El Cataclismo – Capítulo Veinte

Unos regueros de sangre le recorrían la cara a Jarod Cantosombrío, quien estaba seguro de que tenía el brazo izquierdo roto. De lo que no estaba tan seguro es de si alguno de sus órganos vitales había resultado dañado por los tremendos golpes que le habían abollado la coraza en diversos sitios. Podía respirar con un poco de dificultad y, por el momento, podía permanecer en pie, al menos…, en cierto modo.

Tras hacer un enorme esfuerzo para alzar la espada, Jarod se encaró de nuevo con su adversario.

Archimonde parecía hallarse totalmente ileso. Jarod no le había hecho la más mínima herida, ni una marca, al siniestro demonio, ni siquiera había logrado rozar a Archimonde ni una sola vez, salvo cuando este le propinaba un cruel golpe tras otro.

Pero lo que hacía que todo fuera aún peor era que Jarod era perfectamente consciente de que el colosal demonio simplemente estaba jugando con él. Si bien Archimonde podría haber asesinado a su diminuto adversario una decena de veces antes, la criatura estaba gozando de un modo sádico al machacar lentamente al elfo de la noche hasta la muerte. Aun así, Jarod sabía que, a no mucho tardar, Archimonde le propinaría el golpe de gracia. Poco más podía hacerle ya al magullado soldado.

No obstante, alguna fuerza que brotaba de su fuero interno hacía que Jarod todavía se preparara para recibir un mayor castigo.

Se hallaban solos en esa parte del campo de batalla, aunque había algunos miembros de ambos bandos en la lejanía observando cómo transcurría el combate. Los demonios, como cabía esperar, contemplaban con un espantoso júbilo cómo su comandante daba una paliza de muerte al elfo de la noche y, constantemente, alentaban a gritos a Archimonde. Los seguidores de Jarod eran testigos, sin duda, de lo realmente patético que era el ex capitán del Cuerpo de Centinelas. Probablemente, se preguntaban cómo habían podido llegar a considerarlo su última esperanza.

De repente, se levantó un fuerte viento, que levantó mucho polvo. Jarod entrecerró los ojos, en un intento de no quedar totalmente cegado. Un impertérrito Archimonde siguió avanzando aunque a menor ritmo. Jarod se imaginó que el tenebroso gigante estaba pensando en cuál era la mejor forma de destrozar a su víctima.

Pero el elfo de la noche decidió que, si iba a morir, lo haría al menos dando la sensación de que intentaba plantar cara hasta el final. Jarod aferró la espada con ambas manos, lanzó un grito y arremetió contra Archimonde.

A través del polvo levantado, pudo atisbar que el demonio sonreía ligeramente ante su audacia. Sin embargo, a medida que Jarod se acercaba, esa sonrisa se fue esfumando y, para sorpresa del desesperado oficial, Archimonde se quedó paralizado.

El potente viento estuvo a punto de empujar hacia delante a Cantosombrío. Mostrando amenazadoramente los dientes, el elfo de la noche se abalanzó sobre el estómago de su adversario. Era la única zona a la que podía llegar y que tal vez (solo tal vez) su débil hoja podría penetrar. Si al menos pudiera dejar marcado a Archimonde antes de que el gigante lo aplastara…

Las lágrimas y el polvo volvieron borrosa la vista de Jarod, dotando a su vez de un aspecto espectral al demonio. Archimonde extendió un brazo hacia él y el elfo de la noche se preparó para ser víctima de algún hechizo espeluznante que le derritiera la carne o le transformara los huesos en aceite.

Pero no le lanzó ningún hechizo. En vez de eso, Archimonde se agachó levemente y dio un paso atrás, dejando, además, su torso totalmente desprotegido.

Jarod lanzó una estocada y se preparó para fracasar en su empeño. Sin lugar a dudas, creía que su espada se partiría al chocar contra la piel de Archimonde o que no daría para nada en el blanco.

Sin embargo, no falló y, de un modo aún más sorprendente, la hoja se hundió muy profundamente en el estómago del gigantesco demonio. Aun así, curiosamente, este no halló ninguna resistencia en absoluto; era como si Archimonde fuera, en realidad, un fantasma. Jarod siguió apretando, mientras en todo momento aguardaba su propia muerte.

Pero en vez de eso… Archimonde salió volando despedido hacia atrás, como si algo lo hubiera golpeado con fuerza. No obstante, no aterrizó en el suelo, como cabría esperar, sino que siguió volando. Agitando frenéticamente piernas y brazos, el comandante demoníaco se elevó en el aire; fue entonces cuando Jarod se dio cuenta de que era el viento lo que arrastraba a Archimonde.

Al fin, Archimonde perdió la compostura mientras subía hacia el cielo a toda velocidad cada vez más y más alto. Mostraba un rostro desfigurado en una grotesca mueca, lo cual era más acorde con una criatura de tal maldad. El demonio lanzó un grito de furia… y, acto seguido, se desvaneció de la vista por encima del horizonte.

Incluso antes de que pudiera asimilar que había sobrevivido a ese increíble duelo, el agotado oficial se percató de que el viento estaba atacando a toda la Legión. Los demonios forcejearon para seguir donde estaban, pero al igual que el polvo fueron arrastrados hacia arriba de un modo violento. Unos sabuesos monstruosos que saltaban hacia delante acabaron rodando hacia atrás, rebotando primero por el paisaje antes de surcar el cielo tras Archimonde. Los guardias viles fueron arrancados uno a uno de las líneas que conformaban y, aunque muchos de ellos se encontraban enfrentándose cara a cara con los defensores, ni un solo elfo de la noche, tauren u otra criatura de Kalimdor compartió su funesto sino.

Los infernales que estaban cayendo del firmamento viraron de forma abrupta, de tal manera que volaron imitando la trayectoria que había seguido su desaparecido comandante. Uno de ellos se encontraba incluso a escasos centímetros del suelo cuando dejó de caer y empezó a ascender.

Extrañamente, los dragones tampoco recibían el castigo de los furibundos elementos. Tras hacer algunos leves ajustes, recuperaron el equilibrio y, a continuación, tomaron la sabía decisión de retirarse y aterrizar. Ellos también observaron cómo caía la Legión.

El cielo se llenó de demonios que se retorcían, gruñían y forcejeaban en vano para poder regresar al suelo. Debajo de ellos, los boquiabiertos combatientes los miraban fijamente con las armas bajadas, ya que esa amenaza que había puesto en peligro sus tierras, su mundo, acababa de ser neutralizada al salir volando delante de sus propios ojos. Incluso los cadáveres de los demonios que habían muerto hacía tiempo se sumaron a los que se hallaban ahí arriba, sumándose al espectáculo.

— ¡Esto es un milagro! —gritó alguien situado detrás de Jarod.

El comandante miró para atrás y descubrió que varios de los que Archimonde había lanzado antes por los aires estaban regresando. Si bien muchos continuaron contemplando el cielo, unos cuantos miraron a Jarod como si él solo fuera el responsable de ese asombroso giro de los acontecimientos.

Las tropas de los demonios fueron arrancadas de Kalimdor una línea tras otra, hasta que enseguida solo quedó un páramo desolado ante los defensores. Ahí no quedaba ni un solo demonio. De hecho, no quedaba ni el más mínimo pedazo de cualquier demonio.

Un buen número de elfos de la noche se dejaron caer de rodillas, aliviados. Sin embargo, a pesar de lo que había sucedido, Jarod tenía la inquietante sensación de que la batalla aún no había concluido. No podía ser tan fácil…

¡Todos ustedes, en pie! —vociferó. Con la mano sana, agarro a un estupefacto heraldo al que ordenó—: ¡Que suenen los cuernos! ¡Quiero que el orden impere de nuevo en la hueste! ¡Tenemos que preparamos para entrar en acción!

Una sacerdotisa de Elune se acercó a él y le examinó el brazo. Mientras la elfa hacía esto, Jarod continuó poniendo en orden sus pensamientos.

¿Vamos a ir tras ellos? —preguntó a voz en grito un noble, quien, desde el punto de vista de Jarod, parecía demasiado ansioso por hacer precisamente eso.

¡No! —le espetó el comandante, olvidándose de que pertenecían a castas distintas—. ¡Esperaremos a tener noticias del mago Krasus o de alguien que esté con él! Solo entonces entraremos en acción…» ya sea para avanzar sobre Zin-Azshari o para huir para salvar el pellejo.

¡ Y tendremos que estar preparados para hacer una cosa u otra con la misma velocidad que este viento!

Mientras le obedecían, Jarod, quien se dio a sí mismo un momento de respiro aprovechando que la sacerdotisa lo estaba curando, clavó la mirada una vez más en la dirección por la que se habían ido volando los demonios, en la dirección en que se hallaban la capital y d Pozo. Todo no podía acabar de una manera tan sencilla, no…

Por lodo Kalimdor, la Legión Ardiente fue arrancada del suelo y arrojada, sin que pudiera hacer nada para impedirlo, hacia el Pozo de la Eternidad. Aunque forcejeaban, no podían hacer nada contra el viento y. mientras Krasus y los demás observaban, se agolparon sobre las aguas como un gigantesco enjambre de abejas antes de caer en la vorágine.

¿Eso es todo? ¿Se acabó? —gritó Rhonin.

—Quizá sí… ¡o quizá no! —Entonces, Krasus le dijo a voz en grito a Alexstrasza—. ¡Vayamos con Malfurion!

La dragona asintió y se ladeó en dirección hacia el druida e Ysera. Rhonin y el dragón rojo los siguieron de cerca.

Un Malfurion bañado por el fulgor dorado del Alma Demoníaca y su montura sobrevolaban el remolino. Su piel, que normalmente tenía una tonalidad oscura, ahora parecía ser tan pálida como la de Krasus. El elfo de la noche contempló al mago encapuchado con cierta ansiedad.

¡Aún está intentando entrar! —La cara del druida mostraba signos de envejecimiento. Unas arrugas la surcaban y se le habían hundido los ojos un poco—. ¡No sé si mi hechizo podrá contenerlo!

Krasus miró hacia abajo y, gracias a sus sentidos especialmente agudos, fue capaz de ver lo que había en lo más profundo del Pozo. En lo más profundo del Pozo…

Y, de esta forma, contempló a Sargeras, el Señor de la Legión.

El titán iba ataviado con una armadura de lava de los pies hasta el cuello y su tenebrosa furia era tan grande que al mago le ardieron los ojos con solo mirarlo. Ignorando el dolor, Krasus se atrevió a mirar fijamente el rostro del mal, esa versión monstruosa y distorsionada de la perfección. Antaño, había sido un ser apuesto, incluso hermoso; un ser que pertenecía a la raza que Krasus sabía que había creado su mundo. Ahora, sin embargo, esa belleza se había corrompido. Su carne era como la de los muertos y sus ojos, unos vacíos ardientes de caos total. Sargeras tenía colmillos en vez de dientes. A su espalda, se agitaba una cola larga y gruesa con unas escamas irregulares que sobresalían en la punta. Tenía las manos rematadas por unas garras curvas y crueles y, en una de ellas, empuñaba una espada monstruosa partida en dos, pero con un filo mellado aún capaz de causar mucho caos.

A Krasus lo ahogó el espanto que sintió ante lo que descubrió a continuación. En la punta de esa arma grotesca yacía empalado un diminuto cuerpo.

Era Brox.

En medio de ese carrusel de emociones, el mago se había olvidado por entero del orco. Ahora Krasus al fin comprendía por qué habían disfrutado de esos valiosos (muy valiosos) segundos extra. El orco se había sacrificado para poder demorar a la Legión.

Sargeras se encontraba junto al portal. A pesar de las increíbles fuerzas que empujaban a su horda a regresar a su reino, el Señor de la Legión seguía avanzando empujando. Lento pero seguro, alcanzó el portal…

Pero mientras Sargeras se acercaba, Krasus se percató de algo asombroso. El señor demoníaco estaba herido, aunque fuera muy levemente. Podía verse la marca de un pequeño tajo en su pierna derecha; el arma encantada había hecho un rasguño a Sargeras. Si bien no era suficiente como para haberle causado ningún daño de verdad, el hecho de que hubiera sido herido abría una puerta a la esperanza.

— ¡Rhonin! ¡Alexstrasza! ¡Debemos actuar al unísono! ¡Malfurion, prepárate! ¡Vas a tener una pequeña oportunidad de destruir el portal!

Los demás siguieron sus órdenes. Krasus notó que tanto su reina como su antiguo protegido le permitían guiar sus respectivos poderes. El dragón rojo sumó también sus energías, al igual que Ysera. Aunque esta táctica dejaba a Malfurion desprotegido, si este último esfuerzo fallaba, ninguno de ellos podría tener la esperanza de sobrevivir.

Con los encendidos deseos por el poder que lo recorrían por dentro. Krasus concentró la magia combinada del grupo en el portal. El mago confiaba en que el demonio estuviera tan concentrado en su empeño que no se percatase de lo que estaban haciendo los taumaturgos, de tal modo que su desesperado plan pudiera tener éxito.

Comparados con Sargeras, tanto Archimonde como Mannoroth eran unas meras pulgas. Ni siquiera el poder de un centenar de dragones habría sido rival para él. Si Krasus hubiera pretendido atacar a Sargeras directamente, ya fuera en el pecho o la cabeza, los resultados habrían sido risibles, al menos para el señor demoníaco. El hecho de que Brox hubiera logrado lastimarlo levemente con su milagroso ataque decía mucho acerca del poder que el druida y su shan’do habían dotado a esa arma.

No, en vez de eso, el mago vertió todo el poder que le estaban proporcionando los demás en la diminuta e insignificante herida que había abierto el hacha de Brox (que contenía un fragmento de la magia de la propia Kalimdor).

Entonces, ocurrió. Krasus notó que Sargeras perdía la concentración aunque solo fuera por un momento. No por el dolor (eso habría sido esperar demasiado), sino, simplemente, por la estupefacción.

Justo lo que quería Krasus.

— ¡Ahora, Malfurion!

Aferrando muy fuerte el Alma Demoníaca, Malfurion lanzó un ataque contra el portal.

Krasus había apostado a que la herida infligida por esa arma mágica sería suficiente como para atraer la atención del señor demoníaco momentáneamente si alguien hurgaba en ella. El poder combinado de todos ellos solo había servido para generar una leve molestia, una en la que Sargeras, de manera instintiva, se había centrado, olvidándose del portal.

Las fauces de la vorágine flaquearon y, acto seguido, perdieron cohesión. Una explosión de energía se produjo en las profundidades del remolino.

El portal se estaba derrumbando.

De un lado a otro, las llamas que lo bordeaban se fueron colapsando sobre sí mismas. Aunque Sargeras intentó reconstruirlo, para entonces, eso ni siquiera estaba ya al alcance de su poder. Por culpa de un solo segundo muy valioso, le habían arrebatado la victoria al señor demoníaco.

Entonces, ocurrió algo que Krasus nunca hubiera soñado que fuera posible. Como Sargeras se negaba a aceptar que hubiera sido derrotado, se adentró en el portal que seguía desmoronándose e intentó reconstruirlo y atravesarlo a la vez. Y eso fue su condenación. El señor demoníaco acabó atrapado en el portal mientras este implosionaba. No podía huir, no podía retirarse. El titán incluso soltó la espada y golpeó el portal con los puños, pero fue en vano. El pasillo abierto entre esos reinos se encogió con rapidez y, por último, lo aplastó. Sargeras rugió y su voz retumbó en las mentes de todos.

¡No impedirán mi llegada! ¡No!

Sin embargo, el portal seguía condensándose y Sargeras parecía condensarse con él. Luchó por mantener el camino abierto, de tal forma que las llamas de sus esfuerzos titánicos envolvieron el interior del portal.

Entonces, mientras el señor demoníaco todavía gritaba de rabia y golpeaba las paredes…, el portal dejó de existir.

Sargeras dejó de existir.

¡Se acabó! —exclamó Malfurion con voz entrecortada—. Se…

Pero esa última palabra la pronunció con un hilo de voz, ya que, a pesar de que el portal se había desvanecido, la vorágine del centro del Pozo continuaba girando de un modo demencial. Y lo que era aún peor: parecía estar creciendo e hinchándose. Mientras el druida contemplaba ese dantesco espectáculo, los bordes del remolino devoraron la costa de Zin-Azshari.

El elfo de la noche miró a Krasus.

¿Qué está ocurriendo?

Krasus hizo un gesto despectivo con la mano, para indicarle que no era momento de explicaciones.

¡Debemos alejamos de aquí! ¡Debemos lograr que todo el mundo se aleje del Pozo lo máximo posible!

Alexstrasza y los demás viraron rápidamente y se alejaron hacia tierra firme. Una energía pura crepitaba dentro y alrededor de las aguas negras. Toda Zin-Azshari tembló y, cuando los dragones la sobrevolaron, el mago divisó unas colosales fallas más allá de los límites de la ciudad.

—Ha comenzado… —susurró Krasus para sí—. Que los creadores nos protejan… Ha comenzado y no podemos hacer nada para impedirlo…

Una nueva tempestad barrió al grupo, dispersando a los dragones a pesar de todo su poder. Tras acomodarse al azote de esta última tormenta, todos los leviatanes alados se reagruparon…, salvo una dragona.

Ysera y, por tanto, también Malfurion y el disco habían desaparecido.

Krasus escrutó con celeridad el cielo, pero no vio ni rastro del Aspecto. Hasta que no dirigió la mirada hacia el suelo, la figura encapuchada no pudo ver hacia dónde había volado.

Regresaba al Pozo de la Eternidad.

¡No! —Ni siquiera Ysera sabía cuál era el destino que iba a sufrir esa región. Y lo que era aún peor: no había manera de saber que le sucedería a la línea temporal si, en vez de llevársela de ahí, el Alma Demoniaca se perdía en los estertores del Pozo—. ¡Debemos volver! ¡Debemos darles alcance!

Hay que reconocer que Alexstrasza viró de inmediato. El dragón rojo de Rhonin y la dragona bronce sin jinete la siguieron, pero Krasus les indicó con la mano que siguieran su camino. Concentrándose, el mago consiguió entrar en los pensamientos de Rhonin, a pesar de que una miríada de fuerzas mágicas generaba multitud de interferencias.

¡Deben ir adonde se halla la hueste! ¡Deben advertir a Jarod de que todo el mundo debe huir lo más lejos posible del Pozo! ¡Huyan al monte Hyjal!

No tuvo que dar más explicaciones, ya que, de todos ellos, el humano era el que mejor comprendía la situación. Como Rhonin procedía del futuro, sabía lo que iba a suceder al igual que su antiguo mentor. El mago se inclinó hacia delante y le habló a su montura. Segundos después, el dragón rojo se giró y se alejó. Si bien la dragona bronce titubeó, al final los siguió.

Krasus contempló el paisaje mientras Alexstrasza seguía el camino que había recorrido Ysera. Cerca de lo que habían sido antaño las puertas de la ciudad, se extendía ahora una profunda grieta tan ancha como un ala de su reina. Algunas de las estructuras que habían logrado sobrevivir al violento asalto inicial de los demonios temblaban ahora violentamente y varias de ellas se derrumbaron mientras ambos las sobrevolaban.

Es inminente… El mago dragón miró fijamente hacia delante, intentando divisar a Ysera y el druida. El Cataclismo va a arrasar Kalimdor…

Una lámpara de araña se estrelló contra el suelo de mármol, de tal manera que el millar de cristales que formaban parte de ella acabaron desperdigados. Varios de ellos volaron con la terrible velocidad propia de un misil. Una de las doncellas de Azshara cayó, con una hermosa y reluciente esquirla clavada en la frente.

La rema, que se encontraba aferrada a una columna para no perder el equilibrio, contempló frustrada el cadáver ensangrentado.

Bastantes cosas tenía ahora en mente como para que una de sus sirvientas protagonizara un acto tan deleznable en su presencia. Aun así, nadie tuvo la decencia de llevarse el cuerpo de ahí. El resto de ellas, incluida Vashj, corrían de aquí para allá presas del pánico mientras las paredes temblaban y el suelo se agrietaba.

Olvidándose de una manera flagrante de las leyes que prohibían tocar a la reina sin permiso, Vashj agarró a Azshara del brazo.

— ¡Luz de Luces! ¡Debemos huir del palacio! ¡Algo ha ido terriblemente mal! ¡Aquí ya no queda ninguno de los guerreros del Magno y los hechiceros han huido de la torre! ¡He parado a uno de ellos y este ha afirmado que un viento tremendo se ha llevado incluso a Mannoroth hasta el Pozo!

Azshara ya se había percatado de que ahí ya no había ningún guerrero de la Legión Ardiente, puesto que su escolta personal había desaparecido ante sus ojos, absorbida por el viento a través de un agujero en una pared de sus aposentos. A pesar del dantesco espectáculo del que había sido testigo, la reina se negaba a creer que Sargeras no fuera aún a aparecer y pretendía estar lista para cuando ese glorioso evento tuviera lugar.

Vashj seguía tirándola del brazo, lo cual colmó la infinita paciencia de Azshara. De improviso, abofeteó a su dama de compañía.

Las demás se quedaron quietas ahí donde estaban, olvidándose por entero del hecho de que todo cuanto las rodeaba podía venirse debajo de un momento a otro. Lo cierto era que esperaban que su señora ejecutara a Vashj ahí mismo.

Sin embargo, en vez de eso, Azshara, con su tono de voz más regio, ordenó:

— ¡Todas van a recordar cuál es su sitio! ¡Espero que obedezcan las instrucciones que les he dado! Continuaremos con los Preparativos de la llegada de nuestro señor Sargeras…

Para enfatizar aún más lo que estaba diciendo, se acercó a una sus sillas, que el primer temblor había volcado. Vashj la colocó bien rápidamente y le quitó el polvo al asiento con el dobladillo de su propio vestido.

Azshara asintió para mostrar su aprobación y se sentó. Al instante, sus doncellas se colocaron en su sitio y Vashj sirvió a la reina una copa de vino; de alguna manera, logró no derramarlo, a pesar de que el palacio continuaba temblando.

—Gracias, lady Vashj —dijo cortésmente la reina de los elfos de la noche. Le dio un sorbito y, acto seguido, adoptó una pose expectante. Daba igual cuánto tardara Sargeras en llegar, ella estaría lista para él. Se presentaría ante ella y se quedaría deslumbrado ante su perfección, como todos.

Después de todo, ella era Azshara.

Mientras Ysera alcanzaba la orilla, Malfurion, con el Alma Demoníaca aferrada contra el pecho, contempló horrorizado la grandiosa capital de los elfos de la noche. Como se hallaba en armonía con las fuerzas naturales de Kalimdor, supo de inmediato que se iba a producir un desastre. Sabía qué iba a pasar y se dio cuenta de que tenía que reaccionar con celeridad.

¡Mi hermano y Tyrande siguen en Zin-Azshari! ¡Por favor, no puedo abandonarlos a su suerte!

¿Sabes dónde están?

¡Sí!

La descomunal dragona verde asintió.

¡Guíame, pero date prisa!

Giraron y se alejaron sin avisar a los demás. Malfurion escrutó la orilla. Como Ysera había volado tan rápido, se habían visto obligados a retroceder una cierta distancia, pero entonces, el druida percibió que se hallaban al fin cerca de los otros elfos de la noche.

¡Ahí! Tyrande le hacía señas con una mano. Al verla, se emocionó tanto que Malfurion se olvidó por un instante de que también había venido a rescatar a su gemelo. Únicamente cuando se acordó de ello, el druida reparó, de repente, en que ahí no había ni rastro de Illidan.

Ysera aterrizó. Como siempre, el Aspecto escrutó todo cuanto lo rodeaba con los ojos cerrados, pero Malfurion ya sabía a esas alturas que, a pesar de las apariencias, la Señora del Sueño era capaz de ver mucho mejor que la mayoría de las criaturas.

Desmontó de un salto. Tyrande lo recibió con los brazos abiertos, abrazándose a Malfurion con tal fuerza que, por un momento, este no pudo pensar en otra cosa que hacer lo mismo. Solo cuando la dragona carraspeó levemente, ambos se separaron de forma reticente.

—Malfurion… —acertó a decir la sacerdotisa.

Él le puso un dedo en los labios.

—Calla, Tyrande. ¿Dónde está Illidan?

Ala elfa se le desorbitaron los ojos brevemente. A continuación, miró para atrás.

—En el mismo borde.

Lanzando una maldición, el druida se alejó corriendo de ella. Illidan seguramente sabía que la tierra se estaba desmoronando a su alrededor. ¿Cómo podía estar tan loco?

Mientras rodeaba raudo y veloz una torre en ruinas, Malfurion estuvo a punto de chocarse con su gemelo. De algún modo, Illidan logró mirarlo fijamente con esas cuencas vacías tapadas con una venda.

—Hermano…, has regresado en un momento muy oportuno…

¡Illidan! ¡El Pozo está fuera de control!

El hechicero asintió.

¡Sí! ¡Se ha visto afectado y alterado por demasiados hechizos! El desorden que hemos… ¡que sobre todo tú has desatado con el Alma

Demoníaca ha sido demasiado para él! ¡El mismo sortilegio que ha enviado a la Legión Ardiente de vuelta a su nauseabundo reino ahora está consumiendo el pozo! ¡Este se está devorando a sí mismo, llevándose consigo todo cuanto lo rodea! —Entonces, se volvió hacia esa masa negra de agua—. Fascinante, ¿verdad?

¡No lo será tanto si acabamos atrapados en ese caos! ¿Por qué no estaban huyendo de aquí como alma que lleva el diablo?

Illidan se secó la mano. Solo entonces se dio cuenta Malfurion de que su hermano tenía esa extremidad envuelta en un leve fulgor de energía. También se fijó en que la tenía mojada.

¿Qué has estado haciendo con esa mano metida en el pozo Illidan?

En ese momento, un tremendo temblor empujó a ambos elfos de la noche, que cayeron al suelo de rodillas. Illidan gritó:

¡Si sabes cómo salir de aquí, será mejor que nos larguemos cuanto antes! ¡He intentado lanzar un hechizo que nos teletransportara a Tyrande y a mí fuera de aquí, pero ha sido imposible! ¡El Pozo se ha vuelto muy inestable!

¡Por aquí!

Malfurion agarró a su hermano del brazo y lo arrastró hasta donde se encontraban los demás. Tyrande ya estaba montada en Ysera. La sacerdotisa ayudó primero a Illidan a subirse a la dragona y luego a Malfurion.

En ese preciso instante, un ser colosal los sobrevoló. De manera puramente instintiva, el druida esperaba que se tratara de un horror demoníaco, pero entonces vio que se trataba ni más ni menos que de Krasus y Alexstrasza.

¡El Alma Demoníaca! —exclamó el mago—. ¿Aún la tienes?

Malfurion dio un golpecito a una de las faltriqueras que llevaba encima. Había guardado el disco ahí dentro justo antes de que Ysera aterrizara.

Krasus asintió, aliviado.

¡Dense prisa, entonces! ¡Debemos volar rápido y muy lejos! ¡Y ni siquiera en el aire estaremos a salvo!

Como era perfectamente consciente de que el mago sabía mucho más de lo que había querido admitir, Malfurion se aferró con fuerza. Ysera se elevó y dejó atrás esos escombros justo cuando otra grieta se abría bajo sus patas.

—Zin-Azshari está desapareciendo… —gritó el taumaturgo encapuchado— ¡y esto es solo el principio!

Si bien las dos dragonas batieron las alas tan fuerte como pudieron, apenas avanzaron, pues era como si volaran a través de alquitrán. Malfurion miró hacia atrás y vio que el cielo situado encima del Pozo ya ni siquiera existía. Una gigantesca nube en forma de embudo lo cubría todo. Al parecer, Illidan había dicho la verdad. Entre el entramado de hechizos de los demonios, los hechizos de los dioses antiguos y los propios esfuerzos mágicos de los defensores, el Pozo de la Eternidad se había visto sometido demasiadas veces a una tensión desgarradora.

¿Acaso sus amigos y él habían salvado el mundo o lo habían destruido?

El druida se estremeció ante lo que, en un primer momento, creyó que era un trueno ensordecedor. Se tapó los oídos con las manos, a la espera de que pasase.

¡Miren! —exclamó Tyrande, con sus labios lo bastante cerca de él como para que pudiera oírla—. ¡La ciudad!

Y contemplaron… Contemplaron cómo el suelo situado más allá de Zin-Azshari se desmoronaba. Se abrió un gran cañón de kilómetros de profundidad, y toda la capital se fue deslizando, literalmente, hacia el Pozo.

¡La… atracción… se vuelve… más intensa! —rugió Ysera.

El Pozo estaba atrayendo las regiones circundantes hacia sus fauces, devorando así Kalimdor de una forma literal. Ahora, Zin-Azshari flotaba sobre esas aguas negras; una isla que se bamboleaba como los restos de un naufragio. Irónicamente, el palacio seguía prácticamente intacto, aunque la torre a la que los Altonato se habían trasladado tras la destrucción de su anterior santuario se encontraba inclinada de un modo precario.

Unos ominosos rayos de energía danzaban alrededor de la ciudad Centras esta se aproximaba a las fauces de la vorágine. Al contrario que gran parte de los fragmentos que el Pozo arrancaba de Kalimdor, Zin-Azshari se dirigía directamente hacia el centro del remolino, Malfurion notó que Tyrande lo agarraba con más fuerza si cabe, hasta el punto de hacerle daño.

Se va… —susurró la sacerdotisa—. Se va…

Las doncellas que rodeaban a Azshara chillaron. Vashj se aferró a la pierna de su reina, quien sostenía una copa vacía y se negaba a aceptar lo que le estaba ocurriendo a su palacio. ¡Ella era Azshara la Luz de Luces, la soberana suprema de su pueblo! ¡Y no había dado permiso para que sucediera esto!

Sargeras no iba a venir. Azshara al fin lo había aceptado, aunque no se lo había dicho a sus seguidores. No iba a permitir que se dieran cuenta de que ella se había percatado de que había errado. De alguna manera, la chusma había impedido su llegada a Kalimdor… había impedido que se presentara ante ella.

El estruendo se volvió más intenso. Una oscuridad en la que ni siquiera los elfos de la noche podían ver envolvió el palacio. La única iluminación era la procedente de las fuerzas desatadas del Pozo. Las aguas negras fueron anegando el palacio y se llevaron por delante a dos de sus sirvientas, cuyos chillidos pronto se vieron ahogados.

¡Soy Azshara!, insistió en silencio, con una expresión inmutable. Con un mero pensamiento, la reina creó un escudo que rodeó tanto a ella como a aquellos que aún seguían vivos. ¡Mis deseos se imponen a la realidad!

Con su poder, mantuvo a raya esas aguas, pero la presión de tener que mantener alzado el escudo enseguida se acabó convirtiendo en un gran quebradero de cabeza. Azshara arrugó el ceño y unas gotas de sudor (las primeras de toda su vida) le perlaron la frente.

Entonces…, unas voces susurraron desde la penumbra, unas voces que la llamaban y le prometían que podría escapar.

Hay un modo de escapar… Sí, lo hay… Serás más de lo que jamás has sido…, más de lo que nunca fuiste… Podemos ayudarte… Podemos ayudarte…

La reina no era una necia. Sabía que su escudo no resistiría mucho más y que, entonces, el Pozo los reclamaría tanto a ella como a sus seguidores, de tal modo que la gloriosa Azshara desaparecería de la faz del mundo.

La elfa de la noche de melena plateada asintió.

— ¡Angh!

La copa se le cayó de la mano. Un tremendo dolor se apoderó de ella por entero. Notó que se le retorcían y enroscaban las extremidades. Notó que su columna vertebral adquiría cierta fluidez, corno si gran parte de ella se hubiera derretido al instante…

Serás mucho más de lo que jamás has sido…, le prometieron las voces. Y cuando llegue el momento, a cambio de lo que te concedemos… serás una buena sierva…

Los últimos vestigios de su escudo se vinieron abajo. Azshara chilló cuando las aguas la cubrieron del todo. De fondo, pudo oír también otros gritos…; eran los de sus doncellas, los de sus guardias y los del resto de los Altonato que todavía la servían.

El Pozo le invadió los pulmones…

Pero… no se ahogó.

Krasus también observó cómo la vasta ciudad, el culmen de la civilización de los elfos de la noche, era devorada por entero por las fauces de la vorágine. Se estremeció, no solo por la devastación de la que estaba siendo testigo, sino porque sabía lo que sucedería en el futuro. El mago dragón había albergado la esperanza de que Zin- Azshari se destruyera antes de hundirse; sin embargo, esa parte de la historia había permanecido inalterada. La ciudad se hundiría hasta las profundidades de esas aguas…, donde, con el paso de los siglos, engendraría un nuevo horror.

Pero ahora no podía hacer nada al respecto. Krasus apartó la vista del Pozo, apartó la vista de la devastación que se extendía con rapidez en todas direcciones. Enormes fragmentos de Kalimdor continuaban siendo arrastrados hacia el Pozo tras ser arrancados sin que hubiera nada que indicara que ese espanto fuera a menguar. Varios kilómetros de tierras que se habían hallado más allá de Zin-Azshari ya se habían desvanecido. Lo único bueno en todo ese desastre era que el avance de la Legión Ardiente había provocado que todo ser vivo abandonara esas zonas hacia tiempo. Por ahora, las únicas víctimas del remolino habían sido la tierra calcinada y los huesos de los muertos…, pero si la catástrofe no se detenía pronto, Krasus se preguntaba si quedaría algo en pie.

¡Hay que parar esto!, insistió. ¡La historia dice que esto se detuvo!

Pero sabía perfectamente que el tiempo había sufrido demasiadas alteraciones… y que él era, en gran parte, responsable de ello.

Lo único que podía hacer Krasus era rezar…

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