El Cataclismo – Capítulo Dieciocho

Aunque Brox solo era un mero guerrero, sabía perfectamente cuándo una batalla iba mal. Y eso no se debía a que los demás y él no fueran capaces de derrotar a esos elfos de la noche vestidos con armaduras y sus diabólicas monturas, sino a que a cada segundo que perdían el portal se hallaba más y más cerca de ser completado. Una siniestra aura verde ya había cobrado forma alrededor de las fauces del remolino. El orco estaba suficientemente versado en la magia como para saber que pronto ese pasaje sería lo bastante robusto como para permitir que pasara por él cualquier ser malévolo que lo deseara, ya fuera Sargeras o los «dioses antiguos» que Krasus había mencionado.

Una lanza repleta de púas le rozó la cabeza veloz como una centella, de tal modo que despellejó levemente al curtido orco, pero sin lastimarlo. El soldado ceñudo que la empuñaba obligó a virar a su murciélago sombra hacia un lado, con la esperanza de dejar atrás las garras de la dragona bronce e intentar atacar de nuevo al guerrero verde.

La dragona logró agarrar a su sombría montura. Los dos forcejearon, lo que provocó que el elfo de la noche no pudiera apuntar bien, por lo cual en vez de empalar a Brox en un órgano vital, solo fe alcanzó en el hombro. El orco gruñó en cuanto la punta provista de púas le arrancó un grueso trozo de carne de esa zona. A pesar del dolor, consiguió inclinarse hacia delante y partir la lanza en dos.

A m vez que lanzaba una maldición, el soldado desenvainó su espada. Sin embargo, Brox, olvidándose por entero de toda cautela se puso en pie en su montura y saltó sobre su oponente.

Aterrizó de cuclillas, aferrándose a una de las orejas del murciélago como asidero. Esta estrambótica táctica sobresaltó tanto al elfo de la noche que se quedó sentado con la boca abierta, mientras que, con una mano, el orco enterraba su hacha en la coraza de su rival. El soldado se desplomó y cayó de lomos de su montura.

Sin embargo, esa impetuosa estratagema estuvo a punto de costarle la vida a Brox. Había pensado que podría utilizar la espalda del murciélago como trampolín para propulsarse de vuelta al dragón, pero el pellejo de esa criatura resultó ser extrañamente resbaladizo. A la vez que se soltaba de la oreja, el orco perdió el equilibrio. Sin dejar de aferrar el hacha, se deslizó hacia la cola, siguiendo el camino que había recorrido el cadáver del elfo de la noche.

El portal en expansión situado allá abajo ocupó todo el campo de visión de Brox. Notó la maldad que se acumulaba en su interior… Entonces, un par de zarpas lo agarraron justo cuando caía al vacío y oyó gritar a Rhonin:

¡Te tenemos, Brox!

El dragón rojo que hacía las veces de montura del mago se giró para permitir al orco que se encaramara a él. Rhonin le tendió una mano al orco para ayudarlo a subir y luego dejó que el canoso guerrero se colocara detrás de él.

—Eso ha sido un poco necio incluso para un orco, ¿no crees?

—Tal vez —admitió Brox, quien seguía pensando en el portal. Por muy valiente que se considerara, se sentía agradecido de no haber caído en él. Cuanto más lejos se hallara de él, mejor.

El mago se tensó de repente.

¡Cuidado! ¡Aquí vienen dos más!

Los murciélagos sombra convergieron sobre ellos. A Rhonin te brilló la mano intensamente mientras elaboraba un hechizo. Brox alzó su hacha, dispuesto a prestar toda la ayuda que pudiera. El orco recibió con los brazos abiertos a estos nuevos adversarios, aunque solo fuera porque lo ayudaban a olvidarse del portal.

Del portal y de esa maldad que provocaba temor incluso a un orco.

Al ver que Alamuerte era repelido por el hechizo que rodeaba al disco, Malfurion se sintió asombrado y descorazonado al mismo tiempo. Si ni siquiera el dragón Negro era capaz de atravesar esa barrera confeccionada con una tenebrosa magia, ¿qué esperaban poder hacer el druida y sus compañeros al respecto?

Pero Malfurion no tuvo oportunidad de preocuparse más del disco, ya que, en ese momento, una forma amenazadora cayó sobre Ysera. La dragona verde rugió en cuanto el murciélago le hundió los colmillos en el hombro, cerca de la columna vertebral. El elfo de la noche se deslizó hacia un lado, para intentar evitar que esa bestia lo aplastara.

Una espada hendió el aire a escasos centímetros de su cabeza; no le acertó en la oreja por muy poco.

— ¡Necio escurridizo! —masculló Varo’then, quien una vez más blandía su arma favorita. El oficial de Azshara atacó de nuevo y, esta vez, logró hacerle una pequeña herida a Malfurion en la mejilla. Varo’then echó la espada hacia atrás para lanzar otro golpe—. ¡Con el próximo espadazo, te arrancaré la cabeza!

El druida metió la mano en una faltriquera. Sabía lo que buscaba y rezó para dar con ello. Se serenó al notar una sensación familiar y sacó unas semillas.

El capitán Varo’then se colocó en una posición mejor. Su malévola sonrisa se ensanchó aún más. Los demonios habían hallado en ese sádico soldado al subordinado perfecto.

Al mismo tiempo que la hoja caía, Malfurion lanzó las semillas a las fauces del murciélago.

El monstruo sufrió convulsiones inmediatamente, de tal manera W la punta de la espada, que se dirigía hacia la garganta del druida, solo consiguió abrirle un surco sangriento, pero superficial, a lo largo de la clavícula. Aunque Malfurion gruñó de dolor, aguantó como pudo.

Un fulgor muy intenso surgió de dentro de la montura de Varo’then. El capitán intentó mantener a esa bestia bajo control, pero le fue imposible. El murciélago se revolvió en el aire, chillando.

Un instante después, estalló en llamas.

Malfurion se había valido del calor inherente de las semillas en otras batallas anteriores. Sin embargo, como le quedaban muy pocas, no se había planteado la posibilidad de utilizarlas ahí arriba, donde tal vez no podría darles un buen uso. Únicamente gracias a que la criatura sombría se había hallado justo encima de él, el elfo de la noche había conseguido cerciorarse de que todas ellas alcanzaran su objetivo: la garganta.

El llameante espectáculo era tan intenso que Malfurion tuvo que apartar la mirada. Oyó gritar a Varo’then, pero no entendió sus palabras.

Lanzando un último chillido muy agudo, la bestia incinerada cayó y se perdió de vista.

Jadeando, Malfurion se aferró a Ysera. La dragona no podía hacer nada por su jinete, puesto que otro de los murciélagos centraba ya su atención. El druida se agarró lo más fuerte posible mientras intentaba recuperar la compostura. El dolor de las heridas era terrible y el hecho de saber que el disco seguía siendo inalcanzable le minaba aún más la moral.

Un dolor muy agudo le recorrió la pantorrilla.

Malfurion gritó y estuvo a punto de soltarse. Un hilo de sangre le alcanzó el interior de la bota mientras daba patadas salvajemente a la fuente de esa agonía. Posó su mirada llorosa en la pierna y en la causa de tal sufrimiento.

El capitán Varo’then se había aferrado fuertemente a la zona lumbar de Ysera. El desfigurado soldado gruñó mientras ascendía Por una escama tras otra. La causa del nuevo dolor que sentía Malfurion (la daga curva del oficial) se encontraba ahora entre los dientes de Varo’then. La sangre del druida goteaba hasta la afilada barbilla de otro elfo de la noche sin que este último se diera cuenta.

Aunque Malfurion ignoraba cómo el oficial había logrado agarrase a Ysera mientras su montura envuelta en llamas se precipitaba al vacío, estaba claro que, una vez más, lo había subestimado. Le intentó propinar varias patadas más con todas sus fuerzas, pero el capitán evitó fácilmente sus golpes. Si bien Malfurion lo único que podía hacer era aferrarse a Ysera mientras esta luchaba, Varo’then, que estaba curtido en mil batallas, era capaz de avanzar con suma destreza hacia su enemigo. Con los ojos entornados, miró a Malfurion como si fuera un animal bien cebado listo para ser sacrificado…

El druida hizo ademán de meter una mano en una faltriquera… y, al mismo tiempo, Varo’then alzó la mano izquierda.

— ¡Aaugh!

Un fogonazo carmesí cegó a Malfurion, quien recordó demasiado tarde que el capitán también tenía cierto talento para la hechicería, aunque fuera escaso. A pesar de que su dominio de las artes místicas no era suficiente como para convertirlo en una amenaza en ese aspecto, sí era suficiente como para generar una distracción que hiciera que su enemigo bajara la guardia mientras el oficial se acercaba para matarlo.

Malfurion alzó la mano que le quedaba libre; una reacción que probablemente evitó que lo asesinara. El druida sintió que algo pesado y metálico caía sobre él (se trataba de Varo’then, que iba protegido con una armadura) y, acto seguido, notó el aliento cálido del otro elfo de la noche en la cara.

¡La Luz de Luces me recompensará ampliamente por esto! — exclamó el capitán de una manera demencial—. ¡Incurriste en la ira de Mannoroth! ¡Incurriste en la ira de Archimonde! ¡Cómo es posible que una criatura tan insípida como tú los haya vencido con su ingenio! ¡Sí, a ellos, que son los grandes comandantes de Sargeras! ¡Ja! ¡No solo volveré a ser el favorito de Azshara por esto, sino que también lo seré del Magno! ¡Yo! ¡Lord Varo’then!

¡Sargeras pretende destruir Kalimdor, no rehacerla! —le espetó Malfurion, en un intento por lograr que su enemigo entrara en sus cabales.

¡Por supuesto! ¡Hace tiempo que me di cuenta de ello! ¡Bah! ¿Qué me importa a mí este trocito de tierra? ¡Mientras pueda servir a la reina y comandar a los guerreros en su nombre, me da igual dónde tenga que hacerlo! ¡Quién sabe, tal vez ese tal Sargeras me nombre su comandante supremo! ¡Por eso y por ser adorado por Azshara, me alegraré de ver Kalimdor reducida a cenizas!

Realmente, la locura había consumido por entero a Varo’then. De repente, la furia dominó a Malfurion, quien se sentía ultrajado por ese ser de su propia raza que era capaz de hablar tan a la ligera del fin de todas las cosas; sobre todo, de la muerte del preciado mundo que había engendrado a su especie. Eso iba en contra de todo lo que Cenarius le había enseñado y de todo en lo que Malfurion siempre había creído.

¡Kalimdor es nuestra sangre, nuestro aliento, nuestra misma existencia! —gritó el druida, cuya furia creció—. ¡Formamos parte de ella, al igual que los árboles, los ríos y las mismas piedras! ¡Somos sus hijos! ¡Estarías asesinando a la madre que nos dio a luz!

A Malfurion le empezó a arder la frente.

¡Eres patético! ¡Vivimos en una roca diminuta que solo es una más entre muchas otras! ¡Kalimdor no es nada! ¡Gracias a la Legión y mi reina, cruzaré un millar de mundos, a todos los cuales aplastaremos y pisotearemos! ¡Es una cuestión de poder, druida! ¡ El poder es mi sangre, mi aliento, ¿no lo entiendes?! —Mediante un giro de muñeca, el capitán Varo’then consiguió que Malfurion le soltara la mano con la que sostenía la daga—. Pero si la inminente muerte de Kalimdor te preocupa tanto, ¡te voy a hacer el favor de enviarte al más allá para que puedas darle la bienvenida a su alma en persona!

Pero la ira de Malfurion había alcanzado su punto máximo. El druida clavó sus ojos ardientes en los de Varo’then.

¿Quieres poder? ¡ Siente el poder del mundo al que serías capaz de traicionar, capitán!

La energía fluyó a través del druida de un modo muy natural) como si fuera su propia sangre. Notó cómo brotaba velozmente desde su fuente…, desde Kalimdor. Aunque ese mundo no fuera un ser consciente, sí era un ser vivo, que, a través de Malfurion contraatacó al fin.

Del druida emanó una suave luz azul que impactó a Varo’then de lleno en el pecho.

Con un grito, el atacante de Malfurion salió despedido de esa montura. El capitán soltó la daga mientras caía desde una gran altura hacia el Pozo de la Eternidad. La luz ya no solo bañaba a Varo’then, sino que lo quemaba por dentro. Su carne, sus tendones, sus órganos y su esqueleto eran perfectamente visibles a través de su radiante armadura. El rostro del oficial, que no paraba de chillar, había pasado a ser una calavera bajo una piel transparente.

Varo’then había dado totalmente la espalda a Kalimdor… y, ahora, a través de Malfurion, Kalimdor le deba la espalda a él. La luz que todavía envolvía al capitán trazó un arco por encima del centro del pozo y, a continuación, descendió bruscamente hacia las fauces del remolino. Justo entonces, se desvaneció de improviso.

Al igual que uno de los infernales que había caído sobre las víctimas de Suramar, lo que aún quedaba del capitán Varo’then cayó en picado sobre el portal que se estaba solidificando.

Tan súbitamente como había surgido, el poder que recorría a Malfurion desapareció. Aunque de repente se sintió vacío, también se sintió reconfortado al mismo tiempo al saber que el mundo no se hallaba totalmente indefenso. Todavía agarrado a la espalda de Ysera, contempló el destino final de Varo’then.

—Ya veremos si el Señor de la Legión aún te recompensa después de esto, capitán…

De repente, sintió una sacudida que casi lo hizo caer y seguir los mismos pasos que Varo’then. Ysera tenía a un murciélago en cada una de sus patas delanteras y, aunque la dragona le acababa de desgarrar la garganta a uno de ellos, el otro le había rasgado un ala.

Malfurion hizo un gran esfuerzo para recuperar una posición más estable y, acto seguido, sacó de otra faltriquera una pizca de un bálsamo que habría preparado con anterioridad. Había confeccionado ese bálsamo con unas hierbas muy concretas, pero aunque el druida la había probado en el campo de batalla, no tenía nada claro si sería bastante potente como para ayudar a una giganta como Ysera.

Aun así, en el mismo momento en que Malfurion le frotó con él la base del ala, dio unos resultados que superaron con creces sus expectativas. Esa pequeña cantidad de bálsamo se extendió más allá de donde había sido aplicado, cubriendo con suma celeridad todo el apéndice. Rápidamente, las fisuras que tenía Ysera en el ala se cerraron del todo, ni siquiera le quedaron cicatrices como recuerdo de esas terribles heridas.

— ¡Me siento revigorizada! —bramó la Señora del Sueño mientras hacía trizas a la segunda de esas criaturas. Ysera giró la cabeza hacia Malfurion. A pesar de que esta tenía los ojos cerrados, el druida notó la intensidad de su mirada—. Cenarius te ha enseñado bien… —De repente, se calló y abrió los ojos, aunque solo durante un segundo—. Pero tal vez ese vínculo innato que compartes con ese poder que manejas sea el factor más a tener en cuenta. Sí, el que más, en efecto…

El druida se dio cuenta de que había centrado ese vistazo fugaz en la parte superior de su cabeza. Se llevó la mano hacia ahí… y descubrió que los bultitos habían pasado a medir casi unos ocho centímetros. Le habían empezado a crecer unos cuernos como los de su shan’do. Antes de poder asimilar esta nueva revelación, un temible rugido estremeció la zona, tapando incluso el fragor de la tormenta. Entonces, de las tempestuosas nubes, cayó Alamuerte.

El leviatán negro se arrojó una vez más contra esos hechizos impenetrables. Su cuerpo se encontraba en un estado de erupción continua allá donde las placas no habían sellado las grietas que tenía en la piel. Tenía los ojos desorbitados debido a la tremenda ira que le poseía. Voló hacia el Alma Demoníaca con tal celeridad que Malfurion se quedó sobrecogido.

El aire que rodeaba al disco crepitó de un modo abrupto y unos fogonazos amarillos y rojos centellearon a modo de aviso, advirtiendo así de que un gran poder anidaba en esa creación robada al dragón. Malfurion percibió que había unas nuevas fuerzas en juego, un poder que dotaba a la matriz de hechizos de una mayor potencia y de un mayor dominio sobre el Alma Demoníaca.

Alamuerte colisionó frontalmente contra la matriz. El cielo exploró su alrededor con una energía pura que debería haber abrasado al Aspecto demente hasta matarlo, pero aunque le quemó claramente la y las escamas, Alamuerte siguió empujando. Rugió de un modo desafiante a esas poderosas fuerzas desplegadas en su contra. En la boca se le dibujó una demencial y amplia sonrisa reptiliana, que fue ensanchándose a medida que se acercaba con gran esfuerzo a su meta.

—Su obsesión no tiene límites… —afirmó Ysera, quien contemplaba maravillada al otro Aspecto.

— ¿Crees que realmente podría conseguirlo?

—La verdadera cuestión que hay que plantearse es… ¿deseamos que lo consiga?

Varias escamas se le desprendieron al dragón Negro, cuyo cuerpo ya había sufrido un duro castigo. Los chisporroteantes rayos se centraban ahora por completo en el gigante, al que quemaban una y otra vez.

Aun así, a pesar de que de vez en cuando se encogía de dolor bajo ese intenso asalto, Alamuerte no aflojó.

Un dragón rojo pasó volando junto a Malfurion y este vio que Rhonin y Brox iban montados en él. Con una voz amplificada mediante un hechizo, el mago gritó:

— ¡Krasus nos ha avisado de que tenemos que estar preparados! ¡Cree que Alamuerte aún puede lograr romper el hechizo! ¡Tenemos que estar listos para atacar al dragón Negro en cuanto eso suceda!

—Alamuerte… —murmuró Ysera—. Viéndole ahora, qué adecuado es ese nombre… —A continuación, dirigiéndose a Rhonin, bramó—: ¡Estaremos listos!

Tendrían que atacar de inmediato y de un modo coordinado. No iban a tener otra oportunidad…; además, así tendrían alguna pequeña posibilidad más de triunfar que si intentaran liberar de ese encantamiento al disco ellos mismos. Aunque el elfo de la noche no las tenía todas consigo, puesto que iban a correr muchos riesgos, estaba dispuesto a invocar todo el poder de Kalimdor que le resultara posible.

Como era perfectamente consciente de que esa era la última esperanza que le quedaba a todo cuanto amaba, arrastrado por sus sentimientos, pensó instintivamente en Tyrande. No en Illidan, sino en Tyrande, con la que le hubiera gustado hablar una última vez; sí, le hubiera gustado saber si seguía viva y si sobrevivida a todo esto… a pesar de que él no lo hiciera.

¿Malfurion?

El druida estuvo a punto de caerse de la espalda de Ysera. Al principio, creyó que esa voz que oía en su mente era solo su imaginación que le estaba jugando una mala pasada o tal vez alguna estratagema siniestra de los tenebrosos poderes contra los que estaban combatiendo, pero en verdad lo que Malfurion intuía era que no podía ser otra que Tyrande, quien acababa de contactar con él.

Se acordó de aquella vez en que lo había ayudado a volver a este plano cuando había sido incapaz de regresar a su cuerpo. Su vínculo con el druida era mucho más fuerte de lo que este jamás habría podido imaginar y, en el preciso instante en que pensó eso, Malfurion percibió que ella también se había dado cuenta de ello.

¡Malfurion!, repitió con mucha más esperanza. ¡Oh, Malfurion! ¡Eres tú!

¡Tyrande! ¡Estás viva! ¿Estás…? ¿Te han…?

La sacerdotisa lo calmó rápidamente.

La Madre Luna ha velado por mí, loada sea; ¡además, me ayudaron unos Altonato que pretendían volver a formar parte de nuestro pueblo! ¡Sé que has hecho lo que tenías que hacer! ¡Pero escucha! Tu hermano…

Mi hermano…

En cuanto ella mencionó a Illidan, el druida percibió una presencia muy similar a él mismo muy cerca de Tyrande. Tan cerca que tenía que estar tocándola.

Hermano…, pensó Illidan.

¡Tú!

Algo brotó del fuero interno de Malfurion, algo que supo que debía controlar inmediatamente. Aun así, por mucho que lo intento, el druida no lo logró por entero.

¡Malfurion!, le imploró Tyrande. ¡Para! ¡Lo vas a matar!

A pesar de que no tenía ni idea de qué le estaba haciendo exactamente a Illidan, Malfurion se concentró e intentó encerrar lo que había liberado. Para su alivio, notó que Illidan se recuperaba con rapidez.

Nunca… Nunca me imaginé que tuvieras algo así dentro de ti…, hermano…

Si bien Illidan hablaba con ese tono condescendiente tan propio de él, su mente aún estaba asimilando la asombrosa revelación de que su hermano, al que había considerado un débil, no lo era en realidad.

¡Tienes que responder por muchas cosas, Illidan!

Si todos sobrevivimos, afrontaré las acusaciones…

Esas palabras encerraban una gran verdad. ¿Qué sentido tenía condenar a Illidan si todos iban a perecer? Además, Malfurion se dio cuenta de que había malgastado unas energías muy valiosas con su hermano.

El druida dejó de pensar en Illidan totalmente y estableció contacto con Tyrande de nuevo.

¿Estás bien? ¿No te ha hecho nada?

No, nada, Malfurion. Lo juro por Elune…, pero ahora nos hallamos escondidos en las ruinas cercanas al Pozo ¡y no nos atrevemos a lanzar un hechizo! ¡El demonio Mannoroth tiene guerreros por todas partes! Creo que, a pesar de los hechizos de Ulidan y mis oraciones, sospechan dónde estamos…

Aunque quería ir adonde estaba ella, una vez más, eso no era posible. Malfurion lanzó un juramento.

Si pudiéramos conseguir que…

Pero antes de que pudiera pensar nada más, Alamuerte lanzó un espantoso bramido. Las emociones puras que transmitía el grito del dragón hicieron añicos los enlaces mentales con Tyrande e Illidan y eliminaron cualquier otro asunto de los pensamientos de Malfurion.

Se halló contemplando a un dragón que sufría una tortura que superaba toda comprensión, pero que seguía tan obsesionado con lo que deseaba que ningún dolor lo podría desalentar. Algunas de las placas incrustadas en el dragón Negro habían quedado reducidas a pura chatarra y varias porciones de su cuerpo habían perdido todas sus escamas. La carne que había quedado expuesta había sufrido quemaduras o se la habían arrancado. Las alas del leviatán estaban desgarradas por varios sitios, por lo cual a Malfurion le asombró que el demente Guardián de la Tierra todavía pudiera volar. Alamuerte tenía las garras retorcidas y destrozadas, como si hubiera estado arañando un objeto impenetrable.

Entonces, Malfurion reparó en lo cerca que el dragón Negro se encontraba de su codiciado objetivo.

— ¡Por los creadores! —rugió Ysera—. ¡No va a permitir que nada lo detenga!

El druida asintió silenciosamente y, entonces, se dio cuenta de lo espantosas que eran realmente esas palabras. Daba la impresión de que, en cualquier momento, Alamuerte lograría lo imposible… y, entonces, aquellos que esperaban poder robarle el disco tendrían que aspirar a hacer lo mismo.

Aléjate… Aléjate…, le ordenaban las voces que en su día habían alentado al dragón en todo cuanto hacía. Ahora, al igual que todos los demás, habían demostrado ser unas traidoras. En verdad, Neltharion no podía confiar en nadie, solo en sí mismo.

— ¡Será mía! ¡El Alma me pertenece a mí! ¡Y a nadie más!

Notó la furia que había despertado en ellas al no obedecerlas. Estas lo atacaron mentalmente de una manera salvaje, al mismo tiempo que, por otros medios, alimentaban los hechizos de la Legión Ardiente que también batallaban contra él. A pesar de que únicamente consiguió avanzar un par de centímetros, lo cierto era que continuaba progresando. Casi tenía el disco a su alcance.

Aléjate…, repitieron las voces. Aléjate…

No obstante, Neltharion también percibió que debajo de esa furia había una ansiedad creciente, incluso miedo. Las voces también se percataron de que estaba a punto de alcanzar su creación. Tal vez se imaginaran que, en cuanto la recuperara, las iba a castigar junto al resto.

Entonces, otro factor entró en juego. El señor demoníaco expandió su conciencia desde su propio reino, potenciando así las espeluznantes fuerzas que suministraban energía a la matriz de hechizos. Neltharion volvió a bramar, ya que el tormento que había sufrido previamente había pasado a ser una mera fracción del suplicio al que se veía sometido ahora.

Pero en todo caso, eso únicamente lo espoleó a redoblar sus esfuerzos. Con una amplia sonrisa dibujada en su cara (la versión dragón de la sonrisa de la muerte), el leviatán se rio bien alto de todos aquellos que pretendían negarle lo que le pertenecía legítimamente. Se rio y empujó para recortar los últimos metros que le separaban del disco.

¡Es mía! —rugió triunfante—. ¡Mía!

Acto seguido, agarró el Alma Demoníaca con una garra.

¡Tiene que ser ahora! —le advirtió Krasus a Alexstrasza—. Tiene que será ahora si queremos…

El mundo explotó.

O, al menos, esa impresión le dio a la figura encapuchada. Una demencial cornucopia de colores abrumó a Krasus. Oyó a Alexstrasza rugir de sorpresa y agonía. Una tremenda fuerza los zarandeó a los dos. A pesar de que el mago intentó aferrarse a su reina, eso supuso un esfuerzo excesivo para la forma mortal que portaba.

Salió despedido.

Varias cosas pasaron a gran velocidad junto a él. Un murciélago sombra abrasado que no paraba de chillar. Una pequeña forma que podría haber sido su jinete o alguno de sus propios camaradas. Varios fragmentos de escamas de dragón, cuyo color se habían comido las llamas.

Krasus dio vueltas y más vueltas, incapaz de aminorar su impulso a base de hechizos.

¡Hemos perdido!, logró pensar. ¡Seguramente, esto es el fin de todo!

Entonces, una garra colosal lo cogió y lo elevó. Acto seguido, oyó a Alexstrasza vociferar con una voz desgarrada:

— ¡Lo ha logrado! ¡Lo ha logrado!

A través de un velo de lágrimas, el mago logró entrever a Alamuerte y el Alma Demoníaca.

Justo cuando arrancaba el disco de las garras de ese sortilegio, el dragón Negro lanzó un rugido a pleno pulmón. Unas llamas envolvieron a Alamuerte, y a Krasus le sorprendió que el Aspecto fuera capaz de soportar tal daño, por mucho poder que poseyera. El leviatán sostuvo su creación muy en alto y se rio triunfalmente, a pesar de estar sufriendo una clara agonía.

Entonces, desde las profundidades del Pozo, una fuerza negra brotó velozmente y golpeó de lleno a Alamuerte.

El dragón salió despedido hacia atrás, pues el impacto fue tan brutal que lo lanzó mucho, mucho más allá del vasto Pozo. Mucho más allá de la orilla incluso. Un Alamuerte que no paraba de dar vueltas en el aire se perdió de vista entre las nubes…

En consecuencia, como había soltado el Alma Demoníaca, esta se precipitó hacia el remolino.

— ¡Debemos recuperarla antes de que Sargeras o los dioses antiguos vuelvan a colocarla dentro de la matriz del portal! Creo que, a pesar del hechizo de protección de Alamuerte que pesa sobre ella, podré sujetarla, ¡al menos el tiempo necesario para que podamos cumplir nuestras metas! ¡Pero primero debemos alcanzarla!

—Intentaré hacer todo lo posible… —replicó Alexstrasza con voz entrecortada.

Solo entonces Krasus reparó en las grandes quemaduras que había sufrido su reina por culpa de las fuerzas que habían desatado los disparatados actos de Alamuerte. El Aspecto de la Vida apenas podía mantenerse en el aire.

No obstante, otra dragona colosal pasó volando súbitamente junto a ellos, una giganta verde muy familiar, cuyo jinete era un elfo de la noche realmente único.

—Malfurion… —murmuró Krasus, contemplando al druida, quien ahora poseía un pequeño par de cuernos similares a los de su maestro—. Sí, tiene que ser él quien lo intente…

Aun así, eso no quería decir que los demás se fueran a quedar de brazos cruzados. Alexstrasza no aminoró su avance a pesar de las heridas y, a la derecha de Krasus, aparecieron volando Rhonin y Brox montados en el dragón rojo. Una hembra bronce también los seguía, pero como carecía de jinete, lo único que podía hacer era observar a los demás.

La dragona de Malfurion se acercó al disco que caía a plomo; en su descenso, el Alma Demoníaca iba dejando un rastro brillante de color dorado. Krasus observó cómo el druida abría la mano… y, entonces, cogió ese artefacto infecto de un modo certero. El elfo de la noche se lo apretó contra el pecho.

Súbitamente, del interior del portal surgió un monstruoso rugido que estremeció la misma alma del mago dragón. Miró hacia abajo y contempló consternado cómo una espantosa tormenta verde se estaba generando en su parte central.

Sargeras estaba intentando atravesar el portal que, prácticamente, estaba finalizado.

Como guerrero que era, Brox conocía bien sus límites. Había llegado el momento de que intervinieran los magos y los hechiceros. Ahí arriba ya no había enemigos que blandieran espadas y hachas.

Con los ojos como platos y sin parpadear, Malfurion contempló el espantoso artilugio. Como Brox sabía que el poder del disco era muy tentador, gritó rápidamente por encima de Rhonin:

— ¡Druida! ¡No debes confiar en ella! ¡Es malévola!

El elfo de la noche alzó la vista y, acto seguido, asintió con determinación en dirección hacia su camarada. Brox suspiró aliviado; sin embargo, esa exhalación se convirtió en un grito ahogado en cuanto el orco, al igual que el resto, oyó el bramido del colérico dios.

El grito de Sargeras, el Señor de la Legión Ardiente.

¡El señor demoníaco pretende entrar en Kalimdor! —exclamó el dragón carmesí—. ¡El portal está acabado! Tal vez pueda cruzarlo con éxito… y, si lo hace, ¡estaremos perdidos!

Brox clavó la mirada en la tempestad verde de allá abajo. Se estaba contrayendo, compactándose para conformar un agujero más pequeño de forma casi perfectamente octogonal.

¿Qué ocurre? ¡El portal se está encogiendo, en vez de crecer!

¡ Supongo que Sargeras quiere tener más posibilidades de triunfar, por eso está compactando el encantamiento! En cuanto lo atraviese, expandirlo de nuevo no será un problema para él. ¡Con esta estrategia, en todo caso, va a tener más posibilidades de alcanzar su objetivo!

Horrorizado, el orco apartó la mirada de la monstruosa tormenta… y vio que se hallaban en una situación aún más desesperada, ya que en Zin-Azshari se elevaron centenares, tal vez incluso millares, de siluetas aladas.

¡Miren ahí!

El demonio Mannoroth había permitido que el capitán Varo’then y sus soldados atacaran al grupo cuando había dado la sensación de que lo único que tenían que hacer era ejecutar una táctica dilatoria. Ahora, sin embargo, después de lo que había hecho el dragón Negro, el plan había cambiado, sin lugar a dudas. Mannoroth seguramente se había dado cuenta de que la Legión corría verdadero peligro. Por tanto, había llamado a todos los guardias apocalípticos y demás demonios alados disponibles para combatir a los defensores de ese mundo.

A pesar de que Brox ansiaba enterrar su hacha en la avalancha que se les venía encima, sabía que sus esfuerzos serían risibles comparados con lo que Rhonin y Krasus podían hacer. Aunque podía acompañar al mago y su montura roja mientras luchaban contra ellos, ¿acaso contar con su presencia serviría para algo?

Alexstrasza y Krasus, que se encontraban mucho más atrás, ya se habían vuelto para enfrentarse a esa horda de demonios aéreos. El dragón rojo trazó un arco que lo fue alejando del centro del Pozo. De este modo, las tareas de manipular el poder del Alma Demoníaca y sellar el portal quedaban en manos de Malfurion… siempre que tuviera el tiempo necesario para llevarlas a cabo. Incluso Brox podía notar cómo esas energías siniestras iban creciendo dentro de ese portal condensado. Sargeras estaba a punto de triunfar…

El orco creía que solo podía hacer una cosa. Si bien una parte de él le decía que era una locura, otra insistía en que tenía que hacerlo.

¡Adiós, mago! —rugió—. ¡Ha sido un honor haber luchado contigo y los demás!

Rhonin miró para atrás, en dirección hacia él.

¿Qué planeas ha…?

Brox saltó.

El dragón rojo intentó coger a Brox, pero como el gigante se hallaba tan estupefacto, reaccionó demasiado tarde. El orco pasó entre sus garras, cayendo a plomo hacia el centro del Pozo de la Eternidad…, donde la implacable tormenta estaba alcanzando su punto álgido.

Lanzando un alarido de emoción, Brox notó el azote del viento en la cara mientras descendía. Sonrió de oreja a oreja, como había hecho el día en que sus camaradas y él habían estado dispuestos a proteger aquel paso de montaña con sus vidas.

Mientras Brox se acercaba al portal, pudo ver cosas que hasta entonces no había visto. Atisbó que algo se movía ahí dentro. Se trataba de tropas y más tropas de demonios, todas las cuales se preparaban para seguir a su señor al plano mortal. Esos demonios se extendían hasta el infinito. Sin embargo, no vio ni rastro del propio Sargeras, aunque sabía que el temible amo de los demonios tenía que estar muy, muy cerca.

Entonces…, el orco atravesó el portal.

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