Reconozco esa capa sucia —dijo la imagen del príncipe Anduin Wrynn, sonriendo abiertamente. Lady Jaina Valiente le devolvió la sonrisa. Ella y su «sobrino», que estaban unidos por el afecto y no por un vínculo de sangre, estaban conversando a través de un espejo encantado que Jaina guardaba cuidadosamente escondido tras una estantería repleta de libros. Cuando uno recitaba el conjuro adecuado, el reflejo de cada habitación se desvanecía en ese momento y lo que había sido hasta entonces un mero espejo se convertía en una ventana. Se trataba de una variación del hechizo que permitía a los magos transportarse a sí mismos o a otros de un sitio a otro.
En una ocasión, Anduin se había presentado inesperadamente en el hogar de Jaina cuando ésta regresaba de una de sus visitas secretas a Thrall, quien era por aquel entonces el Jefe de Guerra. Como el príncipe era un zagal muy listo, había descubierto el secreto de Jaina que ahora ambos compartían.
—Nunca he podido engañarte —afirmó Jaina—. ¿Cómo te va con los draenei? En realidad, la maga podía adivinar gran parte de lo que iba a contarle sin necesidad de escuchar la respuesta. Anduin había crecido y no sólo en el plano físico. Incluso a través del espejo, que mostraba su imagen bañada en unas tonalidades azules, podía ver que su mandíbula se había vuelto más prominente y su mirada, más serena y sabia.
—Esto está siendo realmente asombroso, tía Jaina —respondió—. Suceden tantas cosas en el mundo que me gustaría poder participar de forma activa en él ya mismo, pero sé que tengo que quedarme aquí. Casi todos los días, aprendo algo nuevo. No poder ayudar es algo que me mata, pero…
—Otros tienen por destino hacer posible un futuro donde puedas seguir creciendo, Anduin —lo interrumpió Jaina—. Tu destino consiste precisamente en eso… en crecer fuerte y bien. Sigue estudiando. Sigue aprendiendo. Y sí, tienes razón. Ahora mismo, estás exactamente donde debes estar.
El príncipe se movió inquieto, balanceándose levemente, y de repente le dio la impresión de que volvía a ser muy niño.
—Lo sé —replicó, suspirando—. Lo sé. Es que a veces resulta muy… duro.
—Llegará el día en que añorarás esta época más sencilla y serena —aseveró Jaina.
Por un breve instante, su mente viajó a su juventud. Una época en la que disfrutaba del cariño de su padre y de su hermano, donde se sentía a salvo con su institutriz y sus tutores, donde disfrutaba aprendiendo y asumiendo los deberes de una joven dama, a pesar de que su familia era de tradición militar. Por aquel entonces, eso la contrariaba, pero ahora esos recuerdos le parecían algo tan dulce y delicado como los pétalos de una flor.
Anduin puso los ojos en blanco de un modo burlón.
—Dale recuerdos a Thrall.
—Me temo que eso no sería muy prudente —replicó Jaina, aunque sonrió al pronunciar esas palabras. A continuación, se tapó su pelo rubio al alzarse la capucha de la capa—. Cuídate y ten cuidado, Anduin. Me alegra saber que todo va bien.
—Lo haré, tía Jaina. Ten cuidado tú también.
Su imagen se desvaneció. Jaina, que intentaba atarse con firmeza la capucha, se detuvo a medias. Ten cuidado tú también. Sí, sin duda alguna, estaba madurando.
Tal y como había hecho muchas veces antes, partió sola, con sumo cuidado, tal y como le había pedido Anduin, para asegurarse de que nadie la observaba. Remó con el bote hacia el sudoeste y navegó así por las islitas de la zona conocida como la cala Furiamarea. Aparte del ocasional pinzador que graznó colérico a su paso, esas vías fluviales permanecían serenas y tranquilas.
Jaina se detuvo en el lugar de encuentro y se sorprendió al comprobar que Thrall aún no se encontraba ahí. Se sintió ligeramente intranquila. Habían cambiado tanto las cosas. El orco le había cedido el liderazgo de la Horda a Garrosh. El mundo se había resquebrajado como un huevo al romperse y nunca volvería a ser el mismo. Y un gran mal, alimentado por las llamas del odio y la locura, había causado estragos a lo largo y ancho de Azeroth hasta que, por fin, había sido derrotado.
El viento cambió de dirección y acaricio su rostro, a la vez que empujaba su capucha hacia atrás, a pesar de que la había atado con fuerza bajo su mentón. Su capa ondeaba tras su esbelta figura y, de improviso, Jaina sonrió. Soplaba un viento cálido que traía consigo el aroma de flores de manzano. Antes de que pudiera darse cuenta de qué ocurría, el viento la había elevado y sacado de su bote como si fuera una mano gigantesca y delicada. No se resistió, pues sabía que se hallaba totalmente a salvo. El viento la sostuvo en el aire y la dejó sobre la orilla con la misma delicadeza de la que había hecho gala al alzarla. Ni una sola gota de esa agua embarrada había rozado siquiera la punta de sus botas.
En ese instante, el orco abandonó la roca tras la cual se había escondido y Jaina se percató de que todavía no se había acostumbrado a su nuevo aspecto. En vez de una armadura, Thrall, hijo de Durotan, vestía con una túnica muy sencilla. Llevaba en el cuello un amuleto religioso rojo. Su enorme cabeza y su pelo negro estaban tapados por una austera capucha. Por entre los resquicios de la túnica se podía entrever parte de su fuerte pecho verde y, además, llevaba los brazos al aire. Ahora era un chamán y no un Jefe de Guerra. El único elemento de su estampa que le resultaba a Jaina familiar era el Doomhammer, que Thrall llevaba atado a la espalda.
El orco extendió ambos brazos y Jaina lo cogió de las manos.
—Lady Valiente —dijo, dándole la bienvenida con sus afectuosos ojos azules—. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos.
—Mucho, en efecto, Thrall —admitió—. Tal vez demasiado.
—Ahora me llamo Go’el —le recordó con sumo tacto.
Esto contrarió un poco a la maga, que asintió.
—Discúlpame. Te llamaré Go’el, entonces. —En ese instante, miró a su alrededor
—. ¿Dónde está Eitrigg?
—Con el Jefe de Guerra —contestó Go’el—. Aunque ahora soy el líder del Anillo de la Tierra, sólo soy un humilde siervo. No me considero por encima de ningún otro de sus miembros.
Una leve sonrisa irónica se atisbó en el semblante de Jaina.
—Muchos te consideran mucho más que un mero chamán —afirmó—. Yo entre ellos. ¿O acaso esas historias que cuentan acerca que te aliaste con los cuatros Aspectos de Dragón y los ayudaste a derrotar a Deathwing sólo son meros cuentos?
—Para este humilde siervo, fue todo un honor ayudarlos —respondió Go’el. Si cualquier otro hubiera pronunciado esas palabras, habrían sido una mera muestra de educación y falsa humildad, pero Jaina sabía que lo decía en serio—. Me limité a asumir el papel de Guardián de la Tierra. Todos aunamos esfuerzos… los dragones y los valientes representantes de todas las razas del mundo. El mérito de haber matado a ese gran monstruo debo compartirlo con mucha gente.
La humana clavó su mirada en los ojos del orco.
—Entonces, estás contento con todas las decisiones que has tomado.
—Lo estoy —aseveró—. Si no me hubiera marchado para unirme al Anillo de la Tierra, no habría estado preparado para llevar a cabo la tarea que tenía encomendada.
Jaina pensó entonces en Anduin, que había tenido que alejarse de su familia y seres queridos para poder educarse y formarse.
Suceden tantas cosas en el mundo que me gustaría poder participar de forma activa en él ya mismo, pero sé que tengo que quedarme aquí. Casi todos los días, aprendo algo nuevo. Y ella le había respondido que ahora estaba justo donde tenía que estar.
Y ahora Go’el estaba diciendo lo mismo. Se hallaba de acuerdo en parte con él. ¡Sin lugar a dudas, el mundo estaba mucho mejor sin los estragos ni el terror provocados por Deathwing y el Culto Crepuscular! Pero, aun así.
—Por todo hay que pagar un precio, Go’el —afirmó—. Tú tuviste que pagar un alto precio para adquirir tus conocimientos y habilidades. Por otro lado, el. orco que dejaste ocupando tu antiguo puesto ha hecho mucho daño en tu ausencia. ¡Y, si yo me he enterado de lo que está ocurriendo en Orgrimmar y Vallefresno, seguro que tú también!
El semblante del orco, que hasta entonces se había mostrado profundamente sereno, ahora parecía hallarse dominado por la inquietud.
—Por supuesto que sé qué sucede.
—¿Y. no vas a hacer nada?
—He escogido otro camino —respondió Go’el—. Y ya has visto los resultados que he obtenido al seguirlo. Una amenaza que…
—Lo sé, Go’el, pero esa misión ya ha concluido. Garrosh intenta alimentar las tensiones entre la Alianza y la Horda. unas tensiones que no existían hasta que él las provocó. Puedo entender que no quieras desautorizarlo en público, pero. tú y yo podríamos sumar esfuerzos. Podríamos convocar una cumbre. Podríamos pedirle a Baine que se sume a nosotros; sé que no comulga con las ideas de Garrosh. Yo podría hablar con Varian. Últimamente, parece más dispuesto a escuchar. Todo el mundo te conoce y respeta, incluso en la Alianza, Go’el. Te has ganado ese respeto con tus actos. Garrosh, sin embargo, sólo se ha ganado la desconfianza y el odio.
Entonces, la humana señaló su capa, que el orco había hecho hincharse con el viento que había enviado para traerla a la orilla.
—Como chamán que eres, eres capaz de controlar los vientos. Pero los vientos de la guerra soplan con fuerza y, si no detenemos a Garrosh ahora, muchos inocentes pagarán muy caro nuestros titubeos.
—Sé qué ha hecho Garrosh —replicó Go’el—. Pero también sé qué ha hecho la Alianza. Y sí, los inocentes sufren, pero no puedes echarle la culpa de las actuales tensiones únicamente a Garrosh. La Horda no ha iniciado todos los ataques. Me da la impresión de que la Alianza no se está esforzando precisamente a la hora de mantener la paz.
Pese a que seguía hablando con serenidad, su tono de voz estaba teñido de preocupación. Jaina esbozó una mueca de contrariedad, no por el tono de voz que había empleado, sino por la verdad que encerraban aquellas palabras.
—Lo sé —afirmó con rotundidad, al mismo tiempo que, desalentada, se dejaba caer sobre una roca que sobresalía del suelo—. Hay veces en que tengo la sensación de que mis palabras caen en saco roto. El único que parece realmente interesado en forjar una paz duradera es Anduin Wrynn… pero sólo tiene catorce años.
—No es tan niño como para no preocuparse por lo que sucede en este mundo.
—Pero sí lo es para poder hacer algo al respecto —contestó Jaina—. Me siento como si tuviera que avanzar con gran esfuerzo por el lodo para lograr que simplemente me oigan, pues que me escuchen de verdad es una auténtica quimera. Resulta. muy difícil conseguir unos resultados sólidos y reales por la vía diplomática cuando la otra parte ya no atiende a razones. Me siento como un cuervo que grazna solo en el campo. Me pregunto si no estoy malgastando aliento.
A ella misma la sorprendió la franqueza y hartazgo que trasmitían sus palabras. ¿Por qué se había expresado de esa forma? Jaina se dio cuenta de que ya no tenía a nadie con quien hablar ni a quien expresar sus dudas. Anduin la admiraba y la tomaba como ejemplo, por lo que no podía contarle lo muy descorazonada que se sentía a veces. Por otro lado, Varian y los demás líderes de la Alianza (en su mayoría) se mostraban siempre contrarios a todos sus argumentos. Sólo Thrall (Go’el) parecía entenderla, pero incluso él, en esos momentos, parecía negarse a aceptar que su decisión de haber escogido a Garrosh como Jefe de Guerra de la Horda podría llegar a tener funestas consecuencias.
Jaina bajó la mirada y contempló sus manos. Las palabras manaron de su boca sin ninguna cortapisa.
—El mundo ha cambiado tanto, Go’el. Todo ha cambiado. Todo el mundo ha cambiado.
—Todo el mundo y todas las cosas cambian, Jaina —afirmó Go’el con suma calma—. Todo evoluciona, así es la naturaleza de las cosas, que se convierten en algo que antes no eran. La semilla se transforma en árbol, los brotes en fruta, el…
—Ya lo sé —le espetó Jaina—. Pero ¿sabes qué es lo que nunca cambia? El odio. El odio y el ansia de poder. Cuando a la gente se le ocurre una idea, o un plan que la beneficia, se aferra a ella y sigue adelante obstinadamente. Es incapaz de ver lo que tiene delante si eso supone un obstáculo que le impide alcanzar sus deseos. La razón y la justicia ya no parecen efectivas contra esos impulsos.
Go’el arqueó una ceja.
—Quizá tengas razón —replicó de manera evasiva—. Pero todos debemos elegir nuestro propio camino. Aunque tal vez haya otra cosa en la que deberías centrar tus esfuerzos.
La humana lo observó estupefacta.
—Este mundo está hecho pedazos. ¿De verdad no crees que debería impedir que sus habitantes se despedacen entre ellos? No puedo dar la espalda a lo que sucede en el mundo.
Jaina calló por un momento y luego añadió: —Cómo has hecho tú.
No estaba siendo justa. Go’el no había permanecido ocioso. En realidad, había estado haciendo muchas cosas por el bien de Azeroth, pero aun así… Había sido un comentario mezquino, pero no había podido evitarlo, pues se sentía como si la hubiera dejado en la estacada. Entonces, se abrigó con su capa manchada y se percató de que, con ese gesto, estaba adoptando una postura que demostraba que estaba a la defensiva. Suspiró y dejó deliberadamente que sus tensos hombros se hundieran. Go’el se sentó tranquilamente junto a ella sobre aquella roca.
—Debes hacer lo que crees que es mejor, Jaina —le aconsejó. Un tenue viento agitó las trenzas de su barba, mientras seguía hablando con la mirada pérdida—. No puedo decirte qué es lo mejor o no ya que, si no, estaría actuando como esas otras personas con las que te sientes tan frustrada.
Tenía razón. En otros tiempos, Jaina había sabido discernir fácilmente qué era lo mejor que podía hacer en una situación en concreto. Aunque fuera algo terriblemente duro de hacer. Un momento clave para ella había sido el instante en que había decidido no apoyar a su padre en su lucha contra la Horda. También lo había sido su decisión de apartarse de Arthas cuando éste instigó lo que más tarde se conocería como la Matanza de Stratholme. Pero ahora.
—Ahora reina la incertidumbre, Go’el. Más que nunca, o eso creo.
El orco asintió.
—Así es, en efecto.
La humana se volvió hacia él inquisitivamente. El orco había cambiado en más de un sentido. No era sólo por la ropa que llevaba ni por su nuevo nombre ni por su actitud, sino por.
—Bueno —dijo—, la última vez que nos vimos fue para celebrar una ocasión alegre. ¿Cómo te van las cosas con Aggra?
Los ojos azules del orco se tiñeron de afecto.
—Muy bien, la verdad —respondió—. Es todo un honor para mí que ella me acepte tal como soy.
—Creo que es más bien un honor para ella —replicó Jaina—. Háblame de esa orco. Lo cierto es que no tuve la oportunidad de hablar mucho con ella.
Go’el le lanzó una mirada inquisitiva, como si le estuviera preguntando qué era lo que quería saber. Acto seguido, se encogió levemente de hombros.
—Ella es, claro está, una Mag’har que nació y creció en Draenor. Por eso tiene la piel marrón; ella y su pueblo nunca fueron corrompidos por la sangre demoníaca. Pese a que Azeroth es un mundo nuevo para ella, lo ama apasionadamente. Es una chamán, como yo, y ha consagrado su vida por entero a sanar este mundo. Y… — añadió en voz baja— a sanarme a mí.
—¿Necesitabas. curarte? —inquirió Jaina.
—Todos lo necesitamos, aunque quizá no todos sean conscientes de ello — contestó Go’el—. Por el mero hecho de vivir, sufrimos ciertas heridas que no siempre nos dejan secuelas físicas. Tener una pareja que sea capaz de ver, de entender del todo quién es uno de verdad… oh, eso es un regalo del cielo, Jaina Valiente. Un regalo que te cura y te renueva a diario y que debe ser preservado con sumo cuidado. Es un regalo que me ha sanado… que me ha hecho entender cuál es mi propósito y mi sitio en el mundo.
Con gran delicadeza, colocó su enorme mano verde sobre el hombro de Jaina.
—Desearía que tú también disfrutaras de ese regalo y que compartieras esta visión de las cosas, mi querida amiga. Pues así podría verte feliz, tu vida sería plena y tendrías claro tu propósito.
—Tengo una vida plena. Conozco perfectamente cuál es mi propósito en esta existencia.
El orco esbozó una sonrisa enmarcada en sus colmillos.
—Como te decía, sólo tú puedes saber cuál es el camino correcto para ti. Pero puedo asegurarte una cosa: sea cual sea el viaje que emprendas, sea cual sea el destino al que te lleve tu camino será mucho más llevadero y agradable si cuentas con compañía; ése es mi caso, al menos.
Jaina pensó con cierta amargura, lo cual no era nada propio en ella, en Kael’thas Sunstrider y Arthas Menethil. Ambos habían sido tan brillantes y hermosos en su día. Ambos la habían amado. Al primero, lo había respetado y admirado; al segundo, lo había amado con todo su corazón. Ambos habían caído en desgracia tras ser tentados por tenebrosos poderes que se aprovecharon de sus debilidades. Entonces, sonrió a pesar de sentirse muy triste.
—No creo que sea muy sabia a la hora de escoger a mis parejas en el sendero de la vida —aseveró. En ese instante, se obligó a dejar atrás la frustración, el pesar y la incertidumbre que la dominaban y colocó su pálida y diminuta mano sobre la del orco —. Se me da mejor escoger a mis amigos.
Después, siguieron sentados durante mucho mucho tiempo.
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1 comentario
Si pudieran poner la novela esta en opcion para descargar en pdf seria mejor.