El Cataclismo – Capítulo Catorce

La tormenta rugía por encima del Pozo de la Eternidad, cuyas aguas negras se agitaban de manera turbulenta. Unas olas más altas que el palacio rompían en la orilla. Un viento ululante lanzaba cualquier escombro suelto por el aire como un misil mortífero.

Los relámpagos iluminaron a ese grupo que se acercaba, el cual venía de ese edificio repleto de torres. Incluso la propia reina (acompañada de sus doncellas, por supuesto) formaba parte de este, aunque ella iba sobre una litera de plata que portaban unos guardias viles.

Mannoroth encabezaba la marcha, seguido de Illidan y el capitán Varo’then. A estos dos los seguían un cierto número de hechiceros Altonato y sátiros (ambos grupos habían sido separados a propósito el uno del otro) y, detrás de estos, avanzaba un contingente de la guardia de palacio. Al final de esa gran procesión marchaban dos hileras de guerreros demoníacos, cada una de las cuales contaba con cien miembros.

Mannoroth llegó al borde del Pozo, donde extendió esos brutales brazos suyos hacia delante, a la vez que contemplaba el caos que reinaba más allá. Gracias al «don» que le había concedido Sargeras, Illidan pudo maravillarse que se hallaban ahí en juego tanto por encima como por dentro de esa vasta masa de agua. Nada de lo que había experimentado hasta entonces, ni siquiera el poder del señor demoníaco, era comparable a lo que contenía el sagrado pozo.

—En verdad, nunca hemos tenido acceso más que a una mera sombra de su grandeza —murmuró al capitán.

Varo’then, que no podía ver ese espectáculo glorioso, se limitó a encogerse de hombros.

—Ahora nos será de gran utilidad a la hora de traer a este mundo a nuestro señor Sargeras.

—Pero no será algo inmediato —le recordó el hechicero—. No, no será inmediato.

¿Y eso qué importa?

En cuanto el demonio alado se volvió, se quedaron callados. Este extendió un brazo hacia el oficial y le gritó con una voz chirriante:

¡Ha llegado el momento! ¡Dame el disco!

Con gesto impertérrito, Varo’then sacó el Alma Demoníaca de la faltriquera y se la entregó. Mannoroth contempló fugazmente la creación del dragón con una descarada codicia y luego, probablemente, desechó la idea de quedársela. El demonio provisto de colmillos fulminó con la mirada a los Altonato y los sátiros y les espetó:

¡Tomen posiciones!

Los taumaturgos caminaron entre unos escombros que habían sido antaño unos hogares y fragmentos de huesos rotos. La masacre que había arrasado gran parte de Zin-Azshari había llegado hasta el mismo borde del Pozo. Illidan se había enterado de que unos cuantos irreductibles elfos de la noche habían intentado plantar cara ahí, en la orilla, con la esperanza de que, al encontrarse tan cerca de la fuente de la magia de su pueblo, pudieran aprovechar sus energías de un modo mejor. Sin embargo, se equivocaron al albergar tal esperanza, ya que los demonios los habían acabado destrozando alegremente en ese mismo lugar.

Lo más irónico de todo, al menos para el gemelo de Malfurion era que, en teoría, habían estado en lo cierto, pero no habían ejecutado bien el plan. Él era capaz de concebir un millar de formas de aprovechar el inmenso potencial del Pozo y comprendía mejor que nunca lo que pretendía hacer el Señor de la Legión.

Los hechiceros y los sátiros formaron el patrón que Sargeras les había indicado. Mannoroth observó detenidamente dónde se habían colocado y, mediante amenazas, logró que aquellos que se habían equivocado se situaran en el lugar adecuado. Cuando por fin el coloso cubierto de escamas se sintió satisfecho, se alejó del grupo.

¿He da dar por supuesto que aún no veremos a nuestro señor Sargeras, querido capitán? —preguntó Azshara lánguidamente desde la litera.

—No, esta vez, no, Luz de Luces…, pero no tardará mucho más. Una vez se estabilice el portal, lo atravesará.

Con los ojos velados, la soberana asintió.

—Entonces, confío en que se me notificará su llegada.

—Lo que se pueda hacer se hará —le prometió Varo’then.

Illidan se preguntó si la reina realmente creía que se convertiría en la consorte del señor demoníaco, pues dudaba mucho de que tal posibilidad encajara en los planes de Sargeras.

No obstante, todo pensamiento sobre lo que podía desear Azshara se esfumó al instante en cuanto vio a los taumaturgos iniciar el hechizo. Una crepitante bola de relámpagos azules cobró forma dentro del patrón. De vez en cuando, alguna descarga diminuta volaba rápidamente hacia una figura u otra y, aunque el Altonato o sátiro en cuestión se sobresaltaba ligeramente, nunca flaqueaba en su empeño.

Se oyeron murmullos por doquier y cada una de esas voces pronunció unas palabras repletas de poder mágico levemente distintas. La combinación de los diferentes encantamientos provocó que brotara la energía del Pozo. Illidan contempló cómo esas energías, tan individuales como quienes las invocaban, se fusionaban alrededor de la esfera. Con cada una nueva que se sumaba, las descargas lanzadas por ella se volvían más brillantes, más potentes…

Entonces, en el interior de la esfera…, surgió ese agujero tan familiar.

Los taumaturgos habían reabierto el portal que daba al reino abisal de la Legión muy cerca del Pozo de la Eternidad, de tal manera Sargeras pudiera aprovechar mejor las energías de este. Illidan percibió súbitamente la proximidad de la presencia del señor demoníaco.

Láncenla…. ordenó la voz que todos oyeron en sus mentes.

— ¡Háganlo! —ratificó Mannoroth, a la vez que se cernía amenazadoramente sobre los elfos de la noche y los sátiros.

Al unísono, los individuos que conformaban el patrón dejaron de murmurar y apretaron los puños.

La esfera (y el portal que contenía) volaron por encima de esas aguas revueltas por la tormenta y rápidamente desaparecieron de la vista.

Y, ahora…, el disco…

A Illidan le dio un vuelco el corazón. Aunque quiso arrebatarle la creación del dragón a Mannoroth» el sentido común lo empujó a mantener un semblante imperturbable y la mano quieta. Esta vez, no podría hacerse con el Alma de Dragón (o Alma Demoniaca, como había oído llamarla a su hermano).

Sin embargo, si se presentaba otra oportunidad…

Tal y como había hecho anteriormente, Illidan enterró inmediatamente esos pensamientos. Por fortuna, aunque la mente de Illidan hubiera estado desprotegida, hasta Sargeras se hallaba, probablemente, demasiado concentrado en lo que estaba aconteciendo como para prestar atención a las aviesas intenciones del hechicero.

Observó con atención cómo Mannoroth sostenía el disco en alto. El demonio alado murmuró unas palabras que se llevó el viento.

Un viento verde envolvió ese objeto dorado. El Alma Demoniaca (sí, ese nombre era mucho más adecuado, concluyó el hermano de Malfurion) se elevó de la palma de la mano de Mannoroth… y, entonces, al igual que la esfera en la que anidaba el portal, sobrevoló las turbulentas aguas del Pozo.

— ¿Eso es todo? —preguntó Azshara de una manera un tanto petulante.

Antes de que el vetusto capitán Varo’then pudiera serenarla, el viento dejó de soplar abruptamente. También dio la impresión que la tormenta paraba, aunque unas nubes oscuras y amenazadoras siguieron retorciéndose como un millar de serpientes que se enroscaran una alrededor de la otra.

Illidan fue el primero en percibir lo que estaba por venir.

—Recomendaría a su alteza que ordenara a sus porteadores que se retiren hasta la cima de la colina que hemos atravesado antes.

Para demostrar que hablaba en serio, el hechicero se volvió y desanduvo el camino andado. El capitán le lanzó una mirada iracunda, como si sospechara que se trataba de alguna treta, y entonces ordenó a sus soldados que hicieran lo mismo.

Con un grácil movimiento de su mano, la reina ordenó a los guardias viles que los siguieran.

De improviso, un ruido similar al rugido de un millar de sables de la noche brotó de algún lugar situado cerca del centro del Pozo. Illidan miró hacia atrás, hacia esas aguas negras, y redobló el paso.

Los hechiceros y los sátiros se retiraron por fin, puesto que su tarea ya no les exigía permanecer tan cerca de la orilla. Mannoroth fue el único que se quedó ahí. El demonio extendió una vez más los brazos hacia delante como si quisiera abrazar a una amante.

— ¡Ha comenzado! —bramó casi con alegría—, ¡Ha comenzado!

Una ola tan grande como cualquier dragón barrió la zona donde se hallaba el demonio.

Toda la orilla se desvaneció bajo esa marca implacable y desgarradora que no fluía hacia dentro, sino más bien hacia los lados. Se llevó por delante esas estructuras en ruinas como si no fueran nada. Las horrendas olas inundaron esas tierras una y otra vez, arrasándolas cada vez más. Arrancó de sus cimientos unos obeliscos de piedra e hizo trizas unos senderos pavimentados. Los muertos, que do habían sido enterrados, fueron arrastrados hasta un lugar más profundo y oscuro situado más allá de Zin-Azshari, donde Illidan sabía que tampoco podrían descansar en paz.

Mientras concluía su ascenso por la colina, el hechicero vio al fin lo que realmente le estaba ocurriendo al Pozo e incluso él se quedó anonadado ante las fuerzas mágicas que ahí estaba utilizando con suma facilidad el distante Sargeras.

Ahora, un vasto remolino cubría por entero esa masa de agua.

A pesar de que no podía llegar a ver hasta dónde llegaba, el mero hecho de que se extendiera desde la orilla de la capital hasta allá donde le alcanzaba la vista en cualquier dirección fue una prueba más que suficiente de que poseía unas proporciones colosales. Illidan se percató de que, por una vez, las energías turbulentas del Pozo se movían con un propósito uniforme… y todas ellas eran arrastradas hacia el centro.

Allá abajo, un Mannoroth bañado por las fuerzas que danzaban en la orilla del Pozo se rio. Unas olas espeluznantes que continuaban arrancando trozos de piedra y tierra más grandes que el demonio no molestaron lo más mínimo a ese ser alado. Mannoroth se emborrachó de la gloria del poder de su señor y alentó a Sargeras a voz en grito.

Illidan, quien se hallaba sano y salvo más lejos de la orilla, sondeó el hechizo más profundamente. Sus sentidos aumentados parecieron arrastrar su cuerpo por encima del agua, desplazándolo por ella tan velozmente que pronto había dejado toda tierra atrás. Al mismo tiempo, la mente del hechicero se elevó aún más, lo que le permitió hacerse una mejor composición de lugar de qué era lo que Sargeras había provocado.

Había estado en lo cierto cuando había supuesto que el remolino abarcaba todo el Pozo de la Eternidad. A pesar de que únicamente era capaz de ver una mera porción del panorama entero, era ya muy obvio para el elfo de la noche qué todas las partes del Pozo se habían visto afectadas.

Entonces, una luz brillante que tenía delante captó su atención. Illidan expandió sus sentidos hasta el límite y percibió que la misma Alma Demoníaca flotaba por encima de la superficie. Ese disco de aspecto tan sencillo irradiaba una luz dorada que se centraba sobre todo en las aguas de allá abajo. Illidan ya sabía suficiente sobre el Alma Demoniaca como para comprender que Sargeras manejaba sus energías de una manera que nadie habría podido manejar, salvo tal vez el dragón Negro, aunque quizá incluso mejor. Incluso desde el distante reino en que aguardaba, el Señor de la Legión manipulaba el increíble poder del disco a la perfección en conjunción con las fuerzas primordiales del Pozo.

Pero ¿dónde se encontraba el portal? Por mucho que lo intentara, Illidan no podía percibirlo alrededor del Alma Demoníaca. Entonces, ¿Sargeras dónde lo…?

Tras maldecir su ignorancia, el hechicero posó la mirada el centro de esa vorágine.

Miró… y se encontró contemplando un sendero que se hallaba más allá de la realidad, un sendero que llevaba al reino de la Legión Ardiente.

Illidan, que hasta entonces había creído que la mayoría de los demonios ya habían llegado a su mundo, comprobó que se había equivocado, que los que habían venido eran una mera fracción del total. Unas tropas infinitas aguardaban en el más allá; unos guerreros salvajes, provistos de colmillos y con sed de destrucción. Por lo que podía ver, no parecían tener fin, y entre ellas se encontraban unos enemigos que no se parecían a ningún otro que Kalimdor hubiera conocido jamás. Algunos tenían alas, otros se arrastraban, pero todos estaban poseídos por la misma e intensa sed de sangre que poseían aquellos a los que él se había enfrentado.

Entonces…, Illidan percibió al mismo señor demoníaco. Aunque solo notó una mera pizca de la presencia de Sargeras, fue más que suficiente para hacer que el elfo de la noche apartara la vista de ese reino abisal. Se dio cuenta demasiado tarde de que lo que previamente había percibido como la fuerza de voluntad de Sargeras era una minúscula fracción de lo que realmente era ahí. Ahí, donde existía físicamente el Señor de la Legión, no había ningún escudo capaz de impedir que el demonio supiera todo lo que pensaba el hermano de Malfurion.

Y si Sargeras llegaba a saber lo que Illidan estaba planeando, el destino que sufriría el hechicero haría que el que habían sufrido los ciudadanos de Zin-Azshari pareciera una forma de morir muy agradable y serena…

¿Qué te aflige, taumaturgo? —preguntó Varo’then con una voz chirriante.

Illidan tuvo que hacer un esfuerzo para no estremecerse en cuanto su mente regresó a su cuerpo.

—Esto es… abrumador… —contestó con sinceridad—. Simplemente, abrumador.

Ni siquiera el capitán podía llevarle la contraria al respecto. Mannoroth subió lentamente por la colina, en cuyo suelo ya muy dañado sus patas enormes como troncos abrieron varios cráteres. Había un fanatismo en los monstruosos orbes que tenía por ojos que Illidan nunca antes había visto en el demonio. A pesar de que se había calado hasta los huesos en el Pozo, la temible figura estaba ahora completamente seca. Esa era la verdad del Pozo: que, aunque parecía un líquido, era mucho más.

—Pronto… —dijo con un tono casi de arrullo—. ¡Pronto, nuestro señor llegará a Kalimdor! Pronto llegará…

¡Y, entonces, convertirá Kalimdor en un paraíso! —susurró Azshara desde la litera—. ¡Un paraíso!

Al comandante demoníaco le brillaron intensamente los ojos por mor de la expectación, de la expectación… y algo más que enseguida llamó la atención de Illidan.

—Sí…, Kalimdor será rehecha.

¿Cuándo? —insistió la reina, cuyos labios se separaron, cuya respiración se aceleró—. ¿Pronto? ¿Muy pronto?

—Sí…, muy pronto… —respondió Mannoroth, quien pasó junto a ella fatigosamente, para dirigirse de vuelta al palacio—. Muy pronto…

¡Es maravilloso! —Azshara dio una palmada. Lady Vashj y las demás sirvientas se mostraron igual de jubilosas que ella.

—Entonces, aquí ya hemos acabado —gruñó el capitán Varo’then quien parecía debatirse entre el deseo de que Sargeras llegara y los celos que despertaba en él cualquier ser que pudiera robarle la atención de la reina—. ¡Volvamos al palacio! —ordenó el oficial a soldados y los demonios guerreros—. ¡Volvamos al palacio!

Lo cierto es que no hacía falta dar tal orden a los Altonato y los sátiros, puesto que la mayoría ya estaba siguiendo a Mannoroth. Únicamente Illidan se quedó rezagado, cuyos pensamientos se debatían entre lo que creía haber interpretado en las palabras y el rostro del comandante demoníaco y lo que había logrado atisbar del reino del Señor de la Legión.

El hermano de Malfurion miró hacia atrás, hacia el rugiente remolino que era ahora el Pozo de la Eternidad…, miró hacia atrás y, por primera vez, notó que se abrían unas fisuras en la tremenda confianza que tenía en sí mismo.

Tyrande era consciente de que estaba sucediendo algo, algo de una tremenda importancia, pero desde esa celda, ciertamente, no podía saber de qué se trataba. Elune todavía la protegía en cierto modo de sus captores, pero poco más podía hacer. La sacerdotisa ignoraba todo cuanto sucedía en el mundo exterior. Por lo que sabía, su pueblo había sido aplastado y la Legión Ardiente avanzaba ahora por Kalimdor sin traba alguna, arrasando hasta los cimientos todo lo que quedaba en pie en esas tierras antaño tan bellas.

Ya no había guardias vigilando la puerta de la celda, ya que el insidioso capitán Varo’then había decidido que eso suponía desperdiciar recursos con una prisionera que, sin duda alguna, no iba a ir ninguna parte. Tyrande no podía echarle en cara al oficial esta decisión; ciertamente, había demostrado que no era una amenaza para el palacio.

El repentino ruido de unas pisadas le llamó la atención. Aún no era la hora de que le trajeran comida y agua. Además, desde fuella única vez en que había aceptado ambas cosas de manos de Dath’Remar, Tyrande no había comido ni bebido nada más. El Altonato le había rogado que lo hiciera en sus dos visitas posteriores, pero solo lo haría cuando lo necesitase, pues no quería arriesgarse a acostumbrarse a depender de aquellos que la tenían prisionera.

La puerta se abrió con un breve crujido. Se sorprendió al ver que Se trataba de Dath’Remar, quien iba acompañado por otro Altonato.

Este último echó un vistazo ahí una sola vez, escrutó a la prisión y, acto seguido, volvió al pasillo.

¡Dath’Remar! ¿Qué te trae…?

¡Silencio, señora!

Examinó la celda como si esperara que estuviera llena de guardias viles. Tras cerciorarse de que se hallaban solos, Dath’Remar se aproximó a la esfera.

De debajo de sus ropajes, sacó el siniestro artefacto que lady Vashj había utilizado para liberarla de un modo fugaz. Tyrande se mordió los labios para no lanzar una exclamación y se preguntó si tal vez el hechicero pretendía que sufriera el mismo destino al que la sirvienta de Azshara había intentado condenarla.

—Prepárate —susurró Dath’Remar.

Repitió los mismos pasos que había dado lady Vashj en su momento. La esfera descendió y las ligaduras invisibles se desvanecieron.

Una agarrotada Tyrande estuvo a punto de caerse al suelo. El Altonato la agarró con un brazo y sostuvo el artefacto cerca de la garganta de esta.

—Mi muerte te servirá de muy poco —le dijo la sacerdotisa.

El hechicero pareció sorprenderse y, a continuación, contempló ese objeto que tenía en la mano. Con una repugnancia total, el elfo de la noche lo arrojó.

¡No he venido a cometer un acto tan atroz, señora! ¡Ahora, habla bajo si deseas tener alguna esperanza de poder escapar de este lugar!

¿Escapar?

A Tyrande se le aceleró el pulso. ¿Acaso se trataba de otra broma cruel?

Dath’Remar pudo leer en sus ojos lo que pensaba.

¡No te estoy engañando! ¡Esto es algo que hemos discutí largo y tendido entre nosotros! ¡Ya no podemos soportar más obscenidad! La reina… —Estuvo a punto de ahogarse, pues claramente se debatía entre su devoción por Azshara y el asco que le provocaba todo lo que había ocurrido—. La reina… está loca. No puede haber otra explicación. ¡Ha dado la espalda a su pueblo por un ser depravado y despiadado! El tal Sargeras nos ha prometido un mundo que nosotros, los Altonato, gobernaremos, ¡pero lo único que vemos algunos Altonato es ruina y desolación! ¿Qué clase de paraíso se puede construir a partir de piedras manchadas de sangre y tierra abrasada? ¡Creemos que ninguno!

Esa confesión no sorprendió del todo a la elfa de la noche, puesto que, en sus conversaciones anteriores, ya había dado algunas pistas sobre qué era lo que le inquietaba. Lo que si le había sorprendido en un principio era que aún quedara gente capaz de pensar por sí misma en palacio (ya que el señor demoníaco seguramente exigía que se le sirviera con devoción absoluta), pero al final, tal vez Sargeras había intentado abarcar demasiado y ciertas cosas se le estaban pasando por alto.

Fuera cual fuese la razón, la suma sacerdotisa le dio las gracias a Elune por esta oportunidad de escapar; además, estaba segura de que podía confiar en Dath’Remar.

—Esta será nuestra única oportunidad —recalcó el hechicero—. Los esbirros del señor demoniaco se encuentran cerca del Pozo llevando a cabo algunos hechizos. Estarán muy ocupados un buen rata los demás nos están esperando abajo, en los establos.

¿Los demás?

—Ya no podemos quedamos aquí, y menos aún cuando descubran que has desaparecido. Esa es la decisión que hemos tomada lo he dispuesto todo para que la mayoría de los que se van a marchar no tuvieran que participar en lo que están haciendo ahora los Amonios… y aquellos que se han visto obligados a estar ahí serán honrados por el resto de nosotros por su sacrificio.

—Que la Madre Luna vele por ellos —susurró Tyrande, pues sabía que, en cuanto Mannoroth y su señor descubrieran que esos elfos de la noche los habían traicionado, el destino que iban a sufrir no iba a ser muy agradable—. Pero ¿qué hay de los guardias?

—Unos pocos nos apoyan, ¡pero la mayoría son unos perros falderos del capitán Varo’then! ¡Tendremos que tener cuidado con ellos! ¡Y ahora ven! ¡Deja de hacer preguntas!

La guió hasta el pasillo, donde el otro Altonato los esperaba Tyrande titubeó al principio, ya que se sintió abrumada de repente al verse realmente fuera de la celda. Un impaciente Dath’Remar la fulminó con la mirada y tiró de ella.

Subieron corriendo por un largo tramo de escaleras, con el compañero de Dath’Remar en cabeza. Ahí no se veía a ningún centinela por ninguna parte, lo cual la sacerdotisa supuso que era debido a que los hechiceros habían hecho todo lo posible por despejar el camino de antemano.

Las escaleras acababan frente a una puerta de hierro, en cuya parte central se encontraba enmarcado el beatífico rostro de Azshara. Al verla, Tyrande se estremeció de un modo involuntario; una reacción que provocó que ambos Altonato la miraran con comprensión.

—Al otro lado se encuentra el pasillo que nos llevará directamente a los establos. Los demás ya tendrán sus monturas preparadas. Cuando las puertas se abran, cabalgaremos veloces como el viento. —Pero ¿qué pasará…? ¿Qué pasará con los demonios? Dath’Remar se enderezó orgulloso.

¡Somos los Altonato, al fin y al cabo! ¡Somos los mejores taumaturgos del reino! ¡Caerán ante nuestro poder! —A renglón seguido, con menos arrogancia, el hechicero añadió—. Y, probablemente, algunos de los nuestros también caerán…

—Percibo que el camino está despejado —le interrumpió el otro hechicero, quien sonrió de una manera presuntuosa—. El hechizo de distracción aún mantiene a raya a los perros sarnosos de Varo’then. —Pero sospecho que no por mucho tiempo —replicó Dath’Remar, quien abrió la puerta empujándola delicadamente. No cabía duda de que en el pasillo no había ni uno solo de esos soldados de rostro torvo. —Ya estamos cerca de los establos —comentó el otro Altonato, cuya confianza iba en aumento—. ¡Ya ves, Dath’Remar! Tanto preocupamos por unos indignos…

Esas palabras murieron en un gorgoteo, ya que le atravesó el cuello un virote, cuya punta salió por el otro extremo. Tyrande y Dath’Remar acabaron regados de sangre.

Mientras el hechicero muerto caía al suelo, varios guardias invadieron el corredor.

¡Alto ahí! —ordenó un suboficial que llevaba un yelmo con penacho.

En respuesta, un furioso Dath’Remar movió una mano hacia un lado.

Una fuerza invisible derribó a los guardias, que salieron despedidos volando hacia las paredes, como si fueran unas hojas arrastradas por el viento. El estrépito de los golpes retumbó por todo el pasillo.

¡Eso les enseñará a no atacar a un Altonato del Círculo Elitista! — les espetó.

—Alguien vendrá a investigar estos ruidos —le avisó la sacerdotisa.

En su descargo, hay que decir que dio la impresión de que Dath’Remar asumía que se había dejado llevar por la ira. Con un gesto de contrariedad, tiró de Tyrande y echó a andar.

Entraron en los establos poco después, donde Tyrande contempló algo asombroso. Por lo que había comentado su compañero de fuga, había dado por sentado que ahí habría un buen número de elfos Altonato, pero no tanto como ahora tenía delante. Sin lugar a dudas, ahí se hallaba un tercio de la casta, incluidas familias enteras.

¿Dónde está…? —preguntó una elfa, pero Dath’Remar le lanzó una mirada de inmediato que hizo que esta se callara y no volviera a mencionar al hechicero muerto.

—Hemos oído ruidos de lucha ahí arriba y hemos percibido que se han empleado unas fuerzas mágicas —añadió otro elfo—. Los demonios también lo habrán notado.

—Ha sido necesario. —Dath’Remar guió a Tyrande hacia delante—. ¿Tienes una montura veloz para la sacerdotisa, Quin’thatano?

—La más veloz que hay.

—Bien. —El hechicero se volvió hacia ella—. Señora Tyrande, tendrás que hablar a nuestro favor cuando demos alcance a la hueste, pues somos conscientes de que ahí no seremos bien recibidos…

¡Los obligaremos a escuchamos! —exclamó una elfa Altonato—. Tenemos el poder para hacer algo así…

¡De ese modo, lo más probable es que consigamos que nos maten a todos! —bramó Dath’Remar, quien, dirigiéndose a Tyrande, añadió—: ¿Nos harás ese favor?

— ¡Eso no hace falta preguntarlo! ¡Claro que lo haré! ¡Lo juro por la Madre Luna!

Esa respuesta pareció satisfacerlo, aunque no a algunos de sus colegas. Aun así, daba la impresión de que todos los allí presentes habían delegado la toma de decisiones en Dath’Remar Caminante del Sol.

¡Muy bien! ¡La palabra de la suma sacerdotisa es más que suficiente para todos nosotros! —Señaló a los sables de la noche—. ¡Monten! ¡No tenemos ni un momento que perder!

Los Altonato a la fuga llevaban muy poco consigo, lo cual indicaba la premura con la que habían llevado a cabo el plan. Como estaban acostumbrados a una vida de lujo y exquisiteces, Tyrande esperaba que se hubieran llevado la casa entera.

Otro hechicero le entregó a la sacerdotisa las riendas de una pantera lustrosa y esbelta. Del costado del animal pendía una larga y robusta espada que, sin ningún género de dudas, le habían robado a algún soldado del capitán Varo’then. Agachó la cabeza en señal de gratitud por este bienvenido regalo, se subió a su montura y esperó.

Dath’Remar echó un vistazo para asegurarse de que todo el mundo estaba listo y, a continuación, señaló hacia dos enormes puertas de madera que llevaban a la calle.

¡Cabalgaremos juntos! ¡No se separen! Aquellos que no obren así sufrirán las consecuencias de su imprudencia. Hay demonios por doquier. Tendremos que luchar y cabalgar al mismo tiempo; es posible que durante días, incluso. —Se enderezó—. ¡Pero somos los Altonato, los principales dominadores del abundante poder del Pozo!

¡Con él, nos abriremos paso violentamente y dejaremos un camino sembrado con los cadáveres de todos aquellos que intenten detenemos!

Tyrande mantuvo un gesto imperturbable. Los Altonato tenían que saber que muchos de ellos iban a morir, y lo iban a hacer de un modo brutal. Rezó en silencio a Elune, para que la guiara a la hora de ayudar a sus nuevos compañeros. Los Altonato buscaban redimirse por el papel que habían desempeñado en la llegada de la Legión a Kalimdor; Tyrande iba a hacer todo lo necesario para cerciorarse de que se les daba la oportunidad de recibir ese perdón. Dath’Remar señaló la entrada.

¡Que se abra el camino!

Las enormes puertas explotaron hacia fuera.

¡Cabalguen!

Tyrande espoleó a su montura para que siguiera a la del hechicero. Los primeros Altonato atravesaron velozmente las puertas reducidas a astillas y sus sables de la noche sortearon los escombros con gran facilidad. Los cadáveres de unos cuantos demonios yacían esparcidos por la zona circundante; por lo visto, el estallido los había sorprendido.

¡Mannoroth y los demás deberían seguir en el Pozo! —gritó Dath’Remar—. ¡Nuestras esperanzas de éxito dependen de tal eventualidad!

En cuanto oyó esa mención al Pozo, Tyrande pensó en Illidan, puesto que deseaba con ahínco que se encontrara entre los que intentaban escapar de la maldad del señor demoníaco en vez de rendirse a ella.

La siniestra niebla que envolvía Zin-Azshari no demoró a los jinetes, puesto que, con casi toda seguridad, los Altonato ya estaban muy familiarizados con ella. La sacerdotisa se centró en seguir a sus acatadores y esperar.

Esperar a que se toparan con la primera amenaza que tratara de impedir su huida.

Enseguida se encontraron con ella, la cual se presentó bajo la forma de unas bestias viles, que se abalanzaron sobre unos jinetes que iban en medio de la formación, logrando derribar a dos y casi eviscerando a otro. Los tentáculos de los demonios se adhirieron a los cuerpos de las víctimas, cuyas energías absorbieron con fruición.

Una taumaturga lanzó lo que en un principio parecía ser un palo minúsculo. Sin embargo, para cuando este alcanzó su objetivo, se había estirado hasta ser toda una lanza, que atravesó el pecho a la bestia vil.

Otros sabuesos demoníacos perecieron de una manera similar y los supervivientes huyeron profiriendo unos potentes aullidos teñidos de consternación. Dath’Remar lanzó un relámpago sobre estos últimos, aniquilando a dos, cuyos restos mortales cayeron cual lluvia sobre los Altonato a la fuga. Una tercera bestia vil logró escapar.

— ¡Ahora seguro que saben que estamos huyendo! —gruñó el hechicero—. ¡Más rápido!

Se oyó bramar a un cuerno con tono grave y lúgubre. Instantes después, otros situados muy por delante del grupo de los Altonato respondieron. Tyrande imploró fervientemente a Elune, pues era consciente de que los elfos de la noche estarían luchando por salvar el pellejo enseguida.

— ¡Sarath’Najak! ¡Yol’Tithian! ¡A mí!

La pareja en cuestión se acercó hasta Dath’Remar, junto al cual cabalgó. Cada uno de ellos alzó un puño hacia delante y entonó un cántico.

Un destello continuo e intenso de energía carmesí cobró forma delante de los jinetes que encabezaban la marcha. Incluso Tyrande percibió las tremendas fuerzas que se estaban extrayendo del Pozo. Entonces…, de la niebla surgió un muro de colosales guerreros provistos de colmillos, envueltos en las llamas verduzcas que irradiaban sus armaduras. Los guardias viles arremetieron en tropel contra los renegados con unas armas que casi eran tan largas como Tyrande.

No obstante, los primeros de ellos que chocaron contra la barrera carmesí se quemaron. Sus propias llamas adquirieron el mismo color que la creación de los hechiceros y, acto seguido, engulleron a los demonios. Los monstruosos guerreros chillaron y cayeron junto al camino. En un mero abrir y cerrar de ojos, nada quedó de los caídos, salvo unos cuantos restos calcinados de sus armaduras.

Sin embargo, los demonios siguieron presionándolos en cuanto consiguieron rodear a los fugitivos. Los hechiceros se dispusieron a lanzar hechizos a título individual, con variados resultados. Como no podían centrarse en todos y cada uno de los demonios ahí presentes, los que lograban sortear sus ataques desataban el caos entre los elfos de la noche. Una elfa cayó cuando su montura, degollada, se desplomó. Antes de que pudiera levantarse, el guardia vil que había asesinado a su felino la decapitó. Otro Altonato fue derribado de su silla de montar; lo empalaron y, acto seguido, lo arrojaron con deprecio bajo las zarpas de los sables de la noche, que lo pisotearon.

Un guerrero gigantesco logró acercarse por detrás a Dath’Remar. Profiriendo un grito ahogado, Tyrande desenvainó su espada y rezó a Elune para que guiara su mano.

El pálido fulgor plateado que rodeaba a su dueña se extendió hasta la espada, la cual atravesó la armadura del demonio como si solo hendiera el aire.

Con un gruñido, el guardia vil hizo ademán de girarse hacia Tyrande… Entonces, la mitad superior de su cuerpo se separó del resto. El demonio se desplomó; la herida que le había abierto la sacerdotisa con la bendición de la diosa había sido tan precisa que la víctima no se había dado cuenta en un primer momento de que ya estaba muerta.

Entonces, Dath’Remar, que ignoraba que había estado a punto de perder la vida, gritó algo a sus dos camaradas. Aunque Tyrande no pudo ver qué hicieron, sí pudo ver que el escudo que habían creado no solo se extendía mucho más lejos, sino que también cambiaba de color, hasta adquirir una tonalidad azul muy intensa.

Se oyó un chisporroteo y el primer demonio que se chocó corriendo contra este nuevo hechizo salió volando hacia atrás, como si lo hubiera lanzado una catapulta. Se estrelló entre sus compañeros y su cuerpo quedó reducido a polvo.

Este nuevo sortilegio resultó ser mucho más efectivo. Los Altonato fugitivos que se habían visto demorados en su avance por el despiadado ataque inicial de los demonios, recuperaron el ritmo en su veloz huida. Aun así, dejaron atrás a más de una decena de los suyos, la mayoría destrozados por las cruentas hojas de la Legión Ardiente. Unos sables de la noche sin jinete alguno, pero con los lomos empapados de sangre, siguieron avanzando con el resto del grupo.

Una joven Altonato que se encontraba cerca de Tyrande gritó y, a continuación, se elevó en el aire y se esfumó en la niebla. Un segundo después, su chillido dejó de oírse de un modo brusco y terrible que presagiaba lo peor. Su cuerpo destrozado cayó entre esas figuras a la fuga.

Presas de la consternación, los elfos de la noche miraron hacia arriba y a su alrededor. Tyrande miró hacia atrás… y vio, demasiado tarde, cómo unas garras agarraban a un anciano, al que arrastraron hasta que se perdió de vista.

— ¡Guardias apocalípticos! —exclamó—. ¡Tengan cuidado! ¡Hay guardias apocalípticos ocultos ahí arriba, en la niebla!

Otro par de garras descendieron cerca de ella. Tyrande trazó un arco mortal con su espada. Oyó un gruñido salvaje y el guardia apocalíptico se retiró… con una mano menos.

Dos taumaturgos vestidos con túnicas alzaron los brazos. Algo similar a un halo cobró forma por encima de ellos y, acto seguido, se expandió hasta cubrir a gran parte del grupo.

Pero antes de que pudieran concluir el hechizo, fuera cual fuese, que pretendían lanzar, una explosión los zarandeó. Sus sables de la noche se tambalearon y los dos Altonato cayeron de sus respectivas monturas,

Del centro de la explosión se alzó un infernal. Aunque Tyrande no sabía cómo era posible que el demonio hubiera caído entre los jinetes sin haber sido visto o detectado antes, eso poco importaba en ese momento. El infernal desató el caos entre los elfos de la noche, impactando contra panteras dé gran tamaño sin perder en ningún momento el paso.

Mientras esté sucedía, dos Altonato más desaparecieron de sillas de montar, raptados por los guardias viles que los atacaban desde arriba. La sacerdotisa dirigió su mirada hacia Dath’Remar, pero este no podía ayudarla ni guiarla. El hechicero líder estaba muy atareado intentando mantener a raya a esas tropas cada vez más numerosas de guardias viles, quienes parecía que estaban intentando acabar por aplastamiento con el hechizo que él y los demás habían elaborado. A cada paso que daban, se veían obligados a avanzar más y más lentamente y, según los cálculos de Tyrande, en poco tiempo los Altonato tendrían que detenerse por completo.

Entonces, se paró, se llevó la espada a la cara e invocó una vez más los poderes que la Madre Luna le confería. Sobreviviera o no, Tyrande no iba a permanecer cruzada de brazos mientras otros perecían.

—Por favor, Madre Luna, escúchame, Madre Luna… —murmuró la sacerdotisa.

El fulgor de su espada se extendió hacia ella y, al mismo tiempo, se intensificó. Tyrande pensó en la luz purificadora de la deidad lunar y en cómo, bajo ella, todo se revelaba tal como era.

El aura plateada centelleó con fuerza.

Bajo la luz de Elune, la niebla se disipó. Tanto en tierra como en el cielo, los demonios se encontraron con que nada los protegía ya. Y lo más importante, se encogieron de miedo súbitamente y apartaron la mirada, pues eran incapaces de soportar esa iluminación divina.

Al flaquear, al dejar un hueco, brindaron la oportunidad a los jinetes de proseguir su huida.

¡Por ahí, Dath’Remar! —gritó Tyrande—. ¡Cabalgad por ahí! No hacía falta que lo alentara a hacerlo. Dath’Remar y sus dos camaradas abrieron el camino que la oración de la sacerdotisa les había revelado. Bastante cegados, los pocos demonios que tenían ante ellos resultaron ser unos obstáculos menores que aplastaron con facilidad.

¡Cabalguen por aquí! ¡Cabalguen por aquí! —les animó el líder de los Altonato.

Sus atacantes cayeron, ya que ninguno era lo bastante fuerte como para resistirse a la luz.

Envalentonada, Tyrande siguió al resto con gran entusiasmo. El fulgor que la envolvía se extendió aún más allá de los límites del grupo. Dio gracias a Elune una y otra vez por este milagro…

Pero, justo cuando Tyrande cruzaba las líneas de la Legión, unas zarpas la agarraron y derribaron a la sacerdotisa de su sable de la noche. Con un grito de sobresalto, salió despedida volando y acabó lejos de sus compañeros.

Tyrande forcejeó y acabó encontrándose mirando cara a cara a un guardia apocalíptico. Ese demonio de semblante desfigurado tenía los ojos totalmente cerrados y su respiración irregular era un indicio de lo mucho que le lastimaba la iluminación que irradiaba la elfa.

Sin vacilación alguna, la sacerdotisa atacó a esa figura vestida con armadura. La espada impactó oblicuamente contra su asaltante, al que sobresaltó de tal modo que dejó de agarrarla con una mano. Como Tyrande no podía mirar hacia abajo para comprobar lo lejos que se hallaba el suelo, le rogó a Elune que le amortiguara la caída.

Con una tremenda determinación, la sacerdotisa le atravesó el pecho con la espada al guardia apocalíptico.

Por culpa de los espasmos del demonio, se le cayó el arma. Entonces, el demonio la soltó por completo.

Tyrande se aferró al cadáver, con la esperanza de poder hacerlo girar hasta colocarlo por debajo de ella antes de que se estrellaran contra el suelo. Por desgracia, por mor de sus estertores de muerte, no pudo seguir agarrando al guardia apocalíptico.

La sacerdotisa cerró los ojos con fuerza. Aunque sus rezos fueron dirigidos a su diosa, sus últimos pensamientos se centraron en Malfurion, quien se sentiría responsable de su muerte, si eso era lo que iba a suceder en breves instantes, a pesar de que ella no quería que cargara con esa pesada carga. Pero serían los dioses quienes decidieran su destino, no los actos de su amador. Tyrande comprendía que Malfurion había hecho todo cuanto había podido y que el sino de su pueblo era mucho más importante que el de esta humilde sierva.

Aunque si pudiera ver su rostro una vez más…

Tyrande alcanzó el suelo…, pero la colisión no fue en absoluto como ella había esperado. Apenas sintió una sacudida y ni mucho menos le quebró todos los huesos ni le fracturó el cráneo.

Tocó la tierra. Sí, había caído…, pero, si era así ¿por qué seguía de una sola pieza?

Tyrande se incorporó y echó un vistazo a su alrededor. El aura que la había envuelto se había desvanecido, dejándola rodeada por la niebla y sola, a excepción hecha de los cuerpos destrozados de los elfos de la noche y los demonios que le hacían compañía.

No…, no estaba sola. Una figura alta y muy familiar emergió de la niebla que se había vuelto a levantar y, al verlo, se le ruborizaron las mejillas.

— ¡Malfurion!

Sin embargo, casi en el mismo instante en que Tyrande pronunció ese nombre, se dio cuenta de que había escogido el incorrecto.

Illidan, quien intentaba no mostrar un rictus de disgusto, se inclinó sobre la sacerdotisa caída.

—Mira que eres necia… —Le tendió una mano—. ¿Y bien? Ven conmigo… ¡si quieres vivir lo suficiente para verme salvar el mundo!

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