El Cataclismo – Capítulo Veintiuno

Rhonin dio gracias a las estrellas por haber visto muy pocos seres vivos antes de alcanzar la hueste, ya que habría sido imposible para dos dragones y un mago agotado salvar a nadie tan cerca de la región del Pozo. La única gente que había divisado era un gran grupo de elfos Altonato que cabalgaban para salvar el pellejo hacia la hueste. Por fortuna, casi la habían alcanzado para cuando los dragones y él los sobrevolaron.

Tras un precipitado descenso y una conversación aún más precipitada, conocieron la sorprendente verdad. Su líder, un tal Dath’Remar Caminante del Sol, les contó que habían intentado huir con Tyrande. Como era obvio que Dath’Remar lamentaba no haberlo logrado, Rhonin, que había percibido que Malfurion había entrado en contacto con ella, le informó al hechicero de que la sacerdotisa había sobrevivido a la huida; no obstante, no pudo prometerle que Tyrande siguiera viva, aunque el mago dudaba de que Malfurion hubiera

Permitido que algo le ocurriera a la elfa de la noche tras haberse reencontrado con ella.

Rhonin y los dragones guiaron a los Altonato hasta la hueste, impidiendo así, de paso, que estallara cualquier conflicto entre ambas facciones. Después de dejar a la dragona bronce velando por los Altonato (por la propia seguridad de estos), el humano y su montura partieron en busca de Jarod.

Hallaron al comandante montado a lomos de su sable de la noche mientras, ansioso, esperaba a tener noticias. Rhonin sonrió aliviado al darse cuenta de que tanto los elfos de la noche como sus aliados ya estaban preparados para marcharse de ahí.

Montado aún sobre el dragón rojo, saludó rápidamente a Jarod y le dijo:

— ¡La hueste debe abandonar este lugar! ¡Debe avanzar hasta el monte Hyjal! ¡El portal ha sido destruido, pero todo el entramado de hechizos que rodea al Pozo ha desatado el caos! ¡Este se está devorando a sí mismo y a todo lo que hay a su alrededor!

—Por los Dioses… —replicó Jarod, quien superó con rapidez la conmoción al ser superada por su inherente sentido de la responsabilidad. Llamó a un heraldo, al cual, por lo que pudo intuir Rhonin, el ex capitán del Cuerpo de Centinelas debía de haber ordenado permanecer cerca por si recibía tales noticias—. ¡Que den la señal de que debemos cambiar de dirección! —Tras llamar a dos jinetes más, Jarod añadió—: ¡Informen a los oficiales y los nobles! ¡Debemos dirigimos con la mayor celeridad posible al monte Hyjal! ¡No podremos detenemos en ningún momento! ¡Aquellos que necesiten ayuda la recibirán, pero nadie titubeará ni nadie se quedará atrás! ¡Marchen!

—Velaremos por ustedes desde el cielo —afirmó el mago.

¿Y qué hay…? ¿Qué hay de esos otros que podrían estar en otras partes?

El semblante de Rhonin se tomó sombrío.

—La Legión Ardiente dejó el camino hasta aquí despejado. Yo diría que los supervivientes deben de estar ya tan lejos del Pozo como nosotros pretendemos estarlo. Al fin y al cabo, nosotros fuimos la única fuerza que plantó cara de verdad a los demonios.

—Entonces, solo no resta esperar lo mejor.

—Y rezar por nosotros mismos, a la vez.

En ese instante, se oyó un estruendo distante que llamó la atención de ambos y que pareció enfatizar esa última frase. Tanto el mago como el soldado dirigieron la mirada en dirección hacia ese estrépito… y vieron una oscuridad total justo en el horizonte.

¡Ordénales que partan, Jarod! ¡Y que lo hagan rápido!

Aunque la hueste inició la marcha hacia el monte Hyjal solo unos minutos después, Rhonin pensaba que no estaban reaccionando con la suficiente premura. Cada vez que echaba un vistazo para atrás, la oscuridad parecía haberse extendido. El humano tragó saliva con dificultad, pues era consciente de que estaba ocurriendo y se preguntó si la catástrofe ya se había llevado por delante a Krasus y los demás.

Cuando solo habían recorrido una corta distancia en su desesperada huida, los elfos de la noche y el resto se empezaron a dar cuenta del peligro que corrían; además, mantenerlos en la ignorancia habría sido imposible y ni Rhonin ni Jarod tenían ningún deseo de que eso fuera así. Lo único que importaba era mantener un cierto orden en la hueste, y Jarod Cantosombrío demostró estar más que capacitado para tal labor. Los dragones también ayudaron, al descender para guiar de vuelta al grupo principal a aquellos que se habían separado de él por mor del pánico.

Rhonin no dejaba de mirar para atrás, en busca de alguna señal de Krasus y los demás, pero no vio nada. La oscuridad continuaba progresando a un ritmo increíble y el ominoso estruendo se fue volviendo cada vez más y más estridente.

¡Nos va a dar alcance! El mago miró hacia delante. El monte Hyjal se alzaba en la distancia, tentadoramente cerca y preocupantemente lejos al mismo tiempo.

Además, ¿seguro que estarían a salvo si lo alcanzaban? Krasus pensaba que sí y lo que Rhonin recordaba de sus conocimientos de historia parecía darle la razón…, pero habían alterado tanto la corriente temporal.

Vereesa…, he hecho lo que he podido…

La oscuridad se aproximó aún más. El estruendo de la tierra que era arrancada kilómetros más atrás y arrastrada hasta el interior del Pozo reverberó en su mente. Allá abajo, muchos echaron a correr y gritar…

Y seguía sin saber nada de Krasus ni los demás.

Las laderas eran arrancadas de las colinas. Tierras enteras, simplemente, se desmoronaban y precipitaban hacia el interior del turbulento y hambriento remolino, desvaneciéndose rápidamente en su centro. Allá en lo alto, Krasus vio cómo asentamientos enteros (que por suerte, estaban vacíos por culpa de la guerra) se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos. Nada podía evitar la masacre que estaban desencadenando los estertores del Pozo. La carnicería provocada por la Legión Ardiente palidecía en… No…, ni siquiera se podía comparar con lo que estaba teniendo lugar ahora.

Al fin, atisbo el monte Hyjal en el horizonte. Desde ahí arriba, el mago podía distinguir a esa masa que se desplazaba desesperadamente hacia ahí. A menos que se hubiera equivocado, la historia decía que llegarían ahí justo a tiempo.

Si había otros supervivientes de la guerra en otras partes, Krasus ya no podía hacer nada por ellos. Solo podía dar gracias de nuevo a las estrellas porque quedara tan poca vida en las zonas por las que los demonios habían avanzado.

Aún tenía la esperanza de que la destrucción parara pronto, de que en este sentido, al menos, la historia sucediera tal y como recordaba. Tenían el Alma Demoníaca, la cual era un factor muy importante en ese sentido y…

De repente, presintió un peligro. Con premura, Krasus miró hacia atrás.

Un monstruoso tentáculo negro surgió del interior del colosal Pozo…, un tentáculo que se elevaba a gran velocidad hacia una desprevenida Ysera y el trío que iba montado en ella.

¡Los dioses antiguos! ¡Debería habérmelo imaginado!

— ¡Giren! ¡Los dioses antiguos aún pretenden hacerse con el Alma Demoníaca con el fin de usarla para sus propios fines! ¡Esta es su última oportunidad antes de volver a ser encerrados!

Alexstrasza dio la vuelta. Ysera se percató de esa repentina reacción, pero justo en ese momento, el tentáculo la alcanzó… y arrancó al druida de la espalda de la dragona.

— ¡Malfurion! —gritó Tyrande. La sacerdotisa intentó agarrarlo, pero él ya estaba fuera de su alcance.

Illidan frunció el ceño y también estiró el brazo hacia Malfurion. En las yemas de sus dedos se formó una garra de energía carmesí que, al instante, intentó coger al druida del brazo. Por desgracia, la garra solo había recorrido la mitad del camino que la separaba de su gemelo cuando se desvaneció súbitamente, por culpa de las violentas energías del Pozo que trastocaron el hechizo del hechicero.

Un horrorizado y boquiabierto Malfurion fue arrastrado velozmente por el tentáculo. Alexstrasza aleteó con fuerza. Krasus se concentró en Malfurion y el disco. El mago dragón sabía que, cuando menos, tenía que intentar recuperar el Alma Demoníaca. Aunque la muerte del druida sería una gran pérdida, no se trataba de tomar una decisión calculada y fría…, sino de evitar que el Alma Demoníaca acabara cayendo en manos de esos espantosos dioses antiguos, lo cual sería una calamidad si sucediera.

Unas fuerzas mágicas salvajes y devastadoras golpearon a Krasus y su reina. Los hechizos que pretendían lanzar no funcionaron como era debido. El nauseabundo tentáculo arrastró a Malfurion hasta las fauces del Pozo.

Entonces…, aquello por lo que había rezado Krasus pero que a estas alturas temía que no ocurriera, sucedió, y fue la salvación del elfo de la noche. El Pozo de la Eternidad por fin había dejado de agitarse. Ya no devoraba Kalimdor, sino que solo se engullía a sí mismo. Con una rapidez que ni siquiera esas tenebrosas entidades pudieron contrarrestar, Krasus contempló cómo esa masa de agua era absorbida por ella misma. Incluso la tormenta que los rodeaba se precipitó en ella. Alexstrasza batió las alas furiosamente, pues a duras penas era capaz de evitar que ellos siguieran el mismo camino.

Las aguas negras retrocedieron y se adentraron dentro de las propias fauces del Pozo. El tentáculo intentó recogerse con más velocidad, pero antes de que pudiera hacerlo…, el Pozo de la Eternidad acabó de engullirse a sí mismo.

El tentáculo se desvaneció como si fuera humo. Krasus percibió que la malévola presencia de los dioses antiguos se esfumaba con él.

El druida, que no paraba de agitar brazos y piernas, se precipitaba hacia una nueva amenaza. Allá abajo, llenando el abrupto vacío que había dejado el hambre apocalíptica del Pozo, irrumpieron los mares de Kalimdor. Unas grandes olas de unos trescientos metros chocaron unas con otras, centenares de toneladas de agua se adentraron en lo que había sido el corazón del continente.

Krasus contempló, sobrecogido, cómo el Cataclismo llegaba a su fin y el Mare Magnum se formaba.

Aunque ese grandioso espectáculo le deslumbró, no se olvidó de Malfurion y el Alma Demoníaca. La desaparición del Pozo también había acarreado la desaparición de sus turbulentas y caóticas energías. Ahora, Krasus se hallaba en total control de sus poderes…

Pero antes de que pudiera emplearlos, un magnífico gigante de color bronce apareció de la nada, un colosal dragón que brillaba a pesar de que el cielo se hallaba todavía tapado por restos de penumbra.

— ¡Nozdormu! —exclamó el mago.

El Aspecto del Tiempo descendió en picado y agarró tanto al elfo de la noche como al disco. Acto seguido, ascendió velozmente hacia Alexstrasza e Ysera, pero su mirada dorada estaba clavada únicamente en Krasus.

—Justo a Tiempo…

Eso fue lo único que dijo con una voz atronadora el dragón. A continuación, pasó volando junto a ellos, dirigiéndose hacia el monte Hyjal y aferrando aún a Malfurion y el disco con una de sus enormes patas.

Los demás Aspectos viraron de inmediato y lo siguieron. Krasus observó a Nozdormu volar como si no hubiera sucedido nada en el mundo.

El mago por fin sacudió la cabeza y, por primera vez desde que había sido enviado al pasado por medio de un hechizo, respiró como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

Los supervivientes de la hueste no respiraron tan aliviados, aun no, puesto que, aunque ya se iban dando cuenta de que el peligro había pasado, también eran conscientes de que su mundo había sido alterado para siempre. Muchos se limitaban a contemplar fijamente y con la mirada perdida ese nuevo mar. Las aguas todavía se estaban calmando y ahora las olas rompían con delicadeza en la orilla devastada.

Mucha gente había perdido a sus seres queridos, y las repercusiones del cataclismo se irían notando a lo largo de las semanas y los meses (incluso años) venideros. Uno de los que mejor comprendía todo esto era Jarod Cantosombrío. A pesar de que por dentro tenía el alma rota, por fuera mantuvo en todo momento un gesto de determinación por el bien de su pueblo. Incluso la mayoría de los nobles recurrían a él en busca de consuelo. Entre los que parecían hallarse más enteros, como Bosque Negro, nombró a unos comandantes que se encargarían de conocer cuáles eran las necesidades de la hueste e intentarían satisfacerlas.

El monte Hyjal se había convertido en un punto de reunión, ya que ni la guerra ni el desastre subsiguiente habían llegado ahí. Jarod ordenó que confeccionaran unos estandartes en cuyo centro apareciera ese pico; una nueva bandera para un nuevo comienzo.

Los elfos de la noche recibieron ayuda de los tauren y otras razas que se habían visto menos afectadas por la calamidad que había asolado Kalimdor. Si bien todas habían sufrido, ningún hogar había quedado tan totalmente destruido como el de los congéneres de Jarod. Aceptó con sumo gusto la ayuda del pueblo de Huln y le alegró comprobar que se produjeron muy pocos incidentes motivados por los prejuicios que imperaban entre los elfos de la noche con respecto a esas otras razas que ahora se solidarizaban con ellos. El futuro de los refugiados dependía de cuánto tiempo se pudiera mantener esta paz entre las diversas razas. Ya no poseían esas ciudades suntuosas y extraordinarias (esas ciudades con enormes casas arbóreas y paisajes esculpidos mágicamente de las que solo habían podido gozar ellos) desde las que habían contemplado con desdén al resto del mundo. De hecho, la mayoría ya no tenía siquiera un techo bajo el cual cobijarse, puesto que contaban con muy pocas tiendas.

Jarod había donado su propia tienda a los refugiados más jóvenes que habían quedado huérfanos por culpa del desastre.

Desgraciadamente, la primera amenaza para la estabilidad de la hueste no tardó en mostrar su feo rostro. Como el Pozo ya no existía, el resto de los elfos de la noche ya no temían a los Altonato como antaño. Comenzaron a circular rumores entre los refugiados, unos rumores que se intensificaron cuanto más se dejaban ver los Altonato.

Vas a acabar enfrentándote a una nueva guerra —le advirtió Krasus—. Tienes que apaciguar los ánimos ahora mismo.

—Algunos de los nuestros nunca olvidarán los horrores que hemos sufrido por culpa de las tropelías que ellos cometieron. —Jarod posó entonces la mirada sobre esas nuevas aguas, bajo las cuales yacían las ruinas de su propia ciudad, Suramar—. Nunca.

La pálida figura se encaró con él.

¡Deben olvidarse de sus diferencias, Jarod Cantosombrío, si quieren que su pueblo sobreviva!

Tras armarse de valor, Jarod convocó a los nobles y demás miembros notables de la hueste. También llamó a Dath’Remar Caminante del Sol y a los Altonato de más edad y alto rango. Las dos facciones se reunieron bajo el antiguo estandarte de lord Cresta Cuervo, el cual seguiría utilizando Jarod hasta que las nuevas banderas estuvieran acabadas. Krasus había sugerido esto último, ya que ambos eran conscientes de que el difunto noble poseía una gran reputación que era respetada tanto por la aristocracia como los moradores del palacio.

—Estamos aquí en contra de nuestra voluntad —gruñó Bosque Negro, a la vez que contemplaba a las figuras ataviadas con túnicas,

sin apartar su mano enguantada de la empuñadura de su espada—. Y no toleraremos durante mucho tiempo a esta compañía infecta… Dath’Remar hizo un gesto de desdén, pero no dijo nada. Aun así, había dejado bastante claro qué opinaba sobre los nobles.

¿Acaso no han aprendido nada de todo esto? —les espetó Jarod, quien señaló hacia el mar—. ¿Acaso no ha bastado con eso para poner fin a toda animosidad? ¿Acaso pretenden ambos acabar lo que los demonios empezaron?

¡Ellos ayudaron a los demonios voluntariamente! —señaló otro noble.

—No podemos poner excusas a lo que hicimos —replicó Dath’Remar de forma desafiante—. Pero hemos intentado redimirnos. ¿Nunca les han preguntado por qué se tardó tanto tiempo en consolidar el portal por entero? ¡Arriesgamos nuestras propias vidas para demorar todo el proceso ante la atenta mirada del mismísimo señor demoníaco! ¡Intentamos rescatar a la Suma Sacerdotisa de Elune y muchos de los nuestros perecieron combatiendo contra la Legión Ardiente!

¡Con eso, no basta!

¿Puedo hablar?

Un grupo de seguidoras de Elune se sumó a la discusión, con Tyrande Susurravientos y la hermana de Jarod al frente. Maiev parecía mostrarse extrañamente sumisa en presencia de la Suma Sacerdotisa y Jarod podía entender por qué. Había algo en esa joven que le serenaba de inmediato el alma.

Todo el mundo hincó una rodilla en el suelo, pero una avergonzada y ceñuda Tyrande les indicó con un gesto que se levantaran. Jarod hizo una leve reverencia y, sin más dilación, respondió:

—Por supuesto, la voz de la Madre Luna pude hablar siempre que lo desee.

Tyrande asintió agradecida y, acto seguido, se dirigió a las facciones ahí reunidas:

—Nuestro mundo nunca volverá a ser el mismo. Ya no somos quienes éramos. —Entonces, adoptó un gesto solemne—. Nos hallados en un periodo de cambio. No sé qué será de nuestro pueblo, pero es probable que acabemos siendo algo que no tenga nada que ver con lo que fuimos antaño. —Tanto los nobles como los Altonato estallaron en unos estruendosos murmullos. Las palabras de la Suma Sacerdotisa habían causado un hondo impacto en todos ellos—. Hemos sobrevivido a este calvario, pero si no permanecemos unidos, tal vez no sobrevivamos a nuestra propia evolución. Mediten sobre esto antes de reavivar las llamas de antiguas animosidades…

Una vez dicho esto, Tyrande se volvió. Maiev contempló a su hermano con lo que Jarod supo que tenía fe y confianza en él.

Mientras su hermana seguía a Tyrande, se percató de que Shandris Plumaluna había estado detrás de ella en todo momento. Al retirarse, la novicia le brindó una descarada sonrisa que hizo que se sintiera aún más incómodo de lo que ya se sentía hallándose en presencia de todos esos nobles y hechiceros, pero al mismo tiempo inundó de gozo su alma.

Bosque Negro se aclaró la garganta. Jarod enseguida volvió al tema que estaban tratando.

—Ya han oído a la voz de la Madre Luna y no podría estar más de acuerdo con lo que ha dicho. ¿Qué opinan ustedes?

Aunque Bosque Negro abrió la boca para responder, Dath’Remar logró contestar antes de que el aristócrata vestido con armadura pudiera decir esta boca es mía.

—Respetamos totalmente las palabras de la Suma Sacerdotisa y haremos todo cuanto podamos para expiar nuestras culpas por nuestras transgresiones del pasado… siempre que se nos brinde esa oportunidad por parte de nuestros augustos camaradas.

El líder de los nobles lanzó un gruñido.

—Nosotros no vamos a ser menos. Si los Altonato se han dado cuenta de que han seguido un camino erróneo, aceptaremos que vuelvan al rebaño y recibiremos con los brazos abiertos sus esfuerzos en ese sentido mientras todos intentamos reconstruir nuestro hogar.

Si bien ambas respuestas fueron dadas con un leve tono de animosidad, era lo máximo a lo que podía aspirar Jarod en esos momentos. Sabía que se producirían enfrentamientos más adelante, pero tal vez ninguno de ellos acabara arrastrando a su pueblo al abismo del olvido.

—les doy las gracias a todos por venir y atenerse a razones. Y ahora cavilemos sobre cómo podemos aprovechar mejor el milagro de que hayamos sobrevivido.

Varios miembros de ambas facciones hablaron a la vez, cada uno de los cuales intentaba sugerir una idea mejor que las de los demás. Jarod esbozó un gesto de contrariedad y, a continuación, intentó seleccionar las mejores.

Una captó su atención de inmediato.

¡Agua! —exclamó.

De repente, le vino a la mente algo sobre lo que le había informado un explorador. Algo sobre un lago situado en la misma cima del Hyjal. Merecía la pena investigarlo. Decidió que él mismo iría a echar un vistazo, aunque solo fuera para poder liberarse del resto de sus obligaciones momentáneamente.

¡Lord Bosque Negro! ¡Selecciona a tres voluntarios entre tus hombres! Pretendo llevar a cabo una corta excursión… —Entonces, dirigiéndose a Dath’Remar, añadió—: Escoge a otros tres de entre los tuyos…

Mientras realizaban la selección, Jarod se congratuló. La excursión sería una buena oportunidad para obligar a ambas facciones a colaborar. Se trataba de una misión segura y sencilla, pero que, debido a la importancia del agua, tendría eco entre su pueblo. Si los nobles y los hechiceros informaban juntos del descubrimiento, el resto vería que cooperar era posible.

Jarod contuvo una sonrisa como pudo. Tal vez estuviera aprendiendo al fin a ser un líder…

—Malfurion…

El druida apartó bruscamente la mirada del nuevo mar. —Maestro Krasus.

El mago dragón mostró un gesto de disgusto.

No hace falta referirse a nadie por su título cuando se habla con un igual. Por favor, por última vez te lo pido, llámame simplemente

Krasus.

—Lo intentaré. —De manera inconsciente, Malfurion dio un paso atrás ante su amigo—. ¿Quieres algo? pero ellos sí.

El estruendoso aleteo de unas alas asaltó los tímpanos del elfo de la noche. El polvo se alzó a su alrededor y, de repente, tres formas gigantescas se posaron detrás de la figura encapuchada.

Era Alexstrasza, Ysera y Nozdormu.

—Ya sabes por qué hemos venido —dijo con un tono muy suave la dragona roja.

Malfurion deslizó una mano hacia la faltriquera.

—Porque la quieren. Quieren el Alma.

—El Alma Demoníaca —le corrigió Krasus—. Se te olvidó dársela a los Aspectos después de que aterrizáramos. Supongo que fue cosa de la emoción del momento, sin duda.

—Sí… Sí…

El druida metió la mano en la faltriquera. Cogió el disco y, de paso, lo acarició. ¿Por qué tenía que entregárselo? ¿Acaso no había demostrado que tenía derecho a quedárselo? ¿Acaso no lo había utilizado él solo, sin ayuda de nadie, para librar a Kalimdor no solo de una amenaza sino de dos?

—Malfurion…

Si creían que se lo merecían más que él, ¿por qué no intentaban arrebatárselo? Seguramente, si combinaba su poder con las energías del Alma, podría matarlos a todos…

Una oleada de repugnancia recorrió al druida. Rápidamente, sacó el maldito disco del lugar donde lo tenía escondido y, acto seguido, se lo ofreció al mago para que lo cogiera.

Krasus asintió.

—Sabía que tomarías la decisión correcta. —No obstante, no cogió el Alma Demoníaca directamente, sino que señaló al suelo—. Por favor, colócala ahí.

Presa de la curiosidad, Malfurion arqueó una ceja y obedeció. En cuanto dejó de sostener el disco, se sintió como si se hubiera quitado un tremendo peso de encima.

—Aparta, por favor.

En cuanto el elfo de la noche obedeció, Krasus miró a los tres Aspectos.

— ¿Bastará con su poder?

—Tendrá que bastar —respondió Nozdormu.

Los tres arquearon el cuello y acercaron sus colosales cabezas al Alma Demoníaca, hasta quedarse a pocos centímetros de ella.

—No podemos anularla del todo —afirmó Alexstrasza—. Eso está más allá de nuestras capacidades por mucho que aunemos esfuerzos. Aun así, sí podemos cercioramos de que Neltharion (Alamuerte) no pueda manejar su poder al igual que no podemos hacerlo nosotros.

—Me parece una solución muy sabia, como ya les he comentado — replicó Krasus.

Aun así, volvió a tener la sensación de que la figura encapuchada, ese dragón con forma mortal, le ocultaba cierta información importante incluso a esa reina a la que tanto adoraba de un modo muy obvio. Aunque el elfo de la noche ni siquiera era capaz de imaginarse de qué se podía tratar, sí era capaz de percibir una cierta tristeza en la vetusta mirada del mago que este rápidamente ocultaba siempre que los leviatanes miraban hacia él.

Los tres gigantes observaron detenidamente el diminuto objeto, ese disco dorado tan sencillo que había causado tantas calamidades. Lo miraron fijamente… y, súbitamente, el Alma Demoníaca se vio engullida por un arco iris de energías, en el que predominaban el rojo, el verde y el bronce brillante del arenoso Nozdormu. El Alma Demoníaca se elevó varios centímetros del suelo y flotó justo delante de los Aspectos. Las fuerzas mágicas que los dragones habían desatado la circundaron, provocando así que el disco girara una y otra vez.

Entonces…, una a una, esas energías se hundieron en la abominación creada por el dragón Negro. Primero la roja, luego la verde, después la bronce, seguidas por la miríada de colores que acompasan a cada una de ellas.

El hechizo concluyó de repente. El Alma Demoníaca cayó y rebotó estrepitosamente sobre el duro suelo. No parecía haber cambiado nada, ni tampoco que hubiera perdido su poder.

¿Ha funcionado? —preguntó.

—Sí, así es. —Krasus miró al druida a los ojos—. Malfurion, te pido que la recojas del suelo.

Por mucho que le repugnara tocar ese objeto, el elfo de la noche hizo lo que le pedía. Malfurion se dio cuenta de que ya no deseaba quedarse el Alma Demoníaca, lo cual le resultó extraño. O bien eso era obra de los dragones, o bien su fuerza de voluntad había crecido.

El mago miró a los Aspectos, quienes asintieron al unísono. Entonces, se dirigió a Malfurion, a quien dijo con sumo respeto:

—Conocemos un lugar que el dragón Negro no conoce. Con tu permiso, te enseñaremos dónde está, te lo mostraremos en tu mente… y, después, te pediré que envíes ahí este objeto nauseabundo haciendo uso de tus propios poderes.

Aunque se sentía capaz de hacer lo que Krasus le pedía, Malfurion amigó el ceño.

¿Esto no pueden hacerlo ustedes?

—Antaño, yo solo podría haber sido capaz de llevar el disco, aunque con cierta dificultad, y los demás no podrían por culpa de cómo lo diseñó Alamuerte. Ahora, gracias a este nuevo sortilegio, será imposible que ni el dragón Negro ni ningún otro dragón puedan tocar el Alma Demoníaca, y mucho menos usarla. Por eso te necesitamos para esto.

El druida asintió y sostuvo el disco hacia ellos.

—Muéstrenmelo.

Krasus y los Aspectos lo miraron intensamente. Cuando entraron en sus pensamientos, Malfurion se estremeció durante un instante.

Le mostraron una imagen tan nítida que el druida casi se sintió como si hubiera visitado ese sitio él mismo. Como ansiaba librarse del Alma Demoníaca, dijo rápidamente:

—Ya lo veo.

Con un gran alivio, Malfurion envió el disco dorado hacia ahí.

Krasus respiró hondo.

—Gracias.

Los Aspectos asintieron en señal de gratitud. Entonces, Alexstrasza miró hacia el cielo.

Las nubes… se están disipando…

Así era, por primera vez desde la llegada de la Legión Ardiente a Kalimdor, el cielo por fin se estaba despejando. Al principio, solo fueron unos pequeños claros aquí y allá, luego las espesas y enormes nubes se dividieron en otras mucho más pequeñas y finas. Estas, a su vez, se transformaron en unas volutas sedosas que el suave viento dispersó fácilmente.

Malfurion sintió que sus esperanzas renacían, que empezaba una nueva vida… y se dio cuenta de que no era solo su vida la que cambiaba y renacía, sino también la de todas esas tierras. Kalimdor sobreviviría, de eso estaba seguro.

Notó una cierta calidez en la frente, una calidez muy agradable. Llevó la mano hasta ahí y se percató de que le habían crecido más los cuernos. Otros más pequeños habían brotado de las ramas principales.

Ysera, cuyos ojos se movían rápidamente por debajo de sus párpados cerrados, se enderezó cuan larga era y, a continuación, se giró hacia los otros dos Aspectos.

—El mundo se curará, pero aún hay mucho que hacer. Deberíamos regresar con los demás.

Nozdormu asintió.

—De acuerdo.

Malfurion abrió la boca para darles las gracias a los dragones por todo lo que habían hecho…, pero entonces vaciló, ya que se sintió invadido por una sensación de desasosiego. De improviso, miró a su alrededor, como si buscara a alguien. Solo después de hacer eso, el druida se dio cuenta, al fin, de a quién estaba buscando tan desesperadamente, aunque no lograba entender la razón.

¿Dónde estaba Illidan?

Rhonin contemplaba el mar, mientras pensaba en todas las fuertes que había presenciado (tanto en su propia época como en este periodo histórico) por culpa de la Legión Ardiente. Muchas de ellas le habían afectado profundamente; y aunque no todos esos fallecidos eran amigos suyos, sí habían sido una parte importante de su vida.

Sabía que Krasus se sentía igual, tal vez incluso aún peor, ya que el mago dragón había vivido lo suficiente como para haber perdido a generaciones de seres queridos y compañeros. El mago comprendía a su antiguo mentor lo bastante bien como para saber que el paso de los siglos no había vuelto a Krasus inmune a la tristeza. El taumaturgo encapuchado sufría mucho con cada muerte, por mucho que intentara esconder esas emociones a veces.

Y ahora, había otro difunto más que añadir a esa lista de muertos. Rhonin nunca había pensado que llegaría a llorar la muerte de un orco, pero así era. Brox se había convertido en una cama-rada leal, en un noble compañero. El humano había comprendido demasiado tarde el sacrificio que había hecho ese guerrero. El orco se había arrojado al portal sabiendo que lo aguardaba ahí un destino horrendo; aun así, no había titubeado. Como sabía que Malfurion necesitaba más tiempo, el orco había hecho todo lo posible para concedérselo.

Rhonin se arrodilló en la orilla del mar, cuya creación consideraba, en cierto modo, un tributo al propio Brox, pues no habría existido sin la heroicidad del orco. Si no hubiera demorado a Sargeras, este probablemente habría atravesado el portal y luego habría masacrado a todo el mundo.

¿Acaso Brox ha corregido la historia y la ha devuelto a su curso normal o tal vez siempre formó parte de ella?, se preguntó el mago. Quizá Nozdormu supiera la respuesta, pero el Aspecto del Tiempo no se la iba a revelar a nadie; además, el dragón bronce no le había hablado a nadie sobre el calvario que había sufrido; lo único que había dicho al respecto es que había sido culpa de los dioses antiguos. Ahora que el portal había desaparecido, incluso esa amenaza había sido eliminada.

El mago se puso en pie y observó los restos que todavía flotaban hacia la orilla. La marea había traído consigo diversas cosas; trozos de plantas, sobre todo, pero también despojos del reino de los elfos de la noche: jirones de ropa, fragmentos de muebles, comida podrida y, sí, cadáveres también. No muchos, afortunadamente; además, ninguno había llegado hasta ese lugar en concreto. Jarod había enviado a unas avanzadillas a peinar la orilla, en busca de muertos a los que enterrarían con rapidez y honrarían con unos funerales adecuados. No solo era una cuestión de decoro, sino también de seguridad. Los muertos podían portar enfermedades, lo cual era un peligro muy real para los temerosos refugiados.

Algo flotaba cerca del mago, algo que se bamboleó dos veces antes de quedarse justo debajo de la superficie. Rhonin lo habría ignorado de no haber sido porque percibió algo inusual. Esa cosa estaba imbuida de un poco de magia.

Se metió en el agua y se agachó.

Era el hacha de Brox.

Era inconfundible. Rhonin había visto esa asombrosa arma en acción muchas veces. A pesar de su tremendo tamaño, esa hacha de doble fijo se adaptaba a su mano como un guante y parecía ligera como una pluma. Ni siquiera parecía estar mojada.

—Esto es imposible —murmuró, a la vez que escrutaba el mar con suspicacia.

Sin embargo, ningún espíritu se alzó de las profundidades para dar un sentido a ese sorprendente descubrimiento. El mago contempló el hacha y luego el mar y después el hacha otra vez más.

Por fin, Rhonin dirigió su vista hacia donde se había hallado el portal. El humano se imaginó a Brox sobre una montaña de demonios masacrados, desafiando a más a atacarlo.

De repente, el mago alzó el hacha en alto, pues recordó que en su propia época era así como despedían los orcos a los héroes caídos. Rhonin la agitó tres veces en el aire y, acto seguido, la bajó con la cabeza por delante.

—Cantarán sobre ti —susurró, recordando lo que Brox les había dicho tanto a él como a Krasus—. Las canciones sobre ti pasarán de una generación a otra. Nos encargaremos de que así sea.

Entonces, se llevó el hacha al hombro y partió en busca de Krasus.

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