El Cataclismo – Capítulo Veintidós

Illidan desmontó y, con sus cuencas vacías cubiertas por una venda, escrutó el denso bosque en busca de alguna amenaza. Aunque si hubiera habido alguna, no albergaba ninguna duda de que habría sido capaz de lidiar con ella, por supuesto. El Pozo tal vez hubiera desaparecido, pero había aprendido bastante de Rhonin y la Legión Ardiente como para poder compensar esa pérdida. Además, en unos pocos minutos, incluso esa consideración sería inconsecuente.

El hechicero amarró su montura a un árbol. Jarod Cantosombrío y los demás que estaban al mando de la hueste se hallaban muy ocupados discutiendo sobre asuntos tan mundanos como cómo iban a resolver el problema de la comida y el refugio, Illidan se alegraba de poder dejar esas patéticas cuestiones en manos de otros. Había venido a este lugar por una razón mucho más importante; una que creía que eclipsaba a las demás.

Pretendía salvar el alma de los elfos de la noche.

El gemelo de Malfurion había decidido que eran unos ingenuos si creían que de los demonios no regresarían algún día. Tras haber paladeado el dulce sabor de Kalimdor una vez, la Legión Ardiente estaría ansiosa por darle otro bocado. Y la próxima vez lo harían de un modo mucho más aterrador, de eso estaba seguro.

Por eso, Illidan iba a estar preparado para esa invasión inminente.

El lago prístino entenado en las profundidades de la cima del pico alto de Hyjal había sobrevivido al violento conflicto sin ser descubierto ni por los defensores ni los demonios. Una idílica isla verde yacía en el mismo centro de este. Illidan consideraba que el destino lo había escogido para ser el primero que cruzara esa masa de agua, lo cual encajaba perfectamente con lo que deseaba.

Palpó la gruesa faltriquera que llevaba. Los valiosos objetos que llevaba ahí dentro llamaban tentadoramente a Illidan. Sus cantos de sirena hacían que el hechicero tuviera claro que había tomado la decisión adecuada. Su pueblo se mostraría extremadamente agradecido con él, quien pasaría a ser uno de sus más grandes héroes; incluso más que Malfurion, tal vez.

Malfurion…, su gemelo era honrado por todos como si él solo hubiera salvado el mundo. Aunque, en general, la gente reconocía que Illidan había participado en la victoria, creían que su papel en ella había sido más bien escaso; además, muchos no entendían lo que el hechicero había intentado hacer. Corría el rumor de que había acudido a los demonios para unirse realmente a ellos y que había sido su hermano quien había salvado su alma de la condenación eterna. Nadie apreciaba los sacrificios que había hecho Illidan. Los demás consideraban que sus ojos (sus gloriosos ojos) eran el estigma con el que había sellado su supuesto pacto con el Señor de la Legión.

Si bien su perfecto hermano lo había elogiado en público, lo único que Malfurion había logrado con eso era parecer más magnánimo. Ni siquiera los cuernos que le habían brotado a su gemelo en la frente repugnaban a los melindrosos elfos de la noche. Lo habían aceptado como una señal de divinidad, como si Malfurion fuera ahora uno de esos semidioses…, los mismos semidioses que habían perecido tan fácilmente en batalla mientras que Illidan había sobrevivido y crecido en poder.

Pero todo va a cambiar, se dijo a sí mismo, y no por primera vez. Verán lo que he hecho… y me darán las gracias mil veces.

Con un gesto de impaciencia en la cara, el hechicero abrió la faltriquera y sacó un frasco idéntico al que Tyrande le había visto utilizar con anterioridad. De hecho, no solo el frasco era el mismo, sino que también lo era su contenido.

El Pozo de la Eternidad tal vez hubiera desaparecido, pero Illidan Tempestira aún poseía un pequeño fragmento de él.

¡Funcionará! ¡Sé que funcionará!

Él mismo había percibido el asombroso poder del Pozo; además, incluso una cantidad tan pequeña sería muy potente.

El tapón que tenía la forma de la reina Azshara danzó una vez más ante él antes de saltar. Tras dejar que el tapón cayera sobre la hierba, el elfo de la noche sostuvo el frasco abierto sobre el lago.

A continuación, vertió su contenido en el agua.

El lago brilló allá donde las gotas del Pozo lo acariciaron. Esas aguas, que eran de un azul plácido, refulgieron súbitamente de forma muy intensa allá donde las gotas habían caído. El cambio se extendió rápidamente; primero atravesando la isla y después rodeándola. En cuestión de segundos, el lago entero había adquirido una viva tonalidad azul celeste que solo podía ser de índole mágica.

Para Illidan, gracias a sus sentidos aumentados, el espectáculo era aún más impresionante. Aunque había esperado que acabara siendo una réplica del pozo, este fenómeno era fascinante por sí mismo. Aun así…, podía ser todavía mucho más.

Metió la mano en la faltriquera y sacó un segundo frasquito.

Esta vez, el hechicero se limitó a arrancar el tapón y arrojar el contenido al lago. Mientras hacía esto, el azul se volvió aún más intenso. Unos tentáculos de energía pura danzaron en su superficie e Illidan percibió un maravilloso fulgor que no había experimentado desde que el Pozo había sido destruido.

Presa del deseo, separó los labios ligeramente. Quería lanzarse al agua, pero logró contenerse. Metió la mano de nuevo en la faltriquera. ¿Qué reacción provocaría ese tercer frasco?

Quitó el tapón y derramó su contenido.

—Por la Madre Luna, ¿qué estás haciendo aquí?

Illidan había estado tan absorto en lo que hacía que no se había dado cuenta de que alguien se aproximaba. Se giró, con el último frasquito aún en la mano, y se topó con un grupo de jinetes a lomos de sus monturas, encabezado por Jarod Cantosombrío.

—Capitán… —dijo el hechicero.

Uno de los Altonato clavó su mirada en lo que había más allá de Illidan.

¡Le ha hecho algo al lago! Ahora se… —El sobrecogimiento se apoderó del rostro del hechicero—. Ahora se parece al Pozo…

¡Que Elune nos proteja! —exclamó un noble situado junto a Jarod—. ¡Lo ha resucitado!

El comandante desmontó.

¡Illidan Tempestira! ¡Detén esto inmediatamente! Si no fuera por tu hermano, te…

—Mi hermano… —Una furia nacida de la arrogancia lo dominó, potenciada por su cercanía al lago encantado. Una vez más, un gran poder lo recorría por entero. Era capaz de cualquier cosa…—. Siempre a vueltas con mi querido hermano…

Los demás desmontaron y siguieron a Jarod Cantosombrío. Illidan se tensó al ver el recelo dibujado en sus semblantes. ¡Querían mantenerlo alejado del poder del lago! Contempló a los Altonato, quienes seguramente intentarían arrebatárselo para quedárselo ellos…

—No…

Uno de los nobles vaciló.

¡Por Elune! Pero ¿qué clase de ojos tiene para que brillen de esa manera bajo esa venda?

Illidan fulminó con la mirada a los Altonato.

Su líder alzó una mano para defenderse.

—Cuidado…

Unas llamas estallaron alrededor de los demás hechiceros, los cuales chillaron.

Jarod y los nobles cargaron contra él. Illidan contempló con desdén esa insignificante amenaza e hizo un gesto.

El suelo situado bajo sus pies explotó. Jarod salió despedido hacia atrás. El noble que encabezaba la carga, Bosque Negro, voló por los aires y se estrelló contra un árbol con un estruendoso crujido.

¡Estúpidos necios! Los…

De repente, se le hundieron los pies en el suelo. Al mirar hacia abajo, vio que unas ramas de árbol se le estaban enroscando alrededor del cuerpo, obligándole a juntar ambas piernas y pegándole los brazos al torso. A pesar de que Illidan intentó hablar, no pudo hacerlo, ya que tenía la boca llena de unas hojas que se le adhirieron a la lengua. El hechicero ni siquiera podía concentrarse, debido a que un zumbido se le había instalado en los tímpanos; era como si un millar de insectos diminutos anidaran en ellos.

Illidan profirió un grito ahogado y cayó de rodillas al suelo. A través del zumbido, pudo percibir vagamente que alguien se aproximaba. El hechicero sabía sin duda quién tenía que ser…

—Oh, Illidan. —La voz de Malfurion atravesó perfectamente el zumbido—. Illidan…, ¿por qué?

El druida contempló el lago con detenimiento, cuyo intenso color azul era una clara señal de que había sido contaminado. Ya nadie podría beber de él. Al igual que el Pozo de la Eternidad antes que él, ahora era una fuente de poder, no de vida.

—Oh, Illidan… —repitió, mirando a su gemelo ahora atado.

—Dath’Remar sigue vivo —le informó Tyrande, quien se arrodilló junto al líder Altonato—. Otro más también ha sobrevivido, pero los demás están muertos. —Se estremeció—. Se han quemado dentro de su propia piel…

Aunque Malfurion había tenido la intención de venir solo a este sitio, acompañado únicamente por los dragones y Krasus, Tyrande, al igual que el druida, había intuido de alguna manera que Illidan temaba algo. Escoltada por varias de sus sacerdotisas, había seguido a los dragones a lomos de su montura, pero habían llegado demasiado tarde.

Al igual que Malfurion.

—Lord Bosque Negro ha muerto. A los demás, creo que se les Podrá salvar —aseveró otra sacerdotisa.

—Mi hermano… sigue vivo —logró decir Maiev. Tanto ella como Shandris estaban atendiendo al inconsciente Jarod, el cual tenía hematomas por toda la cara y la armadura aún más abollada. La sangre seca cubría varias heridas que ya se estaban curando gracias a las oraciones de las sacerdotisas.

La hermana de Jarod se puso en pie, con un semblante terrible de contemplar. Hizo ademán de dirigirse hacia Illidan, al mismo tiempo que desenvainaba su arma.

¡No, Maiev! —le ordenó Tyrande.

¡Ha estado a punto de asesinar a mi hermano!

La Suma Sacerdotisa se acercó a ella.

—Pero ha fallado y tú no puedes decidir su destino. Jarod lo hará. — Entonces, miró a Malfurion—. ¿Verdad?

El gemelo de Illidan asintió con pesar.

—Está en su derecho y yo no me opondré a que lo ejerza. —El druida negó con la cabeza—. Así que, por esta razón, se quedó tan cerca de la orilla del Pozo.

—No sabía que había recogido más agua de ahí —apostilló Tyrande como si quisiera disculparse.

De repente, Malfurion tuvo una corazonada y se arrodilló cerca de su hermano. Illidan respiraba de forma regular, pero en cuanto percibió la proximidad de Malfurion, se tensó. El druida le registró la faltriquera.

—Llevaba encima cuatro frascos más, al menos… Con ellos, habría transformado el lago por entero en otro Pozo.

¿No se puede hacer nada para devolverlo a su estado original?

En ese instante, el mago encapuchado Krasus, que hasta entonces había permanecido al margen, limitándose a observar cómo se desarrollaban los acontecimientos, murmuró:

—No… Nada. Lo que se ha hecho no puede deshacerse.

Sin embargo, Alexstrasza apostilló:

—Pero sí podemos hacer algo para transformarla en una fuerza distinta. Una que no posea una naturaleza tan traicionera como la que acabó teniendo el Pozo.

Por un momento, al mago se le desorbitaron los ojos.

¡Ah! ¡Por supuesto!

Malfurion se apartó de su hermano.

¿Y eso cómo podemos hacerlo?

Los tres dragones se miraron el uno al otro y todos asintieron, mostrándose así de acuerdo. Alexstrasza se volvió de nuevo hacia los elfos de la noche.

Vamos a plantar un árbol.

¿Un árbol? —replicó el druida, quien miró a Krasus en busca de alguna explicación.

No obstante, el mago, con un semblante circunspecto, se limitó a contestar:

—No un árbol cualquiera, sino el árbol.

Con premura, prepararon una ceremonia con la que amortiguar el impacto del daño que había causado Illidan con su fechoría. Se llevaron al hechicero de ahí para evitar más problemas y la hermana de Jarod se presentó voluntaria para vigilarlo hasta que se tomara una decisión final sobre su destino. Jarod, al que habían sanado Shandris y Maiev, insistió en que, cuando llegara el momento, no tomaría solo esa decisión, sino que Malfurion también tendría mucho que decir al respecto.

Aparte de Krasus, Rhonin y los dragones, ahí solo se habían reunido elfos de la noche, puesto que lo que los Aspectos pretendían llevar a cabo ahí era un regalo para su raza, que había sufrido tanto y que temía por su futuro. Nobles, elfos Altonato y representantes de lo que antaño habían sido las castas inferiores se hallaban congregados en ese lugar. El resto de los supervivientes se apiñaban como podían allá abajo, sin poder ver el espectáculo, pero siendo conscientes de que lo que iba a ocurrir iba a marcar el curso de sus vidas.

Malfurion y el resto de los que habían sido invitados se traslada-ron a la isla situada en el centro del lago. A pesar de que el Hyjal tenía una tremenda altura, en la cima del pico reinaba una temperaba bastante cálida, aunque ahora que el lago había sido contaminado por Ja magia quizá lo fuera incluso más.

—Es muy hermoso —susurró Tyrande.

—Ojalá solo fuera eso —replicó un malhumorado Malfurion, quien seguía pensando en Illidan. Al druida se le habían ocurrido unas cuantas ideas que pensaba sugerir sobre qué hacer con su gemelo, aunque sufría al imaginárselas implementadas. No obstante, no cabía duda de que no se podía confiar ya más en Illidan. Había matado a otros elfos de la noche en un arrebato de locura; además, esa idea de que su pueblo necesitaba un nuevo Pozo para poder protegerse de algún posible ataque futuro de la Legión Ardiente no era una excusa suficiente para justificar sus atroces crímenes.

Aunque seguían siendo criaturas nocturnas, a pesar de haberse visto obligados a adaptarse a las batallas diurnas, Jarod había acordado con los dragones que se reunirían al mediodía. Alexstrasza le había explicado que era esencial para sus planes que el sol se encontrara en su cénit y el elfo de la noche no tenía ninguna intención de discutir con los gigantes al respecto.

Pese a que la isla tenía un tamaño razonable, solo estaba cubierta por una hierba muy alta. El grupo se colocó en su parte central, tal y como había pedido Alexstrasza. Los dragones ocuparon un lugar prominente cerca de lo que afirmaban que era el centro exacto de la isla, dejando un pequeño hueco abierto entre ellos.

El Aspecto de la Vida inició la ceremonia.

—Kalimdor ha sufrido mucho —aseveró con una voz potente. Mientras los que formaban parte del grupo asentían, Alexstrasza prosiguió—: Y los elfos de la noche más que nadie. Aunque tu raza no puede considerarse completamente inocente de lo que ha ocurrido, las penalidades y tribulaciones que ha tenido que soportar la han redimido.

En ese instante, unas cuantas miradas incómodas se posaron en los Altonato, pero nadie rebatió nada.

La dragona roja bajó la mano. En la palma de esta, acurrucada como un infante, se encontraba una sola semilla que recordaba a una bellota. A Malfurion le recorrió un cosquilleo al verla.

—Procede de G’Hanir, el Árbol Madre —explicó el Aspecto de la Vida.

El druida sabía que ese era el hogar de Aviana, la semidiosa muerta.

—Ga’Hanir ya no existe, pues pereció junto a su señora, pero esta semilla ha sobrevivido. A partir de ella, crecerá un nuevo árbol.

Nozdormu pisó el suelo con una pata y, con un solo movimiento, abrió un agujero perfecto para plantar la semilla, la cual Alexstrasza colocó dentro con suma delicadeza. Después, Ysera echó tierra al agujero.

El Aspecto de la Vida alzó la vista hacia el sol. Entonces, los otros dos dragones y ella agacharon la cabeza sobre la semilla enterrada.

—Mientras este árbol siga en pie, yo daré Fuerza y una Vida Sana a los elfos de la noche —proclamó Alexstrasza.

De ella surgió un suave fulgor rojo que fluyó hasta el montoncito de tierra. Al mismo tiempo, la luz solar que lo iluminaba se tomó más intensa, extendiéndose por el lago en todas direcciones. Si bien algunos de los elfos de la noche se estremecieron, la mayoría permaneció en silencio.

Una calidez maravillosa recorrió a Malfurion, quien, instintivamente, cogió a Tyrande de la mano. Ella no la apartó, sino que lo agarró de la suya con fuerza.

Entonces, se produjo un movimiento en el montoncito. Como si una diminuta criatura estuviera escarbando para salir a la superficie, la tierra se elevó y cayó.

De la semilla, había brotado un pequeño retoño.

Se elevó hasta alcanzar un metro de altura, a la vez que brotaban P él unas pequeñas ramas. Acto seguido, unas frondosas hojas verdes surgieron de las ramas, conformando un delicado follaje.

Mientras Alexstrasza retrocedía levemente, Nozdormu habló, siseando ligeramente:

—Mientrasss este árbol siga en pie, yo le concederé la Vida Eterna a los elfosss de la noche, el tiempo volverá a correr a sssu favor y tendrán toda una eternidad para aprender…

De él surgió un aura de color bronce que se sumó a la luz del sol, tal y como había hecho el fulgor rojo. Tras fluir por el retoño, se hundió en el montoncito.

Et árbol creció de nuevo. Mientras los testigos lo contemplaban boquiabiertos, se elevó hasta tener el doble de altura que un elfo de la noche. Su verde follaje se volvió muy denso y prometedor. Las ramas se tomaron más gruesas, mostrando así la salud y fuerza del árbol. Las raíces brotaron de la tierra como si fueran un conjunto de piernas. Bajo la planta, se generó un espacio lo bastante grande como para albergar a varios elfos de la noche sentados.

Nozdormu asintió y, a continuación, al igual que su homóloga, se retiró. Ya solo quedaba Ysera.

Con los ojos cenados, la giganta verde observó el árbol detenidamente. A pesar de lo rápido que había crecido, aún era enano si se le comparaba con los dragones.

—A los elfos de la noche, quienes han perdido la esperanza, les otorgo la capacidad de Soñar de nuevo. De Soñar, de Imaginar, porque ahí residen sus mejores esperanzas de renacer, de recuperarse, de crecer… —En ese instante, parecía dispuesta a hacer lo mismo que habían hecho los otros Aspectos, pero se detuvo. Giró la cabeza hacia Malfurion y dijo—: Y a aquel que sigue el sendero de alguien muy especial para mí (y los míos) le concedo, al igual que concederé a los demás druidas que recorran el sendero que lleva al Sueño Esmeralda, aunque sea en sus sueños más profundos, el don de cruzar el mundo, aprender de él y valerse de sus energías… para poder guiar mejor a una Kalimdor más sana y segura en el futuro.

A Malfurion se le hizo un nudo en la garganta, por lo que fue incapaz de responder. Notó que todos los miraban, pero sobre todo notó el orgullo con que Tyrande lo agarraba de la mano.

Ysera miró de nuevo hacia el árbol… y de ella surgió una niebla verde. Como había sucedido en las dos ocasiones anteriores, su regalo se unió a la luz del sol y luego envolvió al árbol.

Mientras el último vestigio de la neblina se desvanecía en el suelo, los testigos ahí reunidos notaron que la tierra temblaba. Malfurion retrocedió unos cuantos pasos hacia atrás con Tyrande y, como si les acabaran de dar pie para hacerlo, el resto hizo lo mismo. Incluso los dragones retrocedieron, aunque no tanto como las criaturas diminutas.

Y el árbol creció. Creció hasta duplicar su tamaño previo y luego el doble de eso. Se elevó más y más alto, hasta alcanzar el cielo, hasta que el druida estuvo seguro de que incluso esos que se hallaban debajo del pico pudieron ver al fin ese follaje colosal y en expansión. Era tan descomunal ese follaje que debería haber tapado con su sombra toda la región, pero de algún modo la luz del sol seguía iluminando la zona, incluido el lago.

Las raíces también se expandieron, creciendo hacia arriba y doblándose para poder sujetar mejor el gigantesco árbol. Se extendieron tan alto que daba la impresión de que el Bastión del Cuervo Negro de lord Cresta Cuervo habría podido caber debajo de ellas… Aun así, las raíces, así como el árbol entero, siguieron creciendo.

Cuando por fin dejó de hacerlo, hasta los dragones parecían no ser más que unos pájaros que podían posarse en una de las ramas y esconderse entre el follaje.

r

—Ante ustedes se alza Nordrassil. ¡El Arbol del Mundo ha cobrado existencia! —exclamó el Aspecto de la Vida—. ¡Mientras este árbol siga en pie, mientras sea honrado, los elfos de la noche prosperarán! Podrán cambiar, podrán seguir caminos distintos, pero siempre serán una parte integral de Kalimdor…

De repente, Malfurion se dio cuenta de que Krasus se hallaba detrás de él, cuando este le susurró a modo de apostilla:

—Y él árbol, cuyas raíces son muy profundas, mantendrá el lago tal cual. El sol siempre formará parte de esta fuente. Las aguas negras no fluirán por él.

Malfurion recibió esas palabras con sumo alivio. Miró a Tyran-quien le devolvió la mirada con una expresión que hizo que se le ruborizaran las mejillas. Antes de que Malfurion pudiera darse cuenta de qué estaba pasando, ella lo besó.

—No sé lo que deparará este largo futuro que le han prometido a nuestro pueblo —murmuró su amiga de la infancia—, pero sí sé que quiero verlo contigo.

El druida notó que más sangre acudía a sus mejillas.

—Deseo lo mismo, Tyrande.

Malfurion le devolvió el beso, pero al hacerlo, otro rostro irrumpió en sus pensamientos. Si bien era cierto que disfrutarían de un periodo de júbilo, en el que se correría la voz sobre los dones que los Aspectos habían concedido a su pueblo, también era cierto que a Malfurion eso le importaba súbitamente muy poco, pues aún tenía que resolver el problema de Illidan.

Tyrande se apartó de él, con los labios fruncidos.

—Sé qué ha provocado esta repentina oleada de tristeza que te asola. Hay que hacer lo que hay que hacer, Malfurion, pero no permitas que sus fechorías te destrocen el corazón.

Esas palabras le dieron fuerzas.

—No lo permitiré. Te lo prometo.

Entonces, Malfurion se percató que, detrás de ella, Krasus y Rhonin estaban abandonando sigilosamente la ceremonia. Dirigió la mirada hacia los dragones y vio que también faltaba Nozdormu. De alguna manera, así como así, el Aspecto se había desvanecido sin más, sin que nadie se diera cuenta.

Ambos hechos tenían que estar relacionados.

—Malfurion, ¿y ahora qué ocurre?

—Acompáñame, Tyrande, ahora que nadie mira.

La sacerdotisa no se opuso. De este modo, los dos elfos de la noche siguieron a Krasus y al mago.

Una voz retumbaba en la mente de Krasus.

Esssto se ha demorado demasssiado tiempo. Hay que hacerlo ya. Era Nozdormu.

—Rhonin…

El humano asintió.

—Le he oído.

Se fueron de manera furtiva, mientras los elfos de la noche seguían balbuceando ante el árbol. Aunque a Krasus le hubiera gustado hablar un poco más con Malfurion, el mago también estaba ansioso por regresar a su hogar.

Antes de la ceremonia, el Aspecto del Tiempo se había acercado a Krasus cuando este se hallaba solo.

—Estamosss en deuda contigo, Korialstrasz.

Con ese «estamos», Nozdormu no se había referido únicamente a los demás Aspectos y él, sino también a sus diversos yo que se encontraban esparcidos por el mismo Tiempo, pues así era él por mor de su peculiar naturaleza.

—He hecho lo que había que hacer. Al igual que Rhonin… y Brox. — También essstoy hablando con el mago en este misssmo momento — le había comentado el Aspecto con cierta displicencia, pues para él hallarse en dos lugares al mismo tiempo, si así lo deseaba, no era una gran proeza—. Le estoy diciendo lo misssmo que a ti: que me ocuparé de devolverosss a sus hogaresss.

Krasus se había sentido muy agradecido por ello, ya que seguía sufriendo por estar cerca de una Alexstrasza que ignoraba el destino que les aguardaba tanto a ella como a los demás dragones.

—Me… Gracias.

El gigante de bronce lo había mirado de un modo solemne.

—Sssé qué es lo que le ocultasss, lo que nos ocultasss. Es mi maldición y mi sssino saber tales cosasss y ser incapaz de evitarlasss. Debesss saber que ahora te pido perdón por el mal que te causaré en el futuro, pero debo ssser lo que estoy destinado a ser… al igual que Malygosss.

— ¡Malygos! —había exclamado Krasus, al pensar en los huevos que había escondido en la dimensión de bolsillo—. Nozdormu…

—SSSé lo que hiciste. Entrégamelosss y se los daré a Alexstrasza. Cuando Malygosss se recupere, le entregaremos a las críasss.

Comparado con todo lo demásss que ha ocurrido, será un pequeño cambio en la corriente temporal, el cual ademásss apruebo. Los dragones azulesss volverán a surcar el cielo, aunque no lo harán en un número tan grande ni siquiera diez mil años despuésss. Pero mejor que sean pocosss y no ninguno.

Aunque Krasus también deseaba ver a su amada reina una vez más, había aceptado que sería mejor que no lo hiciera, pues se le podía escapar algo que ella no debería saber. Sin embargo, ahora, cuando tanto él como Rhonin esperaban al dragón bronce, el mago lamentó no haber ido a hablar con ella a pesar de todo.

Rhonin lo observó detenidamente.

—Aún podrías ir corriendo a hablar con ella. Yo lo entendería.

La delgada figura negó con la cabeza.

—Ya hemos alterado demasiado el futuro. Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá.

—Humf. Eres más fuerte que yo.

—No, Rhonin —murmuró Krasus, a la vez que sacudía la cabeza—. Ni por asomo.

¿Están preparadosss? —preguntó Nozdormu de repente.

Se volvieron y se toparon con el Aspecto, que esperaba pacientemente.

¿Cuánto tiempo llevas ahí? —le espetó el taumaturgo encapuchado.

—El que he decidido essstar. —Nozdormu eludió dar cualquier otra respuesta y extendió las alas—. Suban. Losss llevaré a la época adecuada, al futuro.

Rhonin parecía dubitativo.

¿Así como así?

—Cuando el Pozo acabó de devorarse a sssí mismo, los dioses antiguos volvieron a ser encarceladosss. Su influencia en el río del tiempo se ha esssfumado. Los desgarrosss en el tejido de la realidad se han desvanecido. Ahora el camino hacia el futuro esss fácil de transitar… para mí.

Rhonin recogió el hacha de Brox del suelo.

¿Y essso qué hace aquí? —inquirió el Aspecto.

Ambos taumaturgos le lanzaron una mirada desafiante.

—Esto nos lo llevamos —contestó Krasus—. Si no, nos quedaremos aquí y enredaremos aún más las cosas.

—Entoncesss, llévenselo, por supuesssto.

Montaron con premura, pero al hacerlo, Krasus entrevió a un par de siluetas escondidas en el bosque. Enseguida intuyó quiénes eran.

—Nozdormu…

—Sssí, sssí, son el druida y la sacerdotisa. Lo he sabido en todo momento. ¡Salgan de ahí y despídanssse! ¡Debemos irnosss ya! Aunque el Aspecto se tomó con calma su aparición, Krasus no se sintió tan cómodo.

— ¿Ustedes dos no habrán oído…?

—Lo hemos oído todo —le interrumpió Malfurion—. Aunque no lo hemos entendido todo.

El mago asintió.

—Poco podíamos contar y seguimos sin poder decir nada más. Solo deben saber una cosa, los dos. Volveremos a encontrarnos.

— ¿Nuestro pueblo sobrevivirá? —preguntó Tyrande.

El mago midió sus palabras antes de contestar:

—Sí, y el mundo será mejor gracias a ello. Y una vez dicho esto, me despido.

Rhonin alzó el hacha de Brox, para despedirse como lo había hecho Krasus.

Nozdormu desplegó las alas de nuevo. Los elfos de la noche se apartaron de inmediato y alzaron las manos para despedirse de ambos.

Pero antes de que pudieran hacerlo…, tanto el dragón como los jinetes desaparecieron sin más.

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