El Cataclismo – Capítulo Veintitrés

Rhonin se despertó y se encontró tumbado en un campo de hierba. En un principio, temió que algo hubiera ido mal, pero entonces, mientras se incorporaba, vio algo muy familiar que le alegró el corazón.

Una casa. Su casa.

Había vuelto a su hogar.

Y lo más importante de todo, divisó a Jalia, la vecina que había estado cuidando de Vereesa durante su embarazo. Parecía hallarse en buen estado, ansiosa pero alegre. Rhonin intentó sin éxito calcular cuánto tiempo había pasado desde que se había desvanecido. Se preguntó qué edad tendrían los bebés ahora.

Entonces, para su horror, oyó a Vereesa gritar:

¡Jalia! ¡Ven!

Sin vacilar, se puso en pie de un salto y siguió a la mujer. Para ser mujer robusta, Jalia era muy rápida. Atravesó corriendo la puerta, justo cuando Vereesa la llamaba otra vez a voz en grito.

El mago cruzó el umbral raudo y veloz unos instantes después, con la mano alzada, por si tenía que defender a su mujer e hijos. Echó un vistazo a su alrededor, esperando que la casa estuviera siendo desvalijada o quemada, pero pudo comprobar que todo estaba en su sitio.

¿Vereesa? ¿Vereesa?

¡Rhonin! ¡Loada sea la Fuente del Sol! ¡Rhonin, estoy aquí!

Corrió hacia el dormitorio, temeroso de lo que pudiera encontrar ahí. Oyó un gemido que le puso los pelos de punta.

¡Vereesa! —Rhonin irrumpió en la habitación—. ¡Los gemelos! ¿Están…?

¡Ya vienen!

La miró fijamente, con los ojos desorbitados. Su esposa yacía en la cama y seguía estando embarazada…, aunque no por mucho tiempo.

¿Cómo…? —acertó a decir, pero Jalia lo apartó de un empujón.

¡Si no sabes cómo hacerlo, será mejor que te apartes y dejes que ella y yo nos ocupemos de esto, maestro Rhonin!

El mago sabía que más le valía no discutir. Se apoyó en la pared, dispuesto a brindar su ayuda si surgía la necesidad, pero enseguida comprobó que Vereesa y Jalia lo tenían todo bajo control.

—Ya viene el primero —anunció Vereesa.

Mientras esperaba y observaba, Rhonin pensó en todos los acontecimientos asombrosos en los que había participado recientemente. Había viajado en el tiempo, había sobrevivido a la primera llegada de la Legión Ardiente y había aportado su granito de arena en la batalla para salvar el mundo y el futuro.

Sin embargo, se dio cuenta de que nada de eso era tan milagroso como el acontecimiento en el que estaba participando ahora mismo…, y por eso agradeció que tanto los demás como él hubieran triunfado.

En ese pasado remoto, Jarod Cantosombrío presidía una reunión mucho más complicada que la que se había celebrado en la isla. Aquellos que representaban ahora a los líderes de la hueste (y también a sus aliados) permanecían atentos para oír la sentencia.

Los soldados empujaban a aquel que estaba siendo juzgado, quien llevaba la boca amordazada con un trozo de tela y las manos atadas a la espalda con unos grilletes de metal, con el fin de evitar que pudiera gesticular con ellas. Unos hechizos invisibles elaborados por Malfurion y otros garantizaban que no se repetiría algo similar al terrible incidente del lago.

Cuando se halló en el centro del círculo que habían formado sus acusadores, Illidan miró detenida y arrogantemente, con sus monstruosos ojos tapados por una venda, a la figura que tenía ante sí. Uno de los soldados le quitó la mordaza con suma cautela.

—Illidan Tempestira —dijo Jarod, con un tono que no recordaba en nada al mero capitán del Cuerpo de Centinelas que había sido antaño—. En muchas ocasiones has luchado valientemente junto a otros para combatir el mal que se cernía sobre nuestro mundo, pero tristemente, en muchas otras ocasiones, has demostrado ser un peligro para tu propio pueblo.

¿Un peligro? ¡Pero si yo soy el único que ve la verdad! ¡Obré así para garantizamos un futuro! ¡Estaba salvando a nuestra raza!

Estaba…

—Atacaste a aquellos que se mostraron en desacuerdo contigo, asesinaste a muchos de ellos… ¡y recreaste algo que debería haber quedado olvidado!

Illidan les espetó:

¡Cuando regresen los demonios, todos acudirán a mí con sus plegarias como si fuera un dios! ¡Sé cómo piensan! ¡Sé cómo actúan! ¡La próxima vez, no serán expulsados de este plano! ¡Tendrán que luchar contra ellos como ellos luchan! Y solo yo poseo ese conocimiento…

—Estamos mejor sin tal conocimiento. —Jarod miró a su alrededor, como si buscara a alguien. Como, al parecer, no dio con esa persona, el líder de los elfos de la noche suspiró y continuó—: ¡Illidan Tempestira, como esta responsabilidad recae sobre mí por entero, solo se me ocurre una cosa que hacer contigo! Aunque esto me duele, por la presente, sentencio que debes ser ejecutado…

—Qué original —comentó socarronamente el hechicero.

—Debes de ser ejecutado de una manera…

—Jarod…, perdóname por llegar tarde —le interrumpió una figura situada detrás de Illidan—. ¿Aún puedo hablar?

El elfo de la noche ataviado con una armadura asintió; prácticamente, daba la impresión de que se sentía agradecido por esa interrupción.

—En este asunto, tienes tanto que decir como yo.

Malfurion rodeó a su hermano. El hechicero lo siguió con la mirada mientras el druida se colocaba entre el comandante y él.

—Lo siento, Illidan.

¡Ja!

¿Qué es lo que quieres decir, maestro Malfurion? —inquirió Jarod con un tono apremiante.

—Que hay cierta verdad en lo que mi hermano dice sobre la Legión Ardiente, Jarod. Quizá vuelva.

¿Y crees que eso es razón suficiente para que olvidemos sus crímenes y el peligro que representa?

El druida sacudió la cabeza, que ahora tenía coronada por una cornamenta.

—No.

Miró a su gemelo, a esa otra mitad de él mismo, y, acto seguido, lanzó una mirada fugaz a Tyrande, quien se hallaba en el borde del círculo con Maiev y Shandris. Ella lo había apoyado en todo momento durante ese calvario que suponía para él tener que hacer lo que había que hacer. Aunque la Suma Sacerdotisa apoyaba su decisión, eso no menguaba su dolor.

—No, Jarod —repitió Malfurion, armándose de valor—. No. Quiero que lo encarceles…, aunque eso suponga que permanezca encarcelado diez mil años… si es necesario…

Mientras el resto de los ahí reunidos irrumpía súbitamente en unos murmullos plagados de estupefacción, Malfurion cerró los ojos e intentó serenarse. Gracias a lo que sabía sobre Krasus y Rhonin, albergaba ciertas sospechas sobre qué podía deparar el futuro. El druida esperaba haber tomado la decisión adecuada.

Pero eso solo el futuro lo diría…

Y, por último…

Thrall no había sabido nada de los dos orcos que había enviado a las montañas a investigar la visión del chamán. Tal vez siguieran llevando a cabo su misión, pero el líder orco sospechaba que la verdad era mucho peor. A ningún buen gobernante, ni siquiera a uno de su raza, le gustaba enviar a unos guerreros leales a una muerte segura para nada.

La noche había caído hacía mucho y la mayoría de sus súbditos estaban profundamente dormidos. Solo él y los guardias apostados fuera seguían despiertos. Aunque Thrall debería haber estado durmiendo, desde la marcha de Brox y Gaskal, la preocupación que despertaba en él esa misión tan inquietante había ido en aumento día tras día.

Las antorchas titilaron, proyectando unas sombras que se movían como si estuvieran vivas. Thrall no les hizo caso hasta que, de improviso, se percató de que una que se hallaba junto a la puerta poseía una cierta solidez.

Al instante, el orco se levantó de un salto de su trono de piedra.

¿Quién se atreve?

Pero en vez de toparse con un asesino (siempre había muchos dispuestos a matarlo), se topó con un orco cubierto de arrugas que vestía unas pieles de lobo y portaba un tótem con una cabeza de dragón tallada en él. El anciano se acercó lentamente, arrastrando los pies.

¡Saludos, Thrall! —exclamó el viejo con una voz extrañamente fuerte—. ¡Saludos, salvador de los orcos!

¿Quién eres? ¡Tú no eres Kalthar! —replicó Thrall, refiriéndose a su chamán.

—Soy quien trae una noticia…, una noticia sobre un guerrero valiente llamado Broxigar.

¿Brox? ¿Qué ha sido de él? ¡Habla!

—El guerrero ha muerto…, ¡pero envió al reino de la muerte a duchos enemigos antes de partir para allá! ¡Ha luchado de nuevo contra la Legión y ha acabado con tantos demonios que se tardaría Un día entero solo en contarlos de uno en uno!

¿La Legión? —Los peores temores del orco se confirmaban—. ¿Dónde? ¡Dímelo para que pueda reunir a nuestros guerreros para combatirla!

El vetusto orco al que apenas le quedaba pelo negó con la cabeza y, acto seguido, le mostró a Thrall una amplia sonrisa en la que no había ningún diente.

¡Ya no hay más demonios! ¡Broxigar y aquellos que lucharon junto a él han derrotado a la Legión! ¡Fue tu guerrero el que defendió el paso de nuevo, a pesar de que tuvo que enfrentarse al amo de los demonios! —El anciano agachó la cabeza de un modo respetuoso—. Canten canciones sobre él, gran Thrall, ya que ha sido uno de los que han salvado el mundo para ustedes…

Durante un rato, el orco más joven permaneció callado. Entonces, dijo:

— ¿Es eso cierto? ¿Todo?

—Sí…, y traigo esto, lo único que hace falta para honrar a este héroe.

A pesar de su aparente fragilidad, el chamán le mostró una enorme hacha de doble filo que sostenía en las manos. Thrall parpadeó, pues de algún modo no había reparado en ella antes.

—Nunca había visto nada igual.

—Es un arma que fue forjada por el primer druida, fraguada a partir de la magia de un espíritu del bosque. Confeccionada para ser empuñada por Brox.

—La colocaré en un lugar destacado —susurró Thrall, quien la cogió con delicadeza de manos de la figura encorvada. La contempló con admiración. Era ligera como una pluma y, por su aspecto, parecía estar hecha de madera de arriba abajo (incluso las hojas), pero era un hacha muy eficaz, sin duda—. ¿Cómo es posible que tú tengas esta…?

El chamán no respondió… porque ya no se hallaba ahí.

Thrall lanzó un gruñido y corrió hacia la entrada. De forma puramente instintiva, aferró el hacha con fuerza, pues de repente pensó que todo podría formar parte de un intrincado plan para asesinarlo.

Entonces, se dirigió a los dos guardias apostados fuera de la estancia que hacía las veces de sala del trono.

¿Dónde está? ¿Dónde se ha metido ese viejo?

¡Por aquí no ha pasado nadie! —contestó rápidamente el guardia de mayor rango.

Tras lanzar un gruñido de frustración, Thrall les dio un empujón para que se apartaran. Salió raudo y veloz a la calle. A pesar de que la luna llena iluminaba perfectamente el entorno, el gobernante de los orcos siguió sin verlo.

Hasta que se le ocurrió alzar la vista hacia la luna.

En ella, surcando la noche, vio una colosal silueta alada.

Un dragón rojo.

Krasus/Korialstrasz viró en dirección hacia la guarida de su vuelo. Rhonin había vuelto con Vereesa y, gracias al dragón, el legado del valiente Brox había acabado en manos de los orcos.

Ahora le tocaba a él regresar al fin a casa… y ser testigo de lo que el futuro le depararía.

– FIN –

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