El Cataclismo – Capítulo Trece

Jarod Cantosombrío no se sentía como una leyenda, pero todo el mundo junto al que pasaba lo miraba como si lo fuera. Su reputación, que era mucho más grande de lo que se merecía por los minúsculos éxitos que había obtenido en el campo de batalla, se había engrandecido por cien con la llegada de seres míticos como Cenarius y los demás antiguos protectores del mundo. La historia de cómo Cenarius lo había reconocido en público como su comandante había sido contada una y otra vez por todo el campamento, de tal manera que habían llegado a escucharse algunas versiones en las que él iba ataviado de oro y aceptaba los servicios del señor del bosque nombrándolo caballero con una reluciente espada mágica. A pesar de que tales relatos eran muy estrafalarios, muy pocos de los defensores parecían mofarse de ellos. Incluso el consejo de nobles contemplaba al oficial de casta inferior con cierta veneración.

Jarod tampoco tenía a nadie con quien compartir sus preocupaciones. Rhonin era lo más similar a un confidente que tenía, pero el humano insistía en que el elfo de la noche debía aceptar los cambios que se habían producido en su vida.

No se atrevía siquiera a acudir a las sacerdotisas para confesarse, Para, de ese modo, poder desahogarse. Ahora que Maiev era la suma sacerdotisa, lo más seguro era que su hermana se acabara enterando de todo… y eso era lo último que quería el oficial.

Jarod cabalgaba solo por el campamento, disfrutando de uno de los pocos momentos de soledad que había tenido desde que había asumido, a su pesar, la pesada carga del mando. Había dicho a sus ayudantes que no tardada mucho y que, por tanto, no hacía falta que lo siguieran. Además, todo el mundo sabía ya quién era. Lo único que tendrían que hacer sería preguntar y lo localizarían enseguida.

Lo saludaban constantemente y se topó con más de unas cuantas caras de agradecimiento. Algunas de las hermanas de Elune que estaban atendiendo a los heridos alzaron la vista a su paso, e incluso agacharon la cabeza en señal de respeto. Por suerte, Maiev no fue una de ellas.

Una sacerdotisa un poco bajita que se estaba ajustando el yelmo lo vio e, inmediatamente, se le acercó corriendo. Jarod tiró de las riendas de su montura para obligarla a pararse, pues temía que la elfa trajera algún mensaje en que se le requiriera reunirse con su hermana; no obstante, era consciente de que no podría negarse si esto fuera así.

— ¡Comandante Cantosombrío! ¡Esperaba volver a verlo!

Jarod se fijó detenidamente en el rostro de esa sacerdotisa. Era atractiva, aunque de cerca parecía más joven de lo que había supuesto en un principio. Su cara el sonaba, pero ¿de qué…?

—Shandris… Eres Shandris, ¿verdad?

Se trataba de la huérfana que la señora Tyrande había acogido bajo la protección antes de ser raptada.

Con suma admiración, la joven abrió los ojos como platos al darse cuenta de que él la recordaba. De repente, Jarod se sintió muy incómodo bajo esa mirada tan intensa. A Shandris todavía le quedaban un par de años para tener la edad necesaria para ser una pretendiente y, aunque el militar tampoco le sacaba tantos años, daba la impresión de ser una brecha del tamaño del Pozo de la Eternidad.

— ¡Sí! Comandante, ¿has oído algo sobre ella?

En ese instante, se acordó de la última conversación que habían mantenido… y también de todas las anteriores. Cada uno de esos encuentros había girado en tomo a la figura de la persona que la había salvado, la cual se hallaba ahora secuestrada. Si bien Jarod se había mostrado muy educado con ella, nunca le había dado la respuesta que buscaba. No se había hecho ningún intento de rescatar a la suma sacerdotisa. ¿Qué sentido habría tenido? Seguramente, la habían llevado a palacio y, probablemente, la habían asesinado poco después.

Sin embargo, Shandris se negaba a creer que Tyrande nunca regresaría. Incluso cuando Malfurion, el candidato más lógico a llevar a cabo un intento de rescate, se había marchado para realizar una misión, Shandris había albergado la esperanza de que, cuando regresara, el druida lo haría, de algún modo, con Tyrande. A pesar de que Jarod había hecho gala de toda su paciencia y amabilidad para convencerla de lo contrario, la joven era tan testaruda como un tauren. En cuanto se le metía algo en la cabeza, no daba su brazo a torcer; por eso mismo, cuando la novicia había empezado a mirarlo con un cierto interés, el militar había sentido una cierta inquietud.

—No, nada. Lo siento, Shandris.

¿Y Malfurion? ¿Ha vuelto?

Cantosombrío frunció el ceño.

—Tampoco hemos sabido nada de él, pequeña, pero debo recordarte que esa misión lo ha llevado a otro lugar. Lo que intentan conseguir él y los demás es más importante para nuestro pueblo que incluso rescatar a la suma sacerdotisa, por muy importante que ella sea para ti, para mí y, sobre todo, para el druida. Eso ya lo sabes.

¡Pero no está muerta!

¡Nunca he dicho que lo estuviera! —le espetó—. ¡ Shandris, sueño con poder rescatarla, pero incluso la señora Tyrande entendería por qué eso aún no ha ocurrido!

A la joven se le heló el gesto por un momento, pero entonces, la tensión abandonó su rostro.

¡Lo siento! ¡ Sé que tienes mucho que hacer! No debería molestarte con esto, Jarod.

El antiguo capitán del Cuerpo de Centinelas, que no reparó en que se había dirigido a él por su nombre de pila, intentó apaciguarla:

—Yo siempre tengo tiempo para ti, Shandris…

Los ojos de la muchacha adquirieron un brillo repentino que le advirtió de que se había propasado con ese intento de serenarla. Una vez más, la novicia lo miraba de esa manera en que, normalmente, las mujeres no solían mirar a Jarod Cantosombrío.

—Tengo que irme ya, de verdad, Shan…

Pero el resto de lo que tenía previsto decir no llegó a brotar de sus labios, ya que, justo entonces, el grito de batalla de los cuernos, que tan familiar le resultaba, resonó; esta vez, no cabía duda de que no anunciaban la llegada de unos refuerzos que recibirían con los brazos abiertos. No, bramaban desde la vanguardia y el rugido que se oyó a continuación dejó bien claro el hecho de que el derramamiento de sangre había vuelto a comenzar una vez más.

Mientras obligaba a girarse a su montura, Shandris Plumaluna le rozó la rodilla con una mano esbelta y gritó;

— ¡Comandante! ¡Jarod! Que la bendición de Elune recaiga sobre ti…

Muy a su pesar, Jarod sonrió agradecido y. acto seguido, espoleó a su bestia. Aunque no miró hacia atrás, estaba totalmente seguro de que ella tenía los ojos clavados en su espalda.

En cuanto llegó a su tienda, le llegaron informes a diestro y siniestro. Había demonios en las montañas del sur y otros se acercaban por el rio, al norte. Mientras tanto, la horda principal presionaba por el centro, conformando una cuña descomunal que ya estaba atravesando las líneas de los defensores sin mostrar ningún signo de aminorar su avance.

¡Los exploradores informan de que hay otra fuerza descomunal justo detrás de la primera! —gritó un jinete que acababa de llegar—. ¡Juran que es más grande, incluso mucho más grande, que la parte principal de su ejército!

¿Cuántos más de esos malditos monstruos hay ahí tuero? —gritó un noble—, ¿Aún no hemos sido capaces de hacer mella en ese ejército?

La respuesta no se la dio Jarod, sino Rhonin, y fue una contestación que ninguno quería oír.

—Sí, lo hemos logrado…, pero se trata de una mella muy, muy pequeña.

—Por la Madre Luna, forastero, entonces, ¿cómo vamos a poder ganar?

El mago se encogió de hombros y dio la única respuesta que podía dar.

—Porque debemos hacerlo.

Todos miraron a Jarod, quien procuró no tragar saliva, contempló a todos los ahí reunidos y exclamó con un tono muy serio:

¡Todos saben lo que tienen que hacer en sus posiciones! ¡Necesitamos que esa nueva cuña se desmorone! ¡Pónganse manos a la obra!

Incluso a él mismo le sorprendió la determinación con la que habló. Mientras los demás se dispersaban, el elfo de la noche se volvió hacia Rhonin.

— ¡ Creo que están reservando a una segunda horda para cuando la cuña nos atraviese por entero!

—Envía a los tauren —le sugirió el mago.

—Necesitamos a la gente de Huln donde está ahora. —Jarod intentó dar con una solución, pero, desafortunadamente, lo único que se le ocurría era un plan que no se podía imaginar que fuera capaz de implementar. Aun así…—. ¡Debo dar con Cenarius!

Y, una vez dicho esto, se fue corriendo.

Había llegado el momento de acabar con esa farsa.

Eso era lo que pensaba Archimonde mientras escrutaba la batalla con sus sentidos. Le había llegado la noticia de que habían entregado a su señor un objeto de poder: el disco que había empleado el dragón demente para provocar una carnicería admirable. El propio Sargeras estaba seguro de que ese disco sería capaz de abrirle el camino. Tras haberlo visto en acción (y haberlo codiciado para usarlo en el campo de batalla), Archimonde creía que su señor estaba en lo cierto.

No obstante, si la llegada de Sargeras a Kalimdor era inminente, le correspondía al comandante demoníaco la tarea de cerciorarse de que el mundo estaba listo para su irrupción… y eso significaba que tenía que presentarse ante Sargeras con una victoria. Su señor tenía que ver que podía confiar en que Archimonde, como siempre, podía entregarle un mundo conquistado.

De este modo, con la rapidez y la astucia que lo habían convertido en aquel que siempre se sentaba al lado de Sargeras, Archimonde había concebido un nuevo plan con el que la aniquilación total de esas miserables criaturas que defendían ese reino de mala muerte estaría garantizada. No podrían escapar, no se saldrían con la suya en el último instante. Sabía que ahora se enfrentaba a un adversario más bisoño y que era una incógnita, cuya única virtud era que tenía un poco más de sentido común que el bufón que antes comandaba esas tropas. Este nuevo líder habría procurado una cierta diversión momentánea a Archimonde gracias a su buena suerte, pero la fortuna no le iba a favorecer siempre.

Te traeré un nuevo trofeo, mi señor, pensó para sí, imaginándose a los supervivientes gimiendo y encadenados a centenares, mientras eran llevados ante el Señor de la Legión. Te procuraré mucha diversión, añadió Archimonde, imaginándose las horribles muertes y torturas a las que sometería Sargeras a cada uno de esos prisioneros.

Te entregaré este mundo…

La cuña de los demonios continuó atravesando las fuerzas de los elfos de la noche, a pesar de que estos hacían todo lo posible por intentar detenerla. Ni siquiera con el apoyo de los terráneos y las otras razas, que ya se habían mezclado totalmente con las tropas de los defensores, eran capaces de ralentizar su avance.

Una línea de infernales formaba la punta de la cuña, los cuales progresaban entre las fuerzas enemigas con una monstruosa eficiencia. Los eredar cubrían su avance, ya que habían levantado a su alrededor un escudo que no podía atravesar ningún arma mortal.

Incluso los martillos de guerra de los terráneos solo levantaban chispas al chocar con él, y eso solo momentáneamente, puesto que, al instante quienes los blandían acababan aplastados bajo el colosal peso de los demonios de piedra.

Mientras los que se hallaban en el centro intentaban en vano entorpecer el avance de la cuña, la horda demoníaca redoblaba sus cruentos ataques sobre aquellos situados más allá de los límites de la carga de los infernales. Ahí, los soldados, que ya estaban conmocionados, eran una presa fácil.

La Legión Ardiente fue cortando en dos a la hueste; primero, lentamente; después, con mucha más seguridad. Nadie dudaba de que, si lograban su objetivo, la batalla y el mundo estarían perdidos. Rhonin y la Guardia Lunar hicieron lo que pudieron, pero eran mortales y, por tanto, se agotaban con más facilidad que los ere-dar y los demás taumaturgos de la Legión. Y lo que era aún peor: tenían que permanecer alerta para defender sus propias vidas, ya que Archimonde había centrado su atención en ellos más que nunca.

Un hechicero elfo de la noche situado a la derecha de Rhonin chilló súbitamente y se marchitó como si le hubieran absorbido toda el agua del cuerpo. Un segundo falleció de la misma manera espantosa antes de que el mago pudiera asimilar la primera muerte.

Entonces, Rhonin notó una sensación de sequedad muy intensa que se le extendía por todo el cuerpo. Respiró con dificultad por culpa de la deshidratación instantánea y a duras penas fue capaz de alzar un escudo que lo protegiera de ese hechizo.

Un guardia lunar lo agarró cuando caía al suelo y, a continuación, sacó a rastras al mago herido en la batalla.

—Agua… —pidió Rhonin a gritos—. ¡Tráiganme agua!

Le trajeron un odre, que vació sin derramar una sola gota. Incluso entonces, Rhonin se sintió como si no hubiera bebido nada desde hacía más de un día.

—Kir’altius también ha muerto —le informó el hechicero que había acudido en su ayuda—. Todo sucedió tan rápido que no se pudo hacer nada…

—Aquí han perecido tres… pero ¿cuántos más han caído en otras partes? —se preguntó el taumaturgo de pelo carmesí, esbozando una mueca de contrariedad—. ¡No tenemos salida! Si seguimos muriendo así, no podremos hacer nada por los soldados… y, si estamos muy ocupados defendiéndonos, ¡la Legión seguramente atravesará las últimas líneas!

Presa de la impotencia, el elfo de la noche que estaba con él se limitó a encogerse de hombros. Ambos sabían que no podían hacer nada para darle la vuelta a la situación.

— ¡Ayúdame a levantarme! ¡Tenemos que crear una matriz de hechizos! ¡Eso debería bastar para protegemos mejor, cuando menos! Quizá entonces podamos…

A sus espaldas, sonaron unos cuernos que llamaban a la hueste a batallar. Rhonin y el hechicero miraron hacia atrás; estaban desconcertados, ya que eran conscientes, como todo el mundo, de que todos los elfos de la noche ya se encontraban peleando en el frente.

Y entonces…, tuvo lugar una carga como nunca nadie había presenciado en toda la existencia de Kalimdor. No se trataba de una caballería, ni de un regimiento de soldados curtidos. Solo había un elfo de la noche entre esas tropas y se trataba de Jarod Cantosombrío, quien lideraba la carga a lomos de su felino.

Rhonin negó con la cabeza, pues no podía creer lo que veían sus ojos.

¡Está liderando la carga contra la cuña de los guardianes de Kalimdor!

Cenarius seguía de cerca al elfo de la noche y los dos señores osos (Ursoc y Ursol, si Rhonin lo recordaba bien) seguían al señor del bosque a su vez. Por encima de ellos volaba la que supuso, por lo que Krasus le había contado, que tenía que ser Aviana, la Señora de las Aves. Tras ella, avanzaba un ser similar a una pantera alada con unas manos casi humanas y, aún más detrás, había un guerrero reptiliano con un caparazón que recordaba al de una tortuga. Estas entidades conformaban una primera oleada de varias decenas y decenas de seres, a muchos de los cuales Rhonin ni siquiera recordaba haber visto antes. A pesar de que el mago no sabía ni el nombre ni el título de ninguno de ellos, era capaz de percibir de un modo mucho mejor que los demás cómo enfocaban todo su poder sobre los demonios que se aproximaban.

Y al sentir ese poder, el taumaturgo sonrió esperanzado.

¡Que la Guardia Lunar se prepare! —ordenó—. ¡Olvídense de la cuña! ¡Concéntrense únicamente en los hechizos de ataque de la Legión! —La sonrisa de Rhonin se tomó más amplia—. ¡Maldito sea Jarod! ¡Solo él sería tan ingenuo como para ordenar a los semidioses que participen en un asalto liderado por él y salirse con la suya! — Entonces, su ánimo se ensombreció al acordarse de las innumerables fuerzas con las que la Legión estaba atacando a los defensores—. Aunque no sé si siquiera si con eso va a bastar…

— ¡Adelante! —vociferó Jarod sin que hiciera falta. Los infernales y otros demonios ocuparon por entero su campo de visión. En silencio, se encomendó a Elune y se preparó para morir. Lo único que esperaba conseguir con ese acto demencial era detener el avance enemigo el tiempo suficiente como para que se obrara un milagro.

Los infernales eran la encamación de una fuerza primordial. Eran criaturas que existían únicamente para aplastar, machacar o triturar cualquier obstáculo (vivo o no) que hallaran en su camino. Gracias a los sortilegios de los brujos y otros tenebrosos hechiceros de la Legión, eran una fuerza prácticamente imparable.

Al menos lo fueron hasta que chocaron con la caiga de Jarod.

El escudo de protección de los eredar cayó como si nada ante el empuje de Cenarius y sus homólogos, puesto que estos tenían un gran dominio de la magia natural de su mundo, ya que la utilizaban desde, prácticamente, el nacimiento de este. Atravesaron el escudo como si fuera mero aire… y, acto seguido, hicieron lo mismo con los infernales que se hallaban tras él.

Agamaggan fue el más rápido; el jabalí demostró ser mucho más impenetrable que esos duros demonios de piedra, a los que levantó violentamente del suelo de una sola embestida. Con sus grandes colmillos atravesó a los guardias viles, cuyos restos arrojó después por aires. Los guardias apocalípticos que revoloteaban por el cielo intentaron atravesar el letal bosque de espinas que cubría la espalda de Agamaggan, pero lo único que consiguieron fue acabar empalados.

Con unos cuantos demonios muertos pendiendo de sus cerdas, el semidiós se giró, derribando así a los demás infernales. Presas de una tal confusión, los infernales se desperdigaron, puesto que ya no estaban desatando la deliciosa devastación que solían provocar. A su vez, su huida hizo que reinara el desconcierto entre la Guardia Vil que nunca se había enfrentado a una situación en la que su avance hubiera sido detenido de un modo tan aplastante.

A pesar de que la Guardia Apocalíptica obligó violentamente a los guardias viles a seguir combatiendo, lo único que logró fue que estos continuaran siendo aplastados por las pezuñas del semidiós o mutilados por los colmillos de este. Agamaggan recibió con los brazos abiertos a esos necios adversarios y un bufido de júbilo. Le brillaron intensamente los ojos mientras despejaba el camino que tenía por delante, dejando un rastro espantoso a su paso que daba fe de su poder. Los guerreros de la Legión Ardiente yacieron en altas montoneras. Agamaggan se detuvo únicamente cuando tuvo tantos cadáveres ensartados en sus cerdas que se vio obligado a sacudirse unos cuantos de encima. El jabalí se agitó como si fuera un perro que quisiera secarse, lanzando pedazos de demonio a diestro y siniestro. En cuanto se le quedó limpio el pelaje, el semidiós siguió divirtiéndose animadamente.

Aun así, a pesar de haber sufrido una horrible debacle, los demonios siguieron avanzando. Jarod le atravesó la cabeza al primer demonio que había logrado sobrevivir al asalto de Agamaggan. Cenarius agarró a otro infernal, lo alzó por encima de su cabeza, a pesar de lo mucho que se revolvía ese monstruo, y lo arrojó contra sus hermanos. Por primera vez, los infernales descubrieron qué se sentía al ser embestido por uno de sus congéneres. La fuerza con la que el semidiós lanzó ese misil tuvo como resultado que sus objetivos cayeran hacia atrás unos encima de otros, provocando así una reacción en cadena que se extendió por varias líneas.

Los osos gemelos fueron mucho más directos. Con unas pesadas zarpas, desataron el caos entre las filas demoníacas; apartaron de su camino tanto a los infernales como a los guardias viles, a los que derribaron como si se estuvieran quitando unas hojas de los brazos. Varias bestias viles saltaron por encima de la cuña que se venía abajo y se adhirieron al plantígrado que iba primero. Este se echó a reír y se arrancó a esas bestias de la Legión una a una del pecho, rompiéndoles la espalda y lanzando los cadáveres por los aires, los cuales aterrizaron sobre la retaguardia de los guerreros de Archimonde.

La cuña se desintegró. Los guardias apocalípticos descendieron para intentar contener el caos, pero entonces se vieron sorprendidos por algo que surgió del cielo; al parecer, todos los pájaros de todas esas tierras se habían congregado ahí. Dominados por el pánico, los demonios se giraron, al mismo tiempo que pequeños pinzones y gigantescas aves de rapiña les desgarraban la carne. Entre esos pájaros volaba su señora, Aviana, cuyo delicado rostro se había transformado en el de un depredador hambriento. La semidiosa rasgó muchas alas con sus garras, de tal modo que un buen número de guardias apocalípticos se precipitaron, trazando espirales en el aire, hacia una muerte segura. A otros los agarró con fuerza, sin que pudieran escapar, y, acto seguido, empleó su afilado pico para degollarlos.

Un guerrero barbudo ataviado con una vestimenta de cuero marrón y que medía la mitad que un elfo de la noche se sumó al combate a lomos de un par de lobos blancos, a los que guiaba con unas riendas que sostenía en una sola mano. En la otra, esa figura sonriente empuñaba lo que parecía ser una hoz, la cual arrojó contra los demonios con unos resultados igualmente letales a los provocados por cualquier otra arma que hubiera ahí, si no aún mayores. La hoz que giraba en círculos en el aire atravesó volando a la Legión, decapitando a un demonio y abriéndole en canal el pecho a otro antes de regresar a la mano de su dueño. El rechoncho guerrero repitió esta acción una y otra vez, recogiendo una cosecha sangrienta en cada ocasión.

Los demonios flaquearon como únicamente lo habían hecho anteriormente ante la masacre que había desatado el dragón Negro con su disco. Se enfrentaban a un enemigo que no se parecía en nada a ningún otro al que se hubieran enfrentado en el pasado, e incluso su temor a Archimonde se desvaneció fugazmente. La Guardia Vil empezó a hacer algo inconcebible…, se retiró de la batalla.

Sin embargo, los primeros en cometer ese error lo pagaron con la vida. Archimonde no toleraba que nadie se batiera en retirada, ni ahora ni nunca, salvo que fuera por una cuestión de estrategia. Los demonios contra los que desató su ira se derritieron, de tal manera que tanto su armadura como la carne se desprendieron de sus huesos como si fueran una cera blanda. Sus chillidos se transformaron en gorgoteos y, unos segundos después, lo único que quedaba de ellos eran unos charcos hirvientes en los que flotaban unos pocos fragmentos de lo que habían sido.

De este modo, envió un mensaje muy claro a aquellos que hubieran pretendido seguir el camino de la retirada…; que la muerte tenía muchas caras, algunas más aterradoras que otras. Entonces, espoleados por las siniestras amenazas de Archimonde, los acobardados guerreros que huían se dieron la vuelta para enfrentarse a los semi-dioses. Como eran conscientes de que iban a perecer de un modo u otro, los demonios lucharon como lo haría un suicida.

Su desenfrenado ataque hizo mella, al fin, en las asombrosas tropas de Jarod. Las heridas provocadas por las armas de una veintena de guardias viles resultaron ser demasiado para el guardián carcayú que Rhonin había visto antes. Aun así, mientras se le iba la fuerza vital por un centenar de tajos profundos, siguió destrozando a sus atacantes uno a uno, ya fuera con los dientes o las garras. Cuando cayó el primer semidiós, su túmulo funerario estuvo compuesto por una montonera de cadáveres de la Legión que le llegaron a cubrir hasta la cabeza.

Pronto, otros compartieron su destino; entre los caídos, se encontraba la Señora de las Aves. Guiados por la voluntad de Archimonde, unos guardias apocalípticos armados con lanzas se abrieron paso violentamente a través de las bandadas de pájaros hacia aquella que buscaban. Dos decenas de demonios perecieron por el camino, pero muchos más alcanzaron su objetivo, rodeando a la guardiana de todas las criaturas aladas de Kalimdor, a la que clavaron sus largas picas con púas.

No obstante, incluso la sangre de la semidiosa luchó por ella, pues goteó por las lanzas de sus asesinos hasta alcanzarles las manos. Mientras se desplomaba sin vida, sus asesinos intentaban arrancarse su propia piel, ya que la sangre bendita de la guardiana había infectado esos cuerpos impíos. Al final, todos y cada uno de esos guardias apocalípticos murieron, despedazándose a sí mismos al intentar escapar de algo de lo que no podían huir.

Múltiples lanzas y las espadas sobresalían del pellejo de ambos osos y Cenarius tenía unos cortes espantosos por todo el cuerpo. A pesar de que todos los demás semidioses habían sufrido unas heridas similares por mor del brutal asalto de la Legión, siguieron atacando.

Contaban con el apoyo de los elfos de la noche, los tauren, los fúrbolgs, los terráneos…, de toda raza mortal que había pasado a formar parte de la hueste, pues todos intuían que ese era el momento crucial que decidiría quién ganaría la lucha por Kalimdor.

Sin embargo, Rhonin temía que en ese momento crucial la balanza pudiera decantarse a favor de la Legión. Aunque los defensores contaran con los guardianes del mundo en la vanguardia de su ejército, la hueste no había conseguido hacer mella de verdad en el enemigo. Si con la ayuda de tales aliados no podían derrotar totalmente a la Legión Ardiente, ¿acaso les quedaba aún alguna esperanza?

—Seguimos necesitando a los dragones… —masculló, a la vez que repelía el ataque de un brujo. Tres hechiceros más habían muerto antes de que la Guardia Lunar y él hubieran podido recuperarse y, aunque ahora los taumaturgos eran capaces de plantar cara a sus homólogos rivales, lo único que estaban consiguiendo era mantenerlos ocupados—. Seguimos necesitando a los dragones… — repitió Rhonin casi como un mantra.

Pero seguían sin saber nada de Krasus, por lo cual incluso el mago humano, que conocía perfectamente las tremendas habilidades y la gran astucia del mago dragón, se empezó a preguntar si tal vez su antiguo mentor había perecido realmente en la guarida de Alamuerte.

Entonces, una enorme silueta oscura surcó el cielo por encima de la batalla y los peores temores de Rhonin se confirmaron. ¡Alamuerte se encontraba ahí! Eso solo podía significar que Krasus y los demás estaban muertos y ahora el dragón Negro buscaba vengarse de todos sus posibles enemigos, reales o imaginarios.

No obstante, mientras esa gigantesca bestia alada se daba media vuelta, el mago notó algo muy peculiar en ella. El dragón no era de color negro, sino gris oscuro, como la roca. También su rostro y su cuerpo eran muy distintos a los del Guardián de la Tierra; además, por alguna extraña razón, se parecía a Rhonin. Le recordaba bastante a otro dragón que había conocido en esa época en que había luchado contra los orcos. Se parecía bastante a… a…

¿Alexstrasza?

La dragona gris aterrizó entre los demonios, aplastando a varios con su gran peso. Con un ala, apartó de un golpe a una decena más. La giganta profirió un rugido y atrapó entre sus fauces a varios enemigos, a los que hizo trizas en la boca antes de dejar que sus cuerpos cayeran al suelo.

Fue entonces cuando Rhonin vio que la dragona carecía de garganta. Ese ser estaba hecho literalmente de piedra.

Con un cruel desenfreno, el gran gólem avanzó de manera violenta entre la Legión. Al ver lo que esa criatura era capaz de hacer ella sola, el mago una vez más deseó que los verdaderos dragones regresaran.

Entonces, se preguntó qué podía haber traído hasta ahí a esa falsa Alexstrasza para ayudar a la hueste.

— ¿Krasus? —inquirió abruptamente, a la vez que se giraba—. ¿Krasus?

Y ahí, en la cresta de una montaña, divisó andando a esa figura alta y pálida que conocía tan bien. Junto a Krasus, caminaban Malfurion y Brox, ambos claramente agotados, pero ilesos.

Con suma cautela, Rhonin se apartó de la batalla y corrió al encuentro de los demás. Se sentía tan contento de ver esas caras tan familiares que estuvo a punto de abrazarlos.

¡Loados sean todos por seguir vivos! —exclamó con una amplia sonrisa—. ¡Han vuelto con el Alma Demoníaca en sus manos!

En cuanto pronunció esas palabras, Rhonin se dio cuenta de que se había equivocado totalmente. Los miró uno a uno, intentando leer en sus ojos la historia de lo que había ocurrido.

—La tuvimos en nuestras manos —replicó Krasus—. Pero unos agentes de la Legión nos la robaron…

—Y uno de ellos era mi hermano —añadió Malfurion, quien hizo un gesto de negación a Krasus, el cual, sin lugar a dudas, habría preferido no haberle contado eso a Rhonin—. ¡No tiene sentido ocultarlo! ¡Illidan ha unido su destino al del palacio! —Presa de la frustración, el druida se estremeció—. ¡Al del palacio!

—Pero… ¡¿y ese dragón?! ¿Qué significa…? ¿Y dónde está Korialstrasz? ¡Dijiste en tu mensaje que te habías encontrado con él!

¡No hay tiempo para eso! ¡Debemos prepararnos!

¿Preparamos para qué?

De repente, Brox señaló con su hacha hacia un lugar situado más allá de los demás.

¡Miren! ¡La dragona de piedra!

Todos siguieron su mirada y se toparon con la efigie animada de Alexstrasza a la que atacaban en tropel los demonios. Intentaban herirlo (herirla) con sus afiladas armas, tal y como los terráneos habían intentado herir con anterioridad a aquel infernal. Otros atacaban sus piernas con armas blancas, con la intención de ir socavando los puntos de apoyo de la falsa dragona.

El mago a duras penas se podía creer lo que estaba ocurriendo.

¿Por qué no se aleja volando?

—Porque el encantamiento está a punto de expirar —contestó Krasus con una clara tristeza.

—No lo entiendo.

—Mira. Ya está sucediendo.

Los movimientos del gólem se volvieron más torpes, aunque el daño que había sufrido su cuerpo era superficial como mucho. La dragona de piedra logró agitar las alas y se quitó así a varios demonios de encima, los cuales salieron despedidos volando hasta perderse en el cielo. Sin embargo, ese gesto fue el último gran esfuerzo que llevó a cabo.

¿Qué está sucediendo, Krasus?

—Su misión era traemos aquí, cumpliendo el deseo de aquella de la que solo es una mera sombra. Pero las sombras se desvanecen, Rhonin. Ya ha completado su tarea. Podemos sentimos agradecidos de que una parte de ella haya durado tanto tiempo como para hacer tanto daño como el que hemos presenciado.

A pesar del tono aséptico con el que pronunció esas palabras, en lo más profundo de la mirada del mago se reflejaba una cierta pena. Rhonin lo entendía perfectamente. Para Krasus, ver cómo esa efigie de su amada reina y pareja sufría era un suplicio.

La falsa dragona rugió con pesar. En esos instantes, los demonios prácticamente le cubrían el cuerpo entero, salvo la cabeza. Aunque enderezaba las patas de la izquierda de manera desafiante, las de la derecha permanecían inmóviles.

—Se acabó… —dijo Krasus.

Entonces, sin mediar aviso, la falsa Alexstrasza se apoyó en el costado derecho. El ala de ese lado se plegó y la de la izquierda se elevó.

Cuando había realizado la mitad de ese último gesto, dejó de moverse. La vida abandonó los ojos del gólem.

Bajo la terrible tensión de tanto peso, el ala derecha se desmoronó, Los demonios que se encontraban sobre la estatua se aferraron a ella en vano mientras la creación de la reina de los dragones volcaba… y aplastaba a todos los demonios que todavía estaban agarrados a su espalda.

Krasus exclamó, henchido de orgullo:

—| ¡Aunque solo fuera su sombra, ha demostrado ser digna de mi reina!

Una nube de polvo se levantó allá donde yacía la colosal estatua. Mientras contemplaban la escena, las piernas y el ala izquierda se sumaron al colapso del lado derecho. Los guerreros demoníacos se dispersaron al ver que unos enormes fragmentos de piedra les caían encima.

¿Y ahora qué? —preguntó el humano, cuyas esperanzas habían aumentado al ver llegar a sus compañeros, pero si estos no contaban ya ni con el disco ni con esa creación mágica que los había traído hasta ahí como recompensa por sus esfuerzos, entonces su viaje había sido un fracaso absoluto.

Las siguientes palabras que pronunció Krasus no lo animaron precisamente.

¿Cómo que «y ahora qué», joven Rhonin? Lucharemos como hemos luchado hasta ahora y esperaremos. Esperaremos a que mi bondadosa reina reúna a mis congéneres y los convenza de que deben sumarse a la lucha. El Alma Demoníaca va a estar en un lugar donde no será una amenaza para ellos por un tiempo, así que tendrán que actuar.

¿Y si no actúan? ¿Y si titubean durante demasiado tiempo, como ha sucedido otras veces?

Su antiguo mentor se inclinó aún más hacia él para que solo el mago pudiera escucharle.

—Entonces, Sargeras tendrá por fin los medios necesarios para entrar en Kalimdor… y, en cuanto entre en nuestro mundo, el señor demoníaco reescribirá los últimos diez mil años de historia.

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