El Cataclismo – Capítulo Quince

Por encima del centro del Pozo de la Eternidad, el Alma Demoníaca refulgía intensamente. Dentro del abismo formado por el hechizo de Sargeras, las fuerzas puestas en marcha, tanto por el Alma como por el Pozo, se agitaban, construyendo poco a poco un portal estable. Desde su monstruoso reino, el Señor de la Legión se preparaba para entrar en ese mundo que sería su próximo premio. Pronto, muy pronto, erradicaría toda vida, toda existencia, de ese lugar… y después iría al siguiente mundo maduro.

Pero había otros que también aguardaban con una expectación cada vez mayor, otros con sueños más funestos y mucho más antiguos que los del señor demoníaco. Habían estado esperando tanto tiempo para tener una vía de escape, los medios para reclamar lo que antaño había sido suyo. Cada paso hacia el éxito que daba Sargeras a la hora de reforzar el portal, era un paso hacia el éxito para ellos también. Con el Pozo, con el Alma Demoníaca y el poder del Señor de la Legión, abrirían una ventana en su prisión eterna.

Y una vez abierta, ya no se podría volver a sellar.

Los dioses antiguos esperaban. Llevaban aguardando mucho, mucho tiempo, así que podían esperar un poco más.

Pero solo un poco…

Y como, seguramente, la llegada de Sargeras era inminente, Archimonde puso toda la carne en el asador en la batalla. Trajo a guerreros que se hallaban en otros lugares, sabedor de que la derrota de la hueste conllevaría la derrota de ese mundo entero.

La hueste, a su vez, luchaba porque no le quedaba más remedio que luchar. Los elfos de la noche, los tauren y las demás razas solo sabían que rendirse equivalía a entregarles sus cabezas en bandeja de plata a los demonios. Podrían acabar cayendo, pero no sin haberlo dado todo.

Malfurion siguió esforzándose para cumplir con su papel. Con sus hechizos, invocó torbellinos que elevaron hacia el cielo tanto a guerreros como bestias, para luego dejarlos caer desde una altura letal. Las semillas que había lanzado en esos mismos vientos brotaron y crecieron por entero en las tripas de esos demonios, haciendo pedazos a sus anfitriones. Después, los cadáveres se precipitaron sobre la Legión, provocando aún más caos.

En las profundidades de la tierra, Malfurion halló a los animales subterráneos, los gusanos y demás, que habían conseguido hasta entonces esconderse de toda esa maldad. Alentados por él, revolvieron la tierra, haciendo así que se volviera inestable. De improviso, unos guerreros provistos de colmillos se hundieron en ella como si fueran arenas movedizas, mientras que otros, que habían quedado empantanados en ella, se convirtieron en presas fáciles para los arqueros y lanceros.

En el cielo, los demonios dominaban la situación, pero pagando un alto precio por ello. Jarod había encomendado a los arqueros que se concentraran casi por entero en la Guardia Apocalíptica y similares. Fuera cual fuese la carnicería que desataron esas furias aladas, muchas lo pagaron muy caro con unos virotes sobresaliéndoles del cuello.

La Guardia Lunar luchaba valientemente contra los eredar, los infernales y, lo que era aún peor, los Señores del Terror. Los elfos de la noche contaban con el apoyo no solo de Rhonin y Krasus, sino también con el de los chamanes de los tauren y fúrbolgs. Aunque los chamanes actuaban de maneras mucho más sutiles, los resultados quedaban demostrados cuando los brujos caían muertos o simple­mente se desvanecían.

Con todo, siempre había más demonios para reemplazar a los que habían perecido.

Brox se hallaba en la vanguardia con Jarod y los legendarios guardianes de Kalimdor; el orco parecía ser una criatura tan asombrosa como aquellos con los que luchaba codo con codo. Brox se echó a reír como no lo había hecho desde el día de la batalla en que él y sus camaradas habían esperado morir valientemente. En efecto, aunque el guerrero canoso esperaba morir ahora, su hacha de momento seguía imponiéndose a las armas de sus enemigos, abriendo tajos a diestro y siniestro como si ansiara devorar la carne demoníaca. Esa arma no infligía tales daños en el enemigo solo por mor de la magia que se le había imbuido, sino por la habilidad con que el orco la blandía. Brox dominaba ese arte con maestría, y esa era la razón por la que su jefe, Thrall, lo había elegido en un principio.

Entonces, una manada de bestias viles pillaron a uno de los osos por sorpresa, abalanzándose sobre su víctima, a la que rápidamente derribaron. Antes siquiera de que su gigantesco adversario impactara contra el suelo, una veintena más se unió a la primera manada. Rápidamente, los monstruosos adhirieron sus ventosas al peludo cuerpo y bebieron con ansia la magia innata del guardián… y, por tanto, su fuerza vital.

El gemelo del caído rugió con furia cuando vio lo que había sucedido. Apartando a golpes a los guardias viles, se arrojó contra esas horrendas sanguijuelas. Una a una, el semidiós las arrancó del cuerpo inmóvil, arrancándoles la cabeza y rompiéndoles la espalda de paso.

Sin embargo, en cuanto alcanzó a su gemelo, quedó inmediatamente patente de que había acudido al rescate demasiado tarde.

Alzando bien alta la cabeza, el guardián del bosque rugió de dolor y, entonces, se giró hacia las tropas de demonios, las cuales arrasó como si estuvieran hechas de papel. A pesar de que le clava-han lanzas y otras armas constantemente, fue adentrándose más y más en la Legión Ardiente, dejando atrás con celeridad a sus otros compañeros, hasta que se perdió de vista. Brox y Jarod, que se encontraban más cerca de la vanguardia, oyeron su último rugido impenitente y contumaz… y percibieron el silencio sepulcral que reinó a continuación.

Los cuerpos yacían desperdigados por el suelo hasta más allá de donde alcanzaba la vista, por lo cual no era extraño que los combatientes se batieran en duelo encima de los cadáveres de sus predecesores. Los semidioses luchaban junto a los elfos de la noche, quienes luchaban junto a los tauren, los fúrbolgs, los terráneos y demás razas, y todos ellos mostraban las mismas expresiones sombrías.

Cenarius seguía liderando a los épicos guardianes de Kalimdor mientras destrozaba a los demonios con una violencia que dejó estupefactos incluso a Rhonin y Krasus. Con sus nudosas garras desgarraba carne y metal, derramando las entrañas en el campo de batalla de esos guerreros monstruosos. El señor del bosque luchaba como si se hallara poseído y, cada vez que moría un compañero guardián, redoblaba sus esfuerzos de un modo más aterrador, más implacable. Parecía decidido a compensar la falta de todos los que habían caído, sin que importara el precio que él tuviera que pagar por ello.

Y continuaron cayendo. El gran jabalí Agamaggan, al que se aferraban los guardias viles como unos perros de caza que hostigaran a una presa, al fin se tambaleó. Embistió a varias bestias viles, lanzándolas por los aires o haciéndolas picadillo con los colmillos, pero entonces, ya no pudo soportar el peso de tantísimos demonios. El semidiós cayó de rodillas, lo cual aprovecharon sus tenaces adversarios para lanzar un serio ataque contra su torso, en el que abrieron unos profundos tajos. Aunque la enorme bestia se sacudió y logro quitarse de encima a algunos de los que se aferraban a ella, ese fue el último esfuerzo que realizó. Mientras le manaba sangre de un centenar de heridas profundas, gruñó… y, acto seguido, se quedó inmóvil; no obstante, su cuerpo continuó sufriendo unos ataques salvajes, pues los demonios estaban tan dominados por la sed de sangre que eran incapaces de darse cuenta de que ya lo habían matado.

Esta última muerte espoleó aún más a Cenarius. Arremetió contra los demonios que se estaban ensañando con el cadáver destrozado del jabalí, aplastándoles las tráqueas o empalándolos en las cerdas del semidiós caído. Tal era su furia que, al final, se convirtió en el objetivo principal de los violentos ataques de la Legión Ardiente. La mano invisible de Archimonde guiaba a los demonios más poderosos hacia el señor del bosque.

Como tenían que seguir batallando para salvar su propio pellejo, ni Krasus ni ningún otro pudieron hacer nada por él. Cada vez más y más espeluznantes guerreros rodeaban al mentor de Malfurion, hasta que llegó un momento en que apenas podía divisarse la cornamenta de Cenarius.

Entonces…, justo cuando daba la impresión de que él también iba a caer, se produjo un fogonazo blanco, como el que Rhonin había visto una vez. Una gigantesca forma cuadrúpeda arremetió directamente contra ese enjambre de demonios. Con unos cuernos varias veces más descomunales que los del señor del bosque, arrancó a los llameantes guerreros a decenas del tambaleante Cenarius. Con unas pezuñas colosales, aplastó unos cráneos muy duros o machacó unas corazas muy resistentes. Con los dientes los desmembró o degolló.

Entonces, al fin, pudieron ver con claridad a esa asombrosa criatura. Ahí, alzándose imponente por encima del debilitado Cenarius, un magnífico venado de un blanco puro mantenía a raya a los demonios. Su pelaje relucía tanto que los esbirros de la Legión Ardiente quedaron medio cegados por su brillo, lo cual hizo que acabaran siendo unas presas muy fáciles para ese animal descomunal.

Una y otra vez, el ciervo se valió de su cornamenta para despejar de enemigos de un modo sangriento el camino que tenía ante él. Nada, ni siquiera los infernales, pudieron ralentizar su avance. Empujó a la Legión Ardiente no solo fuera de la zona donde se hallaba el señor del bosque caído, sino que también la alejó del lugar donde se encontraban otros defensores cerca de ahí.

De repente, Brox y Jarod se hallaron bajo la abrumadora mirada del venado. Si bien esa gigantesca criatura no pronunció palabra, de algún modo, supieron que tenían que alejar a Cenarius de la batalla. Y eso fue lo que hicieron mientras una nueva oleada de terror cargaba hacia delante. No obstante, nada podía plantar cara durante largo tiempo al ciervo. Una hilera tras otra de demonios corrieron hacia el con sus armas en ristre, para acabar hechos trizas solo unos instantes después.

Pero en caso de que las hojas afiladas de la Legión no pudieran derrotar a ese nuevo campeón, la horda también contaba con otras herramientas más siniestras a su disposición. Un relámpago negro rasgó el cielo de un modo abrupto, el cual quemó y calcinó la tierra alrededor del ciervo. Tras el rayo, estallaron unos fuegos verdes y oscuros que le chamuscaron el pelaje prístino al semidiós. La tierra abrasada se alzó y en ella cobraron forma unas garras, que lo agarraron de las cuatro patas.

Entonces, las tropas demoníacas se apartaron… y por el ominoso hueco que dejaron apareció andando el mismísimo Archimonde.

Con cada paso que daba hacia el venado, Archimonde iba aumentando de tamaño hasta que fue tan alto como su adversario. Al contrario que sus dementes guerreros, el comandante demoníaco mostraba un semblante imperturbable, casi analítico. A pesar de que no empuñaba ningún arma, sus puños irradiaban el mismo fuego monstruoso que ardía alrededor del ciervo.

El semidiós se revolvió de tal modo que se soltó de esas garras hechas de tierra, las cuales rompió. Después, con un bufido desafiante, el semidiós agachó la cornamenta y se lanzó contra el archidemonio.

La colisión vino acompañada de un trueno y un temblor que hizo caer a los combatientes que había a cierta distancia a la redonda. T anto los demonios como los elfos de la noche huyeron de la sobrecogedora furia de ese duelo. Allá donde las pezuñas del venado golpeaban el duro suelo, unas chispas se elevaban hasta el cielo. El propio Archimonde clavó los pies profundamente en el suelo, creando así unos barrancos y elevando unas nuevas colinas más altas que sus guerreros.

Unas heridas sangrientas marcaban el camino que habían seguido las garras del demonio al surcar la piel del venado. Unos puntos muy definidos y relucientes de los que brotaba un fuego verde mostraban dónde los cuernos le habían atravesado la piel a Archimonde, la cual era supuestamente impenetrable. El demonio y el semidiós se peleaban y ninguna otra criatura viva se atrevía a interponerse en su camino.

Más atrás, Jarod y Brox, a los que se sumó por el camino Dungard el terráneo, llevaban al herido Cenarius hasta donde se hallaba Krasus. El mago, a pesar de que corría el riesgo de ser atacado por un eredar, se apartó de la batalla para conocer en qué estado se encontraba el señor del bosque.

—Ha sufrido unas heridas muy graves —masculló Dungard, a la vez que se sacaba la pipa de la boca.

—Sí, se encuentra muy grave —admitió el mago tras pasarle las manos por el pecho a Cenarius—. El veneno que forma parte de todos los demonios le afecta a él mucho más que a la mayoría, tal vez por su vínculo especial con la propia Kalimdor. A-Krasus esbozó una mueca de contrariedad—. Aun así, creo que sobrevivirá…

En ese momento, el semidiós murmuró algo. Solo Krasus estaba arrodillado lo bastante cerca como para escuchar sus palabras con claridad y, cuando la figura vestida con una túnica alzó la vista, pudieron ver la tristeza reflejada en su rostro.

¿Qué sucede? —preguntó Jarod.

No obstante, antes de que Krasus pudiera responder, se oyó un terrible grito procedente del campo de batalla. En cuanto todos se volvieron hacia el lugar del que había surgido, pudieron ver cómo Archimonde tenía agarrado con un brazo al gigantesco ciervo del cuello, mientas que con la otra mano torcía el hocico de su adversario hacia un lado. La cabeza del venado ya estaba girada en un ángulo espantoso, que era lo que había provocado el chillido.

Krasus se puso en pie de un salto.

¡No! ¡No debe hacerlo!

Pero ya era demasiado tarde. El demonio, con un semblante indiferente, apretó aún con más fuerza.

Un crujido tremendo reverberó por toda la región, uno que por solo un breve instante, provocó que todos los demás ruidos cesaran.

Con una impasibilidad un tanto extrema, el archidemonio arrojó a un lado a su adversario, como si se tratara de mera basura. A continuación, se limpió las manos y miró a los anonadados defensores.

De improviso, unas enredaderas se elevaron de ese suelo por otro lado inerte, agarrándole a Archimonde de las extremidades, que se las apretaron con fuerza. Impávido, Archimonde se arrancó unas cuantas de esas enredaderas, pero en cuanto intentó lanzarlas lejos, se le enredaron en la muñeca. Al mismo tiempo, las demás crecieron para ocupar el lugar que habían dejado las que se había quitado de encima.

Malfurion Tempestira dio un paso al frente, encarándose con el distante demonio con una mirada tan muerta como cuando les había hablado por primera vez a los demás de que habían raptado a Tyrande. Un aura estática lo rodeaba mientras murmuraba algo constantemente a un pequeño objeto; Krasus fue el primero en percatarse de que se trataba de una hoja similar a la de las enredaderas.

Aunque Archimonde no cambió en ningún momento de expresión, se movía de un modo cada vez más frenético. Las enredaderas le cubrían ya las tres cuartas partes de su inmenso cuerpo y daba la sensación de que, seguramente, se extenderían por el resto de manera inminente.

Como tal vez era consciente de ello, el archidemonio dejó de intentar arrancarse esas plantas que lo estrangulaban. En vez de eso, entornó los ojos y liberó los brazos lo suficiente como para poder juntar las manos.

Y en cuanto Archimonde unió los dedos…, el aterrador coman dante de la Legión se esfumó en un estallido de llamas verdes, Malfurion se quedó boquiabierto. El druida hincó una rodilla en el suelo, a la vez que negaba con la cabeza.

—Le he fallado… —le oyeron murmurar Brox y el mago—. He fallado a mi shan’do cuando menos debería haberlo hecho…

El orco y el terráneo miraron a Krasus en busca de alguna explicación. La figura ataviada con una túnica frunció los labios por momento y, acto seguido, les explicó con serenidad:

—La gran Dragona Verde, el Aspecto llamado Ysera, es la madre de Cenarius, el señor del bosque.

Dungard, que había estado dando unas caladas a la pipa, frunció el ceño y luego dijo:

—Mi pueblo siempre ha creído que era Elune quien había dado a luz al señor de bosque…

—La verdadera historia es un poco complicada —replicó Krasus.

Brox siguió sin decir nada, pues era consciente de que las explicaciones no habían acabado.

—Su padre… —continuó el mago—. Su padre es Malome, el antiguo espíritu del bosque…

A Dungard casi se le cae la pipa. Brox respiró hondo súbitamente, lo cual indicó que acababa de comprender la situación. Contempló el lugar donde el enorme cuerpo destrozado de la bestia yacía tendido en el suelo de manera ignominiosa entre los demás muertos. El padre había venido a salvar a su hijo y lo había pagado con la vida; una actitud que cualquier orco era capaz de entender muy fácilmente.

—Le he fallado. —repitió Malfurion, al mismo tiempo que se obligaba a levantarse. Miró a Krasus—. Gracias a ti, supe que Ysera era la madre de mi shan’do (lo cual fue toda una sorpresa), pero ya sabía la verdad sobre Malome. Cenarius me reveló durante mis estudios que había sido engendrado por el Venado Blanco… —El elfo de la noche cerró el puño—. Así que cuando he visto lo que Archimonde le había hecho al progenitor de aquel que había sido como un padre para mí, lo único que he deseado era arrebatarle la vida, estrangular a ese enemigo.

Krasus apoyó una mano en el hombro del druida para reconfortarlo.

—Anímate, joven. Has logrado que Archimonde abandone la batalla, aunque sea brevemente, y eso no es poca cosa… —El mago entornó los ojos al clavar la mirada en un lugar situado más allá de su compañero, en el campo de batalla donde había tenido lugar esa carnicería—. Al menos, nos has hecho ganar algo de tiempo… Malfurion se estremeció e intentó superar esa tristeza que lo dominaba.

—Estamos perdiendo, ¿verdad?

—Eso me temo. A pesar de todo lo que les hemos echado encima, los demonios siguen mostrándose muy fuertes. Había estado seguro… Había creído… —contestó un contrariado Krasus Me he atrevido a poner el Tiempo patas arriba, he desoído de mis propias advertencias…, ¡y el único resultado que he obtenido no es más que una calamidad tras otra!

—No te entiendo…

—Solo tienes que entender esto: a menos que los dragones vengan, a menos que lo hagan pronto, caeremos, si no es bajo las hojas de la Legión Ardiente, ¡será por culpa de un mal mucho más tenebroso y antiguo que manipula incluso al espantoso Sargeras! ¡Ya sabes de quién hablo! ¡Ya has percibido su horrenda presencia! ¡Ya sabes qué desean hacer con este mundo! Son…

Krasus lanzó un alarido.

¿Qué…? —llegó a decir el druida.

Krasus se encogió de dolor y cayó al suelo. Los demás contemplaron horrorizados cómo se le estaban petrificando los miembros.

¡Los eredar! —exclamó Malfurion, quien notó que se le retorcían las extremidades, lo cual sabía que era un presagio de que iba a compartir el mismo destino funesto que el mago—. ¡Brox! Busca a Rhonin…

Pero el orco no estaba en mejores condiciones que el elfo de la noche. Por muy herido que se hallara Archimonde, no cabía duda para nadie dé que él había confeccionado ese encantamiento insidioso del que solo ellos eran víctimas. El teniente de Sargeras sabía perfectamente que, si asesinaba a Krasus y sus compañeros, habría acabado con el último gran obstáculo que impedía a la Legión Ardiente alcanzar la victoria. Incluso Jarod yacía en el suelo, afectado por el hechizo.

Entonces, justo cuando todos y cada uno de ellos notaban que la piedra que se expandía les estaba constriñendo los pulmones para obligarles a dar el último suspiro, oyeron en sus mentes una voz femenina que los reconfortó e infundió valor. No teman, dijo, respiren con tranquilidad…

Al unísono, Krasus. Malfurion, Brox y Jarod inspiraron sumamente agradecidos. Al mismo tiempo, notaron que el viento se tomaba más intenso y que una tremenda sombra volaba por encima de ellos.

¡Ha venido! —bramó Krasus, alzando las manos hacia el cielo—. ¡Han venido!

El cielo se llenó de dragones.

Eran de color rojo, verde y bronce; eran los vuelos de Alexstrasza, Ysera y el ausente Nozdormu, respectivamente. Las dos Aspectos destacaban sobremanera en la formación, ya que la envergadura de sus tremendas alas era varias veces superior a la de los dragones que más se parecían en tamaño a ellas.

Al unísono, los leviatanes cayeron en picado hacia los demonios, quienes seguían centrados en sus enemigos en tierra.

¡Jarod! —gritó Krasus, girándose hacia el comandante de la hueste—. ¡Que rujan los cuernos tan alto y durante tanto tiempo que no quede ninguna duda de qué mensaje transmiten! ¡La victoria aún puede ser nuestra!

Jarod se subió al sable de la noche más próximo y se alejó a lomos de él. Mientras se esfumaba en la lejanía, los dragones iniciaron su ataque en serio.

Unos gigantes carmesíes, que formaban en línea, abrieron sus poderosas fauces y desataron un infierno. El fuego arrasó la vanguardia de la Legión, de tal manera que varios centenares de demonios quedaron reducidos a cenizas en un abrir y cerrar de ojos.

Los dragones bronces volaron por encima de las tropas demoníacas… y, al pasar sobre ellas, los monstruosos guerreros empezaron a moverse al revés. Si bien el Tiempo se había revertido para ellos, no lo había hecho para los que se encontraban detrás. Se desencadenó el caos en cuanto una colisión de proporciones titánicas provocó un tremendo tumulto entre los soldados de Archimonde.

Uno de los dragones bronces cayó (había sido deformado hasta ser irreconocible) por culpa de los eredar y los Nathrezim, quienes pretendían detener ese impresionante ataque. Sin embargo, sus hechizos flaquearon y se volvieron unos contra otros en cuanto el vuelo de Ysera los sobrevoló. Con sus soñadores ojos cerrados, los dragones verdes provocaron pesadillas en las susceptibles mentes de los taumaturgos. Los brujos se miraron mutuamente y lo único que vieron fue al enemigo a su alrededor.

Reaccionaron como era de esperar. Los eredar se mataron entre ellos y los Nathrezim se sumaron alegremente a la masacre. Atrapados en los tenebrosos sueños lúcidos creados por los dragones, los demonios se mostraron inmisericordes con sus congéneres e incluso Archimonde fue incapaz de sacarlos de ese error tan letal.

Entretanto, por detrás de todo ese caos, Alexstrasza descendió hasta donde Krasus y los demás la esperaban. Ysera hizo ademán de hacer lo mismo… pero entonces, para asombro de aquellos que la conocían, al Aspecto se le desorbitaron los ojos ante el dantesco espectáculo que descubrió en medio del campo de batalla. Esos hermosos y relucientes orbes de jade se clavaron en ese cadáver blanco y cornudo.

En el cadáver de Malome.

La dragona lanzó un alarido (no un rugido, sino un alarido lastimero) y voló hasta donde yacía el gigantesco venado. Los demonios que seguían en esa zona fueron víctimas al instante de la ira de Ysera, quien mordió a varios, aplastó a otros y lanzó al resto volando por los aires con un golpe de una de sus alas descomunales.

Cuando ya no tuvo a nadie más con quien desahogarse, la Señora del Sueño se posó junto al ciervo y apoyó la barbilla sobre la cabeza destrozada de este. Se estremeció de tal modo que solo podía estar sollozando.

—Sabíamos que llegaríamos tarde… —consiguió decir Alexstrasza, quien contempló a su congénere con suma comprensión—. Pero no tan tarde…

—Cenarius sigue vivo —señaló Krasus—. Debes hacérselo saber.

Tras asentir, el Aspecto de la Vida cerró por un momento los ojos. Un instante después, Ysera alzó la cabeza y miró en dirección hacia ellos. Las dos gigantas se miraron la una a la otra y, acto seguido, Ysera batió las alas y se alejó del cuerpo de Malome.

Los demás retrocedieron en cuanto esta aterrizó junto al inconsciente Cenarius. Con una extraordinaria delicadeza, Ysera cogió al señor del bosque tendido en el suelo con sus patas delanteras.

—Sufrirán tales pesadillas que sea lo que sea lo que tengan por corazón explotará… —afirmó con una voz chirriante—. Haré que sufran el ataque de sus propios demonios internos, que los volverán locos hasta tal punto que lo único en que podrán pensar será en morir…, pero no les permitiré estar despiertos el tiempo suficiente como para poder suicidarse…

Aunque podría haber seguido hablando y haber cumplido también sus amenazas, Krasus se atrevió a interrumpirla.

—Castiga con el destino que se merece a la Legión, Señora del Sueño, pero recuerda que el destino de Kalimdor (por la cual Malome y Cenarius han luchado denodadamente) ¡aún pende de un hilo!

Sargeras desea entrar en el plano mortal…, ¡y los dioses antiguos pretenden manipular al señor demoníaco para poder escapar de su prisión!

—Somos perfectamente conscientes de ello —intervino Alexstrasza antes de que una Ysera todavía turbada le espetara una mala contestación al mago—. ¿Qué es lo que hay que hacer?

—El combate debe proseguir aquí, pero también hay que llevarlo hasta Zin-Azshari… y el Pozo. Dragones y mortales tienen que aunar esfuerzos, ya que ahí hay muchos elementos enemigos contra los que luchar.

—Explícanos tu plan. —Ysera estuvo a punto de protestar por la aquiescencia que mostraba su hermana, pero Alexstrasza no estaba dispuesta a tolerar ninguna demora, ni siquiera por culpa de ella—. ¡Ya lo conoces! ¡Solo tienes que escrutar su alma para comprender que debemos hacerle caso!

La dragona esmeralda al fin agachó la cabeza.

—Siempre que los demonios sufran.

—Todos vamos a sufrir —continuó hablando el mago encapuchado— . Si no logramos impedir que el portal se consolide… —Krasus miró en dirección hacia la distante Zin-Azshari—, lo cual se producirá enseguida, si lo que he percibido significa realmente algo…

Sargeras percibió la consternación que Archimonde pretendía ocultarle. El señor demoníaco estaba muy decepcionado con su siervo de más confianza (quien nunca antes le había fallado), pero ya habría tiempo para castigarlo más adelante. El portal prácticamente ya estaba completado. Sargeras se preguntaba por qué le había llevado tanto tiempo urdir este plan, ya que había demostrado ser tan sencillo.

Aun así, a largo plazo, tales cosas importaban muy poco. Lo único que realmente importaba era que pronto él se adentraría en Kalimdor y, en cuanto eso ocurriera, ni siquiera todos los dragones de ese mundo serían capaces de salvarlo de él…

Intuyeron que volverían a ser libres en poco tiempo. ¡Qué irónico iba a ser que alguien que antaño había sido uno de los odiados titanes fuera a ser la pieza clave de su liberación! En su día, se había necesitado el poder combinado de muchos titanes para capturarlos; sin embargo, tras su regreso triunfal, no necesitarían hacer un gran esfuerzo para erradicar a esa criatura arrogante ni para obligar a sus guerreros a servir a la causa de sus nuevos amos.

El portal se estaba consolidando. Se acercaba rápidamente el momento en que lo utilizarían para sus propios fines. Lo más divertido de todo era que esas patéticas criaturitas que luchaban contra los guerreros del titán caído creían que podrían recuperar el disco-Incluso ahora, esas entidades cautivas podían percibir cómo los dragones (los perros de los titanes) se aproximaban al Pozo.

Se iban a llevar una sorpresa terrible.

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