El Cataclismo – Capítulo Diecisiete

Azshara se había estado acicalando.

Oh, no es que no fuera ya la perfección encamada (incluso ella misma era consciente de que eso era así), pero por una vez la reina había dado con alguien por el que merecía la pena hacer un sobresfuerzo.

¡Mi señor Sargeras ya llega! ¡Por fin, alguien digno de ser llamado mi marido!

Ni por un solo instante Azshara se cuestionó la cordura de sus pensamientos. Ella, que cautivaba a sus súbditos, se veía a su vez cautivada por el Señor de la Legión.

En ese momento, un temblor sacudió el palacio. Y no era el primero. La reina se apartó a regañadientes de la espléndida figura que veía reflejada en el espejo y se giró.

¡Vashj! ¡Vashj! ¿Qué ha provocado ese espantoso jaleo?

La sirvienta principal de la soberana entró corriendo en la estancia.

—Un patético intento de la chusma de evitar lo inevitable, ¡o eso asevera el capitán Varo’then, oh, Luz de Luces!

¿Y qué está haciendo mi estimado capitán en relación a este insulto para mis oídos?

—Lord Mannoroth les ha proporcionado tanto a él como a los soldados que este ha escogido unas monturas adecuadas. El capitán ya va de camino para lidiar con esos facinerosos.

¿Así que todo avanza cómo debería? ¿Nuestro señor llegará sin demora?

Lady Vashj hizo una elegante reverencia.

—Lord Mannoroth no prevé que haya ninguna. La chusma ataca el hechizo en vano.

—Espléndido.

La reina Azshara volvió a admirar su reflejo en el espejo. Realmente, no podía hacer nada más para resaltar su belleza. Su vestido de seda tenía una cola que arrastraba por el suelo de mármol y estaba hecho de gasa, con un diseño que dejaba muy poco a la imaginación. Tenía su suntuosa melena peinada con un recogido muy alto, que contaba con unos diamantes relucientes con forma de estrella (iluminados por una luz que emanaba del interior de cada uno de ellos) a modo de ornamento en ciertos sitios estratégicos.

Se produjo otro temblor; este mucho más cerca. Azshara oyó unos gritos que procedían de los aposentos de sus doncellas y vio que unas grietas se estaban abriendo en la pared de ahí.

—Ve a comprobar si alguien ha resultado herido, Vashj —ordenó. Mientras esta se disponía a obedecer, la soberana de los elfos de la noche añadió—: Y si es así, por favor, libérala de toda obligación y envíala de vuelta con su familia. No estoy dispuesta a aceptar nada que no sea la perfección total en aquellas que me rodean.

— ¡Sí, Luz de Luces!

Un ceño fruncido muy desagradable saludó a Azshara en cuanto volvió a mirarse en el espejo de cuerpo entero que ocupaba la pared opuesta. La reina se imaginó al instante saludando a su señor Sargeras. Eso provocó que una sonrisa se le dibujara de nuevo.

—Eso es… Ahora solo tenemos que esperar un poco más…

Continuó observándose con sumo detenimiento, soñando con el mundo que ella y su nueva pareja iban a crear. Un mundo tan perfecto como ella.

Un mundo digno de ella.

Malfurion sacudió la cabeza, intentando así quitarse de encima el vértigo que había sufrido durante la caída de Ysera. Le sorprendía que aún tuviera una cabeza que agitar, teniendo en cuenta que en más de una ocasión el druida había quedado colgando, únicamente de las manos, sobre el colosal agujero del centro del tenebroso Pozo.

¿Qué ha ocurrido? —inquirió, sin ser consciente de que acababa de repetir la pregunta que había hecho Krasus.

Ysera le contó, en gran parte, lo mismo que Alexstrasza le había contado al mago. El elfo de la noche le escuchó desolado. Habían estado tan cerca, y sus esperanzas se habían derrumbado tan rápidamente…

Entonces, Malfurion, Krasus y él vieron las aterradoras formas que se elevaban en la ciudad. Malfurion vio que unos soldados cabalgaban a horcajadas de esas abominaciones, que parecían ser unos murciélagos hechos de sombras. Sabía que el capitán Varo’then lideraría ese siniestro escuadrón, sin lugar a dudas.

Como cabía esperar, un momento después, el druida distinguió la familiar figura del oficial desfigurado. Con la espada desenvainada, Varo’then gritó algo a los que iban detrás de él. De inmediato, los soldados se separaron en tres grupos, uno por cada vuelo. Solo entonces Malfurion se dio cuenta de que los había subestimado en número de un modo terrible. Ahí tenía que haber al menos tres bestias por cada dragón.

Alexstrasza no perdió el tiempo. La dragona roja lanzó un chorro de fuego, el cual atravesó al monstruo más cercano y prosiguió hasta esfumarse al fin. El soldado que iba montado en la bestia ni siquiera se inmutó.

¡Eso es imposible! —exclamó Malfurion con voz entrecortada.

—Imposible…, sí… —Ysera movía rápidamente los ojos adelante y atrás al dorso de esos párpados cerrados—. Contemplamos desde… una perspectiva errónea a estos adversarios…

¿Qué quieres decir?

—Que no son lo que parecen ser exactamente ni están donde parecen.

Aun así, si ese era el caso, Varo’then y sus soldados constituían unos espejismos muy tangibles. Dos de esas criaturas hechas de sombras se aferraron a la montura de Brox, desgarrándole las alas.

Las marcas sangrientas que dejaron en su dura piel escamosa eran una prueba más que suficiente de su letalidad; además, en cuanto la dragona bronce intentó contraatacar, sus asaltos fueron en vano. Ysera también fue víctima de ellas. Una de ellas pasó volando junto a su garganta, abriendo unos surcos en ella, con unas garras negras que formaban parte de su ala. La sangre manó de esas heridas rojas. Aunque Ysera intentó morderle el ala, solo hendió el aire.

¡ Sé dónde deberían estar! —gruñó Ysera, quien por una vez perdió la paciencia, lo cual era muy raro en ella—. ¡Pero cuando intento atacar, ya no están ahí!

Para empeorar aún más las cosas, una en particular se fijó en Malfurion y el Aspecto…; se trataba de la bestia que transportaba al capitán Varo’then.

¡Ya decía yo que te había divisado! —comentó socarronamente el elfo de la noche—. ¡Eres tan escurridizo como tu hermano! ¡Se lo advertí! ¡Sabía que no podíamos fiamos de él!

Malfurion no tuvo la oportunidad de preguntarle a Varo’then qué quería decir con esas palabras, ya que, al segundo siguiente, el capitán y su montura impía se abalanzaron sobre el druida y la dragona. Un hedor fétido envolvió a Malfurion e incluso Ysera frunció la nariz. Por muy intangible que fuera a sus ataques aquel espanto, su peste era

tan intensa que el druida se sintió como si le hubieran pegado un puñetazo.

Unas carcajadas burlonas fueron lo único que advirtió a Malfurion del ataque del capitán. La espada de Varo’then se extendió de una manera imposible, avanzando velozmente hacia el pecho desprotegido del otro elfo de la noche.

Aunque Malfurion esquivó la hoja inclinándose a la derecha, eso estuvo a punto de provocar que perdiera su asidero. Mientras se aferraba de nuevo con fuerza, Varo’then lo atacó otra vez.

Ysera no podía hacer nada, ya que la silueta negra de esa criatura con forma de murciélago la envolvía por entero. Al mismo tiempo, un segundo monstruo agarró de las patas traseras a la Señora del Sueño.

De improviso, se acordó de algo que le había enseñado Cenarius. El druida metió la mano en una faltriquera, de la que sacó una semilla pequeña y con espinas. Al contrario de las que había utilizado contra la Legión Ardiente en el pasado, esta poseía unas púas que eran demasiado delicadas como para desatar el caos en el enemigo. Sin embargo, eran especialmente idóneas para pegarse a cualquier cosa con la que entraran en contacto.

Lanzó dos hacia el cielo y, gracias a su hechizo, se convirtieron primero en cuatro y luego en ocho, en dieciséis…; rápidamente, se fueron duplicando de un modo acorde y sucesivo. En un abrir y cerrar de ojos, centenares llenaron el aire y luego millares. No obstante, no se aferraron a los dragones ni a los camaradas de Malfurion, pues este no era el deseo del druida, sino que pretendía valerse de ellas para descubrir la verdad sobre sus adversarios.

A pesar de que las primeras atravesaron a las criaturas murciélago, de un modo curioso, otras se quedaron pegadas en ciertos sitios vacíos. Más y más fueron haciendo lo mismo. Unas siluetas fueron cobrando forma, unas siluetas que fueron toda una revelación.

El secreto de los murciélagos sombra por fin quedaba revelado. Las monstruosas monturas de los soldados titilaban constantemente, desapareciendo así de la vista cada pocos segundos para reaparecer en otro lugar casi al instante. Si bien luchar contra ellas iba a seguir siendo muy difícil, ahora, al menos, los defensores tenían más claro dónde debían golpear, y eso era lo único que necesitaban saber.

Tal vez la dragona bronce reaccionara más rápidamente que los demás porque formaba parte del vuelo del Aspecto del Tiempo. Con sumo deleite, la dragona arremetió contra un murciélago que acababa de materializarse a su alcance. Su rapidez sorprendió a Malfurion, al igual que su salvajismo. Le desgarró a la criatura lo que supuestamente era un robusto cuello y, acto seguido, arrojó tanto al jinete como a la montura hacia el vacío oscuro que los aguardaba allá abajo.

— ¡Maldita sea!

Al oír el furioso juramento, Malfurion miró hacia atrás y se encontró con el capitán Varo’then casi encima de su espalda y la de Ysera. El desfigurado elfo de la noche lanzó una estocada y esta vez, consiguió hacerle una leve herida en la pierna al druida Malfurion notó un picor en el muslo y le lanzó lo primero que encontró en una faltriquera.

Su adversario estornudó, al igual que su espantosa montura. Aprovechando la distracción, Ysera cayó en picado sobre el monstruo, al que mordió y desgarró con tal desenfreno que todo rastro de su intelecto superior pareció desaparecer. Era una pura bestia, que luchaba con la misma furia primordial que su rival.

Pero la criatura sombra no se hallaba indefensa. Sus garras seguían siendo tan afiladas como las de la dragona y sus largos colmillos parecían más que capaces de atravesar unas duras escamas. Tras lanzar un extraño y potente lamento, arremetió violentamente contra Ysera.

En un primer momento, lo único que pudieron hacer los dos jinetes fue agarrarse para no caer hacia una muerte segura. Malfurion intentó concentrarse en un hechizo, pero los movimientos violentos de los dos colosos enzarzados en combate lo hicieron imposible.

Ysera golpeó con la cola a la segunda criatura que tenía cerca de las patas traseras. Por pura suerte, logró que la bestia saliera volando hacia atrás, lo que permitió a la dragona, al menos por el momento, poder combatir de un modo más justo con la montura de Varo’then.

El capitán había envainado la espada y ahora empuñaba una daga. Como sospechaba que Varo’then era un lanzador de puñales muy diestro, Malfurion se mantuvo agachado. El oficial sonrió siniestramente de oreja a oreja, haciendo gala de una gran paciencia, a pesar de que se hallaban en una situación muy complicada.

Ysera pareció sufrir un espasmo. El druida miró hacia abajo y vio que la segunda bestia había regresado… y una tercera la seguía de cerca. Intentó advertir a gritos a la dragona.

Lanzando un rugido, la giganta verde se valió de sus increíbles alas para arrojarse contra su oponente. Con esta táctica, consiguió sorprender tanto al monstruo como a Varo’then. Eso también permitió a Ysera girarse hacia el segundo atacante. Dejó de batir las alas y cayó sobre el murciélago y el jinete, atrapando a ambos bajo un inmenso contorno. Le hizo trizas con las garras esas alas cubiertas de semillas y le dio un mordisco muy profundo en ese cuello rechoncho.

Con un chillido estridente, la monstruosidad se quedó inmóvil en sus garras. Ysera soltó inmediatamente el cadáver, dejándolo caer hacia el Pozo. Malfurion no vio ni rastro del soldado, por lo que dio por sentado que había muerto en cuanto la dragona había aterrizado encima de su montura y él.

Mientras la giganta verde se alejaba para poder orientarse, el elfo de la noche pudo atisbar brevemente a los demás. Tres criaturas murciélago hostigaban a Brox y la dragona bronce. Mientras Malfurion contemplaba la escena, el orco enterró su hacha en el hombro de la más cercana con unos resultados extraordinarios. El arma encantada atravesó los huesos y tendones que tuviera ese ser, fueran cuales fuesen, y salió por el otro lado.

El monstruo viró torpemente, pues apenas era capaz de permanecer en el aire. La dragona bronce, sin embargo, no permitió que se escapara. Sopló una sola vez en dirección hacia esas figuras a la fuga… y tanto el jinete como la montura pasaron de ser una amenaza a ser unos cadáveres que se descomponían hasta convertirse en un montón de polvo un instante después. El furioso viento rápidamente esparció esos fragmentos descompuestos sobre las aguas negras.

Si bien era cierto que algunos de los murciélagos habían muerto, también lo era que algunos dragones habían perecido. Solo uno de los machos verdes seguía volando y también faltaba una de las dragonas bronces. Entre los supervivientes, había algunos que sangraban de sus heridas y que, si a eso le sumábamos lo que habían sufrido con la lluvia de rayos, tenían que hallarse muy débiles.

Pero lo peor de todo era que, mientras tuvieran que enfrentarse a esos enemigos, no podrían hacer nada con respecto al Alma demoníaca y el portal, y Malfurion era consciente de ello. La vasta vorágine de allá abajo ya había adquirido una notoria tonalidad verduzca en sus bordes, una muy similar al de las llamas de la Legión Ardiente como para ser una coincidencia.

— ¡El Alma Demoníaca! —exclamó—. ¡Tenemos algo que hacer al respecto! ¡El portal casi está terminado!

—Estoy abierta a sugerencias, mortal… ¡aunque espero que puedas explicarme al mismo tiempo cómo puedo librarme de estos incordios.

Unas llamas muy potentes iluminaron brevemente todo cuanto les rodeaba. Malfurion vio cómo los últimos vestigios de un murciélago quemado caían al Pozo. Por encima directamente de esos restos, volaban Alexstrasza y Krasus. El druida pudo percibir que el mago había sido quien había lanzado ese ataque devastador. Si la batalla se prolongaba, seguramente, los dragones y sus jinetes acabarían derrotando a los guerreros de Varo’then, pero para entonces tal vez fuera demasiado tarde. Y aunque no lo fuera, ya habían comprobado que el poder combinado de Ysera y Alexstrasza no era suficiente para derribar las defensas erigidas en tomo al disco. Habría que hacer algo más…, pero ¿qué?

Los dragones y los murciélagos continuaban pasando junto a ellos a gran velocidad, lanzándose en picado aquí y allá. A pesar de que el combate estaba más equilibrado que antes, seguían sin poder concentrarse del todo en el Alma Demoníaca. Los murciélagos sombra continuaban hostigando a todos y cada uno de los dragones.

Uno de los dragones rojos, que había sufrido varios mordiscos de los que brotaba sangre, cayó ante el asalto de un par de adversarios. Otra dragona bronce logró atravesarle un ala a mordiscos a su asaltante, pero el monstruo le había clavado los colmillos muy profundamente en el hombro. Rhonin y Krasus continuaron lanzando hechizos con diverso grado de éxito, mientras Brox hería con suma destreza a cualquier enemigo que se hallara a su alcance.

Una figura de ébano pasó volando a gran velocidad. Aunque Malfurion creyó que se trataba de uno de los murciélagos, enseguida comprobó que poseía la familiar silueta reptiliana de un dragón. Apartó la vista y, acto seguido, boquiabierto, volvió a mirar.

En efecto, era un dragón…, pero un dragón tan negro como las criaturas demoníacas contra las que luchaban y con unas placas de hierro atornilladas a su piel.

Era Alamuerte…

Habían pensado que serían capaces de ocultarle su amada creación. Se habían atrevido a pensar que no sería capaz de dar con el lugar adonde se la habían llevado. Su audacia lo enfureció. En cuanto Neltharion recuperara su glorioso disco, los castigaría a todos ellos. El mundo sería mucho mejor si en él no moraba nadie más que los dragones…, y solo los dragones que veían las cosas como él.

El Alma había llamado a Neltharion, quien, totalmente ajeno a lo que estaba ocurriendo, había atravesado volando el Pozo turbulento. Todo lo demás carecía de importancia. Para el dragón, lo único que existía era el disco.

Pasó volando junto a Ysera y Alexstrasza, a las que únicamente miró de soslayo. En cuanto tuviera el disco, las derrotaría y luego pasarían a ser sus consortes. Así, el poder de ambas se sumaría al suyo propio, pues era justo y necesario.

Al Alma flotaba serenamente ahí delante, como si aguardara pacientemente a que él la rescatara. Una sonrisa muy amplia y expectante se dibujó en el monstruoso semblante de Neltharion. Pronto volverían a estar juntos…

Entonces, una fuerza golpeó al dragón Negro con tal potencia que este salió despedido hacia atrás, hacia donde se encontraban los combatientes. Se chocó con una de las criaturas murciélago, cuyo jinete cayó gritando al vacío hacia una muerte segura. Neltharion rugió de furia ante ese ataque inesperado. Buscó un objetivo con el que poder dar rienda suelta a su intensa cólera, así que agarró al murciélago aturdido y lo hizo trizas. Como eso no lo aplacó, posó su mirada iracunda sobre el disco e intentó detectar con sus agudos sentidos qué era lo que le separaba de su premio.

El entramado de hechizos que percibió alrededor del Alma era Intrincado, muy intrincado… y le resultaba vagamente familiar en algunos aspectos. Aun así, no relacionó las voces que oía en su mente con aquello a lo que se enfrentaba ahora. A pesar de que esas mismas voces le conminaban ahora a apartarse del objeto de sus deseos, el dragón no podía concebir que otros lo hubieran manipulado.

Neltharion sacudió la cabeza, para librarse así de las voces. Si le decían que no debía hacerse con el disco, entonces debía fiarse de ellas tanto como de Alexstrasza y los demás. No le importaba nada, nada en absoluto, salvo recuperar el Alma.

Y de esta manera, el colosal dragón Negro volvió a descender en picado.

Sin embargo, al igual que antes, se vio repelido como si no fuera nada. El dragón se enfrentaba no solo al poder de las voces, sino también al del Señor de la Legión. Con un rugido donde se mezclaba la cólera y el dolor, Neltharion giró descontroladamente en el aire hasta alejarse mucho de la batalla. Se detuvo al fin en el mismo borde norte del Pozo. Resistiéndose a la agonía que lo dominaba, el furioso gigante contempló su parte central sacudida por la tormenta.

No volvería a ser repelido. Daba igual con qué clase de encantamientos hubieran protegido sus enemigos el Alma, los atravesaría. El disco sería suyo…

Y, entonces, todos lo pagarían con creces…

La Legión Ardiente se enfrentaba al abrumador poder tanto de los dragones como de la hueste. Los guardias apocalípticos atacaban en tropel a los leviatanes, para intentar derribarlos con sus lanzas. Los Nathrezim y los eredar lanzaban unos hechizos monstruosos, poro tenían que defenderse de los dragones y luchar contra la Guardia Lunar al mismo tiempo, y los brujos no podían hacer ambas cosas a la vez. Sufrían más bajas de las que provocaban; normalmente, perecían bajo las inexorables llamas del aliento de un leviatán.

A pesar de todo, Archimonde no dio muestras de titubear. Comprendía que lo que estaba ocurriendo en esos instantes no tenía ninguna relevancia; simplemente, se trataba de una mera distracción para mantener entretenidos a los mortales y sus aliados hasta la llegada de su señor Sargeras. Archimonde había aceptado ya el hecho de que tanto él como Mannoroth serían castigados por su fracaso a la hora de preparar Kalimdor como era debido para que su amo pudiera entrar, pues eso era inevitable. Ahora, lo único que importaba era que el juego durara un poco más. Si eso significaba que más guardias viles y más eredar tenían que morir, que así fuera. Siempre habría más, sobre todo a la espera de irrumpir en ese mundo tras la entrada de Sargeras.

Pero eso no significaba de ningún modo que Archimonde se fuera a limitar a quedarse cruzado de brazos. Si iba a ser castigado, descargaría su muy bien disimulada furia sobre aquellos que la habían provocado. El gigantesco demonio alzó una mano y señaló con ella a una dragona bronce que sobrevolaba el flanco derecho de la Legión. La giganta había estado destrozando de una manera sistemática a los guerreros que combatían en tierra, abriéndose paso entre ellos como un animal subterráneo excavaría la blanda tierra.

Archimonde hizo un gesto como si agarrara algo. La distante dragona tembló de repente… y, entonces, se le cayeron todas las escamas, como si se las hubieran arrancado. La sangre manó por doquier, la giganta desollada bramó conmocionada y, acto seguido, cayó sobre sus enemigos. De inmediato, los demonios guerreros se abalanzaron sobre su cuerpo ahora desprotegido, clavándole sus armas hasta que la dragona yació sin vida.

Como no se sentía satisfecho, Archimonde buscó otra víctima. Ojalá el elfo de la noche, Malfurion Tempestira, se hubiera hallado con la hueste, ya que quería vengarse del druida por lo que había sucedido en su anterior encuentro, por cuyas consecuencias había pagado un precio muy alto; no obstante, Archimonde intuía que Malfurion era uno de los que habían volado hacia el Pozo. En cuanto Sargeras entrara en ese mundo, el druida sufriría un destino mucho peor que incluso el que Archimonde le tenía reservado a él.

Aun así, podía desahogarse con muchos otros. Con un semblante frío y calculador, el archidemonio se fijó en un grupo de hombres loro, a los que había oído que llamaban tauren. Aunque tenían un gran potencial y podrían pasar a engrosar las filas de la Legión, ese grupo en particular nunca sobreviviría para ver ese glorioso día… ni tampoco el fin de su mundo…

Estaban ganando… Estaban ganando…

Los dragones habían marcado la diferencia. Jarod era consciente de ello. Sin ellos, la hueste habría caído. Los demonios se habían topado con la única fuerza que no podían derrotar. Si bien era cierto que algunos dragones habían perecido (uno de ellos de una manera realmente espantosa), también lo era que la hueste empujaba y avanzaba y que los demonios cada vez luchaban de un modo más y más desorganizado.

Sin embargo, estaba preocupado. Aunque sabía a ciencia cierta que la confusión que reinaba entre los demonios no era un truco esta vez, esperaba algo más por parte de Archimonde; algún reagrupamiento realizado con maestría, por ejemplo. No obstante, Archimonde parecía limitarse a contener el ataque, como si aguardara algo…

El elfo de la noche se maldijo a sí mismo por ser tan necio. Claro que Archimonde estaba esperando algo… o, más bien, a alguien.

A su señor, a Sargeras.

Si el archidemonio seguía creyendo que la llegada del amo de la Legión era inminente, eso no presagiaba nada bueno para aquellos que habían ido a hacerse con el Alma Demoníaca y sellar el portal. Por un momento, a Jarod lo dominaron los nervios, pero entonces, adoptó un gesto más adusto y luchó con más fervor aún. Si los defensoras fracasaban, no sería porque él no hubiera puesto toda la carne en el asador. Su pueblo, su mundo, seguramente caería si la hueste flaqueaba ahora. A Jarod no le quedaba más remedio que albergar la esperanza de que Krasus, Malfurion y los demás lograran, de alguna manera, tener éxito en su misión.

Loa dragones continuaban surcando el cielo en busca del enemigo o intentando ayudar a aquellos miembros de la hueste que se hallaran en peor situación. A la derecha del comandante, los terráneos se habrían paso violentamente entre unos guardias viles desmoralizados. Un fúrbolg le reventó el cráneo a una bestia vil.

Da la impresión de que hay motivos para la esperanza, pensó Jarod, aunque sabía que eso no era del todo cierto. Vio cómo una compañía del pueblo de Huln se abría paso abriendo tajos a diestro y siniestro entre las fuerzas del enemigo. Con ellos, cabalgaba un destacamento de las sacerdotisas de Elune, y Jarod se percató de que Maiev, su hermana, encabezaba el grupo. No le sorprendió en absoluto que ella se hallara en primera línea de combate. Aunque sentía cierta inquietud por ella, sabía que no habría manera de apartarla de la batalla. Llegó a la conclusión de que Maiev estaba intentando demostrar su valía al resto de la orden, para que se dieran cuenta de que debían enmendar lo que ella claramente consideraba que había sido un error y nombrarla suma sacerdotisa. Aunque era algo debatible si esa clase de ambición estaba aceptada o no en la hermandad de la diosa lunar, Maiev era como era.

A lomos del tercer sable de la noche que montaba este día, Jarod destripó a un guerrero provisto de colmillos. Su propia armadura estaba destrozada, muy dañada por culpa de los golpes de sus adversarios. Aunque tenía, al menos, media decena de heridas por todo el cuerpo, ninguna, por suerte, era mortal de necesidad o capaz de dejarlo totalmente sin fuerzas. Jarod podría descansar cuando la batalla concluyera… o cuando muriera.

Entonces…, unos gritos estallaron en la dirección donde se encontraban los tauren. El elfo de la noche observó con horror cómo varios congéneres de Huln ardían como si les hubieran vertido un virulento ácido encima. Su pelaje crepitaba y se les caía la carne derretida a puñados.

Si bien las sacerdotisas intentaron ayudarlos, una oleada de guardias viles se llevó por delante a las elfas de la primera línea. A los demonios les daba igual si su adversario era hembra o varón. Empalaron a los tauren y decapitaron a las sacerdotisas con un total salvajismo.

Jarod sabía que debería quedarse donde estaba, pero Maiev, por muchos defectos que tuviera, era su única familia. Se preocupaba por ella más de lo que se atrevía a mostrar. Tras cerciorarse con celeridad de que la zona donde se hallaba no fuera a caer en cuanto partiera, el comandante obligó a girarse a su montura y se dirigió hacia esa escena dantesca.

Unos cuantos tauren aún permanecían en pie; aunque algunos de ellos se hallaban muy malheridos, todavía eran capaces de empuñar sus lanzas y hachas. Tanto ellos como las supervivientes del grupo de Maiev se encontraban rodeados de demonios. Cuando aún no había recorrido la mitad de la distancia que le separaba de ellos, Jarod fue testigo de cómo dos defensores más perecían en ese feroz ataque.

Entonces, Maiev se resbaló. Un guardia vil se cernió sobre ella y la atacó. Aunque la sacerdotisa logró bloquear el golpe, faltó muy poco para que alcanzara su objetivo.

Lanzando un alarido, Jarod se sumó al combate a lomos de su montura. Su felino acabó con el demonio que estaba atacando a su hermana. Otro demonio intentó matar al elfo de la noche con un arma afilada, pero no lo alcanzó a él, sino a su bestia en el hombro. Jarod le atravesó con la espada la garganta a su enemigo.

Súbitamente, todos los demonios se centraron en Jarod. No había pensado que podrían saber quién era, pero por la determinación que mostraban parecía ser así. Ignoraron al resto de posibles objetivos con la única intención de dar alcance al comandante.

Si bien su sable de la noche despachó a dos más, recibió vanos lanzazos que le abrieron unas heridas profundas. Aunque Jarod sabía que a pie se hallaría en una gran desventaja frente a tantas figuras descomunales, era consciente de que, al final, no iba a poder evitarlo. Tres lanzazos más acabaron con el noble animal, por lo cual a Jarod no le quedó más remedio que descabalgar de un salto si no quería terminar atrapado debajo de su cadáver.

Aterrizó acuclillado junto a su hermana, quien, por primera vez, pareció darse cuenta de quién era aquel individuo que pretendía rescatarla.

¡Jarod! ¡No deberías haber venido! ¡Te necesitan!

¡Por una vez, deja de darme órdenes y ponte detrás de mí!

Sin miramientos, empujó a su hermana para que se colocara detrás de él, justo cuando dos figuras cornudas estrechaban el cerco sobre ellos. A pesar de que la buena fortuna le había sonreído hasta ahora, Jarod Cantosombrío tenía muy poca fe en que su pequeña espada pudiera ser rival para las dos colosales espadas de sus adversarios.

Pero mientras se preparaba para librar su última batalla, un cuerno bramó y la zona, súbitamente, se vio invadida en tropel por una fuerza compuesta por soldados elfos de la noche y tauren. Huln arremetió contra los dos demonios, decapitando a uno y reventándole el pecho al otro antes de que ambos pudieran darse cuenta de que estaban siendo atacados. Una figura envuelta en una capa pasó junto a él; Jarod se percató tardíamente de que se trataba de lord Bosque Negro.

Solo podía haber una explicación para la repentina irrupción de esas tropas. Habían visto cabalgar a Jarod para sumarse a ese combate… y, como creían tanto en él, habían acudido en su ayuda.

Los refuerzos empujaron a la Legión Ardiente, a la que obligaron a retroceder, logrando así que Jarod y Maiev ganaran tiempo. El comandante tiró de su hermana, a la que arrastró más lejos de la lucha, al mismo tiempo que el resto de hermanas que habían sobrevivido los seguían de cerca.

Jarod la obligó a sentarse en una roca. Maiev escrutó a su hermano con una mirada inquisitiva.

—Jarod… —acertó a decir.

— ¡Ya me reprenderás más tarde, hermana! —le espetó—. ¡No pienso quedarme atrás mientras aquellos que me han seguido se enfrentan al enemigo en mi nombre!

—No iba a reprenderte…

Eso fue lo único que pudo decir la sacerdotisa antes de que el comandante se hallara demasiado lejos como para poder oírla. Ahora que su hermana se hallaba sana y salva, al menos temporalmente, Jarod solo tenía que preocuparse de sus camaradas. Incluso Bosque Negro, uno de los nobles más prominentes, luchaba denodadamente. Tanto él como los de su ralea habían aprendido de los errores de lord Ojo de Estrella. Esto no era un juego para divertir a las castas más altas, sino que batallaban por sus vidas.

Tras acercarse a Huln, Jarod se abalanzó sobre un demonio que pretendía atacar al tauren por un flanco. Huln se percató de lo que había pasado y lanzó un bufido al elfo de la noche para mostrarle su agradecimiento.

¡Tallaré tu nombre en mi lanza! —exclamó—. ¡Serás honrado por mi estirpe durante generaciones!

¡Me sentiré muy honrado si, simplemente, logro sobrevivir a esto!

¡Ja! ¡Eres sabio para ser tan joven!

Una dragona del vuelo de Alexstrasza descendió en picado, lanzando una purificadora descarga de llamas rojas que extinguió para siempre muchas llamas verdes. Este ataque facilitó mucho las cosas al contingente de Jarod. El comandante de la hueste pudo respirar al fin un poco más aliviado.

Sin embargo, un segundo después, más allá de las líneas de los elfos de la noche, la misma dragona se escoró con el pecho transformado en una masa crepitante de escamas destrozadas y entrañas desgarradas. La tierra tembló cuando se estrelló contra ella y Jarod, tras lanzar una mirada fugaz hacia allá, puedo comprobar a ciencia cierta que no volvería a volar jamás.

Tras la muerte de la giganta, una decena de soldados salieron volando hacia atrás, con sus cuerpos totalmente calcinados. Los demonios también cayeron, era como si a quienquiera que los atacara le diera igual quién pereciera siempre que consiguiera así que nada se interpusiera en su camino.

Huln extendió un brazo por delante de Jarod, a la altura del pecho de este, con intención de protegerlo.

— ¡Lo que se acerca no es un infernal u obra de los eredar! Creo que busca…

Entonces, un viento colosal barrió a los combatientes de ambos bandos como si no fueran nada. Como los sables de la noche no eran inmunes a esto, Bosque Negro y su montura salieron despedidos a igual que el resto. Huln logró mantenerse en su sitio un segundo más pero ni siquiera un testarudo tauren podía resistir el empuje de ese increíble vendaval. El frustrado guerrero pasó volando junto al comandante, a la vez que intentaba golpear al viento mientras desaparecía de la vista.

Sin embargo…, Jarod Cantosombrío no sintió nada, ni siquiera la caricia de una leve brisa.

De este modo, se encontró solo cuando un gigante emergió del polvo que había levantado el viento; un gigante de piel oscura y tatuajes intrincados, que irradiaba unas fuerzas mágicas muy siniestras, lo cual incluso Jarod, quien no estaba versado en las artes místicas, pudo percibir.

—Sí… —caviló la figura, a la vez que contemplaba al elfo de la noche de arriba abajo—. Si no puedo tener al druida, me divertiré con lo que pasa por ser la patética esperanza de esta hueste condenada a la perdición.

Jarod se preparó con su espada en ristre; ya que, a pesar de que sabía que no tenía ninguna esperanza de vencer a este oponente, era incapaz de rendirse ante lo inevitable.

—Te aguardo, Archimonde.

El archidemonio estalló en carcajadas.

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