El Cataclismo – Capítulo Diecinueve

Malfurion no vio saltar a Brox, pues el elfo de la noche ya estaba totalmente obsesionado con lo que tenía ante él. Ahora que tenía el disco, el druida pensó en lo abrumadora que era la tarea que debía llevar a cabo. Malfurion había albergado la esperanza de que alguno de los demás, sobre todo Krasus, fuera quien se hiciera con el Alma Demoníaca; sin embargo, los acontecimientos habían sufrido un giro dramático, ya que habían subestimado el hechizo que la protegía y la irrupción del dragón Negro los había pillado por sorpresa. Ahora, todo dependía de él y no tenía ni idea de qué hacer exactamente.

En ese momento, percibió de nuevo a Tyrande en su mente. Instintivamente, Malfurion expandió su conciencia y, horrorizado, se percató de que la sacerdotisa se hallaba en peligro.

¡Tyrande! ¿Qué…?

¡Malfurion! ¡Hay demonios por todas partes! ¡Illidan y yo creemos que Mannoroth está intentando llegar hasta ti a través de nosotros!

Rápidamente, retomó el enlace mental que todavía compartía con su gemelo. El contacto inicial con Illidan dejó conmocionado a Malfurion, pues sintió una tremenda oleada de sed de sangre. A través de su hermano, el druida percibió cómo Illidan atacaba a la Legión Ardiente, cuyos guerreros llameantes se agolpaban en gran número ante el hechicero ataviado de negro.

De repente, Illidan reparó en su presencia.

¿Hermano?

¡Illidan! ¿Nopuedes huir de ahí?

¡Estamos rodeados y no cabe duda de que Mannoroth aguarda con ansia a que emplee un hechizo para poder escapar hasta un sitio seguro! Seguramente, lo manipularía al instante, para que cayéramos en sus cariñosas garras…

Malfurion se estremeció.

¡Ya voy! ¡Los ayudaré!

Pero al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, el druida se dio cuenta de que no podía abandonar el Pozo. El portal tenía que ser destruido, aunque eso supusiera dejar morir a su gemelo y a Tyrande.

Oh, cómo rezaba Malfurion para que todo pudiera volver a ser como antaño, como antes de la Legión. Como en esa época en que su hermano y él habrían luchado codo con codo. En su juventud, Illidan y él habían sido capaces de superar cualquier obstáculo porque actuaban como si fueran un solo ser.

Ojalá las cosas pudieran ser así una vez más, pensó el desesperado druida. Si pudiera luchar codo con codo con Illidan para enfrentarnos a este mal…

Súbitamente, el Alma Demoníaca centelleó y Malfurion reparó en ello demasiado tarde.

Se sintió dominado por una peculiar sensación de desplazamiento. Se le desenfocó la vista por un momento. Gruñendo, Malfurion sacudió la cabeza… y descubrió que se hallaba junto a Illidan en las ruinas de Zin-Azshari.

¿Malfurion? —dijo Tyrande con voz entrecortada. La elfa estiró un brazo con intención de tocarlo, pero su mano atravesó al druida. No obstante, cuando Malfurion intentó tocar a su gemelo, palpó un cuerpo sólido. Un sobresaltado Illidan se estremeció.

Malfurion parpadeó… y, una vez más, se encontró a lomos montura sobre el Pozo de la Eternidad.

Pero en esta ocasión…, Illidan se hallaba sentado junto a él.

Con sus cuencas vacías tapadas con una venda, el hechicero contemplo a Malfurion con una mirada suspicaz teñida de un sobrecogimiento apenas disimulado.

— ¿Que has hecho, hermano?

El druida contempló el Alma Demoníaca y recordó lo que había deseado. El nauseabundo disco le había concedido su deseo.

Tanto Illidan como él estaban en dos lugares al mismo tiempo. Pues que así fuera. Por muy malévola que fuera, lo cierto era que el Alma Demoníaca le había brindado la oportunidad que tanto necesitaba.

— ¡Apóyame, Illidan! —le espetó un desafiante Malfurion—. Apóyame aquí… —Volvieron a hallarse en Zin-Azshari—. ¡Y aquí!

Hay que reconocer que (con su amplia sonrisa habitual) el gemelo de Malfurion asintió al instante.

En esa ciudad envuelta en niebla, los hermanos combatían codo con codo mientras los demonios atravesaban en tropel los escombros e intentaban alcanzarlos. Decenas y decenas de ellos perecieron víctimas de las espadas de energía negra de un metro de largo que creaba Illidan y de las fuerzas de la naturaleza que Malfurion canalizó en forma de tormenta, cuyas gotas de lluvia derretían las armaduras y la carne de los demonios. Tyrande los apoyaba; la sacerdotisa de Elune invocó la luz pura de su señora para cegar, incluso quemar, a los monstruos que se aproximaban.

Mientras todo esto acaecía, Malfurion e Illidan también se encontraban montados a horcajadas sobre Ysera, luchando contra el hechizo que mantenía en pie el portal. El hecho de que Sargeras aún no lo hubiera cruzado tenía a ambos desconcertados, pero eso les concedía momentáneamente una cierta tregua que no iban a desperdiciar.

Aun así, a pesar de contar con la ayuda del Alma Demoniaca, no consiguieron nada. El cielo estaba repleto de guardias apocalípticos, cuyo objetivo eran aquellos que impedían que su amo entrara en Kalimdor. Aunque Krasus, Rhonin y los dragones los destruyeron por decenas, no parecían menguar en número. No había ni rastro de Brox, Pero el druida no podía preocuparse del orco en esos momentos.

Aunque Ysera se defendía de un ataque tras otro, Malfurion era consciente de que no podría protegerlos eternamente. De todos modos, a pesar de que tanto Illidan como él intentaban valerse del Alma Demoníaca para cerrar el portal, seguían fracasando una y otra vez.

Entonces, la respuesta le vino a la mente. Malfurion clavó sus ojos en las cuencas cubiertas por una venda de su hermano.

¡Estamos haciéndolo todo mal! ¡Estamos usando el disco para potenciar nuestros hechizos!

¡Por supuesto! —le espetó Illidan, en tomo al cual el mundo volvió a cambiar; se hallaba de vuelta en Zin-Azshari, donde el hechicero estaba destripando a un guardia vil—. ¿Cómo, si no, podemos usarlo?

Su entorno pasó a ser de nuevo el Pozo y ese cielo invadido por los demonios. El druida contempló la impía creación de Alamuerte. Aunque le repugnaba lo que iba a sugerir, no le quedaba más remedio que hacerlo.

¡El Alma Demoníaca sigue formando parte del entramado de hechizos! ¡En vez de extraer energías del disco, nosotros deberíamos proporcionárselas a él! ¡Deberíamos cooperar con el disco, no tratarlo como si fuera una espada o un hacha!

Illidan abrió la boca, dispuesto a discutir, pero entonces, la cerró inmediatamente, pues comprendió que lo que decía su gemelo tenía sentido.

Una vez más, Malfurion se encontró en Zin-Azshari. Al instante, percibió que había una nueva fuerza entre los demonios de la ciudad; una que se movía con una espantosa determinación y una horrible meta en mente hacia las ruinas donde los hermanos y Tyrande habían buscado refugio. Poseía una maldad… y un hedor que le resultaban muy familiares.

¡Sátiros!

Esas criaturas con forma de cabra en parte, que antes habían sido unos elfos de la noche, saltaron por encima de los demás demonios, a la vez que preparaban unos hechizos. Se rieron de un modo demencial e incluso algunos balaron.

Sin embargo, mientras esas abominaciones convergían sobre los tres, Malfurion se halló una vez más montado sobre Ysera. Estos constantes cambios de escenario lo distraían y sospechaba que, de un modo u otro, tanto él como su hermano acabarían perdiendo en breve la capacidad que poseían actualmente de estar en dos lugares simultáneamente.

¡Únete a mí, Illidan! ¡Hazlo!

A pesar de la animosidad que reinaba entre ellos, el hechicero no titubeó. Sus mentes se unieron, fusionándose de un modo casi completo. Malfurion conoció entonces los planes abocados al fracaso que había urdido su hermano, con los que pretendía convertirse en el héroe de Kalimdor, y se percató de inmediato de cómo las siniestras fuerzas que lo habían tentado a él mismo con la idea de que debía quedarse el disco, se habían valido de la arrogancia de Illidan para conseguir que este sumara sus propios hechizos al conjunto.

Hasta entonces, el druida se había olvidado por entero de esos entes a los que Krasus había llamado los dioses antiguos, los cuales habían seguido intentando alcanzar su objetivo: valerse del portal de Sargeras para recuperar la libertad. Ahora más que nunca, el druida era consciente de que tenía que utilizar el Alma Demoniaca si querían destruir el portal.

¡Prepárate!, le ordenó a Illidan.

Malfurion invocó las energías intrínsecas de Kalimdor; las mismas fuerzas que le habían ayudado a deshacerse del malvado capitán Varo’then. Ahora, tendría que pedirles un sacrificio aún mayor. Esto iba a requerir mucho más poder del que había necesitado para salvar a un dragón de la muerte, lo cual había hecho de forma ingenua e inocente con Krasus y Korialstrasz. Al pedir tal cantidad de poder a su querido mundo, cabía la posibilidad de que el druida provocara que su hogar sufriera el mismo destino fatal que la Legión Ardiente le tenía reservado.

Mientras invocaba a Kalimdor y le pedía que lo apoyara con sus fuerzas una vez más, notó que Illidan extraía energía del mismo Pozo. En cuanto ambos lograron sus objetivos, los hermanos unieron ambas fuerzas (transformándolas en una sola) y la energía resultante la introdujeron en el Alma Demoniaca.

Tanto Malfurion como Illidan sufrieron una sacudida cuando sus fuerzas mágicas se fusionaron con las que se hallaban dentro del disco. El druida regresó momentáneamente a Zin-Azshari…t justo cuando un sátiro saltaba sobre Tyrande. Sin pensar en su propia integridad, el druida atacó a la criatura cornuda con una espada que creó a partir de una hoja aserrada. La cabeza del sátiro rodó por el suelo…

Y, una vez más, la atención de Malfurion se centró de nuevo en el Pozo. Apretando los dientes, concentró todos sus sentidos en el Alma Demoníaca.

Tanto él como Illidan pasaron a formar parte de disco. Ahora eran el Alma Demoniaca…

Avanzaban hacia él como un aluvión, como un río infinito de maldad absoluta que pretendía matarlo.

— ¡Vamos! —rugió Brox, a la vez que apartaba de una patada el miembro cercenado de otro demonio que había sido lo bastante necio como para ponerse al alcance de su hacha. Se hallaba sobre un montículo hecho con los cadáveres de sus múltiples víctimas. A pesar de que el canoso orco estaba cubierto de su propia sangre, se sentía imbuido de unas fuerzas que no había sentido desde hacía años.

Una furia caótica rodeaba al solitario guardián; la locura del reino de la Legión Ardiente. Ahí no parecía haber ni suelo ni cielo, solo una vorágine demencial de colores intensos y energías descontroladas. Si no hubiera estado tan completamente centrado en sus advérsanos, el orco sospechaba que ya se habría vuelto loco a esas alturas.

Detrás de él, el portal ardía con un propósito malévolo. Las llamas verdes danzaban como si fueran ellas mismas demonios y parecían atraer a la Legión Ardiente como la luz atrae a las polillas. Aunque Brox se había imaginado que lo derrotarían enseguida, no solo había logrado sobrevivir hasta ahora, sino que había evitado que un solo demonio alcanzara el portal.

No obstante, el vetusto guerrero no sabía cuánto tiempo más podría resistir. Aunque esperaba poder hacerlo hasta que el portal se sellara. El hacha encantada le daba cierta ventaja, una que Brox había aprovechado muy bien, pero el arma solo serviría para algo mientras le duraran las fuerzas.

Algo negro se movió a su derecha, algo que llamó la atención del orco. De manera instintiva, se giró para encararse con ello…

Y se vio golpeado de un modo terrible por una fuerza que hacía que el poder de los demonios que tenía delante fuera una insignificancia en comparación. Le fracturó el hombro a Brox, quien notó que varias costillas se le hundían y le perforaban varios órganos. Varias oleadas de un dolor muy agudo y agónico lo recorrieron por entero.

Aunque intentó ponerse en pie, el veterano guerrero fue golpeado sin misericordia de nuevo. Tenía las piernas aplastadas y la mandíbula derecha rota. Brox saboreó su propia sangre, a lo cual estaba acostumbrado. El orco tenía un ojo morado, que no podía abrir, y a duras penas lograba seguir respirando.

Pero con la mano que aún le respondía seguía aferrando el hacha. A pesar de todo el dolor que sentía, Brox atacó con ella a su atacante, con la esperanza de alcanzarlo.

La hoja se topó con algo que obstruía su avance y, en un principio, las esperanzas de Brox crecieron. Sin embargo, el chillido que, sin más dilación, oyó el malherido orco le indicó que solo había alcanzado a una ansiosa bestia vil que intentaba abalanzarse sobre una presa fácil.

Qué pena…

A pesar de esas palabras, ciertamente, no había ningún matiz de pena en la terrible y atronadora voz que oyó en su mente. Una vasta sombra cubrió al orco por entero.

Qué pena que esta exquisita capacidad para masacrar se desperdicie…

Con un rugido cansado, Brox logró enderezarse y lanzó el hacha, Que giró en el aire.

Esta vez, sabía que no iba a impactar contra un mero sabueso demoníaco.

Un rotundo bramido de cólera ensordeció al guerrero herido. Con el ojo medio sano con el que aún podía ver, Brox pudo contemplar a esa titánica figura cornuda que vestía una armadura negra de lava fundida, cuya espesa cabellera y barba parecían estar hechas de unas llamas que danzaban salvajemente. A pesar de que el orco no podía distinguir bien las facciones del gigante, supo, de algún modo, que eran maravillosamente perfectas y terriblemente horribles al mismo tiempo.

Entonces, el titán alzó una mano, en la cual, tal y como Brox pudo ver, sostenía una espada malévola, cuya hoja se encontraba partida. Aunque lo que quedaba de ella estaba mellado, aún era más que capaz de matar con esa arma.

A través de unos dientes rotos, el orco entonó un cántico funerario. La punta mellada lo empaló y le atravesó la columna vertebral. Brox tembló incontrolablemente y la luz de su mirada se apagó. El hacha cayó de su mano inerte.

Tras lanzar su último suspiro, el orco se unió al fin a sus camaradas de antaño.

¡Son demasiados! —gritó Rhonin.

¡Tenemos que hacer lo que podamos! ¡Debemos ganar tiempo para que Malfurion pueda actuar! —replicó Krasus, quien se hallaba montado en la espalda de Alexstrasza.

¿Acaso él puede hacer algo?

¡Forma parte de la propia Kalimdor! ¡Debe ser capaz de hacer algo! ¡Es el que más posibilidades tiene! ¡Créeme!

Rhonin no dijo nada más; se limitó a asentir y a enviar a un par de decenas más de esos demonios al infierno que existiera para ellos en el más allá, fuera cual fuese este.

El ruido que reinaba fuera e incluso dentro se había vuelto tan incesante que había colmado la paciencia de la reina Azshara. Vestida del modo más elegante posible para presentarse ante el gran Sargeras de una manera realmente esplendorosa, la Luz de Luces se adentró en el pasillo, seguida de sus guardias demoníacos. Los centinelas elfos se cuadraron nerviosos a su paso.

¡ V ashj! ¡ Lady V ashj!

La doncella principal de Azshara se acercó corriendo en dirección contraria y, rápidamente, se postró ante la soberana.

¡Sí, mi señora! ¡A tus órdenes!

¡Pues mis órdenes son que respondas a mis preguntas, Vashj! Se me aseguró que todo estaba en orden, pero resulta ser más bien contrario, ¡pues un caos estruendoso reina dentro y alrededor del palacio! ¡Me siento sumamente ofendida! Quiero que se restaure el orden, ¿queda entendido? ¿Qué va a pensar si no, nuestro señor Sargeras?

Vashj no apartó la mirada del exquisito suelo de mármol, en donde cada cuadrado mostraba un estilizado perfil de Azshara.

¡Solo soy tu humilde sierva, Luz de Luces! ¡He intentado que lord Mannoroth me informara de qué está ocurriendo, pero me ordenó que me fuera bajo la amenaza de que, si no lo hacía, me desollaría viva!

¡Qué impertinente! —Azshara miró en dirección hacia la torre donde los Altonato y los demonios estaban trabajando—. ¡Eso ya lo veremos! ¡Ven, Vashj!

Acompañada por su nerviosa sirvienta, la reina ascendió hacia allá. El hecho de que no hubiera llamado al resto de sus doncellas para hacer una entrada aún más gloriosa era una clara muestra de lo descontenta que estaba. En esta ocasión, Vashj y sus escoltas tendrían que bastar.

En la puerta, una par de guardias viles y dos bestias viles intentaron impedirle la entrada a la reina.

¡Apártense! ¡Se lo ordeno!

Los sabuesos gimotearon, pues obviamente deseaban obedecerla, Poro los dos monstruosos guerreros hicieron un desafiante gesto de negación con la cabeza.

Azshara miró hacia atrás, a su séquito. Sonrió a los demonios que k habían acompañado y les dio esta orden: —Por favor, eliminen a estos de mi vista.

Sus guardias reaccionaron sin vacilar, dispuestos a actuar en contra de sus camaradas. Llevaban tanto tiempo con la reina que habían caído presas de sus encantos. Como los superaban ampliamente en número, los demonios que bloqueaban la entrada cayeron con rapidez, al igual que los sabuesos. Uno de sus escoltas también pereció, pero ¿qué era la vida de un guardia comparada con los deseos de Azshara?

En cuanto apartaron los cadáveres del camino, la reina hizo ademán de avanzar. Vashj entró primero y, luego, se colocó detrás de Azshara.

La cámara era un hervidero de actividad. Unos hechiceros demacrados y sudorosos trabajaban frenéticamente bajo la mirada iracunda de Mannoroth. Sátiros, eredar y Señores del Terror también se afanaban con ciertos hechizos, cuyos resultados, obviamente, se plasmaban fuera de los muros de palacio.

Azshara se mostró impertérrita ante la monumental tensión que, claramente, soportaban los taumaturgos y se aproximó al gigantesco demonio. Mannoroth, quien también sudaba a mares, no reparó en su presencia en un primer momento, un desaire que la reina decidió pasar por alto por esta vez.

—Mi señor Mannoroth —le dijo con suma frialdad—, me siento decepcionada ante la alta de orden que impera antes de la llegada de Sargeras…

El demonio se giró hacia ella, con su semblante similar al de un sapo dominado por el asombro ante su audacia.

¡Criaturita, será mejor que te marches de aquí ahora mismo! ¡Se me agota la paciencia! ¡Por interrumpirme en este momento tan crítico, debería arrancarte la cabeza y devorarte las entrañas!

Azshara no dijo nada, sino que se limitó a contemplar de manera arrogante y apremiante al demonio.

Mannoroth resopló y extendió un brazo colosal hacia ella. Su intención era clara; esa elfa de la noche ya no le era útil.

A pesar de que estuvo a punto de agarrarla, flaqueó al final y no solo porque se le ocurriera, de repente, que Sargeras todavía podría desear que esa criatura de pelo plateado siguiera viva. Más bien, Mannoroth descubrió que se acababa de topar con un poder que solo su señor y Archimonde podrían vencer. Por mucho que lo intentara, al demonio le habría resultado más fácil ahogarse a sí mismo que estrangular a la reina.

Se acabó apartando de ella, debatiéndose entre la repentina intranquilidad que se había adueñado de él al descubrir que la había subestimado totalmente y el peligro que corría en ese momento el portal.

—Por el bien de nuestro señor Sargeras —aseveró Azshara de un modo regio—, te perdonaré que hayas perdido los estribos…, pero solo por esta vez.

Disimulando su desasosiego, Mannoroth apartó la vista rápidamente de ella.

¡No tengo tiempo para esto! El portal debe ser protegido…

El demonio no vio cómo la soberana arqueaba una ceja.

¿El portal corre peligro? ¿Cómo es posible?

Apretando sus colmillos amarillentos, el demonio contestó con una voz atronadora:

¡ Son meros ataques desesperados de la última chusma que queda en pie! Todo irá bien…, ¡pero solo si no hay más interrupciones!

A pesar de que Azshara frunció los labios ante el tono ofensivo que el demonio había empleado, se dio cuenta de que lo que decía tenía sentido.

¡Muy bien, lord Mannoroth! Regresaré a mis aposentos…, pero espero que este problema se arregle de inmediato para que Sargeras por fin pueda presentarse ante mí. Vámonos, Vashj, aquí ya no hay nada más que hacer.

La reina de los elfos de la noche se marchó haciendo gala de una actitud regia. Un todavía incrédulo Mannoroth miró para atrás justo cuando ella desaparecía de su vista. Entonces, tras recobrar la compostura, se concentró de nuevo en la tarea que tenía entre manos. Los rebeldes serían aplastados y el camino quedaría abierto para el Señor de la Legión. Ya podía percibir a Sargeras acercándose al portal, que aguantaba en pie a pesar de que el druida y sus amigos les habían robado el disco del dragón.

Pronto… Muy pronto…

Malfurion e Illidan continuaban batallando contra los demonios en las ruinas. Al mismo tiempo, seguían dejando que su propia esencia fluyera hacia el interior del disco. Aunque Illidan pretendía utilizar ya todo su poder para resolver la situación; por suerte, Malfurion mantuvo a su gemelo bajo control. Esto había que hacerlo de una manera racional y en el momento oportuno, puesto que incluso un mero segundo podía llegar a ser tan valioso como el último aliento de cualquier ser.

Entonces…, por fin estuvieron listos para atacar.

Pero mientras iniciaba el hechizo final, Malfurion notó que una tremenda maldad irrumpía en su mente, una maldad que no era la de Sargeras. Unas voces susurraban en su mente, prometiéndole de todo. Podría gobernar Kalimdor, Tyrande podría ser su reina y la Legión Ardiente, su ejército. Todos se postrarían ante su grandeza. Solo tema que hacer una leve alteración al sortilegio.

El druida rechazó esos susurros, pues era consciente de que deseaban realmente esos entes. Sin embargo, si bien el druida no se había dejado cautivar por esas palabras, el hechicero sí había caído en la tentación.

¡Illidan!

Malfurion lanzó sus pensamientos a su gemelo como si lo estuviera atacando físicamente. Entonces, notó cómo se quebraban esas tinieblas que se habían adueñado de Illidan. Su gemelo lanzó un grito ahogado…

Vuelvo a ser yo, le aseguró Illidan un instante después.

Aunque no se fiaba del todo, Malfurion prosiguió con su labor, ya que no les quedaba mucho tiempo. Era un milagro que el señor demoníaco aún no hubiera entrado en este mundo. Y aunque habían logrado rechazar a esas entidades, si el portal seguía abierto, Malfurion no albergaba ninguna duda de que darían con alguna manera de seguir a Sargeras hasta el plano mortal.

Como era consciente del destino que sufriría Kalimdor si eso llegara a suceder, Malfurion lanzó el hechizo. Fuera cual fuese el daño que causara, sería como una leve brisa en comparación.

Reinó un silencio sepulcral. Era como si no hubiera ningún sonido en todo el mundo. El viento se detuvo y ni siquiera el Pozo agitado por la tormenta emitió el más mínimo estruendo atronador.

Entonces… se oyó un gran alarido que hizo temblar el Pozo, Zin- Azshari y, posiblemente, el resto de Kalimdor. Un terrible vendaval se levantó detrás de Malfurion, pero Ysera rápidamente se acomodó a él. El nuevo viento se alzó con una furia que superaba a todo lo que el druida se había encontrado con anterioridad. Como les pilló desprevenidos, los demás dragones volaron sin control alguno en un principio, pero luego, sorprendentemente, se enderezaron como si el vendaval se hubiera esfumado.

Sin embargo, en el caso de la guardia apocalíptica y similares, eso no fue así. Los demonios alados aletearon completamente fuera de control, pues eran totalmente incapaces de enfrentarse a este nuevo y temible viento. Varios colisionaron, destrozándose el cráneo y haciéndose trizas las extremidades, pero aunque muchos demonios perecieron, el viento era tan fuerte que sus cadáveres inertes no cayeron al suelo, sino que giraron alrededor del Pozo, como si estuvieran representando algún tipo de danza macabra.

Si bien la potencia del vendaval se multiplicó por diez, por cien, para los dragones y sus jinetes, era poco más que una mera brisa. Aunque no era así para sus desesperados adversarios. Por centenares, los guardias apocalípticos giraban y giraban y giraban…

Entonces, fueron absorbidos de un modo inexorable hacia el interior del portal.

A aquellos que aún les quedaba aire en los pulmones, lanzaron alaridos y chillidos y les rechinaron los dientes, pero eran como mero polvo arrastrado por esa potente ráfaga de aire. Desde todas direcciones, los monstruosos guerreros se precipitaban inexorablemente hacia el portal, el mismo por el cual sus hermanos esperaban emerger.

— ¡Está funcionando! —exclamó Illidan con unas carcajadas triunfales—. ¡Está funcionando!

No obstante, Malfurion no aflojó, ya que notaba cómo ciertas fuerzas se resistían y ejercían una presión en contra del hechizo. En estos momentos, no podía afirmar quién era el responsable de esto: si el Señor de la Legión o los dioses antiguos. Lo único que sabía el druida era que, si flaqueaba, todo lo que había logrado habría sido en vano y el mundo estaría perdido.

Ese viento antinatural siguió cobrando fuerza, absorbiendo demonios, a los que arrancaba del cielo y arrastraba hasta el vórtice situado en el centro del Pozo. En cuestión de segundos, no quedó ni rastro en el cielo de la maldad de la Legión; aun así, el vendaval no menguó.

Malfurion, que seguía estando en dos sitios al mismo tiempo, contempló sobrecogido cómo la horda, que estaba convergiendo sobre el punto donde su gemelo, Tyrande y él mismo todavía se hallaban, se frenaba de improviso y era dominada por el pánico. Los colosales guardias viles y los monstruosos sabuesos se aferraron a ese suelo destrozado. Un feroz infernal logró dar dos pasos en dirección a ellos tres, pero entonces, ni siquiera ese descomunal demonio pudo avanzar más.

Agitando descontroladamente las extremidades y la cola, la primera bestia vil se elevó en el aire y lanzó un gemido lastimero mientras se desvanecía en dirección hacia el Pozo.

Otra bestia vil la siguió rápidamente y, después, varios de esos guerreros colosales. Entonces, como si una presa se hubiera abierto de par en par, los demonios se elevaron, súbitamente, a decenas y decenas, como si se tratara de una extraña lluvia que cayera al revés. Fluyeron de forma incesante por encima de esas aguas negras y, mientras hacían esto, Malfurion se percató de que sus cuerpos se volvían más fluidos, de que prácticamente perdían toda solidez.

De repente, una sensación de vértigo se apoderó del elfo de la noche, quien estuvo a punto de perder el control del hechizo. Al instante, dejó de estar viendo Zin-Azshari. Con suma celeridad, Malfurion se volvió hacia un lado y vio que Illidan ya no estaba sentado junto a él, no obstante, todavía percibía el vínculo que había entre su gemelo y él, pero era mucho más tenue.

El druida mantuvo la concentración. Notó que las fuerzas naturales del mundo le proporcionaban energía. Los árboles, la hierba, las piedras, la fauna…, todo sacrificó una parte de sí mismo para darle las fuerzas que necesitaba. Malfurion entendía vagamente que lo que estaba haciendo ahora superaba con mucho lo que Cenarius le había enseñado, así como cualquier otra cosa que el elfo de la noche hubiera hecho antes. Asimismo, la magia de Illidan seguía unida a la suya, dotándole así de aún más poder.

Gritó súbitamente al sentirse como si le estuvieran clavando un millar de agujas en la mente. No cabía duda de que este ataque era cosa de Sargeras. La presencia del señor demoníaco lo invadió por entero, pues intentaba consumir al druida desde dentro.

Malfurion se resistió c intentó paliar esa agonía en parte. Kalimdor continuaba proporcionándole fuerzas, dándole todo lo que podía. Había dejado en manos de Malfurion su futuro, su destino. Ahora, él era su guardián, y con mucha más razón que Cenarius, Malome o incluso los dragones. Todo dependía única y exclusivamente de él.

Estaba solo… trente a la Legión Ardiente y los dioses antiguos.

¡Trabajen, perros! —bramó Mannoroth a los hechiceros y demonios—. ¡Con más ahínco!

Uno de los Altonato se cayó de bruces. Al igual que el resto, estaba en los huesos. Esos ropajes antaño llamativos y extravagantes ahora lo envolvían como una mortaja funeraria de colores vivos. Tosió y reparó demasiado tarde en la gigantesca sombra que lo cubría.

¡Mi señor Mannoroth! Por favor, solo necesito…

Con una sola mano, el demonio lo agarró de la cabeza y le aplastó el cráneo, reduciéndolo a pulpa. Mannoroth zarandeó el cadáver inerte ante los ojos de esos brujos y elfos de la noche acobardados para que pudieran contemplarlo bien.

¡Trabajen!

A pesar de hallarse en un estado lamentable, los taumaturgos redoblaron sus esfuerzos al instante. Pero ni siquiera entonces Mannoroth se sintió satisfecho. Tiró esos espantosos restos al suelo y Se acercó al entramado de hechizos. Tendría que sumarse de nuevo a la matriz si quería que esta cumpliera su objetivo.

Sin embargo, mientras apartaba a empujones a aquellos que hallaba en su camino, notó una sensación muy extraña. Los movimientos de Mannoroth se volvieron torpes y lentos y, cuando miró a uno de los eredar, comprobó que al brujo le ocurría lo mismo. A pesar de que los elfos de la noche parecían hallarse menos afectados por este fenómeno, incluso ellos se movían cada vez más y más lentos.

¿Qué… está… sucediendo? —preguntó a nadie en particular.

Mannoroth golpeó el suelo con su pesada cola e intentó centrarse en el entramado de hechizos, pero al alzar esa mano todavía empapada de sangre, abrió los ojos como platos. Su piel escamosa había adquirido un aspecto translúcido. El demonio podía verse sus propios tendones y huesos, e incluso estos parecían carecer de sustancia.

¡Esto es imposible! —rugió el coloso alado—. ¡Imposible!

La pared de la torre que daba al Pozo de la Eternidad se desplomó hacia fuera.

Una gran fuerza tiró de los demonios. Los que se hallaban más cerca de ese agujero de forma irregular siguieron casi inmediatamente el mismo camino que habían recorrido los descomunales fragmentos de piedra por encima de esa masa negra de agua y se esfumaron rápidamente en la lontananza. Unos guerreros provistos de unas pesadas armaduras fueron alzados del suelo como si fueran tan ligeros como una pluma.

La matriz de hechizos se quebró. A pesar del temor que les inspiraba Mannoroth, los elfos de la noche huyeron de lo que claramente era una catástrofe. Tras haber llegado al límite de su resistencia y aguante, los eredar intentaron seguir a los hechiceros, pero se vie ron barridos por el mismo viento horrendo que se había llevado a los guardias viles. Lanzando unos alaridos tremendos, los brujos se desvanecieron tras atravesar el agujero.

Al final, ahí solo quedó Mannoroth. Gracias a su increíble fuerza y gigantesco tamaño, el demonio alado resistía el empuje del insaciable vendaval. Mannoroth clavó los brutales orbes que tenía por ojos en la matriz en descomposición. Hizo ademán de dirigirse hacia su centro, puesto que aún quedaba ahí magia suficiente como para que, si le sumaba su propio poder, pudiera crear un escudo protector bajo el cual aguardar a que concluyera ese ataque.

A pesar de que cada paso que daba le resultaba agotador, Mannoroth se obligó a seguir avanzando. Primero logró meter una de sus extremidades tan grandes como un tronco en el entramado de hechizos y luego otra. Batió las alas violentamente, para que le procuraran el pequeño impulso que necesitaba. El demonio consiguió meter una tercera pata… y, con una amplia sonrisa triunfal dibujada en su espantoso semblante, Mannoroth introdujo también la cuarta.

Alzó sus garras en alto e invocó la magia de la matriz, que lo rodeó. Incluso el mero hecho de mover los brazos le resultó casi insoportablemente imposible, pero el gigantesco demonio lo logró. Una bóveda de llamas verdes se formó a su alrededor y dejó de sentirse arrastrado por ese terrible vendaval. Mannoroth se volvió para contemplar el muro hecho trizas y estalló en carcajadas. Tal vez ese viento hubiera demostrado ser superior a unos demonios inferiores, ¡pero él era Mannoroth! ¡Mannoroth el Desollador! ¡Mannoroth el Destructor! Uno de los elegidos de Sargeras…

Las llamas del escudo se inclinaron hacia el muro destrozado… y, para su consternación, el demonio contempló cómo el vendaval apagaba ese fuego protector.

Mientras intentaba alejarse del muro, el viento lo atrapó. Mannoroth se quedó boquiabierto al salir volando hacia atrás tras ser levantado del suelo con suma facilidad. Presa de la frustración, el demonio rugió al chocarse con las piedras rotas, lo que provoco que cayeran más cascotes enormes del muro al exterior.

Logró aferrarse a él y, por un breve instante, las llamas de la esperanza se avivaron en él. Pero la tensión que tenían que soportar sus gruesos dedos y fuertes garras resultó ser demasiado. Arañó la piedra en vano cuando, por fin, el viento lo arrancó de la torre.

Sin dejar de rugir, Mannoroth surcó el cielo por encima del Pozo de la Eternidad.

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