El Cataclismo – Capítulo Once

Para un orco, la sangre era el vínculo definitivo. Con ella, se sellaban juramentos, se establecían alianzas y se distinguía al verdadero guerrero en combate. Mancillar un lazo de sangre era uno de los peores crímenes imaginables.

Y eso era lo que acababa de hacer el hermano del druida.

Brox contemplaba a Illidan Tempestira con un odio que había sentido por muy pocas criaturas. Hasta a los demonios los respetaba más, ya que obraban según su naturaleza, por muy perversa y vil que esta fuera. Aun así, aquí tenía a aquel que había luchado junto a Brox y los demás, a aquel que era el gemelo de Malfurion y, por tanto, debería haber compartido el amor y preocupación de su hermano por sus camaradas; sin embargo, Illidan vivía solo para obtener poder y nada más, y ni siquiera su pariente más cercano podía cambiar eso.

Si no hubiera tenido los brazos atados con firmeza, el orco se habría sacrificado gustoso; se habría abalanzado sobre el hechicero y le habría partido el cuello. Fueran cuales fuesen los defectos que él mismo creía tener, el orco jamás habría traicionado a sabiendas a otros. En cuanto a Malfurion, el druida avanzaba dando traspiés junto orco canoso. Como llevaban las manos atadas a la espalda y unas lerdas alrededor de la cintura que los ataban a los sables de la noche, ambos apenas eran capaces de seguir su ritmo; además, el hermano de Illidan tenía una desventaja añadida, ya que su traicionero gemelo no le había quitado ese hechizo que lo mantenía ciego.

Con los ojos cubiertos por unas pequeñas sombras negras que ninguna luz era capaz de atravesar, Malfurion siguió tropezándose y cayendo, sufriendo cortes y roces constantemente, e incluso en una ocasión estuvo a punto de partirse la crisma con una roca.

El hechicero que llevaba una venda en los ojos no dio ni la más leve muestra de arrepentimiento. Cada vez que Malfurion se tropezaba, Illidan se limitaba a tirar de la cuerda hasta que el druida conseguía levantarse. Entonces, los guardias que iban detrás de los prisioneros los espoleaban a avanzar y se reanudaba la caminata.

Brox dirigió su mirada a su hacha, que ahora pendía del felino sobre el que estaba montado el oficial del rostro marcado. El orco ya había decidido que el capitán Varo’then iba a ser su otro objetivo principal, en el caso de que las circunstancias permitieran que Malfurion y él se liberaran. Si bien era cierto que los guerreros demoníacos eran peligrosos, carecían de la astucia ladina que Brox podía ver en el otro elfo de la noche. Incluso Illidan no era tan taimado como él. Aún así, si los espíritus le daban su bendición, Brox los mataría a ambos.

Si todo lo anterior sucediera, después tendrían que hacer algo con el Alma Demoníaca.

Lo más curioso de todo no era que Illidan fuera quien la llevara ahora, sino que unos instantes después de que el hechicero se la hubiera arrebatado a su hermano, el capitán se había acercado al gemelo traidor y le había tendido una mano enguantada, a la vez que le exigía a Illidan que se la entregara. Y era todavía más curioso que el hermano de Malfurion hubiera obedecido sin rechistar.

Pero tales misterios no preocupaban al combatiente de piel verde, pues él solo sabía que tenía que matarlos a ambos y luego arrebatarle el Alma Demoníaca al cadáver de Varo’then. Claro que para hacer eso, el orco primero tenía que librarse de sus ataduras y, probablemente, abrirse camino violentamente entre los demonios.

Brox resopló, mofándose así de sí mismo. Aunque los héroes en los relatos épicos siempre conseguían hacer tales proezas, era muy improbable que él fuera capaz de lograrlo. El capitán Varo’then tenía un gran talento a la hora de manejar cuerdas y ligaduras, sin lugar a dudas; había atado a sus prisioneros de un modo excelente. Siguieron avanzando arduamente, dejando la guarida del dragón Negro cada vez más y más lejos. Sin embargo, Brox no viajaba con la confianza de la que hacían gala Illidan y el capitán, pues estaba seguro de que Alamuerte daría con ellos. Resultaba desconcertante que el gigante de ébano no hubiera aparecido ya. ¿Acaso algo lo habría distraído?

De repente, abrió los ojos como platos y se gruñó a sí mismo por ser tan necio. Sí, el orco se dio cuenta al fin de que algo lo había distraído. Sí, algo… o, más bien, alguien: Krasus.

Brox entendía perfectamente el sacrificio que el mago podría haber hecho. Anciano, te deseo lo mejor. Cantaré sobre ti… durante el breve tiempo que siga vivo.

¡Angh!

Brox se volvió justo a tiempo de ver cómo Malfurion volvía a perder el equilibrio. Aunque, esta vez, el druida logró retorcerse de tal modo que, en vez de caer de bruces, cayó de costado. Esto le salvó de acabar sangrando por la nariz, aunque Malfurion se había llevado un tremendo golpe que lo había dejado molido, sin duda alguna.

Por mucho que lo intentara, el orco no podía hacer nada para ayudar al elfo de la noche caído. Apretando los dientes, lanzó una mirada iracunda a Illidan.

¡Devuélvele la vista! ¡Así, podrá caminar mejor!

El hechicero se ajustó la venda que le tapaba los ojos. Brox había visto lo suficiente como para saber que les había pasado algo terrible.

¿Que le devuelva la vista? ¿Por qué debería hacerlo?

—La bestia tiene cierta razón —les interrumpió abruptamente el capitán Varo’then—. ¡Tu hermano nos está demorando demasiado! ¡O me dejas que le degüelle aquí ahora o le devuelves la vista para que pueda ver el camino!

Illidan le brindó una sonrisa sardónica.

¡Qué opciones tan tentadoras! ¡Oh, muy bien! ¡Tráiganlo aquí!

Dos de los demonios empujaron hacia delante a Malfurion con la punta de sus armas. Hay que reconocer que el druida se enderezó lo mejor que pudo y se aproximó desafiante a su hermano.

—Desde mis ojos a los tuyos —murmuró Illidan—, te concedo lo que yo ya no necesito.

Se levantó la venda.

Al orco se le pusieron los pelos de punta al ver por primera vez lo que yacía ahí abajo. Brox lanzó un juramento a los espíritus Incluso los monstruosos guardias que se encontraban junto a él se movieron inquietos.

Las sombras se desvanecieron de los globos oculares de Malfurion. Parpadeó y, a continuación, vio a Illidan. El druida también se quedó boquiabierto y horrorizado al ver en qué estado habían quedado los ojos de su hermano.

—Oh, Illidan… —acertó a decir Malfurion—. Lo siento tanto…

— ¿Qué es lo que sientes? —De un modo despectivo, el hechicero volvió a colocarse la venda sobre esas impías cuencas—. ¡Ahora tengo algo mucho mejor! ¡Un sentido de la vista con el que tú solo podrías soñar! No he perdido nada ¿lo entiendes? ¡Nada! -Acto seguido, dirigiéndose al oficial, Illidan comentó con desdén—. Ahora debería estar en condiciones de viajar. Creo que incluso podremos acelerar la marcha.

Varo’then sonrió y, a continuación, dio la orden de proseguir. Malfurion avanzó dando tumbos hasta donde estaba el orco. Brox ayudó al elfo de la noche a caminar a un ritmo más adecuado y, entonces, masculló: —Siento mucho lo de tu hermano…

—Illidan ha escogido su camino —apostilló el druida en un tono mucho más amable que el que el orco habría empleado.

¡Nos ha traicionado!

¿De verdad? —Malfurion clavó su mirada en la espalda de su gemelo—. ¿De verdad?

Negando con la cabeza, al ver que su compañero no quería aceptar la realidad, el orco optó por no insistir más.

Siguieron avanzando, mientras el día nublado llegaba a su fin. Aunque sus captores cabalgaban bastante despreocupados, Brox no paraba de mirar hacia atrás, hacia la cordillera, pues estaba seguro de que Alamuerte aparecería de un momento a otro.

—Dime, hechicero —dijo súbitamente el oficial con la cara desfigurada después de más de una hora de silencio—, ¿este disco de verdad es capaz de hacer todo lo que nos has contado?

—Todo eso y mucho más. Ya sabes lo que le hizo a la Legión y los elfos de la noche… e incluso a los dragones.

—Sí… —El orco era capaz de detectar un leve tono de codicia en la voz de Varo’then. Fue entonces cuando se percató de que el capitán no dejaba de acariciar la bolsa en la que se hallaba el Alma Demoníaca—. Así que todo es cierto, ¿eh?

—Pregúntaselo a Archimonde si quieres.

Varo’then apartó la mano de la bolsa. El soldado seguía siendo lo bastante juicioso como para respetar el poder de ese gran demonio.

—Debería ser lo bastante poderoso como para lograr que el portal se adecúe a los deseos de Sargeras —continuó hablando Illidan—.

Entonces, el resto de la Legión será capaz de entrar en Kalimdor con el propio Sargeras en cabeza.

Malfurion profirió un grito ahogado e incluso Brox gruñó asqueado. Se miraron espantados el uno al otro, ya que eran perfectamente conscientes de que ninguna fuerza sería capaz de oponerse al poder combinado del señor demoníaco y toda su hueste.

—Debemos hacer algo… —le instó en voz baja, mientras tiraba con fuerza de las cuerdas y, lamentablemente, descubría que seguían resistiendo perfectamente.

—Ya lo he estado haciendo —respondió entre susurros el druida— desde que Illidan me ha devuelto la vista. Antes no podría concentrarme porque no paraba de caerme…, pero eso ahora no es un problema.

Tras cerciorarse de que los demonios seguían sin prestarles atención, Brox gruñó:

— ¿Cómo?

—Los felinos. He estado hablando con ellos. Los he convencido El orco frunció el ceño y se acordó de cómo Malfurion había hablado mentalmente con otros animales en el pasado.

—Estaré listo, druida. ¿Crees que actuarán pronto?

—Ha resultado más difícil de lo que pensaba. La… la presencia de la Legión los ha corrompido, pero… creo que… sí… Prepárate Actuarán en cualquier momento.

En un primer momento, no hubo ninguna señal clara de que sus intentos hubieran tenido éxito…, pero entonces, la montura del capitán Varo’then se detuvo de repente y se negó a avanzar, Aunque el capitán propinó varias patadas al animal, el sable de la noche no se movió.

—Pero ¿qué le ocurre a esta maldita…?

Varo’then no pudo seguir hablando, ya que la pantera se encabritó súbitamente. Como lo pilló por sorpresa, el oficial cayó rodando de lomos de la criatura.

Illidan miró hacia atrás, pero entonces, su propia montura hizo lo mismo que había hecho la otra. Sin embargo, el hechicero estaba mejor preparado que su compañero y, aunque se deslizó de la silla de montar, no se precipitó al suelo.

¡Necio! —espetó Illidan a alguien, aunque era imposible saber a quién se refería—. Estúpido…

Brox entró en acción en cuanto los felinos se volvieron en contra de sus jinetes. Corrió hacia la montura del capitán Varo’then, en busca de su hacha. El sable de la noche le facilitó esta tarea al orco al girarse y ofrecerle el costado. Seguramente, estaba obedeciendo una orden que le había dado Malfurion.

Brox se giró y colocó sus manos atadas junto a la cabeza del hacha. El filo siempre afilado del arma cortó las cuerdas con suma facilidad y apenas le hizo algún leve rasguño al guerrero en el brazo derecho. Brox agarró el arma.

¡Druida! ¡Acércate! Podemos subimos a esta bestia e irnos… Pero el sable de la noche se apartó de él de un salto. Arremetió con la cabeza contra un guardia vil que pretendía atravesar con su arma a Malfurion. Los demás demonios retrocedieron, puesto que, por el momento, no estaban seguros de cómo reaccionar ante esa situación demencial.

Entretanto, el felino se dispuso a mordisquear las ataduras de Malfurion. El elfo de la noche miró a Brox y le gritó:

— ¡No te preocupes por mí! ¡La bolsa, Brox! ¡La bolsa!

El orco dirigió la mirada hacia el lugar donde Varo’then había caído. El oficial del palacio estaba sentado, frotándose la cabeza, mientras la faltriquera donde se encontraba el Alma Demoníaca todavía pendía de su cinturón. No parecía haber reparado en la presencia de Brox, quien se hallaba muy cerca.

Alzando bien alto su hacha, el orco cargó contra el capitán. Sin embargo, el elfo de la noche con el rostro marcado se recuperó antes de lo que Brox había esperado. Al ver que ese enorme contrincante verde se abalanzaba violentamente sobre él, el esbelto combatiente se apartó rodando al instante. En cuanto se puso en pie, Varo’then desenvainó la espada.

—Acércate, bestia torpe y pesada —le espetó de un modo burlón—. Haré rodajas contigo y se las daré de comer a los felinos… ¡si su estómago no las devuelve!

Brox trazó un arco descendente con su hacha… y, si hubiera golpeado al elfo, Varo’then habría acabado cortado por la mitad. Sin embargo, el capitán se había movido a la velocidad del rayo. El arma del orco se clavó en la dura tierra, dejando una zanja de más de un metro de largo.

Varo’then dio un brinco hacia delante, arremetiendo contra su enemigo. La espada le abrió a Brox un surco carmesí en el hombro izquierdo. El orco ignoró el picor y elevó el hacha para intentar de nuevo matar a su rival.

Por el rabillo del ojo vio cómo Malfurion enviaba al sable de la noche sin jinete a combatir a los guardias viles. El primer demonio retrocedió, pues no estaba seguro de si debía atacar a la montura de Varo’then o no. Esa vacilación le costó muy caro, ya que la enorme pantera se abalanzó sobre la figura ataviada con una armadura un instante después y le desgarró la garganta.

Si bien Brox intentó divisar a Illidan, le resultó imposible que no podía perder de vista a su adversario. Esperaba que Malfurion estuviera a ojo avizor ante lo que pudiera hacer su hermano ya que bastaría un hechizo del hechicero para que ambos acabar sufriendo un funesto destino.

Rugió cuando el capitán Varo’then logró hacerle un tajo aún más profundo en el mismo hombro.

El elfo de la noche sonrió de oreja a oreja.

—La primera regla de la guerra es no distraerse nunca…

A modo de respuesta, el orco trazó un temible arco con su hacha con el que no decapitó al soldado por muy poco. Varo’then, con un semblante ahora mucho más serio, retrocedió.

—La segunda regla—gruñó Brox— es que solo los necios hablan tanto en el campo de batalla.

De improviso, notó un cosquilleo por todo el cuerpo. La capacidad de reacción del orco menguó, cada movimiento resultaba cada vez más y más pesado y agotador. Daba la sensación de que el mismo aire a su alrededor se había solidificado.

Brujería…

Malfurion no se había centrado en Illidan, tal y como había temido el veterano guerrero. El vínculo familiar que había entre ellos había hecho dudar al druida y ahora iban a pagar muy cara esa vacilación.

El capitán Varo’then volvió a mostrar una amplia sonrisa. Se acercó con más confianza hacia su adversario cada vez más lento.

¡Bien! Normalmente, no me gustan las cosas tan fáciles, pero en este caso haré una excepción. —Apuntó con la espada hacia el pecho de Brox—. Me pregunto si tendrás el corazón en el mismo sitio que yo…

Pero mientras se aproximaba, una sombra negra los envolvió. Aunque Brox quiso mirar hacia arriba, sus movimientos se habían ralentizado tanto que sabía que el elfo de la noche sería capaz de arrancarle las entrañas antes de que volviera a ser capaz de bajar la cabeza de nuevo. Si era así como iba a morir, el orco quería poder mirar a su ase sino directamente a los ojos como debería hacer cualquier guerrero. No obstante, el siervo de la reina Azshara ya no estaba mirando al orco, sino que tenía los ojos clavados en las alturas, en el cielo, mientras adoptaba un rictus de furia.

¡Aparta de él, facineroso! —bramó alguien desde allá arriba.

Mientras un indefenso Brox observaba la escena, a Varo’then se le desorbitaron los ojos y, al instante, se alejó de un salto del orco. Un mero parpadeo después…, la zona en que se había encontrado el traicionero elfo de la noche acabó invadida por las llamas.

Lo que más dejó anonadado a Brox fue que el fuego había sido lanzado con tal precisión que apenas notó el calor. Eso lo dejó aún más perplejo, ya que había dado por supuesto, y con razón, que un dragón surcaba el cielo… y, seguramente, no se trataba de un dragón cualquiera.

Sino de Alamuerte.

Pero si se hubiera tratado del siniestro coloso negro, no habría intentado evitar hacerle daño a Brox. Teniendo eso presente, el orco solo pudo pensar en otro dragón que pudiera tener interés en ellos dos y en esa misión: en Korialstrasz. En medio de todo el caos que había reinado desde que habían escapado de la guarida de Alamuerte, se había olvidado por entero del dragón rojo, pero al parecer el dragón rojo no se había olvidado ni de Malfurion ni de él.

— ¡Prepárate! —gritó Korialstrasz—. ¡Que allá voy!

Brox poco podía hacer, salvo prepararse lo mejor posible para lo que sabía que iba a suceder y confiar en la habilidad de Korialstrasz.

Un momento después, unas grandes zarpas lo agarraron y lo elevaron en el aire.

Mientras una ráfaga de viento le acariciaba la cara, Brox notó que las extremidades se le desentumecían. Ya fuera por mor de algo que había hecho el dragón rojo o por alguna circunstancia caprichosa, el hechizo de Illidan se había desvanecido.

También se dio cuenta entonces de que Malfurion se hallaba en la otra pata del leviatán. El druida parecía exhausto y también un poco contrariado. Malfurion señaló al suelo, situado allá tan abajo, y les gritó algo tanto al orco como al dragón.

Brox por fin comprendió esas palabras.

¡El disco! —vociferaba Malfurion—. ¡Aún tienen el disco!

Si bien el orco hizo ademán de responder, Korialstrasz trazó de repente un arco en el aire y se dirigió de vuelta al lugar del combate El dragón caía en picado hacia el grupo enemigo, sin apartar los ojos de todas y cada una de esas figuras.

¿Cuál lo tiene? —rugió el gigante carmesí—. ¿Cuál?

No le habría hecho falta preguntarlo, puesto que el capitán Varo’then, quien tenía ya la mano dentro de la bolsa, sacó el Alma Demoníaca. Brox recordó lo mucho que le había costado a Malfurion en un principio dar con la manera de lograr que el disco funcionara y esperó que el desfigurado oficial tuviera el mismo problema.

Dio la impresión de que la fortuna los acompañaba, ya que Varo’then alzó el disco con una clara y malévola intención en mente…, pero el Alma Demoníaca no hizo nada.

Rugiendo, Korialstrasz fue recortando la distancia que le separaba del capitán. La consternación se adueñó del semblante de Varo’then.

Sin embargo, entonces, contra toda lógica, el disco brilló intensamente. Se oyó otra voz por encima de la cabeza del dragón.

¡Aléjense! Deprisa, o si no, todos estaremos…

Aunque, claramente, la descarga de energía que golpeó al coloso rojo solo era una mera fracción del poder del Alma Demoníaca, fue suficiente. El propio Brox notó las secuelas de la onda expansiva que alcanzó de lleno a Korialstrasz. El dragón se estremeció, gimió… y dejó de batir las alas.

El leviatán viró hacia los picos. Dio la sensación de que el suelo se elevaba hacia él a gran velocidad. Brox recitó los nombres de sus ancestros, para avisarles de que se preparan para su llegada.

La firme ladera de una montaña de granito ocupó por entero su campo de visión…

¿Qué has hecho? —le espetó Illidan.

—He utilizado el disco… —respondió el capitán Varo’then, con un tono en un principio teñido de sobrecogimiento. Entonces, volvió en sus cabales y observó detenidamente tanto el artefacto como a su compañero—. ¡Tenías razón! ¡Es todo lo que decías y mucho más! Uno podría llegar a ser un emperador gracias a él…

—Y uno podría llegar a ser desollado vivo por Sargeras por siquiera pensar eso.

La sombra de la tentación que había planeado por el semblante del oficial se esfumó por completo.

—Y así debería ser, hechicero. Confío en que ni se te haya pasado por la cabeza una idea tan necia.

El gemelo de Malfurion sonrió muy brevemente.

—No más que a ti, querido capitán.

—La reina se sentirá muy satisfecha con el éxito de nuestra misión. Tenemos el Alma, cuyo poder ha demostrado ser superior al de un dragón rojo hecho y derecho, y hemos acabado con esos dos que habían sido los principales responsables de nuestras demoras hasta ahora.

—Podrías haber utilizado el disco de una manera distinta —señaló el hechicero— y haber mantenido con vida a esos dos para poder interrogarlos.

Varo’then replicó con tono burlón:

¿Qué podrían habernos contado que necesitemos saber? Esto… — Apuntó con el disco a Illidan—Esto es lo único que necesitamos para obtener la victoria. —El elfo de la noche se inclinó hacia delante y torció la boca para conformar un gesto cruel—. A menos que tengas remordimientos por el destino que ha sufrido tu hermano, ¿eh? Ese arrepentimiento podría considerarse una deslealtad, ¿verdad?

Tras colocarse bien la venda, Illidan resopló.

—Ya has visto cómo lo he tratado. ¿Acaso te parece que le tengo un amor fraternal?

—Bien dicho —contestó su compañero un rato después. El capitán metió el disco de nuevo en la bolsa y, mientras lo hacía, frunció el ceño levemente.

¿Va algo mal, capitán?

—No… Es que me ha parecido… que oía unas voces… No…., no es nada. —No se percató de que Illidan lo contemplaba inquisitiva mente, pero el hechicero dejó de hacerlo en el mismo momento en el que el oficial lo miró de nuevo—. No creo que sea nada. Bueno vamos. Los felinos vuelven a estar bajo nuestro control. Tenemos que llevar el disco a Zin-Azshari lo antes posible, ¿no es así?

—Por supuesto.

Varo’then sujetó a su animal y se montó en él. Illidan hizo lo mismo, pero, mientras se encaramaba a él se tomó un momento para echar un vistazo fugaz hacia atrás, a las montañas.

Miró hacia atrás y frunció el ceño con amargura.

Mientras miraba fijamente en la dirección en que Krasus y los demás se habían marchado, Rhonin pensó que, a esas alturas, ya deberían haber vuelto. Sí, ya tendrían que haber regresado. De algún modo, sabía que las cosas se habían torcido. Cuando los sables de la noche habrían regresado con la nota del anciano mago, las esperanzas del humano se habían elevado. Korialstrasz debería haberles ayudado a viajar a mucha más velocidad. Deberían haber alcanzado su destino hace mucho y, seguramente, Krasus no habría perdido el tiempo en intentar poner a buen recaudo el Alma Demoníaca.

Sí, algo había ido terriblemente mal.

No le comentó nada al respecto a Jarod, quien tenía sus propios problemas, que no eran pocos, precisamente; y no porque la reunión en la tienda de Bosque Negro hubiera ido mal; más bien, al contrario, simplemente mostrándose tal y como era, Cantosombrío había logrado consolidar su posición como comandante. En cierto momento durante la última batalla, había llegado un punto en que el antiguo capitán del Cuerpo de Centinelas había sido incapaz de mantenerse al margen y soportar que más órdenes necias, fuera cual fuese la casta a la que pertenecía quien las daba, pasaran por ser unos consejos sabios-

Cuando otro noble había sugerido una maniobra por un flanco que probablemente habría tenido como consecuencia que la hueste acabara fragmentada, Jarod había intervenido para explicar por qué tal estrategia solo serviría para provocar una debacle que destruiría a los elfos de la noche. El hecho de que tuviera que dejar esto bien claro al que debería haber sido el más entendido de su raza sorprendía al humano. Al final, Jarod se las había ingeniado para lograr que todos los nobles pasaran a ser leales seguidores suyos, quienes se habían sentido realmente aliviados al contar con alguien que parecía ser un estratega nato.

En un primer momento, Rhonin había asumido que tendría que aconsejar a Jarod en secreto, pero el joven elfo de la noche había demostrado que sí sabía lo que hacía. El mago había visto a gente hecha de la misma pasta que Jarod en otras ocasiones (gente nacida con un talento innato que nadie podía superar por mucho que estudiara o aprendiera) y daba gracias a Elune y a cualquier otra deidad que pudiera ser responsable de otorgar a los defensores alguien capaz de ocupar el lugar de Cresta Cuervo.

Sin embargo, ahora que la misión cuya finalidad era hacerse con el disco pendía de un hilo, ¿bastaría únicamente con el liderazgo de Cantosombrío?

Jarod se sumó al mago. El líder a regañadientes de la hueste vestía una nueva armadura recién pulida que Bosque Negro le había regalado, una que no portaba cresta alguna pero que contaba con unos arcos naranjas a ambos lados de la cintura. La capa era del mismo color y fluía a su alrededor como una amante muy posesiva. El yelmo estaba decorado con un penacho de un color llamativo (hecho de pelo teñido de sable de la noche), que le llegaba hasta por debajo del cuello.

Detrás de él se hallaba su séquito, que le seguía a todas partes, compuesto de suboficiales y oficiales de enlace de los diversos nobles. Jarod se detuvo para indicarle con una seña al grupo que se retirara y, acto seguido, habló al fin.

—En su día, no habría podido soñar con mayor honor que ascender hasta un puesto privilegiado y vestir los suntuosos atuendos propios de mi nuevo cargo —comentó Jarod de modo melancólico—. ¡Ahora me siento como si tuviera pintas de bufón!

—No esperes que yo te rebata en esta cuestión —admitió Rhonin—. Pero esa vestimenta impresiona al grupo, así que tendrás hacer de tripas corazón, al menos por ahora. Cuando tengas aún mayor autoridad, podrás prescindir de esos adornos, poco a poco —Me muero de impaciencia por poder hacerlo.

El mago se lo llevó más lejos.

¡Anímate, Jarod! Ver a su nueva esperanza tan taciturna no le hará ningún bien a tu pueblo. Podrían temer por sus posibilidades de victoria.

—Yo sí que temo por nuestras posibilidades de victoria, ¡sobre todo conmigo al mando!

El humano no iba a permitirle hablar de esa manera. Rhonin se inclinó aún más cerca y le espetó:

¡Gracias a ti, estamos vivos! ¡Sí, y eso me incluye a mí también! ¡Ya lo acabarás aceptando! Aún no hemos sabido nada de los demás, lo cual quiere decir que tú, yo y esos que están muriendo en batalla tal vez seamos la única esperanza de Kalimdor… ¡la única esperanza de que haya un futuro!

No se explayó más, ya que era consciente de que ni siquiera el oficial más vetusto sería incapaz de comprender la verdad: que Rhonin procedía de otro periodo histórico, de diez mil años en el futuro, tal vez. ¿Cómo iba a poder explicarle el mago que luchaba no solo por los que ahora estaban vivos, sino por aquellos que aún no habían nacido, incluidos sus seres queridos?

—Nunca pedí esto… —protestó Jarod.

—Tampoco el resto de nosotros.

El elfo de la noche suspiró. Se quitó el llamativo yelmo y se secó la frente.

—Tienes razón, maestro Rhonin. Perdóname. Haré lo que pueda, aunque no puedo prometerte que sea mucho.

—Tú sigue haciendo lo que estás haciendo: lo correcto. Si te conviertes en otro Desde el Ojo de Estrella, estaremos todos perdidos.

El nuevo comandante bajó la mirada para contemplar con desagrado sus elegantes ropajes, que se encontraban en un estado impecable.

—Hay pocas probabilidades de que eso ocurra, te lo prometo.

Esa respuesta hizo que el mago sonriera.

—Me alegra oír eso…

Un cuerno bramó. Un cuerno de batalla.

Rhonin miró hacia atrás.

¡Esa llamada procede del extremo más alejado del flanco derecho! ¡Ahí no debería haber ninguna fuerza de la Legión! ¡Nunca podrían pasar por ahí sin que nosotros lo supiéramos!

Jarod se puso el yelmo.

¡Pues parece que así es! —Indicó con una seña a los soldados que se acercaran a él—. ¡Monten y tráiganme a mi felino! ¡Y el del mago también! ¡Tenemos que ir a ver qué está ocurriendo ahí ahora mismo! Trajeron a los animales con una eficiencia que Rhonin no había visto cuando Ojo de “Estrella ejercía el liderazgo. Estos soldados realmente respetaban a Jarod. No se trataba solo de que contara con el apoyo de muchos nobles importantes, aunque fueran unos inútiles, sino de que se había corrido la voz y conocían sus hazañas; todos sabían cómo había tomado las riendas en un momento en que todos los demás habían creído que todo estaba perdido.

Mientras que el capitán (no, ex capitán, se tuvo que recordar a sí mismo el taumaturgo) montaba, pareció sufrir una nueva transformación. Por su antaño inocente semblante se extendió un gesto de sombría determinación. Espoleó a su sable de la noche y, con rapidez, encabezó la marcha del grupo en que se hallaban Rhonin y los demás.

El cuerno sonó de nuevo. El mago se dio cuenta de que se trataba de un cuerno de los elfos de la noche. Una de las primeras órdenes que Jarod había dado, y que había demostrado que tenía el apoyo de los nobles, había consistido en coordinar mejor a la hueste con sus aliados. La gente de Huln y Dungard ya no se encontraban a un lado de la formación. Ahora, cada tropa de elfos de la noche contaba con su propio contingente de forasteros, cuyas habilidades aportaban más poderío militar a esas fuerzas en vez de menguarlo. Incluso los furbolgs habían asumido su papel: reforzar las cuñas y emplear sus garrotes para fracturarle el cráneo a todo guardia vil que intentara alcanzar a los valiosos hechiceros y arqueros de la retaguardia.

Muchos de los cambios que había realizado eran muy sencillos o sutiles, y Rhonin se sorprendió de que no se le hubieran ocurrido antes a él. Sin embargo, ahora había surgido algo que iba a poner realmente a prueba a esa hueste renovada. Un ardid que nadie esperaba por parte de Archimonde.

No obstante, mientras se acercaban, comprobaron que no se enfrentaban a una batalla, sino más bien a una gran confusión. Si bien los elfos de la noche intentaban protegerse con sus armas, ni los tauren ni los terráneos que Rhonin vio parecían tener ningún interés en defenderse. Permanecían quietos, sin hacer nada, mientras sus aliados intentaban cubrir frenéticamente los huecos que estos habían creado con su inacción.

—Por la Madre Luna, pero ¿qué están haciendo? —preguntó Jarod retóricamente—. ¡Lo van a fastidiar todo! Ahora que había logrado convencer al fin a los nobles de que los necesitábamos.

Rhonin hizo ademán de contestar, pero justo entonces divisó algo más allá de aquella línea, a lo lejos. El enemigo se hallaba más cerca de lo que podría haber imaginado. El mago distinguió unas formas colosales, unas criaturas aladas y una vasta variedad de siluetas ominosas que ni siquiera él, que había combatido a la Legión en el futuro, pudo identificar.

Lo más extraño de todo es que avanzaban como si estuvieran andando y Rhonin no oyó que lanzaran ningún grito escalofriante. También había unos gigantes entre ellos; unos gigantes ante los cuales cualquier demonio que el mago conociera parecía enano en comparación. Esas formas aladas no le recordaban a la Guardia Apocalíptica y, aunque había otros espantos voladores que formaban parte de la Legión Ardiente, era incapaz de recordar alguno que se pareciera a esos seres que se aproximaban.

Jarod tiró de las riendas de su sable de la noche para que se detuviera cerca de un tauren, el cual resultó ser nada más y nada menos que Huln.

¿Qué sucede? ¿Por qué no están luchando?

El líder tauren parpadeó y miró a Jarod como si esas preguntas no tuvieran ningún sentido.

¡No lucharemos contra ellos! ¡Eso sería inconcebible!

Un par de terráneos que se hallaban cerca se mostraron de acuerdo con sus palabras asintiendo con firmeza. En un principio, Jarod parecía hallarse consternado, pero enseguida una inquebrantable determinación se reflejó en su rostro.

¡Entonces, lucharemos con ellos nosotros mismos! —exclamó, a la vez que dejaba atrás al tauren a lomos de su montura.

No obstante, como Rhonin sospechaba cuáles podían ser las razones por las que los aliados se mostraban reticentes a combatir, le gritó:

¡Espera, Jarod!

—Maestro Rhonin, ¿tú también?

La horda que se aproximaba estaba ahora lo bastante cerca como para que el mago pudiera distinguir los rasgos de cada uno de ellos…, lo bastante como para saber que había acertado al haberle pedido al elfo de la noche que esperara.

¡No son la Legión! ¡Han venido a unirse a nosotros, estoy seguro de ello!

En cuanto vio a su líder, estuvo aún más seguro de que había acertado. Se trataba de una criatura cuadrúpeda muy alta que se desplazaba a gran velocidad y cuya testa greñuda estaba coronada por una magnífica cornamenta. A ese ser colosal lo seguían muy de cerca decenas y decenas de criaturas que se parecían a los sátiros, ya que tenían un torso semejante a los de los elfos de la noche; sin embargo, la parte inferior de sus cuerpos era más propia de un fauno; además, todas eran unas hembras jóvenes y hermosas. Parecían ser tanto plantas como animales, ya que tenían la piel cubierta de unas hojas verdes y brillantes. A pesar de que tenían un aspecto delicado, había algo en su porte y actitud que le hacía sospechar que cualquier enemigo se arrepentiría de tener que enfrentarse a ellas.

Como estaban centrados en los preparativos del ataque, los soldados no prestaron atención a esta nueva figura. Rhonin se dio cuenta de que, en breve, iba a tener lugar una catástrofe de enormes proporciones si no ponía freno a la situación.

¡Jarod! ¡Cabalga conmigo, rápido!

Con el elfo de la noche siguiéndole muy de cerca, el mago de pelo carmesí espoleó a su montura, que dejó atrás a unos sorprendidos soldados. Jarod le dio alcance y le gritó:

¿Estás loco? ¿Qué estás haciendo?

¡Confía en mí! ¡Son aliados!

La figura que lideraba a ese grupo se cernió sobre ambos. Sobresaltado, Rhonin a duras penas logró tirar de las riendas a tiempo.

¡Saludos, Rhonin el Pelirrojo! —exclamó con una voz potente

aquel ser cornudo. Las figuras femeninas contemplaron al mago con curiosidad—. Hemos venido para sumamos a la lucha por la defensa de nuestro precioso reino… —Observó                detenidamente a

Cantosombrío—. ¿Es este aquel con quien debemos coordinar nuestros esfuerzos?

El humano miró a su compañero, quien permanecía boquiabierto.

—Así es. ¡Perdónenle! Yo mismo también estoy un poco sorprendido por tu aparición…, Cenarius.

—Cenarius… —murmuró Jarod—. ¿El señor del bosque?

—Sí, y creo que trae consigo una compañía muy augusta —añadió Rhonin, dirigiendo su mirada a quienes se hallaban más allá del mítico guardián.

Era como si los cuentos de su infancia hubieran cobrado vida… y, en efecto, tal vez esa fuera la descripción más adecuada. Rhonin y el elfo de la noche estaban acostumbrados a tener que alzar la mirada (a menudo hasta una gran altura) para contemplar a unos gigantes que solo aparecían en los sueños de los mortales. Pero a pesar de toda su altura el señor del bosque parecía un enano comparado con algunos de sus compañeros. Un par de criaturas gemelas, que recordaban a unos osos y parecían unas auténticas montañas andantes, flanqueaban a Cenarius; una de ellas contemplaba a Rhonin con un interés especial. Detrás de estas, se hallaba un ser levemente más pequeño, que parecía un carcayú con seis extremidades y una cola serpentina, escrutaba nervioso el distante campo de batalla. Respiraba a base de ansiosos jadeos y arañaba el suelo con sus colosales garras, en el que abría unos surcos descomunales.

Por encima de casi todo, destacaba un inmenso jabalí provisto de colmillos y un pelaje compuesto de afiladas cerdas, que incluso eran mortíferas. De manera espontánea, a Rhonin le vino un nombre a la mente, uno que había aprendido cuando iniciaba sus estudios… Agamaggan…, un semidiós de la furia primordial…

Aunque otros no eran tan sobrecogedores, no eran menos imponentes. Había un ave muy hermosa, pero de aspecto peligroso, alrededor de la cual volaban bandadas de pájaros. Un diminuto zorro rojo, con un semblante ladino similar al de un gnomo, corría entre las piernas de los gigantes, y alrededor de muchos de los semidioses correteaban muchos hombrecillos que empuñaban espadas y poseían alas de mariposa…, eran una especie de duendecillos.

Una silueta de un blanco puro centelleó en el borde del campo de visión del mago. Al instante, buscó cuál era el punto de origen del fogonazo, pero no encontró nada. Aun así, una imagen permanecía grabada a fuego en sus pensamientos, la de un venado gigantesco con unos cuernos que parecían llegar al cielo…

Y el desfile continuó: unos varones encapuchados cuya piel (la poca que era visible) estaba hecha de corteza de roble; hipogrifos y grifos que revoloteaban por el aire y criaturas que parecían ser unos insectos palo enormes con forma humanoide que se mecían pacientemente en el viento. Más allá, había más decenas y decenas de seres únicos, algunos de los cuales al mago le habría costado describir, aunque los estuviera contemplando detenidamente; no obstante, todos ellos tenían algún parecido notable con algún aspecto particular del mundo natural.

Incluso desde donde se encontraba, Rhonin podía percibir las energías que envolvían a cada uno de ellos, a esas fuerzas naturales del mundo encamadas por aquellos que fueron creados primero para protegerlo de todo daño.

—Jarod Cantosombrío… —acertó a decir el mago—. Permíteme presentarte a los semidioses de Kalimdor. A todos ellos.

—Estamos a tu disposición —apostilló Cenarius con sumo respeto, a la vez que se arrodillaba con las patas frontales. Detrás de él, los demás lo imitaron, cada uno a su modo.

El nuevo líder de la hueste tragó saliva, incapaz de hablar.

Rhonin echo una mirada fugaz hacia atrás. Por todas partes, soldados, tauren, furbolgs, terráneos y otras clases de seres observaban sobrecogidos esa escena. Ahora, la mayoría era capaz de reconocer que los recién llegados eran unos seres muy antiguos y de un tremendo poder…, todos los cuales estaban rindiendo pleitesía a Jarod, al reconocerle como aquel de quien recibirían órdenes en la batalla.

Cenarius se puso en pie y miró al elfo de la noche como miraría a un igual.

—Aguardamos tus instrucciones.

En su haber hay reconocer que el ex capitán del cuerpo de Centinelas se enderezó y replicó: —Son todos bienvenidos, seres antiguos. Apreciamos en grado sumo su apoyo. Con suerte, ahora tendremos alguna oportunidad, una gran oportunidad, de sobrevivir.

El señor del bosque asintió y posó los ojos sobre los demás defensores mortales que se hallaban detrás de Jarod. Una expresión de determinación se apoderó del semblante barbudo de Cenarius.

—Sí. Lo has expresado bien, lord Cantosombrío… Tenemos una oportunidad…

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