acaso no era ésa la misión de tu Vuelo? —Lo interrogó Kinndy—. ¿Acaso ése no era el deber encomendado a su Aspecto? ¿Acaso no sigues desempeñando ese papel, a pesar de que ya no posees esas habilidades únicas?

La mirada de Kalecgos se tomó distante. Y, cuando habló, su voz sonó más serena y profunda, aunque seguía siendo la misma de siempre.

—La magia debe ser regulada, administrada y controlada. No obstante, también debe ser apreciada y valorada, pero no acaparada. Hay que hallar un equilibrio.

Jaina sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Incluso la normalmente animada Kinndy parecía un tanto apagada. Los ojos de Kalecgos volvieron a tomarse brillantes y alerta, mientras observaba a ambas.

—Ésas fueron las palabras que Norgannon pronunció en su día, el titán que otorgó a Malygos el poder de un Aspecto.

—Pues me estás dando la razón —afirmó Kinndy.

Jaina se dio cuenta de que Kalecgos no se iba a sentir ofendido por su aprendiza, así que decidió que lo más inteligente sería permanecer callada y dejar que ambos hablaran. Se reclinó sobre el cojín del sillón y se limitó a observar.

—Las palabras siempre pueden interpretarse de muchas formas —aseveró Kalecgos—. Malygos las interpretó de tal modo que decidió convertirse en el gran protector de la magia. Como no estaba de acuerdo con cómo los demás utilizaban la magia, decidió hacerse con toda ella y acapararla para él y su Vuelo, pues creía que únicamente ellos eran capaces de apreciarla y valorarla. Yo he elegido regular, administrar y controlar mi propia magia. Liderar a través del ejemplo. Para inspirar a los demás a apreciar y valorar la magia. Porque… si uno aprecia y valora algo de verdad, Kinndy, entonces desea administrarlo y cuidarlo de la mejor manera posible. Uno, entonces, no quiere acapararlo, sino compartirlo. Así, pienso, desempañaré mi papel de protector de la magia de este mundo. Ahora sólo soy el líder del Vuelo. Ya no soy un Aspecto. Y, créeme, ahora que desempeño este nuevo papel, estoy más que dispuesto a recibir la ayuda del Kirin Tor o de cualquier otro que esté deseando ayudarme.

Kinndy reflexionó al respecto, a la vez que mecía uno de sus pies en el aire. La cultura gnomo se basaba sobre todo en la lógica y el metódico cerebro de Kinndy era más que capaz de apreciar lo que Kalec estaba diciendo. Al final, la aprendiza asintió.

—Háblanos sobre esa cosa que va a afectar a todos los habitantes de Azeroth — le pidió. Si bien Kinndy no se iba a disculpar por su descaro, sin lugar a dudas, había dejado de desconfiar del líder de los dragones Azules.

Kalec también pareció percatarse de su cambio de actitud, por lo que decidió dirigir la respuesta a ambas mujeres.

—Supongo que conocen el artefacto conocido como el Iris de enfoque, que el Vuelo Azul ha custodiado durante mucho tiempo.

—Malygos utilizó esa herramienta para crear las agujas de flujo que desviaron las lineas mágicas de Azeroth con el fin de que fluyeran a El Nexo —apostilló Kinndy.

Jaina temía que la conclusión que estaba extrayendo fuera correcta pero, aun así, siguió albergando la esperanza de que se equivocara.

—Sí —respondió Kalec—. Así fue. Pues bien, nos han robado ese antiguo orbe recientemente.

Jaina lo miró fijamente, horrorizada, mientras Kinndy parecía hallarse a punto de vomitar. Si ellas se sentían así, no podía ni imaginarse cómo debía de sentirse Kalecgos. Al final, dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

—Gracias. por mostrarte dispuesto a pedimos ayuda —acertó a decir, a la vez que le cogía de la mano de manera impulsiva.

Kalec bajó la vista hasta la mano de Jaina y luego la alzó hacia el rostro de la maga. Acto seguido, asintió.

—No he exagerado cuando he afirmado que esto nos afecta a todos —les explicó

—. Tras hablar con Rhonin, he venido volando sin más dilación hasta aquí. Tú, jovencita —añadió, dirigiéndose a Kinndy—, eres el tercer ser que no es un dragón que sabe lo ocurrido.

—M-me siento halagada —tartamudeó Kinndy. El resentimiento que parecía albergar contra Kalec había desaparecido por completo. Ya no volvió a acusarlo de contar «mentiras», pues sabía que Kalecgos les había contado la verdad.

—¿Qué sabes sobre el robo? —preguntó Jaina, ansiosa por centrar la discusión en cuestiones más prácticas: en qué se sabía hasta el momento, qué había aún que descubrir y, con un poco de suerte, qué se podía hacer al respecto.

Kalecgos le contó todo lo que sabía de manera resumida. A cada palabra que pronunciaba, la desazón se apoderaba más y más del corazón de Jaina. ¿Cómo era posible que lo hubiera robado un enemigo desconocido capaz de derrotar a cinco dragones?

—¿Rhonin te ha podido ayudar ya en algo? —inquirió la maga, quien se sorprendió ante lo débil y desesperanzada que había sonado su voz.

Kinndy había adquirido un color amarillento, más propio de un pergamino, y llevaba un rato sin hablar.

Kalecgos movió de lado a lado la cabeza, agitando así su pelo negro azulado. — No, aún no. No obstante, he sido capaz de percibir en qué dirección viajaba la reliquia. De un modo muy tenue, eso sí, pero estaba ahí. Por eso he acabado en Kalimdor… y me he presentado ante ti, Jaina —entonces, extendió ambas manos de un modo implorante—. Soy el líder de los dragones Azules. Nosotros dominamos y comprendemos realmente la magia. Poseemos libros propios sobre la materia, mucho más antiguos de los que vosotros jamás habéis visto. Pero no poseemos vuestros recursos. No soy tan arrogante como para pensar que lo sabemos todo. Sé perfectamente que hay magos que no son dragones a los que se les han ocurrido cosas que a ningún dragón se le habrían pasado jamás por la cabeza. En ese sentido, puedes ayudarme. si lo deseas.

—Por supuesto —replicó Jaina—. Llamaré al archimago Tervosh y ya se nos ocurrirá algo.

—Pero, primero, habrá que desayunar, ¿no? —comentó Kinndy.

—Pues claro —respondió Kalecgos—. ¿Quién puede concentrarse con el estómago vacío?

Poco a poco, Jaina fue recobrando el ánimo, un poco al menos. Kalec era capaz de rastrear el artefacto perdido. Y estaba dispuesto a aceptar ayuda e incluso aparentemente la ansiaba. Tenían que creer que serían capaces de recuperarlo a tiempo. Mientras Kalecgos, Kinndy y ella misma se dirigían al comedor esperó que así fuera.

* * *

Los cinco (Jaina, Kalecgos, el archimago Tervosh, Pained y Kinndy) se pusieron manos a la obra e iniciaron la investigación. Kinndy regresó a Dalaran donde, con el beneplácito de Rhonin, tendría acceso a la biblioteca. Jaina la envidiaba.

—Recuerdo cuando ésa era mi obligación —le comentó a Kinndy, a la vez que le daba a la gnomo un breve abrazo—. No había nada en el mundo que me gustara más que rebuscar entre esos viejos libros y pergaminos por el mero placer de aprender.

Entonces, sintió una leve punzada de nostalgia; si bien la «nueva Dalaran» era hermosa, ella ya no pertenecía a ese lugar.

—Seguro que es mucho más divertido cuando el destino del mundo no depende de lo que investigas —replicó Kinndy de un modo taciturno.

Jaina tuvo que admitir que estaba en lo cierto.

Pained, que estaba al mando de la red de espionaje de Jaina, partió en cuanto le comunicaron lo que sucedía.

—Me pondré manos a la obra y recopilaré toda la información posible —les aseguró—. Mis espías son muy diligentes, pero quizá, en esta situación en concreto, no sepan qué deben buscar —miró a Kalecgos—. Por otro lado, doy por sentado que aquí vas a estar a salvo con esta… persona.

—Creo que gracias a mis propios poderes y a los de este antiguo Aspecto estaré a salvo de cualquier amenaza, Pained —replicó Jaina, quien habló con un tono de voz desprovisto de toda ironía, pues sabía que Pained se tomaba muy en serio sus obligaciones. La elfa de la noche posó fugazmente su mirada sobre Kalec y, acto seguido, volvió a mirar a Jaina.

Pained saludó y se despidió.

—Lady Jaina.

En cuanto Kinndy y Pained se marcharon para llevar a cabo las respectivas misiones que les habían encomendado, Jaina contempló a Tervosh y Kalecgos, asintió enérgicamente y dijo:

—Bueno, manos a la obra. Kalec… antes has mencionado que eras capaz de rastrear el Iris de enfoque. ¿Por qué no te has limitado a seguirlo? ¿Por qué has acudido a mí?

El antiguo Aspecto bajó la mirada, parecía un tanto descompuesto.

—Dije que había sido capaz de rastrearlo. Pero el rastro… se desvaneció poco después de que llegáramos a Kalimdor.

—¿Qué? —le espetó un irritado Tervosh—. No ha podido esfumarse sin más. —Sí puede —contestó Jaina con firmeza—. Quienquiera que haya robado esa reliquia debe de poseer un gran poder, pues ha sido capaz de enfrentarse a cinco dragones. Está claro que, en el momento del robo, no sabía lo bastante sobre el objeto como para poder esconderlo. Por eso Kalec fue capaz de rastrearlo en un principio.

—Eso mismo pensaba yo —dijo Kalecgos—. En algún momento, los ladrones fueron capaces de darse cuenta de lo que pasaba o dieron con un mago lo bastante poderoso como para ocultar sus emanaciones, su rastro. Tervosh se llevó las manos a la cara por un instante.

—Entonces, se trata de alguien… tremendamente poderoso.

—Así es —afirmó Jaina, quien alzó la barbilla un tanto desafiante, como si quisiera así retar a esas malas noticias—. Quizá cuenten con un poderoso mago, o más de uno. Pero nosotros también. No obstante, nosotros contamos con la ayuda de alguien que lo sabe todo sobre el Iris de enfoque. Será mejor que nos calmemos un poco para que Kalec nos pueda poner al día sobre esa reliquia con la mayor celeridad posible.

—¿Qué quieren saber?

—Queremos saberlo todo —contestó Jaina con suma firmeza—. No te limites sólo a lo básico. Necesitamos conocer todos los detalles. Cualquier cosa, por insignificante que parezca, podría ser de gran ayuda. Tervosh y yo debemos saber todo lo que tú sabes.

Kalecgos sonrió pesaroso.

—Eso me llevará un buen rato.

Y así fue. Estuvo hablando hasta que llegó la hora del almuerzo. Entonces, pararon brevemente para comer. Después, siguió con sus explicaciones hasta la cena, tras la cual prosiguió hablando. Habló tanto que pudieron comprobar que, si un dragón habla mucho, también acaba con la voz afectada. Se fue haciendo tarde y, al final, esa primera noche, los tres se retiraron agotados a sus respectivos dormitorios, pues se les cerraban los párpados. Jaina no sabía cómo habían dormido los demás, pero ella tuvo pesadillas.

Se despertó a la mañana siguiente sintiéndose aturdida y cansada. Su habitual ritual matutino no le hizo recuperar fuerzas como solía ser habitual; además, el cielo estaba cubierto de nubes y amenazaba tormenta. Una oleada de tristeza la invadió y suspiró. Como no quería seguir observando ese día gris, cerró la cortina y bajó al piso inferior.

Kalecgos la saludó con una afectuosa sonrisa en cuanto la vio entrar en esa pequeña estancia, pero ésta se borró de su rostro al percatarse de que Jaina estaba pálida.

—¿No has dormido bien?

La maga hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No. ¿Y tú?

—Yo he dormido bastante bien. Aunque mi sueño se ha visto agitado por alguna pesadilla que otra. Pero creo que eso ha sido culpa de tu cocinero. Pese a que la cena fue deliciosa, tengo claro que se le debió de colar algún trozo de patata poco hecha.

A pesar de que se hallaban viviendo una situación de crisis extrema, Jaina se rió levemente.

—Entonces, te animo a que, a partir de ahora, conjures todas nuestras comidas, ¡así no volverás a quejarte! —exclamó, lanzándole así un reproche a modo de broma.

Kalec fingió hallarse horrorizado. Entonces, sus miradas se cruzaron y ambos recobraron la compostura.

—No parece que… bromear sea lo más adecuado en estos momentos —aseveró Jaina, lanzando un suspiro. A continuación, preparó el té; lo midió con suma precisión, como siempre hacía, y puso la tetera a calentar.

—Quizá no parezca lo más adecuado —admitió Kalec, a la vez que se servía unos huevos, una salchicha de jabalí y unas gachas calientes, a pesar de que unos instantes antes había hecho comentarios despectivos a la vez que jocosos sobre la escasa habilidad del cocinero—. Pero no es del todo malo.

—Sin lugar a dudas, hay situaciones en que el humor es de lo más inapropiado — replicó Jaina, mientras se servía su plato y se sentaba junto a Kalec.

—A veces sí —contestó el dragón, al mismo tiempo que le clavaba el tenedor a la salchicha—. Pero la alegría nunca es algo inapropiado. Me refiero a la de verdad. A esa liviandad en el alma que hace las cargas pesadas más soportables —entonces, la miró de soslayo al mismo tiempo que masticaba y tragaba—. He de confesar que no les he contado a Kinndy y a ti todo lo que Norgannon «me dijo»… quizá ésa no sea la expresión adecuada, «me reveló» sería más precisa.

La tetera pitó. Jaina se levantó para apartarla del fuego y sirvió un par de tazas de té, una para cada uno.

—¿Ah, sí? ¿Por qué no?

—Porque la señorita Kinndy no parecía hallarse en el estado mental idóneo como para aceptarlo como era debido.

La maga le dio una taza de té y se volvió a sentar.

—¿Y y°?

El dragón adoptó un gesto extraño.

—Tal vez.

—Entonces, cuéntamelo.

Cerró los ojos y, una vez más, su tono de voz cambió, se volvió más grave, se convirtió en… otra voz.

—Me dijo: «Creo que descubrirás que el don que te he concedido no es sólo un tremendo deber, que lo es, ¡sino también una bendición! Cumple con tu deber. con júbilo y alegría».

Jaina sintió una extraña punzada en el corazón al escuchar esas palabras. Entonces, se percató de que había permanecido callada, contemplando fijamente los ojos de Kalec durante varios segundos, hasta que él arqueó una de sus cejas azules, invitándola así a darle una respuesta. La maga bajó la vista y la posó sobre su cuenco, a la vez que removía las gachas.

—Antes, le he… le he dicho a Kinndy la verdad. En su época, disfrutaba estudiando —afirmó, tartamudeando levemente—. La verdad es que me encantaba. Dataran me encantaba —una sonrisa se dibujó en su semblante al recordar esos tiempos—. Recuerdo que. canturreaba mientras hacía mis deberes —añadió, riéndose al mismo tiempo que se ruborizaba por culpa de la vergüenza que la embargaba—. Recuerdo con alegría los aromas, la luz del sol y la tremenda diversión que me proporcionaba aprender conjuros, practicarlos y dominarlos, tumbarme en el suelo con un poco de queso, unas manzanas y unos pergaminos.

—Eras feliz —dijo Kalec en voz baja.

Supuso que estaba en lo cierto. Bucear en sus recuerdos era una labor muy grata. Pero, entonces, un recuerdo destacó por encima de los demás. uno donde, en uno de esos días gozosos, se le había acercado primero Kael’thas y después. Arthas. Su sonrisa se esfumó.

—¿Qué sucedió? —inquirió Kalec con suma delicadeza—. ¿Acaso el sol se ocultó tras las nubes?

Jaina apretó los labios con fuerza.

—Bueno… todos tenemos nuestros fantasmas del pasado. Quizá incluso los dragones también.

—Ah —dijo el antiguo Aspecto, observándola con compasión—. Estás pensando en los seres queridos que has perdido. —La maga se obligó a seguir comiendo más gachas, a pesar de que ese desayuno que normalmente le resultaba tan sabroso ahora le estaba sabiendo a rayos—. Tal vez. ¿en Arthas?

Jaina tragó saliva con dificultad y, al instante, intentó cambiar de tema. Pero Kalec insistió:

—Todos tenemos fantasmas que plagan nuestro pasado, Jaina. Incluso los dragones, incluso los Aspectos. La pena que sentía por culpa de esos fantasmas estuvo a punto de destruir a Alexstrasza, la gran Protectora.

—A Korialstrasz. —replicó la maga—. A Krasus lo vi muchas veces cuando se encontraba en Dalaran, pero nunca llegué a conocerlo de verdad. No sé cómo era ni quién era realmente.

—Casi nadie llegó a conocerlo. Korialstrasz dio su vida para salvamos a todos, a pesar de que, en un principio, creímos que era un traidor.

—¿Incluso Alexstrasza y tú?

—Si bien no queríamos creerlo, nos asaltaron las dudas —admitió Kalec de un modo reticente—. Yo también tengo mis propios fantasmas del pasado, Jaina. Uno de ellos es una muchacha humana —añadió, asintiendo levemente con la cabeza—. Tenía el pelo rubio y un gran corazón. Aunque era… mucho más que una mera muchacha. Era un ser muy hermoso y profundo que poseía un poder indescriptible, un poder tamizado por la compasión y el amor gracias a que durante una época fue una mera joven humana.

Jaina no se atrevió a mirarlo a los ojos. Sabía de quién hablaba; de Anveena, la mujer en la que se encarnó la Fuente del Sol. La muchacha que no era en verdad una muchacha había sacrificado su forma humana para adoptar su forma verdadera y, de ese modo, había sacrificado su vida.

—El otro es una dragona, tan bella como el hielo y la luz del sol, que iba a ser mi pareja —en ese instante, pareció recordar que Jaina se hallaba ahí presente y esbozó una fugaz sonrisa—. No creo que hubieras podido llevarte muy bien con ella. Nunca entendió mi interés por, eh.

—¿Las razas inferiores?

—Yo nunca me atrevería a llamaros tal cosa —respondió Kalec. Por primera vez, Jaina atisbó una leve chispa de furia en el dragón Azul—. Todo aquél que no es un dragón no es un ser inferior. A Tirygosa le costó mucho entenderlo. Simplemente… sois diferentes. Y quizá, en cierto sentido, mejores que nosotros.

Jaina alzó sus rubias cejas.

—¿Cómo es posible que seas capaz de afirmar algo así?

Kalec sonrió.

—A ti sólo te hicieron falta un poco de queso, unas manzanas y unos libros para conocer la verdadera felicidad cuando todavía no habías iniciado la segunda década de tu existencia —contestó—. Para mí, eso te hace ser un ser… extraordinario.

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